LA FRASE

"POR AHORA NO ESTAMOS PIDIENDO AUTORIZACIÓN PARA QUE LA POLICÍA PUEDA USAR LA PICANA Y EL SUBMARINO, ANTES VAMOS A VER COMO FUNCIONAN LAS REFORMAS QUE PLANTEAMOS." (PABLO COCOCCIONI)
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jueves, 26 de marzo de 2026

MEMORIA COMPLETA

 

martes, 24 de marzo de 2026

¿NO NOS HAN VENCIDO?


Lo cantábamos (aun hoy lo hacemos) en cada acto del 24, y cada vez que ganamos las calles para reclamar, para ponerle el cuerpo a las ideas: "No nos han vencido". Como afirmación sonora de la voluntad de supervivencia, como afirmación de la identidad y del sentido de la lucha; pero un poco también -aunque sea doloroso admitirlo- romantizando las condiciones objetivas reales que hicieron posible la derrota de la dictadura, y que determinaron los alcances reales de la apertura democrática; más obra de la dignidad de unos pocos y del sacrificio de los héroes de Malvinas, que de una reacción extendida de la sociedad argentina a los años del horror.

Pero si, nos vencieron y nos siguen venciendo, en cada retroceso en la construcción de una democracia digna de ese nombre, y en cada tarea pendiente en la superación de las injusticias. Y vaya si estamos vencidos hoy, a 50 años del golpe. Pero la derrota (ninguna) nunca es definitiva, aunque que así sea no depende solo de nosotros: de aquella sociedad disciplinada por el miedo que elegía ignorar el genocidio diciendo para sus adentros "algo habrán hecho", pasamos a ésta en la que -hay que asumirlo- uno de cada dos o tres argentinos piensa -y muchos lo dicen- que el problema del país es que "Videla se quedó corto".

Y anticipándonos a las objeciones, diremos que no se pueden impugnar los paralelismos entre la dictadura y éste gobierno (y otros de similar calaña, como lo fue el de Macri), simplemente porque fue electo, precisamente porque hubo una dictadura con los alcances macabros que tuvo: porque existieron la ESMA o La Perla, no se puede admitir que un gendarme le vuele la cabeza a un fotógrafo por hacer su trabajo documentando la protesta social, y porque existieron los vuelos de la muerte es inadmisible en democracia el apaleo sistemático a los jubilados o a cualquiera que reclama por sus derechos.

Como es inadmisible que desde el propio presidente de la nación para abajo, el discurso oficial utilice para los adversarios políticos y la parte de la sociedad que resiste los atropellos, la misma fraseología y las mismas etiquetas de la dictadura y sus grupos de tareas: hoy cualquiera que disienta con el rumbo trazado o se oponga a él puede ser tildado de zurdo o terrorista, como antes lo fue de subversivo, esa estudiada ambigüedad con la que la doctrina de la seguridad nacional señalaba a sus blancos. Como si no hubiera pasado en el país lo que empezó a pasar hace hoy 50 años, o como si todas las palabras (aun las más conmocionantes por su significación histórica) pudieran banalizarse y vaciarse de sentido.

Hoy se plantea con naturalidad (y casi ni se discute, salvo honrosas excepciones) que las fuerzas armadas vuelvan a participar en brumosas tareas de seguridad interior, quebrando décadas de consenso democrático al respecto; mientras se reglamenta la represión de la protesta social y se amplían por decreto y sin discusión en el Congreso, los fondos, los objetivos, la estructura y los alcances del espionaje del gobierno sobre la sociedad. En su última sesión antes del golpe, el Senado de la nación trató una declaración de repudio en la que se reafirma el compromiso con la democracia y con la continuidad de los juicios por las causas de lesa humanidad, y más de una veintena de senadores (todos del bloque de LLA) se negaron a refrendarla.

Hace poco más de dos años, más de 14 millones de argentinos eligieron -en comicios libres- como vicepresidenta de la nación a una apologista de la dictadura y confidente del dictador Videla en sus días de la cárcel, y la mitad de ellos lo hicieron tres veces. Mientras quien fuera dos veces presidenta y una vez vicepresidenta electa en primera vuelta con un contundente respaldo en las urnas es condenada en causas cuyo trámite avergonzaría a los consejos de guerra de la dictadura, y privada de sus derechos políticos.

Mientras el discurso oficial sobre el horror de la dictadura es del más ramplón negacionismo, quieren convertir a Cristina en la desaparecida 30.001, pero en democracia; y con ella aleccionar y proscribir a la voluntad de representar, y desnaturalizar vaciando de sentido las condiciones de la competencia electoral y el debate político, en un burdo intento por hacer que su triunfo (y nuestra) derrota sea definitivas.

Que decir del panorama económico y social: por ejemplo que confrontar el discurso de Martínez de Hoz presentando su plan económico en los albores de la dictadura, y releer la carta de Rodolfo Walsh a la junta al cumplirse el primer año del golpe da escalofríos, por la semejanza con lo que podemos comprobar y vivir a diario en estos días. Paralelismo que no casualmente convive con la impunidad absoluta de los gestores y beneficiarios civiles de aquel golpe, y responsables de cuanto saqueo económico sufrimos los argentinos desde entonces.

Recuperada la democracia, buen parte de la dirigencia política (incluyendo parte del peronismo) tuvo miedo de que por querer ir más lejos en la construcción de un país diferente se pusiera en riesgo el andamiaje institucional que provee cargos y canonjías, mientras otros aspectos del problema (como el creciente ausentismo electoral o la cada vez más regresiva distribución de la riqueza) jamás le preocuparon en serio. El retroceso frente a cada chantaje del poder económico (en forma de crisis recurrentes y golpes de mercado) no hizo más que confirmarle a éste su poder, y ratificar la debilidad de la política y las instituciones para ponerle coto.

Así, la democracia reconquistada fue progresivamente vaciada de sentido, y en la insatisfacción social resultante golpeó el discurso anticasta de Milei, como si fuera un revival del "que se vayan todos"  que alumbró la caída de la convertibilidad; pero que a poco de andar el gobierno terminó simplemente en macrismo con malos modales, cuyo único plan político es perseguir a Cristina y terminar con el kirchnerismo.

Es decir erradicar de la memoria social justamente la experiencia política por la cual la sociedad logró salir por arriba del laberinto del 2001, y sostener durante más de una década un intento -con sus marchas y contramarchas, sus errores y sus aciertos- por buscar la resignificación de la democracia para darle un sentido más profundo, y no solo en el rescate de las políticas de memoria, verdad y justicia. Políticas que -dicho sea de paso- se dijo entonces que le proveían al relato kirchnerista de un enemigo sencillo, en una decisión que no le acarrearía costos: otro ejemplo de los errores que se pueden cometer cuando se parte de premisas falsas. 

Estos son datos objetivos de la realidad que no pueden desconocerse descansando en la comodidad tranquilizadora de consensos que no son tales como pensábamos, ni están tan extendidos como creíamos. No se trata -como decía Duhalde en su reversión de la autoamnistía de la dictadura- de construir un país con los que lo quieren a Videla y con los que no; sino de construirlo contra y pese a los que piensan que se quedó corto, y que lo que hizo debería volver a hacerse, si fuera necesario. O dicho de otro modo, hay que construir una democracia real, aunque estemos rodeados de nostálgicos de la dictadura.

