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miércoles, 31 de diciembre de 2025

"Aquel puerto de Andratx de la postguerra" de Rosa Planas, Diario de Mallorca, 16 de noviembre de 1980.

 


Antes de la llegada del turismo ya vivían el lugar algunos “excéntricos” extranjeros.

AQUEL PUERTO DE ANDRATX DE LA POSTGUERRA

Fue, sin duda, el Puerto de Andratx uno de los lugares más idílicos de Mallorca, aún hoy conserva, a pesar del atentado ecológico del que ha sido objeto, ese carácter especial de los puertos mallorquines que conjugan la luminosidad y la melancolía.

El Puerto se caracterizaba por las suaves ondulaciones de sus colinas cubiertas de pinos, por la serenidad de su entorno y por la escasez de cualquier tipo de construcción. Era un puerto marinero en donde sus habitantes vivían esencialmente de la pesca, y en el que todo además cosmopolita era totalmente desconocido. No había industria ni negocios, únicamente un aserradero en donde se fabricaban tablones, que eran remitidos a Valencia con el objeto de fabricar cajas.

Las casas del Huerto en su mayoría estaban encaladas, aunque también las había que eran de puro marés. Se trataba de sencillas moradas de pescadores en las que escaseaban los muebles superfluos y en las que, sin embargo, abundaban las sillas y algún que otro oxidado despertador.

En aquellos tiempos curiosos, no hace más de treinta años, existían solamente dos lugares de hospedaje, la Pensión Moragúes y la Pensión Rico. En estas pensiones llenas de paz, eran tratados con solicitud los primeros pioneros del turismo, unos pocos extranjeros que habían descubierto la paradisíaca isla de Mallorca.

Hoy todo ha cambiado, la metamorfosis se ha desarrollado en el sentido más kafkiano, la mariposa se ha convertido, o mejor dicho la hemos convertido, en insecto. El Puerto de Andratx se ha transformado en un puerto turístico y la naturaleza ha sufrido el terrible cambio: de lo gratuitamente hermoso a lo interesadamente funcional. La agresión a la belleza tiene en el puerto su máximo exponente. Donde en un tiempo hubo tan sólo pinares ricos en aromas y matices existen hoy energuménicas grúas y construcciones a medio terminar. Se ha destruido parte del encanto de la naturaleza, pero no ha sido desterrado del recuerdo de quienes conocieron el Puerto tal y como era cuando disponía de su verdadera identidad.

RECUERDOS DE CRISTOBAL SERRA

Cristóbal Serra, conocido escritor mallorquín, vivió gran parte de su infancia y juventud en el Puerto de Andratx. Esta etapa de su vida la recoge en su último libro: “Diario de Signos”, de inminente aparición. Serra nos habla de los veranos en el Puerto, de los higos chumbos que constituían un tributo al calor africano, tórrido y cruel... De las cabras campando a sus anchas en las rastrojeras, de las aguas negras de la Mola y también, cómo olvidarlos, de los extravagantes extranjeros que llenaron con sus poéticas manías las páginas de la historia local y de este libro de Signos.

Muchos de los habitantes del Puerto habían emigrado a Cuba en busca de mejor fortuna, ésto hacía que el carácter de alguno de estos emigrantes fuera de lo más pintoresco. Este pintoresquismo se reflejaba en muchos aspectos de la vida del Puerto, en ciertas casas y, sobre todo, en la Imaginación de algunos porteños. De los que marcharon a Cuba, la mayoría regresaron, no siempre verdaderamente enriquecidos, pero sí con unos pocos ahorros con los que se compraban un pequeño huerto, pero sin dejar Jamás de dedicarse a la pesca.

Eran muy escasos los extranjeros que vivían de forma permanente en el Puerto, Serra recuerda a algunos en su libro, quizá el más Inquietante de entre todos sea M. Flower, que vivía a bordo de su barco el “Jane” y que su amor a los animales había convertido en una verdadera arca de Noé. Este personaje se distinguía por su obcecado amor a los gatos y por su ferviente religiosidad, que contrastaba con el anticlericalismo de los habitantes del Puerto. Las misas de dos y tres personas eran lo típico de aquellos tiempos.

Otro de los extranjeros perennes era el misterioso habitante de “La casa del inglés”, nombre con que era asignada la vivienda de este personaje. Este hombre solitario que poseía una vasta cultura había sido cónsul en Abisinia, vivía en el Puerto tan sólo durante los inviernos y en el verano desaparecía como si huyera del agobiante calor. Se decía que era un gran conocedor de la lengua núbica y que poseía gran número de manuscritos y libros de incalculable valor.

En el Puerto, la forma de vida venía del mar y también el sustento de quienes allí vivían. Había muchos pescadores especializados en un tipo determinado de pesca y también los había que sobresalían por su especial pericia y dominio en los temas del mar. Entre éstos destacaba “Perdigó”, que era un genio de la pesca de “serrans”, algunos de sus ejemplares poseían dimensiones extraordinarias.

A pesar de que dominaba la vida marinera también se encontraban algunos huertos, la mayoría de los cuales estaban situados a la entrada del Puerto, en la zona denominada “Saluet”. Esta región, según el autor del “Diario de Signos”, fue en tiempos pasados “una ciénaga hirviente de vida donde andaban libres toda clase de pájaros”. Ahora, por ser quizá el lugar más fértil, se ha convertido en tierra de cultivo donde se crían sobre todo los pimientos. Este vegetal sufre cada verano la tiranía de un sol devastador, que abrasa inmisericorde cuanta vegetación existe.

La gente del Puerto era amable, pero se distinguía por una extraña hostilidad hacia todo lo de fuera. Con la guerra civil no cambió esta actitud, quizá se acrecentó la incomprensión hacia todo lo foráneo y se cebó con nuevos y trágicos argumentos el resentimiento del pobre, que desde entonces fue más firme.

Este rechazo hacia todo lo que era ajeno al Puerto se debía también a que los extranjeros constituían una nota discordante en la armonía reinante. Esos primeros turistas eran seros extravagantes, que al igual que George Sand, en Valldemosa causaron el consabido revuelo con su desusada excentricidad. Algunos de ellos iban descalzos, otros hacían largos paseos nocturnos sin justificación aparente. Esas rarezas típicas de los seres ajenos a la rutina, eran tachadas por los habitantes del Puerto como siniestras maniobras de espionaje, pero a pesar de esos recelos los inocentes extranjeros poco tenían que ver con los espías, a lo sumo eran, como el marido de M. Flower, un simple e inofensivo ilustrador de tebeos ingleses.

LA MOLA

Dos o tres lugares eran los que más sobresalían en el Puerto y formaban parte del vocabulario esencial de los que allí vivían. En cierto modo, eran los protagonistas naturales de la vida del Puerto. Esos inigualables parajes son: La Mola y Cala Marmassen.

La Mola es una solitaria atalaya morisca, que se levanta sobre las montañas y el mar y desde donde, en los días claros, se ve con gran nitidez el contorno misterioso de la Isla Dragonera. Desde ese torreón morisco se ve también toda la costa que se extiende desde el Puerto hasta San Telmo.

La Mola está rodeada de abismos y en ella siempre, por estar al descubierto, ya sea en verano o en invierno, sopla un fresco y fuerte viento. Las aguas que se ven desde la Mola son oscuras e inquietantes, ello ha llevado al autor del “Diario de Signos” a decir que “las aguas son el monstruo, el terror invisible, el abismo que te quiere tragar, envolver, anonadar”. En realidad, esta es la sensación que provoca el asomarse, aunque sea tímidamente, a los cortados precipicios de la Mola.

