Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta historia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 23 de marzo de 2022

Belfast


Ésta película se basa en la infancia del director británico Kenneth Branagh, nacido en Belfast, capital de Irlanda del Norte. Su retrato es interpretado digamos que por Buddy (Jude Hill, en su debut en el cine), un niño de 9 años. Es un filme que por momentos de tan intenso que es parece un musical, una obra de teatro con efectos especiales. Tiene un toque de cierta exageración o propio del espectáculo, como con los disturbios en las calles contra las minorías católicas o las peleas contra el gángster local que no lucen realistas del todo, sino son parte de esa magia que vive la familia de Buddy cuando van al cine, fanáticos en especial del western, de joyas de ese género; o en particular, y queda muy bien descrita su pasión cinéfila (y la de Branagh), cuando disfrutan del musical británico Chitty Chitty Bang Bang (1968), sobre un auto volador, y se sienten dentro del filme y de la historia que la llegan a experimentar en la piel. Buddy es un niño bueno, inocente, muy pegado a su familia, muy amante de todos ellos, sin sentimentalismos baratos, pero desde la empatía familiar ideal, que obviamente existe aunque puede sonar algo fácil como séptimo arte tanto como aquella de eterno conflicto. El filme posee de histórico porque se enfoca en las revueltas y ataques de fines de los 60s de los protestantes contra las minorías católicas -que tiene de identificación política, territorial y nacional-; esto perdura en toda la propuesta, pero si bien Branagh no escoge ser esa minoría, los apoya o mantiene un estado de total tolerancia y comprensión con ellos, que llega a decirlo directamente el padre de Buddy a éste, con cierto toque a peliculero digamos también, reflejado en la obra en la inocencia de enamorarse de una niña bella católica. Otro punto constante del retrato es la necesidad de subsistencia económica, que está muy bien expuesta; la familia de Buddy no tiene mucho dinero y el padre tiene que ir fuera de Belfast continuamente a trabajar y traer dinero. Esto trae peleas entre el padre y la madre de Buddy, por más que existe amor entre ellos. Son interpretados por Jamie Dornan y Caitriona Balfe, dos personas de gran belleza que no obstante lucen creíbles como gente de cierta humildad; Caitriona ha sido una modelo muy famosa y su carrera en el cine ha empezado hace 10 años, tiene 42 años. Caitriona en su papel luce una mujer terca, de carácter, no quiere dejar Belfast ni sus raíces, origen y conocidos, que incluye alejarse de los queridos abuelos paternos que son cosa aparte en ésta propuesta, un gran trabajo sentimental y romántico que muchos adoran y han celebrado, en la piel de Judi Dench y Ciarán Hinds que están de lujo, sobre todo Dench a sus 87 años. La madre de Buddy aun amando a su marido no quiere irse de Belfast y Buddy, aunque pequeño, piensa igual; el padre quiere emigrar para estar todos juntos -sin él tanto fuera- y con mayores oportunidades. En todo esto el filme puede que esté exhibiendo una pelea sutil por un cierto nacionalismo contra algo mayor, quizá la palabra Reino Unido, adscrita a una mejor existencia. Pero como dicen las oraciones finales: los nacidos en Belfast, los que se fueron, los que se quedaron, los que murieron, siempre han llevado en el alma éste lugar. Branagh celebra la ciudad donde nació, pero como fantasea la abuela con el cine su lugar en realidad es mental, abstracto, emotivo, como con el amor por la familia, nuestro verdadero territorio. 

jueves, 13 de mayo de 2021

Machuca


Éste filme no es un filme de cine social propio del cine social que dominó el cine latinoamericano durante buen tiempo, de 1960 a 1990 más o menos, sino es un cine social moderno (el filme es del 2004) o, mejor dicho, nuevamente parte de un nuevo cine latinoamericano o quizá -más allá del arte- un cierto rezago -también nada en el cine muere del todo-; es una propuesta ya inmersa en el eclecticismo reinante en las concepciones artísticas de nuestros cines contemporáneos latinos. No obstante para la actualidad -el año 2021- se le podría llamar a Machuca un clásico moderno chileno, por ende se puede leer hoy en día como un filme old school al fin y al cabo. De todas formas todo arte yace en constante renovación, actualización, y la palabra nuevo deviene en viejo constantemente, más rápido de lo que se piensa, porque el arte nunca se detiene. Machuca no solo es una película social sino también política. También partamos de que es casi imposible defender la dictadura de Pinochet en el cine arte, aun cuando Chile es en realidad hoy un país próspero gracias a su gobierno, pero, claro, una dictadura nunca es un ejemplo ni ideal, teniendo presente las acusaciones hacia ésta dictadura por la violencia y fuerza bruta que se ejerció en el poder, aparte de perennizarse. El socialismo del presidente Salvador Allende, que duró 3 años, hasta 1973, año del golpe militar y año donde se ubica el filme de Andrés Wood, se ve en la trama un poco, se ven largas colas para acceder a víveres de primera necesidad, escasez generalizada de alimentos y marchas de ambos bandos. Se puede apreciar (algo) lo que fue éste gobierno socialista, una debacle en realidad. Pero Allende era amado por un gran sector del pueblo, quedó romantizado e inmortalizado por siempre, y su muerte trágica marcó a Chile y creó cierto resentimiento eterno y anhelo de reivindicación, incluido lo político y social. Partiendo de esto, tenemos el contexto. Por el final aparece el golpe militar de Pinochet y la imagen es atroz, negativa por completo. El filme también muestra las brechas sociales, muestra la pobreza, las diferencias sociales. También exhibe cierta indiferencia, marginación y frialdad de clase, de la gente privilegiada hacia los más pobres, incluso a través de personajes importantes. Wood es un poco manipulador y facilón por ratos, pero también se ve que muestra cierta realidad, las diferencias también son reales, sobre todo en 1973. Machuca se maneja en base a la amistad de 2 niños de 12 años, que estudian en el mismo colegio, el colegio americano Saint Patrick, en Chile, lugar dirigido por el padre McEnroe (Ernesto Malbran). La historia es la amistad entre un niño pobre, Pedro Machuca (Ariel Mateluna), y un niño rico, Gonzalo Infante (Matías Quer). Es una amistad noble y franca, inocente a un punto, si bien las diferencias de clases están presentes en sus mentes. Además, la prima de Pedro, Silvana (Manuela Martelli), agrega picante y sabor en muchas maneras, en lo sensual, en lo político, en lo social. Silvana es más abierta que Pedro en sus ideas políticas, es más frontal y no se guarda nada con Gonzalo haciéndole sentir su condición de pituco, pero al mismo tiempo indirectamente lo ayuda a crecer, igual en varios sentidos. Lo mejor del filme es ésta interacción, entre los niños de diferente origen social, presenciando su cotidianidad, como a sus familias, yendo y viniendo de un lugar al otro, de polo a polo social e ideológico, incluyendo el colegio, el barrio, la calle, que también yacen politizados y enfrentados dentro del gobierno de Allende, porque luego viene la represión y el lógico resentimiento. El filme igualmente tiene un mensaje de que los pobres quedan dejados de lado siempre, es un mensaje melancólico (de origen infantil) y al mismo tiempo pesimista en general. La madre de Gonzalo, María Luisa, es un gran personaje, aunque muy criticable en varios frentes, aun no siendo una imagen muy positiva sino cuadriculada, parametrada (salvo por su afecto hacia Gonzalo), pero sí jugosa aun así; la actriz chilena Aline Kuppenheim es muy bella y muestra erotismo sutil, ella sí es una pituca en toda gloria. La madre de Pedro en cambio es casi una luchadora social o activista, pero mejor Silvana que ella en todo sentido. Ésta madre hasta suelta un discurso de esos graves. Es un filme que tampoco se puede negar que toca cierta fibra, pero mucho más desde los niños y sus aventuras que incluyen el paquete completo de las diferencias sociales -desde la ropa siempre rota de Pedro hasta ver como es el baño de su casa, y queda clarísimo cuando Gonzalo le dice a un militar que mire como viste él para salir de un apuro-. El padre McEnroe así mismo por su parte es una fuente de mucho carisma, es re-simpático, aun cuando a veces luce hiper inocente en su cariz de ser bondadoso. El padre de Gonzalo también está perfecto y el novio de la hermana con unos chacos maneja un momento bastante obvio (ideológicamente, casi populista), pero a la vez de antología. La película de Wood trata de ser equilibrada con ambos bandos -izquierda y derecha-, pero como cuando presenta las dos marchas contrapuestas con los niños vendiendo banderitas, se grita, se fiestea, más la del socialismo. En un momento el borracho y resentido padre de Pedro futuriza como será la relación entre Pedro y Gonzalo, a la pobreza en general le impone una falta de cambio, el pobre eternamente pobre; he ahí el asunto, un gobierno gobierna para todos, busca que todos crezcan económicamente, que todos puedan ser prósperos. 

martes, 5 de mayo de 2020

El oficial y el espía (J'accuse)

