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martes, 30 de octubre de 2018

La bota albina de Diego

[ESPECIAL para The Line Breaker/ Ilustración de Sergio Ucedo] A fines de 1981, Boca se dirigió a un destino exótico para realizar una gira: Costa de Marfil. Entre sus estrellas se encontraba un joven medio retacón y de rulienta cabellera del que el mundo ya estaba empezando a hablar. Usaba el 10 de dorsal y respondía al nombre de Diego Armando Maradona.

Muy pocos olvidaron aquella visita del equipo argentino al continente africano. Menos Salif, un niño albino de Costa de Marfil, que recibió un premio –un regalo-, que le cambió la vida para siempre, por el resto de sus días.

“Ahí vive Salif, el niño de la bota de oro”, se suele escuchar en los alrededores de la casilla de ese joven que nunca se hubiese imaginado que un objeto, más precisamente un calzado, lo volvería una de las atracciones de su barrio.

“Amplio éxito de Boca en Costa de Marfil”, tituló uno de los diarios de mayor circulación de Buenos Aires tras el primer partido que Boca le ganó 5-2 al Stade de Abidján. Diego parecía estar ausente en el comienzo del partido y, a pesar de la ventaja inicial por los goles de Escudero, los locales alcanzaron el empate con un doblete de Vincent Kouadio. Quizás el Pelusa acusaba los efectos de lo vivido el día anterior en las calles de la capital marfileña…

El plantel de Boca había visitado algunos lugares emblemáticos de la capital del país presidido en aquellos días por Félix Houphouët-Boigny. Cuando el colectivo se dirigía rumbo al hotel Ivoire para comer y descansar de cara al partido del otro día, hubo algo que a Maradona le llamó la atención mientras miraba por la ventanilla.

“Pará acá maestro”, le dijo Diego al chofer. Sylvain, que entendía poco y nada de castellano, miró al traductor quien repitió lo dicho por Maradona en francés. Sylvain aminoró la marcha. El bus se detuvo en la zona del Port Bouet donde un grupo de niños jugaba un partido improvisado. De ese grupo, hubo un niño al que Diego le prestaba especial atención. Miraron un rato el partido junto a Brindisi y Escudero.

“El arquero es bueno” comentó Diego a sus compañeros. El arquero era Salif, un niño albino que había llegado hacía unos años a Abidjan junto a sus padres provenientes de Tanzania. Allí, los albinos son perseguidos, están condenados a sufrir. La gente piensa que no mueren. Los cazan, los matan. Los llaman fantasmas. Por eso Salif y sus padres tuvieron que huir en busca de un poco de tranquilidad.

Además de que era bueno, a Diego también le impactaron los lentes negros y el gorro oscuro de Salif. Contrastaban con el blanco de su piel y la claridad de su cabello.

“El albinismo es una condición genéticamente heredada que reduce la cantidad de pigmento de melanina que se forma en la piel, el cabello o los ojos”, escuchó Diego de boca de Cyrille, el padre de Salif que también estaba mirando el partido de su hijo.

Desde la puerta del colectivo, con un Sylvain preocupado porque caía la noche en los suburbios de Abidján, Yiyo Carnaglia llamó a los jugadores que habían bajado, instándolos a subir ya que esperaba la cena en el hotel. Diego se quedó con ganas de conocer a Salif, de saber más de su historia y del albinismo.
Aquel primer partido que Boca empataba ante el Stade Abidján, lo terminó ganando con un hat-trick de Diego. “A los 31 minutos, Maradona, que había prometido a los marfileños un espectáculo de calidad, se desencadenó repentinamente y marcó tres goles en cuatro minutos, en medio de las ovaciones del público”, contó un diario argentino de la época.

Tras el partido y la cena en el hotel, Diego aprovechó la sobremesa para indagar más sobre el albinismo. La mente le había quedado en Salif. “Diego

, el albinismo es una realidad muy palpable en África. En Tanzania, donde nació Salif, una de cada 1.400 personas es albina. Nacer albino en África es realmente un problema. Les cortan partes de sus cuerpos pedidas por brujos locales. Traen problemas a sus padres en la escuela, los compañeros les tienen miedo, les da miedo tocarlos. Para muchas familias son un estigma”, le comentó el médico del plantel, que había cruzado unas palabras con el padre de Salif, a Diego.