RAMON VERA

El Puerto no ha sido ni es únicamente un lugar lleno de atractivos naturales y de pintorescas anécdotas, el Puerto es, sin duda, la cuna de Importantes artistas, que desgraciadamente esperan ser promocionados y lanzados fuera del reducido espacio en que se han movido y creado. Entre estos artistas locales quizá destaca por la viveza y originalidad de su obra el pintor Ramón Vera. Es este un artista que nada tiene que envidiar a la vanguardia europea pues posee el mismo encanto primitivo de un Rousseau el Aduanero. Es imaginativo y sus temas, que giran siempre en torno a la vida del Puerto, están tratados con calor y sentimiento. Su concepción plástica es un prodigio de color y poesía.

Ramón Vera mezcla y confunde en su creación el exotismo de Cuba, donde había vivido, y las formas cálidas y mediterráneas de la costa de Andratx. Es la suya una pintura literaria, de anécdotas, pero en ningún momento superficial. Barcos, peces y pescadores son, sin duda, los protagonistas de su pintura y los eternos personajes de su alucinada creación.

Ramón Vera es un gran artista que murió trágicamente en un accidente de automóvil y dejó su obra desperdigada... Falta todavía que sea reconocido por sus compatriotas. No obstante, para quien desee iniciarse en su pintura, que se sepa que algunos de sus cuadros sirven de motivo de decoración en uno de los restaurantes del Puerto y que ayudan a algo más que a abrir el apetito.

LA PROCESION DEL CARMEN

Tal vez era esta la celebración más importante en la vida del antiguo Puerto. Como hemos dicho antes, sus gentes no se caracterizaban por un fervor religioso excesivo, sin embargo, al llegar las fechas de la patrona de los pescadores, parecía que el alma de esas gentes se transformaba y no tan sólo en lo interior sufría modificaciones, sino que todas las barcas se engalanaban con banderas de colores, que llenaban el cielo y el mar de un inusitado esplendor.

Una flota de barcas de “bou”, casi todas ellas propiedad de los hermanos Vera (familia del pintor Ramón), surcaba las tranquilas aguas del Puerto. El recorrido se iniciaba a media tarde y se prolongaba hasta entrada la noche, entonces se convertía en un espectáculo de ensueño, ya que se iluminaban las barcas y se mezclaba su luz con. el color sanguinolento del ocaso que caía. La distancia era lo de menos, apenas llegaban hasta el faro y volvían. Iban todas capitaneadas por la barca principal, propiedad de los Vera, llamada “Virgen del Carmen”, ésta abría la procesión llevando en su proa la imagen de la Virgen. Ramón Vera quiso plasmar en su pintura la belleza y emoción de esta fiesta singular. Algunos de sus cuadros más interesantes tienen como tema este aspecto mágico e inolvidable del viejo Puerto de Andratx.

Rosa Planas, Diario de Mallorca, 16 de noviembre de 1980, p. 43.



lunes, 14 de julio de 2025

"Fui conserje en un hotel; luego leí a Blake". Entrevista a Cristóbal Serra (El Mundo/El Día de Baleares. Lunes 30 de abril de 2001).


Cristóbal Serra, en el centro de la foto, solía comer en el palmesano y desaparecido celler Montenegro, en la calle del mismo nombre


 OPINIÓN. CONVERSACIONES EN EL ROMPEOLAS

PREMIO RAMON LLULL, 2000 EN LAS ILLES BALEARS // ESCRITOR, TRADUCTOR. NACIÓ EN PALMA, BEBE VINO BLANCO Y ANDA DESPACIO // «ESTÁN AGONIZANDO UNOS TIEMPOS EN LOS QUE PRACTICAMENTE HAN MUERTO TODOS LOS VALORES», AFIRMA

CRISTOBAL SERRA

“Fui conserje en un hotel; luego leí a Blake.”

Una entrevista de EMILIO ARNAO

PALMA.— Por teléfono he quedado con Cristóbal Serra, escritor, para comer en el Celler Montenegro, donde sé que él acostumbra a llenarse de arroz. Llego antes que él y pido aceitunas y Coca-Cola. Saco la grabadora y el cuaderno. Al momento baja por las escaleras del celler, como un trovador francés, Cristóbal, con gafas, amable, una camisa gris como el día, a punto de la tormenta. Compartimos mesa, una jarra de vino, «¿les pongo el arroz?» Después de la entrevista. «A ver, Arnao, qué quieres de mi». Botón rojo. Click. Estamos grabando. El celler está prácticamente vacío, sólo una pareja de extranjeros, que más que comer, se dan piquitos y hacen manitas. Enfrente de nuestra mesa, un joven solo come como un pequeño oso. Nosotros oímos los sorbidos de la sopa. Pero el restaurante, antiguo y socialista hoy es todo para nosotros. «Cristóbal quiero que me cuentes tu vida, tu literatura, el humanismo, tus gafas, en fin, Palma, esta ciudad tan distinta de cuando tu eras un muchachote borrascoso»

—¿Borrascoso? Mala información. Mi adolescencia en Palma está plagada de palomas y con el agua del mar, la del puerto, más limpia que cualquier cala de hoy en día. Viví en el puerto de Andraitx. Luego estudié Derecho en Madrid. Volví y me di cuenta que me gustaba más la literatura, las lenguas. Fui a Valencia y a Barcelona y me licencié en Historia, en lenguas, Francés e Inglés. Trabajé en Mallorca durante 25 años como profesor y también me dediqué a la traducción.

—Entonces su literatura llega mucho más tarde, no demasiado joven.

—Sobre los 30 me di cuenta que a mí lo que me gustaba era escribir, pensar y escribir, todo en prosa, pero siempre con los tonos líricos de lo poético. He creído fundamentalmente en lo lírico.

—La lírica, lo espiritual, un nuevo humanismo, ¿cree usted que deben afianzarse en este mundo de las tecnologías, la diosa ciencia, el neoliberalismo, este siglo que empezamos?

—Podrás comprender que yo tango una mirada sesgada. A diferencia de vosotros, tengo un concepto muy apocalíptico de la historia. Todo lo que está pasando se acomoda de manera tan real al final de unos tiempos, no al final del mundo, ojo, yo creo que están agonizando unos tiempos en los que prácticamente han muerto todos los valores, y no digamos los valores de la Cristiandad, la religión.

André Malraux dijo que “el siglo XXI será religioso o no será”. ¿Entonces?

—Yo creo que todavía mantenemos el concepto de religión heredado de las religiones judías y cristiana, es decir, el judeocristianismo. En este sentido, este conflicto tan marcado entre religión y ciencia es propio de mentalidades deliminatorias. Los conocimientos de la ciencia tampoco son absolutos, de la misma manera que, ni mucho menos, son absolutos los que siempre se han dado en el ámbito de la religión. Por tanto, para mí no existe conflicto. Entiendo que los valores del espíritu tendrán siempre que prevalecer, porque si hay algún sentido en el libro del apocalipsis es justamente cuando habla del triunfo del espíritu De modo que así es, yo doy gran importancia a un mundo que hable siempre de espiritualidad. humanismo, como queramos llamarlo.

—Volvamos a la literatura usted nació en el año 22. Ha visto e imagino que leído todo el siglo XX español. Hoy estamos en un punto donde hay demasiado autor y excesivas publicaciones. ¿En literatura española, se ha escrito se esté escribiendo bien?

—Escribir bien no lo dudo, pero no basta sólo escribir bien. Seguimos concediendo demasiado valor a la forma A mí me interesan las obras que formalmente correctas van un poco más allá, si quieres, que están más allá de la literatura. España, en su historia literaria, ha pecado, salvo notables excepciones, por ser excesivamente formalista, del mismo modo que la francesa. Sin embargo, en los autores franceses, y sobre todo en la literatura inglesa yo encuentro destellos, por ejemplo, dentro de la mística, que a mí me siguen inquietando cada vez que los leo. Sin embargo con los españoles, místicos incluidos, me aburro, porque están al amparo del estilo de una maraña complicada y oscura que no deja ver lo auténtico. Yo prefiero, en literatura, lo auténtico. Recuerdo una frase de Bergamín que decía: “En la literatura española te sirven el menú, pero nunca la carta”. Esta es la idea, hay poca variedad, estamos siempre en el menú. En España hay mucho menú y demasiadas novelas. Sin embargo, en poesía…

— Un poeta.

