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domingo, 28 de noviembre de 2021

Ema


Ema (2019), del chileno Pablo Larraín, es una película cool y que por todas partes exuda y grita popularidad, también es una película con personalidad y que a un punto hace lo que le da la gana. Puede que sea algo efectista y algo notoria en su ansia de ser cool y quizá hasta cinefilia hardcore, pero es una excelente película, no cabe duda, y se disfruta un montón. Qué importa que se noten algunas costuras. En ella se baila y se canta reggaetón. En un momento se argumenta, se le critica a éste baile propio de una nueva época musical, con lo usual, con una exposición de enojo e intensa de alguien inteligente pero de expresión sencilla. Pero enseguida salta a la pantalla como un tiroteo verbal un monólogo poderoso que enaltece al reggaetón y lo fundamenta en un orgasmo y queda perfecto. El filme intenta coger la esencia de éste baile comercial y popular en su postulado máximo, el sexo, que deriva en sensualidad, erotismo de a pie y de paso la libertad del cuerpo. La protagonista es Ema (Mariana Di Girólamo, joven muy popular por un par de telenovelas chilenas) y ella tiene harto sexo en pantalla, con mujeres y hombres, es bisexual, sin tapujos, libre como el viento, pero en un empaque light, medio para la fotografía pero que se percibe simpático, que aprueba, aunque puede que un poco esté demás. Ella deja en claro su liberalidad sexual, se ven muchas escenas de éste tipo, cuidadas, no vulgares, pero sensuales, guapas, en especial con compañeras de baile, queda totalmente claro que esto es el reggaetón o se intenta decir que éste es su mundo y filosofía, simple y contundente, como el filme en cierta medida. El gran Gael García Bernal hace un papel como un tipo y marido tóxico, algo malvado; tóxico es la palabra de la nueva época, una palabra ubicua, de esa otra cara y lugar común o dominante que es el feminismo y la denuncia del patriarcado en nuestra actualidad. Me viene a la mente con ésta película dedicada al reggaetón un debate con el porno donde se podría decir que hay matices y muchas contradicciones por donde se vea, no se sabe definírsele del todo, sí repudiarlo o perdonarle la vida, llamarlo esclavitud y deterioro o liberación o simplemente derecho, así vamos pensando sin querer pensar tanto, es un filme básico en realidad pero bueno. Ema usa un lanzallamas, casi como una seña de su personalidad, como si fuera un cómic, epítome de lo cool, sin duda una gran idea, el fuego es algo muy visual y hermoso, así como el rocío de éste sobre un carro es impactante y efervescente, aquí bajo un plan que al final se desarma en la esencia general -en la temática simbolizante del reggaetón- o es que es sólo cumplir -y ya- con añadir una raya más al tigre de su definición de relajo sexual. Por pantalla pasan algunas luminarias chilenas, actores icónicos o populares chilenos, uno de ellos propio de un gran hit internacional (La Nana, 2009), es la actriz Catalina Saavedra, quien se manda un monólogo riquísimo que le da duro a la pareja protagonista y describe matices, con tremenda solvencia verbal e histriónica, como para darle más momentos así en otras películas. Aunque Mariana es la verdadera estrella de la película y lo hace muy bien, Gael siempre es competente y demuestra el porqué de tanto recorrido profesional y cierta fama. El mexicano sabe ser perverso, Larraín también es un maestro con esto, aunque éste talento a algunos no suele agradar, pero da en la llaga, tiene bastante poder escénico. Un estribillo de sarcasmo y herir al otro asoma en la voz repetitiva de Gastón (Gael) y esto aunque cruel moviliza el filme y a Ema curiosamente, la heroína. Al término del "ingenioso" plan surge un embrollo familiar, un lugar familiar caótico, muy contemporáneo, un poco freak, de muchos colores, pero todos, aunque algo avergonzados, felices. Por el final más parece cierre de comedia de enredos; se diluye un poco el reggaetón, pero como al comienzo -despacio, sólo baile primero, bajo un sol enorme y sugerente- es como subir y bajar los decibeles. 

sábado, 10 de abril de 2021

Sound of metal


Sound of metal (2019), la dirige Darius Marder, es su debut en ficción, la produce Amazon y se puede ver en su plataforma de streaming, Amazon Prime Video. Está nominada a mejor película en los Oscars de éste año y es una muy buena película y competidora, aunque no favorita, ni por la trayectoria de premios previos al Oscar se ve que vaya a ganar mejor película. El guion es de Darius y su hermano Abraham, además Abraham compone la banda sonora. La historia se le ocurre a Darius y al director de cine Derek Cianfrance (Blue Valentine, 2010), habiendo trabajado antes juntos, en el guion de la segunda película de ficción de Cianfrance, The place beyond the Pines (2012). Ésta es una película con muchas aristas y profundidades, pero el aparente tema central, la perdida de la audición, esconde en realidad otro tema, digamos que el verdadero tema del filme, la relación amorosa del protagonista, de Ruben (Riz Ahmed), con Lou (Olivia Cooke). La falta de audición es el camino a revisar ésta relación, que entienda Ruben que a su mujer le crea conflicto su relación al tener muy presente su pasión por el metal y condición de músico bohemio. Ruben estuvo sumido en la drogadicción y esto atrajo a su esposa hacia la ansiedad -no del todo conocida- y otros problemas que hay que imaginar. El metal como sonido fuerte no solo es un estilo musical interesante y atractivo en el guion e historia, representa ruido, un simbolismo en el filme, representa caos, cierta perdición, cierto abismo e incluso inmadurez, que es el emparentamiento con la vida libertina, acelerada, y de drogas en que se embullen montón de músicos. Queda claro que ésta representación, de acciones del pasado, le afectan a Lou, tomando en cuenta de antes además el dolor de una gran perdida en la vida de Lou y querer romper lazos de autoritarismo con su padre, pero curiosamente el amor la llevó a cierta dependencia negativa en su vida, pero también es indudable que existe amor verdadero entre Lou y Ruben. Ésta es la parte sutil, velada si se quiere, pero captable, del filme, para dar pie a la otra de la perdida de la audición y el dejar de ser músico de metal, que no se ve tan difícil en la vida del protagonista. Tiene algo, pero no es la historia como The wrestler (2008), donde Mickey Rourke, en el papel de su vida, prefería morir en su callejón sin salida que abandonar la lucha libre profesional. En la película de Darius hay que aceptar dejar la música como la concebía Ruben en el pasado, incluyendo dejar de ser baterista por siempre, que tampoco era un triunfo, era algo humilde, pero existen otros retos más arduos, igualmente también aceptarse como sordo, como vemos en el silencio del final. Éste filme tiene un guion prodigioso, no solo por espolvorear detalles dejando el tema central encubierto y darle una segunda dimensión al filme, sino también por como nos pone en la piel de Ruben, como maneja el silencio, el ruido, escuchar, no hacerlo, proponiendo un sentir algo raro, particular, novedoso, pero notable en su puesta en escena. De la misma manera el devenir de los hechos está contado de manera ingeniosa y con su originalidad, anclada la sordera al presente, como a la tecnología, pero pensando en lo que nos hace tan humanos y mejores seres humanos desde siempre, donde interviene la gran actuación de Paul Raci, un actor no conocido, a quien le han otorgado una nominación como actor en el Oscar que es una sorpresa y justicia en estado puro. 

viernes, 19 de febrero de 2021

The disciple

 


Ganadora de mejor guion en el Festival de Cine de Venecia 2020. La dirige el indio Chaitanya Tamhane, es su segunda película. Es una película que requiere cierto esfuerzo, de cierta paciencia. Es una película inteligente, sutil, y cuando no es sutil lo contrasta muy bien, como cuando escuchamos lecciones y definiciones de la música clásica india que tiene de cierto aire de esnobismo y excepcionalidad. En el filme vemos cómo hacer o entregarse a la música clásica india del norte es algo especial, algo exigente y poco popular, es un sacrificio en sí y es algo que requiere de alguien místico de cierta manera. Todo esto se puede conjugar con la vocación por encima del éxito y el dinero, es decir, lo auténtico y al mismo tiempo lo romántico y poco práctico, en ello está la esencia de hacer algo trascendental, sin tener todo el reconocimiento que esto debería tener. Es señalar a ésta música como el arte y lo sublime y no lo popular, lo superficial o monetario. En el filme suenan algo pedantes las lecciones y conceptos de una maestra de la música que escucha y se entrega con devoción nuestro protagonista, Sharad (Aditya Modak), pero en otro momento esto se dice, mediante un especie de critico musical y coleccionista de rarezas musicales, a quien se le termina lanzando agua a la cara por sus comentarios tan descarnados, sin filtro se podría decir. Éste critico es un personaje rico en palabra, aun cuando, desde luego, no tiene nada de simpático; así igualmente el protagonista es lo más seco y poco empático que uno puede imaginar, incluso lo vemos masturbándose en varias ocasiones como desfogue común, otro punto de virtud del filme, esa naturalidad para no querer ganarse fácil al público. Es un retrato muy honesto, muy profundo, y valen mucho sus contrastes, son muy astutos y sabios, y complejos, como cuando la música clásica india -música mística, ascética, trascendental- se contrasta con esos programas de cable de concursos de talentos musicales (pero a través de una aspirante de aspecto tímido y sensible) o con la simple música romántica y melancólica que llegamos a ver cantar en el metro por alguien humilde. El filme maneja contrastes y matices notables; hay gente noble, pero imperfecta, discutible (aunque sin nada grave tampoco), seres humanos simplemente; hay gente honesta, pero igualmente imperfecta. El gurú o maestro musical de Sharad es un anciano que tiene problemas de salud, que toca con fervor, pero no le alcanza el dinero ni para su salud, y esto se dice que en parte es por su culpa -no hizo todo lo que estaba en sus manos-, tanto por la idiosincrasia de su tipo de música. Así en el filme se da más de una sola perspectiva, hay un panorama complementario, aun con el comentario poco empático. ¿Verdad o comentario mala vibra?, queda cierta duda, hay algo de cierto ahí. Es una propuesta que quiere que el arte o la música hablen por sí mismos; nos dice que el arte también conlleva su marketing, sus historias, y que lo popular también tiene su gente auténtica o no demos todo por sentado, no cerremos las puertas. Sharad es un hombre inteligente, tendrá éxito, será empresario, él haya la salida a sus dificultades y retos musicales, no todo puede ser romanticismo nos expresa el filme. Por otro lado es una película exigente porque todo lo que hace Sharad no parece gran cosa, el tratamiento es bastante austero. Así mismo la música clásica india que oímos no se percibe muy empática, hay cierta distancia, pero esto se dice muy bien en la película, y queda muy bien definido como cine. Ésta música es para pocos. Aun así la oiremos bastante en ésta obra, hay mucha performance. En la última escena, con el músico callejero, se puede entender que nada está escrito, que el éxito le cuesta más a algunos, a cierta arte, pero el éxito finalmente no tiene dueño, depende de cada uno. En un momento se dice con euforia, claramente, si quieres tener dinero trabaja con canciones románticas, pero la presente película nos dice como conjunto, no des nada por sentado, y con eso nos quedamos. Ésta película es tal cual la música que retrata, aun bajo la autocritica, es una propuesta exigente, pero exitosa, y es mística no para pegarla de trascendente o esnob, sino por la dedicación que le entregas, por el amor que le pones, por tu sacrificio, porque el protagonista no es simpático, pero sí un tipo verdadero, así verlo masturbándose no será algo lindo, pero es eso, la imperfección de lo real, y uno no deja de luchar y ansiar no solo trascendencia; más que sobrevivencia, también éxito. 

