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lunes, 31 de julio de 2023

AMOR PERDÍA Metamorfosis y otros microrrelatos

City Bell, Taller Mundo despierto, circa 2014



NO SIEMPRE

     La primera hora es entusiasmo puro. Palabras que suenan bien. Parecen que van a quedar, pero no quedan. Las dos horas siguientes son para corregir el mismo renglón que no se mueve. Se achica, a lo sumo. En la tercera hora nada ocurre. 
     Después llega un renacer con ganas. Casi que la cosa arranca. Se retoca, entonces, se rehace, se subsana. Se vuelve a foja cero, ya es el medio día, y apura el trabajo serio. El que permite cobrar un sueldo. 
     El resto de la tarde, se llora sobre la leche derramada. 
     La hoja en blanco es un desafío que no siempre se gana. 

25/08/22


NUBE 

     Dicen que son nubes bajas abrazando la montaña. Que el sol le da reflejos rojizos cuando se marcha. Gotas de agua, no más, formando una montonera a fin de mostrarse como unidad. 
     A mí me parece crema azucarada bajando por la ladera. Inflada mediante batido veloz y constante. Esponjosa. Algodón dulce, algo blanco, algo rosa. Un paisaje de repostería que atardece deliciosamente. 
     Ellos son los que nunca se fueron. Aquellos que simularon su muerte. Son los que estaban antes, cuando la civilización aún no contaminaba las rocas de esta tierra. Memoria milenaria, no más, bajando como unidad, a fin de mostrar una nube montonera.

18/08/22


PLANILLA 

     En el primer cajón van las planillas dos, cincuenta y tres, barra setenta y siete (cuando ya están firmadas). De lo contrario permanecen en la mesa, en el extremo izquierdo. Al lado van las planillas dos, cincuenta y seis, junto a las dos, cincuenta y nueve. Las planillas hache pe a, se colocan a la derecha de la mesa. Ahí las dejan. Desde ahí se distribuyen. 
     Todavía sobra espacio para trabajar bien: la lapicera negra y la azul cerca de la mano diestra, el sello del otro lado (pues al cruzar el brazo sobra tiempo para asegurarse que esté en la posición correcta), el lápiz y la goma en el frente, para acotar algo provisorio, para eliminar algo superfluo.
     Puede ser que el viento sólo vea una pila de papeles, por eso sopla y despeina. Despareja.    Desordena. Después cerraran la ventana con mal humor, con mal humor juntarán las dos, cincuenta y tres que se embarullaron con las dos, cincuenta y seis. ¡Como si fueran lo mismo! Una planilla se arriesga a ir más lejos y pierde. Queda debajo de un mueble. Aquel, el que no se mueve. Invisible a los ojos queda. A los trapos, las escobas, los plumeros. 
     Este mes Miguel esperará inútilmente la pensión. Después van a avisarle (sin explicar) que es necesario empezar todo los trámites de nuevo. 

11/08/22


METAMORFOSIS 

     Según la leyenda, aquella mujer se convirtió en río. Los dioses, solidarizándose con su huída, le regalaron el don de la metamorfosis. Por eso los perseguidores inauguraron la orilla y la rabia en el mismo momento, al descubrir la imposibilidad de cazar semejante presa. 
     Miranda escapa con lo puesto, como suele pasar en cualquier éxodo. No mira atrás pero entiende que la siguen. Apura el paso, sale del camino, desbarata senderos. Quiso creer, quiso esperar y fue en vano. Ahora lo sabe. Él no va a cambiar. Tiene más miedo que tiempo (para darse cuenta que tiene miedo). Por eso avanza. Ni siquiera se ha puesto a pensar si podrá, o no podrá, esfumarse.
     Arroja su cuerpo al río, el de la leyenda, el que tiene nombre de mujer y violencia de mar. Olas dulces y marrones la sacuden, la tragan. Desde el borde la ve naufragar el perseguidor. El agua le ha ganado de mano, por eso inaugura su odio y su impotencia en el mismo momento. 
     Ella saldrá en el margen opuesto. Porque sabe soportar, fingir y mantenerse a flote. Lleva años haciéndolo. Alcanzará la tierra seca y emergerá con otro nombre, menos Miranda y más indócil.  Se parirá de nuevo, ya que el río, solidarizándose con su huída, le regalará el don de la metamorfosis.

