LA FRASE

"POR AHORA NO ESTAMOS PIDIENDO AUTORIZACIÓN PARA QUE LA POLICÍA PUEDA USAR LA PICANA Y EL SUBMARINO, ANTES VAMOS A VER COMO FUNCIONAN LAS REFORMAS QUE PLANTEAMOS." (PABLO COCOCCIONI)
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domingo, 4 de enero de 2026

NO BOMBARDEEN VENEZUELA

 

jueves, 7 de enero de 2021

LOS PAÍSES SERIOS

 


El peor sistema electoral del mundo, con voto voluntario, tantos sistemas de conteo como Estados tienen, con injerencia abierta del poder político en el escrutinio, sin justicia electoral, con colegio electoral formado en forma no proporcional a los votos populares, y vulnerabilidad al fraude de todos los modos y formas.

El mismo que hace cuatro años le permitió a un lunático como Donald Trump convertirse en presidente, y que cuatro años más tarde le retorna el poder a la élite política tradicional, ésta vez con ropaje demócrata; como expresión de una sociedad que no parece muy dispuesta que digamos a ir a fondo con los cambios: o elige ousiders totales, o elige a los de siempre.

Y si Trump es bizarro e impresentable y desconoce siquiera lo que es la democracia, recordemos que hace cuatro años llegó a ser presidente en buena medida por el hartazgo de una parte de esa misma sociedad, con la oferta electoral de los partidos tradicionales.

Si bien el proceso electoral más controvertido de la historia no terminó con una guerra civil como algunos amenazaban, a dos semanas de la asunción del nuevo gobierno el Congreso no pudo certificar los resultados de la elección y proclamar al ganador, porque una turba de Homeros Simpsons (algunos de los cuáles iban armados) azuzados por el candidato perdedor lo impidieron: un Tejerazo de milicianos irregulares, de esos que desconocen las autoridades del propio país con la que se envuelven, y en nombre del cual son enviados a la guerra en otros países y continentes lejanos.

Al mismo tiempo, los indicadores de Wall Street volaban entusiasmados porque vuelven los demócratas, que al parecer son sus grandes amigos: eso de la "suba del riesgo país" por convulsiones políticas y coso, es una gilada para consumo de los sudacas, que ellos jamás aplican de fronteras para adentro. Como lo de que no hay que emitir moneda en exceso, porque genera inflación. 

Si lo que pasó y pasa en Estado Unidos hubiera ocurrido en cualquier país de América Latina, los Estados Unidos, directamente por sí o a través de sus embajadas, o a través de la OEA, su Ministerio de Colonias, estarían alentando una invasión militar para deponer a las autoridades y "restablecer la democracia" en ése país. Lo mismo vale para cualquier otro país del mundo que no sean ellos y que no se alinee con sus intereses, porque tienen el metro patrón de la democracia.

La decrepitud política de la hasta ahora -y como diría Marcelo Araujo, solamente por ahora- primera potencia mundial es inocultable, e indetenible, lo cual no es lo mismo que el inminente derrumbe del capitalismo ante el avance incontenible de las masas, como soñó la izquierda argentina cuando arrancaron las protestas del "Black Lives Matter" (¿Se acuerda? fue hace tanto, como unos meses). De hecho, si en algún lugar del mundo el capitalismo se deglutió a la democracia hace décadas, es en los Estados Unidos: allí los gobiernos se eligen por los ciudadanos, pero pertenecen a las empresas.

Su primacía económica y tecnológica está cuestionada por el ascenso de China, y no son pocos los que sostiene que en breve los superará, si ya no lo ha hecho. De modo que lo que hoy sostiene el peso específico de los EEUU en el mundo y su capacidad de presionar o imponer decisiones, es su aparato militar, y los dedos que pueden detonar las armas que nos lleven a todos puestos.

No su sistema democrático. no sus logros culturales (aunque la influencia de su "poder suave" no es desdeñable), no su ejemplaridad en defensa de los derechos humanos y, como dijimos. cada vez menos su poderío económico o su grado de desarrollo tecnológico: hoy por hoy se imponen -cuando y donde pueden imponerse- por el poder latente de los fierros, y en menor medida de las finanzas, porque ése poder está también cada día más diseminado en el marco de la globalización.

Elementos a tener en cuenta la próxima vez que alguien -un dirigente político, un periodista o medio, un "intelectual"- transite las habituales zonceras autodenigratorias para convencernos de que somos un país de mierda "mal visto en el mundo" y nos contraponga el ejemplo de "los países serios", empezando por los Estado Unidos.  

O cuando cualquiera (en el gobierno o la oposición) nos plantee que tenemos que tener con ellos "relaciones carnales", o hacer seguidismo bobo de sus decisiones de política exterior disfrazando intentos de manotear los recursos naturales de un país de una cruzada por la libertad y la democracia; como hacen con Venezuela. Tuit en pija y otros relacionados: 

jueves, 22 de octubre de 2020

RECALCULANDO

 


Cuando el gobierno argentino acompañó con su voto el informe Bachelet sobre Venezuela en la ONU, dijimos acá: "Para nosotros el voto aun mirado desde una perspectiva estrictamente pragmática- es un error: el gobierno compra la agenda de otro (y no cualquier otro, y no cualquier agenda) a cambio de un supuesto apoyo en negociaciones críticas (las que se vienen con el FMI), o por presunta devolución de atenciones del canje cerrado con los acreedores. Dudoso en un caso, incomprobable en el segundo. Y todo al costo de generar tensiones internas que son inocultables.". 

Claro es que para ser justos, el voto fue acompañado con una condena al bloqueo y las sanciones económicas contra el gobierno de Venezuela, como siempre -o casi siempre- el país ha condenado el bloqueo contra Cuba, salvo cuando gobernó la derecha en sus diversas formas, con dictaduras o en democracia.

