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domingo, 28 de noviembre de 2021
Ema
Ema (2019), del chileno Pablo Larraín, es una película cool y que por todas partes exuda y grita popularidad, también es una película con personalidad y que a un punto hace lo que le da la gana. Puede que sea algo efectista y algo notoria en su ansia de ser cool y quizá hasta cinefilia hardcore, pero es una excelente película, no cabe duda, y se disfruta un montón. Qué importa que se noten algunas costuras. En ella se baila y se canta reggaetón. En un momento se argumenta, se le critica a éste baile propio de una nueva época musical, con lo usual, con una exposición de enojo e intensa de alguien inteligente pero de expresión sencilla. Pero enseguida salta a la pantalla como un tiroteo verbal un monólogo poderoso que enaltece al reggaetón y lo fundamenta en un orgasmo y queda perfecto. El filme intenta coger la esencia de éste baile comercial y popular en su postulado máximo, el sexo, que deriva en sensualidad, erotismo de a pie y de paso la libertad del cuerpo. La protagonista es Ema (Mariana Di Girólamo, joven muy popular por un par de telenovelas chilenas) y ella tiene harto sexo en pantalla, con mujeres y hombres, es bisexual, sin tapujos, libre como el viento, pero en un empaque light, medio para la fotografía pero que se percibe simpático, que aprueba, aunque puede que un poco esté demás. Ella deja en claro su liberalidad sexual, se ven muchas escenas de éste tipo, cuidadas, no vulgares, pero sensuales, guapas, en especial con compañeras de baile, queda totalmente claro que esto es el reggaetón o se intenta decir que éste es su mundo y filosofía, simple y contundente, como el filme en cierta medida. El gran Gael García Bernal hace un papel como un tipo y marido tóxico, algo malvado; tóxico es la palabra de la nueva época, una palabra ubicua, de esa otra cara y lugar común o dominante que es el feminismo y la denuncia del patriarcado en nuestra actualidad. Me viene a la mente con ésta película dedicada al reggaetón un debate con el porno donde se podría decir que hay matices y muchas contradicciones por donde se vea, no se sabe definírsele del todo, sí repudiarlo o perdonarle la vida, llamarlo esclavitud y deterioro o liberación o simplemente derecho, así vamos pensando sin querer pensar tanto, es un filme básico en realidad pero bueno. Ema usa un lanzallamas, casi como una seña de su personalidad, como si fuera un cómic, epítome de lo cool, sin duda una gran idea, el fuego es algo muy visual y hermoso, así como el rocío de éste sobre un carro es impactante y efervescente, aquí bajo un plan que al final se desarma en la esencia general -en la temática simbolizante del reggaetón- o es que es sólo cumplir -y ya- con añadir una raya más al tigre de su definición de relajo sexual. Por pantalla pasan algunas luminarias chilenas, actores icónicos o populares chilenos, uno de ellos propio de un gran hit internacional (La Nana, 2009), es la actriz Catalina Saavedra, quien se manda un monólogo riquísimo que le da duro a la pareja protagonista y describe matices, con tremenda solvencia verbal e histriónica, como para darle más momentos así en otras películas. Aunque Mariana es la verdadera estrella de la película y lo hace muy bien, Gael siempre es competente y demuestra el porqué de tanto recorrido profesional y cierta fama. El mexicano sabe ser perverso, Larraín también es un maestro con esto, aunque éste talento a algunos no suele agradar, pero da en la llaga, tiene bastante poder escénico. Un estribillo de sarcasmo y herir al otro asoma en la voz repetitiva de Gastón (Gael) y esto aunque cruel moviliza el filme y a Ema curiosamente, la heroína. Al término del "ingenioso" plan surge un embrollo familiar, un lugar familiar caótico, muy contemporáneo, un poco freak, de muchos colores, pero todos, aunque algo avergonzados, felices. Por el final más parece cierre de comedia de enredos; se diluye un poco el reggaetón, pero como al comienzo -despacio, sólo baile primero, bajo un sol enorme y sugerente- es como subir y bajar los decibeles.
