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jueves, 30 de enero de 2025

Crónica de Juan Pedro Quiñonero de la rueda de prensa celebrada por Alexander Solzhenitsyn en los estudios de Televisión Española, y transcripción de la intervención del Nobel ruso en el programa “Directísimo” del día 20 de marzo de 1976. (“Informaciones”, 22 de marzo de 1976)

 


PARABOLAS EN TORNO A LOS CIENTO DIEZ MILLONES DE MUERTOS DEL SIGLO XX

SOLZHENITSYN ANUNCIA EL APOCALIPSIS

Por Juan Pedro QUIÑONERO.

MADRID, 22.

Alexander Solzhenitsyn anuncia el apocalipsis, la catástrofe, que en menos de veinte años llevará a la ruina a la civilización occidental. Desde su famosa Carta a los dirigentes de la Unión Soviética, publicada en 1974, hasta hoy, sus acusaciones se han hecho más graves y pesimistas. El sábado pasado, en una improvisada rueda de Prensa celebrada en los estudios de Televisión Española de Prado del Rey, anunció de nuevo el fin de nuestra cultura, el fin de la Humanidad: «Sí no se restauran los valores espirituales, si no se consigue el difícil equilibrio entre el desarrollo industrial y los valores morales que hicieron posible las civilizaciones, la Humanidad está destinada a sucumbir.»

Sus profecías de muerte y destrucción no tienen antecedentes en la literatura contemporánea. Ni Céline imaginó el desastre planetario que Solzhenitsyn evoca implacablemente. Octavio Paz, quizá el crítico literario más ilustre de la lengua castellana, en los tiempos modernos, no ha dudado en recurrir a los escritores del Antiguo Testamento para hacemos comprender cuál es el alcance de las maldiciones que Solzhenitsyn reconstruye escribiendo acerca de El archipiélago Gulag: «A veces, como entre los tercetos de Dante, aunque la prosa del ruso es más bien pesada y su argumentación prolija, oigo la voz de Isaías y me estremezco y rebelo; otras, oigo la de Job, y entonces me apiado y acepto. Como los profetas y como Dante, el escritor ruso nos habla de la actualidad desde la otra orilla, esa orilla que no ni? atrevo a llamar eterna, porque no creo en la eternidad. Solzhenitsyn nos habla de lo que está pasando, es decir, de lo que nos pasa y nos traspasa. Toca la historia desde la doble perspectiva del ahora mismo y del más allá.»

Es difícil rastrear las huellas de los géneros literarios, donde situar esas pesadillas de muerte. Es necesario recurrir a la apocalíptica judía anterior al cristianismo, que culmina en el Apocalipsis de San Juan y su discurso sombrío, donde se escuchan profecías orientales, anagramas ininteligibles, lamentaciones sin fin. O a la literatura milenarista medieval, con la Danza de la Muerte esparciendo una leyenda de maldición. En los tiempos modernos no existe un texto literario cuyas acusaciones a la civilización occidental sean tan absolutas y definitivas. No en vano Solzhenitsyn inicia sus discursos evocando los ciento diez millones de muertos cuya sangre ha sido derramada en nuestro siglo. Cifras sin antecedentes en la vida del planeta, rastro de crímenes sin igual en la historia del hombre, sombra fantasmal que amenaza la vida moral de las civilizaciones. (En castellano, el documento más estremecedor, estadísticamente, sobre estos asuntos, se llama El libro de los muertos del siglo XX, de Gil Elliot, editado por Dopesa.)

AMENAZA PLANETARIA

Entre la guerra civil rusa, la formación del Estado moderno tras la revolución, las purgas stalinistas y los muertos de la segunda guerra mundial murieron en Rusia más de cincuenta millones de individuos. La primera guerra mundial costó al planeta diez millones de muertos. Y los restantes conflictos de nuestro siglo suman otros diez millones de muertos. En China murieron, en setenta años, veinte millones de personas. Tal es el holocausto de sangre y destrucción de donde parten las profecías de Solzhenitsyn. Que comentó a los periodistas madrileños. «La crisis de la Humanidad es global, planetaria. No es una cuestión política. Incluso la contra posición Este-Oeste es relativa. En esencia, ambas sociedades se encuentran enfermas: el materialismo es la plaga, la enfermedad, que corroe la civilización postindustrial. La ausencia de altura moral de nuestros, pueblos, nuestra civilización. Y esto puede costar incluso la vida del hombre en el planeta

En las literaturas romances posteriores a la caída del Imperio Romano no existe un texto literario que lance anatemas tan vastos. En las literaturas anglosajonas, quizá sólo Matthew Arnold imaginó una decadencia paralela. En Culture and Anarchy (un texto canónico de la tradición inglesa del XIX), Arnold anunció igualmente que Occidente caminaba hacia la barbarie si no conseguía restaurar lo que Arnold llamaba «hight ideals», los altos ideales, los principios morales y espirituales que hicieron posible nuestra civilización y que los héroes de Plutarco encarnan en todo su esplendor.

Solzhenitsyn cree que los orígenes de este proceso nacen con la Edad moderna, quizá en el barroco, comentando: «En la Edad Media, el hombre exigía en nombre del espíritu. La vida moral y espiritual regia los destinos de las comunidades. El espíritu llegó a aplastar la naturaleza física. La parte material se sublevaba. Con el advenimiento de los tiempos modernos, el viraje fue natural y muy violento. Desde entonces, la Humanidad no ha sabido conjugar la protesta y el espíritu. En nuestro siglo, la aceptación de la materia, el materialismo, ha llegado hasta extremos inconcebibles. Y la vida espiritual ha sido aplastada, condenada

JUVENTUD RELIGIOSA

No obstante, las profecías de Solzhenitsyn, como es sabido. también tiene un rostro político: «No puedo nivelar el totalitarismo occidental y el comunista. En Rusia, el comunismo ha creado una sociedad de esclavos sin igual en la historia de las civilizaciones. Ambas han perdido lo único que justifica la vida del hombre, pero los comunistas persiguen por hacer fotocopias, por viajar, por comprar periódicos extranjeros. Los crímenes contra la libertad privada son inimaginables para la opinión progresista occidental, que algún día, cuando escache en su propia carne la voz de los verdugos, podrá comprender. Cuando recibí el premio Nobel todavía creía que la literatura podía transmitir valores de la experiencia, podía ayudar a hacernos más libres, descubriendo los crímenes que ha cometido el hombre contra el hombre. Ahora, lo dudo. No creo en ese espejismo. Los especialistas de la historia pre-revolucionaria rusa están de acuerdo en estimar que durante los ochenta años que precedieron a la revolución, es decir, durante los años más sangrientos para la causa evolucionaría, y cuando se perpetraron los mayores atentados contra la vida del Zar, se ejecutaban aproximadamente a diecisiete personas por año. La Inquisición española, en su apogeo, hizo perecer a unas diez personas por mes. En mi «Archipiélago» recuerdo un libro, publicado en 1920 en el que su autor hacia un recuento triunfal de las actividades revolucionarlas: en 1918 y 1919, cada mes eran ejecutadas más de mil personas sin proceso. Durante el terror stalinista, entre 1937 y 1938, d dividimos el número de víctimas ejecutadas por el número de meses, se obtiene una cifra superior a los cuarenta mil muertos mensuales. Anarquistas. industriales, niños, ancianos, comerciantes.... una marea de muerte sin igual en la historia de la Humanidad». Solzhenitsyn habla de modo torrencial. Hace una pausa y continúa: «Occidente no ha comprendido nunca ese laberinto criminal. Occidente no imagina los procesos espirituales que tienen lugar en Rusia. La persecución ideológica, espiritual, religiosa, sólo es comparable con la de los primeros mártires cristianos. Y esa persecución sangrienta, despiadada, ha reafirmado la religión, que sale favorecida de ese clima de paranoia policial. La juventud occidental es atea y tiende al socialismo. La juventud de mi país está contra el socialismo y es más religiosa.»

