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miércoles, 2 de febrero de 2022

Festival de Rotterdam 2022: Neptune Frost


Éste es un filme curioso, por donde se le mire. Es un musical instalado en Ruanda basado en el álbum de rap del director del filme, el americano Saul Williams, que codirige con la ruandesa Anisia Uzeyman. También es una versión de Matrix (1999) a la africana, aunque más light. Así mismo lleva bastante encima el folclore africano, mucha música tradicional igualmente, música que aparece en todas partes, hasta en lugares que no suelen parecernos acordes o momentos poco asociados con la música tan festiva que es la africana, algo como cuando en Perú se despiden en el cementerio como dentro de una fiesta, honrando a los muertos. Tenemos a un Neo africano en la piel de un transexual, pero aquí es primero interpretado por un hombre, y luego por una mujer de nacimiento físico. En el filme tratan de no hacer diferencias sexuales, lo ponen muy natural, aunque el uso es muy cuidado, bastante fácil de sobrellevar. En el momento del cambio sexual se hace uso de la idea de Matrix a través de algo muy sencillo y sugerente, el protagonista extrae unos zapatos de mujer y se los pone; uno hubiera pensando que se los iba a dar de regalo y seducción a una bella mujer que lo miraba en el lugar en que se estaban transportando, pero sale esto sorprendiendo. Éste es un filme de bajo presupuesto, ubicado en el campo, tan propio de África, otra curiosidad, cuando Matrix suele ser asociada con lo urbano. Es un filme futurista humilde, pero competente, usa bien los argumentos originales para sí mismo. Argumenta un poco sobre la realidad africana, la minusvaloración del africano en el mundo. Asume por una parte la condición de cine social, aunque creativo y diverso, pero lo hace proclamando una revolución poética, intelectual, a partir de obreros con pintas de punks amantes de la tecnología. En la trama existe más de un héroe, se escuchan varios líderes, hay un aire de comunidad pensante. Una curiosidad más en un filme hiper curioso es que los policías usan polos rosados, se usa la palabra autoridad como enemigo. Es una propuesta que musicalmente es buena, no fastidia nunca al oído, aun manejando singularidad. 

miércoles, 11 de agosto de 2021

74 Festival de Locarno: Imuhira y Christmas



Christmas

Corto de 19 minutos, del director chino Fengrui Zhang. En éste vemos como un chiquillo es retirado de la escuela y puesto a ayudar a su padre, un pescador. Pero justo llega navidad, tradición que es vista como americana en el filme, parte desde ahí, como la tentación de lo foráneo, de lo que la tradición paterna y china, y el oficio humilde del padre, no comparte. Es entonces que el hijo tantea al padre y le pide unas zapatillas de basquetbol que ha visto en la NBA del cable. El padre no es mala persona, pero no ve como el hijo quiere más de lo que la tradicional China y el pequeño pueblo en que viven le ofrece. El padre le ofrece otra cosa, y niega al hijo un gran anhelo, que en realidad es la punta del iceberg. El hijo en una escena alargada deja el cuarto y éste queda vacío, la cámara se mantiene estática, el tiempo pasa lento, luego aparece el padre, algo se ha roto finalmente. Observamos un restaurante tipo chifa mezclado con KFC, vemos a un Papa Noel publicitario. El padre sale en busca del hijo, es un hombre de pocos recursos, su solución es medio surreal, pero a la vez representa el ofrecimiento de algo que no emparenta con las nuevas generaciones y no es materialismo, es anhelo sencillo de cosas propias de todos, representado en una sencillas zapatillas modernas. La botella ha sido lanzada al mar para ser recogida. 

Imuhira

Corto de 12 minutos, de la directora ruandés Myriam Uwiragiye Birara. Éste corto es el mejor que he podido ver en la sección Pardi di domani donde he visto 14 cortos muy competitivos. Es sobre violencia doméstica ubicada en Ruanda, África. Una mujer regresa al hogar familiar y encuentra poco soporte, esto representa la sociedad en la que vive. La madre le dice que como será vista ella si la apoya. La mujer que regresa deja hijos en casa con el marido. La imagen es difícil. Ella, en el hogar materno, recibe palo tras palo. Rompe en gritos, llora en público. En un momento hay un truco de cámara con los pies, un truco ingenioso. La película muestra un derrotero siniestro... Ésta propuesta tiene algunas tomas de ese tipo, como con el sumergimiento en el río o con la llegada de la mujer maltratada con el mover del caminar. Pequeños detalles que favorecen el conjunto, que hacen arte. El filme no es tímido en lo que muestra, pero no lo hace mal, más bien se llena de potencia. Es un filme entre rudo y sensible. La mujer en un momento es dejada de lado con las gallinas, no se le permite entrar a la casa, aquí queda claro de manera visual de que trata el filme y su activismo. Es un llamado de ayuda para perfeccionar la sociedad de Ruanda. La obra de Myriam habla de un orden y aunque no presenta todo el panorama se percibe que la mujer de la historia sufre del actual sistema. 

