LA FRASE

"POR AHORA NO ESTAMOS PIDIENDO AUTORIZACIÓN PARA QUE LA POLICÍA PUEDA USAR LA PICANA Y EL SUBMARINO, ANTES VAMOS A VER COMO FUNCIONAN LAS REFORMAS QUE PLANTEAMOS." (PABLO COCOCCIONI)
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viernes, 15 de agosto de 2025

REVISAR CONCEPTOS

 

En estos tiempos de incertidumbre y desaliento asistimos a diario con perplejidad a la comprobación de que el mundo tal cual lo conocimos (o percibimos e interpretamos) ya no existe, o está sometido a cambios de tal magnitud y velocidad que no alcanzamos a comprender cabalmente. 

Y en ese proceso, ideas, valores, conceptos que siempre dimos por sentados o con los que crecimos y supusimos gozando de amplios consensos, están siendo puestos en entredicho, si no directamente ignorados o rechazados, no ya por los votantes de Milei sino por buena parte de la sociedad argentina. Ese contexto condiciona ciertamente la acción política y de allí su interés para el análisis, por lo que se nos ocurrió enumerar algunos para disparar la reflexión. El listado no indica precedencia: 

* El consenso democrático, es decir el acuerdo social sobre el valor de la democracia como sistema para resolver los conflictos, contradicciones y problemas sociales. Hoy hasta la misma eficacia del voto para introducir cambios en la realidad está puesta en duda, como lo demuestra el cada vez más elevado índice de ausentismo electoral.

* El rechazo de la violencia en todas sus formas (física, verbal, simbólica, institucional) y el consenso sobre que no es el modo para zanjar las diferencias o resolver los conflictos. Avanzando sobre un terreno sembrado por la dictadura y por quienes aun hoy relativizan, niegan o justifican las violaciones sistemáticas a los derechos humanos y cuestionan las políticas de juzgamiento del genocidio (el experimento libertario eligió para acompañar a Milei a una apologista de la dictadura), la sociedad se deglutió el intento de asesinato contra Cristina, y no solo tolera sino que replica con alarmante frecuencia la estigmatización y el uso promiscuo de las categorías infamantes de la dictadura (zurdos, terroristas, subversivos) que baja desde el discurso oficial del gobierno.

* Vinculado a la anterior, ya está lejos de ser generalizado el rechazo a la crueldad humana y social en todas sus formas, y muchos ni siquiera guardan las formas de la corrección política, justamente porque se han quebrado los consensos sociales extendidos al respecto. Basta ver como se consuman crueldades y violencias contra colectivos vulnerables como jubilados o discapacitados, casi sin reacciones sociales, cuando no son justificadas.

* La valorización con orgullo de la condición de trabajador, y los derechos que esa condición conlleva. Mientras los derechos laborales son asimilados a privilegios (permeando así el discurso que es música para los oídos del capital) y muchos se auto-perciben empresarios o emprendedores, la aspiración o ideal de la movilidad social ascendente como una característica singular de la sociedad argentina (superando incluso la polémica sobre si es mérito individual o realización colectiva o con ayuda del contexto) ha dado paso a la idea de salvarse cada uno como pueda, creyendo que tiene la receta mágica que lo pone a cubierto de las inclemencias económicas, políticas o sociales.

* El rol del Estado como garante del bien común y representante del interés general, responsable como tal de armonizar los intereses sociales en pugna en busca del equilibrio y de formas mayores de justicia en la asignación de los bienes y las cargas en la sociedad. Va ínsito en ello la progresiva disolución de la idea amplia de la justicia como reducción de las desigualdades, y no simplemente como una retaliación del delito.  

* El rechazo a las diferencias sociales y jerarquías pretendidamente naturales y que no son más que el fruto de relaciones concretas de poder, y la rebeldía contra todas las formas de injusticia. Hoy nos proponen ser Perú (con una minoría que goza de la plenitud de los derechos, y grandes mayorías sometidas, excluidas y pauperizadas), y a muchos argentinos no solo no les hace ruido, sino que les parece un destino aceptable.