Para que no nos hayan vencido hay que encarar a fondo hoy, a 50 años del golpe, la tarea de revalorización de la democracia, en todo sentido: en su profundidad, en sus alcances, en el consenso ciudadano. Pero una democracia en serio, que se pueda contrastar con las dictaduras sin temor a confundirlas: con participación y protagonismo popular, con cuestionamiento del poder real, con inclusión efectiva de las mayorías, con redistribución de la riqueza. Y con el juzgamiento de todos los que gestaron el genocidio y se beneficiaron de él, y aun hoy permanecen impunes, hayan o no vestido uniforme.

Recién entonces podremos decir que sí -en todo el sentido profundo de la expresión-, que no nos han vencido. Es lo menos que se merecen aquellos cuya memoria hoy recordamos, y por los que seguimos reclamando verdad y justicia. Tuits relacionados:

lunes, 24 de marzo de 2025

SEMEJANZAS Y DIFERENCIAS

 

Hace 49 años un nuevo golpe de Estado ejecutado por las fuerzas armadas respondiendo a las directivas de sus mandantes civiles iniciaba en el país el más oscuro proceso de nuestra historia, signado por la violación sistemática y organizada de los derechos humanos esenciales a partir de un plan orquestado y ejecutado desde las propias estructuras del Estado.

Apenas llegada al poder, la dictadura clausuró el Congreso nacional y las legislaturas provinciales, y la junta militar y el presidente de facto asumieron la facultad de dictar las leyes, asesorados por la CAL.

Descabezó la Corte Suprema de Justicia de la Nación reemplazando a sus miembros por amanuenses designados por decreto del dictador, para que su plan de exterminio no tuviera inconvenientes en el plano judicial.

Se intervinieron las provincias designando en lugar de sus autoridades electas a delegados del poder central, cuya función esencial fue ejecutar el plan represivo y las políticas decididas por el poder central.

El Poder Ejecutivo asumió en la práctica la suma del poder público, se decretó el estado de sitio y se suspendieron las garantías constitucionales, se prohibió la actividad política, el derecho de reunión y manifestación y se reprimió toda forma de protesta social.

El discurso oficial estigmatizaba a los ciudadanos por su presunta ideología, sus preferencias políticas o su militancia bajo el rótulo de subversivos, colocándoselos al margen de la nacionalidad y los derechos individuales, pretendiendo de ese modo justificar la represión indiscriminada.

Se estableció la censura previa y un férreo control de los medios para que replicaran sin fisuras el discurso oficial, y la complicidad de la mayoría de la prensa resultó decisiva para la consolidación del régimen.

Se puso en marcha un modelo económico de valorización financiera, fuga de capitales, endeudamiento externo y apertura indiscriminada de la economía que derivó en la destrucción del aparato productivo, el cierre de fábricas y la pérdida de miles de puestos de trabajo.

Hoy, casi medio siglo después, las semejanzas y diferencias de aquellos tiempos terribles con este presente oscuro dan la medida del retroceso en el cumplimiento de la promesa democrática del 83', y también de la magnitud de la lucha pendiente para honrarla, y darle a la lucha por la memoria, la verdad y la justicia su pleno significado y sentido. 

Porque una cosa no se puede escindir de la otra.

sábado, 22 de marzo de 2025

DETRÁS DE LOS CORTINADOS

 

Lo que pasó en el Congreso con el DNU que habilita un nuevo acuerdo con el FMI no es novedoso, ni mucho menos: el circuito de fracaso de los modelos económicos de estabilización y ajuste basados en el endeudamiento externo que alimenta la fuga de capitales se repite como si fuera un karma, una y otra vez.

Esta vez incluso el trámite fue más rápido y más vergonzoso (autorizaron algo que no está firmado ni saben cuando se firmara, y en que condiciones), tanto que nadie -ni siquiera los oficialistas en sentido estricto- se animó a defender en público el acuerdo, no al menos con convicción y argumentos sólidos, que vayan más allá de agitar el fantasma de que si no se acuerda con el Fondo se pudre todo. Algo que todo el mundo sabe desde que comenzó el gobierno, y a lo que nosotros agregaríamos -tomando nota del aun reciente ejemplo del gobierno de Macri- que si se acuerda, el final será incluso más rápido. 

Es tan trillado y repetido todo que ni siquiera se toman la molestia de proponer futuros venturosos a partir de los sacrificios presentes, o reclamar la existencia de "un plan económico consistente y creíble" como hacían en otros tiempos. Incluso la oposición no opositora que avaló el DNU reconoce que está todo atado con alambre, y se limitan a decir que si vienen los dólares del FMI se podrá levantar el "cepo", como si el problema principal de la economía argentina fuera ése.

También se repite el ciclo de planes económicos inconsistentes e inviables que están condenados de antemano al fracaso pero igual se imponen y ejecutan, y si es necesario para ello apelar a la represión (como lo hizo la dictadura, como lo está haciendo Milei en democracia), se apela y listo. Donde nos quieren mostrar decisión y coraje, hay en realidad un secuestro de la política, el Estado y las instituciones por los intereses verdaderamente favorecidos por esos planes.  

La idea es insostenible en términos de debate y escrutinio democráticos, pero se persiste en ella: recordemos que incluso en tiempos de Cristina se decía que no importara lo que la gente votara o quien ganara las elecciones, porque la única salida racional y posible eran los planes de ajuste. Tan insostenible es esa idea para la política que nunca nadie la expone con crudeza como propuesta, en tiempos electorales. Ni Macri (que prometió "conservar lo bueno" del kirchnerismo), ni Milei, que hizo campaña con la motosierra pero hablando de la "casta", y diciendo pestes de Caputo, el FMI y la toma de deuda.

Cual es entonces la explicación para este contrasentido que parecemos condenados a repetir una y otra vez, atrapados en un círculo del que no podemos salir. La única posible -y que a esta altura nos parece muy evidente- es que hay poderes fácticos tras las bambalinas de la política, que es donde realmente se deciden las cosas: el caso de la ley bases y el RIGI (con cláusulas groseramente lesivas a la soberanía nacional y el interés de las mayorías que nadie estaba pidiendo, al menos en público) es el más reciente, pero no el único.

Con Congresos vallados y militarizados se han aprobado en los últimos 40 años a tambor batiente y casi sin debate planes de ajuste brutales y endeudamientos atroces del país, una y otra vez, con la persistente promesa de que era la última, porque después ya no iban a ser necesarios. Salvo en el período que va del 2003 al 2015, durante la excepcionalidad kirchnerista, acaso por eso convertida en la mancha venenosa de la política argentina, con la que nadie quiere quedar pegado, aunque como "marca" haya ganado cuatro de las seis elecciones presidenciales en las que participó, y todas en las que Cristina fue candidata o integró la fórmula.

Este proceso que describimos marca a las claras que hay desde hace muchos años un vaciamiento de la política y los partidos como canales de representación social, y una corrosión sistemática del Estado para debilitar sus capacidades de poner coto a la ley del mercado, y a las tensiones que desequilibran cada vez más a la sociedad, en la disputa de las lógica corporativa por obtener un mayor pedazo de un cada vez más escaso botín.

DNU´s, leyes ómnibus, jueces complacientes, Banelcos, diputados y senadores que dicen una cosa en las redes y los medios y votan lo contrario en el Congreso, debates express, emergencias, leyes ómnibus y bases, facultades extraordinarias, violaciones sistemáticas y reiteradas de la Constitución, todo tiene un hilo conductor: usar a las instituciones de la democracia (sin interrumpir sus formalidades y rutinas como en otros tiempos) como aguantadero legal del lobby y la rapiña a gran escala del país, mientras nos entretienen hablando de la corrupción de la política, sin marcar nunca a los que pagan el precio de esa corrupción.