Claudio Rodríguez.

—¿Usted en un poema qué busca?

—En primer lugar que aparezca claro el contenido poético. La poesía tiene que ser oscura, sí, pero no un puro juego formal. Yo busco en el poema una impresión directa, un golpe, una revelación Esto me ha pasado con Laforgue, con Baudelaire, Rimbaud, pero también con Rubén Dario. Oliverio Girondo sin embargo, muchos de los célebres no me llegan y como no me llegan directamente pues no me interesan.

—De esos disparos directos ¿recuerda alguno en estos momentos?

—Sí, como no. Tiene que ser de Blake. Ya está «Ver un mundo en un grano de arena/un cielo en una flor silvestre/ tener el infinito en la palma de la mano y la eternidad, en una hora». Estos versos de Blake, junto con sus aforismos relampagueantes, me impresionan. En cuanto intuyo el relámpago en el misterio, es cuando encuentro al hombre sensible que quizá pueda haber en mí.

Cristóbal Serra, al que el año pasado le dieron el Premio Ramón Llull de les Illes Balears, traductor y autor de numerosísimos libros (toda su obra traducida al francés), cuando ha recitado esos versos de William Blake lo ha hecho en inglés. El inglés, idioma de agua y madera, en la voz de C.S. suena muy moderno, etéreo, de antes y ahora, como si se arrastrara por la arena una serpiente imposible. No tengo más preguntas. Nos hemos quedado solos en el celler, entre los toneles y las herramientas de labranza. Le digo que si comemos ya. «Si, claro, arroz de bacalao amb pellotes. Yo bebo vino blanco. Todos los viernes me siento en esta misma mesa. Espero que venga alguien. Hoy has venido tú. Estoy siendo sincero contigo Palma ha cambiado tanto. Me encuentro cómodo entre vosotros, los jóvenes. A mí, ya ves, me quedan estas comidas y algunos libros que escribir, todavía».

—Es usted un hombre sensible.

 —Bueno, eso lo dices tú, que no me conoces. Pero si, me gustaría que se me recordara como una persona que ha sido más sensible de lo que muchos jamás han pensado.

Con o sin sensibilidad entre William Blake y William Blake, las cuatro de la tarde, lo que sí ha llegado es el arroz amb pelletes y el vino blanco, sin aguja, sin una peluquería fija, el pelo de Cristóbal. Ha ocurrido con su voz de chicarrón para adentro, el mediodía, infinito o eterno, en una mano, en una hora. Entre risas y un cierto contubernio (terciamos en política y en acontecimientos de amor), llega una amiga que resulta ser de los dos.  Yo tomo café doble. Y Cristóbal, lírico y con gafas monárquicas, pide café doble también, porque los dos ya hemos puestos sobre la mesa los mismo naipes místicos, redondos y desaparecidos. Nos quejamos por romanticismo, porque las metáforas ya no son aquellos caballos blancos de un prado de nieve tardío. “Yo también fui profesor de literatura, Cristóbal”. “Y yo, mucho antes, conserje de un hotel, por las noches.  Iba para conserje, pero los turistas me rompían los cristales y lo dejé”. Carmen rubia, manos pequeñas, amiga y psicóloga, pide un carajillo de coñac y nos habla de la pintura de Menéndez Rojas. A Cristóbal Serra, aquí en Baleares, lo han hecho premio Ramón Llull, el año pasado pero según he adivinado en su ojos él prefiere su etapa de conserje cuando las aguas de Palma todavía estaban limpias como una costa. «Yo leía, bajo un cielo de palomas el verso de los poetas lakistas». Tal vez es místico y atlántico, sigue esperando todos los días a que le caiga, entre el bosque, el relámpago, vestido de azul, vivo, brutal, invisible, en el centro mismo de la carne.

El Mundo/El Día de Baleares. Lunes 30 de abril de 2001, p.7.

lunes, 7 de julio de 2025

"Sobre Baudelaire" de Cristóbal Serra (Diario de Mallorca, 1 de agosto de 1974)


 Notas intimas

SOBRE BAUDELAIRE

He buscado en la literatura con una curiosidad insaciable el aforismo perfecto. De acuerdo con mis exigencias, éste tenía que producir convulsión inmediata, como esa clara de huevo que a la histérica le da una sacudida. Yendo así en su búsqueda, lejos de encontrado, ha dado con diversos tipos de ellos. He conocido entre otros el aforismo-huevo, el aforismo-peladilla y el aforismo-ova de mar. Este último más bien áspero, raspa la piel de quien con él entra en contacto.

Porque mis esfuerzos fueron infructuosos, estoy por decir que el aforismo puro, en su condición de tal, es imposible. Los hombres más dotados para esta especie de suicidio que nos deja patitiesos —un Vaché por ejemplo— se suicidaron y no de mentirijillas. 

Vaché, cuando escribe sus “Cartas de Guerra", hace y deshace no se toma la molestia de razonar ni de disparatar. Señala con la más altiva indiferencia. No trata de adular el sentimiento ni la opinión. Por eso, escribe al desgaire aforismos cuasi-perfectos: “el Arte no existe, seguramente -por tanto es inútil cantarlo ¡sin embargo! Se hace arte porque así es y no de otra manera. Puesto que así es necesario vomitar un poco de ácido o de antiguo lirismo, que se haga de un tirón brusco -pues las locomotoras van deprisa”.

Escribir con la máxima penuria de medios es tanto como morir. Mientras se vive, hay que decir con palabras esto y lo otro, y por mucho esfuerzo que pongas, te quedas siempre corto. El lenguaje es, pues, un peligro en la medida en que le pedimos lo que el pobrecito no puede darnos. Hasta hay quien le exige la revelación suprema, sin sospechar que es tan impotente como los tentáculos del pulpo con todo su serrallo de ventosas. En cambio, ahí están sus muchas posibilidades, siempre que se convierta en pura diablura poética.

Del trato con el lenguaje he sacado una lección graciosa, maravillosa, inútil, que bien puede calificarse de poética. No es otra que la que Baudelaire nos dio al aconsejarnos que cuanto se escriba, aunque sea prosa, ha de ser poesía. Es decir, el consejo baudeleiriano nos advierte que no escribamos como escribió fulanito y menganito y no seamos en literatura el ordeñador que tira de la ubre antas veces solicitada por los ordeñadores seculares. Ahora bien, tales consejos no son lo mismo que el dejarse llevar, juego peligroso, arriesgado. No conocemos por ventara poetillas que, por dejarse llevar, la tonta corriente los lleva como a esos corchos cabezones que arroja el pescador de caña.

Todos los que han escrito notas íntimas han sido un tanto contrabandistas de la literatura. La venganza o el castigo que mismos se infringen por dicho contrabando ilegal, consiste en no publicar sus cosas, como no sea después de muertos. No quieren verse en la propia vitrina. Quieren envejecer antes de darse a conocer sin rebozos. Así que esconden el fraude, lo mantienen secreto. Recompensa amarga o feliz, según sean los temperamentos, pero recompensa lógica y merecida. Porque el pudor también se paga.

—0O0—

Las notas íntimas de Baudelaire las encontramos —en “Cohete”, “Mi corazón al desnudo", y el “Carnet” —, fragmentos que se publicaron en las Obras Póstumas. No podía ser de otro modo. El viejo Baudelaire podrido aquí no aparece ni pizca diabólico, nada “flor del mal" y sí extremadamente humano.

Si tuvo pose como artista, aquí se nos revela especialmente sincero. Se nos muestra trabajador, inclinado a la oración, y preocupado por pagar puntualmente sus deudas. Pobre, porque el ocio en la sociedad burguesa no da para mucho al artista, se esfuerza en ayudar a la mujer que ama y con la que siempre se ha solazado. Lo más sorprendente es que, en el curso de estas libres notas, no se muestra duro criticando a sus cofrades. Como no sea con George Sand que le exaspera, sus críticas no conocen el odio ni las ideas preconcebidas.