jueves, 25 de abril de 2019

Barbara


Ésta película ganó un premio especial, premio a la poesía narrativa en Un certain regard 2017, pero se debe a que es una película muy de cine arte, que sigue un poco la estela de Ne change rien (2009), de Pedro Costa. Barbara remite, por el nombre también, a una cantante francesa, nacida Monique Andrée Serf, pero habla al mismo tiempo de la actriz que la interpreta, Jeanne Balibar, que hace de una actriz llamada Brigitte que hace una película sobre Monique Serf, ambas son cantantes y se fusionan. Balibar todo el tiempo está cantando, mientras entra y sale de la vida de Barbara, la cantante famosa gala, y es ella misma también, con mezcla de ficción y documental. Es una película muy marcada en cine arte, es una película típica de festival, no es en absoluto una película comercial o fácil de ver, de ahí que un premio de poesía narrativa le caiga tan lógico. Pero es una película amena, vemos a Balibar dar una gran actuación, es toda una diva, una mujer madura sexy, llena de melomanía y cinefilia. Un piano es sacado a un patio y Balibar sale y toca afuera, hay una clara composición artística, quiere ser una película cool, de cine arte cool, aun cuando sea difícil de ver para muchos porque no es convencional, su narrativa es muy libre y no parece tener rumbo claro, no hay conflicto, no hay desenlace feliz o trágico, es ver a Balibar fluir como actriz y cantante. También hay ficción, como una aventura sexual con un hombre ordinario, pero es mucho el ver estar haciendo una película, metacine. Brigitte luce tacos altos siempre, es sensual, es interesante. Toca donde sea, la vemos componer música y el rol de Barbara, con quien tiene vasos comunicantes profesionales. Mathieu Amalric no sólo dirige la película, también actúa, hace de cineasta, emula su profesión actual, pero se nota un personaje. Amalric estuvo casado con Balibar y tiene 2 hijos con ella, actualmente están divorciados, pero se siente la admiración que le dedica a ella, haciendo de fan suyo, mientras él consigue hacer cine de autor en toda gloria, o eso busca con esmero y amor. A ratos se nota un poco el querer hacer cine arte, es decir, ser arduo y estético, denotando algo un poco artificial, pero la simpatía que exuda el filme lo supera todo. Balibar se luce en grande, es imponente.

viernes, 19 de abril de 2019

Cold war (Zimna wojna)


Lo que ofrece el polaco Pawel Pawlikowski es una historia de amor, algo tan sencillo como eso, pero con el fondo de la post guerra mundial, la guerra fría y la ubicación en el socialismo partiendo de 1949 hasta los 60s, donde la pareja como polacos en tiempos socialistas deben adaptarse. Zula y Wiktor (Joanna Kulig y Tomasz Kot) son esa pareja. El filme tiene a Zula como aspirante a un grupo folclórico estatal y a Wiktor como uno de los seleccionadores. Ella con una gran personalidad, belleza y un pasado llamativo dejará prendado a Wiktor, a lo que se suma el talento de la joven muchacha que la hace más especial. Lo que nos mostrará Pawlikowski es lo tantos vuelcos que dará la relación, intensa, llena de amor, pero aun así siempre trunca, hasta ese final de aire ligero bajo decisiones importantes. Otra cosa que suma y mucho es que es un filme con mucha música. También tiene una gran edición, pasan mil cosas en poco tiempo. Los sucesos fluyen en tiempo perfecto, incluso más rápido. La relación da muchos momentos, tiene un lado cool, aun cuando en realidad es una historia triste, producto de la continua imposibilidad de estar tranquilos y juntos por largo tiempo. Es una historia con la que entretenerse, pero que meditándola genera desazón. Las peleas y rupturas no son expuestas en lo visual por largo tiempo, pero se les siente. No hay antipáticos aquí, pero si hay momentos de engreimiento, donde uno es más culpable que el otro, además el fondo social y político se inmiscuye en sus existencias. Lo hace sin grandilocuencia, pero en cada trámite se da poca información. No obstante se entiende bien en general. El fondo hace del filme algo más complejo, una relación muy difícil. El relato es bien nacionalista, aun cuando Francia también aparece. Cold war (2018) es una película con identidad, bien polaca -lo que la hace notable-, y a la vez universal.

jueves, 7 de febrero de 2019

Climax


Climax (2018), de Gaspar Noé, usa el baile como manifestación de terror, con esos movimientos que parecen que se están quebrando los propios huesos, con esos bailes similares a orgías y como la invasión de un virus que enloquece a sus participantes. Es algo sensual y violento. El baile lo es todo en el filme, vistoso y virtuoso, con grandes coreografías, una hasta tomada desde arriba. Como película de terror el filme tiene al baile como arma, cosa que también pretende cierta polémica vista tanta sexualidad, pero así es Noé, aunque ésta vez éste filme ha logrado lo imposible, que todo el mundo lo celebre.

Es un filme que tiene una narrativa escueta, más es el baile moderno que otra cosa, pero todo tiene perfecta concordancia general, tiene sentido, en que unos bailarines se reúnen en un lugar abandonado en la nieve, tipo bunker, y en medio de sus prácticas y exhibiciones exóticas e imponentes se despierta el daño, el crimen masificado, en la que es también una fiesta desenfrenada, muy hedonista y libertina.

Antes de que se expanda el mal tenemos un visionado fascinante, hay que admitirlo, lo mejor del filme, al proponer tremenda maestría en las coreografías, que no son en absoluto delicadas. Se trata de algo potente, intenso, decidido, festivo, como lo es el cine del irreverente Noé. Locura que se despierta a raíz de que la gente es drogada anónimamente, sin mayor razón. Pero se puede entender fácilmente una justificación.

En el inicio vemos que ante la cámara se presenta cada uno de los bailarines, ésta parte busca ser irreverente y más bien desanima, no es una presentación muy interesante, es obvia, pero cuando todos estos “personajes” extravagantes salen en grupo a bailar todo es esplendoroso, entretenido, impactante. Pero la propuesta no es mucho tampoco, aunque tiene lógica.

En un momento por un cromatismo que domina el filme, el rojo, de peligro, de ardor, y el constante juego de la cámara, poner en ángulos difíciles las imágenes o prender y apagar la visibilidad, tenemos el caos en todo apogeo, producto de que todos quedan drogados excesivamente, pero en éste momento fastidia observar un poco la película. Luego se verán momentos de violencia desagradable, típico en Noé, y termina paseando la mirada por un reguero de perdición en conclusión. Esto no luce muy bien, aun cuando no está tan extendido, o por más que el filme había anunciado que era un hecho real. Las escenas de sexo, aunque sin explicites, tampoco son muy gratificantes.

El filme con su querer ser polémico o híper libre más bien lo muestra barato, mediocre. No obstante Noé tiene talento en manifestar el baile como terror, pero lo sexual le cobra la grandeza; es como tener grandes técnicas o ideas, pero una exhibición finalmente pobre. El baile como monstruo es ingenioso, pero las escenas de exceso no están a la altura, es decir, Noé falla porque quiere ser irreverente, cuando debería enfocarse más bien en lo que concibe, en la narrativa. Lo mejor es simplemente el baile tal cual y después su proyección en distintas otras formas. Por todo lo dicho es un filme imperfecto, como uno ha de esperar de Noé pero también muy irregular, malo por partes –sobre todo al final-, bueno en otras. Me quedo con las coreografías y la técnica, pero en construir una película narrativa no mucho.

miércoles, 29 de marzo de 2017

El viaje de los comediantes (O thiasos)

Esta obra maestra del griego Theo Angelopoulos, seguramente su obra más importante, de 4 horas de duración, recorre la historia de Grecia desde 1939 hasta 1952, pasando por momentos claves de su historia, la dictadura de Ioannis Metaxas (1931-1941), la guerra entre Italia y Grecia (1940-1941), la ocupación alemana (1941-1944), la guerra civil (oficialmente de 1946 a 1949, pero empezó antes), la intervención y estadía fiscalizadora americana e inglesa en Grecia (la ocupación inglesa con el general Ronald Scobie) y la llegada al poder en 1952 del mariscal griego Aléxandros Papagos como primer ministro de Grecia, habiendo comandado a la derecha, viniendo de comandar al ejercito griego contra el ataque de Italia, país al que venció, pero Alemania lo terminó derrotando y lo mandaron a un campo de concentración del que volvió triunfante.

Al filme se le propone desde el punto de vista de la izquierda de su país, viendo que Grecia estuvo dividida todo este tiempo, por un lado los monárquicos, por el otro el partido comunista griego, que tuvo gran repercusión con el Ejército Popular de Liberación Nacional que claudicó en 1945 con el Pacto de Varkiza donde entregaron las armas. El Ejército popular de Liberación Nacional luchó en la segunda guerra mundial de 1941 hasta 1945 contra Alemania. La derecha venció a la izquierda y quedó una sensación de yacer pospuestos y desear buscar redención.

Angelopoulos no solo se queda con este tremendo panorama y manejo histórico también hace uso de la literatura griega, se basa en la Orestíada de Esquilo, en superponerla en su trama, mostrando traiciones y venganzas dentro de la representación de la guerra civil griega, hablándonos de Agamenón (padre), Clitemnestra (su esposa), Aegisthus (el amante de Clitemnestra), y Orestes y Electra (los hijos de Agamenón y Clitemnestra).  Esto funciona no tan contundentemente porque la trama tiene su propia libertad narrativa, guiada por un teatro itinerante, un grupo de protagonistas de las vicisitudes de su época. El teatro ambulante pone constantemente en escena  la obra teatral Golfo la pastorcilla, una historia de amor, muerte y traición, que se mezcla con todos los componentes históricos antes mencionados.