Hay quienes sostienen que estas son las consecuencias de no haber juzgado nunca a los ideólogos, responsables, ejecutores y beneficiarios civiles de la dictadura. En realidad, esa omisión es el resultado buscado de una democracia que nació amputada, más como consecuencia del derrumbe del régimen militar por sus propios errores y crueldades, que por una lucha persistente del conjunto del pueblo argentino y sus fuerzas políticas representativas; aunque hubo ciertamente núcleos valiosos del mismo que estuvieron a la altura de las circunstancias, como las Madres, las Abuelas, los organismos de deerchos humanos o algunos sectores del sindicalismo.

Es decir no se juzgó a la pata civil del genocidio (que con leves cambios en su conformación hoy sigue manejando las palancas del país) simplemente porque la transición democrática -por las condiciones concretas en que se dio- parió un sistema político sin la densidad ni el espesor necesario para acometer esa tarea, sin morir en el intento. Y que desde entonces y salvo contadas excepciones -como el kirchnerismo- no ha hecho sino debilitarse y fragmentarse cada vez más, resignando su rol de representación del conjunto social para ofrecerse como gestor de negocios del poder verdadero, el que opera detrás de las bambalinas.

La reconstrucción de ese sistema político (o la construcción de uno nuevo sobre bases de democracia real y profunda), para que asuma plenamente su obligación de representar es el único modo de poner el palo en la rueda y romper el círculo vicioso de la decadencia nacional, del que el gobierno de Milei y un nuevo acuerdo para tomar deuda con el FMI son apenas un capítulo. 

domingo, 24 de marzo de 2024

LOS BRUJOS ESTÁN ENTRE NOSOTROS

 

Hay cierto consenso establecido en caracterizar al acceso de Javier Milei al gobierno como resultado de la insatisfacción democrática. Sin cuestionar la afirmación, está bastante claro que el presidente y muchos de los que lo apoyan están efectivamente insatisfechos con la democracia, pero no tanto con sus resultados concretos, sino en tanto sistema organizada de convivencia social que establece reglas de juego civilizadas para dirimir los conflictos; lo que es muy otra cosa.

El presidente, su vice, buena parte de los funcionarios de su gabinete, los trolls rentados o vocacionales que defienden al gobierno en las redes sociales (o más bien atacan a sus críticos) no son gente democrática, ni de cerca, aunque esgriman discursos de libertad. Hace pocos días Milei likeaba posteos de Santiago Caputo, su asesor estrella, en X (a través de su cuenta fantasma) denostando a la democracia, y atribuyéndole la culpa de todos los problemas del país. 

Abogaba además Caputo por alguna forma de dictadura, como la única manera de poder llevar adelante las reformas que plantea el gobierno, en lo que no le falta razón: ya Videla y sus escuadrones de la muerte se encontraron frente al mismo dilema, para poder llevar adelante el plan de Martínez de Hoz. Porque tampoco es que en estas cuestiones -como plantean algunos pseudo intelectuales- todo sea novedoso, y haya que volver a pensarlo de nuevo desde el principio. 

A 40 años de recuperada la democracia, hay un intento desembozada por instalar el negacionismo -y aun la apología- de los crímenes de la dictadura desde la cumbre del poder político del Estado: la vicepresidenta -que considera que el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia que conmemoramos hoy es algo morboso- fue elegida para integrar la fórmula por sobresalir en ese campo (el único en el que se le conoce alguna actividad), y el presidente volvió a negar la cifra de los desaparecidos en dos oportunidades, ante el Congreso nacional reunido en pleno. 

En la semana previa al aniversario del golpe, el ministro de Defensa reivindicó el accionar de las FFAA en los 70' en presencia nada menos que de Cecilia Pando, que si no terminó siendo la compañera de fórmula de Milei es nada más que porque sus asesores de imagen le aconsejaron buscar alguien con más aspecto de mosquita muerta para captar incautos, como Villarruel.

La persecución y el hostigamiento a los opositores (incluso a los "amigables") está a la orden del día, y no solo es avalada por el gobierno, sino que es el presidente mismo quien verbaliza las amenazas de represalias. "Zurdo", "comunista", "socialista" e "izquierda" han vuelto a convertirse en insultos descalificadores, y contraseñas para habilitar la furia de los grupos de tareas digitales al servicio del gobierno contra aquel al que se le apliquen; mientras el propio presidente ensayaba un discurso macartista frente a alumnos de la escuela a la que concurrió de niño, al inaugurar el ciclo lectivo.

El gobierno anuncia que en unos días ejecutará 70.000 despidos en el Estado señalando explícitamente que los despedidos son militantes políticos, como si rigieran las tristemente célebres leyes de prescindibilidad de las dictaduras. Consecuencia directa de esos discursos de odio fue la repudiable agresión a una militante de H.I.J.O.S., hecho en el cual la responsabilidad política del gobierno por alentar un clima de discordia y enfrentamiento en el que no existen límites, es directa e inmediata. 

Se supo que al frente de la Dirección de Inteligencia Criminal de la AFI será designado un ex carapintada (violando además una prohibición expresa de la ley de inteligencia), y abundan los parientes y abogados de genocidas condenados en las causas de lesa humanidad que ocupan cargos en el gobierno; mientras los días previos al aniversario del golpe que se conmemora hoy transcurrieron bajo rumores persistentes de indultos u otorgamiento de prisiones domiciliarias para muchos de ellos; como parte de un plan deliberado de provocación para generar reacciones que legitimen represiones, y corran de la agenda pública la discusión sobre los efectos nefastos del plan económico que ejecuta el gobierno.

El gobierno y la oposición "amigable" avalan ampliamente la intervención de las FFAA en seguridad interior comprometiéndose incluso a modificar la normativa que lo impide, y hablan con ligereza de "terrorismo" frente a cualquier fenómeno delictivo complejo; la misma ligereza con la que el presidente designó como ministra de Seguridad a quien en campaña acusó de poner bombas en jardines de infantes para que murieran niños inocentes, hecho que en la realidad jamás sucedió por parte de ninguna de las organizaciones armadas en los 70'. 

Se habilitó la tortura de los detenidos en las cárceles (como acá en Santa Fe) con la excusa de combatir el narcotráfico y la criminalidad compleja, se intentó limitar por decreto el derecho de huelga hasta prácticamente suprimido mientras se criminaliza la protesta social, y se han orquestado un conjunto de normas y propuestas desde el Estado para legitimar el gatillo fácil policial, y darle amparo legal contra toda posible consecuencia ulterior.

Por contraste, ni en los 366 artículos del DNU "desregulador" ni en los 664 de la fallida ley ómnibus, que diseccionaron prolijamente cuanta ley consagrara derechos o estableciera regulaciones públicas que impongan límites al capital, hubo uno solo que tocara el texto de la ley de entidades financieras que nos rige desde los tiempos de Videla y Martínez, hecho que por cierto marca por sí solo una de las mayores claudicaciones de las fuerzas democráticas en estos 40 años. 

Como se diría en los tribunales, estamos en presencia de indicios graves, numerosos, precisos y concordantes que, acumulados en apenas tres meses de mandato, definen la naturaleza del régimen que nos gobierna, y lo colocan en las antípodas de la democracia. Si alguna vez se cuestionó al kirchnerismo por reescribir el prólogo del "Nunca Más" para suprimir toda referencia a la teoría de los dos demonios, estamos en presencia de un gobierno que con gusto suprimiría ese prólogo, y quemaría todos los ejemplares disponibles del informe, como en los tiempos del nazismo.   