En la previa del segundo amistoso ante el ASEC Mimosas, Maradona le pidió al médico, al traductor y a Carnaglia que lo acompañaran a la canchita a ver a Salif. Aunque el sol empezaba a caer en Abidjan, Salif seguía firme con su gorro y sus lentes. Eran para protegerse del sol que tanto daño les hace a los albinos.

Salif volaba de palo a palo a pesar de su débil visión, otro de los males que aquejan a los albinos. Diego esperó que terminara el partido y lo llamó a un costado.

“Hola Salif. Soy Diego, seguramente no me conozcas ni sepas quien soy, pero el otro día pasé junto a mis compañeros de Boca, te vi y me impactó tu forma de atajar”, le dijo Diego ayudado por el traductor.

“Te traje un regalo” agregó Maradona mientras sacaba de su mochila Puma el par de botines que había usado en el primer partido de la gira.

“Merci Diegó-“, dijo Salif y tomó el regalo. Su padre también agradeció a Diego y sus acompañantes por el gesto. Se despidieron rápidamente porque en un rato Boca cerraba su gira por Costa de Marfil.

Con dos goles de Trobbiani y uno de Alves, el Xeneize le ganó 3-2 al ASEC y concluyó su segundo periplo por África.

“La gente tiene que entender que Maradona no es una máquina de dar felicidad”, diría el Diego al año siguiente de la gira. Sin embargo, los botines que le había regalado a Salif le habían cambiado la vida y lo habían vuelto una de las atracciones del barrio.

Mucho más cuando en 1986 la Argentina fue campeona del mundo y Maradona se convirtió en el mejor jugador del planeta.

“¡Merci Diegó! ¡Mercí Argentina!” gritaba Salif el día que el seleccionado de Bilardo se consagró en México. Contento y alegre corrió y corrió hasta cansarse por las calles de su barrio con los botines en alto. Con la bota albina de Diego.

lunes, 20 de octubre de 2014

"Rompiendo barreras"

En la vuelta de la sección Cuentos de Fútbol Africano, les traemos una nueva historia escrita por Daniel Pinal y con ilustración de la joven artista Valeria Alonso Cobas. Tras "El mejor partido de mi vida" y "Decisión determinante", ambientados en Burkina Faso y Sierra Leona, respectivamente, llega una historia que sucede en Sudáfrica y tiene que ver con su historia, sus diferencias raciales y aquellos que no diferencian por el color sino que creen en la igualdad y en la unión del pueblo, sea de la raza que sea.

[Por Daniel Pinal] Era la final del campeonato sudafricano y la gente se agolpaba en el estadio. El color en las tribunas era digno de aquella final, sonaban las vuvuzelas y la gente alentaba a sus equipos, todo era alegría y felicidad; pero en las afueras del estadio se escribía otra historia. 

Faltaban pocos minutos para que empezara el partido y la gente iba llegando en multitud hacia el estadio, todos estaban alegres, todos menos Mothudi, un niño de raza negra de unos 12 años de edad, que estaba sentado llorando a pocos metros del estadio. La gente pasaba y ni se daban cuenta de la tristeza de aquel chico. De repente paso por allí un hombre blanco y noto el sollozo del niño. 

-¿Por qué lloras niño?- preguntó el hombre. El niño levantó la mirada y se sorprendió al ver que un hombre blanco se acercara a él. Si bien hacía varios años que se había terminado el apartheid, la relación entre blancos y negros no era muy buena. 

-¿Y usted para que quiere saber?- dijo Mothudi, con cierta desconfianza. 
-Pasaba por aquí y escuché tu llanto, me detuve y tal vez te podría ayudar si me dices cual es tu problema. 
-¿Y por qué usted querría ayudarme?- preguntó otra vez con desconfianza. 
- Porque quiero ayudarte de verdad, ah por cierto mi nombre es George- se presentó con una sonrisa tranquilizadora.
- Mi nombre es Mothudi y lloraba porque cuando fui a sacar las entradas para la final estaban más caras de lo que yo creía y no podré ver el partido-, se lamentó el niño ahora un poco más tranquilo porque George ya no le inspiraba tanta desconfianza.
-¿Y cuánto dinero tienes niño?

Mothudi abrió sus manos y ahí estaba el dinero todo arrugado que tenia para ir a la final. 

