LA FRASE

"POR AHORA NO ESTAMOS PIDIENDO AUTORIZACIÓN PARA QUE LA POLICÍA PUEDA USAR LA PICANA Y EL SUBMARINO, ANTES VAMOS A VER COMO FUNCIONAN LAS REFORMAS QUE PLANTEAMOS." (PABLO COCOCCIONI)
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sábado, 15 de octubre de 2016

APARECIÓ EL IDEÓLOGO DE GERARDO MORALES


Tal parece que el gobernador de Jujuy decidió seguir el consejo del profesor, y empezó a "colaborar" para lograr "una renovación profunda de la dirigencia".

Al que lea la nota completa en la tribuna de doctrina y encuentre referencias al "fraude patriótico", las dictaduras militares o el saqueo del Estado por los grandes grupos económicos (como el propietario del diario, o el de la familia presidencial) como problemas para el país, se le agradecerá reportar el hallazgo.

Y escribiendo en la tribuna de doctrina, no extraña que hablando de los gobiernos del mitrismo y la generación del 80 diga lo siguiente: "En el siglo XIX, la construcción de la Argentina moderna se desarrolló en un contexto de consenso -luego llamado "liberal"- que facilitó los acuerdos. Este clima tolerante comenzó a cambiar a fines del siglo... ".

La muerte del Chacho Peñaloza, la guerra del Paraguay, las expediciones de los procónsules mitristas al interior y la "campaña al desierto" son muestras del "consenso" y el "clima tolerante" de esos tiempos.

Una pena que después vinieron los radicales a quebrarlo reclamando el sufragio libre, y más tarde el sindicalismo, cuyos "...objetivos son de corto alcance: mejoras salariales para sus afiliados...", en la pluma del profesor.

Para quien radicales y peronistas, a su turno "...le agregaron una nueva dimensión: expresar al "pueblo nacional", encabezado por un líder y enfrentado con una oligarquía multiforme. El populismo nacionalista fue democrático, plebiscitario, autoritario y antiliberal, con tendencia al unanimismo y la dictadura. Desde entonces, nuestra cultura política se caracteriza por su facciosidad, y quienes creen en el pluralismo y las instituciones son una minoría.

Y uno que hubiera pensado que las instituciones naufragaron cuando los grupos del poder económico utilizaron a las fuerzas armadas para derrocar gobiernos tradicales o peronistas "con tendencia al unanimismo y la dictadura".

Pero debe ser de ignorantes que somos nomás.

martes, 2 de septiembre de 2014

LOS GOBIERNOS RADICALES, EN CAMBIO, SIEMPRE TERMINAN BÁRBARO


¿Se puede seguir avanzando en la lectura de ésta columna después de semejante título y semejante comienzo?

En el que además de comparar a Cristina con Hitler, nos enteramos que el gobierno caído en el 2001, era peronista.

Y encima si seguís, te encontrás con que (según Romero) en el 55', la oposición fue empujada por el peronismo a pedir un golpe militar.

O esto otro: "El primer peronismo no terminó con un cataclismo, sino por largo desgaste.".

Acá van las imágenes del "largo desgaste":



martes, 22 de julio de 2014

"MI UNICORNIO SOCIALDEMÓCRATA AYER SE ME PERDIÓ, PASTANDO LO DEJÉ, Y DESPARECIÓ"


El inefable profesor Romero (un amigo de la casa) nos regala en La Nación de hoy otra de sus imperdibles columnas sobre su tema favorito: la añoranza del Unicornio socialdemócrata, un mítico animal político que encerraría todas las virtudes posibles en ese campo, pero que por una extraña maldición nunca lograría ponerlas en práctica.

La fe del profesor en la criatura es inconmovible: la propia columna comienza constatando la decepción profunda (y el fracaso ostensible) de las socialdemocracias europeas, algo así como el "metro patrón" en términos de referencia política para gente como Romero; y sin embargo no se amilana.

Tanto que en su visión convierte al defecto en virtud, y sugiere que los argentinos estaríamos mucho mejor si nuestros debates políticos giraran en torno a las cosas que hoy discuten los europeos, pero ni para eso nos alcanza vean: el país (nos dice Romero) está devastado, la economía desquiciada, el Estado ha desertado de sus funciones esenciales (que curiosamente se priva -y nos priva- de puntualizar cuáles serían), la sociedad está escindida (la famosa "grieta") , y nos hemos quedado sin república  ni Estado de derecho.  

Inútil será buscar argumentos que justifiquen con datos y hechos concretos cada una de esas afirmaciones, probablemente por el espacio de la columna; que lo puso al profesor en el doloroso deber de adjvetivar para que lo aplaudan los lectores de la tribuna de doctrina, antes que a argumentar para sostener lo que dice: al revés de lo que dice la publicidad, pertenecer (en éste caso al selecto grupo que escribe en el diario de Mitre, y que integran lumbreras como Majul), tiene sus costos.

Lectores de La nación que deben leer con lágrimas en los ojos que estamos en una "cleptocracia" tal como se decía del primer peronismo; esa bestia negra que inventó la corrupción y trajo todos los males que aquejan al país; y que casi 70 años después, sigue siendo incomprensible para ellos, y para el profesor: ¿cómo es posible que un pueblo culto como los argentinos hayan sido engañados durante tantos años por semejante esperpento.

Como para que no queden dudas, la nostalgia por la socialdemocracia perdida del profesor se remonta no ya al breve ciclo alfonsinista (del que reconoce que "falló en el costado social", pero un error lo puede tener cualquiera al fin y al cabo); sino a la mismísima Unión Democrática de 1946: si ganaba Tamborini, otra hubiera sido la historia. 

Sin embargo como se dijo, no todo es decepción y pesimismo: Romero ve alumbrar una esperanza para los argentinos, y aunque no la mencione por su nombre (es mejor apelar a entidades gaseosas o del terreno de la mitología, como la socialdemocracia), es obvio que se refiere al rejuntado FAUNEN; al que no descarta incluso integrar a Macri. "Hará falta una única fuerza política, consistente y convencida, que derrote al gatopardismo peronista y que pueda enfrentar las reacciones generadas por cualquier reforma", dice el profesor; acaso sopesando que algunas de las soluciones "socialdemócratas" con las que sueña requieran algo más que diálogo y consenso para poder implementarse.

Con una fe rayana en la candidez, Romero pretende que creamos que en ese rejuntado se depositan la sensibilidad social y el "aprecio por el saber técnico y burocrático", como si todos los problemas (políticos, sociales, económicos) del país se redujeran a un simple problema de experticia en determinados asuntos de la administración de la cosa pública.

Del mismo modo que en su lectura de la historia argentina no hay grupos económicos actuando para defender intereses concretos, y sólo fuerzas políticas que pugnan en los espacios institucionales; o del mismo modo en que le baja al precio a la influencia del partido militar en la generación de nuestras desgracias para ponerlo en el peronismo; Romero lee la experiencia socialdemócrata (sea lo que eso signifique en definitiva) aquí y en Europa, hoy y en el pasado, con la misma miopía con la que se le escapa como observador la cuestión del poder; cuestión esencial si las hay en política.

