"Al chico se le va a pasar, en cambio Corso va a portar los cuernos hasta la tumba", murmuraban los paisanos del bar con esa filosofía tan lineal como cruel.
El verano transcurrió entre silencios hostiles y alguna que otra cachetada que cobraba como único destinatario de la frustración de mi padre. Comenzar las clases se había convertido en la escapatoria ideal.
Entonces todo cambió. Ella apareció y el mundo, que hasta ese momento discurría entre juegos en solitario y alguna que otra travesura inocente con los pocos amigos que aún se me acercaban, se convirtió en un espiral de sensaciones incontenibles. Acomodado en el banco de la escuela esperaba con ansiedad su entrada triunfal. La señorita Consuelo Godoy aleteaba las pestañas y sus labios carmesí se distendían en una sensual sonrisa que lograba hacer hervir mi sangre y desataba una inapropiada tirantez en la bragueta que me avergonzaba hasta la humillación.
Nunca imaginé que las circunstancias de la vida me iban a jugar tamaña pasada.
El día que la señorita Consuelo ingresó a mi hogar invitada por mi padre, el castillo de naipes que tan laboriosamente había construido se desmoronó de un categórico soplido.
La mesa del jardín estaba servida. Té para tres. A pesar de los esfuerzos del viejo por hacerme hablar, las palabras se atoraban en la garganta y mis ojos permanecieron clavados en las manos que se aferraban sudorosas al borde del mantel. Mientras tanto yo escuchaba risas, halagos y diálogos intrascendentes que no hacían más que abonar el flirteo del cual era testigo privilegiado.
La señorita Godoy nunca se mudó a nuestra casa. Mantuvo con Corso un romance que todos conocían pero del que nadie hablaba. Lo cierto es que si bien ella era toda discreción, mi progenitor no escatimaba íntimos detalles –arropado por la curiosidad de sus compañeros de naipes- sobre los inolvidables encuentros amorosos. Yo sacaba espuma por la boca. No podía comprender una actitud tan descarada.
Acuciado por la vergüenza y haciendo acopio de todo el coraje, resolví hablar con la señorita Consuelo. Ella no se enojó, por el contrario, sujetó mis mejillas y en gesto de agradecimiento plantó un inesperado beso en mis inexpertos labios. Pero todo no quedó allí. Me enlazó las manos, las apoyó sobre sus pechos y fue guiando mis dedos a través de la blandura de su blusa. Las caricias se revelaron urgidas y deliciosas. Y entonces me hice hombre con esa mujer.
Una década más tarde, mi padre aún se jactaba del amorío que había tenido con la señorita Consuelo. "Tremenda, hembra. Y fue sólo para mí" afirmaba con petulante orgullo.
Quizás necesité defender el honor de la dama o tal vez prevaleció el deseo de materializar una antigua revancha, lo único que recuerdo es que me acerqué hasta su mesa y con tono afable le dije:
"Papá, hay algo que hace mucho tiempo quería contarte".
Otro nuevo apasionado relato de Bee Borjas.
Thank you "sister" :).
Tame Impala. "Mind Mischief" (Lonerism, 2012)
(...)
Es como si vida estuviera a punto de estallar
Yo y mi amor nos lo tomaremos con calma
Espero que sepa que la querré por mucho tiempo,
sólo que no sé dónde demonios encajo.
Cómo me hizo descarriar el optimismo
en doscientas cuestiones tomé el camino equivocado
Pero vi su medidor de amor agotándose,
intenté llenarlo pero se desbordó.
Ella recuerda mi nombre
Podría estar jodido y sin salida...
Todo va a cambiar,
recuerda mi nombre.
Pero ella sólo estaba tonteando,
por favor, no juegues más con mi corazón
Oh, ¡vete con Mr. Correcto sólo por una vez!
Oh, no más travesuras a mi razón.
Después, simplemente todo salió a la luz...
Supongo que lo aguantaré la próxima vez.
No más malentendidos,
seré frío a partir de ahora
Siempre lo veremos
pero no más supuestos para mí.
Oh, estaba tan seguro de todo
Oh, eso es lo que consigues por soñar en voz alta
Oh, el día en el que las palabras me resultan más claras.
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"El amor es como una guerra, fácil de iniciar, difícil de terminar, imposible de olvidar."
Henry Louis Mencken (1880-1956), el "Sabio de Baltimore". Escritor estadounidense.