miércoles, 6 de junio de 2018

Mama Colonel


Honorine Munyole, es la jefa de una unidad de la policía en el Congo que está dedicada a proteger a las mujeres y a los niños congoleses. El retrato es horrendo, El Congo es un país lleno de violencia e ignorancia, es un país hundido en el atraso. Y es ahí donde una mujer como Honorine entra a tallar, a dar esperanza, pero sin grandilocuencia ni parafernalia, todo muy simple, su ayuda es básica. Brinda un techo esencial, alimento, enseña trabajos manuales, escucha a las víctimas para que no se vuelvan locas con tanta brutalidad. La guerra de los 6 días, entre Ruanda y Uganda, en la ciudad de Kisangani, trae muchas muertes, violaciones, dejan a las mujeres sin esposos e hijos. A estas víctimas las ayuda Honorine. La primera parte la dedica a recoger a las mujeres, a oír sobre sus sufrimientos y llanto, y en una segunda a los desorientados y asustados niños. Los niños, dueños de unos rostros angelicales, bellos e inocentes, son acusados de brujería, son encerrados, golpeados y corren hasta peligro de ser asesinados por sus familiares. El filme da una solución muy sencilla, pero perfecta, entrega a los niños maltratados a las madres que los han perdido. El filme del congolés Dieudo Hamadi es muy profesional y a la vez muy básico, todo el contexto es de una sencillez y crueldad pasmosa, es un mundo salvaje, pero muy frío, incluso soluciones elementales están sobre problemas muy graves. En el filme vemos como ésta coronel policía tiene que cambiar de ciudad, incorporarse y dirigir en otra unidad, pasa de Bukavu a Kisangani, donde las papas queman. Honorine es una mujer muy práctica y efectiva. Va a los mercados y explica el tema de la violencia al pueblo, pide donaciones. En un momento vemos mutilados y tullidos y se habla de falsas víctimas. Honorine tiene doble trabajo, tiene que corroborar que no la estén engañando. Se hacen presentes abogados. El Congo es un país pobre y convulso, pero hay gente muy fuerte y noble como Honorine, que prestan su entrega por un mundo mejor.

viernes, 7 de julio de 2017

Atlal

El pequeño pueblo de Oulad Allal, Argelia, en 1997 producto del brutal choque entre militares y terroristas fue destruido en gran parte, esto dentro de la guerra civil argelina que fue presa del terrorismo desde 1991 hasta el 2002 y ocasionó 200 mil muertes, guerra civil nacida a partir del golpe de estado a una facción política islamista que no llegó a gobernar y que desencadenó en la furia de dos grupos rebeldes armados islámicos. Este es el contexto de Atlal -que en árabe significa ruinas- del argelino Djamel Kerkar, del que no se dan nombres, ni de organizaciones, y que hay que conocer para no perderse en lo que veremos. En este documental incluso se les apoda de cowboys a los terroristas por no mencionar nombre alguno o está más que sobrentendido, a los que se les culpa de todo el daño de su país. Al gobierno actual le cae crítica también, por su inutilidad en cuanto a las oportunidades y progreso de sus ciudadanos, la falta de resurgimiento nacional, y la pobreza que reina en Argelia y en especial en Oulad Allal.

La propuesta empieza mostrando viejas imágenes rodadas en VHS que describen la ruina y la destrucción de Oulad Allal, pueblo del que se conoce internacionalmente muy poco. El filme en sí entrevista centralmente a 2 personas, a un viejo agricultor lisiado de una pierna que combatió por su propia seguridad contra los terroristas que amenazaban sus labores agrarias, y a un joven de 20 años que es medio poeta y que habla mucho, no se guarda ningún pensamiento. Con ellos aparecen otros a su alrededor, amigos o conocidos de ellos, del viejo otros agricultores o por ahí algún hombre religioso, y del joven amigos con los que callejea, filosofa y rapea –se puede oír rap nacional muy realista, duro y con una pizca de ironía, aun haciendo a veces alusión respetuosa a Dios- alrededor de una fogata, sobre la realidad nacional, la pobreza, las carencias, la soledad, y no queda más que huir del país nos dicen, a la par que fuman, toman y se entretienen entre ellos.

Se habla de la crueldad experimentada en la guerra civil, de defender el país, incluso de los colonizadores europeos. Otro joven del grupo de la fogata que pareciera algo lento se muestra creativo expresándose a través de las letras de las canciones que pone en su celular, ante la música se pierde en su mente, entristece recordando a su familia o vuelve en sí sonriente cuando se queda pegado con la mirada en el graffiti de un muro, de las iniciales de un glorioso equipo de fútbol nacional, MCA (Mouloudia Club d'Alger).

Es un documental interesante, que tiene mucho de queja, pero también su lado positivo, y aunque austero tiene alguna estética como la sombra y toma distante del joven central, un joven cool e intelectual –el caballo en pos de libertad- aludiendo la luna y la respiración. Vemos también a los pobladores de Oulad Allal sembrando, retomando la civilización o muy simples reconstruyendo alguna parte de su pueblo, como en la sencillez muy simbólica de enrejar (levantar) una ventana. Parafraseando al viejo agricultor: soy pobre, pero orgulloso de amar y haber defendido a mi país, mi cuerpo esta lastimado y gastado, pero mi corazón es fuerte y feliz. 

martes, 6 de diciembre de 2016

Foyer

El tunecino radicado en Francia Ismaïl Bahri filma un papel en blanco durante 31 minutos, sí, aunque usted no lo crea, y eso es todo lo que verás en este mediometraje en cuanto a aspecto visual. Un fondo blanco movido por el viento. Un viento e iluminación que produce algunos leves tonos y sombras, nada más. Detrás de ese papel Bahiri sale a la calle y empieza a deambular filmando su particular película. En el camino abundan los curiosos que le preguntan que qué hace, se autoproclaman cinéfilos y le hacen comentarios, hay conversaciones, aunque nunca veremos a nadie ni a nada.