-Estuve trabajando 2 semanas, día y noche, para ahorrar este dinero y ahora me doy cuenta que tanto esfuerzo no valió para nada porque al momento de obtener la entrada me dicen que no me alcanza- comentó apesadumbrado Mothudi. 

Al ver el dinero que traía encima, George se dio cuenta que hasta le sobraba para comprarse una entrada. 

-Pero niño ahí te alcanza para una entrada, por lo menos la más barata-, le contestó. 
-Lo que pasa es que yo tengo que sacar la entrada también para mi hermano- esgrimió Mothudi mientras atrás suyo George vio a otro niño más pequeño que estaba jugando con una lata de gaseosa.
-Había ahorrado lo suficiente para conseguir dos entradas, de las más baratas y cuando llegue aquí habían subido el precio. 
-Y si, eso pasa en un evento de estas características- intentó calmarlo George. 
-No es justo, yo había hecho de todo para conseguir dos entradas, pero bueno...  
Mothudi se quedó un rato pensativo y luego dijo:
-¿Usted va a ver el partido? 
-Si voy, ¿pero por qué?- contestó intrigado el hombre 
-¿No puede llevar a mi hermano a ver el partido? Solo me alcanza para una entrada y como no puedo dejarlo ir solo… ¡Si usted me haría ese favor se lo agradecería mucho!- dijo Mothudi contento por la idea que se le había ocurrido.
- Pero… ¿vas a dejar de ir tú, para que pueda ir a tu hermano?- se sorprendió George. 
-¡Si! por mi hermano haría lo que fuera- respondió sin dudarlo Mothudi 
-Lo siento, pero yo… 

Cuando George le iba a decir que él iba a ir a la final como periodista y que no podía llevarlo, fue interrumpido por Mothudi.
- Es que mi hermano tiene oncocercosis, se esta quedando ciego y esta puede ser la ultima final que el vea, se lo pido por favor que usted lo acompañe, yo los esperare afuera al finalizar el partido. 

La oncocercosis es una enfermedad parasitaria causada por un gusano, esta causa lesiones en la piel y en los ojos, algunos llegando hasta la ceguera y eso es lo que le estaba ocurriendo al hermano de Mothudi. Al enterarse de esto, a George se le hizo un nudo en la garganta y no sabia que decir. Después de unos segundos dijo: -Espérenme aquí, no se vayan a ir. 
Mothudi no entendía lo que pasaba, pero se quedaría esperando a que el hombre volviera. Al cabo de unos minutos llegó George, corriendo. 
-Acá están las dos entradas, apúrense que ya va a empezar el partido- les gritó algo agitado por la distancia que había recorrido a toda velocidad. Mothudi no entendía nada. 
- ¿Pero qué es esto? Sólo te pedí que llevaras a mi hermano contigo. 
-Yo soy periodista y por eso no puedo cuidar a tu hermano, pero tu lo harás mejor que yo-, dijo George mientras les sonreía a ambos. 

Mothudi no salía de su asombro, lo que había hecho el hombre por él y su hermano, no lo había hecho nadie y menos un hombre blanco.
-No sé qué decir, muchas gracias, aquí tienes la plata- dijo mientras le daba los billetes que tenia a George.
-No quiero tu plata, mejor regálale algo a tu hermano.
-No puedo aceptar esto, por lo menos déjame que te de esta plata-, contestó Mothudi.
-El que no puedo aceptar esto soy yo, las entradas las conseguí por un amigo mío, guárdate ese dinero y apúrense que ya esta por empezar la final.
-¡Muchas gracias señor! no tengo palabras de agradecimiento hacia usted, nunca me voy a olvidar de lo que usted hizo por mi hoy- dijo el niño con lágrimas en sus ojos y se fundieron en un caluroso abrazo.
-¡Es usted un gran hombre!- dijo el niño emocionado. George también estaba emocionado al borde de las lágrimas.
-¡Apúrense niños!-, gritó él.