El ensañamiento lo reseña Baudelaire para ciertas ideas que flotan en su siglo y es despiadado consigo mismo, con el hombre, y sobre todo con la literatura. La teoría política de Baudelaire es resueltamente reaccionaria por asco de la mediocridad democrática. Sus pujos aristocratizantes en todos los órdenes le apartan de una visión mostrenca de la política. Considera absurda la creencia en el progreso en mayúscula y así escribe: la creencia en el progreso es una creencia de perezosos. Una doctrina de belgas. El pensamiento de Baudelaire en estos textos es fundamentalmente apocalíptico. El fin del mundo que él ve próximo, lo imagina como un triste triunfo de Mamón. Fue uno de los que alertaron contra el fatídico dinerismo. Con visión profética, nos imagina “americanizados”, víctimas de la sociedad de consumo. Podríamos hurgar párrafos en los que prevé la lógica de los fascismos: “Los gobiernos se verán forzados, para mantenerse y para crear un fantasma de orden, a recurrir a medios que harán estremecer la humanidad actual, de suyo tan endurecida”.

En estas notas íntimas Baudelaire amontonó todas sus cóleras. Por eso es también ése un libro de rencores. Haciendo gala de prudencia, cree conveniente publicarlo cuando haya amasado una fortuna considerable que le permita salir de Francia para ponerse a buen recaudo.

Baudelaire APOLO -. MI CORAZON AL DESNUDO Traducción de A. Esclasans.

CRISTOBAL SERRA, Diario de Mallorca, 1 de agosto de 1974, p. 31.


jueves, 26 de septiembre de 2024

"Los viajes quiméricos" (Cristóbal Serra, Baleares, 10 de febrero de 1966.)


 Michaux ese gran desconocido

Los viajes quiméricos

Por CRISTOBAL SERRA

LA ciencia de la literatura pretende reducir a géneros la vertiginosa producción literaria de las edades. Por su misma naturaleza, el intento peca de ingenuo. Pues, por si fuera poco, nos quedamos con unos motes clasificadores y luego no sabemos qué hacer con los poemas en prosa y esos libros raros que no caben dentro de la clasificación tradicional. No es esta la única, ni la más grave limitación que entraña la retórica. La otra, es la abusiva aplicación de estas nomenclaturas tradicionales por parte de los críticos.

La literatura se alimenta de formas nuevas y de otras remozadas. Y la única nota común de esas formas es que son obras, productos humanos, como esa silla del carpintero o esa fábrica de sillares levantada por el albañil. Ahora bien, hay obras que proceden de un mismo suelo y que fueron construidas con esas piedras con que se construyen los edificios que la historia denomina modelos artísticos.

Convenía puntualizar así las cosas, para explicarnos un poco porque los “viajes inverosímiles” no pasan por un género definido, cuando son el más definido de todos. Hasta tal punto que las obras más famosas de la literatura fantástica europea —La Odisea, La Comedia, El Quijote y luego Gulliver— son, sin discusión de ninguna clase, viajes inverosímiles. Esto por lo que hace a los libros más famosos, que, de bajar a libros de segunda fila, íbamos a llenar páginas enteras de relaciones fantásticas. Las muchas utopías que se han sucedido, desde la Nueva Atlántida de Bacon hasta el Mundo Feliz de Huxley, son viajes críticos que delatan la historia del creciente descontento del hombre europeo respecto a su civilización. Todas ellas nos brindan una conclusión práctica; o desandamos parte de lo andado, o ya sabemos lo que nos aguarda.

El realismo dominante no halla credenciales para los libres que se salen de sus casillas. Pero, no sabe, o hace como quien ignora, que el viaje inverosímil cuenta en su haber logros literarios, no por lejanos, inferiores a las mejores novelas. La novela moderna, por otra parte, se apoya en su época mientras que los viajes inverosímiles, al ser intemporales, y, al proceder de la imaginación pura, están siempre en condición de serles adjudicados sus propios méritos. No es un azar que los libros más profundos y a la vez más populares sean libros de viaje, pues el viaje, sobre entrañar posibilidad y diversidad, hace posible todo un procedimiento literario que colma la naturaleza de jóvenes y de viejos. Ese procedimiento —afirmación pura y simple lógica interna en el relato, acumulación de detalles— logra que no se nos borren de la memoria ni las peripecias ni las imaginaciones en que suelen ser fértiles viajes fantásticos. Algunas naciones han segregado más viajes inverosímiles que otras. Inglaterra sobre todo nos ha regalado con sus estupendas variantes de países imaginarios. El humorista inglés, inquieto por naturaleza, viaja por países quinientos, en los que se asienta tranquilamente, sin perder por ello contacto con la realidad que le circunda. El inglés, que nació turista, necesita descubrir países extraordinarios, y por eso mismo, al lado de descubridores como Cook, de países reales, nos ofrece exploradores de Liliputs, Erewhons, y otras tierras de sueño.

Las obras maestras de la fantasía británica, han despertado asimismo el interés de los surrealistas franceses, quienes les han hecho justicia. Sobre todo a la obra de Swift, original como la que más, y a los cuentos de Carroll que, en varias ocasiones, han sido traducidos y comentados por los más destacados surrealistas. Así es como el surrealismo, capaz de alumbrar viejos valores, al revalorizar al escritor-explorador, se ha soldado con la corriente fantástica europea, y he aquí por donde Michaux, salido del seno del surrealismo, ha acreditado. en lo que va de siglo, el viaje imaginario.

El secreto de Michaux —autor de la trilogía viajera agrupada bajo el título Ailleurs— consiste en haber remozado el viejo género del viaje inverosímil, prestándole una condición fuliginosa, muy propia, y poblándolo de sus propios fantasmas. Esa trilogía compuesta de Viaje a la Gran Garabana, En el país de la magia y Aquí Podema, pone una vez más de manifiesto que el vanguardismo respeta los cánones que no son caducos.

Lo que distingue a Michaux y hace de sus viajes una apartación considerable a lo Imaginario y a la Poesía es precisamente el encadenamiento riguroso de sus visiones, su intensidad critica, y la continuidad, sin titubeos, de su mundo extraño y, sin embargo, sobremanera real. Además, el tono extremadamente natural y la tranquilidad perfecta con que nos brinda su relato, contribuyen a dar aire verosímil a lo que, de otro modo, pudiera pasar por puro disparate poético.

Michaux acaba de conseguir, a sus sesenta y siete años, el Premio de Literatura de su país, coronándose así una vida entregada a la poesía, y demostrándose a un tiempo que la obra sólida es de impacto retardado. Y ahí lo tenemos, aureolado por su trilogía viajera, iniciada hace más de treinta años, y hoy viva como nunca: y su polen poético que fertiliza toda una generación.

No obstante estos valores y otros, la obra de Michaux sigue siendo prácticamente inédita, entre nosotros. Aunque hay que imaginar que —toda vez que el lauro acompaña a su obra— algún editor le eche el ojo encima. Pero es también posible que ese inquieto editor se retraiga de editar autor tan excéntrico como demoledor. Puede que tema el fracaso editorial y que acabe por preferir frutos de casa a tan exótico como amargo fruto.