Se trata de dilucidar de alguna forma qué es el cine, cuales son las pretensiones propias y las de los espectadores con respecto a este. Se da el encuentro entre el cine comercial y el cine más personal, extravagante y experimental. La gente común que se acerca es amable y simpática, no desestiman a Bahri, más bien tienen la mente abierta o son diplomáticos. En algún momento se acerca la policía, y se puede apreciar un tono político en el filme. ¡Sí! (risas), todo esto sucede tras un simple papel en blanco. Sin duda, el filme reta al espectador común. Es un filme que seguramente molestaría, aburriría y frustraría a miles de espectadores. En su aspecto político, ese papel en blanco puede simbolizar muchas cosas, algo se oculta o se le oculta a la sociedad tunecina (todo quema, como el potente sol que siempre acompaña a Túnez), o implica la noción de que usted debe poner las imágenes a lo que oye, las conclusiones. En ello se habla de una Túnez problemática, difícil, pero no se especifica nada (al final, el filme irá a parar a una piscina, según se oye). Se siente además el peso de Francia, la sombra de Europa en la ciudad. 

Entre las preguntas del público sale a flote preguntas que se hacen los cineastas del cine de guerrilla, minoritario y de cine arte más austero, ¿vas a exponer en algún lugar tu película? (detrás: ¿quién va a ver tu película?). ¿Cuál es el peso, significado y necesidad de tu película? En el trayecto alguien ironiza diciendo que la película lo volverá famoso. Ahí siempre el contraste con el cine comercial. Cine en que la mayoría se identifica. Se entiende la noción de exposición, de lucha, de convicción, de soledad. Pero el filme está lejos de ser sombrío. El cineasta pretende otorgarle al movimiento del viento de un papel en blanco algún tipo de belleza. 

viernes, 22 de abril de 2016

The Revolution Won't Be Televised

Se acercan las elecciones a Senegal y el actual presidente Abdoulaye Wade quiere reelegirse por segunda vez, perpetuarse en el poder bajo una controversia constitucional, por lo que en este filme vemos desde a fines del 2011 en adelante cómo surge un movimiento contra aquel político, llamado Y'en a marre ("Estamos hartos o ya tuvimos suficiente”), donde parte importante de esta sacudida popular la lideran dos raperos senegaleses, Kilifeu y Thiat, padre e hijo, que pertenecen al grupo de hip hop “Keur gui” junto a un poco versátil DJ. Ambos vocalistas no quieren pertenecer a la política, simplemente son activistas por la democracia y lo que creen mejor para el país, mientras ejercen su música que está impregnada de mensajes directos sobre la realidad de su nación y la lucha contra los corruptos o los malos dirigentes políticos.

El documental de la adoptada y comprometida senegalesa nacida en Mauritania, Rama Thiaw, es la vista del movimiento enfrentando naturalmente en las calles a la policía tras sus marchas, pero enarbolando sobre todo un mensaje pacifista, aunque intenso y frontal, no siendo ninguna revolución tradicionalmente violenta, más bien moderna y si se quiere alturada en lo posible, no obstante la música de Keur gui es potente y filosa, poco sutil, como la convicción de estos raperos sobre fiscalizar el poder. Thiat mucho más que el pretencioso Kilifeu, el primero activista acérrimo, el segundo más artista, como se auto-califican, que incluso Kilifeu se compara con raperos afroamericanos como Tupac Shakur o Snoop Dogg y dice ser mejor que ellos, fantaseando, claro, porque la música de Keur gui es demasiado explicita, concerniente a la realidad actual de Senegal, aunque tampoco es que sean muy diferentes de los raperos típicos americanos de los que indefectiblemente beben, como se puede ver en Straight Outta Compton (2015), sobre el legendario grupo nacido a mediados de los 80s, NWA, que le cantaban a la problemática del afroamericano de barrio enfocados en la realidad de Compton, California, quienes tenían por rival a la policía, a razón de señalar abuso, excesiva fuerza y vigilancia, al confundir a todos los afroamericanos por drogadictos, pandilleros y comercializadores de droga, que justa e irónicamente es a lo que le cantaban en buena parte los NWA (donde sobresalen los raperos Ice Cube, Dr. Dre y Eazy-E).

El filme pasa por la conflictiva elección presidencial y continua en sus mismas ideas, tal cual no hubiera cambiado nada para nuestros protagonistas, Kilifeu y Thiat, que siguen con sus mensajes combativos, enfrente y detrás del escenario musical (porque trabajan en “dos” frentes). Viajando por el interior del país o por fuera como cualquier grupo, pero dando a la vez charlas y exposiciones políticas, instalando su perenne revuelta, su sentido del descontento y constante vigilancia, desilusión y desconfianza del poder. Por lo que The Revolution Won't Be Televised se parece tanto a muchos lugares, indudablemente también al Perú. En una propuesta que es grato ver que plantea modernidad en su ilustración, que Senegal no es un lugar exótico, aunque humilde en varias formas, no muy distinto de los demás.