* La idea de nación como destino común compartido más allá de las diferencias, antes incluso de la discusión sobre buscar un destino independiente definido por nosotros mismos, o simplemente apendicular, en la esfera de influencia de alguna potencia extranjera; con sus consecuencias en el modelo social y productivo a desarrollar. Hoy día la dimensión de lo nacional pareciera directamente no existir ni ser registrada para buena parte de la sociedad, que parece no percibir que la cuestión está vinculada a su propio desarrollo personal, familiar o comunitario; salvo quizás en modo auto-denigratorio, para compararnos con otros países, siempre en términos desfavorables para nosotros.

* Vinculado a lo anterior, no solo está quebrada la noción de orgullo nacional y nuestra autoestima como pueblo, sino que son atacadas -por motivos ideológicos, confesos o no- aquellas manifestaciones que deberían servir para afirmarlos, como los logros de nuestros científicos o las creaciones artísticas argentinas que tienen éxito en el mundo y despiertan elogios. 

Por supuesto que no desconocemos cuanto influye en éste penoso panorama la persistencia inmodificable del gorilismo como realidad cultural, identidad política y hasta configuración psicológica de buena parte de la sociedad argentina; un dato sin el cual todo análisis de la realidad nacional será incorrecto y falaz.

Se trata en síntesis de revisar no para resignar banderas, principios ni objetivos de la acción política, ni para hacer seguidismo acrítico del humor social o el "clima de época"; sino para entender -como viene pidiendo Cristina- el terreno en el que se pisa y sobre el que ésa  acción se desarrolla. Y para construir un programa político a partir de la afirmación de esos valores y el desarrollo de la praxis política necesaria para recuperarlos y reconectarlos con el sentido común social.

viernes, 22 de septiembre de 2023

¿HABRÁ QUE CORRER Y ESCONDERSE?

 

Que el antiperonismo se constituye como sujeto político a partir del peronismo y no puede -simplemente- existir sin él, ya se ha dicho muchas veces, y es más viejo que mear en los portones, como diría Perón. Y que el kirchnerismo ocupa ahora el lugar de la demonización que antes ocupó por décadas el peronismo, precisamente porque es el peronismo que se reconcilió con sus mejores tradiciones históricas después de la desviación neoliberal del menemismo, también se ha dicho.

De allí que no sorprenda que "La Libertad Avanza" y "Juntos por el Cambio" (especialmente estos últimos, que encuentran en el antikirchnerismo su piedra basal de identidad política) hagan campaña planteando como propuesta principal terminar con el kirchnerismo, erradicándolo de la vida política argentina, como si con eso bastara para resolver todos los problemas del país.

En el caso del peronismo, hay registros históricos de lo que significó concretamente el intento de extirparlo de raíz de la vida política argentina, como si jamás hubiera existido: las bombas en la plaza, el golpe del 55', los 18 años de proscripción, el Decreto 4161/56, los fusilamientos de José León Suárez,  la vejación del cadáver de Eva, las desapariciones, torturas y muertes de la última dictadura.

Y también hay registro histórico del fracaso de todos esos intentos, al menos desde el punto de vista de su objetivo explícito: terminar con el peronismo, que se hizo más daño a sí mismo traicionando su esencia -como en los 90'- que todo el daño que pudo hacerle el arsenal de armas desplegado por el odio gorila. 

Salvando las distancias, con el kirchnerismo y -sobre todo- con Cristina, ha pasado algo parecido: ensayaron (y lo siguen haciendo) la persecución judicial, la demonización mediática y hasta un intento de asesinato, implícitamente aprobado (si no organizado en algún punto) por los que hoy hacen campaña prometiendo su exterminio. 

Y no solo con ella: la demonización que persigue como propósito su exclusión política continuó con Boudou, De Vido, Milagro Sala, la Cámpora o cualquiera (sea sindicalista, personaje de la cultura o miembro del movimiento de derechos humanos) que haya manifestado su simpatía y apoyo al proyecto político instaurado en el país a partir del 25 de mayo del 2003. 

Sin embargo, la brutalidad del mensaje que expresa -entre otros, lejos está de ser la única- Patricia Bullrich no termina de ser traducido para los demás, es decir para nosotros, los kirchneristas de a pie .

¿Significa acaso que, si Patricia Bullrich fuera presidenta, deberemos correr y escondernos, se librarán órdenes de captura por el delito de adherir a un proyecto político, nos van a coser estrellas amarillas en la ropa, sufriremos la muerte civil o la privación de nuestros derechos políticos, habrá listas negras? El absurdo de las preguntas está a la altura de las premisas, tan absurdas como la de suponer -en su hora- que podrían hacer desaparecer al peronismo con solo decretarlo. 