Los niños salieron corriendo hacia el estadio, luego también corrió George porque tenia que cubrir la final. Esa tarde la noticia no fue quien ganó o perdió el partido, sino la de un hombre que rompió las barreras de la raza y los colores que tan marcados estuvieron y están aún hoy en Sudáfrica, para ayudar a dos chicos fanáticos del fútbol. También la noticia fue la del amor incondicional y verdadero de hermanos que es capaz de romper cualquier barrera, hasta la de una entrada a un estadio para ver una final.

jueves, 3 de octubre de 2013

Decisión determinante (Parte 2)

[Por Daniel Pinal] Las gradas nuevamente mostraban un colorido y un ambiente festivo. La gente alentaba al equipo y coreaba el nombre de Lasana. Di las últimas indicaciones y salieron a la cancha. Todo estaba muy lindo, había una ambiente fantástico, pero en el campo de juego había un solo dominador, el equipo visitante, que manejaba el partido y no dejaba tocar la pelota a mis muchachos. Ni con la entrada de Lasana se pudo revertir el partido que terminó en goleada 5 a 0 para el FC Kallon. Estaba desilusionado, ya que pensé que podíamos ganar y dar el golpe, pero eso no fue así, estaba ante mi peor racha: 4 derrotas y 1 empate.

No tenia palabras para decirles a mis jugadores, estaba cabizbajo. En un momento levanté la cabeza y vi a los hinchas locales que seguían alegres, cantando y bailando. Pensaba cómo podían estar tan contentos si acabábamos de caer derrotados por goleada. Era algo que yo no comprendía, no entraba en mi ser lo que acababa de ver.

Ese mismo día a la noche, mi amigo trató de animarme, yo no hablé nada en la cena. Luego me animé y le pregunté por qué esa gente seguía alentando, si habíamos perdido por goleada.

-“En esta parte del mundo el deporte es algo diferente, se vive distinto a cómo se vive en Europa o en Sudamérica”, me explicó amparándose en sus más de diez años de experiencia en diversos clubes de África.  -“Estoy pensando en renunciar, no alcanzo a comprender esta manera de ver el fútbol y la forma en que se maneja la gente de aquí”, le contesté.
-¿Por qué aceptaste venir a entrenar aquí?-, me dijo luego de meditar unos minutos en silencio. -Vine porque pensé que sería una experiencia que me iba a cambiar la vida. No estaba dirigiendo y veía una buena chance cuando me llamaste-, le contesté. -No entendiste nada cuando te dije que te iba a cambiar la vida-, me dijo y se retiró algo molesto hacia su habitación.

Me quedé helado sin entender lo que me había querido decir. Durante la noche no me podía dormir y lo que me había dicho Frank retumbaba en mi cabeza.

Al otro día en el desayuno le exigí que me explicara lo que había querido decir, pero solo me dijo que ya lo entendería. Noté algo extraño cuando nos dirigíamos al club. El camino por el que nos dirigíamos al club no era el habitual.

-Me parece o cambiamos de camino?-, le pregunté entre enojado y sorprendido. 
-No estamos yendo al club. El plantel tiene el día libre así que daremos un paseo por la ciudad porque desde que llegaste no tuviste oportunidad de recorrer mucho-, respondió mientras atravesábamos el centro de Freetown.

Durante el viaje pude advertir toda la pobreza de ese pueblo. No me había percatado de eso, estaba tan concentrado en dirigir que no tuve tiempo de detenerme a observar. Sentía que desde que había llegado tuve una especie de venda puesta en mis ojos.

Nos detuvimos en una especie de campo de futbol donde había varias personas. Nos bajamos y Frank me pidió que lo acompañara que me iba a mostrar algo. Caminamos unos metros y vi a varios hombres en muletas en torno a un campo de fútbol.
“Los muchachos que ves ahí están amputados. Esa es una de las consecuencias de la cruenta guerra civil que asotó al país durante muchos años”, me explicó. Cuando no podía salir de mi asombro, oigo el pique de una pelota que se dirigía al centro de la cancha. “No creo que jueguen al fútbol”, pensé en silencio. Me equivocaba. Se pusieron a jugar con sus muletas, alentándose y riéndose, y disfrutando de poder seguir jugando al fútbol a pesar de su condición de amputados. Yo no lograba entender aquella felicidad.

Frank me dejó que observara todo aquello y tras más de media hora emprendimos el regreso a su casa. En el viaje de vuelta fuimos hablando de Sierra Leona y de su gente, de su guerra civil y de todo lo que habían sufrido y que a pesar de eso la gente no se quejaba, vivía alegre y contenta. Ya en su casa me preguntó si había comprendido el porqué de lo que había visto, yo le contesté que creía que si. Esa noche comí sin preocupaciones, era la primera vez que no pensaba en fútbol, sino en lo que había vivido.

