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HORACIO PRELER Un poeta de los detalles


Libros de Horacio Preler. Archivo de la talita dorada
  
HORACIO PRELER: EL ETERNO ADEMÁN DE PERPLEJIDAD

Por Adrián Ferrero

     Resulta curioso que me encuentre escribiendo esto una tarde de invierno de 2019, evocando a Horacio Preler (La Plata, 1929 - 2015) uno de los más grandes poetas que tuvo mi ciudad. He dialogado toda la tarde con dos de sus libros, prácticamente escuchando el susurro (no el murmullo) moderado y apolíneo de su lírica, que se despliega en versos que se caracterizan por la levedad, como quería Italo Calvino en sus Seis propuestas para próximo milenio (1988). Horacio tuvo, precisamente, una escritura de la levedad. Sin que se pueda predicar de ella música ligera alguna. Una música morosa como podría ser un piano interpretando los “Nocturnos” de Chopin. Despojado y calmo, que invita más a la contemplación fija en un punto que a hacer circular la mirada en derredor. Más a situar la vista fija en un punto que en la amplitud de un plano general, detenerse y observar con minucia los detalles. En efecto, Horacio fue un poeta de los detalles.

     Y es que, en efecto, durante la etapa en que lo frecuenté (con un grupo de amigos  e incluso con la madre de mi hija, hacia los años noventa), él no tenía por costumbre leer lo que estaba escribiendo. Tampoco lo que había escrito. Menos aún de participarnos lo que tenía entre manos en ese momento (es más, ignorábamos si lo tenía). Como si el solo hecho de pronunciarlo fuera sinónimo de profanarlo o de extraviarlo en una alcantarilla. Más bien, por el contrario, asistía al espectáculo del poema ajeno pero, sin embargo, no como extranjero, sino como un observador atento y gentil, cordial y de costumbres civilizadas, porque ninguna palabra le daba lo mismo. El punto exacto entre ausencia de jactancia  (esto es, la modestia), y el celo por los proyectos del presente (la discreción).

Detalle de tapa número 1 de El espiniyo, 2005
     Nos reuníamos en torno de una larga mesa del Centro Cultural “Islas Malvinas”, precisamente rodeados de su Plaza, a leer y a leernos, a conversar sobre literatura con posiciones en ocasiones muy distintas porque las poéticas, las ideologías y las formaciones eran dispares. Pero jamás se trataba de intercambios confrontativos. La cita tenía lugar con motivo de conversar no sólo sobre poesía o narrativa. Lo recuerdo reconcentrado,  meditativo. Pero no se trataba sin embargo de un retraimiento que supusiera melancolía ni tampoco una retirada desaprensiva del mundo. Menos aún desdén o indiferencia. Tampoco sentido de superioridad o soberbia. Sino, por el contrario, daba la impresión de evitar el ruido del mundo para  facilitar la reflexión. Una meditación que hacía extensiva luego a la escucha detenida para brindar una opinión en todos los casos acertada. Porque Horacio Preler era precisamente eso: certero ¿Quizás sería esa misma escucha del poema que le llegaba cuando él escribía los propios?  

    El motivo por el que íbamos a esa mesa todos los viernes (la palabra “tertulia” no me gusta) era, me parece a mí, precisamente sobre todo para que nos escuchara. Para leerle. Porque creo que todos unánimemente o íntimamente (mejor) teníamos la secreta convicción de que su palabra era la definitiva. Su aprobación era un respaldo que reforzaba la potencia de un poema o, en cambio, a partir de su comedimiento nos deteníamos para revisar el  punto en el que parecíamos haber tropezado con el lenguaje.

     Nos reuníamos también para conversar entre nosotros, los que estábamos más o menos en la misma. Se trataba de un día, ese viernes, que yo esperaba con ansiedad durante el resto de la semana de estudio y de trabajo. Nos leíamos con pasión y no creo faltar a la verdad si digo que no cundió jamás ni la envidia ni un espíritu competitivo. Esos defectos quedaban neutralizados por el amor a la vocación, en primer lugar. Y en segundo lugar porque quienes asistíamos no teníamos ambición profesional sino un profundo amor por lo que hacíamos sin aspiraciones de triunfos. A lo que sumo respeto ético y estético por los compañeros. Sí, en cambio, teníamos en claro que aspirábamos a trabajar con profesionalismo, que no es lo mismo. A quienes conocí en torno de esa mesa era gente con sentido de grandeza. Empezando por el propio Horacio Preler.

Encuentro en La Plata, Horacio Preler y Noé Jitrik
entre otros escritores. Archivo de la talita dorada
     Horacio Preler fue abogado. Pero se consagró intensamente a la poesía. No sólo fue poeta. Abrazó ese arte como un estilo de vida. Publicó su primer libro en 1966, como lo declaró y se vio de pronto rodeado de poetas. El paso natural fue formar parte de un grupo de creadores. Y ese salto ya lo catapultó a una atmósfera artística sin retorno, por supuesto. Si bien lo sospecho con poco espíritu gregario. En todo caso sí de reunión con su familia. Pero respecto del mundo de la literatura tengo la impresión de que siempre manifestó reserva. No era un hombre dado a las efusiones. Tampoco a los grandes gestos teatrales.

     Me atrevería a decir que, pese a su solidaridad y a su presencia, fue un artista profundamente insular. Eso se advierte en su lírica (o, al menos, yo lo advierto en estos dos libros que leí esta tarde: La vida se interroga, de 2011 y Pájaros oscuros, de 2013, que son los únicos poemarios de que dispongo luego de una intensa y denodada búsqueda (no quise molestar a su familia).

     Fue capaz de escribir versos como “¿El antiguo poema retardará el silencio (...)?”. O: “Vuelve el polvo al polvo / y el silencio a la tierra”.  Nótese la insistencia en el silencio que era, precisamente, la nota distintiva que uno podía observar en su presencia como rasgo filosófico de una poética que él transfería a una biografía y a una praxis vital, ya no solo como rasgo de carácter. Se trataba de un habitar el mundo de una manera singular, acorde a su poética. Y ese silencio le permitía ante todo una cierta clase de escucha. Porque el silencio permite precisamente ante todo la atención. Me parece que Horacio eso lo tenía perfectamente claro. Porque era un gran atento al mundo. Nada le daba lo mismo. Simplemente que su participar del mundo pasaba por escuchar y sentir los significados, los sentidos que suponían más implícitamente aún, esto es, más dentro de sí, que lo que él pudiera manifestar en público. Era un hombre que sabía indagar en las cosas profundas sin ser solemne.