ACABAR CON LA CIVILIZACION

El profeta ruso no se integra en las tradiciones culturares de Occidente. Su repulsa moral no pertenece ni a la tradición democrática jeffersoniana, y su ética espiritual está muy lejos del doctrinarismo de Saint-Just. No propone una sociedad nueva conoce ni un camino político que encarne en su mística espiritual. Sus profecías son lúgubres como las prescripciones del Levítico: «Occidente ha perdido el sentido de las viejas palabras..., democracia, libertad, justicia, totalitarismo… nada significan ya…es difícil comprender el significado moral de una sociedad donde viajar puede ser un crimen, donde fotocopiar la página de un libro puede costar diez años de cárcel, donde los manicomios albergan a los espíritus libres, donde las huelgas se bañan en sangre... Ustedes los occidentales no comprenden: están perdidos. El Gobierno chileno dejó escapar a diecisiete revolucionarios… que huyeron a Rumanía. ¡Pero de allí no sabían cómo escapar!... Terroristas de Quebec intentaron refugiarse en Cuba: pero allí el terror policial les obligó a huir de nuevo... La prensa progresista tiene los ojos cerrados, no dice nada de esto... Sin embargo, si no restauramos los valores espirituales, si no renunciamos al hedonismo de las sociedades industriales, la población mundial será arrasada por una destrucción masiva en las primeras décadas del próximo siglo, apenas dentro de veinte años. El futuro de nuestro planeta nunca ha estado tan amenazado ni ha estado en manos de menos hombres, que pueden acabar con el resto de la civilización.»

EN CASTELLANO NO HAY TRADUCCIONES

Solzhenitsyn no ignora los procesos ideológicos, los turbulentos debates que suscitan sus acusaciones: «Sí. Es cierto. Se publican libros con mi nombre, que en ocasiones yo desconozco. En castellano, por ejemplo, apenas soy conocido. Todavía no existen en España unas traducciones verdaderas que ofrezcan al lector de su lengua garantías mínimamente exigibles para el conocimiento de mi obra. Mis libros se han traducido tan mal, que el lector no puede conocerme. De ahí, igualmente, que me resista a las ruedas de Prensa: yo expongo mis ideas y luego los periódicos tergiversan mis palabras, mis ideas. Yo les pediría, por favor, que si sus periódicos no publican todas mis palabras, que renuncien a escribir sus artículos. Es mejor el silencio que cortar y manipular las opiniones

Cuando Solzhenitsyn dice que «el mundo libre está al borde del colapso, alentado por sus propias faltas», retorna de nuevo a la tradición apocalíptica al margen de doctrinas, ideologías, escuelas literarias. Su discurso, como comentaba Octavio Paz, oscila entre Isaías y Job. Una legendaria maldición que en nuestro siglo tiene un rostro político.

Escribe Paz, el poeta mejicano, antiguo trotskista, en torno al libro más famoso de Solzhenitsyn: «Archipiélago Gulag asume la doble forma de la historia y del catálogo. Historia del origen, desarrollo y multiplicación de un cáncer que comenzó como una medida táctica en un momento difícil de la lucha por el Poder y que terminó como una institución social, en cuyo funcionamiento destructivo participaron millones de seres, unos como víctimas y otros como verdugos, guardianes y cómplices. Catálogos: Inventario de los grandes —que son también grados en la escala del ser— entre la bestialidad y la santidad. Al contarnos v el nacimiento, los progresos y las metamorfosis del cáncer totalitario, Solzhenitsyn escribe un capítulo, tal vez el más terrible, de la historia general del Caín colectivo; al relatar los casos que ha presenciado y los que le han referido otros testigos oculares —en el sentido evangélico de la expresión—, nos entrega una visión del hombre. La abyección y su contrapartida: la visión de Job en el muladar: no tiene fin

***

ALGUNAS ANOMALIAS

MADRID, 22. (INFORMACIONES.)

La aparición de Alexander Solzhenitsyn en el programa «Directísimo», que dirige y presenta José María Iñigo, el sábado pasado, puso de manifiesto una evidente falta de organización por parte de los órganos responsables de Televisión Española, y unas desafortunadas dificultades a las tareas informativas de los reporteros que cubrieron informativamente la figura del premio Nobel ruso.

Estos fueron algunos de los hechos ocurridos:

—Prohibición a los periodistas de entrar al estudio donde se emitió la entrevista con Solzhenitsyn, abarrotado de público. El premio Nobel confesó a los periodistas, más tarde, que su intervención había sido mutilada, «por razones de tiempo».

—Los periodistas que tuvieron que seguir la intervención televisiva desde una «sala de Prensa», a mitad de la intervención de Solzhenitsyn. fueron invitados perentoriamente a desalojar la sala, sin ningún tipo de explicaciones. «No es mi horario», comentaba el funcionario correspondiente.

—Cuando pudo celebrarse la rueda de Prensa (que sólo fue posible gracias a Solzhenitsyn, ya que los guionistas y funcionarios de «Directísimo» «secuestraron» al novelista, impidiendo todo tipo de dialogo o contacto con los periodistas) no había un sólo representante oficial de Televisión Española, de un mínimo nivel administrativo. En la «sala de Prensa» ni siquiera había sillas suficientes para la veintena de periodistas asistentes. Y el mismo Solzhenitsyn estuvo sentado entre archivadores y mesas de oficina.

—La traducción simultánea de las alocuciones de Solzhenitsyn hizo imposible entender largos párrafos de la intervención del premio Nobel, que pidió perdón, personalmente, a los periodistas, cuando se trataba de un fallo técnico que ningún responsable ni del programa ni de Televisión se sintió obligado a justificar.

El tono monocorde, las frases aproximativamente construidas de un flojo interprete, a punto estuvieron de destruir la pasión y el significado del torrente de palabras que Solzhenitsyn pronunciaba en ruso.

Todo este estado de cosas quedó resumido en la única y ridícula pregunta que hizo al autor ruso el presentador del programa, José María Iñigo: le preguntó qué le parecía vivir en Suiza, paraíso de los millonarios occidentales…

***

LA INTERVENCION DE SOLZHENITSYN EN «DIRECTÍSIMO»:

Con el triunfo del comunismo se inició la guerra del Estado contra el pueblo

MADRID, 22. (INFORMACIONES.)

EL escritor soviético, residente en Suiza, Alexander Solzhenitsyn, premio Nobel de Literatura, intervino el pasado sábado en el programa «Directísimo», de Televisión Española. El escritor llevaba ya una semana, de absoluto incógnito, viajando por España.

Al iniciar su intervención, que duró cerca de tres cuartos de hora, el señor Solzhenitsyn se refirió a los puntos de conexión entre España y Rusia, diciendo que «aunque los españoles y los rusos no nos parecemos, podemos encontrar rasgos comunes en nuestra historia. Si no fuese por Rusia y por España —que han sufrido a lo largo de la historia dos invasiones, la de los mongoles y la de los mahometanos—, la Europa de hoy no sería lo que es en la actualidad, ya que ganó su independencia, s u historia, gracias a estas dos naciones».