Eran las cinco y media de la mañana y nuevamente Frank me levantaba temprano. “Vestite rápido que te tengo que mostrar algo”, me apuró. Partimos rumbo al puerto.

-¿Sabes por qué Lassana llega tarde a los entrenamientos?-, preguntó Frank. 
-Sinceramente no, estimo que se quedará dormido-, le respondí. 
-Te equivocas. Él todos los días se levanta a las 5 de la mañana y entra a trabajar en el muelle. Como no tiene vehiculo para trasladarse, hace todo el camino a pie y eso lo hace retrasarse-, me dijo.

De repente lo vi a Lassana maniobrando con unas redes y no podía salir de mi asombro. Me preguntaba cómo alguien podía hacer tal sacrificio y entendí que lo hacía por su familia: su mujer y sus 4 hijos. Lo poco que Sanko ganaba en el club no le alcanzaba y por eso tenía este otro trabajo en el puerto. “¿Por qué no deja el fútbol y consigue un mejor trabajo?” le pregunté a Frank que enojado me dijo: “has estado tanto tiempo en una cancha de futbol y todavía no te diste cuenta de lo que se trata, el futbol es para divertirse, alegrar a la gente y aquí en África, es una ayuda para olvidarse de todas las angustias y sufrimientos que padecieron y padecen. Ellos ven al fútbol como a una fiesta”.

Ese día mientras entrenaba pensaba en lo que me había dicho Frank: que el fútbol es para divertirse y alegrar a la gente. Y en el entrenamiento pude ver en el rostro de mis jugadores esa alegría que se siente al jugar al deporte más lindo del mundo.

Veinticuatro horas antes di la lista de los titulares para jugar el próximo partido y para sorpresa de todos estaba Lasana en el once inicial. Muchos no entendían el porqué de mi decisión, tanto es así que Lasana me dijo: “¿Por qué me pone de titular?”. “Yo soy el entrenador y por lo tanto quien toma las decisiones”. Me agradeció y se fue contento con una sonrisa que se salía de su rostro. Enseguida se me acercó mi amigo y me dijo que yo tenia reglas para la gente que llegaba tarde. “Las reglas están para romperse”, le contesté mientras le guiñaba el ojo.

El día del partido lo viví como hacía tiempo no lo vivía. Jugábamos en casa del Old Edwardians y me dejé contagiar por la alegría de la gente. En la charla técnica no aburrí con táctica, ni con indicaciones respecto de las marcas de cada uno, sólo les dije que salieran a divertirse y que jugaran con alegría, muchos se sorprendieron con lo que les decía, pero yo quería disfrutar ese partido. Antes de que salieran a la cancha, hablé personalmente con Lasana. “Jugá como sabés y divertite”, le dije. “No te preocupes”, me contestó.

El partido fue todo alegría y diversión, por primera vez en el campeonato logramos ganar un partido con dos goles y una asistencia de Lasana. Fue el mejor del partido, estaba feliz y contento ya que era algo que pretendía desde mi primer partido. En los vestuarios felicite a mis jugadores y no sé por qué pero abracé a Lasana. Él también me abrazó y los dos nos dimos las gracias, ambos sabíamos cuanto deseábamos un triunfo. Estaba casi al borde del llanto, había vivido el partido desde una forma amateur, había vivido y disfrutado el partido, era una linda sensación que me llenó el alma. No solo por mi sino porque por primera vez desde que había venido a esta tierra comprendí como se sentían las personas de este lugar.

Pasó el tiempo y ese campeonato no lo pudimos conseguir, ya no me importaba tanto ganar, sino que disfrutaba cada partido, lo vivía como una fiesta. Renové contrato por un año mas, ahora ya tengo mi propia casa, decidí quedarme en este lugar y conocer cada vez más a esta gente y sus costumbres.

Hoy la relación con mi ex esposa y mis hijos es muy buena, los invite a que me visitaran y también se quedaron maravillados con las historias que les conté y con mi cambio de vida, verdaderamente fue una decisión acertada la de dirigir en Sierra Leona, fue un verdadero cambio de vida.