Y que está en el meollo del fracaso de la socialdemocracia europea, que se produjo no porque carecieran de técnicos capaces, sino porque los partidos y coaliciones que la encarnan jamás se atrevieron siquiera a amenazar con lesionar los intereses de los grupos más concentrados del poder económico capitalista; y por eso terminaron como terminaron: replicando la agenda, los discursos y las políticas de la derecha conservadora y liberal, y hoy amenazados por autoritarismos varios, neonazis incluidos. 

Analizar los últimos años de nuestra historia sin comprender esta dinámica, lleva a disparates como los que plantea Romero a futuro: suponer que un rejuntado de vanidades personales sin consistencia política alguna (como el FAUNEN, incluso con la adición del PRO) estaría en condiciones de encarar las transformaciones pendientes que el país demanda para resolver sus principales problemas.

Y sobre todo, suponer que tendría la voluntad política de encarar en serio la cuestión del poder más allá de los cánones estrictamente institucionales, para enfrentar al poder económico en tanto éste condiciona al poder democrático, cuando su praxis política reciente indica más bien todo lo contrario.

Repásense en tal sentido (en una enumeración no taxativa) el conflicto con las patronales del campo, la discusión de la ley de medios, la disolución de las AFJP o el actual entuerto con los fondos buitres, y véase la conducta seguida en cada caso por el grueso de la oposición al gobierno nacional (ése en el que Romero deposita sus esperanzas); para concluir en que sostener que el futuro de la Argentina pasa por el Unicornio socialdemócrata es -lisa y llanamente- un disparate.   

miércoles, 20 de noviembre de 2013

EN OBLIGADO, EL PROFESOR ROMERO HUBIERA ESTADO EN LOS BARCOS INGLESES


Sobre el significado del Día de la Soberanía Nacional que se celebra hoy en conmemoración de la Vuelta de Obligado, leemos en Infobae el contrapunto entre Luis Alberto Romero y "Pacho" O'Donnell.

Según nos cuenta el inefable profesor, no se entiende porqué conmemoramos hoy el día de la soberanía nacional, celebrando "como si fuese una victoria algo que objetivamente fue una derrota militar". "Podemos decir que fue una derrota honrosa –matiza-, que somos ganadores morales y todo eso, pero de hecho es que se intentó impedir el paso de las naves inglesas por ese sitio del río Paraná, pero las naves cortaron las cadenas y pasaron igual. Y vino esta cosa loca de transformar una derrota en victoria". 

Tampoco le cae bien a Romero que, en referencia a la batalla de Obligado y el conflicto con los ingleses, se use la palabra "nacional", "porque en esa época la Nación todavía no estaba constituida, había provincias, y particularmente en este caso lo que estaba defendiendo el gobierno de Rosas era algo que tenía que ver exclusivamente con los intereses de la ciudad de Buenos Aires y su puerto, es decir, mantener el monopolio del comercio con el resto de las provincias. Lo que querían hacer los barcos ingleses era aplicar la doctrina que en aquellos momentos estaba desarrollándose en el mundo de la libre navegación de los ríos para vincularse directamente con Corrientes donde fueron muy bien recibidos".

Es decir entonces que la nación solo empezó a existir cuando se dictó la Constitución de 1853 (habérselo dicho a Belgrano y San Martín), que empezó declarando la libre navegación de los ríos; o sea concediendo en su letra lo que los gauchos de Obligado negaron con su sangre, pero eso sí: en el marco de una apertura a la civilización europea; la versión de entonces de la globalización.

Que zonzos Rosas, Mansilla y aquéllos gauchos (entre ellos los santafesinos, que pelearon en Tonelero, Quebracho y otras acciones a lo largo del Paraná contra los invasores), que no comprendieron que lo único que querían los ingleses y franceses, era hacernos llegar los beneficios de una civilización más avanzada. Que hayan empezado por los obuses de los cañones Peysar lanzados sobre las barrancas de Obligado, al profesor le parece apenas una anécdota. 

También cuestiona Romero la elección del feriado del 20 de noviembre (lo que se hizo por el Decreto 1584/10 de Cristina, porque el Día de la Soberanía Nacional está establecido por la Ley 20.770 de 1974), como una instrumentación política del gobierno: "Más que una cuestión nacional fue una cuestión de la provincia de Buenos Aires. Transformar una derrota en victoria y una cuestión ceñida al interés de Buenos Aires en una causa nacional forma parte de este gran mito de la historiografía revisionista".

Ya se sabe que el monopolio de las decisiones en esa materia las tienen los historiadores, sobre todo si corresponden a la escuela de Mitre y (ya en tiempos modernos) del "maestro" Halperín Donghi. ¿Qué es eso de que se anden metiendo el Congreso y la presidenta con el calendario conmemorativo de los feriados y fechas patrias?

Cuestiona también el profesor la importancia que se le da a la fecha, que no tiene la misma envergadura de las que conmemoran las batallas claves por la independencia, o el 25 de mayo. Lo atribuye a "un caso muy típico del revisionismo que el oficialismo adoptó como política propia. Forma parte de esa línea discursiva del gobierno de hacerse cargo de la versión revisionista de la historia y convertirla en versión oficial; forma parte de un estilo muy característico de la política discursiva del gobierno esta especie de grandes falsedades convertidas en actos heroicos. Son las visiones míticas de la historia que tienen una función política, y el trabajo de los historiadores es pinchar los globos"."

A esta altura ya uno se pierde en las cavilaciones del profesor, y no sabe si está mal festejar el Día de la Soberanía Nacional el 20 de noviembre en conmemoración de Obligado, o lo que está mal es dedicar un día al año, para conmemorar la soberanía nacional y reflexionar sobre ella. O si está mal pretender ser soberanos, vaya uno a saber.

Lo de "pinchar globos" es curioso porque parece que no se aplica a todos los casos, por ejemplo a derribar los mitos construidos (con claros y definidos propósitos políticos) por la historiografía liberal, en la formación de la nación que el profesor Romero añora y venera.

Sarmiento decía -con su brutal sinceridad- que en historia y si conviene a los propósitos políticos, "si hay que mentir se miente", y que la versión que los vencedores de Caseros construyeron de nuestra guerras civiles estaba "llena de inexactitudes y mentiras a designio". 

Mitre le devolvió a Adolfo Saldías (que lo admiraba, y tenía por referencia insoslayable en temas históricos, como todos en su tiempo) su obra sobre Rosas y la Confederación Argentina (en la que por ejemplo analizaba la acción de Obligado, y los conflictos del Restaurador con las potencias europeas), con una carta en la que decía "Si por tradiciones partidistas entiende usted mi fidelidad a los nobles principios por que he combatido toda mi vida, y que creo haber contribuido a hacer triunfar en la medida de mis facultades, debo declararle que conscientemente las guardo, como guardo los nobles odios contra el crimen que me animaron en la lucha. Admito, como Lamartine, que las víctimas se den el abrazo de fraternidad sobre las tumbas de sus verdugos, pero pienso que el odio contra los tiranos es una fuerza moral, y pretender extinguirlo en las almas es desarmar a los pueblos y entregarlos como carneros sin ira en brazos de una cobarde mansedumbre". 

De hecho, la disputa que hoy plantea Romero por la importancia de Obligado y porque se celebre un Día de la Soberanía Nacional conmemorando aquel hecho no tiene tanto que ver con una disputa académica o de escuelas historiográficas, como defender una idea de país; que tiene que ver más con ciertas formas jurídicas institucionales, que con los atributos profundos que definen a una nación: pueblo, territorio, soberanía, proyecto colectivo y compartido, afirmación de identidad ante el mundo; aun desde la pluralidad interior.