Sobre la influencia de España en su generación, dijo: «Debo decir que en mi historia sobre los campos de concentración hablo de que encontré no pocos españoles. Eran niños que fueron sacados de España, o revolucionarios que salieron de España al terminar la guerra civil, marineros y pilotos.» Y añadió: «Debo decir que España ha entrado en la vida de nuestra generación como la guerra amada de nuestra generación. Los jóvenes de nuestra generación teníamos dieciocho o veinte años cuando tenía lugar la guerra española. Como consecuencia de esta ideología inhumana del socialismo, con esa fuerza con que fueron cogidas las almas jóvenes de nuestros países, el tema de la guerra civil en España ocupó lugar de prioridad en esas generaciones jóvenes rusas, a pesar de que en aquellos momentos (1937-1938) sufríamos en la Unión Soviética el sistema carcelario más terrible. En aquel entonces detenían a millones de personas inocentes; fusilaban un millón de personas al año, sin contar con que nadie hablaba del archipiélago Gulag, que ya existía: eran 12 ó 15 millones de personas que estaban al otro lado de los campos de concentración. No obstante, nosotros casi no hacíamos caso de la realidad que nos rodeaba y participábamos en vuestra guerra civil con todo corazón. Para nuestra generación, nombres como Badajoz, Guadalajara, el Ebro, la Ciudad Universitaria, Teruel, eran nombres que considerábamos como propios. Y si nos hubiesen llamado, si nos lo hubiesen permitido, nosotros hubiésemos hecho todo lo posible por venir y luchar por la España republicana. Esto forma parte de la ideología socialista, que hace que las almas sean atraídas y llevadas, sin que puedan ser conscientes de la realidad de su propia situación, de su propio país, que dejan olvidado; se trata de buscar un sistema abstracto

GUERRA CIVIL

El señor Solzhenitsyn continuó: «He oído que vuestros emigrados políticos decían que la guerra civil española ha costado medio millón de seres. No sé si esta cifra es exacta o no; pero vamos a suponer que sea exacta. Tengo que decir entonces que en nuestra guerra civil también murieron dos o tres millones de personas. Pero vuestra guerra civil y la nuestra terminaron de distinto modo. En vuestro país venció un concepto de vida cristiano, y debido a que querían terminar la guerra y curar las heridas, todo termina ahí. En nuestro país venció la ideología comunista, por lo que el final de la guerra civil supuso no el final de todo lo que había ocurrido, sino el comienzo de lo que empezaba: comenzó la guerra del régimen establecido contra el pueblo.»

El señor Solzhenitsyn cita los datos reunidos por el profesor de Estadística ruso Kurdanov: de 1917 a 1959, 66 millones de personas muertas (de hambre en campos de trabajo, asesinadas, ejecutadas) en la U.R.S.S.

LA DICTADURA

«Yo aconsejo —agregó— que en Occidente se lean estos cálculos y la procedencia de las cifras tan terribles sobre nuestros muertos. Vosotros pasasteis de lado y no conocisteis lo que es el comunismo; puede ser para siempre o puede ser temporalmente. Vuestros círculos progresistas dicen que el Régimen que tienen ustedes es la dictadura. Llevo diez días viajando por toda España; viajo y nadie me conoce y puedo observar cómo vive la gente, con mis propios ojos, y me asombro. ¿Saben ustedes lo que es de verdad la dictadura? ¿Saben lo que se esconde tras este nombre? Voy a poner un ejemplo que he vivido personalmente: cualquier español no tiene por qué estar atado a su sitio y tiene libertad de elegir la ciudad que le plazca para vivir. Los ciudadanos soviéticos no pueden viajar libremente por su país; nosotros estamos en nuestras ciudades. Son las autoridades locales las que deciden si uno puede marcharse, con lo que los ciudadanos están totalmente a disposición de las autoridades locales, de la Policía. Gracias a las presiones de la opinión pública mundial, están dejando salir, con grandes dificultades, a una parte de los judíos; a los demás pueblos no les dejan salir. Nos encontramos en nuestro país como en la cárcel. Yo he visto Madrid y otras ciudades; más de doce ciudades españolas he visitado y he visto que en los quioscos se venden los periódicos más importantes europeos. No lo creían mis ojos. Si en nuestro país se pudiesen comprar los periódicos extranjeros, diez manos se hubiesen lanzado a por ellos y los hubiesen comprado. He visto también que cualquier persona, con cinco pesetas, se puede hacer una fotocopia en la calle. Sin embargo, en nuestro país esto es absolutamente imposible: está prohibido, de no ser para servicio del Estado; si alguien lo intentase para sus necesidades particulares pueden condenarle por actividades contrarrevolucionarias

AMNISTIAS

Y añadió: «Ustedes tienen huelgas. En mi país, durante sesenta años, jamás ha sido declarada una huelga. En los primeros años del Régimen, los que pretendían declararse en huelga eran fusilados, aunque lo hicieran para solicitar mejoras económicas; a otros, los metían en la cárcel por contrarrevolucionarios. Al tratar de publicar en la revista "Nuevo Mundo" un cuento en el que figuraba la palabra huelga, los rectores de la publicación —antes de llegar a la censura— erradicaron sin contemplaciones dicha palabra.

Y yo pregunto a vuestros progresistas: ¿Saben lo que es la dictadura? Si nosotros tuviésemos esta libertad que tienen ustedes aquí, abriríamos los ojos y no acabaríamos de creérnoslo. Hace sesenta años que no tenemos estas libertades. Recientemente he visto que han tenido ustedes una amnistía —limitada, según sus políticos—, para los luchadores que pelearon con las armas en la mano; a otros se les ha reducido la mitad de la pena. Podría decirles que nosotros necesitamos una amnistía, aunque fuera tan limitada como dicen que es esta de ustedes. Durante sesenta años jamás hemos tenido en Rusia una amnistía. Nosotros íbamos a las cárceles a morir en ellas. Muy pocos hemos podido regresar de estas cárceles y contarlo todo. Tras esta experiencia, hemos liberado nuestras almas, hemos recibido una vacuna contra el comunismo, mejor que nadie de Occidente. Efectivamente, nos hemos librado del comunismo, pero lo hemos pagado muy caro. Rusia se encuentra en una posición de vanguardia aun cuando reine la esclavitud, ya que la experiencia que hemos conocido no la ha conocida todavía Occidente. Vemos asombrados lo que pasa ahora en Occidente, lo vamos desde nuestro pasado; es como si estuviésemos viendo el futuro que les espera a ustedes. Todo lo que está ocurriendo aquí, ocurrió en nuestro país hace mucho tiempo.»

HISTORIA EN OCCIDENTE

Sobre la interpretación de su actual residencia en Suiza, “país en el que suelen refugiarse los grandes millonarios del capitalismo y sus capitales” (en palabras del presentador, José María Iñigo), el señor Solzhenitsyn respondió:

Acabo de decirles que Occidente es una sociedad de consumo. Nosotros, nuestra juventud, la hemos pasado en la miseria. Yo, por ejemplo, cuando era estudiante, tuve una vez la mala suerte de sentarme en una silla que tenía una mancha de tinta que afectó a mi pantalón; durante cinco años estuve con los mismos pantalones, porque no había posibilidad ni de limpiarlos ni de cambiarlos.