J'acusse (2019) ganó el Gran Premio del Jurado en el festival de Venecia 2019, película de Roman Polanski. Polanski es un excelente director de cine, sin duda, pero anda desestimado de todo tipo de actividad por los movimientos feministas que han tomado tanto peso hoy en día. La presente película es una recreación histórica, pero no una para nada aburrida, cuando suele suceder muy a menudo. Polanski es un maestro poniéndole gran ritmo y entretenimiento a su filme, sin perder la seriedad y el interés del tema, la acusación falsa militar, judicial y política de una época, a razón del antisemitismo reinante en Europa. Al militar Alfred Dreyfus (Louis Garrel) se le acusa injustamente de traidor y se le degrada del ejército humillándolo públicamente y se le manda a una prisión en una isla, a la isla del diablo en la Guayana Francesa. El panorama es deprimente y horrible para éste hombre, pero Polanski nos muestra a alguien de espíritu fuerte, no lo vemos mucho en pantalla, pero supone no baja la guardia, representado en el hermano que busca su inocencia y en los directores de periódicos y a Émile Zola que lo apoyan, por medio de un oficial intachable, sumamente honesto y valiente que interpreta el talentoso Jean Dujardin, que no cabe duda es un estupendo actor viendo su actuación presente. Dujardin es el coronel Georges Picquart, quien ingresado a los servicios secretos franceses descubre que Dreyfus no es ningún traidor, que se han puesto hasta pistas falsas, e inclusive sabe quien es el verdadero traidor. El antiguo jefe del despacho llega hasta señalar a varios traidores, y a ningún judío. El sarcasmo del antiguo jefe habla de una persecusión de antisemitismo, de buscar culpar a alguien para agrupar a todos sus semejantes y desestimarlos, generar rechazo colectivo. Éste rechazo queda muy bien dibujado por Polanski desde la degradación pública de Dreyfus, tan llena de emociones, hasta los gritos en el juicio de la gente hacia todos su defensores. Vemos también la quema de libros pertenecientes a Zola, quien en 1898 publicó en el diario L'Aurore una defensa para Dreyfus, acusando a varios militares, investigadores judiciales y cómplices con el título de J'acusse. Esto generó un fuerte rechazo hacia los defensores del capitán Dreyfus, estaba bien arraigado el antisemitismo y el apoyo de los militares franceses por el pueblo era fuerte, cosa que inteligentemente vemos como Polanski retrata. También es notable como argumenta Picquart su responsabilidad con la verdad, por encima del amor y respeto que le tiene al ejército. No solo es esto, toda la investigación y los descubrimientos del verdadero traidor y la inocencia de Dreyfus es sumamente notable, explicado de manera muy clara y con potencia y hedonismo, durante más de una hora, para pasar a la ahora persecusión de Picquart por los mandos militares que consideran que los desacredita y quieren librarse de él. La investigación del caso Dreyfus pudo ser complicada de entender, pero Polanski mostrando mucha destreza lo deja todo bastante claro. Es un filme que por el final notoriamente apura el paso, simplifica una etapa, donde Dreyfus aun sufre castigo, y hay muerte y prisión como contraataque hacia la defensa, pero, aunque se hace extrañar una hora más de metraje más o menos, Polanski ya nos ha entregado un gran filme, de poco más de 2 horas.

domingo, 15 de septiembre de 2019

Desaparecido (Missing)


El presente filme ganó la palma de oro. Costa-Gavras hace un retrato contundente del inicio del gobierno militar de Pinochet. El retrato de las calles es de un estado terrible de inseguridad, muerte y terror, que aunque exagera un poco es un retrato artístico solvente y de los más potentes que se han hecho del gobierno de Pinochet. El filme habla de la desaparición de un americano socialista, idealista y pequeño activista en manos de las tantas que ocurrieron durante el régimen dictatorial. Jack Lemmon y Sissy Spacek hacen del padre y la esposa de éste americano que buscan hallarlo frente a un estado latino que aliado de EE.UU. no pretendía hacerles daño a ninguno de los ciudadanos americanos, pero como había tanta libertad de abuso y homicidio nos muestra el filme hacían excepciones con todo tipo de opositores. El filme revela el apoyo americano a la dictadura de Pinochet como una gran revelación de su año de filmación, 1982. Pero en general luce un filme sencillo. Lo mejor de la propuesta es el retrato visual que hace de las calles, de la inseguridad y la muerte. Pone un buen suspenso en ésta inseguridad, proponiendo a un Lemmon valiente, muy seguro de sí, hasta osado, pero pequeño frente a la gran maquinaria militar del gobierno chileno de Pinochet. Es un filme que se centra en la desaparición de un tal Charles Horman, un hombre común como persona pero excepcional al ser extranjero, quien representa a muchos hermanados por la desaparición extrajudicial, en un retrato humanista más que político, aunque queda bastante claro que se trata de una dictadura y los buenos son socialistas, que dibujan como gente pequeña que lucha contra un gran poder representado en un tremendo libertinaje de violencia. Es como tener entre manos una causa perdida, una causa noble, frente a un gran monstruo destructor, sanguinario y omnipotente. En ello el filme es sólido, bueno, políticamente ya es secundario, aunque Gavras es de política de izquierda. Lo que duele no es una ideología específica poderosa –aunque hay de esto-, sino mucho más matar tan fácilmente seres humanos, como lo que significa ese estadio lleno de cadáveres, clásico de las dictaduras. La trama vale por una crítica general, de ello que aunque se identifica rápidamente que se trata del gobierno de Pinochet no se menciona directamente, pero es obvio, claro, al ubicarlo también en Chile. Horman es un tipo común al punto que su padre lo cree un perdedor, pero ésta percepción cambiará cuando vea que defendía ideas propias y planteaba la ayuda social y del prójimo. Para ello Lemmon hace de un hombre capitalista y metido en sus asuntos, pero llegará a valorar y comprender a su hijo, más allá de la sangre, porque inicialmente –como muchos podemos pensar- lo cree medio absurdo y torpe, a lo que el estado americano en un contundente monólogo agregará entrometido en asuntos que no le competen y de un final más que lógico, comparándolo –irónicamente- con meterse con la mafia. El filme no obstante es endeble cuando critica a los americanos y a la derecha por buscar resguardar el tipo de vida americana y capitalista que los identifica. También transmite muy poco en su hacer sentir la gloria de ser socialista en lugar de capitalista, no propone ningún gran argumento en ello. Pero lo deleznable a todas luces es el método, el verdadero talón de Aquiles, el asesinato, la desaparición forzada, incluso de gente como Horman que puede pasar hasta por un poco idiota. En esto se centra el poder del filme, en su recreación de terror extremo, de grandilocuencia sobre la muerte. También Gavras es entretenido, hila bien la dictadura a través de la historia de Charles Horman. Tampoco tiene una estructura del todo convencional narrando los sucesos. Hay creatividad estructural, pero dentro de la total claridad, sin recurrir a lo paranoico, lo que hace del filme uno más notable. Con muy pocos personajes enemigos el filme deja una figura muy precisa y firme global, gracias a que en lo práctico el retrato posee tanto vuelo, proponiendo cine, un buen relato, emociones, al tiempo que conocemos sobre una realidad histórica que Gavras acomete con total fuerza. 

viernes, 6 de septiembre de 2019

Z


Costa-Gavras hace una película política entretenida, que tiene arte. Es una película de 1969 y se ve todo lo clásico que hay en una película de su tipo, pero es porque la presente película sentó bases en el cine político. Me hizo recordar un filme posterior, The Act of Killing (2012); un genial Marcel Bozzuffi me trajo a la memoria a Anwar Congo, como un matón paramilitar ejecutor de izquierdistas. Yves Montand es un senador izquierdista que los de derecha quieren destruir por sus aspiraciones políticas e ideología. Finalmente lo asesinan, y empieza una pequeña investigación o exposición del complot homicida que es toda la película. Gavras no hace una película paranoica, sino una película directa, clara y realista, con toques de cine arte, como con el propio asesinato del senador que es con un mazo y mediante una camioneta en movimiento. Jean-Louis Trintignant hace del juez investigador, tiene una postura elegante e inteligente, que contrasta un poco –para bien- con la frescura de la narrativa. Es una película seria pero entretenida, porque es suelta, no es demasiado formal. Irene Papas aporta muy poco en su actuación y personaje. Es un filme fácil de ver, pero bien ejecutado, que aunque es cine político no agota, es muy ágil y con personalidad. Están todos los lugares comunes del cine político y las ideologías, está la imagen por antonomasia, pero porque es un precursor, pero aun así no molesta ni es un filme de mala calidad en absoluto. Es una propuesta que reúne todas las de su tipo, es ver la eterna lucha esencial entre derecha e izquierda, militares y activistas. Ganó el Oscar, por tanto es un filme comercial, popular y masivo, amable y hedonista. Gavras es bueno en el cine político, con miras a un gran público, pero con arte, no es panfletario ni cansino. El filme tiene elegancia, pero también su audaz toque de relajo. Inclusive los matones paramilitares pueden ser un poco infantiles, o los eventos alrededor del golpe en la cabeza de un héroe sencillo y delator es retratado como algo campechano.

sábado, 30 de marzo de 2019

The Captain (Der Hauptmann)


El director alemán Robert Schwentke hace una buena película, con un tema manido, los nazis, volviendo a su natal Alemania a contextualizar la historia, sobre un soldado desertor que encuentra un uniforme de un capitán nazi y se convierte en él volviéndose un sanguinario asesino de desertores, valga la paradoja.

El soldado se convierte en Willi Herold (Max Hubacher) y va acumulando seguidores tras su uniforme, cuando la guerra está por terminar y rinde el caos en las filas alemanas. Herold es un militar duro y efectivo en pleno mundo nazi y esto lo mantiene como líder, mostrando mucha astucia para hacerse cargo del falso cargo. El filme de Schwentke no plantea poner en aprietos a Herold con su sustitución, no va por lo ordinario, sino que el traje y el poder cada vez hacen peor persona a Herold, que se mantiene frío ante los sucesos que van apareciendo.

Otra curiosidad de la temática nazi es que no se habla de judíos sino de desertores alemanes, Herold por quedar bien se imbuye en una carnicería de su propia gente, considerando a los desertores traidores y gente inmunda a su causa recién nacida, por lo que se siente en el derecho de acabar con todos ellos. El filme tampoco sataniza a los alemanes sino los vuelve de carne y hueso y se agradece darles forma y credibilidad más allá de lo de siempre.

The captain (2017) sí los dibuja horribles a muchos alemanes pero lo hace sin caricaturizarlos o convertirlos en figuras exageradas de maldad, son tipos perversos, pero también cantan, ríen, bailan, bromean, se hacen favores, sociabilizan, etc., como con el dúo de desertores haciendo humor para los militares. El filme se centra en el asesinato de desertores, y hay hasta alemanes que ven esto como una matanza inhumana. Herold es visto como un tipo cruel entre algunos alemanes, pero como con el juicio de los nazis se ve que estos lo aplauden en contraste.

También es notorio la lealtad y deslealtad del séquito, entre dos subalternos en especial. Freytag (Milan Peschel) es fiel como un perro, hombre humilde y respetuoso, es el que además inicia toda la mentira con Herold, lo cree inmediatamente un capitán nazi y es su primer seguidor. Luego tenemos a Kipinski (Frederick Lau), un tipo vulgar sin ética alguna, un hombre sin ley en realidad que en más de una oportunidad quiere dejar mal o hasta traicionar abiertamente a Herold. Estos dos lo siguen en toda la película y brindan muchos momentos.