En el camino también se coloca a la música hip hop detrás de las imágenes in situ de esta “revolución” popular, o, mejor, derecho a la fiscalización, donde brilla la amalgama de activismo y sonidos, con el arte que proclama compromiso y movilización, buscando despertar a la gente, de lo que se deja ver que el ideal circunda en el grupo (el que no se vende, como se dice tras el apoyo al contrincante de Wade, Macky Sall), y esto en lugar de destruir una carrera, tipo lo que vemos en el filme What Happened, Miss Simone? (2015) en la carrera profesional de Nina Simone, producto quizá de cierto mayor extremismo o desvirtuar mucho su tipo de música, proclama la valentía, la justificación y el (“pequeño”) éxito de Keur gui. 

domingo, 17 de abril de 2016

In the Last Days of the City

Contextualizada a puertas de la primavera árabe, la película debut del egipcio Tamer El Said refiere al fin del gobierno de casi 30 años de Hosni Mubarak tras las protestas populares, pero se extiende a otras zonas, como refleja aquella reunión, tras una exposición cultural, de los amigos del protagonista, el que interpreta Khalid Abdalla (actor conocido por Cometas en el cielo, 2007; y por participar como revolucionario en el documental The Square, 2013, sobre justamente el movimiento que derrota a Mubarak), en especial a Bagdad (Irak) y Beirut (Líbano). Sin embargo el filme no queda ahí, no pretende predominar un registro documental de aquellos memorables sucesos para Egipto, más bien es un canto muy personal, aunque reflexionando bajo ese contexto, que implica a Khalid como un claro alter ego de Tamer El Said, que desde su individualidad – no obstante ayudado por sus mejores amigos- piensa a su país, lo ama y lo sufre, mientras trata de capturarlo en su naciente vocación de cineasta, y la de sus camaradas. Khalid en su propia idiosincrasia tiene a su madre enferma y sufre la distancia de una mujer.

El filme contiene un trabajo más que decente de estética, composición y expresión, de creatividad visual, en paisajes o fondos, en detalles, busca el arte, y digamos que lo logra en buena proporción, superando el señalamiento de superficialidad, aunque dejándose ver un poco, o quizá fallándole el sentimentalismo por su nación en ciertos momentos, que no llegan a ser malos, puede que hasta logren la plenitud de una compenetración, pero que huelen algo a cursis. En una propuesta que no esconde tratar de ser poética, saludable riesgo que en la presente funciona más que falla. A eso se le suma la elipsis, y, a veces, una cualidad de incompleto que puede desconectar al espectador.  

In the last days of the city es ante todo un recorrido, el de Khalid, quien yace observando a su patria y a esa vera a lugares similares, viviendo el padecimiento de su población a través de sus mejores amigos. Es, qué duda cabe, un observador privilegiado de lo que cuece la caída y la desesperación del mandato de Mubarak, como de las contradicciones de sus compatriotas. Notable ver que la primavera árabe y la revolución en Egipto toman distintas formas, teniendo en buena parte una expresividad light en ello (más allá de poéticas y algunos ratos de explicites, unos obvios, otros potentes),  como que escuchamos mucho a través de las radios, habiendo harta información, pero también como estilo narrativo y esencia bien dibuja a la película el interés por los resultados del equipo nacional de futbol y la felicidad que conlleva en el pueblo. El filme, por otra parte, desde luego, sirve de intelectualización, pero habla mucho más de sentimientos, donde Khalid es un amante hijo de su nación. 

domingo, 5 de julio de 2015

La filmografía de Abderrahmane Sissako


El director mauritano Abderrahmane Sissako es uno de los nombres más famosos e internacionales del cine africano, que con Timbuktu ganó mucha más notoriedad en el mundo. Timbuktu compitió por la palma de oro en el festival de Cannes 2014, fue nominada a mejor película extranjera en los Oscars 2015 y se alzó éste último año con 7 premios César, el galardón de la Academia del Cine Francés.


Vida en la tierra/Life on earth (La vie sur terre, 1998) 
Éste es un filme de apenas una hora, que trata sobre la cotidianidad de la villa de Sokolo, una comuna rural en Mali, donde la gente pasea en bicicleta, usa ropas coloridas, hay mujeres con cantaros en la cabeza, niños jugando al fútbol, y hombres reunidos sentados a la puerta de sus casas de adobe escuchando la radio, una que informa sobre el año nuevo, el comienzo del nuevo milenio, el 2000, y, sobre todo, lo que ocurre en Europa. Todo muy austero, pero en feliz comunidad, aunque con el anhelo de cosas materiales. En Sokolo vemos pequeños lugares de encuentro, como tomarse una fotografía profesional en la calle por un humilde poblador o el uso de un único teléfono público que es el punto de apoyo, junto a la radio, de la modernidad que asoma en sus vidas sencillas y precarias. Sissako como en toda su filmografía rehúye en buena parte las formas y estructuras narrativas convencionales. Da la sensación de que no pretende la linealidad, sino más bien exhibe pequeños retratos unidos por algún punto en común, en éste caso, como reza el título, la vida de ésta pequeña villa, la humanidad africana en el planeta. Queda secundaria la actuación del propio Sissako, como quien retorna a su patria de Francia, y flirtea con una bella mujer negra que estimula las emociones, mientras se amolda sin problemas a la docilidad, simplicidad y suma sobriedad que reina en el lugar, a través de la belleza de lo autóctono, a pesar de las tantas carencias, de la austeridad rural, símbolo de todo el territorio.  