Cuando cualquier hombre soviético llega a Occidente, incluso en los países menos ricos, incluso en los países considerados como pobres, tenemos el sentimiento de que algo nos ahoga. Nosotros no podemos ver cómo se tiran la comida y los restos de comida; no podemos ver cómo se queda la comida en las mesas; no podemos comprender cómo se tiran también las migajas de pan. Por ello, cuando me preguntan por qué vivo en Suiza, respondo que en nuestros países vivimos como prisioneros, y que si mañana tuviese la posibilidad de regresar a nuestro país, miserable y hambriento, mañana regresaríamos, no obstante.

La Prensa socialista suele especular —le gusta— en el sentido de que Solzhenitsyn ha venido a Occidente y se ha transformado en un millonario. Cuando yo pasaba hambre allí, no decían que pasaba hambre. Sólo mentían diciendo que allí se come todo lo que se quiere. Efectivamente, tengo unos honorarios bastante grandes, pero la mayor parte de esos honorarios van destinados al fondo social ruso para ayudar a aquellos que son perseguidos en la Unión Soviética y a sus familias. Y de diversos modos, nosotros enviamos estas ayudas a la Unión Soviética.

Para los hombres occidentales, para ustedes, es muy difícil comprender estas cosas. En Occidente le pueden meter en la cárcel, pero no le pueden echar a uno de su trabajo por sus convicciones, por sus creencias, y si es que le echan a uno por ello puede buscar un nuevo trabajo. Pero nosotros tenemos un único patrón, el Estado, y si este patrón decide no admitir a una persona, no será admitido en ninguna parte. La familia no puede vivir, porque se muere de hambre.

Mi residencia en Zúrich se debe principalmente a que he escrito un libro sobre Lenin en Zúrich, que se acaba de publicar, y fue precisamente en Zúrich donde encontré todos los archivos que sólo se podían hallar allí.” (Zúrich y Ginebra fueron durante varios años refugio del exiliado Lenin, antes de la Revolución de Octubre.)

Informaciones, 22 de marzo de 1976, pp. 20-22.


Juan Pedro Quiñonero entrevistando a Alexander Solzhenitsyn en Prado del Rey, 20/21 de marzo de 1976. Foto Antonio Couto.

viernes, 24 de enero de 2025

"El camarada Stalin, en Bocaccio" de Jorge Edwards (Destino, nº 2010, del 9 al 14 de abril de 1976)

 


El camarada Stalin, en Bocaccio

Los intelectuales maoístas decían en Francia, en los tiempos de la Revolución Cultural china, que cuando ésta triunfara también en su país, deberían cortarles la cabeza.

Una de mis experiencias españolas más reveladoras ha consistido en leer y escuchar la reacción de los intelectuales frente a las declaraciones de Soljenitsin en la televisión. Soljenitsin, a mi juicio hizo algunas observaciones interesantes y dedujo, a partir de ellas, conclusiones arbitrarias. Observó, por ejemplo, que en España de 1976 existen mayores libertades que en países como la Unión Soviética o Bulgaria, cosa que pocos discuten, pero paso de ahí a una generalización absurda al insinuar que los españoles no saben de verdad lo que es una dictadura. Dijo después que si el Chile de Pinochet no existiera habría sido necesario inventarlo, con lo cual aludía a la actitud de los intelectuales de la ribera izquierda del Sena y de otras trincheras igualmente peligrosas, para quienes el golpe chileno ha sido una inagotable mina de lugares comunes, pero cometía una extraordinaria injusticia con la izquierda chilena, con los que han sufrido en carne propia el golpe, que suelen ser los grandes olvidados en todo este asunto.

Esto sólo demuestra que Soljenitsin, capaz de transmitirnos su experiencia rusa en un lenguaje poderoso, impregnado del tono de veracidad que logra sobrevivir al descuido de sus traductores, es muy débil en el manejo de la dialéctica, en la elaboración intelectual que podría permitirle un análisis correcto de realidades nacionales diferentes. Sin embargo, las reacciones equilibradas, basadas en el examen de las palabras de Soljenitsin y no en la delación o el insulto, han sido muy escasas. Sólo recuerdo aquí la de Baltasar Porcel, publicada hace dos semanas en esta misma revista. En cambio, la reacción casi unánime de los intelectuales españoles, privada o pública ha sido extraña, incluso inquietante. Al fin y al cabo, Soljenitsin, después de su juventud marxista, ha evolucionado a un reformismo cristiano impregnado de nostalgias primitivistas y medievalistas, una corriente que tiene arraigo en la tradición rusa, con representantes como Berdiaev o León Chestov y cuyos antecesores son el León Tolstoi de los últimos años y el propio Dostoievski

Confieso que me produce perplejidad observar a intelectuales bien informados, simpatizantes del socialismo democrático, de la democracia cristiana o del comunismo a la italiana, que se rasgan las vestiduras frente al testimonio, a menudo atrabiliario pero siempre interesante, de Alexander Soljenitsin. Un escritor como Juan Benet, para citar un solo ejemplo, ha pedido el campo de concentración para Soljenitsin; es decir, un escritor ha pedido que en la sociedad futura se establezca la cárcel por delito de opinión. ¿Ignora Juan Benet que su refinamiento literario, su complacencia en los aspectos formales de la obra narrativa, harían de él un candidato más que seguro a los campos de concentración en cualquier situación parecida a la que ha conocido y descrito Soljenitsin?

Sospecho que mis colegas españoles sienten que las realidades descritas por Soljenitsin se encuentran tan lejos, son tan remotas e inimaginables, que pueden permitirse con respecto a ellas el lujo del juego verbal, la pantomima de un estalinismo de buen tono, digno del Boccacio. Quizás estén en la misma posición que los intelectuales maoístas que me decían en Francia, en los tiempos de la Revolución Cultural, que cuando triunfara la Revolución en su país el deber del Gobierno revolucionario sería cortarles la cabeza. Desde Francia, la Revolución Cultural Proletaria se veía muy lejos, y ellos arriesgaban muy poco al ofrecer el cuello a esa guillotina puramente retórica.

El verdadero riesgo de estas actitudes consiste en despojar a las palabras de su sentido. La política, parafraseando a Antonio Machado, se hará entonces de todas maneras, pero correrá el peligro de hacerse sin los escritores, que terminarán por renunciar a la reflexión propia, sometiéndose a la imposición tiránica de los grupos y de los clanes. En un momento de evolución y de reforma, esa renuncia no dejarla de ser grave. No pienso ahora, como Soljenitsin, en el lejano reformismo de Alejandro II, sino en el reformismo chileno de los años de Frei, poco antes de la Unidad Popular. Sin justificar los errores y las limitaciones de ese reformismo, estoy convencido hoy día de que nuestra intransigencia absoluta, la de los intelectuales chilenos de izquierda, tuvo más adelante, en un momento en que la única alternativa frente a la guerra civil o al golpe militar era una alianza muy amplia con el partido de Frei, repercusiones serias. Cuando los intelectuales chilenos en el exilio me confiesan ahora, en secreto, que un regreso de Frei al poder, incluso en condiciones menos democráticas que las de 1969, seria archideseable, pienso con tristeza en nuestra desaforada intolerancia y en nuestro verbalismo de hace pocos años. Soy, a pesar de todo, un optimista, y no creo que mis amigos españoles se vean obligados a realizar en el futuro una meditación tan melancólica, pero ellos deberían saber que eso dependerá, en una medida mucho mayor de lo que se imaginan, de ellos mismos, de su buen sentido y su madurez, cualidades que según mi modesta experiencia son aún más necesarias en el cambio que en el inmovilismo.