     Mantenía un tono de voz siempre cordial, civilizado, cortés, jamás crispado. Permitiendo hablar al otro y dejando en claro que era un hombre con quien se podía mantener una conversación  interesante, sin perder el tiempo. Horacio Preler no intervenía demasiado en las discusiones. Pero de tanto en tanto dejaba deslizar, o no, mejor, dejaba caer (porque las palabras tenían peso y volumen para él, vuelvo de la levedad de Calvino) una frase, una expresión, una observación y eso era suficiente para que “la lección del maestro” tuviera lugar. Y para que, precisamente, cundiera un inmediato silencio. Porque sobrevenía con él la calma y el poema, como nosotros nos aquietábamos ante la escucha de una voz tan serena pero a la vez con tal conocimiento de la materia poética y de la lengua literaria. Su indicación era precisión. Es más: su precisión era maestría. Como un escalpelo. De un modo u otro, estaba claro que era quien presidía esas reuniones, sin afán de protagonismo ni menos aún de ser un emperador con su corte de adulones.

     Sus libros dan la sensación por momentos más de meditar que de cantar o celebrar. Y de hacerlo en ocasiones con júbilo y en otras con cierto amargo desencanto. Pero siempre sin énfasis. Se trata, ante todo, de una poética, por llamarla de algún modo, ecuánime. Quizás por la época que le tocó vivir, en la cual la poesía (que para él era mucho más que una vocación), comenzaba a declinar y a abandonar este mundo, arrinconada por otros discursos, otras prácticas sociales y otras temporalidades, la veleidad de otros poetas y esa mesura que era definitoria en su personalidad y la de su lírica, ya había comenzado a languidecer. Pese a ello, obstinado, sus libros están intactos y los he leído no sólo con admiración sino con fervor. Con la más firme seguridad de que estoy leyendo a un clásico. Guardan total vigencia, sin que el otoño haya hecho declinar uno solo de sus versos. De las hojas de sus libros pulcros, cuidados como árboles que, valga la metáfora, hunden raíces poderosas en la tierra de la poesía a la cual el mundo, cosa curiosa, suele ser más indiferente. Se advierte meditación y trabajo con la lengua. No hay prisas. Hay, en cambio, consideración hacia el prójimo traducida en respeto hacia él en el poema. Se trata, en efecto, de una poética respetuosa, por fuera de todo efectismo.

     Partió y aún me parece mentira. Como si yo supiera (y él también lo hiciera) que podemos volver a encontrarnos a la vuelta de la esquina. Es como si presintiera a Horacio en la ciudad pese a la ausencia o es como si su ausencia lo volviera más presente, por paradoja, aún.

     De su obra no me marcho. No admito abandonar a la persona Horacio Preler. A su ética del poema. Y me concentro en este libro que ya cité, de su madurez: La vida se interroga (2011). Ahora que Horacio ya no nos acompaña, como es natural cobra su sentido más  intenso aún su lectura. Y, sobre todo, cobra sentido su escritura. Me formulo preguntas acerca de en qué circunstancia habrá escribo tal o cuál poema. Qué emoción lo estaría embargando al hacerlo. Esas preguntas que solo se formula un escritor al leer a otro escritor: ¿cómo habrá nacido este poema en particular?, ¿cuál habrá sido su reacción (y no otra) al escribir ese poema que recorto del resto?, ¿cómo habrá armado el libro, bajo la forma de una recopilación o de un proyecto que tenía planeado de antemano?, ¿cuáles eran las cosas que más conmovían a Horacio Preler del mundo que lo rodeaba, de su entorno? Preguntas, preguntas, preguntas. Incertidumbres, como corresponde a toda buena poesía. A proyectar en el poema todo aquello que un escritor ha vivido como creador y puede vislumbrar en otro. Por más que sea uno de sus mayores. O, parar el caso, uno de sus maestros. Alguien a quien frecuentó no desde la intimidad sino desde lo que es: un escritor. Desde ese lugar nos vinculamos. Pero fue al mismo tiempo un encuentro que pese a que pueda parecer meramente profesional comprometía nuestra más profunda vocación y eso nos mantenía en comunión.

Horacio Preler, José María Pallaoro y César Cantoni.
Archivo de la talita dorada
     Su ausencia confiere a este libro el carácter de documento, de palabra, paradójicamente, viva. Por sustracción de presencia y llegada de ausencia la letra de sus libros lo invocan y lo traen como si fuera su voz y no su escritura sino la que dijera esta tarde en este estudio en que leo los poemas. Leyendo a Horacio Preler lo escucho. Es fenómeno naturalmente que consterna por la pérdida de semejante poeta. Pero al mismo tiempo, los libros lo traen como esa figura amistosa que fue. Uno siente eso con Horacio Preler. Que su poesía le  habla. Y es posible advertir esa inclinación hacia la contemplación en Horacio: desde los insectos hasta el agua de un patio o un naranjo. A todo lo dota de un sentido trascendente en el mejor sentido de la palabra. No porque le otorgue un carácter sagrado o místico. No. Sino porque le otorga el verdadero lugar que tiene ese objeto o ese espacio en el universo. El que le cabe de modo perfecto. En el que encaja porque le estaba destinado. Hasta conformar una armonía. Pero a la vez se trata de un lugar moderado. Ese espacio en el que un objeto calza porque es el espacio que le estaba consagrado. Es la pieza de un rompecabezas que forma o traza una figura mayor dentro de la cual se integra un contorno. Un contorno que tiene un significado. Se trata de una trascendencia contemplativa. Eso es todo. La de alguien que asiste al espectáculo del mundo entre atónito y perplejo. Pero sin emociones fuertes. En este libro en particular Horacio Preler reproduce como epígrafe una frase de Pierre Jean Jouve en la que este escritor afirma que la poesía “es algo irreductible, / que no puede pertenecer a ningún sistema de ideas, no puede servir / a ninguna ética, a ninguna ciencia / a ninguna política”. Y sin embargo, estoy en desacuerdo con que esta frase sea predicada de la poesía de Horacio Preler. Es cierto. La poesía es irreductible. De eso no cabe la menor duda. Pero sí hay en la poesía de Horacio ideas (y diría que hasta un sistema, porque hay cosmovisión), hay una ética (una ética del poema, una ética del poeta en relación a su prójimo, una ética en relación a la creación, una ética del lenguaje, hay principios intransigentes a los que no está dispuesto a renunciar). Puede que no sea reductible a ninguna ciencia (en este punto sí acuerdo, la poesía de Horacio es todo menos objetiva y menos aún tiende a un método, más bien se deja guiar por una intuición que sin embargo siempre acierta). Los estímulos del mundo lo capturan y sí percibo en la lírica de Horacio una política. Cita, por ejemplo, a Brecht, lo que ya lo inscribe en una cierta tradición de creadores. Porque ninguna cita ni ninguna invocación es inocente. De modo que en este gran oxímoron en el que siento que Horacio nos ha hecho caer como en una celada, en su trampa, en una trampa de poeta (sin ser contradictorio sino deliberado y también siendo inteligente sin ser tramposo, lo que es algo muy distinto, sino en todo caso cometiendo una travesura) percibo una suerte de juego, una humorada en la que ha aspirado a burlarnos y quizás hasta a burlarse con sabiduría de sí mismo. Esta también es una idea. Jugar con el poema es como jugar con el lector y hacerle sentir que la poesía puede ser muchas cosas al mismo tiempo: ser juego de lenguaje, ocasión festiva. O, en su caso: destilada modestia. Incluso es capaz de despistar a los lectores. Y el autor, el escritor ya consumado a esta altura que es Horacio Preler, se permite y hasta promueve esos pequeños equívocos sin importancia, diría el italiano Antonio Tabucchi. Porque además de sentir, además de su naturaleza intensamente emocionante pese a su armonía, además de pensarnos como sociedad en la que somos seres políticos, pertenecientes a una comunidad en la que efectivamente hay conflictos que él no niega ni de los que reniega, citando a Brecht y dejando este punto en claro, zanjando la cuestión, también sabe qué lugar tiene el poeta en esta comunidad. Y nos deja pensando. Profundamente. No sólo experimentando el acontecimiento sensible del poema en ese instante congelado de la contemplación. Que en su caso ha sido meditada arquitectura. Sensible constelación de significados que han armado una construcción que no suele ser erudita sino más bien despojada. Ello no es sinónimo de que se carezca de lecturas. Menos aún de lecturas inteligentes. Simplemente que no hay ostentación y la biblioteca está implícitamente escrita en el poema. Los libros no son nombrados. Los poetas no son invocados. Asistimos, esos sí, a una palabra con sentido de la elaboración. Junto a ello, está la representación en el seno del poema de lo que Horacio Preler considera es el universo no tanto como destino final que no tendrá fin (o sí) sino más bien como quien consiente en jugar, como todo escritor, a la ambigüedad. A que las máscaras del poema. Esas que le permiten ser muchas cosas, aún con las que está en desacuerdo pero son interesantes para que, con afán de apertura y de modo inclusivo, hagan contrapunto con sus propias ideas. Sin renegar de sus convicciones aspira a incorporar a su poesía la riqueza infinita del mundo en todas sus manifestaciones. Humanas, animales, inanimadas. Planteando una poesía que será lenta, morosa. Que se tomará su tiempo pensando justamente en el lector ese mismo estado: el del cuidado y el del respeto. Y el de replicar en el lector el efecto profundamente creativo  que ha dado origen al poema. La alquimia de su génesis.