Y sobre la importancia histórica del combate de Obligado (que Romero minimiza, o por lo menos pone en duda), fue el propio San Martín (que algo sabía de soberanía, independencia y lucha por la construcción de la nación) el que dijo: "Los interventores habrán visto que los argentinos no son empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca: a un tal proceder no nos queda otro partido que el de no mirar el porvenir y cumplir con el deber de hombres libres, sea cual fuere la suerte que nos depare el destino; que por mi íntima convicción, no sería un momento dudosa en nuestro favor,  si todos los argentinos se persuadiesen del deshonor que recaerá sobre nuestra patria, si las naciones europeas triunfan en esta contienda, que en mi opinión es de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de la España."

lunes, 30 de septiembre de 2013

GENTE RAZONABLE


La columna del inefable profesor Romero en La Nación del viernes no es sino otra vuelta de tuerca sobre lo que es su obsesión: la vuelta a un país idílico, de cuentos de hadas, que sólo existió en su imaginación (¿será él el que le dio la idea a Binner del "país normal"?).

Situado históricamente más o menos entre la batalla de Pavón en el siglo XIX, y la aplicación de la Ley Sáenz Peña en el siglo XX, con el triunfo de Yrigoyen.

De allí en adelante, la Utopía de Romero habría funcionado (en la mente de Romero, claro está) durante los gobiernos de Illia y Alfonsín, y nada más.

El resto (sobre todo el peronismo, que para él fue sin dudas peor que los gobiernos militares) fue una larga pesadilla, donde perdimos todo: la sociedad, la cultura, el respeto y el Estado; una preocupación recurrente en Romero.

Un Estado idealizado y onírico, que vive del aire, gira en el aire y no interactúa con nadie: en el mundo ideal del profesor Romero no hay poderes corporativos, con lógicas de intereses contrapuestas a las de los poderes institucionales de la democracia, y el Estado perfecto (puro, racional) actúa casi como un autómata, asignando bienes públicos con equidad y justicia como si los repartiera una computadora, para no caer en la discrecionalidad o el favoritismo.

Como siempre dudamos si Romero realmente cree en lo que dice, estaría bueno que señalara cuando funcionó así el Estado en la Argentina; o en cualquier otro lugar del mundo, así aprendemos.

Pero el profesor está contento porque avizora el fin del kirchnerismo, y por ende una era mejor para el país: la de la gente razonable.

Con lo cual los últimos diez años de nuestra historia (como lo fueron en su momento los casi diez años del primer peronismo) son desterrados de la racionalidad, asimilados como una pesadilla: un país de locos, gobernado por un par de locos (ahora, Néstor y Cristina), respaldado con el voto de millones de otros locos que -contra toda lógica racional- insistimos en acompañar un proyecto político que es poco menos que un delirio, un disparate.

Y las líneas troncales de ese proyecto -no podía ser de otra manera- no responderían a ningún principio racional, de modo que cualquier gobierno futuro que se precie de ser mínimamente cuerdo, deberá abandonarlas para volver a la normalidad y la sensatez que añora Romero.

Cuya visión está exenta de todo descenso a la realidad concreta y cotidiana, que se apoye en datos empíricos concretos, es casi abstracta: advirtamos que apunta la consolidación de la pobreza (contra toda la evidencia que anota su drástico descenso en los últimos años) y la perpetuación del clientelismo estatal, cuando el principal programa con el que el Estado kirchnerista aborda hoy la pobreza y la indigencia (la asignación universal por hijo) tuvo -desde su misma gestación, pasando por su implementación desde el 2009 para acá- una impronta absolutamente alejada de todo clientelismo; y vinculada a la consagración de un derecho, universal para todos los comprendidos en las pautas del programa.

Si alguno detecta cierto tufillo elitista en los conceptos del pofesor Romero, tiene buen olfato porque eso son: la expresión de un absoluto desprecio por la democracia real, en nombre de la supuesta perfección de una democracia imaginaria. 

Tanto que si se raspa un poco en las trilladas ideas del profesor, se encontrarán no pocas analogías y parangones con las proclamas fundacionales de todos los golpes de Estado de nuestra historia; que siempre se hicieron en nombre de la construcción de una mejor y más perdurable democracia.

No es de extrañar que, aun proviniendo de tradiciones políticas presuntamente diversas (habrá que ver cuanto, porque se puede intuir una común devoción a un mismo panteón histórico), el planteo de Romero tenga muchos puntos de contacto con lo que dijo Macri y acá explica muy bien Gerardo; sobre que el kirchnerismo es el proyecto político más autoritario de los últimos 50 años, salteándose incluso las dictaduras varias que hubo en el medio. 

La apelación del profesor a la unidad de los razonables -deponiendo sus aspiraciones y diferencias- tiene también tufillo a Unión Democrática, aun cuando le preocupa que la sucesión presidencial se resuelva dentro del peronismo.

Mejor aun: pareciera que Romero está evocando a los espectos de la Junta Consultiva que presidiera el almirante Rojas en la Fusiladora; formada ella por hombres a los que Romero no vacilaría en calificar de razonables. 

miércoles, 10 de abril de 2013

¿ERA NECESARIO PROFESOR...?


...extremar su cipayismo visceral hasta el extremo de cagarse en los muertos del Belgrano escribiendo ésto?

¿Ese es el precio que hay que pagar en La Nación para seguir siendo columnista, o el que usted cree necesario pagar para conseguir alguna beca de intercambio con universidades inglesas, o una cátedra allá para hablar a favor de los kélpers?

No se esconda detrás de la crítica "al enano nacionalista" para disimular lo que es, profesor: un desclasado hijo de puta, que para colmo enseña Historia.  

Nos preguntamos si habrá alguna autoridad de las universidades en que usted enseña que entienda que éste tipo de cosas ameritan alguna respuesta, o si -bajo el pretexto de la libertad de expresión- cualquiera puede decir cualquier cosa, con absoluta impunidad.

martes, 26 de febrero de 2013

EL PROFESOR DISTRAÍDO


La verdad que los referentes de La Runciman no dejan de sorprender: cuando ni siquiera los EEUU (aliado sempiterno de los ingleses, socios claves en la OTAN) van a reconocer el resultado del referéndum kelper, a él lo maravilla; y desearía poder viajar a las islas para ver el sueño de Rousseau, hecho realidad.

Es difícil resistir la tentación de calificar a Romero como cipayo, a secas, leyendo esta columna de hoy en la tribuna de doctrina, pero lo cierto es que es más difícil aun encontrar un calificativo más adecuado.

Es curioso que el profesor vea la concreción del sueño de Rousseau (aquél del contrato social sustentado en la voluntad popular, uno de los teóricos de lo que sería la Revolución Francesa y la abolición del antiguo régimen) en un referéndum del que participarán ciudadanos de segunda de una monarquía con veleidades imperiales (aun en su decadencia), y que, si todo concluye como parece, habrán decidido seguir siendo exactamente eso: ciudadanos de segunda, de una colonia alejada, de una metrópoli monárquica con nostalgias imperiales.