Jorge Edwards, Destino, nº 2010, del 9 al 14 de abril de 1976, p. 43

miércoles, 22 de enero de 2025

Diálogo entre José Jiménez Lozano y Pedro Laín Entralgo (Destino, Nº 1791 - Barcelona. 29 de enero 1972)

 Sobre esperanzas y desesperanzas con el profesor Laín Entralgo

José Jiménez Lozano

La idea de esta conversación con el profesor Laín Entralgo nació en mi a raíz de la publicación de su libro «A qué llamamos España». Me gusta hurgar en el trasfondo de los libros y creo, además, que éste es uno de los grandes servicios que se pueden hacer a sus lectores, sobre todo si el autor se presta a hacer ese viaje de introspección por sus propias páginas. Pero, naturalmente, en tomo al libro o brotando de él mismo, nacía tal cantidad de cuestiones que quizás era mejor escogerlo simplemente como un pretexto o un punto de referencia para una conversación libre Abusando incluso de la bondad y de la amistad de Laín Entralgo, porque, precisamente por las fechas otoñales en que esta conversación fue proyectada. Laín estaba más que escamado de este, digamos, género literario de las entrevistas o las conversaciones. Sólo hacia unas fechas que se le había hecho decir, públicamente, lo que no bebía dicho, y es lógico que un hombre de su categoría y honradez intelectuales no se preste a llevar si agua ideológica propia al molino ajeno, ni a los jueguecitos periodísticos acostumbrados para que la entrevista quede «bonita»

Pero ¿qué duda cabe de que hablar de España y de las esperanzas que con España se conectan, o como españoles tenemos, le apasionaba? En realidad. su obra no específicamente profesional y científica no es otra cosa que un buceo en profundidad sobre estos dos temas: España y el misterio y la condición de la esperanza humana, y creo, con sinceridad, que entre los otros muchos títulos académicos, científicos o literarios, y en la médula de su mismo prestigio intelectual, priman y primaran esas páginas sobre esos dos temas, escritas con tanta lucidez y llenas de tantos logros. Aunque tampoco quiero olvidar que el profesor Laín Entralgo ha tenido y tiene otra dimensión profesoral o magisterial en el país, que seguramente aparecerá más clara en los años venideros, y esto en un doble sentido: 1) un poco, o un mucho, como Ortega y Gasset, Laín Entralgo ha sido, en unos años de absoluta menesterosidad intelectual y espiritual de nuestra patria, algo así como un ancla lanzada más allá de nuestro «ghetto» por donde nos han llegado nombres, ideas y espíritu y maneras de ser hombres del siglo XX, e incluso cristianos del siglo XX, mucho antes de que sonara la era conciliar. 2) El profesor Laín Entralgo ha encarnado casi como un símbolo un cierto espíritu de tolerancia, que no solamente ha sido siempre minoritario en el país, y por añadidura nunca ha gozado de buena prensa y ha sido convertido por el contrario en chivo emisario de todos los males, sino que, en nuestro mundo moderno, en general, resulta anacrónico para la inmensa mayoría, fascinada por los colores y los nombres, pero que, por eso mismo, parece haber renunciado a ser humana. Asi que, por todo esto, me he sentido más in citado a preguntar al profesor Laín Entralgo y él no ha orillado ni lo que de neto exigían sus respuestas, ni tampoco la sinceridad o transparencia de su propio drama de esperanzas y decepciones.

—Usted es un español dedicado a las tareas de la inteligencia y confesionalmente católico. Pero intelectual y católico ha sido, en este país, desde los comienzos del mundo moderno, prácticamente, una «contradictio in terminis». Desde el siglo XVIII hasta la generación de ustedes ha parecido imposible que se diera esta dualidad, y ahora, después de ustedes, quiero decir, en las nuevas generaciones intelectuales, vuelve a ocurrir lo mismo. Hablemos un poco de esto. ¿Cómo ha sido su aventura a la vez en los dos frentes: en el mundo intelectual, enfrentado a la Iglesia, y en el ámbito cristiano de este país, tan hostil a lo intelectual?

—Ser a la vez intelectual con vigencia secular y católico declarado en la España de los siglos XIX y XX ha sido más bien una rareza que una «contradictio in terminis». Yo soy muy poco balmesiano y pienso que, filosóficamente, Balmes se hallaba bastante atrasado; pero Balmes, no hay duda, tuvo vigencia secular, como la tuvo Menéndez Pelayo. especialmente el ulterior a su Historia de las ideas estéticas. Y luego, Asín Palacios. Gómez Moreno y Zaragüeta. Y el gran Maragall. Y Eugenio d'Ors. Y Falla, que no dejó de ser también «intelectual». Y en la España inmediatamente anterior a 1936, no quiero pasar de ahí, Zubiri y los del grupo de Cruz y Raya. Y a Marañón, sin que él me viera, le he visto en la misa de doce de la catedral de Toledo.

En cuanto a mi... Bien sabe usted, querido Jiménez Lozano, que no me gusta ser jactancioso o melodramático. Con los intelectuales no católicos me he llevado siempre bien. El grueso de la Iglesia oficial —no quiero incluir en ella los grupitos de «guerrilleros antiintelectuales» que alguna vez me han atacado— ha preferido desconocerme, no sé si porque soy poca cosa o por encontrarme demasiado «inquieto»; yo, por ejemplo, siempre he deseado una separación no enemistosa entre la Iglesia y el Estado. Pero no puedo olvidar que varios clérigos verdaderamente ejemplares, me han tratado, en todo momento, con su mejor amistad.

—Hablemos un poco del catolicismo español. ¿Cómo ve usted su futuro inmediato? Ese futuro, quiero decir, que se puede predecir, con mayor o menor exactitud, a partir de los datos actuales y sin arriesgarse a ser profetas.

—Cuando contemplo el considerable número de católicos, eclesiásticos o seglares, con un sincero afán de vivir social, intelectual y estéticamente al día, siento en mi cierta esperanza. Pero también temo que, en muchos, ese afán conduzca más al activismo inmediato que a la verdadera creación. Y más aún temo que a tantos otros se los trague y digiera —táctica y exteriormente «modernizada» o «tecnocratizada»— nuestra sociedad tradicional. Esperanza y temor, las dos pasiones que promueve la previsión del futuro, en proporción cambiante, según los días.

—Usted es un intelectual español. El panorama cultural español actual me parece desastroso. Creo que, entre tantas bambalinas y cortinas, no hay nada, o muy poca cosa, dejando de lado todas las personalidades eximías, que, sin duda, existen. Yo no sé si usted comparte mi apreciación; pero, si es así, creo que no debemos insistir en cosas tan dolorosas. Preterirla que me hablase de las esperanzas. No se puede vivir sin esperanza, usted lo sabe mejor que nadie. ¿Cuáles son nuestras esperanzas?