sábado, 10 de abril de 2021
Sound of metal
Sound of metal (2019), la dirige Darius Marder, es su debut en ficción, la produce Amazon y se puede ver en su plataforma de streaming, Amazon Prime Video. Está nominada a mejor película en los Oscars de éste año y es una muy buena película y competidora, aunque no favorita, ni por la trayectoria de premios previos al Oscar se ve que vaya a ganar mejor película. El guion es de Darius y su hermano Abraham, además Abraham compone la banda sonora. La historia se le ocurre a Darius y al director de cine Derek Cianfrance (Blue Valentine, 2010), habiendo trabajado antes juntos, en el guion de la segunda película de ficción de Cianfrance, The place beyond the Pines (2012). Ésta es una película con muchas aristas y profundidades, pero el aparente tema central, la perdida de la audición, esconde en realidad otro tema, digamos que el verdadero tema del filme, la relación amorosa del protagonista, de Ruben (Riz Ahmed), con Lou (Olivia Cooke). La falta de audición es el camino a revisar ésta relación, que entienda Ruben que a su mujer le crea conflicto su relación al tener muy presente su pasión por el metal y condición de músico bohemio. Ruben estuvo sumido en la drogadicción y esto atrajo a su esposa hacia la ansiedad -no del todo conocida- y otros problemas que hay que imaginar. El metal como sonido fuerte no solo es un estilo musical interesante y atractivo en el guion e historia, representa ruido, un simbolismo en el filme, representa caos, cierta perdición, cierto abismo e incluso inmadurez, que es el emparentamiento con la vida libertina, acelerada, y de drogas en que se embullen montón de músicos. Queda claro que ésta representación, de acciones del pasado, le afectan a Lou, tomando en cuenta de antes además el dolor de una gran perdida en la vida de Lou y querer romper lazos de autoritarismo con su padre, pero curiosamente el amor la llevó a cierta dependencia negativa en su vida, pero también es indudable que existe amor verdadero entre Lou y Ruben. Ésta es la parte sutil, velada si se quiere, pero captable, del filme, para dar pie a la otra de la perdida de la audición y el dejar de ser músico de metal, que no se ve tan difícil en la vida del protagonista. Tiene algo, pero no es la historia como The wrestler (2008), donde Mickey Rourke, en el papel de su vida, prefería morir en su callejón sin salida que abandonar la lucha libre profesional. En la película de Darius hay que aceptar dejar la música como la concebía Ruben en el pasado, incluyendo dejar de ser baterista por siempre, que tampoco era un triunfo, era algo humilde, pero existen otros retos más arduos, igualmente también aceptarse como sordo, como vemos en el silencio del final. Éste filme tiene un guion prodigioso, no solo por espolvorear detalles dejando el tema central encubierto y darle una segunda dimensión al filme, sino también por como nos pone en la piel de Ruben, como maneja el silencio, el ruido, escuchar, no hacerlo, proponiendo un sentir algo raro, particular, novedoso, pero notable en su puesta en escena. De la misma manera el devenir de los hechos está contado de manera ingeniosa y con su originalidad, anclada la sordera al presente, como a la tecnología, pero pensando en lo que nos hace tan humanos y mejores seres humanos desde siempre, donde interviene la gran actuación de Paul Raci, un actor no conocido, a quien le han otorgado una nominación como actor en el Oscar que es una sorpresa y justicia en estado puro.
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viernes, 19 de febrero de 2021
The disciple
Ganadora de mejor guion en el Festival de Cine de Venecia 2020. La dirige el indio Chaitanya Tamhane, es su segunda película. Es una película que requiere cierto esfuerzo, de cierta paciencia. Es una película inteligente, sutil, y cuando no es sutil lo contrasta muy bien, como cuando escuchamos lecciones y definiciones de la música clásica india que tiene de cierto aire de esnobismo y excepcionalidad. En el filme vemos cómo hacer o entregarse a la música clásica india del norte es algo especial, algo exigente y poco popular, es un sacrificio en sí y es algo que requiere de alguien místico de cierta manera. Todo esto se puede conjugar con la vocación por encima del éxito y el dinero, es decir, lo auténtico y al mismo tiempo lo romántico y poco práctico, en ello está la esencia de hacer algo trascendental, sin tener todo el reconocimiento que esto debería tener. Es señalar a ésta música como el arte y lo sublime y no lo popular, lo superficial o monetario. En el filme suenan algo pedantes las lecciones y conceptos de una maestra de la música que escucha y se entrega con devoción nuestro protagonista, Sharad (Aditya Modak), pero en otro momento esto se dice, mediante un especie de critico musical y coleccionista de rarezas musicales, a quien se le termina lanzando agua a la cara por sus comentarios tan descarnados, sin filtro se podría decir. Éste critico es un personaje rico en palabra, aun cuando, desde luego, no tiene nada de simpático; así igualmente el protagonista es lo más seco y poco empático que uno puede imaginar, incluso lo vemos masturbándose en varias ocasiones como desfogue común, otro punto de virtud del filme, esa naturalidad para no querer ganarse fácil al público. Es un retrato muy honesto, muy profundo, y valen mucho sus contrastes, son muy astutos y