Horacio Preler en City Bell. Archivo de la talita dorada
     Poemas que caben entre unas pocas líneas, unos pocos espacios en blanco. Un poemario breve pero sugestivo. Una puntuación que será la que determine, su velocidad y su elocuencia. La que él aspira a imprimirle a este mundo que ha perdido el juicio. Pero del que el poema es su antídoto. Donde haya ruido Horacio traerá la música. Y donde haya apuro, Horacio traerá la calma. Ese lugar en el que uno puede guardarse en el silencio. Horacio, allí, ha encontrado su morada. Y, a través de sus libros, nos invita a que hagamos exactamente lo mismo. Un recuerdo conmovido en esta tarde e invierno. En que Horacio se ha marchado, pero al mismo tiempo, y de modo paradojal, se ha hecho presente con su palabra, se ha quedado en esta ciudad traduciendo su presencia en versos que verdaderamente son pequeños objetos de perfecta composición. Y gracias a la cual he detenido un día de desplazamientos y movimiento, hasta la parálisis emocionante de su recuerdo y de su voz en la voz de su poesía. 


Horacio Preler (La Plata, 21 de septiembre de 1929 - 6 de agosto de 2015)


Adrián Ferrero (La Plata, 9 de noviembre de 1970). Escritor, crítico y Doctor en Letras por la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Publicó libros de narrativa breve, poesía e investigación.

ADRIÁN FERRERO El poeta Néstor Mux acaba de cumplir 50 años de poesía

Foto: Griselda Mux. Archivo de la talita dorada

  
NÉSTOR MUX: EL POETA DEL LÍMITE


     El poeta Néstor Mux acaba de cumplir 50 años de poesía. Y ha publicado una antología que es un recorrido por su producción, titulada Nadie le pide que escriba. 50 años de poesía (1968-2018) (La Plata, Libros de la talita dorada, 2019).  Les propongo como hipótesis de lectura de la poesía de Mux la noción de límite. Esto es: leer a Mux es ser protagonistas de la experiencia del límite hasta alcanzar el orden de lo ilimitado. Habrá límites impuestos al hombre de distinta naturaleza que aparecen, como veremos, en su poesía. A continuación, si les parece, los iremos desgranando.

     Leer a Néstor Mux es un acto de austeridad combativa en primer lugar. Hay por un lado una intimidad que se preserva con celo (en su doble acepción de cuidado y de deseo erótico). Pero también hay un desprendimiento producto de una generosidad que se percibe en la palabra misma. No porque la palabra sea dispendiosa o se dispense de modo irresponsable. Sino todo lo contrario. Se prodiga reflexiva, meditada, selectivamente. Se deja caer con medida. Se dispensa la palabra en la medida en que nombra la experiencia humana. Porque Mux se entrevera con los asuntos del hombre. Y, más ampliamente, con los asuntos de este mundo. A partir del universo de orden material o, si así se prefiere, sensorial, conquista un vuelo brutal hacia las cumbres de lo metafísico, sin acudir a metáforas teatrales. Solo en este y no en otro sentido, me atrevería a afirmar que se trata de una poesía que de lo particular inductivamente conduce a la meditación abstracta. El pensamiento abstracto es producto siempre de una reflexión que tiene su origen en una escena y no al revés. No existe un a priori teórico en Mux (afortunadamente) que ingresa al orden de lo poético traducido en pensamiento especulativo buscando en él fundamentos o argumentos en lo humano. O como marco teórico de sus poemarios (afortunadamente también). Existe este lado del mundo, en el que los seres  humanos nos amamos con el cuerpo y con la emoción, nos dejamos cautivar los unos por los otros, cultivamos ese otro amor, el entrañable de los hijos. Y, por último, el del ocio de los domingos, en que entre manteles largos y un tiempo sin prisas conversamos distendidamente con amigos mientras arreglamos el mundo. Hasta que el domingo languidece, llega su ocaso y debemos de modo irrevocable regresar al universo del trabajo, de la alienación, de todo aquello que no tiene la gratuidad del diálogo contemplativo. Este es un límite.

     El cuerpo de la mujer se percibe en toda su sensorialidad, en toda su plenitud y al mismo tiempo en toda su belleza. Pero a esa unión sucede una distancia luego de que la cópula fugaz tan anhelada ha tenido lugar. Y ese “cuando ya nos creíamos salvados” que es evidentemente el momento de la unión más esperanzado, se disuelve como el agua en el agua. Ya no somos el uno de la cópula sino que de modo intolerable y fatal se nos restituye esa identidad en la que regresamos al yo. Pese a la convivencia amorosa más estrecha debemos reconocer una irremediable separación. El hombre está solo. Estamos solos. Todos. Pese a convivir estrechamente, amorosamente. Hay una unión imposible. Segundo límite que consterna.