Frente a eso, contra eso, contra las políticas que ese régimen está llevando adelante, y por los 30.000 compañeros  marchamos hoy, en todas las plazas del país, para seguir reclamando memoria, verdad y justicia; ayer, ahora y siempre. Sin olvidar que los brujos siempre estuvieron entre nosotros.

jueves, 21 de marzo de 2024

NUNCA MÁS ES NUNCA MÁS

 

Acá no hay casualidades, sino causalidades: esto es consecuencia directa de los discursos de odio instalados y replicados desde lo más alto del poder político en la Argentina, y del negacionismo apologista de la dictadura del presidente, su vice y buena parte de los funcionarios de su gobierno. Ayer nomás su ministro de Defensa defendió la actuación de las fuerzas armadas en los 70' en presencia de Cecilia Pando.

Aun si no fuese cierto que se trató de un crimen por encargo (en cuyo caso ninguno podría permanecer un minuto más en funciones), todos ellos son responsables directos de que hayamos llegado a éste punto, porque nada hicieron para impedirlo, y todo para alentarlo.

A días de otro aniversario del golpe, las provocaciones diarias van escalando esperando tener el efecto de producir reaccione violentas, que les justifiquen reprimir, y hacer ingresar al país de pleno en un estado de excepcionalidad peor al que ya vivimos.

Son tiempos de grave retroceso democrático, al par de retrocesos en todos los planos: social, económico y hasta humano. No es causalidad que así sea: cada vez que pasó en el país que perdiéramos la democracia, lo demás vino por añadidura, porque era el propósito real que perseguían los que la interrumpían.

Por estas mismas horas circulan los rumores de indultos presidenciales a los genocidas, y de un video institucional del gobierno -en línea con los pronunciamientos públicos del presidente, la vice y algunos funcionarios- reversionando la historia trágica de aquellos años, pretendiendo exculparlos. 

No hay que replicarlo ni contestarlo, ni entrar en polémicas, porque es lo que buscan para distraer a la opinión pública del genocidio social que están perpetrando hoy, ahora.. La verdad histórica de los hechos ha sido establecida -mal que les pese- incluso por la justicia: hubo terrorismo de Estado, hubo genocidio, hubo un plan sistemático de represión y exterminio. Y fueron 30.000.

Nuestra respuesta a las provocaciones tiene que ser clara y contundente, pero serena: a llenar todas las plazas del país el domingo, a participar de todas las actividades organizadas para el Día de la Memoria, la Verdad y la Justicia; y de todas las que se organicen para resistir el ajuste y el plan de empobrecimiento de Milei. 

Para que vean que seguimos estando, nosotros y los 30.000. Para que entiendan que hay líneas que no pueden cruzar. Que Nunca Más es Nunca Más. 

Y exigir además una respuesta contundente y categórica de repudio y pedido de esclarecimiento de todo el arco político que se dice democrático. Todo, incluido también el gobierno de Santa Fe -en su territorio sucedieron los hechos-, cuyo gobernador coqueteaba por estos días con volver a introducir a los militares en asuntos de seguridad interior, modificando las leyes vigentes para permitirlo; y ha consentido torturas a los detenidos en sus cárceles. 

Del gobierno no esperemos nada, ni desmentidas o desmarques que -en el fondo- nadie creerá, ni ellos mismos. Salvo que se vayan lo más pronto posible, para no seguir causándole más daño al pueblo argentino.

miércoles, 6 de septiembre de 2023

ENTRE LO QUE CONVIENE Y LO QUE HAY QUE HACER

 

Javier Milei tenía total libertad para elegir a quien quisiera para que lo acompañara en la fórmula presidencial, y decidió elegir a Victoria Villarruel, cuyas únicas credencias son las que exhibe todo el tiempo: ser una activa militante del negacionismo y -peor aun- apologista de la última dictadura militar. Una elección bastante lógica para un tipo como Milei, mentamente anclado en los 70' y la guerra fría, que ve "zurdos" y comunistas por todos lados.

Villarruel es lo que es, y no lo oculta, o en todo caso apenas lo disimula: es la sucesora de lo que en su momento fue FAMUS hasta que llegaron los indultos de Menem, y su asociación se creó en 2006, cuando por impulso del kirchnerismo se reanudaron los juicios por crímenes de lesa humanidad durante la dictadura. De modo que, aunque se presenten como defensores de las víctimas del terrorismo lo que son es lobistas de la impunidad de los genocidas. 

Lo cual demuestra que las políticas de memoria, verdad y justicia y su continuidad son también un campo de disputa política en el que se puede avanzar o retroceder según la voluntad que prevalezca y las correlaciones de fuerza. Y también queda demostrado -lo hemos dicho otras veces- que no están tan extendido el consenso social al respecto como solemos -por comodidad- suponer.

Y si no veamos la cosecha electoral de Milei, sin que esto implique sostener que los que lo votaron lo hicieron por su postura sobre las violaciones a los derechos humanos en la dictadura. Si precisar que deben asumir que Milei también es eso -porque no lo oculta, ni le preocupa hacerlo-, y que su voto será usado en el sentido de consagrar la impunidad o retroceder en los avances producidos hasta acá, si tiene la oportunidad de gobernar.

Desde que Villarruel anunció su actividad en la Legislatura porteña no faltaron quienes -desde la política entendida en presunta clave de conveniencia electoral- advirtieron que se trataba de una provocación (que sin dudas lo es), frente a la cual no había que pisar el palito de sobre-reaccionar, porque eso favorecería a la ultraderecha.

En nuestra opinión, no podrían estar más equivocados: más allá de cualquier análisis sobre conveniencias medidas en términos de sumas o restas electorales, hay cosas que hay que hacerlas, simplemente porque son justas, y marcan que hay  límites que no se pueden cruzar, o no podemos tolerar que se crucen. Hay ciertas cosas (y los derechos humanos están ciertamente entre ellas) que no se pueden dejar libradas al cambiante humor social; y hay causas que no se pueden sostener o abandonar según los resultados de las elecciones.

Ellos (Milei, Villarruel, los negacionistas y apologistas de la dictadura) van más allá de postular el olvido o la "memoria completa": van por la reivindicación de la dictadura, sus métodos y sus resultados, y no es casual: nos están diciendo que llegado el caso y si lo creyeran necesario, lo volverían a hacer.

Y es allí cuando la cuestión se vuelve de acuciante actualidad política y social, y se mete en el corazón de la disputa política y electoral. Porque en el fenómeno Milei -como en la dictadura del 76'- la visión ideológica, el modelo político, los límites que están dispuestos a traspasar y el proyecto económico son una sola y misma cosa, en la que todos los primeros son funcionales a la implementación del último.

viernes, 24 de marzo de 2023

PASOS ATRÁS

Este día de la Memoria, la Verdad y la Justicia no es cualquiera, porque corresponde al año en que conmemoramos los 40 años de la recuperación de la democracia, y nos sorprende en un contexto muy particular y crítico; el año en que además los argentinos iremos a las urnas para elegir quien nos gobierne los próximos cuatro años. Y para ser sinceros, con varios pasos atrás, en distintos frentes.

En lo específicamente vinculado con las causas de lesa humanidad por los crímenes cometidos durante la dictadura, los juicios están ralentizados si no directamente empantanados, y las cada vez más frecuentes prisiones domiciliarias y libertades condicionales que los jueces conceden a los genocidas demuestran que las políticas de impunidad ensayadas con el fallo de la Corte que les otorgaba el "2 x 1" solo retrocedieron frente a la movilización popular para volver a tomar impulso, apenas la corporación judicial intuyó que el clima social era propicio para ello.