—Aunque con personas aisladas y grupos de trabajo realmente valiosos dentro de ella, veo a mi alrededor demasiada confusión para atreverme a enunciar un juicio preciso. En cuanto a mí, más que de esperanzas prefiero hablar de propósitos. En el orden intelectual, tres son los principales, durante lo que me quede de vida útil, hacer algo que deba ser tomado en serio hasta por los que piensan —o dicen pensar, o quieren pensar— que las orientaciones básicas de mi inteligencia son anacrónicas; y entenderme de veras con todos cuantos trabajáis en serio, cualesquiera que sean sus campos temáticos e ideológicos; y, sí me fuera posible, ayudarles a que sigan trabajando así.

—Usted ha dedicado A qué llamamos España a sus hijos, tras haber meditado muchos años, y con especial profundidad, sobre este tema, pero parece que sin haber llegado, sin embargo, a grandes esperanzas. ¿Lo único que cabe esperar es que no nos volvamos a matar, que no haya más sangre para alcanzar el poder social y político o para mantenerse en él? Pero, ¿se puede tener una vida histórica y se puede aspirar a ocupar un lugar en la historia como comunidad nacional con este ideal minimalista? Y, por otro lado, ¿podremos olvidar que éste es nuestro «mínimum» necesario y dedicarnos a ilusiones? Las ilusiones de «la tercera España», por ejemplo. Esta España espolea como una esperanza, sin duda alguna, pero ¿no cabe también «reprocharla» que tiene tan elevada como irreal idea el país que, al fin y al cabo, no ha hecho otra cosa que ayudarle a estrellarse o convertirse en fuente de decepciones? La «tercera España», que, desde luego, es la «salus unica», ¿no se convierte, a la vez, en perpetua manzana de discordia entre las otras dos Españas, al parecer más ancladas en lo real? ¿Cómo hacer para precipitar la hora en que la inmensa mayoría de los españoles suspirase por esa «tercera España»? ¿No es casi una «utopía»? ¿O sólo una «tarea larga» como Camus definía a la utopía?

—Por lo que a mi toca, y respecto de la España que yo deseo, más. Que un desesperado soy un desesperanzado do creo que me moriré sin verla ¿La verán mis hijos o mis nietos? Nada ansío tanto. Aparte mi trabajo personal, yo, como español, me conformaré con saber que en España sigue habiendo, en el más pleno y cabal de los sentidos, «personas» —es decir, no sólo imperantes, hombres en serie, buscadores de lucro y sujetos trivializados—, y con tratar como buenos amigos a varias de ellas. Personas: hombres real y verdaderamente libres por dentro y tan libres por fuera como su «por fuera» lo permita; usted, Jiménez Lozano, por ejemplo. Si esto es o no es un recurso eficaz para que los españoles suspiren por una «tercera España», la verdad, no lo sé; pero mucho me temo que no lo sea.

-Hablemos del «disfraz», del «como si», que me parece que es uno de los análisis más agudos que hay en A qué llamamos España sobre un cierto modo de comportamiento español. El «disfraz» o el «como si» de los hábitos de pensar, del instalarse en el tiempo, del aceptar las ideas: disfraz cultural, disfraz liberal, disfraz europeísta, disfraz tecnológico, disfraz religioso. ¿Hay que concluir que nuestra única realidad auténtica, sin «como si» ni «disfraz», es el inquisidor?

—Vivir en la sociedad, por tanto hacia fuera —y no pocas veces también hacia dentro; recuérdense los análisis de Adler y de Sartre—, exige siempre, poco o mucho, disfrazarse, adoptar el rol social que en aquel momento nos toque desempeñar. Pero, es verdad, en pocas sociedades parece ser tan aparatoso el disfraz como en la española. Unos, a contrapelo de la historia actual, quieren disfrazarse de «españoles tradicionales», y piensan que estoquear grabados de Picasso es lo menos que tal disfraz exige. Otros, muy apresuradamente, sin un suelo social adecuado y sin suficiente y bien digerida lectura, se disfrazan de «hombres al día». Entre maestros inquisidores o aspirantes a inquisidor los hay de dos especies: los que por fanatismo lo son de veras y los que pagan provechoso tal disfraz. Líbrenos, Dios, el Dios del Evangelio, de los «excesos de celo» de los unos y los otros. Pero también hay bastantes españoles no inquisidores exentos de disfraz; justamente las personas con quienes usted y yo queremos tratar.

—El problema de España, desde Sobre la cultura española (1943), por ejemplo, a este A qué llamamos España.

¿Es usted un decepcionado? Pero, en todo caso, no un desesperado seguramente. ¿Por dónde va su actual hacerse cuestión a sí mismo como español: el «quaestio mihi factus sum» de san Agustín?

En el plano de la España cultural de hoy, del que más arriba decía que yo prefería no hablar. Pero es preciso, siquiera de esta manera dinámica y comparativa, respecto al lapsus de tiempo que ha transcurrido entre uno y otro de estos sus dos libros citados. Y se me ocurren estas cuestiones: El universo tribal de que habla Goytisolo en el libro-homenaje a don Américo Castro. La marea de la banalidad y de la superficialidad con ropaje «científico». La inercia mental, el colonialismo y el mimetismo culturales. Los intocables «santones». La ausencia de puesta en cuarentena del universo cultural e intelectual. La imposibilidad de hacerlo. La gran masa inculta, el consumismo cultural. El plebeyo e iletrado, audaces ejes, en buena parte del universo cultural.

Su posible amargura o decepción política.

La amargura de la enseñanza. Nuestra pobre Universidad. El martirio refinado del bachillerato, que quizá sirva sólo para aplanar y aplatanar las inteligencias, tornarlas funcionales. Y para tomar odio a la cultura para el resto de los días. Las escuelas. La seleccion á rebours de los hombres de cultura. La alegría con que nuestra sociedad prescinde, por ejemplo, de hombre como Aranguren, Valverde, etcétera. Su ausencia de olfato para averiguar dónde están los valores y su insensibilidad ante su pérdida.

Los jóvenes. Pero la problemática de los jóvenes es demasiado amplia. Salvo su interés en abordar otros planos específicos, por mi parte quisiera interrogarle sobre un solo respecto. En gran medida son generaciones a la intemperie, sin suelo, además. En otras partes ellos se rebelan contra la historia o renuncian a pisar el «parquet» paterno. Pero aquí, ahí están lanzados, ahora, a los vientos —más ambiente y sensibilidad que postura racionalizada— del marxismo, freudo-marxismo, contracultural, etcétera.

Pero ¿contra qué cultura racionalista se elevará aquí la contracultura? ¿Contra qué cultura tecnocrática o tecnológica? Creo que, entre nosotros, todavía no ha habido racionalismo, ni tecnocracia, ni mundo moderno. Sólo el «como si» de esas realidades. La única cultura sigue siendo la barroca tradicional, católica oficialmente. ¿De nuevo será aquí la última modernidad contracristianismo o contra-iglesia, y sólo esto?

¿Qué porvenir les espera a las minorías intelectuales jóvenes? ¿El de emigrar, como el más brillante?