Ahora los mismos (o sus herederos) suponen que pueden suprimir una identidad política con la que se identifican millones de argentinos, en nombre de la cual Cristina ganó tres de las últimas cuatro elecciones presidenciales en primera vuelta. Si todavía hay radicales, siendo que el único gobierno que lograron terminar desde 1983 a la fecha fue el de Macri y fue horroroso, ¿cómo, pues, no habría kirchneristas?

Si alguien alegase -no sin razón- que nada de eso puede pasar en un sistema democrático, habrá que decirle (por si no lo ha advertido) que el pacto democrático en el país (en tanto supone el acuerdo explícito de no propiciar la supresión violenta del adversario, sea en forma efectiva o simbólica) está irremediablemente roto cuando nos aproximamos a cumplir los 40 años de su vigencia.      

Como lo demuestra además el hecho de que estas cosas se hayan naturalizado como parte habitual y corriente de la disputa y el debate políticos, o que la justicia electoral (tan activa siempre en cuestiones claramente ajenas a su competencia específica) haya permitido que se difundan y propaguen estos mensajes de odio en spots difundidos por los medios masivos, pagados por el Estado y en cumplimiento de la ley electoral, sin hacer nada al respecto. ¿A cuánto estamos de que aparezca un spot en el que Bullrich o alguien más proponga concluir lo que Sabag Montiel dejó inconcluso?  

lunes, 5 de septiembre de 2022

UN ARMA NO SE CARGA EN UN DÍA

 

Escribimos acá el 28 de agosto de 2020 sobre el consenso democrático: "Sin embargo cabe preguntarse ¿es realmente así, podemos quedarnos tranquilos pensando que toda la sociedad argentina ha logrado un consenso, si no unánime, amplio y extendido sobre que la democracia es el mejor sistema político para organizarnos? ¿Podemos decir, sin temor a incurrir en falsedades, que todos los argentinos o una porción abrumadoramente mayoritaria de ellos tienen en claro y aceptan que vivir en democracia supone que gobiernen aquellos que ha elegido la gente, hasta el final de su mandato, aunque no sean los que a nosotros nos gustan, o los que votamos?".

"Para concluir así, no pensemos en tanques en la calle ni soldados con armas amenazando a la población civil, ni generales en la Casa Rosada: simplemente démonos una vuelta diaria por los principales medios, o por las redes sociales. Y veremos allí como crece a diario el huevo de la serpiente antidemocrática; que empieza -por ejemplo- por exigir, en término perentorio, que si no es posible que los que el pueblo votó para gobernar y ganaron las elecciones dejen el poder antes de concluir su mandato, que lo cumplan pero aplicando el programa de los que fueron derrotados.".

Dijimos acá el 28 de febrero de 2021 sobre la colocación de bolsas mortuorias en las rejas de Casa Rosada"Los discursos de odio no son una novedad en la historia política argentina, menos la necrofilia, esa oscura fascinación con la muerte, como parte de un discurso o praxis política. La derecha argentina, de hecho, es pródiga en ejemplos al respecto. Bien decía Rodolfo Walsh que nuestra oligarquía es "temperalmente inclinada" al asesinato, a la supresión física del adversario. Sin ir tan lejos -aunque no por escrúpulos morales- los núcleos siquiátricos de la oposición al gobierno nacional que periódicamente se movilizan por los motivos más variados -algunos incluso contradictorios entre sí- no tardan mucho en pisar el palito, y reducir todo su planteo político al odio. Un odio visceral, sobre todo, al peronismo.".

"La radicalización de un sector de la oposición, que juega permanentemente en los límites del consenso democrático tan trabajosamente construido por los argentinos en casi cuatro décadas, es un problema político que no debe ser menospreciado, y que requiere respuestas políticas. La primera y como decíamos acá, asumir que ese consenso democrático ni está tan extendido, ni es tan sólido como solemos pensar, para tranquilizarnos. Que los presuntos "loquitos" que ponen bolsas mortuorias en una manifestación sean pocos no les quita importancia, porque son  esos pocos los que terminan dando la tónica del discurso opositor (que se retroalimenta en los medios), a punto tal que los principales dirigentes opositores no solo no los condenan abiertamente, sino que intentan seducirlos y expresarlos. Como diría Perón, no los conducen, sino son conducidos por ellos.". 

