Es llamativo como, a los que solemos frecuentar las reseñas de blog literarios, nos pueden influir las opiniones que consideramos más o menos autorizadas o fiables en virtud de quién las pone en circulación. Críticos o aficionados a las reseñas han vertido variadas y contradictorias valoraciones sobre la última novela de Alberto Olmos. Y por un tiempo, muchas de esas opiniones me hicieron albergar ciertos prejuicios sobre la obra, hasta el punto que desistí de leerla, a pesar de que en principio me llama mucho el interés por este autor (sobre todo desde que leí Al bordo del naufragio). Pero finalmente la leí, ya más bien por morbo curioso (por todo el barribuntillo de odios y pasiones que se ha suscitado) que por puro interés literario. Y he tenido que concluir que, aunque efectivamente la opinión solvente de alguien leído, versado en la interpretación literaria y concienzudo en su análisis pueda guairnos en nuestras lecturas, la última palabra la tiene nuestro propio goce estético y concepto de lo artístico. Vamos, lo que sin más podemos considerar “lo que a cada cual le gusta y punto”. Esto podría decir mucho de la inexistente infalibilidad de los juicios literarios, según la cual, esta misma reseña sería superflua, innecesaria. Pero como el contar y hablar sobre lo que nos gusta y nos parece bueno o bien denostar y criticar lo que nos parece excesivamente valorado es, a fin de cuentas, la mediana función de un blog “literario”, entraremos en nuestra lectura particular, que es la que realmente a uno le llega, por mucho paratexto, metatexto o revuelo que haya alrededor.
Y mi opinión es que en absoluto veo esta novela como una provocación deliberada y con vocación de suscitar la polémica huera. Todo lo contrario, me parece ver a un narrador muy coherente, muy real, aunque también muy cínico (por tanto aún más real, más imagen de nuestros tiempos), que va contándonos a ras de su propia miseria personal y existencial, una historia de amistad truncada por el asesinato violento del amigo (Daniel Mansilla), protagonista/antagonista en la sombra y que va girando lentamente (aunque no creo que de forma inverosímil como apuntan muchos) hacia una leve trama detectivesca. Que no por leve menos inquietante e interesante.
Desde dos puntos de vista y de vida aparentemente antagónicos, el de Santiago, vencido por su escepticismo, por su cinismo y descreimiento ante todo lo humano (clase baja, cierto revanchismo social) y el del muerto Daniel (a través del recuerdo, a través de su clave de mail), personaje comprometido, que cree, al menos en principio, en la posibilidad del cambio, en las excelencias de la solidaridad y en la necesidad del compromiso (clase media-alta, mundo cómodo desde el que vivir la utopía de la bondad y la igualdad), se va desgranando una visión que denuncia abiertamente el cariz totalmente impostor de nuestros tiempos. Se disecciona una sociedad corrupta hasta en sus buenas intenciones (o principalmente en ellas), en la que el mismo hecho del compromiso se convierte en producto del capital, en material para publicitar, para ser adquirido como un objeto más de consumo. La solidaridad de escaparate, de jóvenes que quieren ir a la moda de “soñar otro mundo”y lavar sus estrechas conciencias sin apenas notar que entran a formar parte de otro mercado más, el de la bondad – correcta, plausible, aceptada- hacia los otros. Y en esto yo no veo cinismo por parte del narrador, sino denuncia (bastante comprometida para más señas). La solidaridad del narrador no viene de las acciones sociales, de las ONGs o de las ridículas “manis”, como las llaman los personajes. Viene de un compromiso mucho más profundo, más realista. Está por ejemplo en la descripción de su barrio depauperado, sin futuro; en la visión del abigarrado y desastrado mundo de los marginales (sin concesiones idealizadoras, eso sí); en la descripción de la gran soledad del hombre posmoderno, pegado a su pornografía cibernética, alojado (o desalojado) en el mundo laboral más deprimente y despiadado (la agencia de publicidad para la que trabaja no queda mejor parada que los pijos solidarios, desde luego); en las vacuas relaciones (casi siempre sólo sexo, nada afecto real) y desencuentros que tienen lugar a través del falso mundo de internet, de la falsa compañía de lo móviles, del falso paraíso de la droga y el alcohol con amigos.