La muerte de Blaquier estando impune por su responsabilidad en la causa del apagón de Lesdema nos recuerda que no se avanzó nada (o casi nada) en el juzgamiento de los impulsores, partícipes y beneficiarios civiles del golpe; y las necrológicas a su memoria de buena parte del empresariado e incluso de la dirigencia política opositora al gobierno nacional -comenzando por Macri y Larreta- confirma que el bloque político y social que perpetró la dictadura sigue intacto, y consolidado.

Por contraste, este primer 24 de marzo sin Hebe en la plaza nos recuerda -dolorosamente- que nuestras viejas queridas, nuestras madres y abuelas de la dignidad, se nos van yendo sin poder ver coronados sus esfuerzos de una completa justicia (porque verdad hay, y la memoria se construye a diario), y una país mejor como el que soñaron sus hijos.    

Los discursos de odio -como los que justificaron hace 47 años la masacre- están a la orden del día, y el intento de asesinato a Cristina demostró hasta que punto la legitimación (explícita o por omisión de condenarla) de la supresión física del adversario volvió a ser parte de nuestras prácticas, sin que toda la política cerrara filas en defensa del pacto democrático. Un pacto democrático con desertores ostensibles, que sin embargo reclaman disputar los lugares que concede el voto ciudadano. Como Macri, que además de despedir a Blaquier volvió a hablar del "curro" de los derechos humanos, o Milei, que propone "cazar zurdos" y juega a los cow boys en compañía del hijo del genocida Bussi.

Como en los tiempos de la dictadura y pese a los esfuerzos del kirchnerismo en contrario, el país está encadenado por la deuda contraída con el FMI y los  acreedores externos de un modo que condiciona fuertemente su desarrollo; y las propuestas económicas de las principales fuerzas de la oposición (incluyendo los "libertarios") tienen una escalofriante similitud con las políticas que desplegara Martínez de Hoz en tiempos de Videla, para beneficio de los gestores reales del cuartelazo. 

Y mientras el juzgamiento de los crímenes de la dictadura sigue siendo en buena parte tarea pendiente, los discursos negacionistas del horror tienen anclaje social, cobertura mediática y hasta cierta potencialidad electoral; al mismo tiempo que las soluciones propuestas para problemas graves como la inseguridad, la violencia o el narcotráfico pasan por "darle manos libres a la policía" o tolerar mayores niveles de violencia institucional, como si no la hubiéramos padecido, o como si alguna vez proceder de ese modo hubiera solucionado algo. 

Pero quizás la mayor herencia negativa de la dictadura que nos acompaña hasta hoy sea -como lo señaló con precisión Cristina el martes pasado- sea el disciplinamiento de la clase política para que se abstenga de emprender caminos de autonomía en busca de la dignidad de las grandes mayorías nacionales, dicho esto no como justificación admisible, sino como contextualización de la resignación imperante. 

Al igual que los golpes que se sucedieron en el país hasta 1976, hoy se distorsiona la leal competencia democrática entre las fuerzas políticas que pugnan por el voto popular, con la intervención aviesa de bolsones de autocracia y privilegio, como la corporación judicial; que responden a los mismos intereses a los que respondían los centuriones militares, o los escuadrones de la muerte.  

Como decíamos al principio, éste año celebraremos 40 años de vigencia ininterrumpida de la democracia, pero compelidos a discutir qué democracia estamos sosteniendo, en qué plano y con qué nivel de profundidad; porque una democracia que convive con niveles intolerables de pobreza, exclusión y desigualdad en la distribución del ingreso, ya debería empezar a llamarse de otra forma.

Construir, entonces, una verdadera democracia que nos contenga a todos y en especial a los más humildes debe ser el imperativo moral de la política y la militancia, al mismo tiempo que el mejor homenaje a los compañeros que ya no están físicamente con nosotros. Porque habremos derrotado a la dictadura cuando dejemos definitivamente atrás el país que nos dejaron, con un genocidio -además de político- económico y social planificado; con beneficiarios y -sobre todo- perjudicados bien concretos.

jueves, 25 de marzo de 2021

NEGACIONISTAS

 


Ayer nomás, a propósito del Día de la Memoria, decíamos acá: "Pero también este día nos encuentra comprobando, amargamente, que ciertas certezas no eran tan sólidas ni extendidas como pensábamos, y que muchas imposturas hijas de la corrección política -o los climas de época, irresistibles- dan paso a las pulsiones profundas por reivindicar aquel horror, en clave presente.

Porque hoy, a 45 años de aquel día trágico que fue apenas el primero de muchos días trágicos, sentimos -como una premonición indefinible, pero no por ello menos real- que convivimos a diario con quienes si pudieran, volverían a hacer exactamente lo mismo que entonces."

"Seguramente -en ésta era de ficciones consentidas en las redes sociales- veremos repudios de ocasión a lo sucedido hace 45 años, que se dejarán de lado mañana, para volver a la "total normalidad" que una vez fue tapa. Porque el "videlismo" preexistió a Videla -de hecho lo creó y lo puso a jugar su rol de asaltante de las instituciones elegidas del voto popular-, y lo sobrevive; como que expresa el pensamiento y los deseos profundos de buena parte de la sociedad argentina.".

El repaso de los medios y las redes sociales ayer confirmó las presunciones, y acaso las haya superado: el silencio del poder económico (los grandes empresarios, sus sellos emblemáticos, esos que viven planteando pliegos de exigencias al poder democrático) fue estruendoso, y revelador.

No hubo -como no la hay nunca- la más mínima mención a la fecha, y su significado. La estruendosa omisión de la fecha en la tapa de La Nación se hermana en el tiempo con el "Total normalidad" de Clarín de aquel 24 de marzo de hace 45 años, unidos por el hilo visible de Papel Prensa, el obsequio con el que la dictadura correspondió su complicidad. 

Como no hubo nunca en éstos años algo parecido al arrepentimiento, la autocrítica o la toma de distancia de aquel horror, por parte del poder real: es como si -simplemente- no hubiera ocurrido, o ellos no tuvieran nada que ver. 

Que es justamente lo hasta acá viene decidiendo -por omisión ý encubrimiento cómplice- la justicia argentina, al dejar dormir los juicios que ventilan las responsabilidades de los autores e instigadores civiles de la matanza. Los mismos que, cuando delinean un programa económico y reclaman medidas al gobierno de turno, repiten casi calcados los anuncios de Martínez de Hoz aquel 2 de abril de 1976; porque de hecho fue "su" programa; el que expresaba y aun hoy expresa sus intereses..

Y después están los negacionistas asumidos, que no tienen empacho en negar o minimizar en público la tragedia, o peor aun, justificarla. Porque para gente como Gómez Centurión -por ejemplo- la discusión por los desaparecidos nunca fue matemática: prestemos atención a la remera del tuit de apertura, en lo más macabro: "No fueron inocentes".

Allí está, brutalmente expuesto para el que lo quiera ver, el "en algo habrán andado", "ellos se lo buscaron", "fue una guerra y en toda guerra hay bajas", "si vos no andabas en nada raro no te pasaba nada". Allí está la justificación de lo injustificable: las violaciones, las torturas, las apropiaciones de niños, los vuelos de la muerte, las desapariciones, los fusilamientos.