El filme de Angelopoulos resulta arduo de comprenderlo en su totalidad pero con todos estos datos y elementos en el conocimiento del espectador uno queda maravillado de semejante estructura y narrativa, tan compleja y completa. Hay que estar muy atento, en varios momentos escuchamos información histórica, como con los altavoces de la propaganda política que hacen como de voz en off, explicativa y contextual, aunque está inmersa en lo autodiegético.  En otros momentos lo vivimos, incluso simbólicamente, como narrativa, como cuando dos bandos luchan, unos disparan y otros corren y cambian de lugar, en una toma fija de una calle, de izquierda salen pobladores, luego salen de la derecha; o cuando soldados ingleses se burlan de la compañía de teatro y empiezan a forzarlos a bailar con ellos; está también la escena brutal de una mujer comunista violada como venganza a una acción paramilitar, mujer que luego le habla directamente a la cámara y detalla hechos históricos, la realidad del partido comunista; o esa escena en un bar donde mediante la música se dan arengas contra el gobierno monárquico y luego estos reaccionan y dan sus propias proclamas cantando. La música juega un gran papel en la propuesta, mostrando lo popular, sea la facción que sea, hay un tono llano en todo el filme.

El viaje de los comediantes es una obra monumental que fascina cuando entendemos todo el alcance de su propuesta, contada en varios niveles, con una manera próxima, bella y emotiva. La estructura de como fluyen los tiempos -que van y vienen- es otra imponente virtud, sobre todo porque a pesar de que el filme tiene 4 horas de duración contiene pocos cortes, generando una estética más personal y una filosofía con las largas tomas. Presenta mucha originalidad y variedad de expresión. Ganó el premio fipresci en el festival de Cannes de 1975.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

Eden

Propuesta que puede tener el gancho de aparecer en escena la historia bastante por encima de Daft Punk, famoso e icónico grupo de música electrónica que predominó en la trascendental movida de su país en los 90, que definió una identidad nacional musical, y continua potente en la actualidad como el grupo más emblemático y popular en el mundo en su tipo sonoro, pero que en realidad habla del grupo poco conocido llamado Cheers, bajo el alter ego del co-guionista de la película, Sven Hansen-Løve, hermano de la directora y la otra guionista de la presente propuesta, Mia Hansen-Løve, que inspira la vida de nuestro protagonista Paul Vallée (Félix de Givry), un DJ entregado al estilo del garaje neoyorquino, y que es el camino mismo Llewyn Davis frente a ese gobierno y éxito de Daft Punk, en lugar de Bob Dylan, donde Vallée hace todo lo posible por llegar a la cúspide, hasta endeudándose y quebrar, terminando desconcertado con aquel poema del ritmo, donde supuestamente todo tiene un orden, una armonía y un sentido, y a él le quedan dudas al respecto, en un gesto que lo dice todo.

La gracia del filme yace en la carrera tan larga de Vallée, donde hace gala de un cariz de mujeriego tranquilo, típico seductor y amante francés, desde su adolescencia hasta llegar casi a los 40, viéndose toda la movida de Cheers, negociadores, compañeros y amigos, incluidos los Daft Punk, a quienes la película tiene la ironía de hacerlos pasar siempre por no reconocidos en los raves, discotecas y listas de invitados donde participan todos como un gran clan, viéndoseles como un conjunto de amistades ultra sencillo. En sí el espíritu de los músicos de Eden es el de la eterna juventud, una apasionada por descubrir nuevos y mejores sonidos y hacer bailar entusiasmados a sus fieles admiradores, y aunque hay drogas, chicas guapas, fáciles y arribistas, el peace and love clásico, con solo alguna pelea casual, vibra sobre todo la fijación hacia la profesión más que cualquier otra distracción, de lo que Vallée afín a la cocaína y al trago sin proclamar ninguna adicción como parte de la trama o dramatización a ese respecto –actividad sin más, jalan, tragan pastillas y siguen sus vidas como si nada- no deja de supurar la pasión por consumar una carrera exitosa (sacrificando todo, hasta un orden promisorio en la literatura, o una solidez familiar), mientras hace de las suyas con la féminas (un rasgo distintivo y línea narrativa llena de mil novedades, que curiosamente no poseen los Daft Punk, que son híper relajados y humildes) y ese sexo casual que Mia Hansen-Løve muestra tan natural, teniendo hasta tres puntales en su vida romántica, la americana y supuesto amor de su vida en la sosegadamente infiel Julia (Greta Gerwig), la chica iraní rebelde e impredecible Yasmin (Golshifteh Farahani) y la gala de espíritu libre Louise (Pauline Etienne) que por algo aparece disfrazada de mujer maravilla.

El filme tiene una edición y montaje particular, uno que es vertiginoso y endiabladamente fluido, gracias a que la mayoría de momentos son recortados con presteza, tras cierta brevedad escénica, haciendo uso de una elipsis notable, pero creando inicialmente confusión, un aire de dispersión, costando seguirle el paso, en que si pestañeas te lo pierdes, pero que una vez acostumbrados somos participes de muchos episodios, cantidad de lapsos vivenciales, acotando que yacen bien construidos, que incluso frente a escenas complejas el cambio aparece raudo. Otro punto en la continuación de la narrativa son los audaces ángulos iniciales, y un cariz de sorpresa inmediato, de golpe tras otro en la trama, sin bien hay un gran espíritu de cotidianidad y sencillez argumental, lo cual hacen de Eden una película de fácil empatía con sus protagonistas, sus romances volubles y fiestas que atrapan potentemente el sentir de la juventud, su idiosincrasia, fuera de que uno sea o no amante de la música electrónica, de lo que hay una gran línea que dice, una más de tanta pareja, a nuestro protagonista, que en el rubro solo escucha a Daft Punk, y prefiere el rock.

Mia Hansen-Løve es notable poniéndose en la piel de la adolescencia, los 20 y los 30, lo fresco, el crecimiento hacia la adultez, mostrando suma espontaneidad y libertad pero su infaltable madurez en el trayecto, como en su anterior película, Un amour de jeunesse (2011), donde el primer amor de Camille (Lola Créton) duele tanto superarlo, a un Sullivan (Sebastian Urzendowsky) muy atractivo pero harto independiente, el típico dolor de cabeza, que viaja y la abandona, mientras ella tiene que crecer, con lo que Mia Hansen-Løve maneja mucho romance, poética llana sin rubor, que finalmente palia o balancea con su toque de naturalidad, realismo e interés dramático sin exagerar, en el centro y mayoría del filme, hasta tomar aire y renovar el elemento pasional, de lo que ella está al tanto de no empalagar, como desliza un diálogo tras ver una película, vaya, romántica. Y es que en nuestros tiempos hacer buen cine de éste género no es cosa fácil, pero ella lo maneja muy bien, y se debe a su habilidad de ponerse en el lugar de los “chiquillos” (una buena historia digamos que aguanta un físico sin cambio notable), que como se expresa en otra parte, no se preocupan de nada serio, buscan el placer. El cine de Mia Hansen-Løve es como manifiesta su séptimo arte, no apunta a lo intelectual, lo importante es aquella época de efervescencia, errores, apasionamiento y descubrimientos de la primera consciencia, de la que nos define como quienes somos individualmente.  

domingo, 16 de agosto de 2015

Planta madre

Gianfranco Quattrini hizo una de las mejores películas que se han hecho en el Perú, Chicha tu madre (2006), por lo que habían muchas expectativas con su próximo largometraje, y el resultado ha sido regular, en ésta coproducción peruano-argentina, que cuenta con actores de ambos países, acertando en el ambiente del rock argentino de fines de los 60 y comienzos de los 70s en esos flashbacks constantes dispuestos con la narrativa central, sobre la búsqueda espiritual, medicinal y el propio perdón del sobreviviente del grupo de los hermanos Santoro, ya que el otro hermano, Nicolás, murió, cuando tenía el sueño de viajar a Iquitos y probar el ayahuasca y un viaje psicodélico al interior de nuestro yo, con lo que Diamond Santoro cumplirá ese anhelo, más por salir de un especie de trauma tras el mal comportamiento y abuso que tuvo con su hermano menor. Aquellos flashbacks ahondan en la relación fraternal, no obstante llega un momento donde cansan, parecen agotarse y se nota que sobran imágenes, que empiezan a repetirse y a llenar espacio como por gusto, ya no ejercen la complicidad (marcadamente buscada) inicial, adolecen del toque necesario de creatividad.

El filme que estuvo en la sección hecho en el Perú, del 19 festival de cine de Lima, es bastante sencillo, es el camino que emprende Diamond en busca de un reputado chamán, que actualmente es vendedor de pescado, para probar la ayahuasca y votar el mal que le aqueja, mientras con la exnovia de Nicolás conoce a su nueva pareja y a su hermano menor, dobles de la relación principal, quienes se meten en problemas con unos maleantes de la zona a los que deben dinero y surge un conflicto donde hay disparos, por lo que el periplo por la selva también resulta una persecución. En sí es todo lo que sucede, lo que hace de éste filme en buena parte plano, sin demasiadas aristas, ni suficiente jugo como trama, aunque tenga a la música como papel trascendental, donde la fogosidad y el ritmo tropical se mezclan con el rock y hacen una incursión potente, con personalidad (en que Diamond no canta nunca directamente, producto de un dolor que le genera impotencia, pero que de regreso terminará supuestamente poético, en tremendo lugar común), sin embargo el rol principal, que recae en Robertino Granados, como Diamond, se hace a un punto insoportable con su gesto de eterna compunción en medio de su escapismo constante que roza por ratos el ridículo, lo infantil, haciendo de él un personaje sin gracia, insignificante, a pesar de que tiene un background “prominente” en su amor, necesidad y control de la vida de Nicolás. Con lo que estar dirigidos por éste tipo de personaje, tan anodino en su presencia y alcance propio, hacen un mal contraste con los buenos momentos de esa historia del pasado, y no porque sea un tipo de aspecto ordinario, que tiene mucho sentido, sino porque su tono y su intervención no poseen riqueza alguna, solo una perspectiva ínfima de culpa y desazón que no movilizan mayor proyección ni generan ninguna conexión.

