Pelearse con la oligarquía agropecuaria y los grandes grupos exportadores por la distribución de la renta agraria: mal, kukas termo intensos. Pelearse con Greenpeace y un progresismo de paja: bien, 100% puro peronismo de Perón. Acá no entiende el que no quiere.
— La Corriente K (@lacorrientek) January 5, 2022
El eje central del discurso de la "renovación autocrítica" (es decir, los diferentes desgajamientos del tronco kirchnerista producidos a partir del triunfo de Cristina por el 54,11 % en 2011) era la tendencia del kirchnerismo a provocar conflictos o enzarzarse en ellos, abriendo incluso diferentes frentes al mismos tiempo: con las patronales del campo, con la corporación judicial, con el grupo Clarín y los medios hegemónicos, con los fondos buitres, con la oposición representada en el Congreso.
Para esa visión, el kirchnerismo tenía una naturaleza pendenciera ("te quiere llevar al paraíso pero a las patadas", era una frase habitual de los analistas "autocríticos") inventando conflictos donde no existían, o exacerbando los que eran reales, hasta llevarlos al punto de la no solución, el fracaso y el dispendio de capital político.
En ese marco se produjeron sucesivamente, el alejamiento de Sergio Massa para formar el Frente Renovador, las peleas con la dirigencia de la CGT que encabezaba Moyano (con el conflicto por Ganancias como disparador) y también en ese contexto el "peronismo realmente existente" (los gobernadores, los intendentes del conurbano bonaerense) apostaron en el 2015 a un candidato moderado como Daniel Scioli, que se suponía iba a calmar los ánimos, tendiendo puentes con aquellos que estuvieron enfrentados con el kirchnerismo.
También hubo quienes (como el Movimiento Evita) proponían una "profundización" de la experiencia kirchnerista: "escribir el segundo tomo", lo llamaron. El paso del tiempo (y del macrismo) reveló que en realidad lo que querían era borrar el primero, empezando por el liderazgo de Cristina.
Del mismo modo, la consigna "no podés pelearte con todos, todo el tiempo" tenía -la historia lo demostró después- un sub texto: "tenés que tratar de no pelearte con nadie, nunca, por ningún motivo". Una mirada bastante inocente -por ser benévolos- de la naturaleza de la política; que presupone necesariamente el conflicto: así como Evita (personaje conflictivo si los hubo, a Dios gracias) decía "donde hay una necesidad, hay un derecho", también puede decirse donde haya una injusticia, hay un conflicto latente y en potencia.
Y sin asumir los conflictos, todo intento de reparación de la injusticia será vano: ya decía Jauretche "conquistar derechos no duele, duele perder privilegios". Por ende si hay política ha conflictos, y siempre los habrá, el asunto está en elegir con quienes, cuando y -sobre todo- por qué sostenerlos. Esa idea de "no pelearse con nadie" es hoy el credo oficial, y domina las acciones (y omisiones) del núcleo central de toma de decisiones del "Frente de Todos", empezando por el propio presidente.
En función de ella se pueden explicar la inflación, los resultados (negativos para los sectores populares) de la puja distributiva, las avanzadas erosionadoras del poder legítimo de la autoridad electa por corporaciones a las que nadie vota. Comparemos -para tener el panorama completo- el comportamiento de todos aquellos que confrontaron con el kirchnerismo, con un gobierno que enterró el hacha y levanta la bandera de paz, que ven como de rendición incondicional.
Por estos días hay un conflicto -circunscripto más que nada a las redes sociales, pero también con episodios en la escena pública- entre "desarrollistas" y "ambientalistas", a propósitos de determinados proyectos productivos vinculados a la minería, los hidrocarburos y en su momento la pesca o las granjas porcinas. Entre los "desarrollistas" revistan funcionarios del actual gobierno, fundamentalmente ligados a Matías Kulfas, uno de los que en su hora escribió una visión crítica del kirchnerismo, y sus (presuntas) carencias y limitaciones.
No inventamos nada nuevo: se trata del capítulo argentino de una disputa que se da en el mundo entero hace décadas, y sobre lo que hace un tiempo dijimos algo acá, a propósito del "tema de la minería". Salvadas las referencias coyunturales a los hechos de entonces, las reflexiones -nos parece- mantienen su vigencia hoy.
Pues bien, los que no querían -ni quieren- confrontar con los sujetos sociales y económicos que históricamente han alcanzado el peso suficiente para influir en el desenvolvimiento histórico del país y direccionarlo en el sentido de sus intereses (el complejo agroexportador y la oligarquía terrateniente, los bancos y el sector financiero, las empresas multinacionales con inversiones en el país) están cruzando lanzas con Greenpeace y el ecologismo, o con ciertos "progresismos" (en muchos casos, hombres de paja construidos ad hoc) cuyas reputaciones -en muchos casos, no en todos- los preceden y bien conocemos.
Es decir, aun compartiendo la mirada sobre la necesidad de desarrollar el país integrando y diversificando su estructura productiva, aprovechando para ello sus potencialidades (que incluyen los generosos recursos naturales de que disponemos), cabe preguntarse si no había a la mano otros "enemigos" con los que pelearse, que -como diría Fito- estuvieran a la altura del conflicto.