Y que no respete en cambio el ejercicio de esa misma voluntad popular (fundante del contrato político y del pacto de convivencia social) en su propio país; por considerarla mediatizada por el clientelismo, omitiendo los ominosos años del fraude en su raconto de nuestra historia; como lo hiciera en ésta otra columna inolvidable.

Probablemente se distrajo el profesor, o se confundió. Tanto que omite que no es éste gobierno (al cual él le tiene tirria, y no le asigna ni siquiera el status de democrático) el que niega que los kelpers sean "pueblo" que pueda ejercer su autodeterminación sobre un territorio: tal ha sido la tesis de todos los gobiernos argentinos, desde 1833, y la opinión de las Naciones Unidas desde -por lo menos- la Resolución 2065 de 1965 (gobernaba Illía, caro a los afectos del profesor, insospechado de pulsiones nacionalistas insanas).

Por esa razón es que se insta a la Argentina y el Reino Unido a negociar la soberanía de las islas, algo que hasta acá no ha sucedido, justamente porque los ingleses se niegan; y se niegan, profesor, porque los imperios no negocian, a menos que se vean obligados por la fuerza a hacerlo.

Así que, cuando de preservar el sueño imperial se trata, ya puede usted saber donde se lo meten a Rousseau y su sueño del contrato social.

¿Por qué no convocan a un referéndum a ver si los ingleses quieren seguir viviendo bajo una monarquía, por ejemplo?

Dice el profesor: "Cada Estado se asignó derechos sobre un territorio deseado, que era nacional por esencia. Una generalización de la idea de la "tierra prometida". Para concretar sus ilusiones, los Estados guerrearon. Ganaron y perdieron, y a algunos les fue mejor que a otros. Pero a diferencia de los tiempos dinásticos, los derrotados no aceptaron la pérdida de algo que se había convertido en esencial para la nación. Cultivaron el revanchismo y el irredentismo, que fue un potente motor de los nacionalismos.

El Estado argentino formó su territorio ganando y perdiendo. Pudo haber incluido la Banda Oriental o Paraguay, y pudo no haber tenido la Patagonia. Pero el resultado final, hacia 1880, fue presentado como la concreción de un designio trascendente. Como la Argentina era un país de inmigración, la naciente idea de nacionalidad arraigó más naturalmente en el territorio, cuya argentinidad era más fácil de sostener."

El profesor añora aquéllos tiempos de las monarquías, que se desangraban en los campos de batalla peleando por el territorio, pero luego eran capaces de sentarse civilizadamente a una mesa, a ver como se repartían el resto del mundo, en áreas de influencia.

No como acá, donde por ejemplo los pueblos originarios insisten en rechazar la celebración del 12 de octubre, o en no rendirle homenaje a la estatua de Roca en Bariloche; en lo que al profesor le debe parecer un claro signo de inmadurez política.

Y sigue diciendo el profesor: "La Constitución argentina afirmó, en 1853, que el pueblo argentino incluía a todos los que quisieran integrarlo, sin distinciones, siempre que aceptaran la ley común. Estableció un régimen representativo y republicano, fundado en la voluntad popular, pero con límites a la arbitrariedad de las mayorías. El Estado agregó una dosis moderada de nacionalismo cultural, enseñado en la escuela, que contribuyó a dar cohesión a una sociedad aluvial."

Ay profesor, la Constitución del 53' no decía una coma sobre el sufragio, si era obligatorio o voluntario, calificado o universal; y prohijó un régimen fraudulento durante casi 60 años, hasta la sanción de la Ley Sáenz Peña, y la "república posible" de Alberdi no era lo que se dijera un modelo de inspiración roussoniana; y no establecía límites a la arbitrariedad de las mayorías (sería bueno que hubiera precisado cuáles profesor: ¿la prohibición de la reelección presidencial tal vez?): para el texto alberdiano, las mayorías no contaban, simplemente, como sujeto de la acción política.

Por eso el fraude se combinaba con el voto voluntario, la promoción de una masiva inmigación (que no se nacionalizaba, ni participaba de los debates políticos) y la elección indirecta del presidente y los senadores, pero todo eso usted debería saberlo -como que enseña nuestra historia-, a menos que esté distraído, con el experimento roussoniano de los kélpers.

Pero aun esa misma Constitución, profesor, inhibe hoy que en la Argentina pudiese existir un referéndum "roussoniano" como el de los kélpers, por el cual por ejemplo los catamarqueños o los formoseños, decidieran libremente si quieren seguir siendo argentinos: sería considerado un acto de sedición.

Y que decir de la "moderada dosis de nacionalismo cultural" agregada por el Estado argentino a partir de 1880: sólo existió en su imaginación profesor, bien sabe usted que el dogma sarmientino de "Civilización o Barbarie" fue el apotegma fundante de la pedagogía del sistema educativo nacional.

Que la Ley 1420 -al promover el laicismo y la gratuidad de la enseñanza- haya sido un elemento de cohesión social, no quita que la orientación ideológica de la ecucación (como la de la enseñanza de la historia, su ramo profesor, debería saberlo) haya tenido el propósito definido de desnacionalizar, y evitar por todos los medios el surgimiento de algo parecido a una identidad nacional, que no tuviera que ver con el experimento social y político puesto en marcha después de Pavón.

Que incluyó (como una pieza central) una relación privilegiada con el imperio británico (privilegiada para ellos), que hizo que, por más de 100 años, el reclamo por Malvinas quedara olvidado, porque los beneficios concretos que la "asociación particular" entre el imperio y la semi colonia eran para las oligarquías argentinas, mucho más importantes que unas islitas perdidas en el Atlántico sur.

Cosas que el profesor probablemente olvidó, distraído con la posibilidad de ver en vivo y en directo, la concreción del sueño de Rousseau.

Apúrese profesor y a lo mejor consigue pasaje a las islas; y si no consigue el de vuelta no se preocupe, allá lo van a valorar mejor que acá seguramente.

Los ingleses (por eso son al fin y al cabo los kélpers, de segunda, pero ingleses) siempre supieron apreciar a la buena servidumbre.   

martes, 25 de septiembre de 2012

EL DISCÍPULO QUIERE SUPERAR AL MAESTRO


Uno de los pontífices máximos de la historiografía oficial actual, el profesor Romero, analiza en ésta columna de opinión de La Nación de hoy los cacerolazos del jueves 13 y el título de la nota es aleccionador: la "calle" ha formulado una "advertencia" al gobierno; y abundan además en el texto las evocaciones a la Revolución Francesa (¿una sutil comparación de Cristina con María Antonieta?) 

Abandonando por un momento el rol del historiador que pone la mira en el pasado (aunque la sombra de ese pasado sobrevuela todo el análisis), Romero se zambulle en el presente como un observador que será todo menos neutral: por el contrario es claro que toma posición en la trinchera -de hecho lo viene haciendo cada vez que opina desde esas mismas páginas de la tribuna de doctrina-, lo cual no está mal porque le asiste el derecho; pero no se nos escapa que lo hace desde el pedestal de la autoridad académica, desde el cual busca revalidar lo que no es sino una postura política.

Postura teñida de la más absoluta deshonestidad intelectual, porque al analizar los cacerolazos, el profesor Romero omite toda mención a las consignas abiertamente destituyentes que marcaron el tono de la protesta, como al contexto en que ésta se generó en las redes sociales, o hasta el hecho constatado de la presencia de neo nazis con sus banderas y esvásticas en la convocatoria.