Nadie le pide que escriba, Libros de la talita dorada, 2019
     La experiencia del límite nos pone frente a la experiencia del absurdo. Es aquí donde leo a Mux desde El mito de Sísifo (1942) de Albert Camus como también lo haré desde El hombre rebelde (1951), también de Camus, a su debido tiempo. En efecto, todo lo anterior era dador de sentidos para el yo lírico. Y para el hombre. De ahora en más, el límite, la experiencia del límite, será una figura recurrente que al trazar una divisoria fundamentalmente entre sujetos, postula el sinsentido. Extraviado, el hombre se debate por comprender lo incognoscible. Por lo tanto, percibe la angustia de la condición humana. La ilusión de eternidad deviene no sólo límite y sino limitación. ¿Frente a qué nos sitúa Mux? Nuevamente recorta la condición humana y la describe en su dimensión más descarnada. Somos carne arrasada. Hay un tiempo devastador. Vivimos en un tiempo que ha arrasado con los grandes relatos, según les resultaría conveniente a los agoreros. Un tiempo que ha degradado a la poesía misma. La ha bastardeado porque la poesía, que era el bastión de la palabra intacta, de la palabra preciosa, de la palabra que es gesto insurreccional por excelencia, pierde su sentido originario. La palabra que conjugada de una cierta manera, la acertada, resultaba pieza deslumbrante, ahora ha sido degradada a mercancía o, peor aún, confinada al inservible desván en el que se vuelve inofensiva. Deviene así pose fatua para algunos. Narcisismo ególatra para otros. Para los peores, objeto de desprecio. Porque, ¿cuánto gana un poeta?, ¿cómo se gana la vida un poeta?, ¿ser poeta es trabajar? Este me parece un punto culminante y pondré deliberadamente el acento en él. Porque para cualquier poeta tener en claro el fundamento de su trabajo resulta primordial. Como resulta primordial tener en claro su objetivo. En efecto, ser escritor es un trabajo. Y es una profesión. Y es un compromiso con ético/ideológico además de estético. No una afición ni un pasatiempo. Un hobby de domingo. Es un trabajo que requiere del cincel de la memoria de muchas lecturas y mucho estudio. Del entrenamiento con el estilete filoso y delicado para saber qué guardar, qué apartar, qué preservar, qué eliminar para el poema una vez que ha sido escrito o cómo será escrito. Consiste en la esgrima entre el silencio y la palabra que ha de devenir composición musical. El poeta debe administrar la materialidad de los signos, su significado y sus sugestivos sentidos. Potenciar todo ello. Y luego están para Mux, como para muchos de nosotros, los tiempos negros de la Historia. Ese territorio que preferiríamos olvidar pero que sería un acto de mala fe cometer. Ese momento retorna desde una zona soterrada e inolvidable del receptáculo de la memoria con dolor por aquellos que nos han arrebatado los sicarios. Constituye un estremecedor capítulo del sentir del poeta, que no puede borrar el shock del miedo, que perdura en el cuerpo como huella y que lo hace ingresar también en la trama de la Historia. Es el territorio de la pérdida y del duelo. Hay una borradura. Entre esos amigos que estaban en el frente y este yo lírico que se mantenía en la combativa rebelión de la escritura (Camus) junto con la desaprobación de lo que sucedía, guardándoles las espaldas de la dignidad a estos amigos. Ellos han sido liquidados. Y esta sustracción de presencia por llegada de ausencia le provoca zozobra y conmoción. Le resulta intolerable a un hombre justo, a un hombre noble y a un hombre sensible, atravesar el dolor y la prepotencia de los violentos. Sin embargo Mux publicó durante la última dictadura militar. Está luego ese largo silencio, un silencio activo diría yo, en el que el sujeto emitía un plasma para que, luego de ser debidamente macerado, llegara el momento del estallido del poema. Ni antes ni después. En el momento preciso. Y un silencio en el que por ausencia y por sustracción de palabra su presencia fue más fulminante aún. Si hizo falta ese prolongado silencio fue porque se hizo luego necesaria la palabra primordial. Y cuando en 2004 rompió el silencio, regresó el poeta al poema y de allí al libro, una celebración tuvo lugar. Dije “celebración”, no dije “fiesta”. Son cosas muy distintas. Una se realiza en el jubiloso ámbito recóndito de la lectura. La otra en la frívola reunión social. El poema restituía al poeta su condición de tal. Había habido un regreso. Sí así se prefiere, en una forma profana de la resurrección Mux ponía a consideración esos papeles cuya respiración antes que nosotros había aspirado una mujer. Y había justificado una mujer. Porque un poeta siempre escribe por amor a alguien, por más distante, imaginario, desaparecido que esté o por más que haya perecido. Le sigue escribiendo en tal caso a su memoria. Y muchos escriben desde la falta. O sobre todo por ella. Todo poeta escribe a una escucha. Y cierro con esto: la ceremonia previa a la escritura, el placer de la escritura, el placer de los lectores, imaginado en la escena de lectura indefinidamente gratificante para el poeta. Como un regalo. Como un premio. Como el don invicto al que un mortal puede aspirar. El de encontrarse y reencontrarse con sus semejantes en una ceremonia con quienes  se conocen y se reconocen en sus palabras. Ilimitadamente.


Adrián Ferrero (La Plata, 9 de noviembre de 1970)

ROBERTO THEMIS SPERONI, POETA A 95 años de su nacimiento



ROBERTO THEMIS SPERONI, POETA
A 95 años de su nacimiento

Por José María Pallaoro

     Abro la caja de cartón madera que en uno de sus laterales tiene una etiqueta autoadhesiva, amarilla, que dice SPERONI. Revuelvo su interior, carpetas, papeles, libros, recortes. Parte de lo que busco de Roberto Themis está ahí. Hijo de padre, Roberto José, funcionario de Rentas y dramaturgo que nunca llegó a publicar; anarquista, socialista, escribió en La Protesta de La Plata, ciudad en la que nació en 1899 y murió en 1946. Hijo de madre, Teodolinda Laura Ivaldi, ama de casa y maestra que nunca ejerció, culta, leía y recitaba poemas y cuentos para el deleite de Roberto, nació en 1900 y desconozco el año de su partida. El matrimonio Speroni tuvo cuatro hijos: Roberto, Berenice, Brunilda y Daniel. Buscan aire fresco para la familia. Llegan a City Bell en 1928, y se instalan en una casa de calle Cantilo entre 17 y Sarmiento. Roberto hace hasta 4º grado en la Escuela Nº 12, en calle 11 esquina 4. Luego, 5º y 6º en el Sagrado Corazón de La Plata. Desde chico fue un lector voraz, historietas, libros de aventuras, El Purrete, Emilio Salgari. Escribe sus primeros poemas. Recorre el pueblo de tierra, árboles, lagunas y arroyos. ¿Algún día ese pueblo llevará su nombre? Ingresa al colegio industrial porque su madre quiere que sea Ingeniero, en 3º año abandona, cursa algunas materias en Bellas Artes, y también abandona; la poesía había ganado la pulseada. Y el amor se amplia, crece. Nelly, los hijos. Y la soledad, la amistad, la risa, el tabaco, la escritura. Siempre la escritura.