La película está muy bien contada, tiene todo el uso del buen entretenimiento, de la grandeza, la agilidad y el buen ritmo hollywodeense, pero también sabe generar atención e interés un poco más de lo común con lo que cuenta, un hecho real, con la existencia de Willi Herold, que por el final se convierte en un especie de rey de su propio reino en medio del caos absoluto alemán y su inminente derrota, en lo que pudo ser fácilmente una nueva película con la segunda guerra mundial de fondo y éste loco comandando un séquito de asesinos de llamados traidores, en medio de un propio orden y la bohemia, la prostitución, la fiesta y el alcohol.

viernes, 5 de octubre de 2018

Los demonios (The devils)


Es la película más excesiva, famosa, polémica, odiada y celebrada de Ken Russell, que es una historia religiosa, pero del tipo de quema de brujas o de lucha contra el demonio, la versión hardcore de películas como La pasión de Juana de Arco (1928) o de El Proceso de Juana de Arco (1962), donde un cura es perseguido por la inquisición, pero no por algo sobrenatural, sino por señalarle una vida libidinosa, por ser muy sexual y casarse a escondidas con una joven, que en realidad es porque éste cura, Urbain Grandier (Oliver Reed), defiende la independencia de su ciudad, de Loudon, del poder del Cardenal Richelieu quien manda a destruir a Grandier.

Grandier es como un rock star en su ciudad, y además un sex symbol, que en especial hace que las monjas se sientan fuertemente atraídas, lideradas por la madre Juana (Vanessa Redgrave), quien se mueve con la cabeza doblada, con una joroba, y es la más obsesionada con Grandier. De esto vendrá la idea de la posesión satánica en las monjas con lo que Russell proporcionará tremenda secuencia de locura, de desenfreno, de una orgía brutal, que tiene de esperpéntica, fiel al estilo del director británico, aunque no se percibe del todo explicada. Es más como una histeria que sigue a la madre Juana, de la mano de la persecución de la iglesia liderada por Richelieu y sus peones, el barón De Laubardemont (Dudley Sutton), el padre Mignon (Murray Melvin) y el cazador de brujas o exorcista padre Barre (Michael Gothard).

Es un filme extravagante, pero bien narrado, muy interesante también por su parte histórica, pero como acostumbra Russell se toma muchas libertades y sobre todo excesos. De cierta manera también se puede considerar una película de terror, pero no con un enfoque de miedo, es de utilizar sus elementos para hacer algo distinto. Varias escenas de la película tienen un toque visual artístico de horror, inclusive en la apariencia de la madre Juana, pero el filme propone con ello el drama histórico eclesiástico, el estallido psicológico, la demencia, cierto absurdo. En mayoría los excesos funcionan, porque tiene un background de hechos reales conseguido, sólido, aun cuando sus formas invocan el entretenimiento ligero.

Vanessa Redgrave y Oliver Reed están maravillosos, en los roles icónicos de sus respectivas carreras; Redgrave como una mujer poseída por una obsesión sexual y también afectiva, negada por el hombre que desea, porque a ella en realidad ganas y acciones nunca le faltan. Grandier es un hombre coherente aunque propenso a cumplir con su carnalidad. Yace más cerca de los protestantes -en varios sentidos- que la iglesia católica persigue con ahínco, dejando regados sus cadáveres –que explota visual y constantemente el filme- y tortura. Grandier a pesar de todo es consecuente, hasta confiesa sus culpas, acepta sus defectos, quiere su devoción a Dios pero también ser un hombre libre en su hedonismo, y aun trasgrediendo las reglas no merece la inquisición –las monjas se incitan solas-, ésto queda claro, con Russell haciendo énfasis en casi todo, es el exceso en su máxima potencia, afuera la sutilidad, y por más paradójico que suene funciona, porque es muy transparente, muy propio de su cine.

No todo es genial, pero es un filme más que decente, yo diría que hasta bastante bueno, pero entendiendo que el mal gusto y la vulgaridad coexisten con el interesante interés histórico que valga decirlo lo ha hecho Russell más atractivo que el común. Russell tenía especial aprecio por lo histórico, por lo intelectual, solo que también por plasmar el arte a su manera, volverlo popular, fácil y muy entretenido, con un infaltable toque de locura que queda más que presente en los comportamientos de las monjas, donde brilla la polémica, ya que en los curas más bien yace la maldad o frialdad, el interés personal, y así Grandier es el héroe del relato, pero con su cuota de corrupción, como es visto su deseo sexual –lo cual también lo puede dibujar doblemente heroico visto desde otra perspectiva-, luego hasta calmo al confesarse enamorado, y se le siente un tipo normal, pero trasgresor por ser un cura católico.

En el fondo parece la película tratarse de la defensa del evangelismo y de paso de lo británico –pensando en el tema serio de la propuesta- o, quizá más bien –pensando en el lado más marcado de Russell, el exceso-, de la libertad y liberalidad sexual, del placer per se, con los católicos como los verdaderos demonios, poseyendo en las sombras en realidad a unas monjas reprimidas y neuróticas, mujeres con ganas de tener sexo limitadas en sus anhelos, el resto simple pretexto. Pero a esto hay que agregarle un festín de cierto efectismo, de irreverencia, en una orgia mítica, y así es Ken Russell. Hizo lo que le dio la gana, y se saltó con ello su lugar en los libros más serios, pero se hizo también un cineasta de culto.

miércoles, 21 de febrero de 2018

The Post


Ésta es una película sumamente limpia, clara, muy bien explicada sobre un informe de análisis del propio gobierno americano sobre la guerra de Vietnam, denominado los Papeles del Pentágono, que señalan que el Departamento de Defensa sabía que era una guerra perdida y aun así seguían mintiéndole al pueblo americano, además de tener otros intereses anexos no oficiales desde los gobiernos de Harry S. Truman y Dwight D. Eisenhower que propiciaron la intervención americana. Esto se filtra de propia mano de un analista del Pentágono, Daniel Ellsberg, y llega a manos del periodismo, primero al The New York Times y después al Washington Post. El Post estaba dirigido por el legendario periodista Ben Bradlee y le pertenecía a Katharine Graham que también era la editora. Se enfrentaban a comienzos de los 70s con el gobierno de Richard Nixon.

El filme es una exhaustiva exposición del desarrollo de las publicaciones y la reacción del gobierno de Nixon que quiso detener las publicaciones y amenazó con llevar a la cárcel a Graham y a Bradlee por poner en peligro la seguridad nacional. En el filme Katherine Graham, interpretada por una talentosa Meryl Streep, tiene sus dudas de publicar estos papeles porque era amiga cercana del secretario de defensa Robert McNamara que tuvo mucha injerencia en la guerra de Vietnam y a quien le iba a caer gran parte del peso de las críticas sobre éste informe. Pero Bradlee (Tom Hanks), por lo que se ve en el filme, estaba muy decidido y era muy aguerrido e impávido y trataba todo el tiempo de convencer a Graham de publicar.

Katharine Graham luchaba contra un espacio periodístico machista y patriarcal, de hombres de negocios, donde las mujeres solían estar relegadas o prácticamente no existían en las altas esferas del poder, pero tenía carácter y mundo, y un compromiso con demostrar que podía llenar el lugar y sentirse orgullosa de su labor y entrega al pueblo americano. Graham es una mujer de dinero, y reuniones sociales, que estuvo dedicada a su matrimonio e hijos, pero el deber le llamó y en eso se enfoca mucho el filme de Steven Spielberg. Graham tiene dudas y temores en su cargo, pero tiene mucha voluntad y quiere dejar una marca.

En varias oportunidades vemos como la puesta en escena de Spielberg pone a Graham algo achicopala, pequeña, frente a la predominancia masculina, con ellos tratando de minimizarla o dominarla, haciéndole ver todo el tiempo que el Washington Post era una empresa y dependía de inversiones, banqueros y la bolsa, que se espantarían con éstas publicaciones. Graham lentamente sale a la luz y va tomando mayor fuerza y convicción, porque tiene ante todo un deber con el periodismo y la libertad de prensa, y el pueblo requiere la verdad. Vemos como Spielberg la coloca más tarde en la gloria de los reflectores, semejante a un ave fénix, ante un llamado de personalidad, brillando frente a la mayoría masculina.

En una escena Meryl Streep atraviesa un lugar lleno de damas esperando afuera de una entidad gubernamental (las mujeres dejadas en segundo plano), e ingresa a un lugar de puros hombres y ella queda por encima de todos (reubica a las mujeres bajo su representación), tal cual un conglomerado patriarcal que no puede con ella, que no puede sojuzgarla. Es una pequeña revolución feminista, donde una brillante mujer se impone, justificada por un deber mayor, universal e idealista, luchar contra la mentira, y el poder que yace a espaldas de la ciudadanía.

Katharine Graham es la protagonista de la película, es la mujer que tiene que definir su destino y del periodismo americano, o vivir pusilánimemente –frente a los amigos, el dinero y el poder- o brillar con fiereza, pero con razón, ayudada por ese soldado y subalterno valiente que es Ben Bradlee, quien también recapacita, no es un tipo cerrado o unidimensional, como pudo quedar plasmado, teniendo momentos de reflexión y relajo; uno de ellos llega por su esposa (Sarah Paulson), una ama de casa, que aunque está más encargada de llevar y pasar la comida a los periodistas también es inteligente y entiende la situación y puede influir en su marido; la otra lección llega a razón de la amistad con John F. Kennedy y es pensar que el deber está por sobre las relaciones, por sobre los amigos políticos, uno siempre tiene que decidir.

The Post (2017) es una clase maestra de periodismo, una película que es muy entretenida, que no es difícil de seguir y entender, que se explica maravillosamente, cuando pudo faltarle el dinamismo y ampararse en mucha información, ser verborrea. Ésta se halla muy bien distribuida y entregada, tiene ritmo, fuerza y amabilidad, es notable.

jueves, 17 de agosto de 2017

Dunkerque (Dunkirk)

El hecho histórico que cuenta el filme del inglés Christopher Nolan es legendario para Inglaterra, la evacuación de 300 mil soldados de la ciudad y puerto de Dunkerque, Francia, rodeados por atrás por el mar y por adelante por los nazis durante la segunda guerra mundial el año 1940. Nolan recoge lo mejor del cine arte y lo convierte en cine popular, gigante, para todo público. Hace de la propuesta una muy artística mediante su estructura de varias visiones protagonistas equivalentes y representativas. Tenemos a un civil (Mark Rylance) yendo a recoger soldados en su barco particular –como muchos otros, movilizados y cuidados a un punto por la famosa Marina Real Británica- junto a 2 muchachos heroicos, a un joven soldado inglés (el novel pero competente Fionn Whitehead) tratando de escapar como puede de Dunkerque, a un piloto (Tom Hardy) de la aviación inglesa protegiendo a los soldados aliados y a los barcos rescatistas y contratacando al enemigo en el aire –a la poderosa Luftwaffe-, y a un jefe naval (Kenneth Branagh) en un muelle observando el desarrollo del rescate y dirigiendo su parte de la operación. Como complemento panorámico tenemos a otro soldado inglés (Harry Styles) buscando escapar pero a toda costa, saltándose si es necesario la moral y sacrificando a algunos otros en el trayecto. Junto a ello también es complemento el soldado salvado (Cillian Murphy) traumado con regresar a la playa de Dunkerque.