Baleares. El diario de más circulación en el Archipiélago, 10 de febrero de 1966. p. 7.

viernes, 8 de mayo de 2020

"Carta a una siempreviva" por Cristóbal Serra (En. "Manifiesto español o una antología del narradores", Antonio Beneyto (Ed.) 1973)


Carta a una siempreviva

Cristóbal Serra nació en Palma de Mallorca, en 1922. Estando la guerra civil a punto de terminar cae enfermo y su dolencia le lleva a vivir en el Puerto de Andraitx (Mallorca) conde se entrega a la contemplación y a la lectura. Estudia posteriormente derecho en Barcelona. De esta época datan sus inquietudes literarias. Comienza entonces a escribir su primer libro: Péndulo, desligado de toda influencia, aunque luego descubra que está bajo el signo de Kafka y Michaux. Aparte de esta labor, Cristóbal Serra ha dedicado también su atención a otras actividades: crítica literaria, articulista en revistas y periódicos, traductor de Lao Tse, y de poetas como Blake y Michaux. También de Herman Melville. Actualmente traduce a Lulio. Desde 1952 es profesor de conversación en los cursos para Extranjeros de la Universidad de Barcelona, que se celebran los verán os en Palma de Mallorca. En 1953 se licenció en Filosofía y letras y más tarde obtiene un puesto de profesor en la Escuela de Magisterio de su ciudad natal, donde ejerce actualmente. Cristóbal Serra comenzó a escribir bajo el enunciado surrealista o expresionista en prosa “sincopada” y poética, pero últimamente ha derivado hacia una poesía en prosa que se presenta como caricatura de un mundo que el señala como absurdo. Maneja un lenguaje muy personal, sobre todo en su último título, Viaje a Cotiledonia, y se entrega frecuentemente a los juegos de la palabra. Por medio de la burla y el disparate se opone a todo lo tradicional y formalista. Interesa su prosa, no por su riqueza o su capacidad para sembrar imágenes, sino por su rigor expresivo, por su facilidad para atraer al lector hacia el objeto. Varios textos de Cristóbal Serra figuran también en el libro Narraciones de lo real y fantástico (Barcelona, 1971)


Mrs. B. Flower: Querida inmortal y nunca olvidada siempreviva: deja que te cuente tu propia historia, ahora que moras en la eternidad.

¿Quién eras? ¿Qué significaste para el puerto? Son pocos los que ahora lo saben. Como cosa olvidada, dejaste este mundo un día invernal de cierzo crudo, y nadie supo ya más de ti. Pero yo quiero evocarte. ¿Quién era aquella dama vieja, arrugada, paticoja, que usaba un velo de novia de tul rosa para ir a misa los domingos? Entonces el puerto no estaba asfaltado y levantaba nubes de polvo tu paso, como las que sembraba el ardiente siroco. Tú provenías de un mundo fantástico y absurdo. No te duela, donde estés, que te diga que eras un personaje dickensiano, pues a Dickens lo encontrabas zafio y tu inglés acendrado era enemigo de su hinchazón retórico. Con tu tocado hamletiano, tus faldas de color canela, tu cayado, tus perros, y tus gatos que te seguían, constituías el único espectáculo circense del puerto. ¿Quién ha encarnado como tú un personaje, sin pretenderlo? Nadie. El puerto, desde que desertaste de la vida, no contemplaba esa comba que fuiste tu. Porque tu eras realmente saltarina y andabas rítmicamente como si pasara por debajo de tus pies una cuerda floja. Eras graciosa como una rodante pelota multicolor, pues bailaban tus caderas, tu cabeza se movía a compás, y tus brazos se aspeaban como los de un recién nacido.

Eras la elegida del Señor para recrear el Arca de Noé. Porque, dime, ¿qué fue tu “Jane”, del que tan orgullosa estabas, sino un Arca de Noé? No era un barco abandonado, desarbolado, al que su propietaria tenía encallado. Eso lo decían las malas lenguas y las comadres de pobre imaginación. Tu barco era el Arca de Noé. Y quienes eso negaren, les voy a enumerar los animales que en tu barco llegaste a albergar. Allí tenías a tu gato Polifemo, falto de un ojo, a cuatro o cinco mínimos rozagantes, a tres perros escuálidos, a una gaviota enfermiza y alicaída, a un mirlo enjaulado.

Uno de tus mínimos deglutía mal. Le aplicaste un emplasto de brea y lo saneaste. Al ojo de Polifemo no pudiste devolverte la luz y tus escuálidos perros fueron siempre pelilacios. Los orondos eran los mínimos que se comían a diario su buena ración de angulas y la leche la bebían a borbotones haciendo toda clase de borborigmos.

Nadie va a creerme ahora. Pero yo sé cuantas acuarelas te pintaron tus mínimos. Con lamer, los muy lametones, tu aguada, te completaban la obra que estabas haciendo. Eras sencillamente maravillosa pintando las posiciones de los gatitos, ahora panza arriba, ahora soñolientos y tumbados. Tus trazos eran sutiles, como era sutil tu suciedad. Dudo que te hubieses lavado alguna vez en tu vida. Para ti no rezaba aquello tan ingles de “Godliness in cleanleness”. Sí, un día te bañaste en el mar, aquel día que te ocurrió lo que tú y yo sabemos. Nadie más.

Fuimos los dos a bañarnos para celebrar la belleza del día. Se había apoderado de los dos la morriña septembrina, mes en que los dos habíamos nacido, y teníamos que salir a descubrir el pulcro horizonte, las aguas mansas, espejantes. Llevabas la desaliñada indumentaria de siempre y sobre tu hombro tu gaviota enfermiza. Era un día pre-otoñal. Las lluvias torrenciales del día anterior habían dejado húmedas las rocas, refulgentes las higueras, cambiados los asfódelos. Las aguas vecinas de la costa gozaban de una quietud que rozaba la inmovilidad. Gorjeaban los pájaros sobre los pinos y otros describían vuelos sobre las aguas.

Te echaste al mar con la gaviota sobre tu cabeza. Creías domesticada al ave, pero ella, apenas columbró aquel límpido azul del horizonte, de desfallecida, pasó a aletear y rauda emprendió el vuelo, llevándose entre sus garras prendida tu peluca. Tu Señor debió de permitir este accidente.

Luego, poco a poco, me fui enterando que estabas muy acuitada por aquel lamentable accidente. Además, luego se te había de morir el mirlo el día de San Agustín, mientras que estabas leyendo, en voz alta, un sonoro sermón de san Juan Crisóstomo. Después de la muerte del mirlo, recuerdo que yo leí una Devoción de Donne, que tu escuchaste con atención. Decía: “Un cristal no es menos frágil porque en él este representada la cara de un rey; ni un rey menos frágil porque Dios se represente en él”.

A pesar de tus extraños ojos, te tomé simpatía. Eras inglesa, sí, pero no de las que no les importa nada lo español. Sentías hacia todo lo nuestro, hacia nuestra historia, una incandescente y cálida pasión. Revoloteabas sobre páginas trágicas de nuestros anales como un pajarillo de sedeñas alas. Eras la clase de inglesa que raras veces se encuentra. Severa, con asomos de ternura. Te gustaba leer a Chesterton y detestabas a aquel tumor frío del ibsenismo que firmaba G.B.S.

Pero te tomé ojeriza porque tenías el achaque de la mezquindad escocesa. Muchos espíritus religiosos he conocido avaros como tú, tarados de “bíblica avaricia”. No es que amontonaras dinero, pero medías tus gastos, discutías los precios en la cantina del puerto, esperando poder dejar una triste herencia a unos parientes lejanos aristócratas. Me dolía ver que no pagabas al tartajoso Pablo, que tartajeaba desde que un rayo casi le fulminó, cuando venía a refugiarse en el puerto, después de haber sufrido muchos males de amor. El pobre tenía cojas las facultades y calcular no sabía. La calculista eras tú que le pagabas una miseria por martillear a diario los metales herrumbrosos de tu barco.

En las grandes solemnidades eclesiásticas, ibas a misa tempranera, casi al rayar el alba. Devotamente rezabas sola, porque, en el puerto, pocos eran los que te acompañaban en aquel homenaje eclesiástico. Pero olvidabas que alguien, sin saber de cálculo, no tenía ni para tomar un café mal molido y peor hecho. Uno de esos días, a las primeras luces del amanecer, Pablo arrojó dentro de un barril de alquitrán tus cuatro gatos rozagantes. ¡Qué alquitranados quedaron! Tú, entonces, como colaboradora de la revista “El Arca”, te desataste en un artículo sobre la dureza de corazón de las gentes del puerto y de paso en aquel esgrimiste la pluma contra los toros, tachándolos de detestable espectáculo.