Vean sino lo que subraya al respecto:    


¿Como es, profesor, que no hubo consignas unificadas?

¿O acaso estuvo usted mirando los acontecimientos por la transmisión de TN -la única que hubo, según Lanata- donde se omitió todo testimonio directo de los manifestantes para que no quedaran expuestos en toda su crudeza el racismo, la misoginia, las miserias del odio  y las intenciones golpistas de muchos de ellos?

Manifestaciones de las que por cierto y hasta ahora -doce días después de la protesta- nadie salió a tomar distancia, ni los que participaron de los cacerolazos, ni la dirigencia política opositora que Romero aspira a que tome nota de las protestas, y las exprese. 

¿Qué significa profesor la "advertencia" de la calle, y una futura "tarjeta roja"?

¿Hay que entender que cuando los cacerolos coreaban "andá con Néstor, la p...que te parió" lo que le estaban queriendo decir a Cristina es "posiblemente" una "alusión" a "una negativa a la reelección"?

¿No le deseaban entonces, lisa y llanamente, que se muera, o que se vaya de inmediato, sin respetar ni el pronunciamiento de la voluntad popular, o el mandato establecido por la Constitución? 

¿No es un exabrupto -mayor aun en boca de quien es historiador- comparar con las Madres de Plaza de Mayo y su rol en la dictadura a caceroleros desaforados entre los que estaba Cecilia Pando?

¿No hubo ni hay (antes, durante y después de los cacerolazos) "descomunales descalirficaciones" contra la presidenta, su persona, su gobierno y sus votantes, o sólo cuentan las que supuestamente existieron después y afectaron ciertas pieles sensibles de clase media? 

¿Esta es la seriedad científica con la que el destacado historiador analiza un hecho que tiene frente a sus narices, y que para conocer no necesita zambullirse en archivos y bibliotecas?

Como las consignas unificadoras reales y concretas que tuvo la protesta (además de las motivaciones no explícitas pero reales que la dispararon, de lo que se daba cuenta acá) no convienen a la imagen del ciudadano pacífico, republicano y respetuoso de las instituciones que idealiza el profesor Romero (seguramente puede haber habido algunos así en los cacerolazos, pero ciertamente no dieron el tono a la protesta), directamente los omite: es como si no hubieran ido, y no hubieran cantado lo que cantaron, y pedido lo que pidieron.  

Si hasta alguien insospechada de simpatía con el kirchnerismo como Beatriz Sarlo, y en las mismas páginas de la tribuna de doctrina señalaba acá que: "las críticas kirchneristas a la movilización del jueves se apoyan en datos y citan consignas indiscutiblemente escritas en las páginas de Facebook que propagandizaban la convocatoria. Allí se ha usado el lenguaje del odio contra los planes sociales y la asignación universal ("planes descansar" y "asignación para coger", entre otras frases), que no salió de la cabeza de Cristina, sino de una iniciativa presentada, hace años, por Elisa Carrió. Este despiste ideológico, la antipatía contra la política y el encierro dentro de los propios deseos indican el terreno fracturado en el que se mueve la protesta."

El profesor Romero disfruta desde hace años (más concretamente después del golpe del 55', heredado de familia) del privilegio de ser uno de los historiadores propagandizados por el establishment cultural al amparo del que consideran "nuestro historiador máximo" (Tulio Halperín Donghi), casi como los únicos serios y dignos de ser tenidos en cuenta a la hora de analizar nuestro pasado: una vuelta de tuerca en clave de "historia social" del mandarinato cultural ejercido por el mitrismo durante más de 150 años sobre la lectura del pasado de los argentinos.

Pero si a los historiadores "consagrados" por la superestructura como Romero se los baja del pedestal olímpico en el que los colocan, y se los pone en la perspectiva concreta que ellos mismos asumen (hombre de su tiempo, zambullidos en el barro de la opinión política, y tomando partido), las miserias humanas que todos tenemos quedan más expuestas, y nos dan la talla más o menos exacta del hombre.

Fiel discípulo de quien (como Halperín Donghi) historió la caída del peronismo en el 55' dedicándole apenas cuatro renglones y de soslayo para relatar el bombardeo a civiles indefensos en la Plaza de Mayo por la aviación golpista; uno de los hechos más abiertamente criminales de la historia argentina.

Con su visión parcializada de los hechos involucrados en los cacerolazos pasados (la interpretación es otra cosa, y debe respetarse, a condición de que no se tergiversen los hechos) el profesor Romero parece decidido a superar a su maestro; aunque debamos agradecer que en un contexto de hechos mucho menos dramático que el que entonces relató Halperín Donghi. 

miércoles, 22 de agosto de 2012

EL PROFESOR ROMERO, ENTRE LA OMISIÓN DEL FRAUDE Y LA APOLOGÍA DEL VOTO CALIFICADO


El caso del profesor Romero es uno (no el único) bastante demostrativo de como plantea la derecha argentina (en éste caso La Nación) los términos del debate político; y como sigue funcionando el aparato de la superestructura cultural hegemónica; en la que los medios de masas juegan hoy un papel preponderante en la difusión de pautas de pensamiento, pero sobre supuestos culturales construídos por los medios tradicionales, como la tribuna de doctrina.

Superestructura que -como tan bien describiera Arturo Jauretche- fabrica y dispensa prestigios, amplifica y oscurece voces, a condición de que éstas acepten alinearse al coro, y repetir la melodía sin notas disonantes, aportando (si los tienen) blasones y argumentos académicos, porque eso realimenta la maquinaria.

Como es el caso de Romero (casi un historiador cama adentro del diario de los Mitre, como también le gustaba decir a don Arturo) y ésta nota del diario de hoy, a la que corresponde la captura de pantalla, tan burdamente ilustrada por el diario: por lo menos se hubieran tomado el trabajo de dibujar un chori muchachos, para que el brulote fuera más verosímil. 

Nota en la cual Romero (hay que reconocerlo) intenta hacia el final hacer el esfuerzo por comprender el complejo asunto de las relaciones clientelares en la política, pero en un marco conceptual que -como siempre termina pasando con sus columnas- rinde tributo al núcleo duro de la ideología del diario; como condictio sine qua non que -al parecer- se exige a las plumas que tienen cabida en sus páginas.

A menos que Romero comparta íntimamente esas convicciones (no tenemos por qué descreer de su sinceridad), y por eso encuentra cómodo decir lo que dice, del modo en que lo dice y -sobre todo- desde el lugar en el que lo dice.

Veamos en especial esta parte de la columna, que nos parece resume claramente sus ideas centrales: 


Tras historiar tan prolijamente como permite el espacio de una columna en un diario el funcionamiento de los sistemas electorales en la Europa del siglo XIX, omite estruendosamente (corroborarlo en el texto) la descripción del sistema político argentino entre la sanción de la Constitución en 1853, y la reforma electoral de Sáenz Peña en 1912. 

Casualmente el período de entronización institucional del fraude electoral, coincidente con la implantación del despliegue del modelo de país que Romero (y tantos otros) añora y venera con nostalgia: aparece aquí la ya inveterada deshonestidad intelectual del profesor, que como historiador debiera acertar a explicar científicamente como pudieron convivir durante casi 60 años una idea de Estado y nación progresistas (según sus propios cánones, tantos los de los ideólogos y conductores de ese modelo político, como los de Romero), con un sistema político feudalizado y corrompido por el fraude de una oligarquía autoconvencida de su rol tutelar sobre el resto de la sociedad.