Decisión determinante (Parte 1)

Tras "El mejor partido de mi vida", volvemos con los cuentos de fútbol africano, esta vez con un escrito de Daniel Pinal, un amigo de la ciudad bonaerense de Suipacha (Argentina). El mismo se desarrolla en Sierra Leona y cuenta la historia de un entrenador inglés que se traslada hacia el continente africano con la misión de dirigir al Central Parade. Estará dividido en dos partes.

[Por Daniel Pinal] Todo comenzó el 10 de octubre de 2006. Ese día sería el más importante de mi vida, en el que tomaría una decisión determinante, el momento en que mi destino empezaría a cambiar para siempre.

Mi nombre es John Newman, y fui director técnico en Inglaterra del Newcastle en los inicios de los 90, pero durante los años que dejé de entrenar mi vida ya no era igual. Necesitaba volver a dirigir, me había separado de mi mujer y mi relación con mis dos hijos era distante. Por todo eso necesitaba ocupar mi tiempo en algo, pero no sabía en qué.

El almanaque marcaba 8 de octubre cuando sonó el teléfono y escuché la voz de mi amigo Frank Anderson, un ayudante de mis tiempos de entrenador en el Newcastle. Me ofreció volver a dirigir, pero en un destino algo exótico y desconocido: Sierra Leona. Un lugar completamente diferente a lo que estaba acostumbrado. El club que necesitaba un entrenador era el Central Parade. “Esta experiencia es lo que vos necesitas John. Te aseguro que te va a cambiar la vida”, sostuvo Franck. “Lo pensaré”, le dije.

Ese llamado me hizo reflexionar en lo que podría ser un vuelco en mi vida, pero al ir a África, estaría lejos de mis hijos, aunque por otro lado sería una buena experiencia y me ayudaría a volver a sentirme útil desde el banco de algún equipo.

Me llevó dos días tomar aquella decisión determinante: finalmente me iría a dirigir a Sierra Leona. Se lo comuniqué a mi amigo diciéndole que en dos días estaría allá. El 12 llegué al aeropuerto de Freetown Lungi, y allí aguardaba Frank para llevarme hasta su casa, la que oficiaría de residencia en los primeros meses en el nuevo destino. Luego de un largo trayecto, llegamos y comimos benchi -plato típico del país, a base de guisantes negros y aceite-. Mucho no me gustó, pero tendría que acostumbrarme a ello si quería triunfar.

Al día siguiente me levanté temprano, desayuné y fui con mi amigo al club, donde firmaría el contrato para luego dirigir la primera práctica al mando del equipo. Al encontrarme con todos los jugadores del plantel les indiqué las pautas que quería que acataran. “Les pido que lleguen puntuales a cada entrenamiento y que trabajen duro para que tengamos buenos resultados y peleemos por el título”, recuerdo que fueron mis primeras palabras.

Frank quedó al mando de unos ejercicios tácticos ya que los conocía mejor. Desde el banco de suplentes observaba todo y hacía mis anotaciones para el día siguiente. Tras dos horas culminó el entrenamiento. “Mañana todos a las 9 en la cancha para empezar con la segunda práctica”, les dije. Ya en casa de Frank, mientras compartíamos la cena acompañada de una cerveza Star, intercambiamos opiniones sobre los jugadores y me acosté temprano.

Al otro día me levanté a las siete y media, desayuné y partí hacia el entrenamiento, ya que quedaba cerca de donde vivía. Ya en el club, los jugadores fueron llegando poco a poco pero algunos se atrasaron. “Tendré que volver a hablarles sobre la puntualidad que exijo”, pensé para mis adentros. Pero uno de los referentes llegó cuarenta y cinco minutos tarde, cosa que no podía permitir. Era muy riguroso y me gustaba que se cumplieran las reglas que establecía. Hablé con Lasana Sanko, así me dijo que se llamaba, y le aconsejé que no volviera a llegar tarde. Pidió perdón con respetuosidad y luego se puso a entrenar a la par de sus compañeros. En el campo era el mejor de todos, tenía mucha potencia, una buena habilidad y pedía todas las pelotas. Finalizó la práctica y volví a repetir que quería que llegaran a horario, sino no jugarían en el próximo partido, que era a los tres días.