La participación (y gran gancho nacional de publicidad) del cómico Manolo Rojas no es nada especial, como suele ser a fin de cuentas, tiene un papel pequeño, es solo un presentador de conciertos, un promotor musical, y, bueno, está en lo justo, pero sin más, no es Aristóteles Picho. Con ello Planta Madre sufre de falta de creatividad y verdadera atracción más allá de lo que puede dictar en el papel (rock, drogas, muerte, sufrimiento y redención), como que dilata bastante una historia que no tiene mucho que contar, toda la trama se la pasan esperando por el viaje de la ayahuasca, y termina siendo algo natural y realista, pero poca cosa al final, y ese es el mal del filme, que le han faltado aristas, esquivar la redundancia y el vacío, y tener mayor composición narrativa, que en la edición está bien y en la recreación de la selva y las costumbres, pero en general como relato simplemente no logra brillar como conjunto, y no pasa de cierta sobredimensión, esperar algo grande por el pasado musical, y verlo representado en un presente (40 años después) que describe el alcance del filme en la figura última de Diamond y de esa forma termina concluyéndose como producto. 

miércoles, 12 de agosto de 2015

La vida de alguien

Va a sonar cruel de arranque pero lo que llama la atención en el acto de la cuarta película del argentino  Ezequiel Acuña es que fácilmente pudo ser la historia de un grupo como Menudo o Parchís, y no cambiaría mucho, en su vocación marcada de ser enternecedor y cálido con el público, proveyéndoles de una trama que más se basa en simplemente tocar canciones dulzonas, suaves, movidas de tipo pop melancólico y sencillo, con letras y musicalización muy cortos y austeros como en un diálogo se dice de lo fácil que es tocarle. Se inspira en el grupo uruguayo La Foca adaptándose a su estilo sonoro, y es la historia de una banda homónima joven que tras la pérdida y desaparición de uno de sus integrantes deciden romper, sin embargo con el tiempo que intenta curar heridas luego vuelven a unirse con la idea de lanzar el disco que hicieron durante su antigua época musical, que empezó hace 10 años.

En el medio tenemos una historia de amor melódica y de espíritu dulce y ñoño si se quiere amparada en la iniciativa femenina y el cariz despreocupado e intrascendente de él que vive recordando (sojuzgado) al entrañable amigo ido, que queda mucho en mera superficialidad verbal, como leitmotiv del filme que tiene de inspiración además al baterista y fundador de la banda argentina de postpunk Los pillos, Pablo Esau, que desapareció en 1990 en un viaje con su novia al Amazonas, como también en Eddie and the Cruisers (1983) en que comparten dejar un precedente musical una vez que el tiempo olvida sus tocadas y surgen los conflictos, donde en La vida de alguien, título que alude a Nico y, claramente, al anonimato, se conjuga con la amistad de sus miembros musicales y la melomanía de pura y autentica filia que cimentaron en sus inicios (por encima del aplauso masivo, un lugar común en la trama).  

La pareja que hacen Guille (Santiago Pedrero), líder de la banda y escritor musical, y la joven tierna y naturalmente cool Luciana (Ailín Salas), que se roba el show, sobre todo cuando canta que tiene muy bella voz, y me recuerda a la mexicana Julieta Venegas, yacen en un tira y afloja que recorre el largo del filme por destellos de delicada sensibilidad habiendo buena química entre ellos, aunque en Salas más que todo porque es muy carismática y luce especial sin ser impresionantemente atractiva, digna de una belleza atípica anclada a su seguridad y canto, en una relación que se pospone a menudo ante escuchar la banda sonora diegética de La foca ficticia, sonido que predomina tanto casi como si tratase de un documental musical. Los desacuerdos blandos pero capitales son por novias y contratos, desde algo humilde, un pequeño grupo que suena en tocadas discretas, da entrevistas locales y tiene un manager muy joven que se deja llevar por las ofertas como ola del mar.

Un defecto es que se verbalizan mucho las historias y los sentimientos, aunque el actor Santiago Pedrero no lo hace mal, desde un gesto autosuficiente, contenido, tranquilo, de poca expresión, lo cual es bueno por su lado porque no requiere de extravagancia (que suele ser recurrente en el retrato cinematográfico musical, algo que atrae bastante la atención), como pasa con la banda que es muy formal en general.

Aparte de ello, en la película, que se haya en Múltiples Miradas, del 19 festival de cine de Lima, casi está ausente el relato, prima tocar, hacer como que se están promocionando y reconstruyendo como grupo, preparándose y ejerciendo equipo, de lo cual si no te agrada mucho su tono musical, no eres propenso a quedarte escuchándolos por largo tiempo, además de que es melosa como narrativa y argumentación, en la pena del amigo jamás reencontrado y en la lealtad a su tocada fuera de llegar lejos, o al romance y seducción entre bambalinas de tono naif, pues el resultados será una pequeña tortura, pero si por el contrario todos estos elementos te sintonizan tendrás la otra cara de la moneda, tu pequeña gloria cinéfila, con lo que la obra de Acuña bascula entre los puntos contrarios, producto de tener una esencia demasiado subrayada, y un estilo para mi gusto de poética inocente, en una ternura dentro de lo minimalista que no hace mucha novedad, salvo reinterpretarlo nuevamente, y ponerle un cierto sello romántico y a un punto lacrimógeno de nostalgia a prueba de balas, a pesar de que más tarde el misterio será destruido, por un final que, aunque suene irónico, me recordó el juego en la playa de A los 40 (2014), y hasta ahí llegamos, porque no faltarán esos recursos de empatía sumamente primaria, en que se extraña ver a los amantes del cine-arte sentirse atraídos por ella, cuando en Hollywood se hace este tipo de filmes muy a menudo, en esencia, y suelen ser rechazados, diciéndoselo a quienes lo hacen ya que si eres asiduo fan, desde luego el resultado será de inmediato enganche. 

domingo, 22 de febrero de 2015

Whiplash

La segunda película de Damien Chazelle, Whiplash, es un estado perenne de guerra en una escuela de jazz, donde no hay compañeros, sino que se compite sin remisión por un cupo con ellos; siendo tan igual a un deporte de alta competición con el que la música llega a compararse, donde incluso sangramos y sudamos por vehemencia, dentro de una intensidad que llega a la brutalidad, anclados a una obsesión, ser los mejores del planeta, pertenecer a los más grandes, convertirnos en artistas verdaderos, fuera de simplemente colocarnos en algún lugar; como el inspirador Charlie “Bird” Parker a quien le lanzaron un platillo de batería cuando tocaba mal y se rieron de él, y eso lo ayudó a esforzarse hasta quien llegó a ser, como nos lo cuenta como referente de vida y ejercicio de maestro quien sigue al pie de la letra esa ley, la de sangre, sudor y lágrimas, el maestro Terence Fletcher (J.K. Simmons) del conservatorio ficticio llamado Shaffer en New York, que mantiene un estado febril de fuerte tensión en su enseñanza, donde presiona con firmeza, hasta llegar a ser desalmado, humillar, y usar la violencia, no solo verbal sino literalmente, con sus supuestamente excepcionales alumnos, o alguno a punto de ser uno, en busca del próximo Charlie Parker, mientras ejerce una filosofía de vida de exigir hasta sobrepasar los límites, producto de querer explotar/crear algún talento especial.

Whiplash va de todo eso con suma fuerza, un desasosegante ritmo, un atrapante encanto cool y un subyugante entretenimiento (las baterías definitivamente son cautivantes para la mayoría de gente de espíritu joven, aunque nos digan, tengamos que tragarnos, que los malos artistas terminan en el rock, pero viendo que los potentes toques de tambor son como explosiones y fuegos artificiales en las canciones de jazz, como en “Whiplash” y “Caravan” que son las que se tocan), que solo queda celebrarla en el mismo contagioso entusiasmo rabioso que exhibe, haciéndonos  parte de ese juego extremo de la trama, donde vemos a Fletcher saltarse cierta ética profesional en la ostentación de una ideología particular de éxito máximo, en medio de un filme que para ello hace gala de logradas propias reglas internas formales, usando el artificio, la atracción descarada y la fantasía sin atenuantes (no intentes buscar realismo y verismo al 100% en ella, es cine en toda palabra, donde hay su propio código, ya que estamos ante una ficción, un hedonismo de cinéfilo puro y sin frenos), en un atrevimiento que se redime no solo al cautivar y apasionar al público, sino en la historia en sí cuando invoca la lógica terrenal de castigar la locura y el extremismo, uno que lleva a la extenuación tan alarmante que provoca tragedias.

Hay un desarrollo fluido e increíble aunque sea de narrativa directa, como en la escena de un impacto en la calle, un clímax al estilo de la percusión, habiendo varios en el filme, que es totalmente impredecible y crea uno de los momentos más poderosos que uno puede ver en el cine, y desde lo reconocible, haciendo uso de una pequeña extravagancia que yace descolocada de la realidad, pero no llegando hasta lo freak ni a salir de lo de a pie, a fin de cuentas. Que suma mucho como con esos exabruptos crueles del maestro que empiezan comunes y terminan exudando creatividad.

El filme nos ofrece tremendo tour de force que termina en una lucha surrealista, digna de su propio sistema, temática y mensaje (por su parte en discusión), uno que venera la seducción del espectador tras la osadía, el hacer algo extremo que revitalice al propio arte, jugársela toda por llevar la elucubración de ciertos clichés como también de verdades hasta quizá la deshonra, o el Olimpo de ese desenlace a prueba de balas, digno de película, donde ya nada importa, más que la liberación de cualquier atadura, como de la energía artística (donde el mensaje desaparece ante el entretenimiento), ya que Fletcher se ampara en aquella premisa del Cisne negro (2010), de empujar, apretar, pero en él llevándote a reventar o a crear (dice en una línea, los tipos como Bird nunca renuncian; aunque después expresa jamás haber conocido a uno, como revelando a un simple torturador, un J.K. Simmons que ríe, llora y atemoriza en un rotundo y perfecto monstruo, que aun así guarda complejidad y expresividad), y no por sacarnos un lado perverso que nos haga ser partícipes de lo excelso, sino que esa oscuridad yace en el maestro, detrás de la idea de transformar la arcilla en una obra de arte.