Después del triunfo del MAS en las elecciones de Bolivia el domingo pasado, pasaron cosas. En primer lugar en el caso boliviano el gobierno de Alberto Fernández estuvo siempre del lado correcto: condenó el golpe de Estado, no reconoció al gobierno de facto de Jeaninne Añez, les dio asilo político a Evo Morales y Alvaro García Linera y apoyó la salida electoral, para que lo que prevaleciera fuera la voluntad del pueblo boliviano, como debe ser en democracia.

El éxito de Evo y su fuerza política son una bocanada de aire fresco para las fuerzas populares en la región, y la piedra basal de un proceso de reconstrucción de la unidad regional que fue dinamitado por los gobiernos de derecha que hicieron seguidismo acrítico de las directivas de la política exterior de los Estados Unidos. En la misma línea, no podemos sino celebrar los dichos de Alberto en torno a la necesidad de reconstruir la UNASUR como el ámbito propicio para fortalecer el proceso de integración de los pueblos del continente.

Y en ese contexto, el gobierno argentino acaba de sumar otros dos pronunciamientos positivos: primero negándose a respaldar la declaración de la OEA que cuestiona el proceso electoral venezolano porque parte de reconocer como legítimo al gobierno títere y fantasmal de Guaidó -algo que el gobierno del "Frente de Todos", a diferencia del de Macri, no hizo-, y rechazando hace unos días el documento propuesto por el Grupo de Lima que legitima y propone una virtual intervención militar extranjera en Venezuela.    

En paralelo el Grupo de Puebla (uno de cuyos miembros es el senador nacional del FDT y ex canciller Jorge Taiana) acaba de pedir la renuncia de Luis Almagro a la Secretaría General de la OEA, por sus inocultables responsabilidades en la generación de las condiciones para el golpe de Estado que derrocó a Evo, y todo lo que vino después. Ellos (Almagro y la OEA) también fueron estruendosamente derrotados el domingo. En el mismo sentido se pronunciaron esta semana un grupo de ex presidentes y presidentas de América Latina, entre ellos Cristina, Lula, Rafael Correa y Dilma Rousseff

La política exterior argentina no escapa a las generales de la ley em cuanto a que refleja las tensiones internas en el "Frente de Todos", y eso explica por ejemplo que la Argentina aun no haya abandonado el Grupo de Lima (en el que nada tiene que hacer, porque nuclea a quienes hacen satelismo del gobierno yanqui), o no haya designado embajador en Caracas ante el gobierno de Maduro al cual reconoce como el único legítimo; con lo cual aun sigue en funciones el que designó el macrismo, con fluidos vínculos con la oposición.

Que la Argentina apoye la salida electoral en Venezuela (sin olvidar que a diferencia del de Añez, el de Maduro es un gobierno electo por el pueblo) y rechace cualquier injerencia externa o aventura militar golpista son excelentes noticias. Pero mucho mejor sería unificar posturas al interior del gobierno, y en lugar de pensar en reponer la estatua de Néstor que estaba en la UNASUR (gesto simbólico merecido por él), más productivo sería retomar en plenitud la línea que él fijó.

Eso implica por ejemplo que, si se apoyan las elecciones venezolanas y estas son juzgadas transparentes incluso por observadores internacionales independientes, no se puede seguir tratando implícitamente al gobierno de Maduro como si fuera la peste, solo para complacer a sectores de la opinión  pública interna que jamás nos votarán; o "loteando" la política exterior para dejar determinados asuntos en manos del massismo y sus guiños a la embajada, de dudosos resultados prácticos además.  

jueves, 8 de octubre de 2020

¿SOMOS O NO SOMOS VENEZUELA?

 

El voto sobre Venezuela y la ONU, con todo y su importancia, trasciende la anécdota del tema en sí: se proyecta hacia las condiciones de la discusión interna en una coalición oficialista, la del "Frente de Todos", que como todas las coaliciones es heterógenea, y no tiene uniformidad de miradas entre todos sus miembros, sobre todos los temas. Ni mucho menos.  

Para nosotros el voto -por decir algo- aun mirado desde una perspectiva estrictamente pragmática- es un error: el gobierno compra la agenda de otro (y no cualquier otro, y no cualquier agenda) a cambio de un supuesto apoyo en negociaciones críticas (las que se vienen con el FMI), o por presunta devolución de atenciones del canje cerrado con los acreedores. Dudoso en un caso, incomprobable en el segundo. Y todo al costo de generar tensiones internas que son inocultables. Pero eso es nada más que nuestra opinión.

Dicho esto, hay que saber sacar del caso las enseñanza correctas, que en nuestra opinión tienen que ver no solo con como procesar las diferencias internas, sino como definir la línea política correcta para que lo que fue una exitosa coalición electoral, se transforme en el soporte político del mejor gobierno posible, dadas las difíciles circunstancias en que se debe desenvolver, que nadie ignora.

Visto desde allí, el voto en la ONU parece ser más de lo mismo que se puede ver en otras decisiones del gobierno: las concesiones a un determinado factor de poder (externo o interno, lo mismo da) en la convicción que de ese modo se lo puede utilizar a otros fines, o neutralizarlo en su capacidad de daño. El problema con el exceso de pragmatismo es que está más obligado a exhibir resultados concretos positivos que la defensa "dogmática" (como se dice en tono despectivo) de las posiciones previas, en todos los temas: pragmatismo sin resultados es como peronismo sin acto del 17 de octubre en las calles (ups, perdón, se nos escapó).