     En 1945 con solo 22 años publicó su primer libro de poemas: Habitante único (“Cuando esta onda de vibrante empeño/ se parta como una espalda de niebla/ libertaré las imágenes que guardan los espejos,/ y mi voz, morirá de rodillas/ en la frente destrozada de un lirio/ con un cansancio de fechas, de caminos, de palabras.”); le siguieron en 1948 los sonetos y poemas de Gavilla del tiempo (“Abre más la ventana; tú no temas/ que llegue a sentir frío”); Tentativa en la luz, 1951, (“Ven, viajemos. La muerte es sólo un ángel;/ un ensueño entre pájaros y estrellas.”); los sonetos de El tatuaje en el viento, 1958, (“…y en el tazón verdoso de la espera,/ la vieja fuente, sosegada, canta.”). En ese mismo año, 1958, la revista Ficción en su número 22 publica la novela El monso. En 1963 con la edición de El poeta en el hueso del invierno (Veinte poetas platenses contemporáneos, antología de Ana Emilia Lahitte) hay un quiebre y comienza lo mejor de su producción poética (“Y yo, el poeta, el taciturno –acaso/ la sombra de un anillo, acaso el simple/ sollozo de un guijarro, acaso el vuelo–,/ voy integrando el ser, lo que los años/ separan dividiendo, haciendo trizas/ junto al hueso constante del invierno.”); Paciencia por la muerte, 1963, (“…mis uñas cavarán la tumba,/ el lugar del amor y la ciruela,/ de la barba y el viento, cuando un día/ las plumas de la garza me saluden”) y Padre final, 1964, (“…Esa tarde,/ adquirí, para siempre, mi tristeza.”). Todos estos títulos publicados en vida del poeta, junto al libro de cuentos Ro y otras historias de 1963.
     A menos de un año de su muerte, la Fundación Argentina para la Poesía, colección dirigida por Carlos Alberto Débole y Rubén Vela, edita Antología, con selección y prólogo de María de Villarino. Además de poemas incluidos de los tres últimos libros mencionados, lo interesante de esta edición homenaje es la inclusión de poemas inéditos extraídos de los libros Cantos del solitario, 1965 (“…Cuando muera,/ si estoy aquí, yo le diré: –Cuidado…/ Y nada más, los árboles son piedra.”); Elegías alfabéticas, 1966, (“…estoy conforme./ Siendo el hombre que fui…”); Y digo al aviador, 1966, (“…el universo/ es, en un día, solamente un día.”). En el invierno de 1975 Ana Emilia Lahitte recopila en dos volúmenes gran parte de la producción poética de Speroni. En el primer tomo, la propia Lahitte y otros poetas y escritores, comentan, prologan, ensayan, acerca de los libros que Roberto publicó en vida. El segundo tomo recopila los poemas y libros inéditos, además de los incluidos parcialmente en la antología de de Villarino, el poema confesional “Acta” (“…escribo cerca de mi casa,/ en un álamo blanco, junto al aire/ que levanta un febril picamadero,/ y me dejo invadir por largas nubes/ de soledad…”), Sólo canto de hierro, 1964, (“…Nadie sabe./ Nadie responde. Nadie se estremece.// El amor es apenas un albatros.”), La piedra más rota, 1966, (“…No estoy muerto/ ni tampoco estoy vivo. Simplemente/ busco palabras…”), Aquella vez de la madera, escrito entre el 3 y el 6 de diciembre de 1964, (“A veces soy sensible, simple y bueno/ como un guante de hierba, como un tibio/ pantalón de labor, como las jarras/ que la leche saluda en la campaña.”); Sonetos (1951-1966), Otros poemas.  En 1985 se edita el poema en prosa El antiguo valle; aún quedan inéditos, entre otros textos, “Viaje hacia un Tiempo de Muchachas”, ensayo sobre la poética de Alberto Ponce de León; las novelas La fatiga, La gitana y El jinete, además de un libro de fábulas en apariencia perdido. Parte de su obra sigue dispersa en diarios y revistas.

Dos fechas abarcan su vida: 29 de septiembre de 1922 y 28 de septiembre de 1967. La belleza de su poesía sigue intacta hasta hoy.

UN POEMA DE SPERONI

Hay gotas en la piel que me lastiman;
hay gotas de metal, gotas inmensas,
duras como planetas, como bueyes
astillados arriba de mis hombros,
sobre mi corazón lleno de orugas.

Hay gotas en la piel que me conocen;
que me cantan y nombran y perdonan
cuando estoy solo, y caen desde la noche
infinitos terrores y ciudades.

Y hay otras que se van, que no me tocan
y que jamás sabré cómo se pierden.



Publicado en revista Posdatas, lo que queda por decir de arte, año 2 nº 6, La Plata, invierno de 2012. Directora: Paola Boccalari.

Néstor Mux, Setenta y uno


NÉSTOR MUX, ENCUENTRO EN EL TALLER, UN COMIENZO

Por © José María Pallaoro

          Es el primero en llegar. Nos saludamos como buenos amigos. Aún tenemos tiempo para la muchachada del taller. Y conversamos. De cualquier cosa, pero a esa “cosa” la cargamos de sustancia, líquidos amables como el vino que vendrá después. En el largo rato compartido no enciende un solo cigarrillo, tal vez, como respeto a esa especie de santuario que es mi lugar de trabajo. No creo que a Mux le sea cercana la palabra “santuario”, salvo por William Faulkner. Comienza a abrirse y cerrarse el portón de calle, Carolina, Mechi, ahora Laura y Justine, Hermeto, Graciela. 
          Con Graciela iniciamos la propuesta de esta tarde. Durante un mes, además de otros trabajos del taller de lectura y escritura creativa que coordino, leímos poemas de Mux. Y Graciela relata su mirada escrita. “Muy lindo. Me quedé callado”, dice Mux. “Me emocionó”. Y así lo vemos, emocionado. “Disculpen, por suerte no tengo que agregar nada. Está todo dicho”. Pero parece que no. “¿Por ahí decís `imágenes instantáneas`? Como fotos. “Sí, siempre tuve esa idea, desde que era muy chico hasta ahora”.
          Néstor Mux nació en la ciudad de La Plata el 22 de octubre de 1945. Sara Raquel García Mardones, su madre. Eduardo Conrado Mux, su padre. De barrio Parque Saavedra.
          Precisar el foco de la máquina. Sacarla. “Sí, siempre tuve esa idea. Recién, cuando está resuelto el poema lo escribo”. La síntesis. “Claro, ahí está más o menos la síntesis. Poner en foco, que sea lo más preciso posible, tachando todo lo que está de más, que siempre es mucho. Y ahí te queda el poema. Eso es lo que intenté hacer”. Esa imagen, esos sonidos.