Yo creo que ahí reside el compromiso ético del autor/narrador. Su denuncia no es de pancarta y consigna, sino que va un paso más allá para topar con la denuncia de la propia inanidad humana. Del escaso poder de salvación del hombre. De su ruindad y su miseria, ahora como en otros tiempos. Se nos muestra un mundo éticamente descompuesto, moralmente malbaratado, que tiene que ver más con la insalvable condición humana, que con la sociedad aquí y ahora. Aunque el aquí y ahora no ha hecho otra cosa que inflar al límite lo peor de la sociedad. Y dentro de esa hipocresía, la más lacerante para el protagonista es precisamente la que se convierte en mayor simulacro de todas: el falso compromiso ético, producto éste de nuestro tiempo y que puede convertirse en el mayor de los engaños publicitarios y propagandísticos. Todos quieren apuntarse a ese ser buenas personas, a esa ilusión de hacer cosas por los demás, a ese mentiroso humanismo que lucha por nobles causas, pero que da la espalda a la causa principal. La propia corrupción del sistema, la propia condición irredenta del ser en el mundo.
Considero ante todo valioso, además de la denuncia y unido a ella, el retrato cabal del mundo actual. Como ya he dicho, la pintura que se nos ofrece de la vida y el espacio de los marginados, del lumpen, que ofrece momentos de verdadera “compasión” (no sentimental, claro) con el otro. Compasión en su sentido etimológico, de padecer con, sentir con. Y el protagonista siente en sus carnes la desgracia que le rodea. Otra cosa es que sea, también como índice de nuestro mundo actual, cínico y descreído, y que no albergue esperanza. Pero su desesperanza no es egoísta, ombliguista, pienso, sino que atañe a lo que le rodea. En este sentido tiene más conciencia de clase, mayor compromiso que los abanderados oficiales de la solidaridad. Se aparece solidario con lo humano, con el fracaso, con la derrota (es significativo que incluso se compadezca del supuesto asesino de su amigo. Todos podemos llegar a ser iguales de despiadados y crueles, el mal acecha a cada cual, lo que varían son las circunstancias sociales que mediatizan la libertad individual).
Y, como elementos circundantes de la descripción de ese mundo, están cómo no, los simulacros de lo real a través de internet. El sexo desafecto y la pornografía son elementos recurrentes en el protagonista, su cordón umbilical con un mundo en el que no hay sitio (no hay nido) para él. Acepta las absurdas reglas de lo que él mismo llama la “vuelta a la caverna”, el voyeurismo, el exhibicionismo, la pérdida de la intimidad que implica la red. Todo ello muestra al hombre solitario, desvinculado, que sabe del simulacro pero participa de él. Porque es lo que hay. Es la única arma con la que sentirse acompañado en un momento en el que las relaciones humanas obedecen más que nunca al fingimiento, al estar y no al ser, al pasar pero nunca quedarse.
Junto a este retablo de lo actual, está el hilo de una trama detectivesca (parodiada en cierta forma) que se convierte en la única acción vital que mueve al personaje. Y no creo que la trama sea endeble, o si lo es, lo es deliberadamente. Lo importante no es tanto encontrar a un asesino, descubrir un enigma. Lo importante es cómo el personaje se va enfrentando a sí mismo, a su sentido de la culpa desconocida, al enigma de los otros, a los que realmente no llegamos a conocer ni aun poseyendo la clave de su correo y sus conversaciones privadas, más íntimas. También se enfrenta a su propia e inevitable cobardía cuando se encuentra de cara con la realidad (de un posible asesino real), a su decepción por la imposibilidad de compartir con otros, con el otro (el final, creo, es una muestra palmaria de ese irremediable vacío que es la propia existencia: acude a todos -amigos, novias o exnovias, padres-, inocente, desesperadamente, para tratar de compartir su miedo, su fracaso, su despido, y se da cuenta de que está esencialmente solo).