Nadie -al menos nadie "importante"- está planteando hoy fracturar la coalición oficialista o abandonar el "Frente de Todos", ni siquiera los que están expresando en público desacuerdos con las decisiones del gobierno. De modo que el argumento "No hagamos olas porque nos dividimos y vuelve Macri" es como mínimo facilista y de pereza intelectual, por no decir intencionadamente falso. 

Sin dejar de reiterar lo dicho acá sobre que nos debemos una discusión en serio sobre la derrota del 2015, si hiciéramos una mirada retrospectiva a la última vez en que la división del frente nacional (en especial del peronismo) facilitó el triunfo de la derecha veremos en línea de tiempo que los críticos de entonces (empezando por el propio Alberto) y los que ensayaron armados electorales por fuera de lo que entonces era la "marca oficial" (el "Frente Para la Victoria") como el massismo, hoy marcan la pauta de la acción de gobierno: toda posible disputa interna se resuelve, casi invariablemente, en favor de sus posiciones, que son justamente las más conciliadoras. 

Lo que supone que, si uno se pusiera en psicólogo berreta, podía suponer que hay gente que proyecta lo que harían ellos, en determinadas circunstancias, porque ya lo hicieron. Ni tanto ni tan poco: los problemas políticos no se resuelven negándolos ni barriéndolos bajo la alfombra, sino con una discusión y debate franco, que parta de un piso mínimo de respeto mutuo entre quienes al fin y al cabo votaron de la misma manera hace un año atrás.

Y ese respeto exige -por ejemplo- dar por sentado que no hay iluminados que ven bajo el agua de un lado (capaces de "explicarlo todo"), y tarados incapaces de discernir hasta lo obvio del otro, incapacitados para entender nada. No debe haber una sola persona más o menos interesada en los asuntos políticos nacionales que simpatice con el FDT, incluso aunque no lo haya votado, que no entienda las circunstancias en las que Alberto Fernández debe llevar a cabo su gobierno.

Por otro lado, si la menor crítica interna -incluso de los militantes de a pie, no hablemos ya de los dirigentes con cierta responsabilidad- pone en riesgo la existencia de la coalición conformada para desplazar a la derecha del gobierno, eso solo puede significar una cosa: que su fragilidad -y por carácter transitivo la del gobierno al que debería respaldar- es tan grande, que no puede soportar la más mínima presión en su contra.

Que es precisamente la idea que quieren instalar los que trabajan para destituir al gobierno, o reducirlo a la impotencia política y llevarlo a la traición del programa votado, para aplicar en su reemplazo el que perdió en las elecciones. Es como para decirles a muchos que se apuran por ser más papistas que el Papa y arrojarse sobre cualquier granada (incluso las que pierden la espoleta por torpezas inocultables del presidente o sus funcionarios), "no ayuden más muchachos, está bien, déjenlo así.".

martes, 7 de enero de 2020

A LA SOMBRA DEL GRAN HERMANO


Mucho tiempo antes de que siquiera se conociera el término "globalización", Perón decía que la verdadera política de un país era su política exterior: tan así de importante consideraba el modo en el que el país se relacionaba con el mundo, y las posturas que adoptaba en el contexto internacional.

Siendo a su vez la Argentina un país ubicado en lo que los Estados Unidos han considerado siempre su área de influencia primaria (el "patio trasero"), no es de extrañar que la relación bilateral que lleva ya 200 años haya atravesado por todos los estados, que van desde el alineamiento automático e incondicional, hasta el conflicto abierto o la hostilidad; de modo que eso no es ninguna novedad.

Cuando en la primera década del siglo se abrieron procesos políticos en América Latina que permitieron el despliegue de experiencias de signo similar que algunos califican como "populistas", se dijo que ello fue posible en buena medida porque los EEUU estaban "distraídos" en el conflicto de Medio Oriente y no prestaban atención a lo que pasaba en el vecindario. 

Aun cuando se coincidiera en esa lectura, los días presentes muestran otro panorama: la administración Trump avanza en sus objetivos de política exterior como un elefante en una cristalería, y tanto es capaz de promover interrupciones del orden democrático en Bolivia, como aventuras inviables en Venezuela (donde no ha descartado nunca la intervención militar abierta), al mismo tiempo que promueve una escalada bélica de consecuencias imprevisibles en Medio Oriente.

Se ha dicho también que esto es así porque los Estados Unidos no pueden "descuidar" América Latina frente a la creciente presencia e influencia en la región de China (en mayor medida) y Rusia (con un protagonismo menor, pero no desdeñable). Lo cierto es que por los objetivos que se ha trazado la política exterior del imperio (funcionando más que nunca en ese modo), y por los medios que emplea para conseguirlos, es un factor de tensión allí donde intervenga, y América Latina no es la excepción.

De modo que la máxima de Perón aplica como nunca a nuestra situación, e impone al gobierno argentino la prudencia y la inteligencia para moverse en un estrecho desfiladero, para tutelar los intereses nacionales en juego, sin perder de vista el tablero completo.

Y es así que hace pocos días vimos como funcionarios de la administración Trump y aun la embajada yanqui en el país (en la mejor tradición del bradenismo) se inmiscuían abiertamente en los asuntos internos de la Argentina (en cuanto a las condiciones del asilo político otorgado a Evo Morales) y de Bolivia, país en el cual tuvieron participación decisiva en la exitosa aventura golpista que llevó a la presidencia a Jeanine Añez, cuya legitimidad el gobierno argentino desconoce; lo cual genera un punto de choque con las premisas de la política exterior yanqui.

Por otro lado, el gobierno argentino deberá enfrentar, más temprano que tarde, una reestructuración de su deuda externa con los bonistas privados, y una renegociación del acuerdo con el FMI concluido durante el gobierno de Macri, y en ambos casos el apoyo de la administración Trump puede ser decisivo: en el caso del Fondo por su peso en las decisiones del buró, y en relación con los bonistas, porque de acuerdo con los prospectos de emisión de deuda, cualquier contienda derivada del proceso de reestructuración se ventilará en los tribunales de los Estados Unidos, y ya se vio lo que pasó con los causas que llevaba Griesa durante el mandato de Cristina, por la actitud que asumió Obama.