Las viejas maderas del techo
que no terminan de acomodarse, unas a las otras.
El insecto golpeando incansable contra la lámpara.
El motor de la heladera
que no interrumpe su transmisión.
Las ruedas del cartonero, en la calle,
y el perro que ladra al cartonero.
La fatiga de nuestra respiración
y la canilla que pierde, ajena a toda fatiga.
Pasos que parecieran llegar. La sombra de otros pasos
cuyo destino ya no somos nosotros.
¿Hay un límite acaso que separe
los sonidos que sólo prosperan
en nuestra propia tensión,
de aquellos otros que vienen fundidos
al espesor de la noche?

          Aún no entramos a ese espesor. “Está buena toda esta publicación que hizo Pallaoro porque yo me puedo ver”. En enero de 2009 Libros de la talita dorada editó Disculpas del irascible, con introducción de Mario Arteca. El período abarcado de esta antología va de 1978 (con el libro Como quiera que sea) hasta diciembre de 2008, con dos poemas incluidos en el blog Aromito. Dentro de los límites de esta antología se incluyen poemas de Perros atados (1982), Poemas (1985), Cosas que nos rodean (1986), Papeles a consideración (2004) y poemas publicados en diferentes números de la revista en papel El espiniyo, que dirigí entre 2005 y 2007. No incluye textos de sus primeros libros: La patria y el invierno (1965), Nosotros en la tierra (1968) y Cartas íntimas para todos (1974). Parte de todo este último material se puede leer en los blogs poéticos literarios Poesía La Plata y Aromito.
          “Es todo un recorrido de vida. No hay más remedio, uno anduvo en eso siempre. Y ahora lo veo con otra perspectiva, por eso me emocionó”. Pasaron muchos años. “Una pila de años. En realidad no hice otra cosa. Uno trató, sin saberlo, de publicar para que algún día ocurra lo que pasa ahora. Un día escuchar esto de todos ustedes. Hoy se dio”. ¿Nunca le pasó lo de ahora?, pregunta Carolina. “A veces llegan a destiempo las señales. El texto que pasa desapercibido”. “Sin quererlo muchos años escribí para encontrarme con esta síntesis generosa. Tampoco imaginaba…”, agradece Mux el aporte, a lo largo del encuentro, agradece Mux, las diferentes miradas de Laura, Hermeto, Mechi, Justine. “Hay un hilo conductor”, dice Mux. “De todos los libros este es el que más me gusta”. ¿Por qué dejaste tanto tiempo de escribir, entre 1986 y el 2004? “Los desánimos. No hubo poema. También está bien, dejar de escribir”. Sartre en Qué es la literatura dice que el deber de todo escritor (poeta, agregamos) consiste, no solamente en escribir sino también en saber callarse cuando es necesario. Mux ríe. Risa y emoción es lo que nos deparará este espacio nuestro de hoy, para el después, con abundante picada, botellas que se fueron vaciando, cigarrillos no encendidos y las hermosas canciones de Justine. La poesía nunca va sola, va metida entre los seres humanos, entre nosotros. Es un reflejo de cómo se siente el mundo, cómo lo padecemos.
          “Fue un tiempo que me desanimé, realmente, nada más, y eso es todo, eso fue todo.” Paralelamente la poesía también se hace con silencio “Lo que no está dicho en un poema. O está implícito”. Entrevisto. “Sí, claro”. “Es como la música. Sin silencio no se escucharía nada, diría que uno trató, tal vez, de no hacer grandes textos, sino que esos textos no desafinaran”.

Como se sabe,
cada uno es lo que hace
y las dificultades de la época
(mezcladas con nuestras propias carencias)
ponen en cuestión la identidad de nosotros.

Después de años, equivocaciones
y vacíos sobrevividos en silencio
vuelvo a reconocer por azar en la poesía
–aunque imprecisa– una música de mi pertenencia.

Ella me hace respirar otra vez
la convicción inocente que la intemperie
no nos alcanza del todo
si regresamos a bailar con nuestro propio ritmo.

          ¿Y cómo entraste en “carrera”?, digo, tus comienzos. “Éramos muy pibes. Nuestros padres nos conseguían el primer trabajo. Comencé en el Hipódromo, como vos bien sugeriste. Ahí lo conozco a (Rafael Felipe) Oteriño. Me preguntó qué iba a hacer con mi vida. Creo que voy a hacer periodismo. ¿Y te gusta eso?, dice. No, digo. Aunque después estudié y trabajé como periodista antes de jubilarme”. Un día le dice Oteriño. “Dice Oteriño: No le digas a nadie. Yo escribo versos. Yo voy a hacer versos y vos vas a hacer periodismo”. “¡No, yo también escribo versos y sólo quiero hacer eso!”. Al otro domingo se encuentran, están armados de carpetas. Comienzan a leer sus poemas. “Versos muy malos. Intercambiábamos opiniones. Esto está de más, esto está mal dicho. O le decía: esto es retórico, humanizalo más.” Comienzan a convocar a jóvenes poetas. Con Horacio Ponce de León (h), Enrique Dillon y otros, arman el grupo La Voz en el Tiempo, editan una serie de cuadernillos y mosaicos de poesía.
          “Nos juntamos, o mejor, nos amontonamos. No éramos un grupo, no tenía nada que ver los versos de unos y otros”. Pero se juntaron. Armaron los cuadernillos y le pusieron un broche. “Así arrancamos”, dice Mux. “En esa época, había entre los cines y los chistes, al costado,  había una sección que se llamaba Prosa y Verso. Sacaban un texto poético y abajo narrativa o pensamientos. Y eso era todos los días”. Y eso era en el diario El Día de La Plata. “Publicábamos asiduamente, porque a dos periodistas encargados de la sección les gustaban nuestros versos, y eso se hablaba, se comentaba en esa época. No sé lo que pasa ahora pero en esa época se hablaba”. Y además “hacíamos unos afiches también, que pegábamos en la calle. Engrudo en un tacho”. Esto fue por 1962, 1963, hasta 1968. “Por esos años, sí”. Donde además de La Voz en el Tiempo, y el Grupo Escalas, realizaban movidas semejantes el Grupo de Los Elefantes, el Movimiento Poético Platense. La tradición poética platense, caminando, siempre caminando. “Y llenos de expectativas. Nos alentábamos entre nosotros”. En 1965 aparece el breve libro Antología generacional con prólogo de Horacio Núñez West y trece jóvenes poetas nacidos entre 1934 y 1947, Osvaldo Elliff, Liliana Báez. “Después había señales de que uno estaba funcionando”. ¿Un ejemplo? “Vino mi padre del trabajo y me cuenta que va un cliente al trabajo y le pregunta qué relación tenía con el poeta, si eran parientes, y vino contento, y me lo cuenta”. “Algo estábamos haciendo. Entonces le metíamos”. A la poesía mural. “Por esos papeles pegados, se acerca una vez una piba. Y me dice: Yo necesitaría que usted me firme este poema. Había sacado el afiche de la calle, tenía un poco de engrudo. Y lo firmé. Vivimos juntos hasta que ella murió, treinta y tres años vivimos juntos”.

Con ella naufragamos muchas veces
y combatimos otras tantas
por reconquistar la paz que merecemos.

Con ella nunca dejamos de intentar el cielo
a pesar de saberlo apoyado sobre esta tierra
cada vez más difícil.