Esperando la felicidad (Heremakono, 2002) 
Es la ganadora del fipresci en el festival de Cannes 2002. Es una película muy libre de ataduras formales ortodoxas, con historias tenues, pero cargadas de juego, poética y simbolismo. Hay dos líneas narrativas principales, una en la relación de un carismático niño y su protector, un viejo maestro electricista, la voz humilde, pero sabia del pueblo, que implica con la luz muchas ideas, donde un foco sirve de vasto simbolismo, nos habla de la vida, la muerte, el relevo generacional, la modernidad, el simple placer lúdico, el futuro, la esperanza. En ésta relación brilla la ternura y la madurez, dentro de un canto como de padre a hijo que trasciende a todo poblador joven de África. En la otra vía yace la soledad y la interculturalidad personal, donde Sissako parece hablar más de sí mismo, habiendo él estudiado cine en Rusia y tener gran influencia europea, lo cual jamás le quita la noción de crítica, como hacia el colonialismo, por mencionar algo. No me parece lo más logrado/original, pero sí que es interesante, porque es un tema que toca a muchos países multiculturales o con atracción hacia lo occidental desde rasgos culturales distintos. Abdallah es un joven guapo con una pequeña crisis de identidad, padece la dificultad de adaptación a su zona, Nouhadhibou, Mauritania, como en la (simbólica) subida de una loma de arena en que tira la toalla, y al rato un poblador la sube sin ningún problema. No obstante también baila en plena noche al son del ritmo nativo (la música autóctona e instrumental hace su presencia con una niña, además), le llama la sangre. Es un álter ego que gana finalmente hacia su país, aunque le espera un viaje a Europa y no habla el idioma local. Por último es curioso que en la escena final se vea una duna con un brote de hierba circular que parece el cuerpo desnudo, el pubis, de una mujer, en donde el niño protagonista parece introducirse, en la madre patria. Éste filme, en lo personal, me parece el mejor que ha hecho.


Bamako (2006) 
El título del filme es la capital de Mali. Ésta propuesta conjuga cotidianidad nativa, como que no pasa nada espectacular, con un juicio contra el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Tiene jueces, defensores y acusadores, en especial varios activistas africanos, que lo son en la vida real, por lo que los discursos recriminadores son bastante elocuentes, en lo que a uno le deja pensando que éste es un filme ideal en la auscultación de la idiosincrasia trascendental del territorio, como que también pudo adaptarse fácilmente a Latinoamérica, hubiera sido una gran idea, aunque ya corre mucho cine social y comprometido por nuestras venas. Todo en medio de un espacio precario y natural, en un patio, a puertas de la casa de una hermosa cantante de color y su marido desempleado. Vemos gente recogiendo agua de un caño público y colectivo, recién casados haciendo marcha alegre en la calle, conversaciones caseras, ocio distraído, algún enfermo necesitado, simple deambular, todos circunscritos a la radio y los altavoces que van comunicando el acalorado intercambio, el diálogo y juicio, a unos pobladores que hacen su vida llana, entre tranquilos y atentos, a una intelectualidad del pueblo que sufre los conflictos internos del país y de la realidad africana, la que revisita los abusos y la corrupción cometida contra ellos. Es un filme abiertamente político, honesto, combativo, valiente, pero a su vez entretenido, curioso, relajado, como con aquel western autóctono que se ve en el televisor, llamado Muerte en Timbuktu, que cuenta con la participación del actor afroamericano y productor del filme Danny Glover, y el director israelí Elia Suleiman.  


Timbuktu (2014)
Ésta es una propuesta que a diferencia de sus anteriores filmes no se muestra optimista ni vital predominantemente, en que se hace una crítica contundente al fundamentalismo islámico en África, que le sirve a todo el mundo que sufre su fanatismo y hasta violencia, como lo hace ver esa gran recepción en Francia, contándonos sobre un grupo musulmán radical, político y armado que quiere imponer su teología castrense a los pobladores de Timbuktu, Mali, de lo que observamos algunos terribles casos, siendo el principal el de un padre amoroso con su esposa y única hija, que viven libres y tranquilos al estilo natural, medio hippie, con música, mucho amor, con vacas y en un campamento en el desierto, cuando la zona se ha visto afectada por muertes y exilios, y ellos aún creen en sus país y se mantienen valientes en el territorio, pero por un accidente tienen que pagar con la ley tiránica que gobierna y sólo vela por sus intereses. Ésta culpa la vemos en todo apogeo, con castigos, abusos y prohibiciones (palabra favorita de éste régimen que se escuda contradictoriamente en Dios), en ello Sissako es bastante claro. Hay mucha dramatización y actualidad, habiendo un choque entre la vida feliz con el canto y lo familiar, y la demencial dictadura islámica radical que todo lo encuentra pecaminoso y restrictivo, en una ubicua y omnipotente Jihad, que se dedica a matar pobladores sin ningún cargo de consciencia, justificándose en sus propios términos. Vemos a una mujer siendo azotada públicamente y ella empieza a cantar su tristeza, en un bastión de libertad y de lucha pasiva, porque la comunidad simplemente sufre, padece de aquella fuerza brutal, una que en especial rebaja el derecho de la mujer. En otro momento se ve el apedreamiento y muerte de dos cuerpos enterrados en la arena con solo las cabezas descubiertas. Sissako es muy enfático en su mensaje, de lo que lo aleja de la obra de arte y lo pone más cerca de la denuncia, aunque logrando ser un filme competente, desde su estilo y temática, como en su desenlace, en el correr, gritar, llorar, querer huir del mal, acabar con el dolor, la locura y el maltrato. Es una propuesta que emociona porque toca una realidad muy reconocible, en la crueldad reinante de una implacable ideología, invocando poética.  