Además, la escalada bélica en Medio Oriente disparó los precios internacionales del petróleo, y complica los planes del gobierno de sostener por algún tiempo el congelamiento de precios de los combustibles para contribuir a bajar los niveles de inflación, así como la balanza de pago por el lado de las importaciones de combustibles. Claro que también podría ser una oportunidad para avanzar, de una buena vez, en un esquema de desdoblamiento de precios de la producción que se destina al mercado interno y tiene costos "argentinos", de aquella sobrante luego de garantizar el abastecimiento (pero que tiene los mismos costos de producción de la destinada al mercado local), que se destine a la exportación y se cobre en dólares; dólares que por otro lado son necesarios para superar el cuello de botella de la restricción externa. 

Así las cosas, parece ser este cuadro el que viene dictando los pasos del gobierno de Alberto Fernández en aquellos asuntos de política exterior que involucran cruzarse con los Estados Unidos, en algún punto; y así se entiende el comunicado de la Cancillería sobre la escalada militar en Medio Oriente, que no hace sino reiterar lo que han sido los principios troncales de la política exterior del país, a lo largo de toda su historia de gobiernos democráticos: apelación a la solución pacífica de las controversias entre Estados, en el marco del multilateralismo y los organismos internacionales.

Por estos días ha adquirido protagonismo el documental sobre Nisman que lanzó la plataforma de contenidos Nétflix, con sede en EEUU. En la historia parecen presentes todos los actores del drama de Medio Oriente, que tuvo su reflejo en la Argentina con los atentados a la embajada de Israel y a la AMIA. En este segundo caso, el documental aporta como dato interesante que aparecen los máximos responsables del FBI y la CIA para la región en el momento del atentado y durante bastante tiempo después, reconociendo que la "pista iraní" para intentar esclarecer el atentado siempre careció de pruebas sólidas, y fue "plantada" por el gobierno argentino de entonces para alinearse con las "enemistades" de política exterior de Estados Unidos e Israel.

No es un dato menor, porque contribuye a echar luz sobre las circunstancias en las que se desarrolló la investigación, al mismo tiempo que nos brinda un ejemplo claro de los efectos perniciosos de seguir una política exterior de alineamiento incondicional y acrítico con las directivas de la primera potencia mundial. Si se lee el contexto, el comunicado de la cancillería parece sopesar esas circunstancias, y visto con ojos norteamericanos también deja gusto a poco, porque seguramente esperaban o un silencio conveniente, o un apoyo explícito a la nueva aventura militar de Trump.

Otro tanto puede decirse del comunicado de la cancillería en relación a los últimos acontecimientos de Venezuela: una primera mirada arroja una conclusión crítica, porque da la impresión de que nuestro gobierno se ha pronunciado sin tener en vista todos los elementos de la situación; que primero que nada y antes que todo, decanta como consecuencia del fracaso del intento yanqui por "implantar" un gobierno paralelo que no pudo sostenerse en el tiempo, por carecer de bases reales.

Lo que pareciera estar pasando allí es que los venezolanos han empezado a encontrar puntos de contacto para salir de la crisis por sus propios medios, como puede advertirse con el apoyo de los legisladores del chavismo a la entronización de otro opositor como presidente de la Asamblea Nacional, en reemplazo del títere Guaidó; que empujado por el gobierno de Trump está decidido ha llevar hasta el final su bochorno, "autoproclamándose" de nuevo (esta vez al frente de la Asamblea) en las oficinas del principal diario opositor.

Quizás lo más acertado en éste caso hubiera sido guardar silencio hasta que los acontecimientos decanten y el panorama sea más claro, y en caso de dudas al respecto, remitirse a las posturas del macrismo "ultra", y hacer exactamente lo contrario. Es posible que la salida del comunicado oficial en éste caso tenga que ver con el contexto antes descripto, y la necesidad de "dar una señal" al Gran Hermano de que nuestro gobierno no se opone de plano y sistemáticamente a todos sus designios.

O también puede ser que hayan prevalecido ciertos "complejos" al interior del gobierno, por diferenciarse del kirchnerismo en un tema en el que los factores de poder internos y externos le exigen pública y repetidamente, "mostrar gestos de independencia". De ser así, la decisión es un error, concebido en malas condiciones, y por los motivos incorrectos. Pero otra vez: vista con ojos estadounidenses (que no se caracterizan precisamente por la sutileza), acaso hubieran esperado un gesto similar al de Macri cuando reconoció a la fantasmal embajadora de Guaidó en la Argentina; y en éste caso que el gobierno argentino reconociera al autoproclamado serial como autoridad legítima en Venezuela.

sábado, 9 de noviembre de 2019

AMÉRICA LATINA: EPPUOR SI MUOVE


Con razón América Latina, la región más desigual del planeta, llama tanto la atención de los politólogos más allá de sus límites: es el lugar donde siempre pasa algo, o donde siempre puede pasar. Acaso sea así justamente porque es tan desigual: si el neoliberalismo insiste en sembrar desigualdad y exclusión, seguirá cosechando convulsiones políticas y sociales.

La posible liberación de Lula de su bochornosa prisión es un hecho resonante más, de los tantos que hubo en los últimos tiempos. Un hecho que pone en crisis las prácticas de "lawfare" que se han extendido por todo el continente para perseguir a adversarios políticos, con el "know how" provisto por los Estados Unidos, para servir a sus intereses estratégicos. Las mismas prácticas que acá se están cayendo a pedazos, después del resultado electoral del 27 de octubre.