04/08/22


LADRÓN

     Algunos querían ser astronautas, otros superhéroes, artistas de la tele, quizás. Sólo los hijos de los médicos y los abogados soñaban ser médicos o abogados. Pedrito, en cambio, quería ser ladrón. Jugaba a los piratas, gritando “¡Al abordaje!” cuando nadie sabía lo que significaba esa palabra. Estudiaba los mejores lugares para ganar a las escondidas e inventaba rincones secretos en donde guardar pequeños tesoros. También le gustaba dibujar planos, con pasos y puntos cardinales. 
     Toda la vida se preparó para eso, como los médicos y los abogados se preparan para el más difícil caso. Por eso salió perfecto. Un boquete grande, un fin de semana largo, un sereno dormido. Una cifra de muchos ceros que, igual, se quedaba corta. Porque los bancos suelen decir que tienen menos de lo que tienen. Sin fallos, sin rastros, ni heridos. Tal vez recuerden haberlo visto en la tele o en los diarios. 
     Las madres de los médicos y los abogados, muestran fotos de sus hijos con diplomas. La madre de Pedrito no tiene imágenes de su hijo, por seguridad. Pero guarda un plano que le envió, con pasos y puntos cardinales. Lo mira, de tanto en tanto, y se siente muy orgullosa.

28/07/22


BRINDIS 

     “No tiene razón”, piensa. Pero nada dice. Cuestiona el origen de la razón, las miradas de la realidad, el sentido de la verdad. En silencio cuestiona. “¿Cuál es el valor de la sinceridad?”, se pregunta y sonríe. Brinda. 
     Calcula la mitad llena, el costado agradable, las palabras buenas. Teme hablar y quedarse vacía. Y quedarse sola. Por eso sonríe y enmudece la duda: “¿Una omisión es una mentira?”. “¡Salud!”, recita y levanta la copa. “No es el lugar ni la hora”, se justifica. “¿Acaso es la persona?”. “¡Chin, chin!”, una vez más. Luego otra y otras. 
     Entonces lo nota, (cosa que suele ocurrir al combinar noche, alcohol y zozobra). La afirmación no es de forma, no es una cuestión menor, es más que decorado en el monólogo de los temas que poco importan. Ella subraya un detalle que es un abismo. Lo insinúa primero, después resulta imposible parar. Es ahora. Marca una línea que abre partidos. Una frontera capaz de engendrar nacionalismos. Sonríe, pero no hay marcha atrás. “¿Por qué la honestidad -piensa-, siempre me deja brindando sola?". 

21/07/22


Amor Perdía (Santa Fe, 1973 - City Bell, 24 de mayo de 2023) / Profesora de Historia / Escritora / Compañera / 


jueves, 17 de septiembre de 2015

Eduardo Gotthelf, un profesional graduado con honores



PROFESIÓN

     La Mujer está sentada en un sillón tipo dentista, el cuerpo cubierto con una sábana verde. La ilumina una fuerte luz. El Hombre está manipulando instrumental sobre una mesa o similar.

Mujer: –Oiga… yo no voy a decir nada, que quede claro, pero, ¿usted está seguro de lo que va a hacer?

Hombre: –Señora, soy un profesional graduado con honores.

Mujer: –No me diga que para esto se estudia.

Hombre: –Claro que sí, es científico, me especialicé en el extranjero.

Mujer: –¿En Europa?

Hombre: –No, en una academia en Panamá.

Mujer: –Ah… ¿y me va a doler mucho?

Hombre: –Eso se lo garantizo, ya le dije, soy un profesional.

Mujer: –Qué lástima, ya me estaba encariñando con usted.

Hombre: –Eso también lo aprendí. Se llama síndrome de Estocolmo.

     Con la última frase le saca la sábana, entonces se ve que la Mujer está semidesnuda, indefensa, atada al sillón. El Hombre enciende la picana, que hace un zumbido muy fuerte. Se apagan las luces.