Rol que incluso subyace implícitamente en el diseño constitucional ("el pueblo no delibera ni gobierna"), lo que explica que la república proclamada en el 53' no se preocupara en garantizar debidamente la democracia hasta bien entrado el siglo XX; y no como una concesión graciosa o una convicción de cambio, sino fruto de la lucha cívica del radicalismo.

Pero lo sorprendente de la columna de Romero no termina en el esfuerzo por ocultar el rostro fraudulento del régimen liberal; sino en lo que dice de los efectos de la reforma electoral de Sáenz Peña: no habría tenido efectos en la política y el poder en la Argentina porque hubo revoluciones, dictaduras y proscripciones, y porque Yrigoyen y Perón expresaron variantes plebiscitarias que disminuyeron la importancia de las elecciones. 

Cuesta entender que desde la "academia" se digan tamaños disparates: habría que decirle al profesor Romero que justamente hubo en la Argentina golpes, dictaduras y proscripciones, porque hubo antes una reforma electoral que consagró las garantías para la libre expresión de la voluntad popular; y que fueron justamente esos liderazgos los que marcaron en la historia argentina justamente los puntos más altos de expresión política y electoral de las mayorías nacionales, antes excluidas.

Tamaño error de juicio histórico no es demostrativo de los pocos quilates intelectuales de Romero, sino de su profunda deshonestidad intelectual como se dijo: bajarle el precio a la incidencia política de la reforma electoral tiene por objeto ocultar el hecho palpable de que el modelo de país que el profesor venera sólo pudo imponerse políticamente en la Argentina por el fraude, la proscripción o las dictaduras; jamás bajo el imperio de las reglas de juego democráticas.

Esas mismas reglas de juego a las que él les baja el precio, o que pone en duda que verdaderamente rijan en la Argentina, porque decir que hubo "algunos comicios ejemplares" (el que ganó Alfonsín, la interna peronista del 88' que ganó Menem) es poner en tela de juicio la legitimidad de todos los demás; incluyendo obviamente los que le dieron el triunfo a Cristina con el 54 % el año pasado; un exabrupto conceptual que pinta de cuerpo entero las credenciales democráticas del personaje. 

Que ensaya una no tan sutil defensa del voto calificado, cuando distingue entre un voto inteligente de ciudadanos individuales y racionales (asentados en la pampa gringa) y un voto mediatizado por el clientelismo, predominante en las provincias del interior profundo y en el conurbano bonaerense: que la descripción coincida con las fortalezas y debilidades electorales de oficialismo y oposición nacionales (expuestas con claridad meridiana en los resultados del 23 de octubre), obviamente no obedece a ninguna casualidad. 

Como tampoco es ninguna casualidad que sea justamente desde ese núcleo geográfico de provincias con ciudadanos "individuales y razonables" al decir de Romero, que se haya gestado la revuelta patronal del 2008 que buscaba defender sus rentas extraordinarias, llevándose puestos al gobierno y a las instituciones si era necesario: que no lo hayan conseguido nos les quita la intención de entonces, ni los deseos de volver a intentarlo en cuanto tengan la oportunidad.

Se podría seguir tirando del hilo de las costuras del texto de Romero, para descubrir que fue justamente en esas provincias de la pampa gringa donde el modelo del 53' esperaba recibir un aluvión civilizatorio de Europa (no como el zoológico de cabecitas negras del interior profundo que aparecieron en octubre del 45'); pero cuando vino fue del sur pobre, y con pocas ganas de nacionalizarse para votar; aunque ésto último estaba claro en los supuestos políticos del régimen para mantener bajo su estricto control el poder. Régimen que además apelaba entonces en forma sistemática a las formas de clientelismo que Romero describe con minucia en Europa, pero oculta deliberadamente en el caso argentino.

Como también se podría acotar que fue en ese contexto que se produjo el desarrollo de los  sucesivos partidos que expresaron a los sectores urbanos de clase media (el radicalismo, el socialismo, la democracia progresista), que se revelaron en conjunto incapaces para expresar a los nuevos sectores emergentes de la Argentina moderna hacia los años 40', tanto como lo siguen siendo hoy (ellos y sus sucesores); en términos tanto sociales como de desarrollo territorial.   

Resucitar hoy el dilema sarmientino de civilización y barbarie (apotegma fundante de la cultura hegemónica, como también supo apuntar Jauretche, entre otros) para recluir a los confines de esa barbarie al peronismo (la bestia negra que destroza el sueño de la república liberal) hoy en clave kirchnerista, expresa más que la mecánica reiteración de un catecismo grabado a fuego que poco aporta para la comprensión de los tiempos que se viven. 

El relato histórico de Romero (supuestamente respaldado en su autoridad académica) se alinea así claramente con las premisas políticas de la derecha argentina en ésta hora; que son bajarle el precio al 54 % de Cristina el año pasado (para legitimar el socavamiento constante de su gobierno), y deslegitimar de antemano un probable triunfo del oficialismo el año que viene, que termine generando el clima propicio para plantear el debate por la reforma constitucional y la habilitación de un nuevo mandato para la presidenta.

martes, 31 de julio de 2012

EL PROFESOR ROMERO, UN DISCÍPULO DE MAJUL Y NO DE LOS MÁS AVENTAJADOS


En un punto está bueno que ésta columna de Romero en La Nación de hoy se salga del lugar común de la corrección política de rescatar la figura de Evita aun por parte de sectores claramente gorilas, que la ensalzan en público pero la siguen odiando en privado.

Y está bueno porque termina siendo más respetuoso de lo que fue Eva Perón, una figura política profunda y visceral en sus amores y -sobro todo- en sus odios; alguien poco afecta a las medias tintas y las ambigüedades: casi que los peronistas preferimos que el gorilaje diga de Evita lo que realmente piensa, a que finja respetarla porque la potencia de su figura ha trascendido las épocas, las fronteras y el propio marco del peronismo, y atacarla cuesta caro, porque coloca en lugares incómodos.

Sin embargo son otros los aspectos de la columna de Romero los que nos interesa destacar, como el principio que vemos en la imagen que encabeza el post; y que perfectamente podría hacer que la lectura del texto se detenga allí, porque el tributo que el autor rinde a los lugares comunes del discurso de los medios hegemónicos (que parece así casi como imprescindible para que le abran un lugar en sus páginas) lo desmerece intelectualmente, de un modo tal que nos permite dudar del resto del contenido.

Romero (al mejor estilo Majul, pero sin la gracia de Luisito) apila en una docena de renglones todas las descalificaciones archisabidas de la derecha argentina contra la juventud argentina que se decidió a participar en política estos últimos años, y hacerlo en las filas del kirchnerismo: todos son La Cámpora y La Cámpora son todos, todos son rentados a sueldo del Estado y lo que hacen lo hacen sólo por guita, lo que hacen es ser simplemente la claque aplaudidora de los discursos presidenciales, o forman parte de la red de blogueros financiados por el gobierno para defenderlo en las redes sociales.