Y este es el primer dato relevante que arroja el cuadro de situación: Donald Trump marcha rumbo a culminar su mandato (aun cuando consiguiera la reelección) fracasando en toda la línea en el intento de su administración y el de los sectores que representan el poder permanente del país del norte, una vez que recuperaron el interés en su patio trasero, de poner de su parte lo que fuera necesario para posibilitar un largo período de gobiernos de derecha en la región; que clausuraran el ciclo de experiencias populistas de la primera década del siglo.

El caso más emblemático al respecto es el de Venezuela, donde Maduro se sostiene en el poder contra todo, y el fantasmal gobierno de Guaidó parece ir desvaneciéndose como alternativa, al mismo tiempo que pierde impulso la alternativa de la intervención militar; en tanto el "Grupo Puebla" parece crecer con la casi segura incorporación de la Argentina de Alberto Fernández, en desmedro del "Grupo Lima", el canal que empleaban los EEUU para vehiculizar la opción intervencionista, y el desconocimiento liso y llano del gobierno bolivariano.

Es tan cierto que, aunque salga libre, a Lula le queda por delante un camino largo y farragoso para estarlo por completo y de modo definitivo, como que su reaparición en la escena pública sin restricciones cambia de modo decisivo el panorama político en Brasil, y por el peso específico del país, en toda la región. Bolsonaro ha logrado avanzar en algunas de sus reformas más agresivas por su ausencia y el desmembramiento de la oposición que provocó la ausencia de Lula, y eso lo tentó a proyectar un liderazgo más allá de las fronteras de su país, bajo la sombra del águila yanqui: con Lula libre y la posibilidad cierta de volver al poder, esa aventura entra en entredicho; no sin antes decir que otros proyectos "refundacionales" como el acuerdo de libre comercio Unión Europea-Mercosur han pasado a mejor vida.

Al mismo tiempo Ecuador y en mayor medida Chile siguen sacudidos  por protestas sociales contra las políticas neoliberales y sus efectos; y mientras en el primer caso el gobierno de Lenin Moreno sigue a pie juntillas el manual del "lawfare" (están un paso atrás de Brasil: la Corte Suprema ecuatoriana acaba de ratificar la prisión preventiva de Rafael Correa), en el segundo no se vislumbra aun una salida política, y el gobierno de Piñera interpreta esa ausencia como una luz verde para volver a avanzar -de a poco- en responder a la protesta con represión.

En Uruguay el Frente Amplio está como estábamos nosotros en el 2015: con una victoria muy apretada en primera vuelta, y enfrentando un balotaje con la chance cierta de que las fuerzas de derecha unan votos y lo desplacen del poder. Pero por contraste en Argentina las fuerzas populares, nacionales y democráticas le propinaron una dura derrota desde el llano (factor que la agiganta) no solo a la encarnación electoral del neoliberalismo y la derecha política, sino al inmenso bloque de poder local y continental nucleado detrás de ella, que le dio su apoyo decisivo pero infructuoso para evitar la derrota.

Y en Bolivia Evo enfrenta una intentona golpista al estilo de las que viene soportando Maduro en Venezuela hace años, pero a diferencia de éste, plantado sobre más de una década de estabilidad, crecimiento económico e inclusión social; lo cual reduce el plafond social para los golpistas, cosa que hasta los impresentables de la OEA han comenzado a advertir.

Viniendo a nuestro país, este panorama puede abrir una ventana de oportunidad para que el gobierno de Alberto Fernández no solo pueda convertirse en pieza central del proceso de recomposición de un bloque político regional de sentido popular y democrático (ese fue uno de los objetivos de su viaje al México de López Obrador), sino para encarar una difícil renegociación por la deuda externa (el principal condicionante estructural que le deja Macri como herencia) , en condiciones más favorables.

De hecho y si tuviéramos que apostar, algo (o mucho) de todo eso hay en el sutil cambio de discurso de la administración Trump y del staff del FMI, en sus declaraciones públicas sobre el caso de Argentina y su deuda: acaso estén evaluando que no les conviene tensar demasiado la soga con exigencias, luego del estrepitoso fracaso de su estrategia política de apostar un costosísimo pleno a la reelección de Macri; al riesgo de que se profundice una "alternativa populista" de dinámica imprevisible. 

No se trata de lo que efectivamente pueda pasar -por ejemplo acá con el gobierno de AF-, sino de lo que ellos creen que puede pasar, y lo que piensen hacer para evitarlo: facilitar una renegociación de la deuda argentina sería, en ese caso, el "Plan B" para lidiar con los populismos regionales, tras el fracaso del experimento de la "hegemonía macrista", con financiación made in USA.

En fin, como decíamos al principio, frente al sueño del pensamiento único neoliberal (soporte iodeológico actual de la política imperialista de Estados Unidos) de reinar sobre la paz política y social de los cementerios, América Latina, el continente de lo imprevisto y lo impensado, como diría Galileo, "y sin embargo se mueve".

viernes, 13 de septiembre de 2019

LA VUELTA AL MUNDO


Una de las banderas fundamentales de la campaña de "Cambiemos" en 2015 fue la necesidad de que la Argentina "volviera al mundo", y rompiera el aislamiento al que supuestamente la había condenado el kirchnerismo, "que solo mantiene relaciones fluidas con Irán y Venezuela".

"Volver al mundo" (sospechábamos por entonces, y pudimos confirmar en el gobierno de Macri) era reconectar al país con los mercados financieros internacionales por el canal de la deuda, para financiar un modelo de valorización financiera y fuga de capitales. "Mundo" eran "los mercados", y "los mercados" son Europa, Estados Unidos, Japón, y no mucho más.