Eduardo Gotthelf (Argentina, 1945).

domingo, 6 de febrero de 2011

Guillermo Saccomanno y el imaginaria camina entre las sombras que proyecta la doble hilera de camas ergarzadas unas sobre otras

IMAGINARIA

El imaginaria camina entre las sombras que proyecta la doble hilera de camas ergarzadas unas sobre otras, va y viene por los pasillos, avanza entre las cabeceras de fierro con barrotes que parecen rejas y los cofres, que andá a saber por qué se los llama cofres si son armarios sin puertas adosados a las paredes laterales de la cuadra, con los estantes al descubierto, mostrando apiladas, en orden, las cosas de cada soldado. La noche es el momento propicio para reponer la caramañola que te desapareció. La noche es también el momento del descanso, pero se diría que se asemeja más a una tregua en la que quizá puede recuperarse el cuerpo pero no el alma. Porque al dormirte sos succionado por ese sueño laberíntico y pantanoso que repite las penurias del día. Te deslizás resbalando en ese abismo, cayendo y cayendo, con el vértigo secándote la lengua, sin poder agarrarte de nada. A veces, el imaginaria se frena y mira entre los barrotes de una cama a un soldado, que, como vos, ahoga el grito de la pesadilla. A veces, espía el jadeo y el sube y baja de un cuerpo bajo las frazadas. A veces se regocija cortándole la paja a alguno. A veces, se acerca a un insomne y se parapeta conversando con él en voz muy baja, y cuanto más baja más se escucha en el silencio, se pasan el cigarrillo, y la brasa es una luciérnaga roja que se aviva, en la penumbra, con cada pitada.

El mejor turno de imaginaria es el primero. Después, le pegás al sueño de corrido. El último tampoco es malo. Sólo que después tenés que aguantar todo el día cabeceando, con los párpados que se te cierran, el cansancio pesándote en los reflejos y en la espalda. El peor turno es el penúltimo. Te corta la noche Y cuesta después volver a dormirse. Apenas cerraste los ojos, el silbato a diana te astilla el cerebro. Te incorporás en cámara lenta. Y todo el día será la antesala gomosa de esos milagrosos minutos en que vas a poder tirarte a descansar lejos del alcance de las órdenes. Trabajés en el taller de mantenimiento, en un depósito o en una oficina, vas a estar a la caza de esos minutos en los que te vas a tirar en el piso, o sentado vas a cruzar los brazos sobre las rodillas encogidas, apoyando la frente afiebrada para recobrar los fragmentos del sueño perdido en la noche. Si aprovechás esos paréntesis, bastan unos minutos de sueño para sentir, cuando te despertás, que te cambió momentáneamente la sangre.

Pero si hay una imaginaria que todos quieren escabullir es la imaginaria en las muleras. Te subís las solapas del capote, te abrochás las orejeras del pasamontaña bajo la mandíbula y, con las manos congeladas en los bolsillos, atravesás el regimiento envuelto en la luz fantasmal de la nieve y trepás la escarpa hacia los establos. Hay cerca de ochenta mulas en cada establo. Están separadas por una larga división de madera con comederos a ambos lados. Una sola lamparita, en la entrada, queda encendida toda la noche. Todavía perdura en tu boca pastosa la saliva caliente del sueño. Pero no podés aflojar a la tentación de acurrucarte sobre unos fardos. En la tiniebla del establo, te encaramás por encima de los comederos y, con la ayuda de un palo, desparramás unos golpes sin ganas sobre los lomos inquietos. Si una mula se cae, las otras la patean. Una mula muerta es señal de que te dormiste en tu turno de imaginaria. Además, pensá, primero te van a masacrar en un baile, después te vas a comer el calabozo. Y, cuando salgas, seguirán las complicaciones de un sumario, te pondrán la mula a cargo y hasta que no terminen de descontártela del sueldo que nunca cobrás no te van a largar de baja. Te despabilás, descargás la bronca con el palo golpeando aquí y allá cuellos y ancas. Eso sí, no pierdas el equilibrio, no trastabilles. "Sooooo". Y otro palazo.

Ahora el imaginaria de la cuadra se repliega en el fondo del galpón y, desde ese ángulo, contempla la perspectiva de patas y barrotes metálicos. La doble hilera de camas, con sus líneas verticales, imita una avenida tenebrosa con jaulas en vez de casas. Al imaginaria le sugiere el corredor de un penal. Escucha el silencio. Es una marea sorda y densa que anega sus oídos. A medida que camina por la cuadra pasa junto al rumor de una respiración acatarrada, un ronquido, un lamento, una tos. El imaginaria es una sombra entre las sombras. Puede estar a los pies de tu cama o en el otro extremo de la cuadra. Su olor es el tuyo, así como el olor de los otros es también tu olor. Un vaho tibio en el que se confunden sudores, alientos, flatulencias y poluciones. La tela áspera de la bolsa de rancho tiene el mismo olor nauseabundo que las frazadas. El mismo olor tiene tu camiseta que tu almohada. Y el mismo olor rancio exhalan los borceguíes cuando te los sacás. Afuera nieva. Y mientras siga nevando, ni miras de bañarse. Ya perdiste la cuenta del tiempo que llevás sin bañarte. Por lo menos, un mes y pico. Toda la higiene de la compañía se circunscribe a enjuagarse caras y manos con agua helada en los piletones. Los calzoncillos largos se paran solos de la mugre que tienen. Alrededor de las braguetas, la frisa vacila entre el ocre y el marrón. A algunos, la roña se le ha vuelto un musgo blanquecino alrededor del glande. Pero, cuando viene la noche, el agotamiento puede más que la mugre y los piojos. Nadie se gasta en rascarse. Los cuerpos se abandonan extenuados y comienzan a bracear en el barro cálido del sueño. En las sombras, la sombra del imaginaria revisa un cofre y saca algo.
–¿Qué hacés, loco?–murmura un soldado, detrás, en una de las camas de abajo.