También he leído críticas hacia su estilo, según algunos, inapropiadamente lírico en ocasiones. Por el contrario, pienso que la mezcla de la crudeza y de la proximidad de la conversación más realista no choca en absoluto, sino que se complementa, con la reflexión más o menos lírica y hasta con el lenguaje soez. Tampoco el hecho de mostrar opiniones, de esos “miniensayos” sobre la pornografía, la publicitaria solidaridad o cualquier aspecto que rodea al protagonista, me parece un demérito. Las tendencias en lo literario, en la narrativa, ya hace tiempo que van por ese derrotero, también como signo inequívoco de lo que interesa al escritor y al lector en nuestros tiempos. Una novela no es sólo un armazón bien montado de acciones. Es más, la acción cada vez se diluye más en aspectos que resultan más interesantes y más urgentes para el creador: la digresión, la reflexión vuelven más reales los relatos de un mundo que ya no se sostiene sólo en la pura ficción. Los lectores parecen no querer ya tanto trampantojo de lo real (quizá por falta de inocencia, o por hartazgo) y prefieren que la realidad (en forma de autoficción, metaficción, o exposición personal) se filtre junto a lo ficticio. Quizá porque lo ficticio ha ganado tanto terreno en nuestras vidas que la única manera de ficcionalizar artísticamente sea darle la vuelta, y mostrarnos un poco de lo que se acostumbraba a llamar real, para señalarnos en el espejo que, a nuestro pesar, nos rodea.
Y mi opinión es que en absoluto veo esta novela como una provocación deliberada y con vocación de suscitar la polémica huera. Todo lo contrario, me parece ver a un narrador muy coherente, muy real, aunque también muy cínico (por tanto aún más real, más imagen de nuestros tiempos), que va contándonos a ras de su propia miseria personal y existencial, una historia de amistad truncada por el asesinato violento del amigo (Daniel Mansilla), protagonista/antagonista en la sombra y que va girando lentamente (aunque no creo que de forma inverosímil como apuntan muchos) hacia una leve trama detectivesca. Que no por leve menos inquietante e interesante.
Desde dos puntos de vista y de vida aparentemente antagónicos, el de Santiago, vencido por su escepticismo, por su cinismo y descreimiento ante todo lo humano (clase baja, cierto revanchismo social) y el del muerto Daniel (a través del recuerdo, a través de su clave de mail), personaje comprometido, que cree, al menos en principio, en la posibilidad del cambio, en las excelencias de la solidaridad y en la necesidad del compromiso (clase media-alta, mundo cómodo desde el que vivir la utopía de la bondad y la igualdad), se va desgranando una visión que denuncia abiertamente el cariz totalmente impostor de nuestros tiempos. Se disecciona una sociedad corrupta hasta en sus buenas intenciones (o principalmente en ellas), en la que el mismo hecho del compromiso se convierte en producto del capital, en material para publicitar, para ser adquirido como un objeto más de consumo. La solidaridad de escaparate, de jóvenes que quieren ir a la moda de “soñar otro mundo”y lavar sus estrechas conciencias sin apenas notar que entran a formar parte de otro mercado más, el de la bondad – correcta, plausible, aceptada- hacia los otros. Y en esto yo no veo cinismo por parte del narrador, sino denuncia (bastante comprometida para más señas). La solidaridad del narrador no viene de las acciones sociales, de las ONGs o de las ridículas “manis”, como las llaman los personajes. Viene de un compromiso mucho más profundo, más realista. Está por ejemplo en la descripción de su barrio depauperado, sin futuro; en la visión del abigarrado y desastrado mundo de los marginales (sin concesiones idealizadoras, eso sí); en la descripción de la gran soledad del hombre posmoderno, pegado a su pornografía cibernética, alojado (o desalojado) en el mundo laboral más deprimente y despiadado (la agencia de publicidad para la que trabaja no queda mejor parada que los pijos solidarios, desde luego); en las vacuas relaciones (casi siempre sólo sexo, nada afecto real) y desencuentros que tienen lugar a través del falso mundo de internet, de la falsa compañía de lo móviles, del falso paraíso de la droga y el alcohol con amigos.
Yo creo que ahí reside el compromiso ético del autor/narrador. Su denuncia no es de pancarta y consigna, sino que va un paso más allá para topar con la denuncia de la propia inanidad humana. Del escaso poder de salvación del hombre. De su ruindad y su miseria, ahora como en otros tiempos. Se nos muestra un mundo éticamente descompuesto, moralmente malbaratado, que tiene que ver más con la insalvable condición humana, que con la sociedad aquí y ahora. Aunque el aquí y ahora no ha hecho otra cosa que inflar al límite lo peor de la sociedad. Y dentro de esa hipocresía, la más lacerante para el protagonista es precisamente la que se convierte en mayor simulacro de todas: el falso compromiso ético, producto éste de nuestro tiempo y que puede convertirse en el mayor de los engaños publicitarios y propagandísticos. Todos quieren apuntarse a ese ser buenas personas, a esa ilusión de hacer cosas por los demás, a ese mentiroso humanismo que lucha por nobles causas, pero que da la espalda a la causa principal. La propia corrupción del sistema, la propia condición irredenta del ser en el mundo.