Señalamos acán el 28 de agosto de 2021 sobre el atentado contra un diputado en Corrientes: "Un silencio estruendoso, que hace tanto ruido como un millón de palabras, tanto más ruido cuanto más tiempo se prolonga. Porque frente a éste tipo de hechos cualquier dirigente político que se precie de democrático debe expresarse en forma inmediata, clara, rotunda, unívoca, sin medias tintas, sin "peros" sin "contextualizaciones" que pretendan minimizar el hecho, su gravedad, sus consecuencias. Y si no lo hace -como no la han hecho los nombrados y otros tantos- se convierten automáticamente en cómplices, legitimadores del recurso de la violencia, incluso física, incluso homicida, como herramienta admitida en la disputa política.".

"No hace falta que nosotros recordemos acá el tenebroso prontuario de la derecha argentina -en tiempos democráticos y de los otros- con sus discursos de odio, y sus prácticas de violencia simbólica y verbal. Tampoco es necesario que recordemos las veces en que han pasado de los dichos a los hechos, con las consecuencias por todos conocidas, así como las veces en que luego trataron de que lo olvidáramos o peor aun, comprendiéramos o "contextualizáramos": como hemos dicho otras veces, cada llamado de la derecha vernácula a la pacificación nacional o la concordia es signo inequívoco de que se están quedando sin municiones. Y no es necesario hacer ninguno de esos ejercicios de memoria, porque su reputación los precede, y su conducta actual responde a esa reputación, va unida a ella, como la sombra al cuerpo. Días pasados, nomás, estaban traficando políticamente con las muertes de los compatriotas que perdieron sus vidas por el COVID, en la pandemia. Son eso, en esencia.".

"En otros tiempos no tan lejanos, Elisa Carrió y su redentorismo moral expresaba electoralmente al mismo porcentaje de argentinos que el frente de izquierda, pero se las arreglaba para conducir conceptual y discursivamente a la oposición mayoritaria al kirchnerismo, llevando de las narices a los radicales y el PRO hacia donde en realidad querían estar: el tercio irreductible de la Argentina antiperonista. Hoy, ese rol lo cumple Patricia Bullrich desde los mismos -o incluso mayores- niveles de irrelevancia electoral, tratando de llenar el vacío de liderazgo opositor (frente al reposerismo político de Macri, solo interrumpido con alguna aparición pública vía redes sociales, de cuando en cuando) con muestras de bolsonarismo explícito, para contener además las amenazas de fugas de votos hacia las sectas libertarias. Pero otra vez: no hay reacciones orgánicas desde la oposición "institucional" para tomar distancia de los exabruptos que producen las crías de Videla, como los imbéciles que montaron la "perfomance" de los cadáveres en Plaza de Mayo. De modo que donde el gobierno quiso ver en un momento cierta racionalidad hacia la cual tender puentes, nada hay.".

Y hace muy poco, dijimos acá el 11 de julio de 2022 sobre la colocación de guillotinas en Plaza de Mayo texto: "Al momento de subir estas líneas, no se conocen expresiones de repudio de ningún dirigente opositor de "Juntos por el Cambio"  a la simpática instalación de una guillotina en la Plaza de Mayo en la manifestación del sábado pasado, ni a los pedidos de fusilamientos o deportaciones de kirchneristas. Y no lo hacen por una razón muy sencilla: temen perder votos en esos sectores que se movilizan, a manos de otras opciones de derecha como los "liberotarios" Espert o Milei, caídos en desgracia en los últimos tiempos. Se trata entonces de una dirigencia política cuyo margen de maniobra discursivo y táctico está reducido, atenazada como ésta entre la prédica de los medios hegemónicos -que son su "intelectualidad orgánica"-, y los exabruptos de gente que no está bien de la cabeza, y ameritaría algún enfoque más cercano a la salud mental, que a la política.".