No hay posibilidad de que exista vocación política, compromiso militante, adhesión a una causa; ni siquiera se puso a indagar el profesor Romero (urgido por pagar el tributo conceptual al discurso dominante) en que medida son justo esas razones (que él se niega siquiera a considerar) las que hacen que muchos jóvenes de hoy (como pasó también en los 70', por que no) se sientan convocados, expresados e inspirados por alguien como Evita.

Tanta asombrosa falta de capacidad de percepción de un fenómeno contemporáneo (la participación juvenil en política, su incorporación masiva al kirchnerismo), con una visión obstruída por los prejuicios, proyecta dudas sobre las verdaderas calidades del historiador; que antes que un coleccionista de documentos, debe ser un agudo observador de los procesos sociales y políticos, comenzando por aquéllos que tiene al alcance de la mano, porque le son contemporáneos.    

Dudas que se confirman cuando -superando la reacción de interrumpir la lectura que genera el prefacio- se avanza en la lectura del artículo, y se llega a párrafos como éste:     


El distingo que Romero introduce entre las políticas "universalistas" del Estado de Bienestar, y el asistencialismo focalizado de la acción de Evita puede tener algún interés teórico, pero no parece ser demasiado relevante en la comprensión del peronismo en general, y de Eva Perón en particular: de hecho, el cariño popular y el odio oligárquico que despertó no distinguieron tan sutiles matices, y ambas dimensiones coexisten hoy y coexistirán, porque pretenden dar respuestas distintas a una sociedad dual y fragmentada.

Pero obsérvese que el hecho (hoy incontrovertible, por años anatemizado como demagogia barata) de los avances sociales plasmados por la experiencia peronista en la Argentina son en cierto modo "universalizados" en parangón con experiencia contemporáneas de aquél primer peronismo: Perón hizo lo que hizo exclusivamente porque estaba en el clima de época, y no hizo más que sumarse a él.

Lo que implica por un lado restarle méritos al potencial político transformador del peronismo (y en consecuencia a las resistencias que tuvo que vencer para consagra ciertos derechos o avances), y por el otro trazar un puente invisible con el menemismo de los 90': el peronismo sería una especie de materia gelatinosa sin proyecto político definido, que navega siempre a favor de la corriente, y será estatista o privatista, progresista o conservador, según los vientos dominantes en cada época.

La otra idea (exenta de mayores pruebas, hecho quizás disculpable en parte por ser una columna en un diario y no un texto académico) de que la Fundación Eva Perón dispuso de ingentes recursos de los que no rindió cuentas, tiene por objeto descalificar su labor sembrando la sospecha de la corrupción, como el verdadero móvil de su acción; o el que en todo caso matiza los efectos benéficos de la labor que emprendió Evita.

La ayuda social directa que Evita canalizaba no llegaba a todos, como dice Romero, pero sí llegaba a los que verdaderamente la necesitaban; por lo que juzgar eso desde el prisma de un Estado de Bienestar ideal que debía automatizar beneficios sin molestas mediaciones políticas, es entender bien poco de lo que pasaba en la Argentina de los 40' y 50'.

Como también lo es desconocer (o quitarle importancia) la gravitación que tuvo la labor de Evita y la Fundación en otros aspectos no vinculados a la acción social directa, a través de los hogares de tránsito para madres solteras, los hogares infantiles, las escuelas, hospitales, las escuelas de enfermería, los costureros comunitarios y tantas otras iniciativas tendientes a promover la organización de los humildes, su capacitación, sus derechos; más allá de la dádiva puntual, en la que incluso también está presente la idea de la dignificación social (que los chicos recibieran juguetes en Navidad, por ejemplo); aunque quizás de un modo que las anteojeras ideológicas del profesor Romero le impiden ver.

Anteojeras que terminan de aflorar cuando recurre a otro lugar común (en éste caso de más larga data que los majulismos del principio de la nota, tanto que se remonta por lo menos a FélixLuna), que es el de caracterizar al peronismo como una fiesta irresponsable de dispendio de recursos, que terminaron pagando los gobiernos posteriores, y los sectores sociales que no la disfrutaron.

¿No sabe acaso el profesor Romero que los gobiernos que sucedieron a Perón -fruto de la fuerza y la proscripción, dato no menor que omite- se dedicaron de un modo concienzudo a desmontar las estructuras del Estado de Bienestar que el peronismo había construído durante su experiencia de gobierno?

Empezando por supuesto por borrar todo registro de la Fundación Eva Perón (la destrucción de las bombas de cobalto que hubiera salvado a tuberculosos es un crimen paralelo en el tiempo y la magnitud al secuestro y desaparición del cadáver de Evita); y por el prolijo desmontaje de la estructura macroeconómica en la que el peronismo sentó las bases materiales para desplegar las políticas de bienestar e inclusión social.

Claro que Romero sabe todo esto, pero el cuadro que pinta de Eva y su obra conviene a sus fines políticos actuales; parangonarla con la actual gestión del gobierno nacional, como una entronización de la dádiva, la corrupción y el clientelismo ("caja misteriosa y cúmulo de prebendas discrecionales" llama al Estado actual); es decir un simple majulismo con barniz académico.

sábado, 14 de julio de 2012

ESTADO, POLÍTICA, GOBIERNO Y DEMOCRACIA SEGÚN EL PROFESOR ROMERO


Por Raúl Degrossi


Reconozco cierta debilidad por las columnas del profesor Romero en La Nación, en tanto expresan toda una corriente de pensamiento que apuntala desde la academia la línea editorial de parte de los medios hegemónicos y -más interesante aun-, el discurso político de buena parte de los partidos opositores, en especial el radicalismo y el socialismo.

Hace poco en ésta entrada analizaba otra columna de Romero, en la que pretendía deslegitimar las credenciales democráticas del peronismo (insertando claramente al kirchnerismo dentro de esa gran tradición política argentina), contraponiendo los valores de la democracia (en tanto sistema político fundado  en la voluntad popular), con los de la república; en tanto estructura jurídica de división de roles entre los órganos del Estado.

Y decía entonces que lo sorprendente del análisis de Romero (ideológicamente sesgado, claro está, lo que no es una crítica sino una constatación) eran las gruesas falencias de percepción de los procesos históricos que encerraba; no ya desde la óptica de la labor de interpretación de los hechos (y aun de su selección por orden de importancia), sino desde las omisiones que invalidaban el conjunto, porque denotaban que ese sesgo ideológico terminaba empobreciendo la visión del proceso: algo parecido al conocido caso de su mentor Halperín Donghi con los bombardeos a Plaza de Mayo en el 55'.

En esta columna de ayer de la tribuna de doctrina pasa algo parecido, pero esta vez cuando el profesor se mete a analizar las complejas relaciones entre la política, el Estado y el gobierno; y como se articulan en un régimen democrático.   

El eje argumental de Romero parte (como casi siempre lo hace) de la añoranza de dos épocas doradas: la de las generaciones posteriores a la sanción de la Constitución de 1853 (en especial la Generación del 80'), y la primavera alfonsinista de la restauración democrática; en las que un Estado presuntamente aséptico desde el punto de vista político e ideológico (el sueño del institucionalismo  republicano) pensó y llevó adelante (o trató de hacerlo) un país al margen de la volubilidad de los cambios políticos, y de los peligros del "decisionismo presidencialista"; una idea ésta no sólo vieja como crítica (ya se la lanzaban a Sampay en los debates de la reforma del 49', acusándolo de abrevar en Carl Schmitt), sino desconocedora de una de las instituciones constitucionales más representativas de nuestra propia tradición política e histórica.