El filme cuenta con otra añadidura artística, se trata de que nunca veremos a ningún nazi en persona, a ningún soldado enemigo, sólo se presencia el impacto -y la superioridad- del ataque alemán, con esto Nolan maneja el terror y el suspenso que genera no saber por dónde y en qué momento serán atacados los aliados atascados en la playa. A lo máximo Nolan permite ver sólo los aviones alemanes de la temida Luftwaffe y en una dosis muy medida. En sí el filme concentra puntos y muestra algo significativo, escenas maestras repartidas por aquí y allá que se proyectan hacia algo mayor de la historia universal, con las que hay que armar una imagen integral, más que algo grandilocuente, detallista y recargado.

La obra de Nolan pretende ser emotiva enfocándose en subtramas enriquecidas, moverse en pequeñas historias, un aviador volando y luchando hasta quedarse sin gasolina, un aviador a punto de ahogarse tras hacer valientes rescates, el descontrol que genera el miedo a morir, el estado perpetuo combativo de sobrevivencia. Kenneth Branagh simplifica y contiene todo esto, expone dolor, compasión, frustración y felicidad mediante su expresivo rostro, sus emociones están repartidas por distintos momentos claves de la trama. El filme muestra mucho heroísmo, aunque recurre un poco a lo inverosímil, a lo exagerado. Tom Hardy es como un superhéroe sin poderes sobrenaturales. Pero sus combates y salidas de improviso generan adrenalina y manejan el entusiasmo del espectador. Mark Rylance por su parte aporta el idealismo y coraje del hombre común. En la propuesta hay algo de maldad o negatividad mezclada en soldados aliados tratando de salvarse a sí mismos por sobre el resto, es poco pero existe y es notable, un avance y concesión contra el esquema del blockbuster.

Un tercer trabajo artístico trascendental y definitorio en el presente filme es la banda sonora, el filme se sostiene en buena parte de la música de acompañamiento, esto puede creerse muy común, no suelen faltar en el séptimo arte memorables bandas sonoras que han catapultado (engrandecido) sus propios filmes, pero el trabajo entre Christopher Nolan y el famoso compositor alemán Hans Zimmer es tremenda simbiosis. La propuesta no tiene muchos diálogos, y la música amplifica –hasta crea escenas- y contagia lo que sentimos –nos trasmite estados de ánimo- con Dunkerque, los avatares y altibajos de la sobrevivencia, la espera, la lucha perdida y, por último, un tipo de gloria, simplemente seguir vivo, aunque se haya tratado de escapar no de destruir al rival y en la guerra uno suele creer que casi todo se vale y existe en el filme una mirada sobre la ética en este lugar. No todo el tiempo cae precisa la música, pero cerca de un 80% es pura maravilla bien compenetrada. Películas como Dunkirk (2017) significan la perpetuidad del cine tradicional, del cine apreciado frente a una gran pantalla.

sábado, 1 de julio de 2017

Spectres Are Haunting Europe

El documental de los griegos Maria Kourkouta y Niki Giannari nos hace ver que remite a las bases de Europa, a las de una vida digna, igualitaria y libre, y a la fraternidad entre los seres humanos, el filme retrata las luchas de toda persona. Para el caso se trata de refugiados venidos de oriente medio que yacen varados en Idomeni, pequeño pueblo griego fronterizo, que colinda con la República de Macedonia. Grecia no permite que avancen, pero les brinda ayuda humanitaria, provisiones (comida, ropa, carpas), y esto genera agradecimiento y enojo dependiendo de que parte de los refugiados.

El título del filme hace referencia a la introducción del Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels, pero la película es más un llamado humanista que político, aunque sí hay confrontación de posiciones políticas, que se aprecian sencillas, espontáneas y no muy extensas entre algunos refugiados, pensemos que están estancados esperando sin hacer prácticamente nada. El filme tampoco exhibe demasiado estas quejas y opiniones que suelen contraponer entre ellos. Pero escuchándolos más cala la palabra de los refugiados que alegan ser profesionales, de que no se trata de salvajes ni gente a temer, sino que tienen muchas semejanzas con los europeos, como que la religión musulmana quede en segundo plano o se escuche poco de ella de lo que se suele acostumbrar e identificar. Se oye decir que un mal elemento no significa toda una familia, deslindando generalizaciones.

El filme se puede dividir en tres partes. Primero es un filme exigente, pero también a un punto emotivo, con la cámara estática –cargando sentido expresivo- ubicada en algún lugar clave. Vemos muchas veces solo el andar de la cintura para abajo o las piernas de los refugiados moviéndose sobre el lodo y los charcos que ha dejado la constante lluvia. El filme enseña especialmente esos zapatos sucios y bastante gastados que portan, el largo recorrido que han llevado y el que tienen que sobrellevar aun. Luego de aclimatarnos y sensibilizarnos a la realidad que expone la propuesta y temática, la gran dificultad por la que pasan estas personas, en la segunda parte los escuchamos haciendo algunas arengas y discutiendo, es el momento político, han bloqueado las vías del tren ante la negativa de que puedan pasar la frontera. En la tercera parte la imagen cambia a blanco y negro y surge una reflexión humanista, y una poética además, escrita por Niki Giannari, y expuesta mediante una voz femenina en off que llama a la aceptación e identificación con los refugiados, es un llamado a la consciencia de los europeos, mientras tanto vemos gente manifestando alegría y simplicidad a la cámara, como muchos niños jugando en muy austeras condiciones. 

jueves, 4 de mayo de 2017

Hambre de poder (The Founder)

The founder, de John Lee Hancock, cuenta como Ray Kroc (Michael Keaton) convirtió un pequeño pero bastante innovador y exitoso restaurante de hamburguesas en una gigantesca cadena internacional de comida rápida que todos conocemos. Tomo todas las ideas novedosas en cuanto a lo interno (velocidad de entrega, utensilios desechables, compra a pie por ventanilla, un método estricto de preparación) y la honesta imagen del buen americano de los hermanos Dick (Nick Offerman) y Mac McDonald (John Carroll Lynch) e hizo un imperio para sí.

Kroc hasta los 50 años de edad y poco más era prácticamente un perdedor, pero quien nunca dejó de intentar a pesar de los fracasos estrepitosos, y se convirtió casi de la nada –por su facilidad de palabra, ambición visionaria y constante sentido de la oportunidad- en el director de las franquicias de McDonald's, más tarde el dueño absoluto. El filme nos habla de traición, pero denota también un contraste con los fundadores originales, que idealistas, pero también cortos de mira, estaban lejos de los anhelos de Kroc y el sentido del negocio a prueba de todo. El dinero y el éxito cada vez más grande estaban en los ojos de Kroc, frente a una cierta humildad, decencia y conformismo de los McDonald. Desde luego es una historia que hace ver a Kroc como un ser insensible, duro, aprovechado y bastante materialista, pero también muestra a un tipo que con probada -y proclamada- perseverancia llegó a la cúspide.

La ética juega un gran papel en la historia, y choca con el realismo y la brutalidad de este hombre capaz de todo, al que llegamos a oír en la verdadera voz como le faltan escrúpulos, pero también cuan brillante, consciente y decidido estaba. Difícil admirar a un tipo así, pero ahí está la complejidad humana. El tipo hace del sueño americano un camino más vulgar, pero aun así se mantiene presente en él. Tampoco esconde su naturaleza, la defiende y es lo que le hace quien es y qué lo llevó hasta donde llegó, aunque solo le importaba él, viendo que se habla de valentía para decidirse, quitarle el poder a los McDonald o cambiar de mujer. Sin embargo podemos ver que ayudó a otros parecidos a él, gente capaz, necesitada de éxito y darle una buena vida a su familia, pero hundidos en la derrota y frustración, y le retribuyeron, le dieron más éxito.

No queremos creer al mundo así, pero la película es como un golpe duro de realidad, de capitalismo puro y duro, el resto diría seguramente Kroc son sólo idioteces. Se dice como lema de que el talento y la virtud infinidad de veces se quedan en la derrota, pero la perseverancia, la motivación y la fijación absoluta, mediando la habilidad y astucia impía para los negocios, rendirá frutos. Kroc hasta le roba el alma a los buenos de los McDonald, el sentido americano y familiar de su restaurante. Ni la autenticidad se salva de las manos de la ambición, y se sale con la suya. Kroc es consciente de todo, de ello que nunca cambiara el nombre original, y eso lo hace una persona más terrible, pero brillante. Triste, pero cierto. El filme siempre es interesante y emocionante, nunca baja la guardia, y Michael Keaton, en una de las mejores actuaciones de su carrera, Nick Offerman y John Carroll Lynch están excelentes.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El viaje de los comediantes (O thiasos)

Esta obra maestra del griego Theo Angelopoulos, seguramente su obra más importante, de 4 horas de duración, recorre la historia de Grecia desde 1939 hasta 1952, pasando por momentos claves de su historia, la dictadura de Ioannis Metaxas (1931-1941), la guerra entre Italia y Grecia (1940-1941), la ocupación alemana (1941-1944), la guerra civil (oficialmente de 1946 a 1949, pero empezó antes), la intervención y estadía fiscalizadora americana e inglesa en Grecia (la ocupación inglesa con el general Ronald Scobie) y la llegada al poder en 1952 del mariscal griego Aléxandros Papagos como primer ministro de Grecia, habiendo comandado a la derecha, viniendo de comandar al ejercito griego contra el ataque de Italia, país al que venció, pero Alemania lo terminó derrotando y lo mandaron a un campo de concentración del que volvió triunfante.

Al filme se le propone desde el punto de vista de la izquierda de su país, viendo que Grecia estuvo dividida todo este tiempo, por un lado los monárquicos, por el otro el partido comunista griego, que tuvo gran repercusión con el Ejército Popular de Liberación Nacional que claudicó en 1945 con el Pacto de Varkiza donde entregaron las armas. El Ejército popular de Liberación Nacional luchó en la segunda guerra mundial de 1941 hasta 1945 contra Alemania. La derecha venció a la izquierda y quedó una sensación de yacer pospuestos y desear buscar redención.