Considero ante todo valioso, además de la denuncia y unido a ella, el retrato cabal del mundo actual. Como ya he dicho, la pintura que se nos ofrece de la vida y el espacio de los marginados, del lumpen, que ofrece momentos de verdadera “compasión” (no sentimental, claro) con el otro. Compasión en su sentido etimológico, de padecer con, sentir con. Y el protagonista siente en sus carnes la desgracia que le rodea. Otra cosa es que sea, también como índice de nuestro mundo actual, cínico y descreído, y que no albergue esperanza. Pero su desesperanza no es egoísta, ombliguista, pienso, sino que atañe a lo que le rodea. En este sentido tiene más conciencia de clase, mayor compromiso que los abanderados oficiales de la solidaridad. Se aparece solidario con lo humano, con el fracaso, con la derrota (es significativo que incluso se compadezca del supuesto asesino de su amigo. Todos podemos llegar a ser iguales de despiadados y crueles, el mal acecha a cada cual, lo que varían son las circunstancias sociales que mediatizan la libertad individual).
Y, como elementos circundantes de la descripción de ese mundo, están cómo no, los simulacros de lo real a través de internet. El sexo desafecto y la pornografía son elementos recurrentes en el protagonista, su cordón umbilical con un mundo en el que no hay sitio (no hay nido) para él. Acepta las absurdas reglas de lo que él mismo llama la “vuelta a la caverna”, el voyeurismo, el exhibicionismo, la pérdida de la intimidad que implica la red. Todo ello muestra al hombre solitario, desvinculado, que sabe del simulacro pero participa de él. Porque es lo que hay. Es la única arma con la que sentirse acompañado en un momento en el que las relaciones humanas obedecen más que nunca al fingimiento, al estar y no al ser, al pasar pero nunca quedarse.
Junto a este retablo de lo actual, está el hilo de una trama detectivesca (parodiada en cierta forma) que se convierte en la única acción vital que mueve al personaje. Y no creo que la trama sea endeble, o si lo es, lo es deliberadamente. Lo importante no es tanto encontrar a un asesino, descubrir un enigma. Lo importante es cómo el personaje se va enfrentando a sí mismo, a su sentido de la culpa desconocida, al enigma de los otros, a los que realmente no llegamos a conocer ni aun poseyendo la clave de su correo y sus conversaciones privadas, más íntimas. También se enfrenta a su propia e inevitable cobardía cuando se encuentra de cara con la realidad (de un posible asesino real), a su decepción por la imposibilidad de compartir con otros, con el otro (el final, creo, es una muestra palmaria de ese irremediable vacío que es la propia existencia: acude a todos -amigos, novias o exnovias, padres-, inocente, desesperadamente, para tratar de compartir su miedo, su fracaso, su despido, y se da cuenta de que está esencialmente solo).
También he leído críticas hacia su estilo, según algunos, inapropiadamente lírico en ocasiones. Por el contrario, pienso que la mezcla de la crudeza y de la proximidad de la conversación más realista no choca en absoluto, sino que se complementa, con la reflexión más o menos lírica y hasta con el lenguaje soez. Tampoco el hecho de mostrar opiniones, de esos “miniensayos” sobre la pornografía, la publicitaria solidaridad o cualquier aspecto que rodea al protagonista, me parece un demérito. Las tendencias en lo literario, en la narrativa, ya hace tiempo que van por ese derrotero, también como signo inequívoco de lo que interesa al escritor y al lector en nuestros tiempos. Una novela no es sólo un armazón bien montado de acciones. Es más, la acción cada vez se diluye más en aspectos que resultan más interesantes y más urgentes para el creador: la digresión, la reflexión vuelven más reales los relatos de un mundo que ya no se sostiene sólo en la pura ficción. Los lectores parecen no querer ya tanto trampantojo de lo real (quizá por falta de inocencia, o por hartazgo) y prefieren que la realidad (en forma de autoficción, metaficción, o exposición personal) se filtre junto a lo ficticio. Quizá porque lo ficticio ha ganado tanto terreno en nuestras vidas que la única manera de ficcionalizar artísticamente sea darle la vuelta, y mostrarnos un poco de lo que se acostumbraba a llamar real, para señalarnos en el espejo que, a nuestro pesar, nos rodea.