—¡Qué lluvia de cuestiones, qué enjambre de incitantes saetas! Ya le he dicho que como español soy un desesperanzado; pero, eso sí, un desesperanzado que en su obra trabaja todo cuanto puede y que al margen de su obra siempre estará dispuesto —usemos otra vez la expresión tópica— a dar testimonio de su actitud frente a la España que considera deseable y frente a la España que juzga indeseable. ¿Ciencia, educación, Universidad? Mientras los españoles no queramos en serio producir la ciencia que debe dar de sí un país europeo de treinta y pico millones de habitantes y mientras nos hallemos tan lejos de gastar en ese empeño el tanto por ciento de la renta nacional que entre los países desarrollados es habitual, el «¡Palabras, palabras, palabras!» de don Guillermo tendrá que ser entre nosotros una jaculatoria habitual. ¿El bachillerato? Pienso en la redacción de casi todos los exámenes escritos de mi asignatura, y se me abren las carnes; y algo semejante me ha postulo las pocas veces que en la televisión he visto una parte del programa «Cesta y puntos»: esos excelentes muchachos a los que educan para ser exhibicionistas y opositores, no para ser profesionales eficaces, unos, y egregios o modestos hombres de ciencia, los otros. Mientras a nuestros estudiantes de bachillerato no se les enseñe a «leer» (a entender bien lo que leen), a «escribir» (a componer decorosamente lo que escriben) y a «contar» (a manejar con mente matemática la realidad), pensar en ellos y en el futuro de nuestro país me producirá una tristeza infinita... Pero todo esto ¿importa acaso a la mayoría de nuestra sociedad? Pasemos de nuevo del bachillerato a la docencia universitaria. Nombra usted a Aranguren y a Valverde. Una y otra vez pienso yo con pena e irritación en sus casos. Sume usted a ellos los de tantos otros españoles que enseñan o investigan en Europa y América y quisieran venir. ¡Si yo le contara cómo fueron recibidos en Madrid, después de 1939, varios de nuestros más ilustres intelectuales!

Los jóvenes... ¿No ere usted que es preciso distinguir? Por una parte, ahí están los médicos jóvenes —psiquiatras o no— que tan ejemplarmente se han movilizado para exigir una medicina mejor en nuestros hospitales; y los que a mi lado veo trabajar con tanta devoción y tanto desinterés; y otros como ellos en laboratorios, clínicas y bibliotecas. Como español, nada me conforta más. Pero hay más jóvenes a nuestro lado: los que por inconsciencia, por gusto o por neofanatismo se empeñan en pensar que la historia puede hacerse partiendo de cero; los que consideran que ser joven exigente no consiste sino en cantar canciones de protesta agitando la melena. Bien. Con melena o sin ella, yo quiero jóvenes que exijan, pregunten y protesten; pero que lo hagan inteligentemente, teniendo muy en cuenta el «cui prodest», el «a quién beneficia» su conducta. Y, por supuesto, que trabajen como quería Unamuno: con una ambición capaz de ahogar la codicia. Y que al fin logren una España de la cual no tengan que emigrar.

—Unas palabras sobre el liberalismo, sobre la existencia liberal en tanto que talante y visión de la vida, en tanto que modo de existencia humana, logrado históricamente. La defensa del hombre contra los absolutismos y la tecnocracia.

—El liberalismo intelectual, político y religioso, es para mí, y bien quisiera que para todos, una conquista definitiva del hombre moderno; pero del liberalismo económico me hallo muy lejos. Hablando un día de mi padre, y creyendo haber inventado la palabra, dije que había sido un liberal-socialista. Luego he visto que así quiso llamarse a sí mismo el Ortega joven. En un mundo liberal-socialista —¿deberemos llamarle Insula Utopia?— quisiera vivir yo.

—Y unas palabras, sobre todo, sobre la esperanza: Moltman, Bloch, Erich Fromm. Usted es un especialista de la esperanza —creo que no me reprochará este título, a la vez modesto y magnifico. Seguramente es el que le resultará más halagador; pero después de la publicación de su libro La espera y la esperanza, creo que tiene derecho a él.

Estamos en un tiempo de desesperanza y en el que el simple nombre de esperanza parece sospechoso y retórico o evasivo. ¿Ve usted base para la esperanza, en nuestro mundo, o tendremos que aprender a esperar como Abraham: contra toda esperanza? Y ¿a qué llamaríamos esperanza, en tanto que españoles?

—¿Esperanza? Después de lo dicho, déjeme ser muy breve. Como español, desesperanzado. Como hombre, aunque de distinta manera que ellos, tan esperanzado como puedan serlo Ernst Bloch o Erich Fromm; en todo caso, esperanzado, pero no optimista. Y como hombre y español, una persona que se atreve a brindar a los demás esta suerte de imperativo categórico: «Vive y actúa como si de tu esfuerzo dependiese que se realice pronto lo que esperas o lo que quisieras poder esperar».

Y yo, ahora, me quedo un poco inquieto: ¿Había realmente necesidad de remover, en el corazón y en la inteligencia de este hombre, el entramado de todas estas llagas? En una muy amplia medida, sin embargo, el deber del intelectual es entregarse a las preguntas y como al asaeteamiento de los demás, incluso, a veces, para ser devorado. como quería Bernanos, y no sé cómo agradecer a Laín la generosidad con que se ha entregado a mis preguntas, quizá demasiado insistentes. Con un poco de amargura, pero, a la vez. con la alegría de comprobar que. por lo menos, todavía hay un hombre de categoría intelectual tan alta que es asi. pienso, en fin, que esta entrega también va siendo una forma cada día más anacrónica de inteligencia y de magisterio intelectual. Y. sin embargo, siempre será la única auténtica y convincente, y la que nos deja llenas de esperanza, aunque sea de una difícil esperanza, las manos.

Destino, Nº 1791 - Barcelona. 29 de enero 1972, pp. 20-21.

domingo, 19 de enero de 2025

Jesús García Calero entrevista a José Jiménez Lozano (ABC, 20 de abril de 2003)

 Jiménez Lozano, durante una conferencia en Santiago en 1999

«Estamos educando en la igualdad de la ignorancia, con pastillitas dogmáticas»

Este miércoles José Jiménez Lozano recibe el premio Cervantes de manos de Su Majestad el Rey. El escritor también abrirá la lectura continuada del Quijote en Madrid

—¿Cuál es el tema central del discurso que leerá el miércoles?

—Cervantes desde luego.

—¿Qué aspecto de Cervantes piensa defender?

—Voy a recrear lo que Cervantes significa entre los grandes de la cultura occidental, simplemente; y las que son sus lecciones de escritura y de lengua, la singular manera con la que mira a los hombres y al mundo, hecha de lucidez, ironía y misericordia.

—Decía Eliot que abril es el más cruel mes porque mezcla la memoria y el deseo. ¿Cómo está viviendo usted este abril, que mezcla los honores del Cervantes en lo personal con un escenario bélico como el que hemos vivido?

—En la vida siempre está mezclado el dolor con la alegría, y siempre hay a nuestro lado quien sufre cuando nosotros no sufrimos, o a la inversa. Y pocos momentos en el atroz siglo XX en los que río se hayan dado sufrimientos inmensos de guerra o de lo que se ha llamado paz, y ha sido la paz del aplastamiento de los seres humanos del modo más horrible. Lo único que nosotros podemos hacer es seguir con nuestra vida y nuestro trabajo como el policía de El huevo y la serpiente, de Ingmar Bergman, en medio del caos de la República de Weimar. Y echar una mano al prójimo, al que se tiene cerca. Es al que podemos ayudar, como terfemós obligación.

—¿Con qué pensamientos está vadeando la riada de contestación de nuestra sociedad y ciertos fenómenos de intolerancia que se han desatado en nuestras calles?