Angelopoulos no solo se queda con este tremendo panorama y manejo histórico también hace uso de la literatura griega, se basa en la Orestíada de Esquilo, en superponerla en su trama, mostrando traiciones y venganzas dentro de la representación de la guerra civil griega, hablándonos de Agamenón (padre), Clitemnestra (su esposa), Aegisthus (el amante de Clitemnestra), y Orestes y Electra (los hijos de Agamenón y Clitemnestra).  Esto funciona no tan contundentemente porque la trama tiene su propia libertad narrativa, guiada por un teatro itinerante, un grupo de protagonistas de las vicisitudes de su época. El teatro ambulante pone constantemente en escena  la obra teatral Golfo la pastorcilla, una historia de amor, muerte y traición, que se mezcla con todos los componentes históricos antes mencionados.

El filme de Angelopoulos resulta arduo de comprenderlo en su totalidad pero con todos estos datos y elementos en el conocimiento del espectador uno queda maravillado de semejante estructura y narrativa, tan compleja y completa. Hay que estar muy atento, en varios momentos escuchamos información histórica, como con los altavoces de la propaganda política que hacen como de voz en off, explicativa y contextual, aunque está inmersa en lo autodiegético.  En otros momentos lo vivimos, incluso simbólicamente, como narrativa, como cuando dos bandos luchan, unos disparan y otros corren y cambian de lugar, en una toma fija de una calle, de izquierda salen pobladores, luego salen de la derecha; o cuando soldados ingleses se burlan de la compañía de teatro y empiezan a forzarlos a bailar con ellos; está también la escena brutal de una mujer comunista violada como venganza a una acción paramilitar, mujer que luego le habla directamente a la cámara y detalla hechos históricos, la realidad del partido comunista; o esa escena en un bar donde mediante la música se dan arengas contra el gobierno monárquico y luego estos reaccionan y dan sus propias proclamas cantando. La música juega un gran papel en la propuesta, mostrando lo popular, sea la facción que sea, hay un tono llano en todo el filme.

El viaje de los comediantes es una obra monumental que fascina cuando entendemos todo el alcance de su propuesta, contada en varios niveles, con una manera próxima, bella y emotiva. La estructura de como fluyen los tiempos -que van y vienen- es otra imponente virtud, sobre todo porque a pesar de que el filme tiene 4 horas de duración contiene pocos cortes, generando una estética más personal y una filosofía con las largas tomas. Presenta mucha originalidad y variedad de expresión. Ganó el premio fipresci en el festival de Cannes de 1975.

viernes, 24 de marzo de 2017

Silencio

Durante el siglo XVII ante el miedo a la expansión del catolicismo en Japón, y lo que podía significar, el control colonial europeo, Japón prohíbe la práctica del catolicismo y se dedica a perseguir, castigar hasta matar o hacerlos renunciar, a los que profesan ésta fe, sean de su población o extranjeros. Dos padres jesuitas portugueses Rodrigues (Andrew Garfield) y Garupe (Adam Driver) escuchan que su maestro, Ferreira (Liam Neeson), ha apostatado, tiene ahora nombre japonés y propia familia incluida, ellos no lo creen, saben que Ferreira estaba en un viaje de evangelización, y deciden ir a averiguar. Garupe y Rodrigues ven la fuerte situación que reina en Japón, pero practican el cristianismo en la zona, tratan de seguir su misión a escondidas a contracorriente de que el inquisidor Inoue (Issei Ogata) pone mano dura en el territorio.

Inoue luce algo ridículo, algo exagerado, pero también se manifiesta inteligente, su debilidad producto de la edad la suple con el enorme poder de su cargo, sabe bien el deber que tiene, se le siente que es para él algo personal, como el japonés que piensa que está defendiendo la gloria de su nación. La religión es solo el pico del iceberg, lo que esconde un orden y control político. El filme en manos de los padres jesuitas es un quehacer más inocente, al menos en lo que creen y profesan Garupe y Rodrigues, sienten que están propagando una necesaria verdad que atañe a todo hombre, buscando salvar las almas de los campesinos nipones.

No es casualidad la imagen del primer encuentro con Kichijiro (Yôsuke Kubozuka) que parece un perro callejero sucio, es el reflejo de la pobreza reinante y la dejadez del poder. En esa situación la palabra de Jesús cala profundamente, pero en lugar de solucionar el problema, la diferencia social, producto de la ideología y la estructura política, monárquica y feudal, les conviene mejor sólo usar la violencia, torturar, y hacer que renuncien e insulten al Dios cristiano, hacer que la superficie desaparezca.  Por cierto, Kichijiro da cierta risa, con lo endeble que luce, pero se entiende que es así por la fuerza con la que choca su fe, el temor a morir. Pero es a un punto increíble ver que a pesar de todo Dios –y los padres- le perdonan, le dan infinitas oportunidades, y él finalmente digamos que retribuye. Es la duda absoluta, medio un Judas cómico.

En el filme hay dos líneas de desenlace, que es lo que finalmente más importa. Una es la aceptación del poder japonés, la negación del cristianismo en suelo nipón, que va por Ferreira, quien argumenta de forma interesante (pero aunque lo niegue se debe su apostasía a la tortura fina y estratégica), aduciendo que Japón es un pantano donde no se podrán sembrar nunca ciertas plantas. En esa línea hallamos otra adaptación de la novela histórica de Shûsaku Endô, Chinmoku (1971), de Masahiro Shinoda, que es derrotista con el catolicismo, y triunfalista del Japón tradicional. La otra línea, la de Martin Scorsese, es la de que Ferreira es como un especie de Satanás, un tentador, imitando a la biblia, lo que es constante en el filme y más que seguro en el libro. Y la tortura, el salvar a los campesinos a cambio de la apostasía, los que le valen muy poco a los monárquicos, es un chantaje brutal, un subterfugio de implacable debilidad contra la fe, pero ¿qué hace un padre ante esto? El filme de Scorsese ve el sacrificio, la entrega y sobre todo el perdón de Dios. ¡Dios habla!, aunque parezca más una alucinación de la tensión. 

Otra discusión atractiva de la película es la que dice que los campesinos no saben bien lo que hacen, sobre entender la trascendencia, y que incluso no comprenden bien a quien le rezan ni por quien lo hacen (se dice que le rezan al sol), pero su devoción, martirio y muerte –aun en sus limitaciones- es acción suficiente para no pretender desestimarlos, porque la vida es lo más preciado que tiene uno (tenemos a Kichijiro para corroborarlo), como que todo hombre vale sin importar su humildad, cosa que no se comparte en el tiempo de la ambientación por los mandos japoneses ni por el renacido Sawano Chuan (Ferreira), y entregarla por una creencia religiosa es tal cual la aceptación de aquella visión de Cristo, uno se debe a ellos, a su respeto y honra. En ese sentido la intervención de Shin'ya Tsukamoto como un campesino creyente es de una emotividad maravillosa, lo mismo que con el traductor aliado del poder japonés (Tadanobu Asano), son contrastes magníficamente definidos, aun tan marcados.                                                                                                                      

viernes, 24 de febrero de 2017

Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge)

La vuelta de Mel Gibson al perdón y aceptación de Hollywood es una película que defiende la guerra, que proclama la necesidad de ir a luchar a una, para salvar a los niños y a las mujeres de nuestro país, nos dice un diálogo, que completo, de la opresión y el abuso del enemigo dominador, que uno puede substituir pensando en American Sniper (2014), viendo como niños y mujeres son empujados a acciones de defensa contra los invasores y caen muertos por el francotirador. El filme es una apología a la guerra y un tributo al soldado americano, específicamente al de La Segunda Guerra Mundial, y más a fondo, en la escalada de Hacksaw Ridge, en la batalla de Okinawa. Todo apuntaría a una película bélica más, enarbolando lo habitual, nacionalismo y justificación, no obstante el ingenio de la película de Mel Gibson se basa en unificar la guerra con la religión, con el humanismo, con la sensibilidad por no matar. Es decir, hacerlos compatibles, y justificar doblemente las acciones bélicas, y esa forma terrible de asesinar, que Gibson sabe muy bien retratar de forma brutal, sin dejar nada a la imaginación.

La guerra, lo horrible de morir y matar queda retratado fielmente –con su toque de humor, otro de exageración y un potente anhelo de entretenimiento- en la película, habiendo largas y variadas exhibiciones de combate (como media película son las recreaciones pormenorizadas de los combates), asumidos en el gore y en la explicites más liberal, viendo cómo se salen las vísceras, surgen incansables mutilaciones, sangre por doquier, escenas de todo tipo de destrozo sobre el cuerpo humano. Por ese lado sabe uno a lo que va y el patriotismo y el heroísmo queda fehaciente, al mismo tiempo que el miedo queda relegado en la obra de Gibson.

Lo inteligente de la propuesta es justificarlo del lado de lo humano, del miedo a ir contra Dios, y quedar bien con matar al prójimo, como versan las religiones y el ideal, y la que más se adapta al lugar es la religión de nuestro protagonista, el médico y primer objetor de consciencia medalla de honor en combate Desmond Doss (Andrew Garfield), quien en realidad existió y es un héroe total, que en el filme llegan hasta santificarlo –hay una escena de elevación muy clara al respecto- y a convertirlo en el guía espiritual de la guerra para sus compañeros americanos, que sí usan las armas convencionalmente, mientras él simplemente salva a los heridos, no solo como médico, sino en una acción especial, algo sobrehumana, que puede sonarnos fantástica e irreal. De hecho hay su buen toque de maquillaje y cine, pero eso no le quita un ápice histórico a la valentía y excepcionalidad de Doss. La religión que sirve para adecuarse a la guerra es la Iglesia adventista del séptimo día. Doss va a la guerra sin usar armas, ni matar a nadie, cuando los japoneses son retratados como militares radicales, casi locos, no tienen humanidad, son simples entes para reflejar al enemigo que había que combatir y destruir, otro punto de concordancia con la idea clásica de retratar la guerra en el cine americano (al otro lado están los salvajes), que la notable Cartas desde Iwo Jima (2006) no acataba y se mostraba generosa, real y más humana.  