sabios, y complejos, como cuando la música clásica india -música mística, ascética, trascendental- se contrasta con esos programas de cable de concursos de talentos musicales (pero a través de una aspirante de aspecto tímido y sensible) o con la simple música romántica y melancólica que llegamos a ver cantar en el metro por alguien humilde. El filme maneja contrastes y matices notables; hay gente noble, pero imperfecta, discutible (aunque sin nada grave tampoco), seres humanos simplemente; hay gente honesta, pero igualmente imperfecta. El gurú o maestro musical de Sharad es un anciano que tiene problemas de salud, que toca con fervor, pero no le alcanza el dinero ni para su salud, y esto se dice que en parte es por su culpa -no hizo todo lo que estaba en sus manos-, tanto por la idiosincrasia de su tipo de música. Así en el filme se da más de una sola perspectiva, hay un panorama complementario, aun con el comentario poco empático. ¿Verdad o comentario mala vibra?, queda cierta duda, hay algo de cierto ahí. Es una propuesta que quiere que el arte o la música hablen por sí mismos; nos dice que el arte también conlleva su marketing, sus historias, y que lo popular también tiene su gente auténtica o no demos todo por sentado, no cerremos las puertas. Sharad es un hombre inteligente, tendrá éxito, será empresario, él haya la salida a sus dificultades y retos musicales, no todo puede ser romanticismo nos expresa el filme. Por otro lado es una película exigente porque todo lo que hace Sharad no parece gran cosa, el tratamiento es bastante austero. Así mismo la música clásica india que oímos no se percibe muy empática, hay cierta distancia, pero esto se dice muy bien en la película, y queda muy bien definido como cine. Ésta música es para pocos. Aun así la oiremos bastante en ésta obra, hay mucha performance. En la última escena, con el músico callejero, se puede entender que nada está escrito, que el éxito le cuesta más a algunos, a cierta arte, pero el éxito finalmente no tiene dueño, depende de cada uno. En un momento se dice con euforia, claramente, si quieres tener dinero trabaja con canciones románticas, pero la presente película nos dice como conjunto, no des nada por sentado, y con eso nos quedamos. Ésta película es tal cual la música que retrata, aun bajo la autocritica, es una propuesta exigente, pero exitosa, y es mística no para pegarla de trascendente o esnob, sino por la dedicación que le entregas, por el amor que le pones, por tu sacrificio, porque el protagonista no es simpático, pero sí un tipo verdadero, así verlo masturbándose no será algo lindo, pero es eso, la imperfección de lo real, y uno no deja de luchar y ansiar no solo trascendencia; más que sobrevivencia, también éxito.
jueves, 25 de abril de 2019
Barbara
Ésta película ganó un premio especial, premio a la poesía
narrativa en Un certain regard 2017, pero se debe a que es una película muy de
cine arte, que sigue un poco la estela de Ne change rien (2009), de Pedro
Costa. Barbara remite, por el nombre también, a una cantante francesa, nacida Monique
Andrée Serf, pero habla al mismo tiempo de la actriz que la interpreta, Jeanne
Balibar, que hace de una actriz llamada Brigitte que hace una película sobre
Monique Serf, ambas son cantantes y se fusionan. Balibar todo el tiempo está
cantando, mientras entra y sale de la vida de Barbara, la cantante famosa gala,
y es ella misma también, con mezcla de ficción y documental. Es una película
muy marcada en cine arte, es una película típica de festival, no es en absoluto
una película comercial o fácil de ver, de ahí que un premio de poesía narrativa
le caiga tan lógico. Pero es una película amena, vemos a Balibar dar una gran
actuación, es toda una diva, una mujer madura sexy, llena de melomanía y
cinefilia. Un piano es sacado a un patio y Balibar sale y toca afuera, hay una
clara composición artística, quiere ser una película cool, de cine arte cool,
aun cuando sea difícil de ver para muchos porque no es convencional, su
narrativa es muy libre y no parece tener rumbo claro, no hay conflicto, no hay
desenlace feliz o trágico, es ver a Balibar fluir como actriz y cantante. También
hay ficción, como una aventura sexual con un hombre ordinario, pero es mucho el
ver estar haciendo una película, metacine. Brigitte luce tacos altos siempre,
es sensual, es interesante. Toca donde sea, la vemos componer música y el rol
de Barbara, con quien tiene vasos comunicantes profesionales. Mathieu Amalric
no sólo dirige la película, también actúa, hace de cineasta, emula su profesión
actual, pero se nota un personaje. Amalric estuvo casado con Balibar y tiene 2
hijos con ella, actualmente están divorciados, pero se siente la admiración que
le dedica a ella, haciendo de fan suyo, mientras él consigue hacer cine de autor
en toda gloria, o eso busca con esmero y amor. A ratos se nota un poco el
querer hacer cine arte, es decir, ser arduo y estético, denotando algo un poco artificial,
pero la simpatía que exuda el filme lo supera todo. Balibar se luce en grande,
es imponente.
viernes, 19 de abril de 2019
Cold war (Zimna wojna)
Lo que ofrece el polaco Pawel Pawlikowski es una historia de amor, algo tan sencillo como eso, pero con el fondo de la post guerra
mundial, la guerra fría y la ubicación en el socialismo partiendo de 1949 hasta
los 60s, donde la pareja como polacos en tiempos socialistas deben adaptarse.