Empeoró tu salud a causa de aquel ensañamiento y todo tu cuerpo quedó convertido en un eczema. ¡Pobre Bárbara! Te llevaron al hospital y allí te vi entre gasas protectoras. Parecías Lázaro recién salido de la huesa. Todo tu cuerpo espolvoreado de azufre, siempreviva amarilla. Mejoraste pronto porque eras de recia condición. Este disgusto todavía no te llevó a la tumba. Otro sería el que te llevaría.

Cuando la visión de tus ojos quedó empañada por unas cataratas, acogiste a una pueblerina que habían violado aquellos días, para que te cuidase todo. La muchacha era silenciosa e hizo cuanto pudo para aliviar tu congoja. Pero, una noche, aunque descubrió que unos hombres rodeaban el lastre de tu barco, temerosa, hízose la dormida. Supongo que comprenderás la razón de aquel silencio. Te robaron el plomo, que en aquellos tiempos de posguerra era valiosísimo. Y por esta causa despediste a la chica y te fuiste a vivir en un pisito sombrío del puerto. ¿Por qué no quisiste comprar nuevo plomo, aguardando recuperar el que te habían robado? Te pregunto eso porque en el pisito te mustiaste para siempre y llegaste a morir más enteca que un gorrión despechugado.

***
Te fuiste de este mundo, sin haber podido realizar aquel guión que concebiste: Una echadora de cartas, un raro capitán, una mujer con un perrazo negro, diversos puertos mediterráneos, un tesoro áureo en Venezuela, una revuelta sudamericana, un episodio de nuestra guerra civil. En este guión, no habías olvidado ni el Azar, ni el Destino, dos protagonistas del guión de tu vida.

(Del libro inédito: “Cartas del Puerto”.)

En. Antonio Beneyto (Ed.), Manifiesto español o una antología de narradores, Ediciones Marte, Barcelona, 1973 pp. 436-438

martes, 28 de abril de 2020

Con Cristóbal Serra como guía. Recorrido por las estatuas de Palma (Diario de Mallorca, 2 de octubre de 1977)



Es Palma una ciudad que sin carecer de valores arquitectónicos adolece de afortunados monumentos. La parte vieja de la ciudad posee una personalidad bien definida, los laberínticos callejones con sus farolas de tenue luz ofrecen al paseante melancólicas sensaciones. Los patios de San Jaime, siempre en penumbra, también tienen para el palmesano el sabor típico de la ciudad que en otros tiempos fue recinto de tranquilidad urbana. Desgraciadamente, la parte ornamental no está en consonancia con estos valores arquitectónicos Algunos monumentos son verdaderos atentados escultóricos y no responden ni de lejos a la significación profunda que ha de tener todo monumento.

Un monumento no tiene por qué ser realista, lo que si debe conseguir es una profundización en lo que quiere rememorar. La calidad de una escultura Tendrá dada por la penetración artística realizada en la personalidad del esculpido. Sólo son posibles dos tipos de monumentos, los afortunados y los desafortunados. Estos últimos han florecido en nuestro solar urbano siendo causa de ello un determinado fertilizante que no viene a cuento analizar.

Palma que tiene joyas arquitectónicas, no las tiene monumentales. Muchos bronces están mal emplazados. No hay ninguno que esté en el lagar que le corresponde. Ninguno que tenga una plaza de poesía.

Mallorca, que fue símbolo de paz, no goza de ningún rincón monumental que haga recordar aquella época dorada.

Cuando se ha erigido un monumento nuevo, por ejemplo el de Ramón Llull, ha habido un total desacierto en su ubicación y en el erector elegido. La elección del artista hubiera podido ser democrática y no a dedo, como era propio de los tiempos triunfalistas. Este monumento está hecho con total desconocimiento de la personalidad de Llull.

Un mínimo de conocimientos hubiese llevado al escultor a crear otras formas. Lo mismo sucede con el de Fray Junípero, que ha heredado las taras de los otros, no sé si será debido a una paternidad común que los aqueja. Su figura es estereotipada, poco original, y del lugar desdichado de su erección no hay porqué hablar ya que habla por sí solo.

La observación de todos estos monumentos, a raíz de una crítica televisada de los mismos, me ha llevado a procurarme un guía critico de la ciudad y quien mejor escogido que Cristóbal Serra, ese lapidador verbal de monumentos excesivamente pétreos y vulgares.

Cristóbal Serra fue elegido cicerone de la ciudad para el programa “Tot Art". Hoy, para nosotros, vuelve a recorrer la dudad en busca de monumentales desaguisados.

Ramón Llull, un poeta y no un dómine aburrido y doctoral

Primeramente, negamos al pie de Ramón Llull al que observamos con desolador silencio.

— ¿Qué opina Cristóbal Serra de esta beatería rancia con que ha sido concebido este Ramón Llull?

—Es ya proverbial que esta figura enhiesta nada tiene que ver con el Ramón Llull real. Pues no está claro que usara de tal vestimenta y, sobre todo, revela una gran falta de imaginación el colocarle un libro en la mano.

Podemos afirmar que este monumento no está en consonancia con el espíritu original y atrevido de Llull. Simbólico y no pedestre debiera haber sido d monumento que se le hubiera levantado. Un monumento que encarnase su esencia poética que responde como el Quijote, como Calderón, como el Barroco, como el Ultraísmo literario, a un deseo de locura, a un deseo de salir de si mismo.

Estoy seguro que el autor de la desafortunada efigie estaba en ayunas sobre la personalidad de Llull. Si hubiese leído sus obras o hubiese apurado la “leyenda” luliana no hubiese concebido una estatua - homenaje tan ajena a lo que Llull representa. Si mal no recuerdo, según me dijeron, el autor no sabiendo qué imagen de Ramón Llull trasplantar al bronce, debido a las muchas que corren, se guió por la portada ¡fíjate bien! de las obras de Ramón Llull de la BAC. Lo demás estaba hecho: el librote del sabio y las inscripciones arábigas que no podían faltar.

Sin apartarse de lo tradicional en tales bronces, mejor hubiera sido estampar una frase enigmática de las muchas de Llull, un acertijo entre poético y filosófico. Para que de una vez se supiera que aquel hombre singular era un poeta y no tu» dómine aburrido y doctoral.

Después de recorrer una porción del Paseo Sagrera, llegamos al famoso busto de Rubén Darío, que resalta por su agresivo color blanco en contraste con la vegetación que le rodea.

Para Rubén, un diamante y no un monolito

—Tú que eres bastante rubendariano por lo que Rubén tiene de visionario ¿crees que Rubén Darío está justamente representado en este busto?

—Este monolito levantado a Rubén no creo que lo singularice. Resulta una burda efigie que está muy lejos de demostrar el visionarismo de Rubén. Creo que quien concibió en Mallorca “El Canto Errante”, libro de un interés superlativo, merecía otra estatua y además situada en otro lugar. Podría haber sido el Terreno, en la placeta de S‘Aigo Dolça, lugar bastante recoleto dentro del maremágnum internacional, donde Rubén vivió entre 1906-1908. Otro lugar, no lejos del que hoy goza es el mismo corazón de la Avda. Argentina, en la desierta plaza de los Héroes de Baleares, teniendo en cuenta que una de las composiciones mayores del poeta es, sin duda, “Canto a la Argentina” a la que llega a calificar de “reglón de la aurora” en una estrofa y en otra de “aurora de América”. Ningún sitio mejor que éste por lo simbólico y representativo. El monumento que aquí se instalará a Rubén podría llevar grabado, en un enigmático diamante, forjado por nuestra tierra de orfebres judíos, algunos versos del poeta:

Concentración de los varones,
de vedas, biblias y koranes,
en el colmo de sus afanes,
en el logro de sus acciones,
tu floración de floraciones,
tendrá un perfume latino.