domingo, 10 de marzo de 2013

Yaaba y Tilai

El cine netamente africano –con perdón de las producciones europeas en el continente negro, ayuda que nunca esta demás y no falta, o cierta predominancia de Sudáfrica- no suele conocerse, es casi invisible, salvo para la gente que se esfuerza en buscarlo o por medio de lo poco que llega a descubrirse gracias a la luz de algunos festivales internacionales (el último que se pudo ver fue del egipcio Yousry Nasrallah, After the battle, en Cannes 2012), siendo un séptimo arte poco difundido pero que como todos tiene mucho para aportar. Viendo el que tenemos presente, el cine de Idrissa Ouedraogo, uno de los más famosos directores de África, nacido en Burkina Faso, uno puede decir que su obra tiene carisma, identidad, historias propias, interesantes dramas, y, por supuesto, profundidad.

No voy a mentir tampoco y decir que el cine que tenemos entre manos es de suma complejidad o posee las actuaciones más verídicas, justamente no es así, son relatos bastante sencillos y los actores ostentan muchos defectos. Sin embargo estamos ante una idiosincrasia muy definida y propia, antropológica y culturalmente atractiva, especial y bastante digna de llevarse a la gran pantalla y poder conocerla y alimentar al espectador con un arte particular que a la vez remite a nuestra innegable e ineludible universalidad, y es que toda arte la busca, la procesa, la exhibe y la analiza. En ambos filmes tratados vemos la esencia primigenia de nuestra humanidad, nuestro acercamiento con la naturaleza y el lado primario de poder vernos reflejados. Destila inocencia, transparencia en una forma clara y directa, y como en toda nuestra estructura humana no le faltan estados de conflicto, despertando la instintiva crueldad, como también no se exime naturalmente del amor. En esas coordenadas se mueven los pobladores africanos bajo su territorio, sus costumbres y su diario vivir. Estamos ante una aclimatación total, fiel a lo que se puede denotar la existencia rural africana, las casas de esteras o adobe, los burros como transporte, la artesanía de uso personal, el tejer con métodos oriundos al país, los curanderos y las creencias supersticiosas, los torsos femeninos descubiertos, la precariedad, los pies descalzos, usualmente en túnicas o a veces en simples calzoncillos, el baile autóctono bajo el toque de la flauta, o los enormes cantaros de barro llevados sobre las cabezas. Se mueven en un terreno árido y con escasa vegetación, bañándose en ríos. Todo encantadoramente típico sin explotar ninguna artificialidad o efectismo de cara a la cámara. No se trata más que de reflejar la realidad, lo muy propio de un pueblito tradicional perdido en el tiempo (Yaaba es de 1989 y Tilai de 1990), lejos de las necesidades de la modernidad tecnológica y urbana de las grandes capitales, un canto de simplicidad en la felicidad de su idiosincrasia y su cosmovisión aborigen; claro, con su personal problemática (la anciana marginada y tildada de bruja en Yaaba o el padre casado con la prometida de su hijo en Tilai), por lo que ostentan sus pasiones, predominando el sexo (aunque no hay nada explicito ni por asomo, todo muy limpio y extremadamente sano en pantalla), el amor, los celos, la infidelidad, el alcoholismo, la violencia, las venganzas, el honor mancillado, un sinfín de motivos compartidos por todo ser humano en el planeta.  

Yaaba y Tilai no es que quieran mostrar el espacio envuelto en ignorancia, sino son propuestas desde dentro hay que recalcar y eso las provee de una autenticidad envidiable aun dentro de alcances discretos; es más bien adaptarse al contexto de su sencillez interpretativa y de pretensión acerca del mundo y sus extraños designios, como la enfermedad. También influye viendo Tilai (La ley), y al notar lo que el título define, las reglas tradicionales que derivan en acontecimientos negativos tales como el fratricidio o el suicidio a razón del honor perdido, en un contexto que permite la poligamia o el forzar el casamiento por medio de los padres. De ello que Saga (Rasmane Ouedraogo) decida robar y huir con Nogma, enfureciendo al padre de él y esposo de ella, con la consabida venganza y confabulación del pueblo, ya que las represalias ante la falta hacia un integrante de la comunidad se dan en colectividad. Hay un sentido de reunirse y ejercer el castigo en forma grupal, hasta el punto de permitir el ajusticiamiento o en el caso de Yaba el exilio.