Zula y Wiktor (Joanna Kulig y Tomasz Kot) son esa pareja. El filme tiene a Zula
como aspirante a un grupo folclórico estatal y a Wiktor como uno de los
seleccionadores. Ella con una gran personalidad, belleza y un pasado llamativo
dejará prendado a Wiktor, a lo que se suma el talento de la joven muchacha que
la hace más especial. Lo que nos mostrará Pawlikowski es lo tantos vuelcos que
dará la relación, intensa, llena de amor, pero aun así siempre trunca, hasta
ese final de aire ligero bajo decisiones importantes. Otra cosa que suma y
mucho es que es un filme con mucha música. También tiene una gran edición,
pasan mil cosas en poco tiempo. Los sucesos fluyen en tiempo perfecto, incluso
más rápido. La relación da muchos momentos, tiene un lado cool, aun cuando en
realidad es una historia triste, producto de la continua imposibilidad de estar
tranquilos y juntos por largo tiempo. Es una historia con la que entretenerse,
pero que meditándola genera desazón. Las peleas y rupturas no son expuestas en lo visual por largo tiempo, pero se les siente. No hay antipáticos aquí, pero
si hay momentos de engreimiento, donde uno es más culpable que el otro, además
el fondo social y político se inmiscuye en sus existencias. Lo hace sin
grandilocuencia, pero en cada trámite se da poca información. No obstante se
entiende bien en general. El fondo hace del filme algo más complejo, una
relación muy difícil. El relato es bien nacionalista, aun cuando Francia
también aparece. Cold war (2018) es una película con identidad, bien polaca -lo que la hace notable-, y a la vez universal.
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jueves, 7 de febrero de 2019
Climax
Climax (2018), de Gaspar Noé, usa el baile como
manifestación de terror, con esos movimientos que parecen que se están quebrando
los propios huesos, con esos bailes similares a orgías y como la invasión de un
virus que enloquece a sus participantes. Es algo sensual y violento. El baile
lo es todo en el filme, vistoso y virtuoso, con grandes coreografías, una hasta
tomada desde arriba. Como película de terror el filme tiene al baile como arma,
cosa que también pretende cierta polémica vista tanta sexualidad, pero así es
Noé, aunque ésta vez éste filme ha logrado lo imposible, que todo el mundo lo
celebre.
Es un filme que tiene una narrativa escueta, más es el baile
moderno que otra cosa, pero todo tiene perfecta concordancia general, tiene
sentido, en que unos bailarines se reúnen en un lugar abandonado en la nieve,
tipo bunker, y en medio de sus prácticas y exhibiciones exóticas e imponentes se
despierta el daño, el crimen masificado, en la que es también una fiesta desenfrenada,
muy hedonista y libertina.
Antes de que se expanda el mal tenemos un visionado
fascinante, hay que admitirlo, lo mejor del filme, al proponer tremenda maestría
en las coreografías, que no son en absoluto delicadas. Se trata de algo potente,
intenso, decidido, festivo, como lo es el cine del irreverente Noé. Locura que
se despierta a raíz de que la gente es drogada anónimamente, sin mayor razón. Pero
se puede entender fácilmente una justificación.
En el inicio vemos que ante la cámara se presenta cada uno
de los bailarines, ésta parte busca ser irreverente y más bien desanima, no es
una presentación muy interesante, es obvia, pero cuando todos estos “personajes” extravagantes salen en grupo a bailar todo es esplendoroso, entretenido, impactante.
Pero la propuesta no es mucho tampoco, aunque tiene lógica.
En un momento por un cromatismo que domina el filme, el rojo,
de peligro, de ardor, y el constante juego de la cámara, poner en ángulos difíciles
las imágenes o prender y apagar la visibilidad, tenemos el caos en todo apogeo,
producto de que todos quedan drogados excesivamente, pero en éste momento fastidia
observar un poco la película. Luego se verán momentos de violencia
desagradable, típico en Noé, y termina paseando la mirada por un reguero
de perdición en conclusión. Esto no luce muy bien, aun cuando no está tan extendido, o por más que el filme había anunciado que era un hecho real. Las escenas de sexo, aunque sin explicites, tampoco son muy
gratificantes.