Llegamos al barrio Congo Town, donde estaba la casa de Frank, nos pusimos a hablar de lo sucedido con Lasana y de sus condiciones, que por cierto eran fantásticas. ”Es muy habilidoso pero si sigue llegando tarde lo tendré que dejar afuera del once titular. Debe ser un ejemplo para los demás”, le comenté. “No tenés que ser tan estricto, acá sé vive diferente”, me contestó; a lo que repliqué que yo tenía mis reglas y que no las iba a cambiar.

Al día siguiente se repitió la misma historia, Sanko llegó tarde de vuelta pero esta vez treinta minutos. “Debes mejorar el tema del horario sino ya sabes lo que va a pasar”, le recordé. Se volvió a disculpar y se sumó al “loco” que hacía el resto del plantel, donde siguió dando muestras de su calidad, tanto que muchos lo llamaban Kallon –por el sierraleonés que triunfara en el Mónaco y el Inter-.

“Por respeto a tus compañeros no podés seguir haciendo esto. Fui claro y sabes que ahora no serás titular”, le comuniqué. Lasana agachó su cabeza y se sumó al grupo aceptando mi decisión. Tras la práctica di los once titulares que jugarían al día siguiente y, obviamente, no estaba Lasana Sanko entre ellos. Hubo caras de sorpresa ante tal determinación pero tenía que servir de ejemplo para los demás.
El día del partido todo era fiesta, en las calles y en el estadio. Sonaban los tambores y los cantos que alentaban a los equipos. Pero yo estaba concentrado en el partido, como siempre, lo único que me importaba era como íbamos a encararlo. Le comuniqué a mis jugadores el planteamiento que quería. No sé bien si entendieron, sólo querían salir a jugar. En el campo aguardaba el último campeón, el Ports Autorithy.

El equipo contrario dominó el trámite del juego y mis muchachos no podían hacerse del balón. Nos fuimos al descanso perdiendo 2 a 0. “Tenemos que cambiar la actitud, sino nos van a seguir pasando por arriba”, les dije luego de anunciar dos cambios, uno de ellos era el ingreso de la figura de mi equipo, Lasana. Cuando advirtieron su presencia en el terreno, los hinchas comenzaron a corear el nombre de Lasana. Él entró enchufado y eso dio ánimo al resto. Todos salieron más concentrados a jugar, pero el contagio que generó Lasana a través de sus ganas, su habilidad e incluso un gol, fueron en vano y caímos 2-1. Al llegar a casa de mi amigo analizamos juntos el partido. “No te preocupes tanto, es solo una caída”, me consoló. Yo no podía, mi personalidad no me permitía bancarme una derrota, era muy exigente conmigo mismo.

La semana que siguió fue igual, con las asiduas llegadas tarde de Sanko, que hacían que no lo incluyera entre los titulares en mi segundo partido al mando del Central Parade, de visitante y ante el Bo Rangers, en la ciudad de Bo –la segunda más importante del país-. Nos recibió un ambiente similar al de mi debut, con alegría y color en las tribunas. Arrancamos 1-0 abajo y en el complemento hice ingresar a Lasana, que fue figura otra vez. No alcanzó y caímos 3 a 0.

Con dos derrotas a cuestas, en la cena de esa noche no podía ocultar mi enojo. No le encontraba el rumbo al equipo. “Tendrías que probar con Sanko desde el inicio”, me recomendó Frank. “No puedo hacer eso, yo puse una regla y no la voy a cambiar”, le contesté. “Sos muy testarudo. Las reglas están hechas para cambiarlas”, me replicó tratando de hacerme entrar en razón.

En el transcurso de la semana hable con mis jugadores muy seriamente diciéndoles lo que tenían que hacer para ganar aunque sea un partido. La tercera tenía que ser la vencida. Recibíamos al Diamond Stars. Tuvimos muchas ocasiones de gol y al minuto 22 nos pusimos en ventaja, pero casi sobre el final la visita alcanzó el empate. En el entretiempo no oculté mi enojo porque habían dejado libre al jugador más alto de ellos que cabeceó solo al gol. Tras unos minutos me calmé y salimos con todo. Hubo buena actitud y Lasana –que había ingresado- logró el 2 a 1. Pero otra vez sobre el final, después de una mala salida desde el fondo, nos empataron en el último minuto. Me fui muy enojado con mis jugadores por ese error infantil y en la charla post partido no pude evitar reprochárselos.