Yaaba (Abuela) es como llama el pequeño Bila (Noufou Ouédraogo) de diez años de edad a una anciana de nombre Sana, una mujer que es repudiada por el pueblo al ser tildada de bruja, por justificaciones de su nacimiento y su temprana orfandad. En ésta película, una niña, Nopoko (Roukietou Barry), cae presa del tétano, por un corte en una pelea, pendiendo su vida de un hilo. Éste suceso se ve desde la superstición de su gente que cree es un maleficio. Sin embargo tras la comprensión del travieso y alegre chiquillo que termina en la consiguiente unión con Yaaba, pronto la cura llegara de quien menos se cree. Pero no antes de haber actos enajenados contra la indefensa y pacifica mujer. Como se ve en la película,  resumir la trama es muy fácil, todo fluye con solidez y en la llaneza más flagrante, pero yacen ambas propuestas bajo la sensación de estar muy despiertas, con una amplia carga de simpatía de la que se revisten de pies a cabeza. Se capta en esas actuaciones, aunque con diálogos apresurados, escupidos o declamados como quien cree que solo basta decirlo, mucha alegría detrás de sus roles. Las sonrisas y bromas naif llegan a punto. Hay una buena distribución del drama y del optimismo, está a partes iguales, aun sin apostar necesariamente por el final feliz.

Tilai y Yaaba difunden su geografía en estado puro, su forma de existir a flor de piel con miles de detalles y presencias que nos dan rasgos de su africanidad (de una parte, como la tienen todos los países en zonas primigenias o de campo, desde su cultura), su cotidianidad más desnuda y sin ningún complejo, orgullosas de su entorno, de su quehacer y discurrir normal, con una honestidad y tranquilidad que el neorrealismo italiano tendría que admirar. Ambas poseen pequeñas sub-tramas independientes. Saga, celoso de un errante hombre subido en un burro cree ver algún enamoramiento de su pareja. Esto pasaría desapercibido y hasta se vería mal resuelto – de manera rauda y tal como llega superficial- sino fuera que en Yaaba, un año atrás, se exhibe una infidelidad con notorias semejanzas, y valga la acotación el personaje engañado lo interpreta el mismo actor, Rasmane Ouedraogo, que en su papel de Noaga sufre de impotencia por alcohólico teniendo a su esposa descontenta, la que siente tiene una razón para dejarlo y lo grita a los cuatro vientos bajo el apoyo de las féminas de su entorno. El filme lo deja claro en su mensaje, incluso por boca de algunos personajes que lo dicen con toda convicción. Eso remite a la importancia del sexo en éste ambiente, no muy distinto a otros más próximos. Hay comedia al respecto, en sí ésta subyace muy ligera en las dos, sutilmente, siempre rozando la ñoñez o, siendo indulgentes, lo buena onda.

No podemos subestimar el cine de Idrissa Ouedraogo, no sólo porque Yaaba obtuvo el fipresci y la especial mención del premio ecuménico del jurado en el Festival de Cine de Cannes de 1989, mientras Tilai ganó el Grand Prize of the Jury en el mismo festival en 1990, o porque son dos de los mayores referentes de Burkina Faso y del séptimo arte africano, sino porque su frescura, sencillez argumental y robusta gracia suman –se pliegan- a un escenario único, distinto, que nos permite observarnos. Esencialmente estamos inmersos, en una geografía y costumbre no tanto exótica –aunque algo leve en realidad tiene de eso- sino con una personalidad detrás que apreciar, que no nos será indiferente, ni vacía o repetitiva si bien es lo más sencilla a fin de cuentas, tal que nos llega en la forma de Ouedraogo, que nos acostumbra a la identidad de su gente, de sus actores y representantes naturalistas, creíbles aun en sus carencias. Es un metraje donde al rato de que nos comprometa como espectadores (pasará, ténganlo por seguro) uno ya ni nota la rapidez de las voces, alguna involuntaria sonrisa en medio de un parlamento serio, una mirada perdida al despedirse o uno que otro grito con atisbo de falsedad, sino la luz de la cara de la talentosa niña Roukietou Barry jugando a las apuestas con el protagonismo de Bila, los reproches de ésta hacia Nogma (ensoñada en un aluvión de absoluto romanticismo), la lograda escena del sudor de la muerte en Yaaba, el cariño que articula en su rol Noufou Ouédraogo hacia su abuela ficticia y su mejor amiga (actores de pocas películas), y toda la maravillosa espontaneidad de la que exuda la comunidad entera en ambos filmes, aun recriminándoles algo de su performance.

martes, 17 de mayo de 2011

Tsotsi

Ganadora del Óscar a mejor película en lengua extranjera en el 2006, está dirigida por el director sudafricano Gavin Hood, la cinta nos narra sobre un personaje en especial que se hace llamar Tsotsi, un chiquillo malvado que vive en la zona pobre de Johannesburgo en un barrio marginal en una pequeña covacha de material endeble, él es el líder de una discreta banda de asaltantes, el muchacho es sumamente cruel y vengativo, no escatima remordimientos ni dudas en su accionar, en el filme se puede ver diferentes actos que lo describen de esa manera, lleva en su mente un trauma familiar producto de haber tenido un padre alcohólico y despiadado, por lo que huyo de su hogar y se crió solitario en la inclemencia del mundo en territorios abandonados próximos a su actual vivienda.