La gestión de la política exterior estaría guiada -nos prometieron- por el más estricto profesionalismo, despojado de cualquier anteojera ideológica, poniendo como meta convertir al país "en el supermercado del mundo", y logrando que llegara al país "la lluvia de inversiones" atraída por la confianza que generaba el nuevo gobierno, por su sola asunción.

El fracaso en este renglón fue estrepitoso como, en general, en todos los rubros de la administración Macri que no estén directamente vinculados a la valorización financiera para la fuga, la destrucción del salario real y la precarización de la fuerza de trabajo, o la rapiña de los negocios de la runfla gobernante.

De modo que, como en todos los demás aspectos de su gobierno, en materia de política exterior y relaciones del país con el resto del mundo, Macri le dejará a su sucesor una pesada herencia, compleja para revertir. Y ahora que ya está de salida, es bueno puntualizar algunas de las aristas más controversiales de esa herencia, porque -entendemos- se proyectan con fuerza gravitante sobre el rumbo de la futura administración del país.

Para comenzar y al principio mismo de su gobierno, Macri rifó el amplísimo apoyo internacional cosechado por Cristina y Héctor Timmerman en la ONU en la pelea contra los fondos buitres, defendiendo el derecho de los Estados soberanos de reestructurar su deuda pública en condiciones compatibles con el crecimiento y la inclusión social.

Capitulando en toda la línea con Paul Singer y otros buitres similares (cuyo nómina total aun desconocemos) Macri no solo reintrodujo al país en un ciclo pernicioso de endeudamiento que condiciona seriamente su futuro, sino que sentó un pésimo precedente que dificultará gravemente en el futuro todo nuevo intento de reestructurar la gravosa deuda que deja como legado.

También nos introdujo de lleno en la lógica de las "relaciones carnales" con Estados Unidos (dando una vuelta de campana sobre su apoyo explícito a Hillary Clinton en la elección que ganó Trump), sin obtener a cambio siquiera contraprestaciones comerciales significativas: ahí están todavía el biodiésel, las exportaciones de carne, los famosos limones o los tubos de acero sin costura como los ejemplos más conocidos, pero no los únicos.

Y el alineamiento incondicional con los EEUU y sus objetivos de política exterior tuvo otras consecuencias: la lamentable posición asumida por el gobierno argentino en relación a Venezuela (convertida burdamente en tópico obsesivo de la discusión política interna) y el gobierno títere de Guaidó, y la reformulación de la doctrina de defensa nacional y el rol de las Fuerzas Armadas, para adaptarlas a la doctrina de las "nuevas amenazas" diseñada por el Comando Sur del ejército norteamericano.

A lo expuesto podríamos agregar el involucramiento en el conflicto del Oriente Medio secundando las posturas de Estados Unidos a Israel, con la absurda decisión de incluir como organización terrorista a Hezbollah, a la que ni siquiera la ONU considera así; y es una fracción política que integra el gobierno del Líbano, país con el que mantenemos relaciones diplomáticas y comerciales.

El caso Venezuela fue, a su vez, una etapa más de un proceso sostenido de destrucción de las instituciones de la integración regional como el Mercosur o la Unasur; que culminó con la firma del acuerdo de libre comercio con la Unión Europea en condiciones gravosas para el país y la región, y con la descarada intromisión abierta del fascista Bolsonaro en la política interna de la Argentina, a favor de la reelección de Macri: una devolución de favores por el rápido reconocimiento del gobierno argentino al golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, y su silencio estruendoso ante la prisión de Lula, silencio que se reitera ahora, en la agresión contra Bachelet reivindicando a la dictadura de Pinochet.

El gobierno de Macri también cargará con el dudoso honor de ser el que (contrariando el mandato constitucional) abandonó la causa Malvinas y el reclamo de soberanía, para entablar también "relaciones carnales" a cambio de nada con el Reino Unido, al que incluso llegó a darle injerencia en los procesos de reequipamiento de nuestras Fuerzas Armadas, en otra bochornosa claudicación de soberanía; completada más tarde con adjudicaciones de áreas petroleras a compañías británicas, en el Mar Argentino.

Lejos de la sobriedad y el profesionalismo prometidos en campaña, y por el contrario, alineados bajo los más estrictos parámetros ideológicos de alineamiento con las directrices de política exterior de los Estados Unidos, el gobierno de Macri no dejó chapucería internacional por hacer, incluyendo roces con China y Rusia, cuyas inversiones e intereses en el país cuestionó por el solo hecho de haberse gestado durante el kirchnerismo; para acto seguido salir a mendigarles apoyo financiero, cuando fracasaron todas su otras alternativas.

Y para concluir, pero no menos importante: Macri también será recordado como el presidente que trajo de nuevo al FMI al país, embarcándonos en el préstamo más grande de nuestra historia y de la de ellos, estructurado como un gigantesco y desembozado aporte de campaña a su reelección, objetivo en el que también ha fracasado; legando para el futuro no solo la deuda de 57.000 millones de dólares que deberá afrontar el próximo gobierno, sino su reinstalada capacidad de injerencia en el diseño de nuestra política económica, con todo lo que eso significa.

Encima coronó el fracaso con un default en ciernes que convierte a su gobierno (y al país con él) en un paria a los ojos de aquellos a los que dirigió todos sus esfuerzos de seducción: en meses después de que las calificadores de riesgo le dieran la distinción de considerar a la Argentina como "mercado emergente", el mismo sistema de "validación de calidad" calificó a la deuda argentina en "default selectivo" primero, para quitarle la condición de "emergente" después. Mejor imagen gráfica de su rotundo fracaso, medido en sus propios términos de éxito, imposible de conseguir.

miércoles, 6 de febrero de 2019

CONTÁME MAS



A ver si entendemos: el grupo de países satélites de los Estados Unidos que vienen presionando para cambiar el gobierno de Venezuela (violando así los principios de la Carta de las Naciones Unidas) cree que tienen la autoridad para rechazar gestiones de terceros (en éste caso México, Uruguay o el Papa) para negociar una salida pacífica a la crisis.