El filme con su querer ser polémico o híper libre más bien
lo muestra barato, mediocre. No obstante Noé tiene talento en
manifestar el baile como terror, pero lo sexual le cobra la grandeza; es como
tener grandes técnicas o ideas, pero una exhibición finalmente pobre. El baile como monstruo
es ingenioso, pero las escenas de exceso no están a la altura, es decir, Noé
falla porque quiere ser irreverente, cuando debería enfocarse más bien en lo
que concibe, en la narrativa. Lo mejor es simplemente el baile tal cual y después
su proyección en distintas otras formas. Por todo lo dicho es un filme
imperfecto, como uno ha de esperar de Noé pero también muy irregular, malo por
partes –sobre todo al final-, bueno en otras. Me quedo con las coreografías y
la técnica, pero en construir una película narrativa no mucho.
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miércoles, 29 de marzo de 2017
El viaje de los comediantes (O thiasos)
Esta obra maestra del griego Theo Angelopoulos,
seguramente su obra más importante, de 4 horas de duración, recorre la historia
de Grecia desde 1939 hasta 1952, pasando por momentos claves de su historia, la
dictadura de Ioannis Metaxas (1931-1941), la guerra entre Italia y Grecia
(1940-1941), la ocupación alemana (1941-1944), la guerra civil (oficialmente de
1946 a 1949, pero empezó antes), la intervención y estadía fiscalizadora americana
e inglesa en Grecia (la ocupación inglesa con el general Ronald Scobie) y la
llegada al poder en 1952 del mariscal griego Aléxandros Papagos como primer ministro de
Grecia, habiendo comandado a la derecha, viniendo de comandar al ejercito
griego contra el ataque de Italia, país al que venció, pero Alemania lo terminó
derrotando y lo mandaron a un campo de concentración del que volvió triunfante.
Al filme se le propone desde el punto de vista de la izquierda de su país, viendo que Grecia estuvo dividida todo este tiempo, por un lado los monárquicos, por el otro el partido comunista griego, que tuvo gran repercusión con el Ejército Popular de Liberación Nacional que claudicó en 1945 con el Pacto de Varkiza donde entregaron las armas. El Ejército popular de Liberación Nacional luchó en la segunda guerra mundial de 1941 hasta 1945 contra Alemania. La derecha venció a la izquierda y quedó una sensación de yacer pospuestos y desear buscar redención.
Al filme se le propone desde el punto de vista de la izquierda de su país, viendo que Grecia estuvo dividida todo este tiempo, por un lado los monárquicos, por el otro el partido comunista griego, que tuvo gran repercusión con el Ejército Popular de Liberación Nacional que claudicó en 1945 con el Pacto de Varkiza donde entregaron las armas. El Ejército popular de Liberación Nacional luchó en la segunda guerra mundial de 1941 hasta 1945 contra Alemania. La derecha venció a la izquierda y quedó una sensación de yacer pospuestos y desear buscar redención.
Angelopoulos no solo se queda con este tremendo panorama y
manejo histórico también hace uso de la literatura griega, se basa en la
Orestíada de Esquilo, en superponerla en su trama, mostrando traiciones y
venganzas dentro de la representación de la guerra civil griega, hablándonos de
Agamenón (padre), Clitemnestra (su esposa), Aegisthus (el amante de
Clitemnestra), y Orestes y Electra (los hijos de Agamenón y Clitemnestra). Esto funciona no tan contundentemente porque
la trama tiene su propia libertad narrativa, guiada por un teatro itinerante, un
grupo de protagonistas de las vicisitudes de su época. El teatro ambulante pone
constantemente en escena la obra teatral
Golfo la pastorcilla, una historia de amor, muerte y traición, que se mezcla
con todos los componentes históricos antes mencionados.
El filme de Angelopoulos resulta arduo de comprenderlo en su
totalidad pero con todos estos datos y elementos en el conocimiento del
espectador uno queda maravillado de semejante estructura y narrativa, tan compleja
y completa. Hay que estar muy atento, en varios momentos escuchamos información
histórica, como con los altavoces de la propaganda política que hacen como de
voz en off, explicativa y contextual, aunque está inmersa en lo autodiegético. En otros momentos lo vivimos, incluso simbólicamente,
como narrativa, como cuando dos bandos luchan, unos disparan y otros corren y
cambian de lugar, en una toma fija de una calle, de izquierda salen pobladores,
luego salen de la derecha; o cuando soldados ingleses se burlan de la compañía
de teatro y empiezan a forzarlos a bailar con ellos; está también la escena
brutal de una mujer comunista violada como venganza a una acción paramilitar,
mujer que luego le habla directamente a la cámara y detalla hechos históricos,
la realidad del partido comunista; o esa escena en un bar donde mediante la
música se dan arengas contra el gobierno monárquico y luego estos reaccionan y
dan sus propias proclamas cantando. La música juega un gran papel en la
propuesta, mostrando lo popular, sea la facción que sea, hay un tono llano en
todo el filme.