Me fui a dormir pensando en el partido, más calmado pero no pudiendo entender aquellos errores infantiles en mis jugadores. Los días posteriores practicamos la faceta defensiva porque nos esperaba un partido fuera de casa en el que quería ganar por primera vez.

El día del partido mis jugadores entraron concentrados, pero el Gem Stars manejaba bien la pelota y al finalizar el primer tiempo ya nos ganaba 2 a 0. Decidí que entrara Sanko, pero no cambió el resultado y perdimos 3 a 0. Esta vez no fue por errores, sino porque el rival jugó mejor, no podía reprocharles nada a mis jugadores, hicieron lo que podían.

Los partidos pasaban y seguíamos sin ganar. Estaba desalentado y para colmo se venía el duelo contra el FC Kallon, el puntero. Me sentía confiado y con ganas de dar el golpe y así poder ganar mi primer partido nada menos que ante el primero. Junto a Frank intensificamos los entrenamientos y charlé mucho con mis jugadores.

Continúa en Decisión determinante (Parte 2)

sábado, 12 de mayo de 2012

El mejor partido de mi vida

[Por Francisco Jáuregui y Daniel Cuadra -dibujo-] La final del campeonato de fútbol infantil de Bobo-Dioulasso, la segunda ciudad más importante de Burkina Faso, estaba por comenzar cuando el entrenador del equipo favorito, el Racing Club, se enteró de que el papá de uno de sus delanteros suplentes acababa de fallecer, así que fue a darle la terrible noticia: -Mamadou, tengo que darte una mala noticia… Sé de la estupenda relación que llevas con tu padre, desafortunadamente nunca lo traté, pero siempre los veía abrazados, sonriendo, comentando varias cosas. Él estaba presente en todos los partidos y, aunque no “alineabas”, siempre tuviste su apoyo. Desafortunadamente me acaban de informar que tu padre ha fallecido.

Mamadou Zongo, que lucía la 16 en la espalda, se cubrió la cara con las manos y empezó a sollozar, y después de unos minutos, le dijo al entrenador: "Quiero pedirle un favor: déjeme jugar este partido. Para mí es muy importante, aunque sea sólo unos minutos". El entrenador Sanou se quedó pensativo unos instantes, estaba en juego la final ante el Bobo Sport con la que siempre había soñado ganar, pero también la felicidad de uno de sus pupilos. Después de unos minutos de meditar la decisión pensó: “unos minutos en el juego que intervenga este chico no le afectarán a nadie”. Y el joven fue desde el arranque.

Poco a poco el precario estadio de las afueras de la ciudad se había llenado e iba tomando color. Desde las inmediaciones de la mezquita musulmana, el mayor atractivo turístico de la ciudad, partieron los micros con los familiares de los jugadores e hinchas de ambos equipos. El sonido de los tambores y los alegres cantos iban poniendo ambiente a la final.
Finalmente, a pocos minutos del inicio, Sanou decidió poner a Mamadou Zongo desde el inicio. Su participación fue asombrosa, inyectaba el entusiasmo a todos sus compañeros, sus pases eran acertados, era otro jugador, muy diferente al que todos conocían.

El entrenador no encontraba respuestas a aquel radical cambio. El partido terminó con triunfo por 2 a 1 para el Racing Club y Zongo recibió el premio al jugador más valioso de la final gracias a su gran nivel y al gol agónico sobre el final del encuentro. Sorprendido, el entrenador se acercó al joven para felicitarlo y le dijo: "Estoy muy extrañado: te dije que tu papá había fallecido, sé que se llevaban muy bien y sin embargo te quedaste a jugar, tu juego no era bueno y hoy nos diste el título sorprendiendo a todos los presentes".

El joven, mientras no podía contener las lágrimas, mezcla de alegría y tristeza, contestó: “Sabe, mi papá siempre quiso verme jugar y nunca pudo porque era ciego. Yo me sentía triste al saber que no me veía pero hoy, que sé que me mira desde el cielo, le ofrecí el mejor partido de mi vida”.

Nota: Adaptación de Francisco Jáuregui al cuento "El mejor partido", que aparece en "Todo es posible", libro de la Editorial Santa María.