Estamos ante la historia de Andrew Neiman (Miles Teller, que está muy bien), un joven tranquilo y educado que sueña con ser un músico gigante, sacrificando incluso el amor, y en su mirada la posible restricción futura de una pareja hacia su anhelo obsesivo, en una línea narrativa que sirve como espejo de explicación de lo que acontece en Shaffer, la crueldad, el abuso, lo contradictorio, inesperado, arbitrario, caprichoso, de seguir a Fletcher, quien es como un dios, ya no un maestro, más bien un guía todopoderoso a quien entregarse en un delirio de grandeza. Esa chica del cine es la válvula de escape, en varios sentidos, pero una cotidianidad que rechazamos, un contraste anodino de aquella “fiesta” desmedida que es tocar Whiplash mientras el instructor exige impredecible que vayan a su ritmo escurridizo, hasta entrar en la oscuridad/desenfreno que imparte, como en esa salida del estudio tras la elección de un baterista de otros de pretexto, con un Neiman transformado en aquella iluminación en verde, pero solo realizado en el sonido de su propia retribución. Cuando algo pequeño se convierte en gigante, desde adentro, fuera del final que le toque vivir. 

jueves, 18 de diciembre de 2014

Inside Llewyn Davis

La filmografía de los hermanos Coen es una de las más cautivantes que hay en el cine americano de los últimos tiempos, donde paseando por ella encontramos películas de culto como Fargo (1996) o The Big Lebowski (1998), obras sumamente ingeniosas como Sangre fácil (1984) y Barton Fink (1991), o cintas muy entretenidas bajo un bendecido toque de autor como Arizona Baby (1987) y Miller's Crossing (1990). Pero aunque consiguieron el reconocimiento de los Oscar con No Country for Old Men (2007) por mejor película, director y guion, la última gala de la estatuilla dorada los dejó realmente de lado, lo que no es ninguna novedad porque éstos populares premios suelen cometer éstos errores, o tener éstas decisiones, ya que Balada de un hombre común, como se le ha llamado en Latinoamérica, o A propósito de Llewyn Davis, en España, es definitivamente una gran película.

Sabiendo sobre la banda sonora de O Brother, Where Art Thou? (2000), compuesta por T-Bone Burnett, quien trabajó con los Coen para que sea más que un acompañamiento, sino parte de la historia con los Soggy Bottom Boys, y que ganó un Grammy, uno hubiera esperado la llegada de Inside Llewyn Davis, es decir, una trama entera sobre la música folk. Sin embargo Joel y Ethan Coen no lo hacen de la forma tradicional (en base al triunfo, que a fin de cuentas siempre aparece, aunque luchado), más bien todo lo contrario, se trata de una mirada previa al éxito y su popularidad con la llegada de Bob Dylan (la ironía final del filme), por lo que nos ubicamos temprano en los mismos 60s en New York con un Llewyn Davis (Oscar Isaac, todo un descubrimiento) que tratará como el gato llamado Ulises, que en el camino adopta y es una metáfora, de encontrar el camino a casa, pero he ahí la delicia, atrevimiento y la originalidad del filme, Davis es el tipo “equivocado” o el hombre en el momento o lugar inadecuado, quizá solo una de las piedras que se lanzan al mar y que lastimosa e injustamente no llegan (tan) lejos, porque ¿quién nos asegura el triunfo?, todo es finalmente una lucha sin final prometido. En medio está el retrato de un antihéroe, un perdedor en toda regla, donde no hay muchas concesiones, clichés a favor o facilismos.

Tomemos de meta el pensamiento convencional, una escala de harta fama y alta economía, lo que es coherente a su vez, aunque a un punto, como en las palabras fáciles y precisas del Dalái Lama acerca del dinero en 4:44 Last Day on Earth (2011); porque como dice Davis en un exabrupto, es una profesión y no un juego o un circo, aunque acotando que influye su estado de ánimo, ya que también toca espontáneamente, sin más. El protagonista sólo sobrevive, la pasa tantas veces mal, de ello su constante enojo, aunque no sea pesimista, a pesar de sobrevolar en sus emociones el suicidio de su compañero musical, muerto sin originalidad, bajo un escondido humor negro que aparece leve a ratos, como dice el hiriente jazzista Roland Turner, un gran John Goodman, que participa de dos escenas de fuerte impresión, con el abandono del gato en la carretera –que describe de cuerpo entero a Davis, y veamos que se piensa bien no visitar a su hijo desconocido- y el exceso que suele reinar en el arte.

También le pesa a Davis su actitud, cierta superioridad y antipatía natural en la comunicación interpersonal, que ni su hermana lo aguanta. Lo deja enfático la continua descripción frontal de Jean sobre él, teniendo en cuenta como atenuante su promiscuidad; en una verborrea vulgar que más parece ironía y cambio de piel que torpeza simplista como personaje –menor- en el papel de Carey Mulligan, que además hay que decir que yace bella en cabello azabache. Esto recibe a cambio, en muchas oportunidades, o es acumulativo, una especie de energía, mensaje que puede ser no saber trasmitir empatía, más que talento. No obstante también reflexiona y como dice el título en inglés de “en el interior de Llewyn Davis” su música es producto de la sustancia, de mucha historia, sufrimiento, detrás. Pero igual sopesando que hay otros muchos como él, véase el personaje de Adam Driver. No se puede obviar que existe una buena cuota de ruleta rusa, en la retribución conceptual de un libre albedrio arbitrario/caprichoso por un lado, o como dice el productor, Davis no se amolda a un rol comercial, lo que implica implícitamente la identidad y la verdad, sumado a que por otro lado se ve que finalmente no quiere volver a creer -e intentarlo- en esa forma; ya lo ha hecho con fastidio antes como con la canción cómica que escribe y toca Jim, un Justin Timberlake apreciable como actor; lo que se traduce en el requerimiento de una salida menor, y es que no luce rentable, no tiene un don central/determinante de atracción.

Davis duerme en los sofás de los amigos, muchos lo ayudan a regañadientes, aunque otros son amables como los Gorfein, mientras toca en bares minúsculos donde las damas se acuestan con los dueños para poder tocar en el lugar; o son explotados a razón de cierto ripio que sostiene a quienes negociantes no tienen fe verdadera en varios de sus clientes, como cantantes. Pero ésta propuesta va más allá, es más que un cruel canto sobre la elección del arte como profesión (a menudo un verdadero drama), trata al mismo tiempo de la dificultad general y el realismo crudo de la vida, lo que deja en el aire una cierta poética maldita, que se ajusta muy bien al título latino; más trágica todavía mediante un quehacer dolorosamente irónico en aquella golpiza en la calle bajo un aire de cine negro. 

domingo, 12 de enero de 2014

The Broken Circle Breakdown

Ganadora del premio del público en el festival de cine de Berlín último, y mejor guion y actriz en el festival de Tribeca 2013. El director belga Felix Van Groeningen  trae frescura en su cine que suele congeniar entre lo cool, un halo de eterna juventud que debe enfrentarse a la dureza de la vida, y -a esa vera- lo dramático que llega hasta el melodrama.

Dagen zonder lief (2007), que traducida sería "Con amigos como ellos", no es la más recomendable de sus películas, y aun así no es una mala propuesta, pero sí bastante menor como opción, siendo lo importante de su mención que permite ver el estilo de éste cineasta, aunque en estado menos elaborado. La historia retrata como una muy buena amiga de antaño aun joven, vital y guapa pero con un novedoso teñido de cabello rubio regresa a su ciudad origen y se reencuentra con sus viejos amigos, que son igual de alocados que ella, solo que están pasando por un trance, empiezan a madurar a la fuerza, a razón de la realidad que golpea, más por el pasar del tiempo que otra cosa, algo intrínseco; sin embargo siguen teniendo ese espíritu libre de irse a emborrachar, hacer diabluras –uno tiene un bar de desnudistas, un segundo tiene al padre de su novia como ayuda con un trabajo en su empresa, que no le gusta, y otro labora con la informática desde su casa - y solo querer divertirse, aunque empieza a agotárseles, y dado el caso central de Kurt deben enfrentarse a la frustración de una etapa adulta que nos descubre la importancia de tomar seriedad en la vida, que en Van Groeningen  significa -como muchos argumentan- que hay que mantener la posibilidad del escape para tomar aire, y luego aceptar lo que viene, si bien la forma de entenderlo es bajo un quiebre mental violento. El belga en esta obra resulta muy superficial, se deja llevar en buena parte por la fiesta que impone, a pesar de que luego la desestabiliza, pero que al final ello resulta poca cosa. No obstante al exponer a los personajes bastante extrovertidos, imperfectos, débiles emocionales e inestables se hace de la contundente presentación de la locura de una edad que empieza  a mutar. No será ésta obra una maravilla de la introspección porque nada en lugares comunes y parece no pretenderse más que como una lección existencial sumamente pequeña, pero tiene su toque de entretenimiento con retrato y mensaje desde lo buena onda. Seguramente es bastante olvidable, pero para los curiosos y a los que les gusta lo juvenil puede gustarles.

De helaasheid der dingen (2009), que puede titularse "Los desafortunados", parece una toma de consciencia del director –que luego traiciona o agota porque se decanta por un giro de último minuto, tras explotar el desastre que es lo que hace cautivante su filme aun siendo más de lo mismo, solo que en un país europeo- o asumir lo que antes no concretó, o quizás solo dibuja una injusticia del mundo que corrige con la ilusión facilista. Si vemos que en la anterior película se muestra tolerante con la inmadurez, que claro lo entiende seguramente como mantener la alegría de la temprana edad, como que se las juegan por la felicidad. Este filme carga con un error que llevará The Broken Circle Breakdown, que se repite en él, su simpleza en cuanto a lo que deciden sus criaturas, su ligereza para contarnos una historia, imitando el cine americano comercial que no llega a capturar en toda su habilidad si bien aprueba y llega a agradar, que en ésta anterior película se presenta como un golpe de suerte, querer ser escritor, que no a través del trabajo duro –aun no hablando de un oficio de empleado, los que hace ver sumamente desagradables y a lo que le damos la cuota de veracidad, al menos- para lograr el éxito. Y al respecto, creemos que no basta solo enseñar penuria, pobreza,  y a razón de ello dibujar un (común) disgusto que culpa el pasado con el cual también es condescendiente (siendo curioso que teme convertir esta realización en un melodrama y más tarde lo aborda en toda ley, como antes con la inmadurez y su devenir en la vida, en que tampoco en la presente puede evitar dejarse llevar, porque en el filme muchas vivencias idiotas se llegan a disfrutar), aunque en lo práctico revierte un lastre -aunque sea el de un padre que en su calidad de vago tenia buenos sentimientos debajo- y un contexto que dirige mucho nuestra realidad, algo que en Van Groeningen le falta asumir mejor, puede que porque se pretende naturalista o documentalista en su ficción de alguna forma, no quiere inmiscuirse mucho en sus ilustraciones de personalidad y de reflejo de ello, pero eso denota que el fondo que imprime a sus filmes suele ser muy endeble, algo que le acompaña, y únicamente le salva pensar que sus retratos son los de personas tan sencillas que no ameritan más de parte de él. Aunque como fuera, es un filme que no podemos negar que genera atención,  divierte, y mucho, y eso hace complicado clasificarlo, no se le pude criticar del todo, porque asoman aciertos en su imperfección. Su mayor problema es que se pretende sencillo, pero también es su basa, porque atrapa.