Pero además una idea que parte de supuestos falsos: el Estado es siempre un territorio de disputa, porque los proyectos políticos que pugnan por dirigir una sociedad (sea en democracia o en regímenes dictatoriales) tienen cada uno su propia idea o modelo de Estado, en tanto éste es un instrumento decisivo en la implantación de un modelo social y económico.

Porque allí está otro de los errores (u omisiones) del profesor Romero: el Estado interviene siempre, por acción u omisión, y el Estado fundado sobre el credo liberal del 53' intervino y de un modo sí que decisivo en la configuración de la Argentina post Caseros: organizó jurídicamente al país (con los Códigos Civil y Comercial que hoy se busca modificar) en modo acorde con el liberalismo manchesteriano de las Bases, garantizó el monopolio de la fuerza por el Estado nacional imponiéndose a los últimos caudillos federales (que expresaban la resistencia al nuevo orden) y la seguridad territorial a través de la campaña de Roca, para dotar de certeza a la expansión de la frontera agropecuaria.

Todo en beneficio de la clase que construyó la Argentina moderna: la oligarquía terrateniente, clase con modernismo cultural suficiente para admitir el laicismo o la educación común, pero con el suficientemente acendrado feudalismo como para defender con uñas y dientes sus privilegios económicos, aun al precio de negar el humanismo liberal de la propia Constitución; como con la ley de residencia o la de defensa social para expulsar a los extranjeros indeseables.

Clase que -sorprendentemente- está por completo ausente del análisis del profesor Romero, quien afirma (sin ponerse colorado) que "Por el camino de la promoción, el Estado adjudicó franquicias, probablemente necesarias para consolidar el interés general, pero que gradualmente derivaron hacia los privilegios, y finalmente, las prebendas. Tal el caso de las leyes de asociaciones profesionales o de promoción industrial. El Estado potente fortaleció los grupos de interés y éstos, para asegurar sus franquicias, aprendieron a presionar al Estado y competir por la distribución de sus beneficios; finalmente se instalaron en sus oficinas y ministerios.".

Notable: según Romero, sólo en la Argentina industrial de la segunda postguerra el Estado argentino comenzó a ser colonizado por presiones e intereses corporativos, y sólo por parte de los sectores industriales (no negaremos acá el comportamiento depredatorio de nuestra burguesía rentista), o de las organizaciones sindicales, pugnando por beneficios y espacios de poder en la estructura estatal. Ingenuo es lo menos que podría decirse del análisis, si uno no supusiese que es, además, interesado: ¿o acaso no vemos hoy, con la discusión de la 125 o ante cada intento de reforma tributaria que toque a las propietarios de la tierra, las reacciones airadas de aquéllos que suponen que el Estado es sólo una ventanilla para sus negocios?

Pero hay más: toma nota Romero del cambio operado con la llegada al poder de Néstor Kirchner en tanto proclamó que la política recuperaba la primacía sobre los poderes corporativos, pero lo minimiza al señalar que lo hizo a costa de destruir al Estado; una afirmación que -como dijimos acá- es absolutamente antojadiza y poco seria desde el punto de vista científico: para alguien que habla del Estado como si lo conociera en profundidad, Romero se ha autoeximido de aportar algún ejemplo concreto que vaya más allá del remanido del INDEC. 

Y establece una dicotomía falsa entre voluntad política (en tanto decisión impulsora del sentido de la acción estatal) y superestructura organizativa del Estado, en tanto aparato que despliega en el territorio y la realidad las políticas públicas; porque por más voluntad que hubiese intentado expresar Kirchner (y hoy Cristina) para que la politica recupere la primacía, no hubiera podido desplegar ninguna política consistente y relevante (y vaya si las hubo) , sin una mínima reconstrucción de las capacidades de gestión del aparato estatal.

El verdadero trasfondo de la opinión de Romero es un intento más de mediatizar la voluntad popular, que se expresa en la elección de aquél que accede a la conducción del Estado, y por ende adquiere el título de legitimidad política (y jurídica) para orientar el rumbo de las políticas públicas: el sentido si no único, al menos fundante de la democracia misma.

Y si no, vean estos dos párrafos: "Pero hay aspectos estatales específicos: el marco jurídico e institucional, las agencias públicas y el funcionariado, con su capacidad y su ética profesional. En un Estado virtuoso, esa maquinaria sirve para planificar las políticas gubernamentales, prever sus consecuencias, evaluar sus resultados. Todo ello implica una limitación al decisionismo o a la primacía de la política. A la vez, un Estado deteriorado estimula el uso de golpes de voluntad política, para sustituir las falencias de los instrumentos normales." .

Y éste otro: Por otro lado, fue reapareciendo el antiguo estilo político, descartado en 1983. Volvió la fundamentación plebiscitaria -que colocaba a los presidentes más allá de la ley-, el estilo faccioso y la identificación entre partido, gobierno y Estado. De las transformaciones de 1983 sólo quedó el sufragio, y poco más.El balance es poco alentador. Con un Estado en estas condiciones no parece posible otro tipo de gobierno. Por otra parte, en sus diversas expresiones, estos gobiernos han cosechado un apoyo amplio por parte de los votantes, que parecen estar muy lejos de aquella ciudadanía de 1983, celosamente vigilante de la institucionalidad democrática. Libres de controles institucionales, los gobiernos usan sin limitaciones los recursos estatales, y con ellos producen los sufragios necesarios para su reproducción.”.

Clarito, ¿no?: el viejo truco del clientelismo (como siempre, pobretón de argumentos, gorilísimo de cuna), la dicotomía entre ciudadanos de primera y de segunda a la hora de expresarse políticamente, la necesidad de limitar las consecuencias resultantes de la libre expresión de la voluntad popular, el sufragio como algo menor en el contexto de la idea de democracia; la idea del Estado como una maquinaria automática de normas jurídicas que produce resultados sin mediación de su dirección política, que es la que somete en democracia al veredicto de las urnas.

O dicho de otro modo: con empaque académico y preocupación institucionalista por las formas y los controles, lo mismo que vienen pretendiendo desde el 2003 para acá (con persistencia redoblada luego del 23 de octubre) los poderes fácticos de los que el profesor Romero toma nota (aunque con una simplificación un tanto pavota, reveladora de que poco ha hurgado en las transformaciones de la estructura productiva argentina en las últimas décadas) y -sobre todo- de aquellos que omite, como las patronales del campo privilegiado, o los conglomerados mediáticos.

Y contradictoria con sus propias premisas: si no hubiese existido en los tiempos kirchneristas una firma voluntad de garantizar la primacía de la política (con “golpes decisionistas”, por decirlo en sus propios términos), los poderes fácticos de los que parcialmente toma nota Romero hubieran colonizado aun más el Estado a favor de sus propios intereses, sin vacilar en llevarse puestas en el proceso a las instituciones y el marco jurídico (creación de la voluntad política en cada momento histórico, si las hay) que tanto venera; y muy probablemente sin agradecerle sus servicios intelectuales a la hora de proveer argumentos teóricos sofisticados en apariencia (sólo en apariencia) para deslegitimar la voluntad popular.