En cierto momento de la película luego de que podemos conocer que sus escrúpulos no existen y que es capaz de matar a quien sea que se interponga en sus planes, incluyendo a sus amigos, roba un auto de una residencia elegante y se topa con que dentro del vehículo hay un bebé, decide llevárselo y esconderlo, lo cuida de forma precaria, la escena del bebé lleno de insectos en la boca al dejarlo sucio de leche es totalmente explícita que me hizo pensar que quien puede prestar a su hijo para que se haga una escena como ésta, que se ve tan real, pero volviendo al filme, Tsotsi cree que le pertenece como si fuera un objeto que arrebatándolo ya es suficiente para hacerlo propio, al que trata como a una mascota, lo transporta en una bolsa de cartón y obliga a una mujer que es madre soltera a darle de lactar la cual hace más de lo requerido pero sin delatarlo.

Mientras tanto la familia del bebé está desesperada, la madre por culpa del pandillero ha quedado invalida, la policía tiene una descripción del rostro del agresor y lo persigue aunque se le hace arduo encontrarlo, muchos sospechan de Tsotsi viendo su cara en el periódico que narra toda la circunstancia que provocó pero nadie lo acusa si bien tiene algún enemigo. La banda de Tsotsi está formada por tres integrantes, un gordo jovial y algo inocente que es su amigo de toda la vida que siente admiración por él, un tipo delgado de apariencia moderna que lleva un punzón para sus atracos y que no duda en usarlo sin lastima alguna, y un hombre joven de lentes que le apodan el profesor y es el que suele reflexionar, tanto que valiente o tontamente suele discutir con gente peligrosa sobre la decencia, lo cual le cuesta una buena paliza.

Tsotsi por naturaleza no quiere a nadie pero parece que desarrolla sentimientos de afecto por el bebé, incluso le pone su nombre verdadero, David. Mientras avanza la película al trato de esa relación algo empieza a transformase dentro suyo pero no como las historias sencillas de redención, no deja de ser una amenaza para la sociedad y alguien de arrebatos violentos que no posee límites para sus reacciones brutales y desprovistas de consciencia, no obstante a su modo salvaje de ser realiza unos cuantos arreglos en su entorno, donde antes se muestra desbordado de rabia y frialdad que lo tenía como un sujeto imposible de reformar, tanto que la pena de muerte para gente como él puede llegar a argumentarse con facilidad dado el caso de no haber una cárcel donde se pague una buena condena, sin ventajas ni adoctrinamientos criminales.

La película está bien dosificada por donde se le vea, a pesar de que la música moderna que se oye en varias oportunidades suele romper un poco con la seriedad del guión. El camino que recorre está completamente dominado por el director que ha decidido muy bien, existe una dirección que sugiere en el lugar que debe y que no se expande mucho en ningún espacio sino se mueve dentro de coordenadas que alimentan de forma impecablemente necesaria a la historia, también el personaje que interpreta el actor sudafricano actualmente de 26 años de edad Presley Chweneyagae que es el principal termina siendo perfecto bajo su fisonomía y sus cualidades artísticas, que por ese entonces tenía 21 años y aunque su cuerpo luce pequeño y parece que no va a ayudarle con su rol, su rostro muestra la dureza indispensable para hacernos creer en su actuación que logra ser sublime. No solo eso sino exhibe mucha naturalidad ya que su semblante se acomoda a muchas emociones, cuando ve que la joven madre soltera de bellos rasgos le da de lactar al bebé robado su mirada es contemplativa y enternecida porque recuerda el afecto maternal que su padre impedía que él tuviera de pequeño, o en otra parte su ira es gigante e implacable al presenciar a un paralítico arisco y malhumorado que le habla con desdén y que llega a insultarlo, y es en ese preciso momento donde la pantalla se paraliza, imaginas lo peor, es una escena magistral de la película en donde vemos a un Tsotsi en toda performance. Su trato con la mujer que le ayuda con el recién nacido, con sus diferentes amigos y conocidos, con el padre del bebé secuestrado, con la policía, con unos niños pobres de la calle lo dibujan con diversas actitudes que son sobrellevadas con basta solvencia.

El resto del reparto no falla en general y ayudan a dar mayor sustento a la realización, por ahí que hay secundarios muy básicos como el caucásico jefe policial o algunas sobreactuaciones producto del drama que tiene que exhibir la madre del niño perdido, lo que siempre resulta un peso complicado de manejar; sin embargo, un jefe mafioso de la zona que quiere a la banda de Tsotsi en sus huestes o la iracunda mujer dueña de un bar realizan sus papeles con mucha gracia encomiable.

Hay que terminar diciendo que es una demostración de un cine de calidad nacido en África, un continente de poca difusión cinematográfica, pero que tiene a Sudáfrica como centro de éste arte, que tranquilamente compite con el resto del mundo y hace filmes que no tienen nada que envidiar a ningún otro. Poseen su propio estilo, aclimatado a lo accesible, representan una cultura y enriquecen nuestra percepción sobre ésta parte del planeta, y por todo ello no queda más que aplaudir su trabajo.