Y consideran que esos ofrecimientos son un “ardid diplomático” parta “dilatar la salida del dictador”: cualquiera diría que rechazan la diplomacia, y apoyan una intervención armada extranjera (de Estados Unidos, bah) en Venezuela, o una salida violenta y cruenta de la crisis.

No extraña: hace poco firmaron un documento sobre Venezuela, en el que se metían en una disputa territorial que sostiene con Guyana por el Esequibo (enlace al post anterior), tomando partido; o sea que de diplomacia no entienden un pomo. Lo suyo es ser simplemente cipayos: tropas auxiliares de las guerras imperialistas.



Capaz que Kirchbaum estuvo leyendo Nestornautas: “El DNU también mete mano en la organización de las entidades deportivas: hace desaparecer la Confederación Argentina de Deportes, y suprime la participación de los propios deportistas, técnicos y entrenadores en las asociaciones deportivas de representación nacional que introdujo la Ley 27.202 en el texto de la Ley del Deporte 20.655.

A contrapelo de las declamaciones del macrismo contra los intentos de perpetuación en el poder, elevan de una a dos reelecciones inmediatas las permitidas para los presidentes de las asociaciones civiles deportivas de primer y segundo grado, de las asociaciones civiles deportivas de representación nacional y superiores. ¿Qué “pollo” tendrá Macri para alguna de ellas, que estará alcanzado por la restricción vigente y no puede presentarse para otro mandato? 



Me caigo de culo: ¿vos decís que con una cosecha no solo no nos salvamos, sino que retrocedemos 12 años?

¿Y para esto levantamos el “cepo”, eliminamos las retenciones, devaluamos, eliminamos los cupos de exportación, para que el campo no derrame? Dolor Biolcatti.



¿Esta señora no tendrá miedo de que si prospera la demanda civil en su contra finalmente averigüemos de que vive y como puede sostener su estilo y glamour, no, tendrá todos los papeles en regla?



Pará, pará, pará: ¿vos me estás diciendo que el tipo es presidente y no se pasa todo el día en reuniones con sus ministros y funcionarios, o inaugurando obras, haciendo anuncios de planes de gobierno, o recorriendo el país para tomar contacto con su pueblo y sus necesidades?

¿No será un presidente trucho, de juguete, no?



O sea que para que los yanquis finalmente aceptaran comprarnos los limones, tuvo que venir una empresa de ellos acá, para poder venderlos y quedarse con la ganancia, además de llevarse las divisas por las exportaciones.

Ah, no cierto, que eso lo puede hacer cualquier empresa, porque el gobierno se los permitió. Es al pedo: lo de estos tipos es negociar, en eso no hay con que darles.



Aumentaron las tarifas una bocha, porque de ese modo las empresas iban a poder hacer las inversiones para mejorar los servicios, pero el plan se cumplió solo a medias: más precisamente en la parte de aumentar las tarifas, el resto lo vamos viendo.

Eso sí: si las seguimos aumentando por lo menos por tres años más (o tres segundos semestres, que es lo mismo), veremos la luz al final del túnel, y tendremos mejores servicios. Eso, si no hay cortes.



No sé como lo verán ustedes, pero desde acá tiene toda la pinta de una extorsión, y para ser más precisos, exitosa. Lástima que no la hizo Baradel, si no la leona Vidal le caía encima con todo.



Y con esa sagacidad investigativa queremos que avancen las causas contra la corrupción, así no se puede. Ojo: no habría que descartar el uso de armas químicas por parte de un comando mapuche iraní-venezolano entrenado por la Cámpora, para que los kukas zafen de los juicios.



Déjame adivinar: los salarios le van a ganar a la inflación, por goleada. O en definición por penales, pero lo importante es que los tres puntos (de inflación) queden en casa.

¿Es una impresión nuestra nomás, o este muchacho tiene una irrefrenable compulsión por que lo caguen a piñas apenas lo vean en la calle?




Para variar, la UCR yéndose antes de un gobierno. 

Ya van a buscar la forma de echarle la culpa al peronismo.

jueves, 24 de enero de 2019

APOYAR GOLPES DE ESTADO, ESA COSTUMBRE MACRISTA


Todos los gobiernos democráticos argentinos, antes y después de 1983, de todos los signos políticos, respetaron a rajatabla los principios de libre autodeterminación de los pueblos, igualdad soberana y no ingerencia en los asuntos internos de otros Estados: se forjó así una constante de nuestra política exterior, que solo las dictaduras militares dejaron de lado.

El gobierno de Mauricio Macri en el caso de Venezuela y desde que asumió, ha quebrado esa tradición, alineándose con la de las dictaduras, con las cuáles tiene cada día más puntos de contacto, aun con legitimidad de origen. En campaña la referencia constante al país de Chávez y el proceso de la revolución bolivariana fue un recurso discursivo tendiente a captar votos, pero una vez en el poder, se convirtió en uno de los pilares del relato macrista, a despecho de la vergüenza que causa su seguidismo obsecuente de la política exterior de los Estados Unidos.