Por último, llegamos al peor situado de todos los monumentos. Como si estuviera desterrado de la ciudad, Fray Junípero levanta su cruz misional no se sabe bien hacia donde ni hacia quién.

Para Fray Junípero, la alegoría de la piedra

— ¿Está Fray Junípero, tu homónimo debidamente emplazado?

—A Fray Junípero Serra los ediles no le han mostrado una especial reverencia y lo han colocado en una especie de gallinero. Quien tanto se entregó a la arboricultora y quien inició a las gentes americanas en los secretos del agro mallorquín, en el lugar en que está situado recibe solo los vientos despiadados del mar.

Ya era hora de que este gran caminante, que murió bajo el cielo de Monterrey para levantar pueblos y que en tantos lugares de la América sajona tiene estatuas, porque de su vida surge una luz de irresistible respeto, tuviese monumento aquí. Ya era hora.

Pero el monumento que le han levantado no tiene lastre ni ornato exterior. Es tal su desamparo que el día menos pensado, le sembrarán una cucurbitácea en esta cruz misional o algún gitano desaprensivo le colocará una sartén enmascarada. Para velar por la integridad del monumento por otra parte, una mala interpretación del personaje, proponemos que sea colocado donde ahora está Rubén, pero eso si, transformado en otro, fundido el bronce de nuevo para que sea más alegórico y tenga una expresión más contorsionada, más excitada, más convulsiva.

Ponerle en la mano una enorme piedra contra el pecho como cuando en ademán expresionista convocaba al indio americano...

Después de la contemplación objetiva de tales monumentos, aconsejamos a nuestros ediles, que financian y se encargan de tales menesteres, paren mientes en los artistas escogidos y en los emplazamientos, pues para las burdas representaciones siempre hay ocasión y mejor es dejar que los ciudadanos libérrimamente esculpan en su imaginación la fisonomía perenne de los inmortales...

María Rosa Planas, Diario de Mallorca, 2 de octubre de 1977, p. 3

martes, 30 de octubre de 2018

José Carlos Llop entrevista a Cristóbal Serra (Babelia, 8 de febrero de 1997)


Cristóbal Serra: “El humor me ha permitido crear el absurdo

Ars quimérica abarca el universo que el escritor ha ido desvelando durante cuarenta años.

Ars quimérica es un libro paradójico y necesario. Paradójico porque su grosor -725 páginas compactas- ilumina y hace estallar desde dentro el secreto y mito de una obra, la de Cristóbal Serra, que destacaba, al menos hasta hoy, por su aparente brevedad. Necesario porque contiene toda la literatura de Serra, que es una de esas literaturas, tan escasas y desconocidas, de las que ninguna cultura que se precie de tal puede prescindir. Una literatura escrita desde la pasión eremítica y la rara lucidez del hombre sabio, rara, precisamente, por su sabiduría, en un país reacio a la misma. Cristóbal Serra ha edificado su laberinto particular a espaldas del mundo. Un laberinto donde la poesía desemboca en el pensamiento y éste en la revelación. Prosas surrealistas, viajes imaginarios, diarios, interpretaciones bíblicas, conversaciones con escritores muertos, tratados sobre el humor negro y otras quimeras prodigiosas forman un corpus sólido, coherente y único que ha sido trazado desde el silencio esencial de la soledad. La soledad del escritor frente al mundo y la soledad del mundo metida de hoz y coz en el escritor. Sin ruidos, sin ecos, sin concesiones tampoco.
Ars quimérica abarca el universo que Serra ha ido desvelando durante 40 años. No es difícil imaginar la figura de un geógrafo misterioso que traza sobre el papel las coordenadas de ese universo que sólo él conoce. Que sólo para él existe. ¿Acaso porque él mismo lo ha inventado? Si y no. Los mimbres con los que Serra ha trazado su universo particular estaban ahí sin que nadie los viera. Ha sido la mirada de Serra la que apoyándose en la Biblia y en Swift, en Quevedo, Gracián y Lao Tsé, en Michaux y en Blake, en Edward Lear y Chuangsé, en León Bloy y en los rollos de Qumram o las visiones de Ana Catalina de Emmerick, por citar sólo a algunos, ha proyectado su insólita topografía literaria. Atrás quedan la guerra civil que le espantó siendo niño, la enfermedad que lo retuvo entre las sábanas y la lectura de su adolescencia y la biblioteca flotante que envolvió esa mirada de ironía y precisión anglosajonas durante su primera juventud. Y al fondo de esas tres épocas, tan determinantes en la vida de un hombre como en el destino de un escritor, el mar Mediterráneo, una luz que es la linterna mágica que alumbra todas y cada una de sus páginas. Y un convencimiento inamovible a lo largo de todos estos años: “La imaginación es omnipotente y sostiene la realidad. La imaginación es el todo”.
La palabra de Serra es una palabra meditada, que se deja llevar por la imaginación, que ataca el racionalismo, pero al mismo tiempo domestica esa imaginación, la mete en casa -meditándola- como quien mete a un siamés. “La rutina hincha las velas de la imaginación. Piense en Lewis Carroll. Yo soy un hombre que se siente espoleado por la imaginación, que se deja arrastrar por ella y a través de ella crea su propio fairy land", nos dice Cristóbal Serra. Imaginación y humor son los dos pilares sobre los que edifica ese palacito plantado en la laguna del mundo. “Octavio Paz me calificó de hombre que sonríe. La sonrisa tiene que ver con actitudes más mundanas: jamás he sido hombre mundano. En mis libros hay risa, no sonrisa. El humor nunca se propone corregir o enseñar. En el humorista se mezclan el excéntrico, el payaso y el hombre triste. El humor me ha permitido el absurdo, me ha permitido crear una literatura absurdista (sic). En él pueden estar mezcladas toda clase de gravedades y escapa a toda ley matemática y, al hacerlo, escapa a toda ley literaria, dándote una gran libertad. El humor es un producto del dolor, que se transfigura en una especie de práctica alquímica. Cuando es bueno, siempre es poético, nada tiene que ver con lo satírico”. Tal vez porque lo satírico es hijo de la crueldad y ésta no escapa a ninguna ley literaria. Así Serra, escapando a esas leyes, ha creado un género muy particular donde se mezclan el aforismo, la reflexión, la autobiografía, el viaje quimérico y, acaso, el visionarismo. “Mi literatura no es una literatura de género. Para mí, los géneros no tienen fronteras definidas, sino que se interfieren, un fenómeno, por otro lado, característico de la modernidad literaria. Piense en el ocaso del verso a partir de Rimbaud. Ya no existen fronteras delimitadas entre prosa y poesía. El género no tiene en mí un carácter absoluto, de ahí la dificultad en clasificar mis libros. El mío es un libro de espacios trabajados, una literatura salteada y discontinua. Yo pertenezco a los fragmentarios como Montaigne o De Maistre. Una literatura que, como el periodismo, informa, pero a diferencia del periodismo posee una estética que, en mi caso, es la inventiva. No tengo nada en contra de la novela, sino del novelismo (sic), de la exigencia de que todo lo escrito tenga carácter narrativo. ¿Por qué? Yo hago lo que hicieron los evangelistas con Jesús, ese héroe discontinuo de los Evangelios.”
Todo en Serra puede tener trasfondo bíblico: desde el estilo hasta su interpretación de la historia. “En mi lectura del Apocalipsis hay una voluntad de ir al encuentro de la historia. ¿Por qué? Porque, a mí, la guerra civil me llevó no al conocimiento de la historia a través de los libros, sino a las preguntas sobre el curso irónico de la historia. Lo que me condujo, habiendo perdido su valor todas las ideologías del siglo, hasta un concepto profético de esa misma historia. León Felipe decía que en el mundo no se ha producido nada igual a la dinastía de los profetas bíblicos. Es cierto. El Apocalipsis es la llave con la que he desentrañado la historia, coincidiendo con Larrea en sus especulaciones sobre él mismo para descubrir la clave de la historia occidental: un ciclo de manifestaciones donde nuestro propio ciclo, el judeocristiano, queda iluminado por las palabras cinceladas en el Apocalipsis”.
Vivimos una era en la que todo lo que anunciaron los profetas se hace evidente en su babelización y en que por debajo de esa babelización sólo existe el mercantilismo: la economía se toma en sí mismo como fin y ya decía Blake que el dinero es la sangre del pobre”.
José Carlos Llop, Babelia, 8 febrero 1997, 276, p. 12.