En el filme hay una jugada maestra, se habla de tolerancia, hacia este soldado que no quiere matar, que se niega a usar un arma, pero siente una necesidad de participar en la guerra, pero, claro está, sirve también para esa otra tolerancia a perpetrar y defender la guerra. Lo cual es la audacia del filme, esta conjunción y convivencia. El resto es entretenerse con la visualidad de Gibson, que es todo un showman con el gore de los combates.

El filme empieza enseñando el hábitat de Doss, con un Andrew Garfield haciendo de joven maduro y bondadoso con cara de niño bueno y tonto perpetuo, sumándose un enamoramiento tierno, pero con menciones al divertimento de la sangre, el que tanto gusta al hijo prodigo Mel Gibson. Muy bien la guapa y dulce Teresa Palmer como la novia de Doss. También decir que Garfield proyecta más cuando ya queda involucrado en la guerra. Vince Vaughn como el sargento Howell, el entrenador del ejército, cumple, no lo hace mal, pensando que total nunca nadie superará la figura y recuerdo del Sargento e instructor Hartman (R. Lee Ermey) en el cine. El que sí merece mucho más respeto y luz es Hugo Weaving que hace del alcohólico, abusador familiar y ex –militar con trauma y dolor existencial Tom Doss que termina comportándose decentemente más tarde. Lo que uno puede notar del filme de Mel Gibson es que utiliza las ideas manejables y aceptables de la guerra, y arregla los errores de una película como American Sniper (2014). Gibson es entretenido, pero nunca barato.

viernes, 17 de febrero de 2017

Talentos Ocultos (Hidden Figures)

Basado en hechos reales sobre tres afroamericanas que trabajaban en la NASA como matemáticas, ingenieras o científicas que en los comienzos de los 60s sufrían de discriminación racial y en segundo grado del machismo. Es una película que hay quienes tildan de televisiva y sentimental, para agradar a la gente apelando a lo sensible y altruista. La lucha y la superación de la segregación racial. Sin embargo, no la encuentro una mala película. Tiene sus momentos de fácil empatía sí, pero la hallo ligera y distinta a cierto cine, donde existe mucho sentir del sufrimiento, hay un radical reflejo de la crueldad, el dolor y la humillación. Puede que como ya se trata de los 60s y que estas mujeres entregaron un enorme trabajo al desarrollo aeronáutico y del espacio de su país en un lapso clave el trato que vemos no deja de ser duro, pero se da menor a antaño. Lo cual la hacen una película menos efectista, y algo más graciosa, más entretenida, vista bajo una óptica algo diferente, sin por ello obviar la lucha por los derechos igualitarios.

Entra a tallar que las reacciones contra la discriminación y los logros se exponen de manera más relajada. Como ver que Katherine G. Johnson (Taraji P. Henson), la líder del grupo, la que más logros tiene en la historia americana de las tres, suele caer en gestos corporales de apuro y contención para llegar a tiempo al baño que han colocado lejos de su escritorio de trabajo.

Desaparece el quehacer melodramático, de debilidad y melancolía, de extremismo, y se vuelve algo más propio del carácter, donde tanto  Octavia Spencer, Taraji P. Henson y Janelle Monáe muestran atrevimiento, propio de los nuevos tiempos, pero sin que acompañe lo violento, soberbio o hipersensible, cuando éstas afroamericanas no pueden aun integrarse por completo a la sociedad, que separa a las minorías y privilegia a los blancos, como crear el uso de baños, espacios y utensilios para gente de color, no poder ejercer cargos muy altos que dominen personal caucásico o no permitirles el ingreso a muchas universidades, todo lo cual éstas tres mujeres logran superar, ser las primeras y dejar una marca histórica y abrir una puerta para el resto de los afroamericanos, aparte de perpetrar grandes logros en el progreso de la NASA y la lucha de la carrera espacial contra la URSS, tal es poder hacer que el astronauta americano John Glenn pueda orbitar alrededor de la tierra y regresar a salvo.

El filme se muestra agradable sin mucho embrollo, uno acompaña cada gesto de progreso (sea con la habilidad matemática o alguna intelectual, cierto, expuesto como aperitivo de McDonalds), en un ahínco que queda explicado por su lado mediante sus relaciones afectivas/familiares. El filme permite que las respuestas sean audaces cuando cuestionan a los blancos. Frente al compañero antipático (Jim Parsons) o el rol de jefe de Kirsten Dunst que guardan prejuicios, pero estos se manejan con más respeto hacia los afroamericanos que lo que se acostumbra en la temática, están dispuestos a escuchar, a comprender y a soltar. Se siente más sencilla la exposición de las desigualdades y se resuelve de la misma manera.

Un discurso naif puede ser determinante, como frente al juez. El jefe ejemplar de mente abierta que hace Kevin Costner rompe un cartel de segregación frente a todos, hay sus momentos de aplausos empáticos corrientes. El filme no es particularmente especial, no hay complejidad en la labor del director Theodore Melfi (la parte científica y matemática se reduce en que son genias y resuelven problemas), pero tiene su gracia como película familiar.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Francofonia

Mientras un barco carguero que transporta obras de arte parece a punto de naufragar el director del filme presente Aleksandr Sokurov conversa por skype como puede ante la mala recepción con un amigo que se encarga del transporte marítimo. La voz en off de Sokurov explica y señala el camino de la exhibición de la historia del Museo del Louvre, en especial durante la ocupación nazi de Francia, permitiéndose hacer un documental a su regalado gusto y estilo, con ciertas extravagancias y ocurrencias, teniendo ratos de ficción donde recrea a los dos principales participes de haberse resguardado las obras de arte del Louvre durante la rapacidad del arte por los nazis en los países ocupados por ellos, uno es el director del Louvre de ese entonces el pequeño burgués Jacques Jaujard y el otro el conde alemán Franz Wolff-Metternich (encargado del Kunstschutz, la conservación del arte durante la guerra) quien era un militar aristocrático y verdadero amante del arte por sobre cualquier cosa, incluyendo la política, por lo que entablaron una amistad que duraría hasta después de terminada la segunda guerra mundial.

Vemos a estos dos hombres interactuar en la recreación de esa etapa oscura de la historia europea, donde pone la mano, en la llaga, Sokurov, hablando además de una Francia dócil. El filme antepone el arte, la pasión, devoción, significado y respeto por el culto al humanismo artístico, ya que el arte simboliza lo que nos enaltece y describe como seres humanos, de ahí que su conservación sea como rescatar el alma de la humanidad, y eso entienden muy bien Jaujard y Metternich que hicieron todo en sus manos por protegerlo.

Sokurov moviliza a una tal Marianne,  una especie de clown que representa a la República y su declaración de derecho en el lema “Libertad, igualdad, fraternidad” que suena algo irónico enfocándose el filme en la II guerra mundial y en la pasividad francesa de la época. Otro que aparece de pronto es Napoleón Bonaparte reclamando homenajes, tonteando por ahí, sin darle mayor importancia. Sokurov también intenta hablar con Antón Chéjov y León Tolstói quienes duermen, guardan silencio. Otro punto es que el director ruso muestra que su patria fue brutalmente atacada por los nazis, tratada muy distinto a Francia y a su conservación del arte, fue como querer borrar a Rusia del mapa en todo sentido, invocando enorme odio al bolchevismo.

Francofonia rinde transversalmente pleitesía a los museos más grandes del mundo, y al museo en sí considerándolo un lugar trascendental para cada país y su identidad (se pregunta, ¿Qué sería Francia sin el Louvre?), como El arca rusa (2002) lo hacía con el museo del Hermitage en el actual hogar de Sokurov, San Petersburgo. La obra presente utiliza archivos espectaculares, de primera mano, manipulándolos para hacer de Sokurov un historiador con un estilo visual muy libre, expresivo y plástico, en donde el ruso hace un filme con opinión y es crítico y hasta irónico a ese respecto, aun cuando el propio Louvre se lo encarga y es el productor del documental.

viernes, 12 de febrero de 2016

Spotlight

Película nominada a 6 premios Oscar que trata la denuncia basada en hechos reales de una gran cantidad de sacerdotes pedófilos en Boston, hablando de un 6% del total, de entre 70 y 90 curas corruptos en un solo estado de EE.UU., desde el ejercicio detallado de una investigación periodística donde se destaca la profesión de periodista en la laboriosidad de sacar a la luz un daño social y humano donde implica desnudar un sistema, el encubrimiento, la impunidad y/o la negociación sin consecuencias con las víctimas, de parte de la iglesia católica y gracias a abogados interesados económicamente y serviles a la institución y a su necesidad en la ciudad, contra niños pequeños o chiquillos, indefensos, engañados por su fe familiar, inocencia, el poder social en la comunidad, y por el respeto a Dios, salidos por lo general de hogares destruidos, con lo que era más fácil ejercer el abuso, aludiendo casi a cualquier niño(a), como indica el caso del cura y entrenador del equipo de Hockey del respetado colegio en el cual estudió uno de los protagonistas de la investigación, como aquella preocupación que dibuja el filme al ver niños cerca de una casa de tratamiento psicológico de curas pedófilos o jugando próximos a la inadvertida vivienda de algún sacerdote pederasta, tal cual la indignación del investigador del caso Mike Rezendes (Mark Ruffalo) que es el que se muestra más intenso y emotivo del grupo de Spotlight, una unidad de investigación formada por cuatro integrantes del diario Boston Globe, completados con Sacha Pfeiffer  (Rachel McAdams), Matt Carroll (Brian d'Arcy James) y el editor del equipo que interpreta Michael Keaton conocido como Robby, quienes le reportan a Ben Bradlee Jr. (John Slattery) y al nuevo editor en jefe del periódico, Marty Baron (Liev Schreiber), que es el "foráneo", no nacido ni criado en Boston como los demás, un famoso periodista que viene a crear una cierta revolución en el diario.