Y la justificación (que es el corazón conceptual del negacionismo) no pretende solo impunidad por el pasado: está advirtiendo que volver a perpetrar el genocidio, es un futuro posible. Porque las fronteras entre los "subversivos" del orden establecido y sus defensores sigue, en sus mentes tenebrosas, tan difusa como en los años de plomo.

No hay que caer en el error de confundir a los negacionistas con la pobre perfomance electoral de tipos como Gómez Centurión: si a él lo votó apenas un 1 % no es porque niega las desapariciones, o cuestiona su número, sino porque nunca tuvo chances reales de acceder al poder. Porque a Macri, que piensa lo mismo que él pero podía ganar una elección, lo votó el 40 %, después de su desastroso gobierno. Entre otras cosas, porque piensa igual que Gómez Centurión sobre lo que ocurrió en la dictadura.  

Los argentinos nos debemos una discusión sobre como tratar al negacionismo y los negacionistas, si queremos de una buena vez sentar las bases sólidas de una democracia duradera, en la que nadie se sienta tentado de conseguir por otros métodos lo que le niegan las urnas, o que suponga que exterminar a los adversarios es un recurso político legítimo, al que se puede apelar llegado el caso.

Como reza la paradoja de Popper, acaso tengamos que ser intolerantes con la intolerancia, y como hizo Alemania después del nazismo, los campos de exterminio y los juicios de Núremberg, los que nieguen el genocidio argentino o intenten justificarlo, deban pagarlo con la cárcel. Como para que aprendan que hay cosas con las que no se juega.  

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miércoles, 24 de marzo de 2021

LA CRÍA DE VIDELA

 


Todos los 24 de marzo son días para la evocación del pasado, y para la reflexión del presente, y ambos aspectos están en íntima y permanente relación. A veces, el pasado explica el presente, o nos ayuda a transitarlo con un norte, una referencia, una idea. De país, de sociedad, de la política, de nosotros mismos. Es una de las formas -posibles- de sentir que tanto dolor no fue en vano, que sirvió para marcar un camino.

A veces -menos frecuentes, pero las hemos tenido- el presente reconforta, y se vive como una compensación por tanto dolor pasado. Sobre todo cuando ese presente arroja memoria y verdad, y realiza la justicia, en sus múltiples dimensiones. Comenzando, claro, por la que les debemos a los que no están.

Este 24, como el anterior, nos encuentra en pandemia. Sin poder ganar la calle para encontrarnos y abrazarnos en multitud, para fortalecernos mutuamente; en una coyuntura crítica que pone en juego esa solidaridad que encarnaron en sus vidas los que no están, pero siguen estando en nuestra memoria.

Pero también este día nos encuentra comprobando, amargamente, que ciertas certezas no eran tan sólidas ni extendidas como pensábamos, y que muchas imposturas hijas de la corrección política -o los climas de época, irresistibles- dan paso a las pulsiones profundas por reivindicar aquel horror, en clave presente.

Porque hoy, a 45 años de aquel día trágico que fue apenas el primero de muchos días trágicos, sentimos -como una premonición indefinible, pero no por ello menos real- que convivimos a diario con quienes si pudieran, volverían a hacer exactamente lo mismo que entonces.

Basta con analizar un poco más a fondo de lo superficial algunas imágenes, como esa bolsas mortuorias con las que decoraron hace poco una protesta, en las propias rejas de la Casa Rosada. O con contemplar el triste espectáculo del ¿debate? en los medios y en cierta "academia en torno a si el derrocamiento de Evo Morales en Bolivia, fue o no un golpe de Estado, y debe o no ser condenado.

Esa perversa obsesión con la muerte del otro, del adversario político, esa rápida y fácil legitimación discursiva de la ruptura de las reglas de juego democráticas, esa generación de enemigos fantasmales, terrorismos imaginarios y revoluciones latentes que vemos a diario como parte del discurso y de la praxis política nos están diciendo cosas, que cobran su completo y cabal significado un día como hoy.

En el que seguramente -en ésta era de ficciones consentidas en las redes sociales- veremos repudios de ocasión a lo sucedido hace 45 años, que se dejarán de lado mañana, para volver a la "total normalidad" que una vez fue tapa.

Porque el "videlismo" preexistió a Videla -de hecho lo creó y lo puso a jugar su rol de asaltante de las instituciones elegidas del voto popular-, y lo sobrevive; como que expresa el pensamiento y los deseos profundos de buena parte de la sociedad argentina.

Como ese poder económico que instrumentó a los militares para sus designios entonces, y hoy condiciona y erosiona a los gobiernos electos, cuando no gobiernan acorde a sus intereses: dos maneras de ponerle límites a la democracia, dejando de lado su principio fundante, que es la soberanía popular.

Grupos que -por cierto- gracias a sus precisas conexiones en el aparato judicial, han logrado salir hasta acá indemnes de sus responsabilidades en aquel genocidio, perpetrado si no por ellos directamente, para su director beneficio.

Y que desde esa impunidad construida por décadas de conspirar contra la democracia -contra su misma subsistencia antes, contra su sentido último ahora-, se paran en un púlpito imaginario para indicarle que rumbo tiene que seguir y -sobre todo- cual no debe siquiera osar intentar. Porque lo que pasó hace 45 años pasó también, y más que nada, para asegurarse eso: que nadie osara desafiar el orden establecido, en el que ellos están al tope de la cadena alimenticia.

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miércoles, 25 de noviembre de 2020

LA CRÍA DEL PROCESO

 


Todas las dictaduras militares que hubo en el país trataron de generar su descendencia política, para que el proyecto de país que representaban los sobreviviera. De hecho, eso no fue sino consecuencia del hecho de que en cada golpe, las fuerzas armadas actuaban simplemente como los ejecutores de los planes de sectores poderosos de la sociedad, y contaban a su vez con un consenso más o menos extendido entre los diferentes estratos de la misma sobre la necesidad de interrumpir los procesos democráticos.

El autodenominado "Proceso de Reorganización Nacional" no fue la excepción, a punto tal que las cúpulas militares que lo protagonizaron ensayaron distintas salidas políticas condicionadas instando a los sectores civiles que los impulsaron y proveyeron de cuadros para el gobierno, a organizarse para la competencia electoral. Como consecuencia del carácter marcadamente sangriento que alcanzó la represión y la magnitud de las violaciones a los derechos humanos, la reivindicación abierta y pública de la última dictadura quedó reducido a pequeños grupos vinculados a los acusados en las causas de lesa humanidad: no hay una "Comisión Permanente de Homenaje y Reafirmación" del Proceso, como si la hay por ejemplo de la Revolución Libertadora.

Lo cual no quiere decir -ni mucho menos- que no exista un amplio "procesismo" social y político, que más temprano que tarde termina apareciendo. Por ejemplo cuando desde algún lugar del Estado o la política se pretende alertar sobre riesgos de "adoctrinamiento ideológico" en la escuela por parte de "docentes militantes", o cosas por el estilo: para rastrear la veta profunda que expresa Soledad Acuña no era necesario remontarse a su paso por el colegio alemán de Bariloche bajo el influjo de Erich Priebke, siempre estuvo allí, como marca de orillo del PRO.

Salvo para los que creyeron ver en el macrismo algo parecido a una "nueva derecha moderna y democrática", está claro que pueden reclamar, por derecho propio, ser la auténtica "cría del Proceso", y aunque traten de disimularlo, se les nota. Aun ensamblados con retazos dirigenciales de la estructura del PJ y la UCR porteños, su núcleo duro proviene de los que apoyaron a la dictadura, sin mencionar que los mismos grupos económicos que fueron el sustrato social del poder de ella, aportan al experimento amarillo.