The Broken Circle Breakdown es su culmen, es mejor que las anteriores pero carga con algunos fallos habituales, y más que eso diríamos que son rasgos ya de identidad, de estilo. En esta oportunidad su trascendencia toma más seriedad, se afianza más, pero aunque ciertos comportamientos tienen su lógica padecen de cierta irreflexión, y es que lo del tatuaje y reiniciar -como anteceden los sobrenombres- se trastoca, pierde su efecto mayor, y puede ser romántico y melancólico pero improductivo, contradictorio. Nuevamente hay un final sorpresivo que resulta a un punto frío aun en su efectismo y llamado emotivo, exagerado, pero que sigue el código de un subgénero y por lo tanto es idóneo. Lo que tampoco luce descabellado como opción dada las circunstancias, sino un acto de nuestra debilidad e imperfección, esa que hay que reconocer que retrata muy bien Van Groeningen sin aspavientos. Sus protagonistas propician que uno se enamore de ellos, son simpáticos, calan siendo inocentes y frescos en sus juegos de afecto, y eso ayuda mucho más a entablar conexión con el conflicto. Su química es impecable, creemos en ese Alabama Monroe que se queda volando en el aire. Como lo de los pájaros chocando contra  el vidrio, al no ver lo que es, primero como fuente de comprensión de la muerte en lo literal, y luego en la metáfora de la imposibilidad de aprender. Tanto como en el dulce gesto de las calcomanías de águilas como una sanación/salvación temporal, anímica. Que sin embargo, aunque no todos, muchos superan lo que parece imposible.

Lo mejor, su música bluegrass, un tipo de sonido country más profundo, como se dice. Sus composiciones y cantos dentro de un espectáculo versado sobre un sentir de proximidad o en los lugares de reunión familiar otorgan bastante fuerza escénica, se ganan al espectador, hacen brillar el drama llenándolo de un aura especial y con ello el logro formal de la propuesta que toma un cariz audaz y seductor, cómplice, actual. También está mucho más logrado que antes el quitarle solemnidad al filme, con los flashbacks y las rememoraciones de los tiempos compartidos, que van explicando como un rompecabezas el contexto, aunque también sirvan para la lágrima, al comparar momentos.

El filme nos cuenta como Didier (Johan Heldenbergh) y Elise (Veerle Baetens) se enamoran, siendo ella tatuadora –que hay que decir que los abundantes tatuajes de su personaje lucen sensuales y no vulgares a diferencia de lo que siempre se ve, y no le restan afabilidad o ternura- y él músico de folk, tocando el banjo y cantando la música autóctona norteamericana –un amante de EE.UU desde su natal Bélgica, y anotamos que su crítica no es hacia un país, sino hacia una política-, que ante una duda inicial enseguida logran consolidar su amor y tener una niña, que luego se enferma y les lleva a replantearse la vida; y en ese trayecto de pena decidir por un camino, y son dos las respuestas consiguientes, mientras pelea el ateísmo y la fe. Ella cree en el cielo pero rompe sus reglas, él no y las refuta enarbolando un anhelo de cambio a través de su experiencia íntima. La resolución de cada uno genera crítica, una pasiva (hacia Dios) y otra activa (hacia el hombre), y la que más se apodera del filme es la racional.

Esta película es un melodrama y por ende tiene su lado que estimula mucho las emociones, y es inevitable sentir que se nos instiga a sufrir a través de la historia, mientras la sencillez que no en la forma porque utiliza todos los tiempos y uno va conociendo detalles que hacen de background y anticipando momentos ante esa estructura, juega a favor como en contra según el criterio y nuestra sensibilidad como la propia exigencia. Aunque afirmamos que esta propuesta no es nada del otro mundo, sigue parámetros comunes, y no representa una historia compleja de seguir siendo Van Groeningen naturalmente propenso a no dejarse absorber por un ritmo y un entendimiento más arduo, sin embargo la historia por tener una temática delicada crea un alcance mayor, como cavilación existencial, que apela a nuestros sentimientos más puros y más definitorios, y hay que decir del belga que no se excusa de aprovecharlo, de presionar hacia la compenetración primaria. Pero con su buena mano, logrando que le prestes atención, que disfrutes su narrativa mientras procesas su desgracia, en un relato dulce y amargo, como el mismo bluegrass, en donde letras melancólicas o cargadas de sentimiento se dan con una melodía vital, vibrante, que valga la paradoja produce el baile, y es que es una buena señal ante las adversidades, el aceptarlas y seguir adelante, el palpar la idiosincrasia de la vida, y el mundo, y respirar. 

viernes, 30 de agosto de 2013

Sigo siendo

Película peruana, dirigida por Javier Corcuera, que apunta a mostrar a distintos músicos nacionales, fáciles de identificar o con una trayectoria consolidada dentro de una riqueza cultural que habla de la variedad de identidades dentro de nuestras tres regiones naturales de costa, sierra y selva. Una experiencia  que no necesita de ninguna presentación y salen sin que se digan nombres a hacer su performance tras contarnos algunos sobre su vida o su inclinación por la música que tocan.

“Chimango” Lares recorre su lugar de nacimiento hasta su propia casa en Cabana Sur contándonos de su humilde infancia, de sus queridos recuerdos, y luego acompaña con el violín la voz de Magaly Solier cantando en quechua en Ayacucho. Magaly Solier no sólo es famosa por cintas como La Teta asustada (2009) sino por su álbum Warmi. En otro momento el compositor y contrabajo Carlos Hayre con mucho conocimiento e historia musical nos narra la fama y talento de Yma Sumac, de quien nos dice que muchos no imaginaron el alcance de su voz, su internacionalización y gloria artística, o del admirado Felipe Pinglo, que le cantó a todos y sobre distintos temas, incluso hizo crítica social.

Se trata de varios autores, instrumentistas y cantantes dentro de una gama amplia y variopinta, en parte libre en lo que los agrupa -y a quienes se selecciona- en su conjunto (como lo que somos), pero bastante representativos en cuanto a nuestras raíces musicales, pudiendo ver a su vez juglares y haravicus, los llamados poetas del pueblo, como Cristina Pusac y su cantar particular, agudo, algo chillón, pero muy típico de ese llanto andino que infunde la expulsión de la pesadumbre, de nuestros demonios, para seguir adelante, cobrar fuerza, en medio de la intensidad de la fiesta musical. Ella canta mientras se ejerce las labores cotidianas de campo, aflorando la virtud en medio de la humildad, el ser ante todo, y de esa forma se trasciende.

Tenemos a Florian Cesario Ramos y el bautizo artístico en medio de la tradición y el folclore. Florian es un danzante de tijeras que intercala su arte -que propaga en una pequeña academia suya- con el quehacer de manejar una bodega de alimentos en Andamarca, Ayacucho. Lo mismo sucede con su amigo y compañero Félix “Duko” Quispe, conductor de bus en Puquio y excelso arpista que hace bailar a los danzantes de tijera como Elizabeth López, “Palomita”, quien es un oasis en la tierra ya que las mujeres no suelen ser danzantes de tijera. De ahí radica el título de la película, de la palabra quechua chanka, Kachkaniraqmi, de cuando un individuo quiere expresar que a pesar de todo aún es, y se menciona casi en grito de guerra, y me recuerda al himno no oficial de Sur Corea, al Arirang (2011), de Kim Ki –duk; para los coreanos un grito de revitalización ante cualquier derrota. Andrés “Chimango” se gana la vida vendiendo helados y vive su alma en la música, igual cuentan otros, tienen que sobrevivir y ganarse primero el pan, luego hacer lo que tanta pasión les produce.

En la identificación, defensa y proyección simbólica y literal del agua hallamos a la shipiba Roni Wano, que es el sobrenombre de Amelia Panduro, que significa mujer de agua. Roni Wano cruza el río en canoa y se funde con el paisaje salvaje, aunque calmo y minimalista, que es como el mismo llamado de la selva, la voz de la naturaleza, En ese lugar vemos que más que una profesión es ser uno mismo, transportar un mensaje. Y a su modo sencillo y directo lleno de carisma lo expresa diáfana la cantante criolla Rosa Guzmán, actual legado de la otrora bohemia musical del distrito de Barranco; dice, no se puede vivir sin música, no podría vivir sin ella.

Siguen siendo a pesar de cualquier escollo, la melancolía mueve pero nunca hunde, y eso recoge el pueblo que vive a través de ellos, una esencia de lucha y, por ende, de triunfo, porque brilla el sol aún bajo la lluvia. Se les escucha y tienen distintos tipos de éxito, pero gloria al fin y al cabo porque mientras halla música viven, subyace la felicidad de las melodías y el ritmo.

A través de la anécdota y memoria el percusionista y zapateador Lalo Izquierdo desborda simpatía, ilumina ya no un callejón sino toda la calle, brilla en ella, a la que se le regala alegría y entusiasmo por la vida. La vida es más vida con la música, nos dice otro artista, cuando Máximo Damián hace un peregrinaje a Chincha y junto a la familia Ballumbrosio y un desfile de zapateo al son de su violín, el que fue amigo cercano del ícono literario nacional José María Arguedas, recuerda a Amador Balumbrosio, 80-90 kilos de pura fiesta negra, y sigue en lo que es una road movie -por referentes del Perú- hacia Ayacucho. Vive su esencia andina aun ya viviendo en Lima, de donde se recoge la mirada de cantantes, sinfónicos y trovadores que vuelven a recordar para seguir amando (más), a sentirse propios, y a entenderse, a propagarlo y a ver su punto de inicio, sinónimo de identidad, que como recoge el filme es complejo pero satisfactoriamente rico y admirable en su variedad.

A las calles limeñas no solo se les regala fiesta sino elegancia como con Susana Baca y su imagen descalza y estética dentro de una pequeña orquesta criolla de grandes instrumentistas en donde se luce cautivante su hermosa voz engolada. Se canta porque se lleva algo dentro, se vive (se interioriza y eso fluye) lo que se expresa con la música, nos dice sabiamente otro artista, que se pierde más que en una presencia en un portavoz de algo mayor que queda, eso que se lleva y se transmite. Con ella, bastante parecida, en su fineza y distinción, aunque menos famosa, Victoria Villalobos, agradable, guapa; yace contenta y lo hace sentir. Junto a ellos Félix Casaverde, otro artista privilegiado, que ha tocado la guitarra al lado de Chabuca Granda, o el guitarrista, clásico por antonomasia, César Calderón, que nos habla de las dificultades de ejercer y sobrevivir sólo tocando, aun siendo tan conocido y talentoso, pero en un tono de comentario, más que una queja una realidad mayoritaria, que en él se trasluce a través de un toque señorial y quien aún a su años no deja de ostentar empatía.

Otra artífice de la música popular costeña que destaca mucho con una voz ronca que parece de jazz o que se luce como una Janis Joplin peruana es Sara Van, a la que no conocía, pero fue la que más me impresionó, como el factor sorpresa de la película.