"Son prisioneros de monstruos que ha alimentado con su prédica diaria, y ahora no saben como volver a meterlos en la jaula, y todo indica que tampoco quieren. Gente que -por ejemplo- el sábado propugnaba degüellos y fusilamientos como la solución a los problemas del país, como si todo eso (y más) no se hubiera intentado ya en nuestra convulsionada historia, con los resultados conocidos. Lo cual revela de su parte una ignorancia que coexiste con la mistificación histórica, de resultas de la cual los violentos somos nosotros, y no ellos.". 

sábado, 28 de agosto de 2021

SILENCIOS QUE DICEN TODO

 

Al momento de subir estas reflexiones, habrán pasado casi dos días desde el atentado contra el diputado Arias en Corrientes, en un acto de cierre de campaña. Y hasta este momento ninguno de los principales dirigentes de "Juntos por el Cambio" ha ensayado el más mínimo repudio respecto a un acto incalificable de violencia política, perpetrado contra un opositor político en una provincia donde gobiernan sus aliados, desde hace décadas.

Ni Macri, ni Vidal, ni Larreta, ni Carrió, ni Mario Negri o cualquier otro de los habitualmente locuaces en los medios ha dicho media palabra al respecto, condenando el hecho, pidiendo justicia, repudiando el uso de la violencia con fines políticos, solidarizándose con la víctima. Nada. 

Un silencio estruendoso, que hace tanto ruido como un millón de palabras, tanto más ruido cuanto más tiempo se prolonga. Porque frente a éste tipo de hechos cualquier dirigente político que se precie de democrático debe expresarse en forma inmediata, clara, rotunda, unívoca, sin medias tintas, sin "peros" sin "contextualizaciones" que pretendan minimizar el hecho, su gravedad, sus consecuencias.

Y si no lo hace -como no la han hecho los nombrados y otros tantos- se convierten automáticamente en cómplices, legitimadores del recurso de la violencia, incluso física, incluso homicida, como herramienta admitida en la disputa política.

No hace falta que nosotros recordemos acá el tenebroso prontuario de la derecha argentina -en tiempos democráticos y de los otros- con sus discursos de odio, y sus prácticas de violencia simbólica y verbal. Tampoco es necesario que recordemos las veces en que han pasado de los dichos a los hechos, con las consecuencias por todos conocidas, así como las veces en que luego trataron de que lo olvidáramos o peor aun, comprendiéramos o "contextualizáramos": como hemos dicho otras veces, cada llamado de la derecha vernácula a la pacificación nacional o la concordia es signo inequívoco de que se están quedando sin municiones.

Y no es necesario hacer ninguno de esos ejercicios de memoria, porque su reputación los precede, y su conducta actual responde a esa reputación, va unida a ella, como la sombra al cuerpo. Días pasados, nomás, estaban traficando políticamente con las muertes de los compatriotas que perdieron sus vidas por el COVID, en la pandemia. Son eso, en esencia.

Pero volvamos al principio: decíamos que cualquier dirigente político que se precie de democrático debe repudiar con firmeza y claridad hechos como los de Corrientes, y acaso ahí esté precisamente el problema por el cual no lo hacen: ¿son realmente democráticos esos dirigentes, son parte del consenso social trabajosamente construido en casi cuatro décadas de recuperación democrática, o sus convicciones en ese plano se detienen frente a la identidad política de víctimas y victimarios de la violencia política, para tomar posición en consecuencia, solo verificados esos datos?

Hace exactamente un año atrás, decíamos en ésta entrada: "Sin embargo cabe preguntarse ¿es realmente así, podemos quedarnos tranquilos pensando que toda la sociedad argentina ha logrado un consenso, si no unánime, amplio y extendido sobre que la democracia es el mejor sistema político para organizarnos? ¿Podemos decir, sin temor a incurrir en falsedades, que todos los argentinos o una porción abrumadoramente mayoritaria de ellos tienen en claro y aceptan que vivir en democracia supone que gobiernen aquellos que ha elegido la gente, hasta el final de su mandato, aunque no sean los que a nosotros nos gustan, o los que votamos?".

"Si hubiéramos de juzgar por los precedentes históricos, la respuesta parece clara: hay sectores que son (somos) realmente democráticos, en serio, aun cuando serlo nos exija aceptar que la gente vote incluso en contra de sus propios intereses: en democracia tienen ese derecho, y hay que respetarlo. Y hay otros que no solo creen que solo hay democracia cuando los votan a ellos, sino que estarían muy dispuestos -dadas las circunstancias- a tirar del mantel de la mesa democrática llegado el caso, y sin necesidad de pasar por "un rapto de demencia" como alegó Duhalde.". 