Con ella soy, somos y son nuestros hijos,
sin más armas que las que nos da
este profundo e inexorable deseo de vivir.

Con ella, lejos de la melancolía del mundo,
nos perpetuamos en el amor
por esa luz tenue, humilde, pero empecinada
que nos alumbra por dentro y que no quiere apagarse.

          Con Silvia Aducci tuvo tres hijos: Griselda, la menor, Julieta y Juan Pedro.

Debajo del sol
el niño juega con su paraguas ardiente
hasta que algo nos hace creer que llueve
porque el corazón profundo de la casa
se moja de alegría.

          “Parecería que en esa época estábamos encajados en algo. Cosa que no me pasa ahora. Hablo de lo mío personal. Ahora no coincido en nada. Recuerdo el poema de…”. Guillermo Boido. “Sí. Poema de dos líneas”. Sociedad de consumo se llama: La poesía no se vende / porque la poesía no se vende. “La poesía no se vende / porque la poesía no se vende. Es maravilloso. Hay que padecerlo al que escribe poemas. Hay que aguantar. En aquella época había algo que tenía que ver más con nosotros, en lo que estábamos inserto”.
          En taller leímos y disfrutamos tus textos. “Claro, pero lo que decía al comienzo, para mí es una maravilla poder estar disfrutando este diálogo porque secretamente dije para que un día ocurriera esto, un encuentro, que gustan los versos. Pero, como te digo, no te enterás siempre de lo que ocurre”.
          Volvemos a 1965, sale el primer libro de Mux, La patria y el invierno, a instancias de Javier Villafañe. “Javier Villafañe era grande, más que mi padre, para tener una referencia. Yo había hecho un libro completo, tan flojito como los poemas que publicamos para darnos ánimo. No tenía rigor. Lugares comunes, la nieve blanca. Yo ya estaba en periodismo, y Villafañe vino a dar una conferencia o no recuerdo porqué estaba ahí. Era un titiritero famoso y poeta, y le doy el libro, con los ganchos, para que se pueda leer como objeto. Bastante pretencioso. Y le digo si se anima a leerlo. Y `Cómo no`, dice”. “Nos juntábamos, comíamos cornalitos, tomábamos vino en un bar de calle 8 y 56. Un bar, una fonda. Nos reuníamos ahí, en ese lugar, y claro, iba Javier Villafañe, se sentaba, se ponía una servilleta en la mano y le hablaba al que traía los cornalitos. Y nos matábamos de risa, pero ni una letra de mi libro. Y yo no le voy a preguntar, no me voy a meter, es una impertinencia, así que no le decía nada. Pasan los días, caía él, y nada. Una tarde casi noche llaman de La Rosa Blindada que era en ese momento la editorial de poesía más importante”. Los libros se vendían en los kioscos de diarios y revistas, con buena difusión y una tirada importantísima si la comparamos con la tirada de los libros de poesía de hoy día. “Queremos saber cuando puede venir a firmar el contrato. Debe haber un error, digo. Yo no mandé nada. Sí, nuestro asesor literario Javier Villafañe sugirió la publicación de su libro”. Y se publicó. “Agradecidísimo a Villafañe. En el libro hay cosas ilegibles. Vos me diste el libro un día, y lo leí en casa. Era para no publicarlo”. Te dio el impulso para seguir escribiendo. “Sí, que yo iba a dedicarme a eso solo”. En 1968 aparece Nosotros en la tierra. “Hay cosas que se sostienen como para leerse, no como el primero”. En 1974, tu tercer libro, Cartas íntimas para todos, de prosa poética. “Coincidía todo el reverdecer del país. Es un libro que, más allá de los valores que puede tener, encajaba en la época”. Y se leyó mucho.
          Hablaste de tus compañeros poetas de generación, también de Osvaldo Ballina que conociste a través de Oteriño, todavía no de tus mayores. “Me hice amigo de Speroni, de Núñez West, que me sirvieron mucho. Los tuve de maestros a los dos. Acá está el poema breve Juanpedro”. Conté la historia. Contála vos para ver si macaneé. “Mi viejo me presentó a Horacio Núñez West. Un día viene a visitarme, vienen a cenar varios poetas, a comer un asado, y yo estaba luchando con un texto en la Olivetti, una Lettera 22, chatita, muy simpática. Había montones de estrofas, y estaba Núñez West detrás mío, y le digo, esperá que resuelvo esto y voy con el asado, así no se me escapa. Y Núñez West miraba desde arriba y dice y marca, y todo esto para qué, el poema está acá. En estas primeras cuatro líneas”. “Fijate qué maestro. Lo que yo quería decir estaba arriba, para qué voy a explicar en una página entera. El poema eran esas cuatro líneas. Y así quedó”. El resto habrá avivado el fuego que estabas preparando. Reímos.

Un aire inexplicable
nos hace andar por el aire puro

nuestros ojos de siempre
por primera vez
ven hasta el otro lado del mundo

la quietud de corazón
es una estación que nos faltaba
y deja en la boca el gusto
ecuánime de todas las estaciones

llueve y es como si lloviera
para nosotros

el pájaro en el hilo telefónico,
la vecina que barre, el ciclista,
los árboles de la mañana
cantan para nosotros:

la alegría.

          Con Como quiera que sea de 1978 se inicia Disculpas del irascible, el libro. Una poesía que va a lo esencial desde lo cotidiano. “Es una excusa para hablar de los hombres. Lo hace más aprensible hablar de la cama o de una lámpara o de un cuchillo que de una abstracción. De alguna manera me acerca a mí al texto y al posible lector a ese poema”.

Envainado, se deja estar
sobre el estante
y con libros, cigarrillos o llaves
comparte inmovilidad y silencio.

Por el esmero de la empuñadura
y el filo cuidadoso
podría pensarse que aguarda la mano
que lo acerque, finalmente,
al cuello del indigno
y corte por lo sano.

Pero sólo es convocado, cada tanto,
a rebanar el ajo y las cebollas
o desgrasar la carne para los comensales.

          Al hablar de los hombres se trasciende las generaciones y los contextos. “Los temas en cuanto a la obra poética, sí. Yo me refería que la realidad o la vida cotidiana ya no tienen nada que ver, por lo menos conmigo. Cuando yo antes creía que lo que hacía tenía que ver con lo que hacían los otros. Siempre estuve convencido que este era un oficio al igual que cualquier otro, el que pinta paredes o te arregla la bicicleta. Creía otra cosa, y ahora no tiene nada que ver lo que uno hace…”. Nadie te pide que escribas.

Nunca llegará hasta la casa
en la que no es esperado.

No habla si no le piden opinión
porque entiende que la palabra
no modifica la historia
y en algunos casos puede ser
invasión al otro,
como de intruso que atropella la puerta.

Tampoco, nadie le pide que escriba.
No obstante, cuando nadie lo ve,
cuando todos están lejos
– con su confusión y sus convicciones,
con su sombra y sus jardines –
él coloca en la máquina el papel en blanco
como una forma de desobediencia,
de alivio o de revancha.