Cuando las derechas (acá y en todos lados) alertan sobre el riesgo de "adoctrinamiento" desde los aparatos ideológicos del Estado como las universidades y las escuelas, en rigor lo que está haciendo es reclamar para sí el monopolio del formateo del sistema de ideas de la sociedad. El país de la oligarquía (ese que buena parte de los votantes del PRO añoran) se construyó sobre un inmenso ensayo -concretado, con buen éxito- de adoctrinamiento ideológico, desde la escuela pública y con un "relato oficial": la falsificación histórica del mitrismo.     

Hoy además esos aparatos ideológicos del Estado compiten en condiciones desventajosas con los medios de masas, que a su vez "son" la derecha: expresan su discurso, lo vertebran, lo difunden socialmente y lo organizan en forma de agenda política. De la misma forma que llama a la pacificación y unión nacional cuando se quedó sin municiones, la derecha reclama una asepsia ideológica que es imposible en el hecho educativo, cuando siente amenazadas las posiciones conquistadas.

Las palabras de Acuña (de las que no se arrepintió y por el contrario, ratificó redoblando la apuesta tras el apoyo de Larreta) tienen un inconfundible tufillo aquellas campañas de la dictadura en las que instaban a los padres a vigilar de cerca a sus hijos, para asegurarse de que "no anduvieran en nada raro". No es de extrañar por la misma fuerza que espió sistemática y compulsivamente a propios y extraños, o que hace un tiempo atrás habilitó en la provincia de Buenos Aires una línea 0800 para denunciar a docentes "meloneadores".

El "por algo habrá sido", "si vos no estabas en nada raro no te pasaba nada" de aquellos años están grabados a fuego en su sistema de ideas, y solo los límites de la corrección política o social -estos menos, por la cloaca de las redes- los mantienen en la intimidad, sin ser verbalizados públicamente. Pero desde allí mucha gente opina, toma partido y vota, y desconocerlo sería un gran error.

No son difíciles de detectar: usan palabras como "militancia", "política", "adoctrinamiento" o "ideología" con sentido y connotación peyorativa y sinónimo de algo peligroso o contaminante, de lo que hay que huir como la peste, o erradicarlo. Como hacían los dispensadores de la muerte en la dictadura.

Cuando uno se pregunta como es posible que un proyecto de exclusión que solo atiende los privilegios e intereses de una ínfima minoría e hizo un gobierno social y económicamente desastroso, obtuviera el 40 % de los votos en su intento de perduración en el poder, las explicaciones quizás haya que buscarlas por ese lado: aunque nos conforte pensar lo contrario, y aunque la causa de los derechos humanos haya sido asimilada por muchos por la lucha incansable de los organismos, la "cría del Proceso" sigue vivita y coleando, camina entre nosotros y nos la cruzamos a diario en el barrio, en el trabajo, en la escuela.

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martes, 24 de marzo de 2020

NO OLVIDAR, NO PERDONAR


Un 24 de marzo distinto, sin marchas, sin gente ganando la calle para dar testimonio de la memoria viva y presente, que clama verdad y justicia.

Con más de uno que, como en la metáfora del dedo y la luna, señala que los que están en la calle son, como hace 44 años, los milicos.

Sin advertir que, escenografías aparte, nos atraviesa hoy el mismo conflicto que nos atravesaba entonces: de un lado los que creen en los valores colectivos, la solidaridad, y una sociedad y un Estado que nos contenga a todos, en especial los que sin esa ayuda, no pueden solos.

Del otro, los cultores del "sálvese quien pueda", "yo, argentino". Los que tranquilizaban su conciencia diciendo (y diciéndose a sí mismo) "si vos no andás en nada raro, no te va a pasar nada".

Si no confundimos el dedo y la luna, aun en este 24 de marzo de calles vacías y gente encerrada en sus casa para protegerse de otra amenaza, concreta pero invisible, lo podremos ver.

E imaginar sin demasiado esfuerzo que estarían haciendo los 30.000 hoy: seguramente ayudando donde hiciera falta, o simplemente acatando solidariamente la consigna de quedarse en casa. Ellos, que hicieron de ganar la calle una forma de militar, y de militar una elección de vida.

Porque en definitivas de eso se trataba entonces, y se trata hoy: si existe un "nosotros" que nos involucra a todos (o por lo menos a las grandes mayorías), y que hacemos para construirlo.

O si impera la ley de la selva, y cada uno mira su propio ombligo; sin importarle en lo más mínimo lo que les pasa a los demás.

De allí que hoy, 44 años después de aquel día trágico, el mejor homenaje que les podemos hacer es seguir su ejemplo, y poner lo que tengamos de poner de nuestra parte, aun en estas circunstancias (sobre todo en medio de ellas) para construir una sociedad regida por los valores por los que ellos abrazaron la militancia.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

NI A LA ESQUINA


Es posible que la brutalidad explícita de los hechos de Bolivia haya despabilado a más de uno, dando por tierra con la tranquilidad que le daba descansar en la certeza de que existían supuestos consensos básicos sobre las reglas de juego democrático, y hoy se están replanteando si es efectivamente así. Hay otros casos en los que no cabe hablar de sorpresa, ni de intentos de tomar distancia del fenómeno para analizarlo con equidistancia y objetividad: las múltiples piruetas dialécticas que algunos ensayan para justificar el golpe de Estado contra Evo Morales bajo el pretexto de “contextualizarlo” son torpes intentos de justificar a la vez sus posturas previas no solo con la experiencia de los gobiernos del MAS, sino en general de todos los procesos encabezados por fuerzas populares en la primera dećada de este siglo, en América Latina.

Sin que de modo alguno se la pueda comprender dentro de éste último grupo (en el que desfilan personajes como Santiago O’Donnel o Andrés Malamud), preguntarse sobre los reales alcances del compromiso democrático de las élites latinoamericanas como lo hace acá enEl Destape Ana Castellani, es, por ser suaves, bastante pavo.

En principio porque parece partir de omitir o desconocer  las reales condiciones en que se produjo la transición de los gobiernos dictatoriales a las democracias en la mayor parte de América Latina en los años 80’: no fue tanto la resultante del crecimiento de la resistencia social (que la hubo) al interior de cada autocracia, como la consecuencia de que los Estados Unidos tomaron conciencia de la inviabilidad histórica de regímenes de facto originariamente pensados para contener los avances de grupos radicales (reales, imaginarios o magnificados, lo mismo da) al amparo de la doctrina de la seguridad nacional; y al mismo tiempo estabilizar las situaciones políticas y económicas: no es casual que la implosión de las dictaduras latinoamericanas para dar paso a aperturas democráticas haya sido simultánea con la explosión de la crisis de la deuda de la región.

La válvula de escape a las tensiones acumuladas que encontró la potencia hegemónica en la región (que en breve lo sería en el mundo, por la caída de los “socialismos reales”) fue posibilitar el surgimiento de democracias condicionadas, con límites invisibles que no podían ser atravesados. Y a poco de andar, ya en los 90’, esos límites se hicieron explícitos con el set de políticas diseñadas en el Consenso de Washington, que se imponían como el único camino posible para todos los países de la región que debían reestructurar sus deudas.