El filme tiene una narrativa que no busca el sobresalto ni el drama sentido, escogiendo no ser demasiado visceral o sólo en muy pocos momentos, sobre todo en la breve escena en el balcón en casa de Sacha (en el mayor lucimiento de Mark Ruffalo, aparte de su sostenido cierto cariz juvenil, medio torpe, bastante casual, al que vemos ordinario, igual al correr de George Clooney en Los descendientes, 2011), o en el arrebato de la sala de redacción ante el anhelo de ya ir tras el cardenal Bernard Law, el encubridor, el “descuidado”, que tiene tal tranquilidad que luce inquietante, idóneo en el actor Len Cariou, perfecto en aquel regalo del catecismo (todos los caminos conducen a la iglesia o ésta los guía, nos expresa con una amable sonrisa y mucha paciencia y docilidad), porque la iglesia actúa salvaguardando su imagen, aunque deshonrosamente. Sin embargo no es ninguna extraña conspiración asesina ni por el estilo, simplemente trata de liberarse de cualquier señalamiento negativo, del daño público, y hasta en eso el director Tom McCarthy se permite bromear ya que su filme es muy coherente y realista, de lo que muchos pueden sentir que le falta a la película ese toque fabulador típico, pero prima plasmar una investigación seria, aunque entretenida también, a su elección, y es la treta legal, el amiguismo, la devoción a la institución, el artefacto enemigo a desenmascarar.

Los protagonistas son los periodistas, los que se emocionan y padecen, temen, se enojan, lucen osados, audaces, firmes, laboriosos, apurados, frustrados, sufren el caso, el teatro es todo suyo, aunque también exudan mucha calma, como que están sólo cumpliendo un trabajo (bastante identificable en como actúa y piensa Marty Baron), aun con vínculos en todos los Spotlight, la abuela que va 3 veces a la iglesia o la esperanza de un retorno a la fe.

Los casos específicos no se exhiben brutales, la pedofilia se siente en otro lugar, de otra manera, si se quiere, en el trabajo racional (fuera de enojos, preocupaciones o cierta identificación de los periodistas), en entender la denuncia, la de la gran cantidad y lo sistemático (incluso se le llega a pedir a una víctima que sea precisa, faltando, más allá de lo evidente, una mejor expresividad), donde en ese lugar tiene presencias poco potentes, una artificiosa –ese brazo agujereado- y la otra que adolece de cierta corrección política –una primera mala experiencia sexual-, aludiendo al trauma que desencadena la auto-destrucción de lo que más bien sigue la línea de desmenuzar la investigación, en cómo llegan a empalmarla, resolverla, solventarla, tratarla y llevarla al público el grupo de Spotlight a través de mucho tiempo, habiendo varios mea culpas de por medio, y hasta ambigüedad moral, ratos donde cumplir con tu trabajo y rendirle culto a la iglesia pesó/pesa tanto. En ello el filme es notablemente humano, eludiendo maniqueísmo y figuras fáciles.

La propuesta parte de un interrogatorio a un reincidente cura pedófilo en un arranque oscuro y burocrático, a un pequeño artículo que pasa en gran parte desapercibido. Parte de una fuente como el abogado que ejerce unas 80 demandas a la iglesia, Mitchell Garabedian (un sobresaliente Stanley Tucci), que tiene un aire extraño, aparentemente discutible, a ese otro punto central de denuncia, Phil Saviano (Neal Huff), activista y sobreviviente de abuso, habiendo sutileza en la idea de la desestimación de sus colaboraciones, viendo que años atrás fue eso lo que justamente ocurrió, hasta el in crescendo con el descubrimiento cada vez mayor del número de curas corruptos, por lo tanto más víctimas, llegando a esos teléfonos repiqueteando incesantes, y a esa lista de estados y países con el mismo problema, el de no solo unas cuantas manzanas podridas.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Puente de espías

La nueva propuesta del genio Steven Spielberg, con guion de los hermanos Coen, es una buena película, que en sí es llamativa (la historia verídica de un intercambio de espías en medio de la guerra fría) pero desprovista de aparatosidad y demasiada trascendencia como obra (que no sea la magia de conmover y movilizar que Spielberg mantiene intacta), y que podía ser de tremenda pesadez (como Lincoln, 2012, pero que resulta interesante, dentro de otra introspección del derecho), tratándose de una propuesta seria de espías de más de 2 horas, pero que deviene en una entretenida, amable y sencilla película, muy bien desarrollada, con un Tom Hanks como el probo e intachable abogado James B. Donovan, de lo que la inteligencia de Spielberg se imprime no en crear un protagonista ideal, como muchos pueden creer y hasta criticar amparados en la ambigüedad de los personajes que tanto subyuga y complejiza el panorama de una trama, sino en contrastarlo con lo que piensa la gente de él, y ahí yace la jugada central del filme, a la que hay que prestar atención, de lo que Donovan es visto como un especie de traidor, como tan llanamente hace ver su preocupada esposa (articulándose la idea del verdadero nacionalismo) cuando juzga al espía ruso y cliente de su marido, por más que el abogado americano le explica coherentemente que no es así, que Rudolf Abel (Mark Rylance) no es un traidor, sino un hombre que sirve lealmente a su país, y que es lo mismo que haría un norteamericano, por lo que es mejor no enviarlo a la silla eléctrica y poder tener un aval para el futuro, yendo más allá de la razón humanitaria, que la hay también, ya que Donovan dice muy sabiamente pero sin ínfulas de intelectual que todo ser humano vale, y no solo lo habla, sino lo pone en práctica, con el estudiante americano atrapado tras el muro de Berlín (en ciernes) y pre-visualiza las diferencias de entonces de los gobiernos de las dos potencias, estipuladas sin ser recurrente ni remarcarlo (bien explicado con unos niños que juegan trepando un muro en New York, conjugándose con el intento de traspasar la frontera entre las dos Alemania y ver gente morir en el intento, desde la cotidianidad del metro que sirve como auscultación de complicidades y conflictos).

Se ve la madurez de Spielberg, si se quiere, dentro de pedir lo negociable en su arte y tipo de entretenimiento, en que no existen exageradas diferencias entre el trato de Rusia y EE.UU., en realidad, aunque si mayor perspicacia, nobleza y, por supuesto, participación del lado americano, porque puede que los comunistas tengan más firmeza en sus interrogatorios (como desconfianzas más vulgares), pero ¿el trato luce impactantemente cruel?, parece más bien juego de niños, si hablamos de tortura, como tirar un baldazo de agua fría y no dejar dormir al preso (no hablemos de métodos, lo que se ve es bien ligero).

Queda claro que Spielberg pretende hacer valer lo que más importa en EE.UU. que es dicho en una conversación indicando practicidad, en cuanto qué hace a alguien un norteamericano en medio de su cosmopolitismo y su enorme migración, y es la constitución, por no decir los valores, y el ideal del pueblo, y demostrar que en su país hay respeto por la ley, o existen hombres que lo pretenden así, por más que existan odios en el desconocimiento de los principios, que puede ser una mirada naif a un punto, pero revela una vocación de identidad y orgullo, de verdadero nacionalismo, uno puesto  a prueba, como un mensaje de que el ideal nace en el reto de salvaguardarlo ante una gran exigencia.  Y es que no todo debe ser oscuro, cuando el séptimo arte de Steven Spielberg es conocido, vale, por su luminosidad.

Donovan es odiado por la gente de su país, por defender legalmente a un espía ruso, tras un mandato superior que el asume más de lo esperado, de lo que Spielberg hace ver una noción muy firme e inteligente en las apreciaciones del abogado americano, que lo ve todo fríamente, con alcance real, aunque queda más explícito, y hasta con humor, con el impasible Rudolf Abel que siempre saca algún chascarrillo seco de una situación tensa. Yace en lugar de la mirada lógicamente humilde de las mayorías, esa que ve con alarma una guerra atómica, bien reflejada en las medidas prematuras e infantiles del pequeño hijo de Donovan (como los niños presentando respetos a su nación), con lo que la honestidad del abogado americano es repudiada. Esto sin exageraciones, el sentido principal es otro, claro, mientras Spielberg todo lo muestra con mucha tranquilidad, más recato y delicadeza de lo que uno esperaría, en las miradas serias y atentas de la gente en el metro, y menos en un atentado contra la casa de nuestro héroe, que no tiene verdadera dimensión, que parece estar por cumplir, ya que más prevalece la desmitificación, como de la CIA que se le ve muy normal, sin audacia ni perversidad, como que lo llamen y le pidan directamente que sea un infidente del espía ruso. 

Entra a tallar una cabalidad que muchos no creen que exista, aunque visto el tiempo del filme (fines de los cincuenta, comienzos de los sesenta), es como recuperar un orden perdido. Sin embargo es puesto en duda Donovan, pero como dice el propio protagonista, no importa lo que crean los demás, sino lo que es, lo que ha hecho uno y sabe, y entra a tallar no solo la afirmación condescendiente y por encima del mundo que huele a veces a cuento, la de un Boy Scout, sino el honor, la valentía y la seguridad que respalda a Donovan en la trama y en los hechos reales (siendo un hombre común, ahí vemos que le roban el abrigo sin nada espectacular), como que el piloto norteamericano no es igual de leal que Rudolf Abel, que siendo el enemigo es retratado heroicamente a la par del rol del muy talentoso, tan resuelto y natural, Tom Hanks. Es una historia que verdaderamente apuesta a la bilateralidad, en lo posible, aun bajo un tema de común maniqueísmo (¿no suele ser la URSS el demonio?, pues eso sobrevuela).