El viaje de los comediantes es una obra monumental que
fascina cuando entendemos todo el alcance de su propuesta, contada en varios
niveles, con una manera próxima, bella y emotiva. La estructura de como fluyen
los tiempos -que van y vienen- es otra imponente virtud, sobre todo porque a pesar de que el filme tiene 4 horas de duración contiene pocos cortes, generando una estética más personal y una filosofía con las largas tomas. Presenta mucha originalidad y variedad
de expresión. Ganó el premio fipresci en el festival de Cannes de 1975.
miércoles, 16 de diciembre de 2015
Eden
Propuesta que puede tener el gancho de aparecer en escena la
historia bastante por encima de Daft Punk, famoso e icónico grupo de música
electrónica que predominó en la trascendental movida de su país en los
90, que definió una identidad nacional musical, y continua potente en la
actualidad como el grupo más emblemático y popular en el mundo en su tipo sonoro,
pero que en realidad habla del grupo poco conocido llamado Cheers, bajo el alter
ego del co-guionista de la película, Sven Hansen-Løve, hermano de la directora y
la otra guionista de la presente propuesta, Mia Hansen-Løve, que inspira la
vida de nuestro protagonista Paul Vallée (Félix de Givry), un DJ entregado al estilo del garaje neoyorquino, y que es el camino mismo
Llewyn Davis frente a ese gobierno y éxito de Daft Punk, en lugar de Bob Dylan,
donde Vallée hace todo lo posible por llegar a la cúspide, hasta endeudándose y
quebrar, terminando desconcertado con aquel poema del ritmo, donde supuestamente
todo tiene un orden, una armonía y un sentido, y a él le quedan dudas al
respecto, en un gesto que lo dice todo.
La gracia del filme yace en la carrera tan
larga de Vallée, donde hace gala de un cariz de mujeriego tranquilo, típico seductor y
amante francés, desde su adolescencia hasta llegar casi a los 40, viéndose toda
la movida de Cheers, negociadores, compañeros y amigos, incluidos los Daft Punk,
a quienes la película tiene la ironía de hacerlos pasar siempre por no
reconocidos en los raves, discotecas y listas de invitados donde participan todos
como un gran clan, viéndoseles como un conjunto de amistades ultra sencillo. En
sí el espíritu de los músicos de Eden es el de la eterna juventud, una apasionada
por descubrir nuevos y mejores sonidos y hacer bailar entusiasmados a sus fieles
admiradores, y aunque hay drogas, chicas guapas, fáciles y arribistas, el peace
and love clásico, con solo alguna pelea casual, vibra sobre todo la fijación
hacia la profesión más que cualquier otra distracción, de lo que Vallée afín a la
cocaína y al trago sin proclamar ninguna adicción como parte de la trama o
dramatización a ese respecto –actividad sin más, jalan, tragan pastillas y
siguen sus vidas como si nada- no deja de supurar la pasión por consumar una
carrera exitosa (sacrificando todo, hasta un orden promisorio en la literatura,
o una solidez familiar), mientras hace de las suyas con la féminas (un rasgo
distintivo y línea narrativa llena de mil novedades, que curiosamente no poseen
los Daft Punk, que son híper relajados y humildes) y ese sexo casual que Mia
Hansen-Løve muestra tan natural, teniendo hasta tres puntales en su vida
romántica, la americana y supuesto amor de su vida en la sosegadamente infiel Julia
(Greta Gerwig), la chica iraní rebelde e impredecible Yasmin (Golshifteh
Farahani) y la gala de espíritu libre Louise (Pauline Etienne) que por algo aparece disfrazada de mujer maravilla.
El filme tiene una edición y montaje particular, uno que es
vertiginoso y endiabladamente fluido, gracias a que la mayoría de momentos son recortados
con presteza, tras cierta brevedad escénica, haciendo uso de una elipsis
notable, pero creando inicialmente confusión, un aire de dispersión, costando
seguirle el paso, en que si pestañeas te lo pierdes, pero que una vez
acostumbrados somos participes de muchos episodios, cantidad de lapsos
vivenciales, acotando que yacen bien construidos, que incluso frente a escenas complejas
el cambio aparece raudo. Otro punto en la continuación de la narrativa son los audaces
ángulos iniciales, y un cariz de sorpresa inmediato, de golpe tras otro en la trama, sin
bien hay un gran espíritu de cotidianidad y sencillez argumental, lo cual hacen
de Eden una película de fácil empatía con sus protagonistas, sus romances volubles y fiestas
que atrapan potentemente el sentir de la juventud, su idiosincrasia, fuera de que uno sea o no amante de la música electrónica, de lo que hay una gran línea que
dice, una más de tanta pareja, a nuestro protagonista, que en el rubro solo
escucha a Daft Punk, y prefiere el rock.