lunes, 22 de octubre de 2018

Basilio Baltasar entrevista a Cristóbal Serra (El País Libros, 17 de febrero de 1985)



Cristóbal Serra: “No tengo en cuenta al lector

A sus 63 años, Cristóbal Serra tiene escritas cuatro obritas: Péndulo, Viaje a Cotiledónia, Diario de signos y, la última y recién publicada, La noche oscura de Jonás (1984). Entregado a la lenta meditación que le exige su literatura breve, Cristóbal Serra, profesor de idiomas, se ha consagrado, como él mismo afirma, al difícil oficio de la traducción, trabajo que dibuja un personaje voluntariamente entregado al aislamiento de sus visiones: “La existencia del diablo es evidente, y me resulta muy difícil dejar de creer en ella”. Octavio Paz lo ha definido como “un ermitaño separado del mundo por la melancolía, la timidez y el humor”.

Pregunta. Hay literaturas en las que el lector no es necesario. Sistemas de textos construidos a distancia de cualquier diálogo. Libros hechos por uno solo. ¿Son así sus libros?

Respuesta. Mis libros son puramente interiores. Es cierto que no he tenido en cuenta al posible lector. Todos nacieron de otras consideraciones. Otras cosas me motivaron. Lo cierto es que, fatalmente, debía escribirlos así.

P. En el Viaje a la luna Cyrano de Bergerac habla de un demonio dedicado a dictar obras necesarias y poemas reveladores. ¿Hasta qué punto un escritor puede reclamarse como único autor de sus libros?

R. Parece ser que nacemos bajo determinados designios literarios, y hay un influjo que nos lleva a escribir esto y no lo otro. Efectivamente, el autor absoluto no existe.

P. En 1930 Hermann Hesse se preguntaba por la existencia de unos supuestos libros diabólicos.

R. Bueno, Papini proporciona una relación bastante precisa. En muchos libros es fácil encontrar las huellas del diablo. En las plumas de Alfred Jarry y el conde de Lautremont aletea el diablo. Nietzsche, sin embargo, sólo es semidemoníaco. Y Blake, a pesar de la presencia alquímica, está bajo la garra del diablo.

P. Quizá habría que distinguir la historia de la literatura según dos grandes géneros: la literatura de predicación y la de ocultación.

R. Sin duda, y como ambos términos se oponen, también se complementan. La prédica entraña un sentido moral, una obviedad. La literatura de ocultación se hace necesaria como poética oscura capaz de soslayar la moralidad.

P. Sorprendentemente, es usted paradójicamente claro.

R. ¿Claro o incisivo?

P. Bondadoso y tierno.

R. La ternura no es una porquería, escribí en Péndulo. La moral se opone a la ternura; la moral es pétrea, es la piedra, la tabla, la ley. La ternura de mis libros es la que tiene Jonás.

P. Mientras dura el arrepentimiento dura la culpa, dice Borges. Parece que el escritor de las literaturas de ocultación sufre remordimiento por escribir sobre algo que está obligado a ocultar.

R. A mí los dichos de Borges me producen una especial convulsión, debido a que casi todos ellos son hijos de la razón. De todos modos, el escritor está obligado a expresarse, y la necesidad de la palabra doméstica lesiona la palabra sagrada. Pero ésta es siempre hierática y dificulta la literatura. El escritor está obligado a este conflicto.

P. Hay en la Biblia un escrito, breve también, del profeta Isaías, primer ejemplo quizá de esa tradición literaria; “Guarda, ¿qué de la noche? El guarda respondió: ‘La mañana viene, y después la noche; preguntad si queréis, preguntad; volved, venid”.

R. Es un texto magnífico. Creo que resume todo el misterio de la profecía y es la mejor introducción a la Biblia. Además, permite entender qué es el Apocalipsis y su fatal cielo eterno: de oscuridades y de luces.

P. Sin embargo, Paracelso considera la posibilidad de romper esta alternancia de hierro. Dice: “Bendito el que nace durante el sueño, él no conocerá el mal”.

R. Pero Paracelso no creía en el diablo. Y a mí me resulta francamente difícil no hacerlo. Desde luego, el estado hipnótico de la poesía libra de los males, pero esto no quiere decir que el mal no exista y sea polimorfo en el mundo.

P. En su Diario de signos afirma que nunca ha logrado escribir una novela.

R- En mi interior siempre hubo una lucha entre lo breve y lo largo. Naturalmente, lo que nace es lo breve, y no ha nacido hasta ahora lo extenso. Por la novela tengo yo la misma prevención que tuvieron los superrealistas.

P. Milton, en El paraíso perdido, menciona cierto “doble pensamiento de la felicidad perdida”. ¿Ha observado usted estos otros modos?

R. Si hay un pensar noble es el pensar analfabeto. Quizá Milton hable de eso. El hombre que ha perdido la visión edénica necesita filosofar. Tras la Expulsión —o, mejor, tras la Caída— se inaugura el pensar racional, pero el hombre añora aquel otro pensar del Adán original.

No escribir lo gratuito

P. Dice usted que escribe tan sólo lo que su interior tiene muy medido y muy pesado.

R. Porque me preocupa mucho no incorporar a mis escritos lo gratuito. Escribo, al cabo de los años, el resultado de mis experiencias. Este tránsito debe ser preciso.

P. Habla de Lao-Tse como un pícaro y de Jesús como un hombre irónico. Parece que usted y sus libros han conservado escrupulosamente esta actitud.

R. Nada hay más físico y más espiritual que aquel dicho de Jesús: sed astutos como serpientes e inofensivos como palomas. Lao-Tse, en general, es más cazurro, pero nunca alcanzó esta soma. Y la sorna de Jesús aparece constantemente en muchos momentos del Evangelio, y en muchos dichos que nos parecen increíblemente oscuros: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

P. William Blake se pregunta a través de Ezequiel en el Matrimonio del cielo y del infierno: “¿Basta la firme persuasión para que una cosa exista?”. ¿Cuáles son las persuasiones de su mundo literario?

R. Lo imaginario es omnipotente y sostiene lo que consideramos real. Para mí la imaginación es el todo. Y, efectivamente, basta imaginar una cosa para que ésta exista. Esta es mi firme convicción.

P. Yeats recomendaba imitar a Swift, el clérigo que usted presentaba como un hombre de “impaciencia ilimitada por descubrir patrañas”. Al escribir Viaje a Cotiledonia pareció seguir aquel consejo, y quizá el ejemplo de Moro.

R. Los viajes quiméricos descritos por la literatura —la Odisea, el Quijote, Las mil y una noches, Gulliver...— son laboriosos y minuciosos informes de los hombres. Describen muchas de sus lacras. Algunos de ellos, curiosamente, engrasan la literatura infantil. Viaje a Cotiledonia es una fantasía satírica e irónica que me permitió dos cosas: viajar y escribir prosa poética.

P. ¿Está un escritor obligado a la claridad?

R. La claridad es algo que está muy bien que persiga la filosofía, pero no es bueno que la literatura padezca esta obsesión. Desde luego, el público en general la exige y la agradece. Pero en algunos, la oscuridad poética es una necesidad.

Basilio Baltasar, El País Libros, 17 febrero de 1985, p. 1.