Ya vuelvo con el discurso de buenos y malos. Si a alguien le parece tedioso por repetitivo que acepte mis disculpas y deje de leer.
Vivo en un sitio pequeño, con virtudes de sitio pequeño y defectos de sitio pequeño. Cuando se me ocurrió empezar a darle a esto de la zapatilla lo hice, como casi todos, por mi cuenta y en secreto. Tenía una brevísima experiencia en las carreras populares, que incluía un 10k y un medio maratón cuando vivía en Barcelona, saliendo por probar, por amistad con algún participante y por ver que entre los que corrían ahí teníamos de todo: buenos, menos buenos, regulares y lo siguiente. Luego vinieron los cambios.
Me trasladé a Menorca y empecé a moverme por imperativo de salud, aunque pronto me convertí en adicto incurable a las endorfinas. Busqué carreras porque quería compañía, y todo lo que encontré fue un circuito veraniego popular. Como más allá de julio y agosto (con contadas excepciones) sólo había carreras para federados decidí federarme (lógica aristotélica) para poder correr. Entonces el choque cultural fue grande porque en la isla los 25 que corrían eran "atletas" y yo tan sólo un "pringado que trotaba".
Mi personal modo de entender la democracia deportiva me resultó la coartada perfecta para mezclarme con fenómenos que rodaban cómodos a 3'30" el kilómetro. Yo era el peculiar, el que llegaba siempre el último, sonriendo y aplaudiendo al público. Y otros se animaron.
Luego vino el club, los amigos y esos viajes pagados por el Govern Balear para competir en los Campeonatos de Baleares, de cross y medio maratón. Los 21k nunca fueron demasiado problema, porque el Campeonato se disputaba dentro de una prueba popular como es el medio maratón de Pollensa. Además, cuanto más largo mejor para mí porque más lento hay que ir. Pero el cross era distinto.
En el cross nos separaban por categorías y por sexos y, que nadie se enfade, algunas chicas y los más veteranos siempre han sido mis compañeros de fatigas de la cola del pelotón. La carrera en la que me tocaba tomar parte en esos campeonatos siempre era rápida, muy rápida. Tanto es así que pronto definí el cross como esa competición en que suena el pistoletazo de salida, miro para alante y ya estoy sólo para los siguientes 8 kilómetros... hasta que empiecen a doblarme (que lo hace hasta el Tato).
En todas estas llegó el otro día el Campeonato de Baleares de Cross para veteranos. Nos fuimos a Calvià (Mallorca) con toda la tropa, porque esos 3 días de convivencia bien valían el esfuerzo. Y llegó la carrera. Como siempre a los 100 metros ya era el último destacado, y pronto empecé a ser doblado por los primeros. Llegué el último, no de mi categoría sino de todas las categorías. No disfruté ni un pimiento corriendo. Maldecía cada zancada que daba y no le encontraba sentido al hecho de estar ahí. Era un intruso, con todas sus letras.
El penúltimo de mi categoría completó la carrera a un ritmo 1 minuto más rápido por kilómetro que yo, es decir que ese farolillo rojo en cross es mío por los siglos de los siglos, aunque ese no es para nada el problema.
El problema es que el 99,9% de la gente que corrió ese cross lo hizo para llegar lo más rápidamente posible a la meta. Ni uno solo tenía como objetivo disfrutar del recorrido, de la compañía o del clima soleado de invierno. Ni siquiera yo, que sólo pensaba en terminar con aquel suplicio lo antes posible.
Al cruzar la meta le dije a Víctor que era la última vez, que los buenos y los malos debían mezclarse pero no siempre. Que en ocasiones no pienso que sea lo correcto. Y sigo pensando igual.
Al día siguiente, con un sol precioso, nos perdimos para correr 6 horas por la Serra de Tramuntana, montaña de verdad y pronto patrimonio universal de la humanidad (o de la Unesco, no sé muy bien). Eso fue una maravilla.