          Mundo de nadie. Mundo de todos. “Trato que sea de todos. Dialogando con el prójimo”. Acerca de la antología. “Quise que los poemas de antes y los de ahora sean un vaso comunicante con los demás. Nunca me gustaron las abstracciones, me gusta cuando está apoyado en algo”.

En la pared de un alojamiento de Mallorca
Aurore Dupin, baronesa de Dudevant,
llamada George Sand, en 1842 anotó condescendiente:
pobre Chopin.

Ahora, solo en la casa, escucho el compact
que me regaló mi hija mayor la última navidad:
un piano prodigioso recrea sonatas de sencillez esmerada.

Algo dice que esta confortabilidad provisoria
desprende cierta atmósfera anacrónica
cuya melancolía no encaja en nuestros días.

Pero la realidad, más allá de la ventana,
suena hosca, estridente, fuera de escala humana.
Y por un rato – sólo por un rato –
aquí se está bien con uno
y con el pobre Chopin, un siglo y medio después.

          Tocar la tierra. “Antes creía que sí, que tocaba todo, ahora dudo un poco. Hoy es algo distinto. Por lo que estamos charlando ahora. Este encuentro no se produce casi nunca, en mi vida personal, como no hago vida literaria, no me ocurre. El problema es de uno. Este diálogo, en este taller, es muy satisfactorio, no se da todos los días, diría que casi nunca o nunca. Para mí, estar acá, era una cita de honor viniendo de Pallaoro. Yo retomé la escritura gracias a él. Me insufló un aliento del que carecía. Volví a escribir. Salieron dos libros en esta editorial”.

En intimidad el irascible
entrega y recibe amor.
Afuera, en la realidad,
el irascible, como un derrotado,
grita contra el mundo.
Es posible que sangre por la herida.
Es posible que el amor
salve al irascible.

          ¿Estás escribiendo algo? “Intentando. Estoy viendo. Todas las noches y las mañanas, cuando me duermo y me despierto, los sueños. Todavía no me largué al papel”. La fotografía. “No inventé yo que los sueños te revelan cosas. Sabato decía: de los sueños de un hombre se podrá decir cualquier cosa, menos que no sea la estricta verdad”.

El cielo está negro
como el sol de los muertos.
Pronto llegará la lluvia
y su sonido apagará otros sonidos
que hacen mal al alma
y nos dejaremos llevar por esa paz ajena,
por esa confianza del agua en las ventanas.

          “Al despertar o durante, porque me despierto a la noche a tomar el jugo y vuelvo a dormir, y no falla nunca eso, el sueño te enfrenta a las más feroces verdades. Son sueños, pero es cierto, no debe haber cosa más real para un hombre que los sueños”.

Al despertar, día tras día, abrimos
la ventana para comprobar que los dueños de la tierra
todavía no la han destruido del todo.

Acariciamos los animales
que protegen el descanso de los nuestros
mientras el agua hospitalaria
de la pava y el mate recibe condescendiente
a estos modestos poetas de provincia.

La razón apenas entreabierta, entonces,
el cuchillo de ardor en el estómago
y la cáscara fastidiosa de los sueños
no dejan de recordarnos que sin porvenir
la palabra – como la vida – es difícil.

Sin embargo con la cautela de los náufragos
nos acercamos a la máquina de escribir
y en el espacio sin límites
de la hoja en blanco, creemos escuchar
un silencio poblado de temblores,
una música que insiste
hundida en un territorio de promesas.
 
          “Me gustaría eso, hacer textos sobre los sueños. Pero todavía no he podido, no lo encuentro. Todos los amigos muertos vienen y hablamos. Algo así era. Cómo llegaron hasta acá si están muertos. Y me desperté con eso, y dije cómo enchufa este texto. Querían estar vivos los amigos.”

Desde lo más hondo
se van abriendo paso impunemente
hasta instalarse en el centro de nosotros.

Como dulces fieras o ángeles pavorosos
vuelven a recobrar los pedazos de sí,
dejándonos a cambio el oprobio
que les dimos o las maravillas efímeras
que a nuestra vanidad se le antojaron inmortales.

Sólo fantasmas recorriéndonos hasta el final,
para que no olvidemos nunca que nuestras vidas
están construidas también con la memoria,
el estupor y la carne borrosa de esas muertes.


          Mux sueña la casa de barrio Jardín. Sueña el jazmín. “Soné, por ejemplo, que este jardín de la pérgola que está acá, en el libro, esperé pacientemente que creciera, que diera las flores. Como digo en el verso, mucho esperé”.

La realidad habitualmente adversa
debiera invitarnos, al menos,
a hacernos de una larga paciencia.

No obstante, anhelantes
del amparo de su sombra
controlamos, después de la lluvia,
cuanto prosperó el jazmín en la pérgola.

Incluso, le hablamos, cuando nadie nos mira.

Pero los tiempos del jazmín
se toman su tiempo.
Nuestro presente es perpetuo
y aquel tiene todo el futuro a su disposición.

Hace bien. Cuando así lo disponga
traerá su sombra (y su energía, su perfume
y su gracia) para nosotros
o para cualquiera que sepa esperar
o no tenga paciencia
y hable solo como un idiota.

          “Y la otra noche cuando despierto soñé que algo le pasaba al jardín de la pérgola. Cazo el teléfono y llamo a mi casa, la casa que ahora es de mi hija menor, y diciendo así medio elípticamente y la pérgola cómo anda. La podé, de abajo, me dice. Y quedé anonadado. Y soñé con el jazmín y la nena que me dice que vino el de acá a la vuelta con la motosierra. Cuando la pusimos era una ramita que atamos con un hilo a la columna de la pérgola. Y lo soñé”. En todas estas horas no fumó un solo cigarrillo. “Es muy difícil escribir eso, juntar un asunto con otro. Y darle credibilidad. Estoy con eso”. Con el fuego interior.

Como si se tratase de una puerta
hacia la felicidad, aun continuamos
haciendo caso al fuego interior que nos precipita
y caídos o extranjeros o convertidos
en nuestra propia condena
nuevamente ofrecemos un corazón sin excusas.

          Ahora es momento de vinos, picada sobre la mesa; y charlar, charlar acerca del tío Coco y otros instantes del mundo, charlar hasta tarde, muy tarde.


(Continuará). City Bell, 10 de octubre de madrugada, 14 de octubre al atardecer.-


El encuentro con Néstor Mux se concretó el jueves 9 de octubre de 2014 en Mundo despierto, el taller de lectura y escritura creativa coordinado por José María Pallaoro en el Espacio-Encuentro La Poesía. Entre las 18hs. hasta cerca de la medianoche dialogaron con el poeta los integrantes del taller: Laura Ceniceros, Carolina Cortazzo, Graciela Abal, Hermeto González, Mercedes Do Eyo y Justine Bevilacqua. Parte de lo vivido en esas intensas horas presenta esta breve crónica.

Publicado en La Tecl@ Eñe.