La Argentina carece de peso específico para influir con su posición en la resolución de la crisis venezolana; que por principio compete primordialmente a los venezolanos, conforme a los principios antes señalados, históricamente respetados por nuestro país. Eso es así tanto por los poderes de escala mundial que se enfrentan en el caso Venezuela (los Estados Unidos de Trump y la Rusia de Putin), como porque el propio Macri se encargó, con su lacayismo consecuente, de disminuirlo: en tándem con todos los gobiernos de derecha de la región contribuyó concienzudamente a dinamitar todas las instancias de integración y cooperación regional (la UNASUR, la CELAC y el MERCOSUR), que podrían haber jugado un rol importante en la solución del problema, como lo hicieron antes en otros países, como Ecuador y Venezuela.

En ese contexto y viniendo de un gobierno que fue el primero del mundo en reconocer el gobierno de Témer en Brasil, surgido del golpe parlamentario contra Dilma Rousseff, no puede sorprender esta nueva muestra de cipayismo y alineamiento incondicional con los dictados de la potencia mundial; que vuelve a poner los ojos en su patio trasero, dispuesta a hacer valer su influencia para abortar todo brote de populismo, y a meter sus pezuñas en recursos naturales estratégicos, como el petróleo.

Macri apostó todas las fichas al alineamiento incondicional con las estrategias de la política exterior yanqui por convicciones ideológicas, y por necesidades concretas: hoy por hoy su gobierno se sostiene por el salvataje financiero descomunal recibido del FMI, que no hubiera sido posible sin el apoyo político de la administración Trump; y sigue creyendo en un crecimiento basado en la "lluvia de inversiones extranjeras", que es como la línea del horizonte, que se corre conforme uno avanza. Así como antes apostó a que esas inversiones llegaran capitulando frente a los reclamos de los fondos buitres, dando por tierra con el avance logrado por el país en las Naciones Unidad durante el gobierno de Cristina, para adoptar principios de reestruturación de las deudas soberanas de los Estados, de un modo compatible con su desarrollo y crecimiento con justicia social.

Ideologismos rígidos y abandono de los auténticos intereses nacionales, en pos de los objetivos políticos concretos de un gobierno: los viejos vicios de la política exterior de los gobiernos de derecha, que ellos les atribuyen a los populismos, sin ruborizarse. La política exterior soberana e independiente, otra institución democrática que tendremos que recuperar los populistas, después de que la destrocen los republicanos. 

Al mismo tiempo que se sumaba ansioso al club de "defensores de la libertad venezolana", Macri expedía un bando propio de una dictadura militar (otra vez las semejanzas, que ya son tantas que excluyen meras coincidencias), para habilitar la cacería judicial de opositores políticos, vulnerando groseramente la división de poderes, la presunción de inocencia, la propiedad privada, las garantías de la defensa en juicio y media Constitución Nacional; esos dogmas sagrados de los que nuestros liberales se acuerdan cuando son oposición, para olvidarlos de inmediato cuando llegan al gobierno.

No hay contradicción alguna entre ambas cuestiones, como que son las dos caras de una misma moneda: el hostigamiento diplomático contra el gobierno de Maduro y el apoyo abierto contra el golpe de Estado en su contra que está en curso (porque de eso se trata, ni más ni menos), son perfectamente compatibles con el uso indiscriminado de las herramientas jurídicas y pseudo jurídicas del "law fare" diseñadas en el país del norte, en contra de los opositores políticos; y con un profundo desprecio por la voluntad popular, a menos que los favorezca a ellos: para eso, ya están embarcados en orquestar un fraude electoral, por si les resulta necesario para mantenerse en el poder.

El derrocamiento de Zelaya en Honduras, el de Lugo en Paraguay, los intentos contra Corre en Ecuador y Evo en Bolivia, el decreto de Obama declarando a Venezuela una amenaza para la seguridad nacional de los Estados Unidos, la destitución de Dilma, la prisión de Lula, la abierta injerencia de los fondos buitres en la campaña Argentina del 2015 (con la denuncia de Nisman y su propia muerte como telón de fondo), la persecución a Cristina con base en jueces, ministros y servicios de inteligencia que reportan a la embajada, la designación del carcelero de Lula en el gabinete de Bolsonaro: para los que descreen de las visiones conspirativas de la historia, no se podrá negar que se trata de demasiados hechos que van en una misma dirección, como para descartarlas tan a la ligera.

El conflicto político en Venezuela (que todo indica que irá escalando imparablemente) tiene ya demasiadas manos extranjeras en el plato, como para suponer que su solución esté, hoy por hoy, exclusivamente en las manos de quienes debiera estar, que son los venezolanos: ellos lo pusieron a Maduro en su cargo con su voto, y ellos deberían sacarlo de él por la misma vía, si esa es su decisión. En ese concepto tan sencillo y elemental se basaron más de 100 años de política exterior de los gobiernos democráticos argentinos.

Pero el entuerto venezolano también arroja conclusiones para adentro: la rapidez con la que Massa, Urtubey y Pichetto salieron en fila a alinearse incondicionalmente con la posición del gobierno, que es la de los Estados Unidos y su embajada, dice bastante sobre las reales condiciones de posibilidad de la famosa "unidad hasta que duela, con todos adentro". Y no se trata simplemente de la mayor o menos simpatía o afinidad ideológica que despierten Maduro y el proceso de la revolución bolivariana; sino simplemente de respetar principios esenciales que están en el ADN del peronismo, ese que estos personajes reivindican para sí, y le niegan a Cristina.

Personajes que parecen empeñados en dejar en claro que, como se dijo acá, de haber estado en 1945, hubieran optado por Braden, frente a Perón. Acaso es la forma que eligieron para dejarnos en claro, con todas las letras y más allá de lo que pensemos nosotros al respecto, que no les interesa unirse, y menos para ganarle a Macri; o para hacer algo distinto a lo que él está haciendo, en todos los planos.

Mientras tanto Macri parece dispuesto a reconocer un golpe de Estado apenas lo ve, algo en lo que los argentinos deberíamos ser expertos. El problema es que él los apoya.