Son más de dos horas de documental que a ratos luce muy sencillo, casi sin ningún adorno, y no sólo al respecto de los escenarios, pero que logra acercarse a uno, a ser algo íntimo, y que sobresale porque conmueve y enorgullece, llega a lo hondo y ello está por encima de cualquier forma, que sea dicho es buena en su recurso mínimo, en una identidad que no es para nada forzada, sino amplia, poderosa en su vastedad, en su diferencia y a la vez igualdad, y ya puede tocarnos más un tipo de música que otra pero todas atrapan de alguna forma, hay de donde escoger, y algunas son hasta novedosas como el canto de la shipiba, y otras además se fusionan audazmente como el afro peruano y lo autóctono ayacuchano, entre los Ballumbrosio y Máximo Damián, de lo que yo siempre digo que la música del Ande, lo instrumentalista solo basta y sobra, por encima de cualquier voz que le acompañe en su tipo, tantas veces de forma innecesaria, y por eso, artísticamente, o por la integración y la hermandad, éste es el más bello momento de todo el documental.

Tiene mucha importancia la formación, el pasado, la autenticidad, las raíces de procedencia, el estilo de vida, el barrio, la puna, una fiesta popular, y todo ese aspecto cultural local y regional en un país  multicultural, un lugar de muchas voces, sea un violín mirando a la gran urbe de Lima desde un cerro sobrepoblado, una peña festiva con algunas cervezas y buena compañía, un rincón criollo de amistad y admiraciones mutuas, una jarana en un callejón al son de un cajón, como el de la picardía del cajonero Manuel "Mangué" Vásquez , una aborigen en medio de la Amazonía, o un charango –mítico en Jaime Guardia- en plena Sierra.

miércoles, 30 de enero de 2013

Searching for sugar man

Nominada a los Oscar 2013 a mejor documental tras ganar el premio especial del jurado del Word Cinema documental y el de la audiencia en el Festival de Sundance 2012, la siguiente película procedente de Suecia dirigida por Malik Bendjelloul es el rescate de una figura, de un cantante  de rock y folk que para muchos era la gran promesa musical de los 70s, que parecía tan prometedor como el mejor Bob Dylan. Simplemente era conocido como Rodríguez, de nombre cambiante e indefinido, Sixto, Jesús u algún otro más, y es que era un hombre que se envolvía en un misterio sobre quien era, casi no se sabía de él, mucho más tras su partida de Michigan Detroit  – su ciudad natal en donde ha radicado la mayor parte de su vida- a Sudáfrica en donde se volvió sin saberlo en un cantante de culto y un símbolo de los tiempos, de rebeldía, de libertad, de igualdad, hasta de lucha contra el apartheid.

Rodríguez grabó en Estados Unidos dos álbumes, Cold Fact (1970) y  Coming from Reality (1971) que son los únicos de su carrera y aun siendo visto con gran futuro en el medio musical por algunos que aman la música y saben del negocio fue realmente un fracaso de ventas en EE.UU, quizá porque no se le impulso como se debía o a pesar del entusiasmo de los entrevistados en este documental porque sus manejadores y disqueras no creían en su persona en realidad, que además no se veía tan rentable al ser de origen latino (es de ascendencia mexicana) o que incluso se puede argüir que se aprovecharon de él, como muchos creen y deducen al ser un éxito en Sudáfrica. Y eso fue, fue en el papel un fracaso, al punto que su vida trascurrió en gran parte en la necesidad económica, y tuvo que dedicarse a otro trabajo para sobrevivir, dentro de la construcción, sin embargo el cariño y el sentimiento que despierta su música, su autenticidad, su subyugante melodía, su esencia mítica, un aura propia poética lo describen en el filme con esa nostalgia del que hubiera querido un resultado distinto, y la propuesta cinematográfica se vale de ello, de rendirle un tributo a quien consideran debió tener otro lugar en la historia musical. Se encarga entonces el documental de recuperarlo, de enaltecerlo, de darle el lugar que no conoció.

Es un filme pequeño, íntimo y bastante sencillo, pero cargado de feeling, de verdadera admiración. Los entrevistados incluso alguno lleva un sobrenombre en razón de Rodríguez, han escrito la introducción de uno de su discos, se han dedicado a buscarlo, desapareció de escena en 1981, y al hallarlo este muy humilde y de poca palabra escucha los elogios como un alma apabullada por la realidad, luego hace alguna gira para conmemorar un nuevo encuentro y eso es todo. Nos queda la sensación de una vida abducida por las circunstancias que inesperadamente siendo en esencia lo que buscó no llegó a donde se esperaba, en una idiosincrasia que nos remite a un determinismo inexistente, a una libertad que juega tanto para bien como para mal, y a una lógica universal que no siempre pone en su lugar a las personas en cuanto a prioridad y merecimiento, y no es que Rodríguez haya sido único, quizá lo fue pero eso apunta a que no todos los sueños llegan a puerto ni los mayores talentos, aunque no solo somos lo que dicen que somos públicamente a pesar de que en la práctica esa verdad sea tan hiriente y dominante, sino como en el filme, el mundo material oculta ciertos lugares que merecen de alguna forma una reivindicación, aunque sea simbólica, conocer esa verdad que idealmente merece el mundo. Y se queda ahí, solo es un momento de paréntesis, chiquito, un triunfo dulce, y seguramente en eso consiste el atractivo del filme, en su esencia, ya ni siquiera se trata de Rodríguez, es algo más grande que va por debajo , una cierta injusticia divina o mejor dicho, demasiado humana, demasiado común, sin ser fantasiosos que como se suele decir, el oro brilla hasta en el fango, y ese es Rodríguez, para quienes vean el filme, y eso debe ser lo más importante.

Éste es un filme que despierta en el espectador un lado emocional y cómplice, como la lucha del pequeño guerrero, una confabulación desde abajo, mientras escuchamos su música, muy típica de su época (estética y creativamente nada del otro mundo la verdad pero tampoco menos que muchos consagrados, aunque hay un productor de música entrevistado que cree que mencionar el desempleo a dos semanas antes de navidad es algo sublime, muy triste), sobre la espontaneidad, el estar en todas partes y en ningún lugar, la sinceridad, los valores trascendentales que hacen una vida decente para el ser humano ordinario, el goce de vivir en toda libertad, el alma joven, la irreverencia de su búsqueda, mediante la letra sugerente hacia la identificación de su generación, en parte melancólica pero relajada,  fragmentaria en pos de algo gaseoso que va dejando potentes pistas.

Rodríguez ha sido fiel a todo ello, a una despreocupación del artificio y lo físico, y una entrega honesta hacia la defensa de las ideas, y es que ha sido además un tipo correcto, un defensor de lo social, de los desfavorecidos y de su comunidad en la que se ha visto reflejado ante sus carencias. Lástima que la historia se lo haya engullido, pero el filme es más que su relato, el símbolo de su realidad, más que regresarle el éxito nunca alcanzado oficialmente (es un hombre de 70 años), se trata de la poesía de su vida, que no por ello merece la inmolación sino la retribución del afecto por su esencia, y mañana más tarde podremos ver y quizá no repetir tantos errores.  

miércoles, 2 de enero de 2013

Lima Bruja. Retratos de la música criolla



Reviso una propuesta denominada off the record como la mejor película del año dentro de las 31 cintas peruanas que se estrenaron el 2012, 8 comercialmente y 23 por vía alternativa, en cineclubs y en provincia. El documental y ópera prima de Rafael Polar.

Un filme netamente nacional, popular, y vamos entrando más a fondo: criollo, familiar antes que bohemio, de callejón como el mismo se atribuye, jaranero, sano aún entre menciones de juerga con cerveza, que no recurre a los nombres más vendedores del medio –que yacen en vistosas peñas- sino a ese grupo no oficial que vive una pasión diaria solventándose la vida por otros medios, en la que cualquier pretexto es bueno para celebrar una fiesta con cajón y guitarra; en donde la improvisación con unas cucharas importa (es sonido y ritmo); donde existe la tradición de generación en generación y cualquiera es aceptado (de rasgo multicultural); donde se canta e inmortaliza a la hija fallecida, Francisco “Chiquito” Rodríguez le dedica “Flor de María”; donde se comen ricos y abundantes platos criollos. La humildad brilla junto con el talento, en que Ruben Blades denomina un tour latinoamericano suyo en recuerdo de uno de esos inmortales discretos criollos con los que sintió un vínculo natural apenas conociéndolo, en aquel tímido y admirado Lorenzo Pedraza.

Como expresa el guitarrista e investigador Willy Terry, perenne cómplice de la música criolla y participe recurrente del documental, no se trata de un día -el 31 de octubre- sino de toda una existencia, que equivale a tradición, reunión, amistad, identidad, intimidad, a la alegría que corre por las venas de celebrar la vida, gozar de ella, lejos de cualquier encasillamiento en una idiosincrasia económica y política, siendo cuestión de sentimiento, el que se plasma en sus letras sencillas y es vital en su cobijo.

16 canciones son el homenaje del documental a su hilo conductor, a esa pasión musical que hace llorar a un niño conmovido con el canto de su gente, en recuerdo de un querido familiar, Carlos Abán, padre de Eduardo “Papeo” Abán que yace en la escena con su noble y alegre cajón; dos importantes gestores de distinta generación dentro de la cultura que se contextualiza. Un registro cinematográfico que se labra en 12 capítulos entre relatos de los personajes que lo materializan sin que pesen primero sus nombres, aunque son vastamente reconocibles dentro de una comunidad de amigos y compañeros de parranda, piezas que se unen y se complementan, un grupo que simboliza la esencia de la gesta del filme, ese que rehúsa a mitigarse en una única fecha al año, ese que no es sólo turismo o dinero, ese que sigue vivo y coleando aun cuando la mayoría de sus escuelas de barrio cierran sus puertas.

Un filme que respira vida por cada parte de su metraje, hay muchos momentos emotivos que se despiertan en la espontaneidad de una cámara que parece ser invisible al artificio y que aparece en el momento justo, plasmando ese amor verdadero que viven estos compatriotas al celebrar la música criolla, bajo un aire de evocación que va y vuelve eterno-atemporal, con esos viejos tocando modestamente pero con intensidad, tanto que parece que no está menguando la música criolla cuando lo está haciendo, sino que el legado jamás morirá porque la felicidad del barrio yace en sus estrofas. 

viernes, 13 de enero de 2012

Chico y Rita

Ganadora del Premio Goya 2011 a mejor animación, la realización del director español Fernando Trueba es un canto de romance entre una bella cantante y un pianista, los dos de ascendencia afrocubana. Ésta ambientada en mayor parte en la época de la influencia americana antes de la revolución de Fidel Castro y se puede ver como Chico Valdés rememora su pasión por una dama con la cual se acerca y aleja constantemente por culpa de contratiempos inesperados que hacen que su amor no se consolide definitivamente.