–Me pareció que había una rata.

–Si me llega a faltar algo mañana te rompo el culo.

El imaginaria debe estar alerta y velar por el descanso de sus camaradas. Mis camaradas, piensa. Y se pregunta qué tiene él en común con el polaco Wasilevsky, ese al que nadie pasa ni cinco de bola porque estuvo preso por robo y estupro, básicamente, por la violación. O con el Topo, que traficaba cocaína en Monte Grande. O con Almirón, ese peón de estancia que se coje una oveja con la misma satisfacción que te rompe las falanges en una pulseada. Al caminar entre las camas, entre los cuerpos entregados al letargo, el imaginaria se demora en cada cama, constata quién duerme arriba y quién duerme abajo y se acuerda de sus nombres, de los datos que cada uno suministra sobre su historia y, comprueba de pronto que está solo en la noche, solo en el mundo, librado a su suerte y a la lucidez precaria del insomne. Por un instante, estar despierto le confiere una cierta superioridad. Es un pariente de Dios auscultando estos destinos entregados a sus sueños. Este poder es efímero. Y no le atenúa sentirse más solo que nadie en la tierra. Sus pensamientos se contagian de una melancolía punzante. Puede sentirla anudándole la garganta. Tiene un vacío en el estómago. Puede ser desesperación. Pero también es probable que sea hambre.

Durante un rato se queda quieto, atisbando, hundido en sus ideas. Pero ahora vuelve a caminar, sigiloso. Porque el imaginaria, además de velar por el descanso de sus camaradas, tiene que registrar cualquier novedad e informarla. Pero no habrá ninguna novedad. A ningún soldado le conviene que se produzca una novedad en su imaginaria. De modo que sigue deslizándose entre las sombras con la cautela nerviosa de un gato, estudiando la oportunidad para conseguir antes del fin de su turno, ese cuchillo que le desapareció.


En “Bajo bandera”, 1991.
Guillermo Saccomanno nació en Buenos Aires en 1948.
“Imaginaria”, estar de guardia toda la noche en el servicio militar obligatorio en Argentina.

viernes, 21 de enero de 2011

Juan José Becerra y la verdad es producto de la sensibilidad, no de la razón

LO QUE CONTÓ MIRANDA…

Lo que contó Miranda fue que en su vida campestre entendió que para decir una verdad primero había que vivirla, y que el espacio de la verdad no era el lenguaje sino el de los cuerpos (cuerpos humanos y objetos). Y que los fenómenos que se daban en los cuerpos eran tan absolutos que ni siquiera necesitaban de la intuición para poder detectarlos: hablaban por sí solos. Y que la verdad como fenómeno, es decir, la verdad de los otros vista por uno, no podía tener continuidad, además de no tener interior (todas las verdades ajenas constaban de una sola cara exterior: su imagen). En el campo también descubrió que lo que se llamaba realidad estaba, efectivamente, en los hechos, es decir que todos los hechos eran reales o verdaderos pero que al sucederse deshacían la verdad inmediata con verdades nuevas y que, por lo tanto, no había ni hay ni habría nunca verdad o realidad residente o permanente. La hubo, la hay y la habrá siempre que sea transitoria (...) Persistir mañana en la verdad de hoy equivale a mentir ex profeso. La verdad es producto de la sensibilidad, no de la razón.


Fragmento de “Toda la verdad”, Seix Barral, 2010.
Juan José Becerra (Junín, 1965).
Juan José Becerra, entrevista de Silvina Friera en Página/12, 21 de enero de 2011.