—La tolerancia siempre es algo que tenemos a cero, al levantarnos cada mañana. Es literalmente soportar lo que nos diferencia o nos opone al otro para que él tolere nuestra propia diferencia, porque lo que nos diferencia o nos opone es siempre menos que nuestra común humanidad. Y la tolerancia es un mínimum en una sociedad civilizada. La violencia siempre es la barbarie. La protesta es un acto de la conciencia, tranquilo y serio, y no tiene nada que ver con la intolerancia ni con la violencia, ni con la barbarie, lógicamente. Es una apelación de conciencia a conciencia en un plano individual o colectivo, civil y civilizadísimo. Otra cosa son las revueltas, los ensayos de revolución etc. Asuntos políticos muy conocidos, por lo demás.

—En momentos de movilizaciones tan perentorias como las de carácter bélico o las partidarias, ¿para qué cree que pueda servir la cultura?

—La cultura distancia al hombre del neandertal, le hace más difícil retornar ahí. Esto parece indudable. Steiner se muestra apesadumbrado y desconcertado ante el hecho de que algunos kapos de campos de concentración nazis escucharan a Bach; pero, si hubieran desposado la piedad de los cantos de Bach, ¿hubieran podido ser kapos? Muy difícilmente. Otra cosa es que les gustara o admiraran los puros sonidos consonados, pero esto no es ya Bach, puede ser cualquier cosa, podría sonar para dar un espacio musical a la tortura. Y hay aqui una meditación importante para las teorías tan modernas de la no significatividad del lenguaje, negación de la verdad y de la belleza, el desprecio o el olvido del rostro de los hombres, del escorzo de los animales y de toda la hermosura de la naturaleza en el arte actual. Sería para hablar largo y con demasiadas melancolías, y bastante inquietud, pero seguramente no es ahora el momento.

—¿Qué valor concede al arraigo en la literatura, en la labor de cualquier artista?

—La literatura es uno de los componentes de la cultura, y ésta es para todo hombre. El artista no es una excepción.

—¿Con qué confundimos el arraigo cuando lo convertimos en doctrina?

—Supongo que con la palabra arraigo usted se refiere a convicciones. Parece claro que nuestras convicciones son cernidas y sometidas cada día a contraste y crítica. O no serán convicciones, serán cerrazones.

—¿Qué limitación le pone a una cultura arraigada?

—Ninguna. Nunca estará lo suficientemente enraizada la cultura, tomada en sentido serio, claro está, porque tendrá que pasar por muchas tempestades, por todas las noches que este mundo tiene.

—¿Qué queda en nuestro espíritu de hoy de nuestro pasado islámico, o del hebreo?

—En el plano cultural, comenzando por la lengua española, y concluyendo por ciertos aspectos de nuestra antropología o existencialidad, queda bastante. Pero lo que no sé es si va a quedar tanto del cristianismo, o del judeo-cristianismo como se dice. Y, para tomar la cosa con un cierto humor, repetiré lo que mi amiga Julia Escobar suele recordarme que decía Flaubert acerca de le evolución de la humanidad occidental: paganismo, cristianismo, estupidismo.

—¿Qué deberíamos reivindicar de toda esa herencia hoy precisamente los españoles?

—No hay que reivindicar nada; reivindicar ya es instrumentalizar.

—¿Qué es lo que le atrae de la literatura de los místicos que otros autores no le conceden?

—Esta cuestión de la mística en relación conmigo no acabo de entenderla. Yo no he escrito ni media línea acerca de la mística en sí misma. Pero tampoco es que me atraiga ni me deje de atraer. Aldous Huxley ya explayó muy bien, por si hiciera falta, el fundante lugar que tiene en la historia y en la cultura, y los irremediables pasos que da un mundo hacia la oscuridad y la barbarie sin la presencia de los místicos. Y, naturalmente, este asunto no es una cuestión de que se conceda o no se conceda; lo que es, es; y allá luego cada cual.

—¿Qué es lo que no debe ser un escritor o un artista?

—Todo lo que no debe ser cualquier mortal. No creo que haya una ética específica para esos señores.

—Dicen que España está aprendiendo a gestionar sus recursos culturales: el idioma, los índices de lectura, el éxito del cine y de algunos literatos patrios allende las fronteras. Pero, ¿qué echa de menos en la presencia o en la vivencia de la cultura —en un sentido amplio— de nuestra sociedad?

—De estas cosas que usted me dice ni entiendo ni pienso entender. Una sociedad con una cultura seria no tiene tantos apañados ni problemas. Se vive en el seno de esa cultura sin sentirlo, como no sentimos especialmente un brazo hasta que comienza a dolernos, sencillamente porque algo va mal. Todo esto de lo que habla me parece que se refiere, más bien, a eso que se llama la cultura como un constructo más de los muchos constructos o fabricaciones de apariencias, o decididamente fraudes, de nuestro momento histórico.

—Usted detesta lo gregario. ¿Cree que estamos educando espíritus críticos, o libres, mejores que nuestros abuelos?

—¡Claro que detesto lo gregario! ¡No quiero ser oveja ni ovejo ni carnero, ni un imbécil feliz manejado por algún listo, y carne de matadero! Se está educando según el sistema del Chigaliev de los Demonios de Dostoievski, en la igualdad de la ignorancia, alimentados con pastillitas dogmáticas. Nuestros abuelos recibieron una educación inconmensurablemente más libre y seria que la que se da hoy. No encuentro ni una brizna de sentido crítico —¿en qué podría basarse, si no se sabe nada?— ni de libertad. Los griegos se sentían libres porque estaban sujetos a leyes divinas y humanas, y consideraban bárbaros a quienes no tenían esas leyes. No parece que haya otra forma de ser libres; así que no hay más que mirar en derredor y sacar las consecuencias. Tampoco hay otra forma de tener conciencia crítica que estudiar, me parece.

—Permítame preguntar por lo cercano, tal vez lo importante: ¿Qué le ha llamado la atención estos días en su jardín o en su casa, alguna luz, algún canto, alguna flor, cierta lectura, tal vez un color en las nubes?

—Casi cada año, en cuanto las lilas brotan me pregunto si se helarán. En esta Castilla con primaveras tan frías y en un mes tan hermoso y traicionero como abril, se está siempre en vilo. Y no sólo por las lilas.

—De sus lecturas de Cervantes, ¿cuál es el recuerdo que más satisfacción le otorga? ¿Algún personaje, alguna situación, algún pensamiento apoyado en un diálogo o en un pasaje...?

—Hay muchos personajes que me son muy queridos o que me fascinan por sí mismos, o por el enigma de sus vidas, y sobre todo las mujeres; pongamos la Costaneica, Feliciana de la Voz, o aquella muchacha, sin nombre, que aparece en medio de un bosque, en el Per siles, hablando de celos, y se va. Y un etcétera muy largo.

—En un país de 60.000 títulos anuales, ¿qué le exige a un escritor para que le llame la atención por sus palabras?

—Hay especialistas en esto de lo que hay que hacer para llamar la atención. Y casi siempre aconsejan hacer y decir tantas tonterías como en campaña electoral los políticos, pongamos por caso. Seguramente porque, como dice un eslógano comercial: Nunca hay que despreciar la estupidez del cliente. Pero se supone que un escritor no debería regirse por tal eslógano, y tiene algún respeto con su lector, como sin duda hay políticos que lo tienen con sus electores, y comerciantes con sus clientes. Se supone que un escritor busca lectores, y llegarlos a los adentros. Se supone.

Jesús García Calero; ABC, 20 de abril de 2003, pp. 64-65.