En tanto esas políticas (las del Consenso de Washington) contaron con el más amplio apoyo de las élites locales en cada país de la región, es imposible no ver allí y ya en los orígenes de la transición democrática, los límites del compromiso de esas élites con la democracia como sistemas: el lema subyacente era “los dejamos votar para cambiar el gobierno, con la condición de que nunca cambien las políticas”. Visto en clave argentina, sin entender eso no se comprenden el final de Alfonsín, el brusco volantazo de Menem del “populismo folklórico” al neoliberalismo brutal, el final de De La Rúa y las concesiones draconianas que los principales grupos del poder económico le arrancaron a Duhalde en su gobierno provisional, como la pesificación de las deudas en dólares.

Lo dicho no supone ignorar que existieron errores (incluso groseros) de cada uno de esos gobiernos que determinaron el contexto en el que se fueron del poder, sino entender que, por encima y por afuera de la democracia formal, operaban entonces y siguen operando hoy, fuerzas para las cuales la democracia en sí como sistema, sustentado en la voluntad popular y en consecuencia y por definición cambiante e imprevisible, nunca fue un dato de la realidad a tener demasiado en cuenta, ni un obstáculo que se interpusiera en la defensa de sus intereses. 

No se pueden asombrar ahora algunos de que nuestras clases dominantes latinoamericanas (disculpen si usamos una terminología no tan boga, pero que entendemos más clara) vienen flojitas de papeles en términos democráticos, cuando acá mismo, en nuestro país, tuvimos ejemplos concretos de eso: el Grupo Clarín que le soltó la mano a Alfonsín (el “ustedes ya son estorbo” de Magnetto) y luego repitió los movimientos con Menem, Duhalde y Néstor Kirchner: mientras había obtenido la anuencia del gobierno de éste último para fusionar los cables y ampliar su dominio en el mercado de la comunicación audiovisual, pretendía condicionar la sucesión presidencial objetando la candidatura de Cristina, y a las pocas semanas de que se inaugurara su gobierno (al que accedió con un triunfo rotundo en primera vuelta), ponía todos sus fierros mediáticos al servicio del levantamiento agrogarca contra las retenciones móviles. Levantamiento que, recordemos, derivó en la implantación de un vicepresidente opositor al interior del Poder Ejecutivo, en el que todos los factores del poder económico veían por entonces el hombre providencial para una salida anticipada del gobierno de CFK; todo eso ante de la disputa por la ley de medios.

Sin que nos conste que este haya sido el caso de Castellani, recordamos sí que entonces muchos (algunos que hoy niegan que en Bolivia haya habido un golpe) ninguneaban a Horacio González y los intelectuales de Carta Abierta por advertir que con el conflicto del campo se instalaba en el país un clima destituyente. Y pasado el conflicto del campo (con el triunfo de las patronales, forzando en el Congreso votos en contra de los mandatos electorales recibidos), sobrevino la pelea por la ley de medios (aprobada por amplia mayoría en el Congreso, convalidada por la Corte Suprema); en la que Clarín apeló en defensa de sus intereses a todas las herramientas disponibles, sin excluir por ejemplo la colusión de intereses con los fondos buitres que demandaban al país en tribunales extranjeros, para bloquear los pagos de la deuda reestructurada.

Hay quienes tienen la tendencia de “escribir en difícil” para hacer pasar por hallazgos reflexivos extraordinarios constataciones de hechos que están a la vista de todo el que los quiera ver, y cierto escozor por llamar a las cosas por su nombre, disfrazado de duda conjetural. Eso sin contar que muchos han descalificado a los procesos populares de América Latina en los últimos años (y en especial al kirchnerismo) como paranoides conspirativos que veían amenazas a la democracia por todas partes, o pendencieros por naturaleza, siempre listos a meterse en conflictos innecesarios. La brutalidad de la derecha (en Bolivia, en Chile, en Ecuador, en Brasil, acá también, con Macri) para imponer o sostener sus privilegios de clase llevándose puestas a la democracia y las libertades si es necesario, debería llamarlos a la reflexión y a un silencio obsequioso, en lugar de seguir fungiendo de tirapostas.

Si no comprendemos claramente que nuestras clases dominantes jamás tuvieron nada parecido a “compromiso democrático”, estaremos naturalizando conductas profundamente antidemocráticas como el pliego de escribano a Kirchner, los sempiternos manifiestos de los coloquios de IDEA exigiendo a todos los gobiernos, en todos los tiempos, las mismas políticas, la apuesta del empresariado por Macri no en el 2015 sino ahora, en la etapa final de su gobierno y con el desastre producido a la vista (armando un grupo de Whatsapp para influir en favor de su reelección, siendo como fue el menos democrático de todos los gobiernos democráticos), o la pretensión (puesta por escrito) de la AEA y el Foro de Convergencia Empresarial de que Alberto Fernández mantenga en  su gobierno en puestos claves a funcionarios del macrismo derrotado en las urnas: para entender que allí no hay nada de compromiso democrático no hacía falta irse a Bolivia, o que muriera gente.

Pero volviendo a Castellani, si su análisis va de lo obvio a lo flojo, termina derrapando en la solución propuesta ante la constatación de que las élites no serían todo lo democráticas que se pensaba: “ampliar las bases de sustentación, no quedando atrapados en la grieta”. Porque ahí uno entra a dudar si realmente capta entre quienes es la grieta real, la que incide en la estabilidad de todos los gobiernos, incluso el que viene y aun no comenzó, pero sobre el cual vienen ejerciéndose presiones desembozadas desde su triunfo en las PASO, hace tres meses.

La grieta es de intereses, y también de convicciones democráticas, entre los que apuestan a defender los suyos con los instrumentos que brinda la democracia (en especial pero no solamente, el voto), y los no vacilaron ni vacilarán nunca en defender los suyos con todas las armas a su alcance, dejando de lado la democracia si molesta. Daría la impresión (podemos equivocarnos) que Castellani supone que la grieta es un fenómeno folklórico de ribetes futbolísticos, propio de las “minorías intensas” (concepto éste con el que desde la “academia” se pretendió descalificar al kirchnerismo), y respecto del cual la mayoría de los ciudadanos son meros espectadores, que no participan.

Ampliar las bases de sustentación de un gobierno (en un sentido más amplio, solidificarlo) requiere por el contrario profundizar la grieta real, afectar intereses, tener la decisión de utilizar los resortes institucionales del Estado para redistribuir riqueza, ampliar o sostener derechos, modificar el modelo productivo, administrar las divisas en función de prioridades o terminar con el desangrado de los recursos públicos a través de la fuga de capitales o la evasión y elusión impositiva; solo posible por el poder de lobbies corporativos que bloquean todo intento de establecer un sistema tributario sobre bases más progresivas.

Cediendo, conciliando, admitiendo poderes de lobby extra-institucionales para torcer el sentido del voto popular en aras a “comprar gobernabilidad”, el final es cantado, y no será otro que el de Dilma Rousseff. Los modos que se empleen para llegar allí (golpe parlamentario, golpe de mercado, golpe tradicional) son secundarios al objetivo, y el credo de las clases dominantes podría expresarse en estos términos: “Creo en la democracia si no tengo más remedio que aceptarla, y en tanto sirve a mis propósitos. La condiciono cuando no hace lo que quiero, la destrozo si avanza sobre mis privilegios.” Hoy y siempre.

Por eso decimos que la pregunta de Castellani (¿hasta donde  llegan las convicciones democráticas de las élites en América Latina?) es bastante boba, y la respuesta es muy sencilla: ni a la esquina. Y entenderlo es un insumo indispensable para hacer política sin morir aplastado en el intento, por la dinámica de funcionamiento de esas mismas élites. Tuit relacionado: