Además de su testimonio, una parte muy importante de su legado se compone de los escritos que, desde la carcel, escribió desde la prisión a sus familiares y amigos.
No comparto algunos de los extremos de su teología, pero, como se verá, algunos de estas cartas y apuntes, como el que os presento a continuación, tiene la rara virtud de iluminar ciertos “ángulos oscuros” de la experiencia totalitaria...
"Para el bien, la necedad constituye un enemigo más peligroso que la maldad. Existe la posibilidad de protestar contra el mal, de ponerlo al descubierto y, en caso necesario, de evitarlo por la fuerza; el mal lleva siempre en sí el germen de la autodestrucción al dejar en el ser humano, como mínimo, una sensación de malestar. En cambio, frente a la necedad carecemos de toda defensa, no somos capaces de hacer nada contra ella, tanto si nos valemos de protestas como si utilizamos la fuerza: las razones no surten efecto; el necio deja de creer sencillamente en los hechos que contradicen su prejuicio —en tales casos incluso se muestra crítico—; y si los hechos son inevitables, simplemente los desecha como casos aislados y sin importancia. Así, y a diferencia del hombre malo, el necio se siente satisfecho de sí mismo, e incluso puede llegar a ser peligroso cuando, levemente irritado, pasa al ataque. Por ello es necesaria mayor precaución frente al necio que frente al malo. No intentaremos jamás convencer al necio mediante razonamientos; tal procedimiento es absurdo y peligroso.
Para saber cómo afrontar la necedad, debemos intentar comprender su naturaleza. Lo que podemos afirmar con seguridad es que no es esencialmente un defecto intelectual, sino humano. En determinadas situaciones, descubrimos con sorpresa que existen hombres extraordinariamente ágiles desde un punto de vista intelectual que son necios, y otros, intelectualmente muy torpes, que no tienen nada de necios. Nos damos cuenta de que la necedad no es un defecto innato, sino de que, en determinadas circunstancias, los hombres se vuelven necios, o bien se dejan transformar en tales. Observamos, además, que las personas introvertidas y solitarias muestran este defecto con menos frecuencia que las personas y los grupos humanos con tendencia a la sociabilidad o condenados a ella. Así que la necedad no parece ser tanto un problema psicológico como sociológico; es una forma especial de influencia que las circunstancias históricas en el hombre, un fenómeno psicológico determinado por algunas situaciones externas.
Si ponemos mayor atención, observaremos que los poderes que se hacen enormemente fuertes, ya sean de índole política o religiosa, tratan a gran parte de la humanidad como necios. Incluso parece que esto sea una ley psico-sociológica: el poder de unos precisa de la necedad de los demás. Y no se llega a esta situación por el hecho de que determinadas facultades humanas —por ejemplo, las intelectuales— se atrofien o queden anuladas súbitamente, sino porque el ser humano queda desprovisto de su independencia interna bajo la abrumadora impresión del despliegue de poder. De forma más o menos inconsciente, renuncia entonces a encontrar una actitud propia ante las situaciones vitales. El hecho de que a menudo la persona necia se muestre obstinada, no debe hacernos olvidar que no es independiente. Incluso conversando con ella, podremos darnos cuenta de que no estamos tratando con ella misma, con ella en persona, sino con los tópicos y las consignas que la dominan. Se encuentra como hechizada, deslumbrada; en su propia naturaleza se abusa de ella y se la maltrata. Convertida así en un instrumento carente de voluntad propia, la persona necia será capaz de cualquier mala acción y, al mismo tiempo, incapaz de reconocerla como mala. He ahí el peligro de un diabólico abuso. Por él pueden los seres humanos echarse a perder para siempre.
Pero en este punto precisamente se nos manifiesta con toda claridad que no será un acto de adoctrinamiento, sino únicamente un acto de liberación el que pueda superar la necedad. En este sentido, hemos de aceptar que en la mayoría de los casos una auténtica liberación interna sólo es posible cuando le ha precedido la liberación externa. Hasta ese momento tendremos que renunciar a todo intento por convencer al necio. Este estado de cosas explica también por qué en tales circunstancias nos esforzamos en vano por saber lo que piensa realmente «el pueblo», y por qué esta pregunta resulta al mismo tiempo tan superflua para quien piensa y actúa de forma responsable, pero siempre bajo las circunstancias dadas. La frase de la Biblia «el principio de la sabiduría es el temor de Yahvé» (Salmo 111, 10), afirma que la liberación interna del hombre para una vida responsable ante Dios constituye la única superación real de la necedad.
Por lo demás, estos pensamientos sobre la necedad tienen algo de consolador, porque no permiten creer que la mayoría de las personas sean necias. Todo dependerá en realidad de si los gobernantes confían más en la necedad que en la autonomía interna y en la sensatez de la persona humana."
Para saber cómo afrontar la necedad, debemos intentar comprender su naturaleza. Lo que podemos afirmar con seguridad es que no es esencialmente un defecto intelectual, sino humano. En determinadas situaciones, descubrimos con sorpresa que existen hombres extraordinariamente ágiles desde un punto de vista intelectual que son necios, y otros, intelectualmente muy torpes, que no tienen nada de necios. Nos damos cuenta de que la necedad no es un defecto innato, sino de que, en determinadas circunstancias, los hombres se vuelven necios, o bien se dejan transformar en tales. Observamos, además, que las personas introvertidas y solitarias muestran este defecto con menos frecuencia que las personas y los grupos humanos con tendencia a la sociabilidad o condenados a ella. Así que la necedad no parece ser tanto un problema psicológico como sociológico; es una forma especial de influencia que las circunstancias históricas en el hombre, un fenómeno psicológico determinado por algunas situaciones externas.
Si ponemos mayor atención, observaremos que los poderes que se hacen enormemente fuertes, ya sean de índole política o religiosa, tratan a gran parte de la humanidad como necios. Incluso parece que esto sea una ley psico-sociológica: el poder de unos precisa de la necedad de los demás. Y no se llega a esta situación por el hecho de que determinadas facultades humanas —por ejemplo, las intelectuales— se atrofien o queden anuladas súbitamente, sino porque el ser humano queda desprovisto de su independencia interna bajo la abrumadora impresión del despliegue de poder. De forma más o menos inconsciente, renuncia entonces a encontrar una actitud propia ante las situaciones vitales. El hecho de que a menudo la persona necia se muestre obstinada, no debe hacernos olvidar que no es independiente. Incluso conversando con ella, podremos darnos cuenta de que no estamos tratando con ella misma, con ella en persona, sino con los tópicos y las consignas que la dominan. Se encuentra como hechizada, deslumbrada; en su propia naturaleza se abusa de ella y se la maltrata. Convertida así en un instrumento carente de voluntad propia, la persona necia será capaz de cualquier mala acción y, al mismo tiempo, incapaz de reconocerla como mala. He ahí el peligro de un diabólico abuso. Por él pueden los seres humanos echarse a perder para siempre.
Pero en este punto precisamente se nos manifiesta con toda claridad que no será un acto de adoctrinamiento, sino únicamente un acto de liberación el que pueda superar la necedad. En este sentido, hemos de aceptar que en la mayoría de los casos una auténtica liberación interna sólo es posible cuando le ha precedido la liberación externa. Hasta ese momento tendremos que renunciar a todo intento por convencer al necio. Este estado de cosas explica también por qué en tales circunstancias nos esforzamos en vano por saber lo que piensa realmente «el pueblo», y por qué esta pregunta resulta al mismo tiempo tan superflua para quien piensa y actúa de forma responsable, pero siempre bajo las circunstancias dadas. La frase de la Biblia «el principio de la sabiduría es el temor de Yahvé» (Salmo 111, 10), afirma que la liberación interna del hombre para una vida responsable ante Dios constituye la única superación real de la necedad.
Por lo demás, estos pensamientos sobre la necedad tienen algo de consolador, porque no permiten creer que la mayoría de las personas sean necias. Todo dependerá en realidad de si los gobernantes confían más en la necedad que en la autonomía interna y en la sensatez de la persona humana."