La condena de la violencia política en cualquiera de sus formas, en especial y sobre todo la física, es parte esencial del contrato democrático; y el silencio -estruendoso, como dijimos- de los principales dirigentes de la oposición sobre los hechos de Corrientes los muestra -una vez más, y van, flojitos de papeles en ése aspecto. Muy flojitos.

lunes, 16 de enero de 2017

EL ORIGEN DE LA GRIETA


En este país nos enfrascamos durante más de 40 años en sangrientas guerras civiles para definir un modelo constitucional de organización del Estado, y otros 30 más para resolver las pujas entre Buenos Aires y el interior y establecer la capital.

En el medio nos embarcamos en una inicua guerra de exterminio en la cual arrasamos al Paraguay para el beneficio de otros, y emprendimos la "conquista del desierto" contra los pueblos originarios; para luego luchar durante 25 años (incluyendo tres levantamientos cívico-militares y la abstención eleccionaria) para lograr el voto secreto y obligatorio, y desterrar el fraude electoral.

Ante las primeras protestas sociales los gobiernos apelaron a la ley de residencia, la deportación de inmigrantes, el estado de sitio y la criminalización de las huelgas y la organización sindical, incluyendo la Semana Trágica y los fusilamientos de la Patagonia.

Luego vinieron seis golpes de Estado, cada uno de ellos con su secuela de persecuciones, violación de libertades y represión, en mayor o menor escala; pero siempre creciente.

Se bombardeó una ciudad a cielo abierto para derrocar a un gobierno constitucional y matar a un presidente, y tras conseguirlo, se lo proscribió a él y a su fuerza política durante 18 años, impidiéndole participar de elecciones libres, y se creó el delito de opinión, prohibiendo siquiera mencionar su nombre, o cantar la marcha partidaria.

Más tarde se robó y profanó un cadáver por odio político, mientras se fusilaba a personas que se rebelaron contra un gobierno de facto, pidiendo la vuelta a la normalidad constitucional.

Luego aplicaron el Plan Conintes a los trabajadores en huelga, vinieron las disputas entre "azules" y "colorados", se desalojó a un presidente de la casa de gobierno con un escuadrón policial y a los docentes universitarios de los claustros, a los bastonazos.

Se reprimió con las fuerzas armadas a obreros en huelga, y a los estudiantes que se les unieron como en el "Cordobazo", surgió la guerrilla y se fusiló a presos políticos con el pretexto de que quisieron fugarse. Después vinieron Ezeiza y la "Triple A".

En la última dictadura y con el pretexto de "combatir y erradicar la subversión" se instauró el más atroz terrorismo de Estado, instalando campos de concentración a lo largo y a lo ancho del país donde se sembraron la muerte y la tortura, y se inventó la "desaparición forzada de personas" como método para intentar ganar impunidad por los crímenes cometidos.

Se desarrolló un plan sistemático de apropiación de menores y sustracción y ocultamiento de su verdadera identidad, y se arrojó a detenidos aun vivos desde aviones al mar.

Se proclamó que "ramal que para, ramal que cierra" y cuando surgieron los piquetes como método de protesta, se los reprimió salvajemente causando víctimas fatales; mientras se volaba una ciudad para encubrir un contrabando de armas. Hubo varios intentos de golpe y cuartelazos varios, y un copamiento a una unidad militar, para prevenir otro supuesto golpe.

Más cerca en el tiempo, un gobierno constitucional declaró el estado de sitio para convalidar la represión armada de la protesta social, que dejó como saldo 39 muertos en las plazas de todo el país. 

Ni hablemos de lo que viene pasando desde hace 13 meses: presos políticos, despido masivo de empleados públicos por causas políticas, persecución judicial, represión a las potestas vengan de sindicatos, trabajadores despedidos, pueblos originarios o "manteros". 

Y nos quieren hacer creer que "la grieta" en éste país no existía, y la generó el kirchnerismo a partir del 25 de mayo del 2003.

Por qué no se hacen una enema con un libro de historia, y se dejan de joder.