Rudolf es esa ambigüedad que le piden a Donovan, aunque intrínseca, ya que prevalece otro sentido hacia su persona, que colinda con la admiración. Pero de lo que se trata su trabajo es permitir sacar información para el desarrollo de una guerra atómica y la posible muerte que implica con ello, de norteamericanos, si bien es más pura táctica y control espacial, como que la mirada del filme llega finiquitada la guerra fría, no pretende anacronismo, y desde luego, tiene como público asiduo a la propia Rusia con la que confraternizar, visto en la relación del abogado norteamericano y el espía ruso, la URSS es el pasado. Donovan es probo pero su gente no lo cree así y se manifiestan los matices en el personaje desde otras formas de expresión. Tampoco es que uno tenga que estar de acuerdo completamente con lo que presenciamos, pero sí que en el transcurso veremos que había coherencia más allá del mensaje simpático, sobre todo que existen justificaciones, como la practicidad de la condena, convertida en una previsión de futuro beneficio de intercambio, una noción de estado de derecho como nación y razones humanitarias con el menos pensado, que terminan generando injerencia en el pensamiento ajeno y como sobrellevar una guerra y con ello evitarla, lo cual a un punto hacen de Donovan un tipo ladino y visionario. Me parece audaz ese pensamiento, cuando uno siempre tiende a creer que en el derecho prima la conveniencia económica de unas aves de rapiña, y aquí el mensaje es otro, es la honra plena de un trabajo, el de defender la constitución, ante todo, en que todo hombre merece una defensa y un juicio justo. Discutible, pero una perspectiva interesante que revalora ciertas acciones. Defender a un criminal, un enemigo de la patria, no es cosa fácil, y menos pedir incluso una apelación, con lo que Donovan se convierte razonablemente en otro enemigo. Esa es la verdadera “hazaña” del filme, que uno haga lo correcto sin importar la imagen, hacer del probo un enemigo, y del enemigo un tipo probo.  El resto es entretenimiento.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Dallas Buyers Club


Ostenta 6 nominaciones a los Premios Oscar 2014, y dentro dos candidaturas que yacen como las favoritas a mejor actor principal y de reparto, para Matthew McConaughey y Jared Leto respectivamente. Ambas son muy prodigiosas, bastante exigentes, pero me ha impresionado mucho más como resultado interpretativo la de McConaughey, por medio de una consumada expresividad, su tensión y los cambios de ánimo tras el proceso emocional que rigen a su personaje, en la preocupación ante el futuro próximo que desnuda su temple, el que viene de una personalidad fuerte siendo un hombre tradicional del sur americano, con su masculinidad al tope, su natural homofobia y sus prejuicios, que nos describen a un tipo aparentemente simple, que remonta lo que puede verse como un estereotipo y promueve una adaptación, producto de enterarse que ha contraído el VIH y le auguran solo 30 días más de vida. Éste conflicto lo terminará dibujando como una persona inteligente, audaz, emprendedora, decidida a luchar y sobre todo a aprender dadas las circunstancias a ser tolerante con otras realidades y gente que en la normalidad de su entorno rechazaría, los que ahora son afines a él por la enfermedad que produce el sida, y la inminente muerte. Pero que se puede manejar a un punto si uno la trata, prolongar la existencia y la calidad de ella, aun estando a mediados de los 80s cuando las soluciones y las medicinas eran precarias y hasta arcaicas, ya que los médicos de la época dependían de una droga, el AZT, que no era suficiente, y causaba daños colaterales, según nos cuenta ésta biografía. Entonces ante la necesidad de subsistir, Ron Woodroof (Matthew McConaughey) un electricista que vive en el estado de Texas, aficionado al rodeo, soltero, mujeriego, acostumbrado al sexo casual (destaca una escena en el contraste de un coito en medio de un corral de salida de toros y su plaza en pleno uso), a las drogas y al alcohol, se reorganizará, buscará opciones, dando lugar a utilizar y contrabandear medicamentos no permitidos ni disponibles en Estados Unidos, en su llamado Dallas Buyers Club (Club de Compradores de Dallas), atravesando la frontera hacia México o volando en avión a países como Japón o Israel para traer remedios y recursos, que lo harán superar su pronóstico de sobrevivencia.

En el otro lado debo decir que Jared Leto es un actor que me parece mucho mejor de lo que se le tiene, uno al que aprecio mucho desde la maravillosa Réquiem por un sueño (2000), alguien talentoso que hasta la fecha inexplicablemente caía en cierto anonimato e indiferencia, es decir no miraban su alcance como interprete, y que en la presente aplaudo, haciendo de un transexual enfermo de sida, como compañero de trabajo, mano derecha y amigo de Woodroof, con un cuerpo muy delgado y ademanes y amaneramientos idóneos a su rol. No obstante hay momentos actuales en que me decepciona, en que no le creo o me es poca cosa la empatía que se quiere crear con su sufrimiento o cierta marginalidad, observando que tiene rasgos de frialdad que denuncian método. Pero si hay que sopesar y escoger me afirmo en su defensa y colectivo elogio por todo el conjunto presente y me parece que lo reprochable es lo menos. Me cautiva mucho más su sensibilidad y compromiso para transformarse y manejar el papel, creando a un interesante y en cierta medida complejo Rayon para Dallas Buyers Club, que vendría  a vislumbrarse si conjugamos tres de sus anteriores artificios, la homosexualidad de la pareja del conquistador griego en Alejandro Magno (2004), aunque no desde alguien atractivo como se deja ver en la de Oliver Stone, sino más rústico; el impresionante cambio físico de El asesinato de John Lennon (2007), en ella representa a Mark David Chapman, quien mató al legendario Beatle, el que estaba bastante subido de peso; y la versatilidad, el ser difícil de clasificar, de la bastante irregular pero curiosa Las vidas posibles de Mr. Nobody (2009).

Matthew McConaughey sale de la rutina en su caracterización, tanto por personalidad como de emulación que consiguen una unión perfecta, la cubierta realza el fondo y se permite engrandecer la historia que vista bien no es nada del otro mundo, pero la que opera sacando provecho de sus recursos, de su sencillez, siendo más manejo, aun siendo tan importante lo que trata. Tan bien lo hace que parece que hasta implementa gestos a su cualidad de actor. Es muy penetrante y sugerente su trasmisión de cómo se siente, sin caer en esos muchas veces gastados dramatismos que dado el contexto podríamos creer que se exigen, y se debe a que es un tipo rudo, aunque tiene su breve escena de quiebre, de lágrimas, en donde asoma decidirse, que incluye el suicidio, lo que saca a flote toda su esencia en lo estoico de su carácter, y eso hace que la precisión y el detalle cobren tanta prodigalidad en la piel de éste actor. Su cuerpo trabaja al completo, y ayuda mucho haber bajado tanto de peso para consolidar a Ron Woodroof.

El estado de enfermedad de Woodroof yace logrado desde algo básico pero bastante asumible, aparte de la apariencia, con ese zumbido previo a los desmayos, el que hace de recordación inmediata y produce un estado de inestabilidad que es indispensable dada la trama, a la par de la que genera la reacción del gobierno y la policía, ante las pautas de la Agencia de alimentos y medicamentos (Food and Drug Administration, FDA), que se movilizan bajo el control que ejerce la industria farmacéutica americana de su tiempo, a la que se le imputa el mal manejo de los pacientes de sida, producto de intereses económicos y administrativos (esto se desliza por boca del protagonista, tratando de entender las limitaciones y la austeridad de recursos que impone la institución a cargo del permiso de los medicamentos). También se debe a que el director canadiense Jean-Marc Vallée sabe imponer su historia, ya que podría quedar oscurecida por las actuaciones, sin embargo éstas son reciprocas, se retroalimentan, desde una capa de suma amabilidad, en que aflora un conflicto especifico (la ineficacia e insuficiencia médica, la próxima mortalidad a esa vera), habiendo su buena dosis de emotividad, mucho desde Rayon (que tiene sus excepciones como la audaz elipsis en la premonición y conjunción de él y el recinto con las mariposas), viendo un proceso alternativo que se da de forma entretenida, fácil de sobrellevar, pero con visceralidad, y es que no hay abundancia de elementos, no siendo para nada un relato vacío, sino que economiza sus fichas, por lo que nunca redunda, sino explota su centro con solvencia, con una muy buena repartición de los hechos que generan alcances mayores, teniendo un background verídico.

Es notable descubrir que Vallée mejora notablemente su ritmo, a diferencia de La reina Victoria (2009) que era más pesada en el transcurrir de su metraje, aunque queriendo ser simpática y en parte -a pesar de la crítica- lo lograba. Ésta deja ver su estilo, el de saber hiperbolizar las tramas, que mejor dicho se trata de sacarle sustancia, atención y atractivo a algo que tiene un argumento pequeño pero que es intrínsecamente grandilocuente por sus protagonistas o su temática. Mientras, en Café de Flore (2011) ya está en todo apogeo y habilidad su capacidad de narrador, en un rendimiento en buena medida de excepción, de saber contar con mucho ingenio, soltura y creatividad un relato, y aprovechar cada parte de su historia, en la que la estructura demuestra mucho dominio de ésta, armando una figura completa por medio de sus piezas muy bien desplegadas, donde vibra la emoción y la originalidad, cuando esto no es que abunde dado el tema de la reencarnación, en la unión de dos líneas argumentales.  

Si un filme es interesante en su temática y atractivo en lo formal, está muy bien contado, tiene actuaciones solidas que describen bien su contexto, no hace falta más que elogiarle. Sin embargo, no es una historia trabajada en el fondo con demasiada complicación, al final lo que exhibe es poco, escogiendo contar algo personal, íntimo, buscando seguramente una mejor empatía, situarse y conmover como enseñar una mayor y más comprensiva convivencia, reflejando desde algo particular un tiempo y un acontecer colectivo, de ahí su relevancia, que toma forma en su capacidad de fabulación mediante sus retratos. Nos encontramos con una propuesta que atrapa en todo auge, y que tiene capacidad de reflexión desde coordenadas directas que calan primariamente, bajo el constante uso de la intensidad de sus lapsos fáciles pero certeros de confrontación. Véase en el supermercado con el ex compañero homofóbico convertido a enemigo, el bar con los supuestos amigos haciendo mofa de su hombría o los encuentros con homosexuales y su mundo. Junto a ello yace su toque romántico dentro de lo que podemos llamar platónico o amistoso en el papel de la carismática y funcional Jennifer Garner.

Tiene varios lugares comunes pero en parte los alabamos porque funcionan en conjunto, hacen de la película una muy solvente, ágil, sin perder un nivel que merece, sabiendo manejar algo delicado con sagacidad e incluso humildad, aunque recurra a explotarle a veces superficialmente. Y es que se deja ver demasiado bien, que uno se vuelve indulgente, comprensivo, con algunos “fallos”, simplicidades o su condición condescendiente con un público amplio. Igual hay que declarar que no estamos ante una obra muy original, o atrevida, en realidad (donde falta profundidad, y no hablamos de que se vuelva un panfleto, quizá le falta seguridad o mayor compromiso en algunos puntos, no solo hacia lo gay), aunque a pesar de todo está muy bien expuesta desde lo que busca, con su fin plenamente realizado, fuera de congraciarse con la homosexualidad que yace es algo bastante más normal en nuestra convivencia social. No se siente que su sentido sea el de querer trasgredir, o ser muy rebelde fuera de utilizarlo como parte de la trama, aunque sí denunciar algo que suele repetirse. Es la historia de un hombre común, desesperado, de uno que a su vez es muchos, pero que yacen pasivos entregados a su suerte; es una voz representativa de salvación. Él enfrenta una mala o ineficaz gestión estatal, y a lo macro-económico, que muchas veces se desligan del sufrimiento de a pie. También es una virtud, explayarse sobre ello, en tiempos donde estas batallas siguen siendo valiosas, porque generan equilibrios, revisiones (como se lee en el epilogo) y tolerancia.