Mia Hansen-Løve es notable poniéndose en la piel de la adolescencia,
los 20 y los 30, lo fresco, el crecimiento hacia la adultez, mostrando suma espontaneidad
y libertad pero su infaltable madurez en el trayecto, como en su anterior película,
Un amour de jeunesse (2011), donde el primer amor de Camille (Lola Créton) duele
tanto superarlo, a un Sullivan (Sebastian Urzendowsky) muy atractivo pero harto
independiente, el típico dolor de cabeza, que viaja y la abandona, mientras
ella tiene que crecer, con lo que Mia Hansen-Løve maneja mucho romance, poética
llana sin rubor, que finalmente palia o balancea con su toque de naturalidad,
realismo e interés dramático sin exagerar, en el centro y mayoría del filme,
hasta tomar aire y renovar el elemento pasional, de lo que ella está al tanto
de no empalagar, como desliza un diálogo tras ver una película, vaya,
romántica. Y es que en nuestros tiempos hacer buen cine de éste género no es
cosa fácil, pero ella lo maneja muy bien, y se debe a su habilidad de ponerse
en el lugar de los “chiquillos” (una buena historia digamos que aguanta un
físico sin cambio notable), que como se expresa en otra parte, no se preocupan
de nada serio, buscan el placer. El cine de Mia Hansen-Løve es como manifiesta su
séptimo arte, no apunta a lo intelectual, lo importante es aquella época de
efervescencia, errores, apasionamiento y descubrimientos de la primera
consciencia, de la que nos define como quienes somos individualmente.
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domingo, 16 de agosto de 2015
Planta madre
Gianfranco Quattrini hizo una de las mejores películas que
se han hecho en el Perú, Chicha tu madre (2006), por lo que habían muchas
expectativas con su próximo largometraje, y el resultado ha sido regular, en ésta
coproducción peruano-argentina, que cuenta con actores de ambos países, acertando
en el ambiente del rock argentino de fines de los 60 y comienzos de los 70s en esos flashbacks constantes dispuestos con la narrativa central, sobre la búsqueda espiritual,
medicinal y el propio perdón del sobreviviente del grupo de los hermanos Santoro,
ya que el otro hermano, Nicolás, murió, cuando tenía el sueño de viajar a Iquitos
y probar el ayahuasca y un viaje psicodélico al interior de nuestro yo, con lo
que Diamond Santoro cumplirá ese anhelo, más por salir de un especie de trauma
tras el mal comportamiento y abuso que tuvo con su hermano menor. Aquellos
flashbacks ahondan en la relación fraternal, no obstante llega un momento donde
cansan, parecen agotarse y se nota que sobran imágenes, que empiezan a repetirse y a
llenar espacio como por gusto, ya no ejercen la complicidad (marcadamente
buscada) inicial, adolecen del toque necesario de creatividad.
El filme que estuvo en la sección hecho en el Perú, del 19 festival de cine de Lima, es bastante sencillo, es el camino que emprende
Diamond en busca de un reputado chamán, que actualmente es vendedor de pescado, para probar la ayahuasca y votar el mal que le aqueja, mientras con
la exnovia de Nicolás conoce a su nueva pareja y a su hermano menor, dobles de
la relación principal, quienes se meten en problemas con unos maleantes de la
zona a los que deben dinero y surge un conflicto donde hay disparos, por lo que
el periplo por la selva también resulta una persecución. En sí es todo lo que sucede,
lo que hace de éste filme en buena parte plano, sin demasiadas aristas, ni suficiente
jugo como trama, aunque tenga a la música como papel trascendental, donde la
fogosidad y el ritmo tropical se mezclan con el rock y hacen una incursión potente,
con personalidad (en que Diamond no canta nunca directamente, producto de un dolor que le genera impotencia, pero que de regreso terminará supuestamente poético, en tremendo lugar común), sin embargo el rol principal, que recae
en Robertino Granados, como Diamond, se hace a un punto insoportable con su
gesto de eterna compunción en medio de su escapismo constante que roza por
ratos el ridículo, lo infantil, haciendo de él un personaje sin gracia, insignificante,
a pesar de que tiene un background “prominente” en su amor, necesidad y control
de la vida de Nicolás. Con lo que estar dirigidos por éste tipo de personaje,
tan anodino en su presencia y alcance propio, hacen un mal contraste con los
buenos momentos de esa historia del pasado, y no porque sea un tipo de aspecto ordinario,
que tiene mucho sentido, sino porque su tono y su intervención no poseen
riqueza alguna, solo una perspectiva ínfima de culpa y desazón que no movilizan
mayor proyección ni generan ninguna conexión.