En ese tira y afloja pasan sus vidas amándose como rechazándose momentáneamente en un inquebrantable destino que tropieza pero vuelve a reunirlos en el tiempo. Siempre próximos a la música, el homenaje a ella es continuo y es parte importante en la esencia del filme, partiendo de un concurso de bolero en que la famosa canción sabor a mí atribuida a la autoría de Chico en la trama les da el punto de arranque para llevar una aventura sensual y musical.

Ambos, voz e instrumento, son dotados de talento y enrumban a desarrollar una profesión bajo una Cuba festiva, nocturna, sobreviviente, pegada a satisfacer a los extranjeros y a tomar la vida con optimismo y felicidad. Más tarde un anciano Chico, solitario lustrabotas impedido de ejercer el jazz en su tierra producto del nuevo gobierno de Castro que considera imperialista a ese tipo de música, por medio de recortes de periódico, fotografías, partituras y demás recuerdos va en su imaginación en busca de su amor rememorándola en su pequeña habitación.

Rita suele salir con hombres adinerados, hacer de dama de compañía, para ello Trueba le ha brindado un cierto realismo a su historia en donde el sobrevivir en la isla requiere de ciertas liberalidades que parecen no juzgarse, sin embargo cuando conoce a Chico, enamorada aunque todavía ligada a la necesidad de dinero paternalista de ciertos empresarios hará una excepción entregada a amarlo sin condición alguna. Por su parte Chico es también un mujeriego que comparte su tiempo con parejas foráneas que solo quieren divertirse con los lugareños y que se prestan a ser sus mujeres de juerga, incluso tiene una relación algo estable con una nativa, sin embargo al ver a la bella morena de amplios labios, mechón de rulos negro sobre la frente y vestido fresco y ceñido de color amarillo quiere dejarlo todo a un lado proponiendo su mutuo desarrollo artístico mientras se toman por almas gemelas.

Hay momentos que son muy manidos, parecen contínuos deja vu y lucen poco originales en el guión; el cortejo no tiene nada de extraordinario cayendo en lo rutinario aunque no deja de ser tierno por utilizar lo que parece pasado de moda, se denota un aire de inocencia que traspasa en parte esa autolimitación creativa, pero el conjunto logra presentarse como algo simpático siendo un relato entretenido y bastante dulce que posee un notable aire sensual; las ilustraciones protagónicas salen muy libres en la desnudes y hay unos bailes que inspiran la naturaleza provocativa de los que pueden expresarse con el cuerpo.

Hay un ir tras la fama que llega despreocupadamente a la existencia de ambos ligada a su vocación hacia la música en que son recibidos con aplausos y simplemente llegan al éxito, pero con un cariz de irregularidad, como que nada está dicho. Un día uno puede terminar siendo una empleada en un hotel o un desempleado sobreviviendo en el más humilde de los trabajos; más tarde o antes una deslumbrante cantante en un hotel de las Vegas como posiblemente una acomodada señorita de sociedad que disfruta de cenas fastuosas en ciudades imponentes como New York, o tal vez un compositor disfrutando de París como quizás de un renacimiento artístico producto de la admiración y oportunidad de alguna nueva compañera. Es una transformación voluble e imprevista de alguna forma como suele ser en parte el mundo, aunque en la cinta claramente más positivo de lo normal producto de la fantasía del cine que no pierde jamás la esperanza ni la voluntad de alcanzar los sueños, bello e indiscutible mensaje que no hay que tomarlo por absurdo sino que implica no sucumbir a la derrota. En ese caso la película es hermosa porque el verdadero amor nunca desaparece, late aún entre dos ancianos reunidos a último momento. Además una vida de reconocimiento merece la pasión que siente Chico en su canción Lily hacia Rita al igual que ella puede ser capaz de dejar el éxito a costa de sentirse abandonada por su otra mitad.

Por la cinta pasan artistas como el célebre percusionista Tito Puente; otro llamado Chano Pozo, que parece ser un icono cubano del jazz latino; ambos jocosos y efusivos, junto con Charlie Parker, Nat King Cole, entre otras figuras destacadas; por ahí vemos raudamente a Marlon Brando escapándose en una aventura de esas hollywoodenses bajo la celebridad que envuelve a Rita para disgusto del justificadamente celoso Chico. Es un amor algo moderno y discutiblemente libre en que hay cabida para otras relaciones, no obstante vuelven al cauce cuando se trata de decidir por alguien. Los cameos dan relieve al homenaje musical y lo hacen más fascinante.

El ritmo y sonido que envuelven el largometraje animado es una contundente delicia como la buena factura visual de las ilustraciones, con mucho color y vivacidad, dando a la obra un espíritu alegre en todo sentido, en el cálido recorrido por distintas melodías identificadoras de la raza latina fusionada en algunas de ellas con la de los angloamericanos aunque con el sello prioritario de la piel oscura de todo el planeta que lleva en la sangre el calor y el reflejo de la pasión sensorial de la música, uno de los lenguajes más francos del alma.

lunes, 10 de octubre de 2011

El olor de la papaya verde

El vietnamita Tran Anh Hung con ésta cinta ganó la cámara de oro del Festival de Cine de Cannes, un Premio Cesar a la ópera prima y fue nominado en 1994 al Oscar a mejor película en lengua no inglesa, con lo que su inmersión en el séptimo arte empezó muy bien. En su estructura nos presenta tres líneas argumentales en dos tiempos distintos.

Mui es el personaje eje de la historia, una niña pobre, silenciosa, acomedida, feliz y tranquila que pasa a ser sirvienta a la edad de 10 años a una casa acomodada, en la que hay cierto constante conflicto, el padre suele ausentarse del hogar escapando para darse al abandono, la madre padece la falta de una hija mientras los tres vástagos sobre todo los pequeños sufren psicológicamente de esa inestabilidad familiar reaccionando negativamente.

La niña comparte su día a día con ésta parentela y con otra empleada más vieja que le va enseñando los quehaceres laborales. En su deambular cotidiano suele maravillarse con la naturaleza como con en el aprecio por el corazón de la papaya verde y con los animales entre sapos, grillos u hormigas a los que les brinda amplias sonrisas y cuidados. Las tomas de detalle amplifican su fascinación visual, hay un enriquecimiento sentimental trasmitido con su detenimiento. En ese aspecto la cámara ayuda a compenetrarnos con la pequeña que despierta nuestra complicidad con tiernas actitudes, con su obediencia y recato, a través de su desborde de humildad. Ella es un ente observador y lateral de lo que sucede entre las cuatro paredes en las que trabaja que es el escenario de un microcosmos lleno de matices vivenciales. La problemática acaece sobre sus patrones y descendientes. Vemos sin mucha rimbombancia el acontecer común de estos, su apego por la música en sus instrumentos tradicionales, su preocupación por mantenerse tras los escapes del marido, el rezo perpetuo de la abuela, las malacrianzas del más chico, las explicaciones de la criada antigua y un sinfín de momentos discretos que hacen de la trama un discurrir cambiante pero sin atribuirse efectismos sino creando un contexto de auscultación emocional calmo y sugerente que busca la recreación promedio de una morada vietnamita pero compartiendo esa lucha natural frente a las tragedias que a todos los seres humanos les sucede.

Uno de los beneficios de ver cine es poder conocer otras culturas y en éste filme la ambientación identificativa no falta con la religión, la gastronomía, la educación o el arte. Algo a rescatar es la interacción que tienen con la naturaleza, no hay mucha tecnología y se vive con mayor aproximación a lo rural. El discurrir es poco artificial o quizás hasta nulo en ese sentido, donde brilla la lectura, la música, la meditación, la limpieza y la cocina casera. Los diálogos son los justos, tanto que nuestro personaje principal indaga con los ojos y sólo bajo pocas preguntas. La motricidad humana impera en la película, los gestos tratan de ser completos sin necesidad de palabras pero estos movimientos no albergan mucha complejidad porque la cinta finalmente no dramatiza con fervor sino mantiene un aire algo indolente y contenido aún en su transparencia que parece ser propio de ver al mundo desde la perspectiva oriental con una mayor contemplación y reflexión que una poderosa materialización del dolor existencial. Se siente que tiende a eludir el sufrimiento, a sobrellevarlo con dignidad o a ocultarlo mucho más que en occidente aunque frente a la muerte todos caigamos rendidos por igual.

En la segunda parte de la realización nos transportamos una década después y nos abocamos al romance. Mui yace enamorada de un amigo del hijo mayor de la casa en que siempre ha servido, pero debido a su timidez y a su condición social solo puede aspirar a atenderlo hacendosa a la distancia, observando que nuevamente la música predomina. El joven pianista y compañero cercano del más adulto de la prole de la que fuera como una segunda madre para Mui está prometido con una dama moderna y más sofisticada pero en la típica representación del amor seremos participes del intento de lo aparentemente imposible, de lo romántico y de lo inocente, de la demostración del sentimiento más abierto, carente de prejuicio, del sueño que rompe los límites impuestos por la sociedad.

Éste filme posee una belleza artística que realza la simpleza de sus postulados, no posee una carga fuerte de dificultad en su trama, no prolonga ningún acontecimiento por más grave que parezca ni alborota el relato sino se dedica a proyectar un momento y huir hacia otro campo, y aunque tiene muchas ideas debido a variedad de desgracias e inconvenientes no pretende exagerar o ser persistente sino más parece decir que los obstáculos se dan y que la vida continua, como cuando falta dinero, se venden unos jarrones caros y se compra arroz, la suegra culpa a su nuera de las fugas de su “santo" retoño y ésta en lugar de amargarse o resentirse mantiene su bondad, un viejo se conforma con averiguar por la salud de la abuela y observarla a los lejos aún habiendo sido rechazado toda su existencia. Hay mucha exhibición de afecto, acariciando el cabello o lo pies, regalando un vestido, viendo dormir a Mui, es una cinta que no aspira a las pasiones sino a los sentimientos sencillos de los que estamos rodeados y que nos dibujan de cuerpo entero, quizás por eso sea un estupendo filme sin que medie nada realmente espectacular más allá de la personal idiosincrasia que por pedestre no menos trascendente como refleja la magia de éste cineasta vietnamita. Es en su roce que vislumbramos la esencia de nuestra humanidad, del corazón y sus dosificadas tribulaciones, de sus dulces y dóciles apetencias, de su diario vivir, del inevitable transcurrir.