La participación (y gran gancho nacional de publicidad) del
cómico Manolo Rojas no es nada especial, como suele ser a fin de cuentas, tiene
un papel pequeño, es solo un presentador de conciertos, un promotor musical, y,
bueno, está en lo justo, pero sin más, no es Aristóteles Picho. Con ello Planta
Madre sufre de falta de creatividad y verdadera atracción más allá de lo que
puede dictar en el papel (rock, drogas, muerte, sufrimiento y redención), como
que dilata bastante una historia que no tiene mucho que contar, toda la trama
se la pasan esperando por el viaje de la ayahuasca, y termina siendo algo
natural y realista, pero poca cosa al final, y ese es el mal del filme, que le
han faltado aristas, esquivar la redundancia y el vacío, y tener mayor composición
narrativa, que en la edición está bien y en la recreación de la selva y las
costumbres, pero en general como relato simplemente no logra brillar como
conjunto, y no pasa de cierta sobredimensión, esperar algo grande por el pasado
musical, y verlo representado en un presente (40 años después) que describe el alcance del filme en
la figura última de Diamond y de esa forma termina concluyéndose como producto.
miércoles, 12 de agosto de 2015
La vida de alguien
Va a sonar cruel de arranque pero lo que llama la atención en
el acto de la cuarta película del argentino Ezequiel Acuña es que fácilmente pudo ser la historia
de un grupo como Menudo o Parchís, y no cambiaría mucho, en su vocación marcada
de ser enternecedor y cálido con el público, proveyéndoles de una trama que más
se basa en simplemente tocar canciones dulzonas, suaves, movidas de tipo pop melancólico
y sencillo, con letras y musicalización muy cortos y austeros como en un
diálogo se dice de lo fácil que es tocarle. Se inspira en el grupo uruguayo La
Foca adaptándose a su estilo sonoro, y es la historia de una banda homónima joven
que tras la pérdida y desaparición de uno de sus integrantes deciden romper,
sin embargo con el tiempo que intenta curar heridas luego vuelven a unirse con
la idea de lanzar el disco que hicieron durante su antigua época musical, que
empezó hace 10 años.
En el medio tenemos una historia de amor melódica y de espíritu
dulce y ñoño si se quiere amparada en la iniciativa femenina y el cariz
despreocupado e intrascendente de él que vive recordando (sojuzgado) al entrañable
amigo ido, que queda mucho en mera superficialidad verbal, como leitmotiv del
filme que tiene de inspiración además al baterista y fundador de la banda argentina
de postpunk Los pillos, Pablo Esau, que desapareció en 1990 en un viaje con su
novia al Amazonas, como también en Eddie and the Cruisers (1983) en que
comparten dejar un precedente musical una vez que el tiempo olvida sus tocadas
y surgen los conflictos, donde en La vida de alguien, título que alude a Nico y,
claramente, al anonimato, se conjuga con la amistad de sus miembros musicales y
la melomanía de pura y autentica filia que cimentaron en sus inicios (por
encima del aplauso masivo, un lugar común en la trama).
La pareja que hacen Guille (Santiago Pedrero), líder de la
banda y escritor musical, y la joven tierna y naturalmente cool Luciana (Ailín
Salas), que se roba el show, sobre todo cuando canta que tiene muy bella voz, y
me recuerda a la mexicana Julieta Venegas, yacen en un tira y afloja que
recorre el largo del filme por destellos de delicada sensibilidad habiendo
buena química entre ellos, aunque en Salas más que todo porque es muy
carismática y luce especial sin ser impresionantemente atractiva, digna de una belleza
atípica anclada a su seguridad y canto, en una relación que se pospone a menudo
ante escuchar la banda sonora diegética de La foca ficticia, sonido que
predomina tanto casi como si tratase de un documental musical. Los desacuerdos
blandos pero capitales son por novias y contratos, desde algo humilde, un
pequeño grupo que suena en tocadas discretas, da entrevistas locales y tiene un
manager muy joven que se deja llevar por las ofertas como ola del mar.
Un defecto es que se verbalizan mucho las historias y los sentimientos,
aunque el actor Santiago Pedrero no lo hace mal, desde un gesto autosuficiente,
contenido, tranquilo, de poca expresión, lo cual es bueno por su lado porque no
requiere de extravagancia (que suele ser recurrente en el retrato cinematográfico
musical, algo que atrae bastante la atención), como pasa con la banda que es muy formal
en general.
Aparte de ello, en la película, que se haya en Múltiples
Miradas, del 19 festival de cine de Lima, casi está ausente el relato, prima
tocar, hacer como que se están promocionando y reconstruyendo como grupo, preparándose
y ejerciendo equipo, de lo cual si no te agrada mucho su tono musical, no eres
propenso a quedarte escuchándolos por largo tiempo, además de que es melosa
como narrativa y argumentación, en la pena del amigo jamás reencontrado y en la
lealtad a su tocada fuera de llegar lejos, o al romance y seducción entre bambalinas
de tono naif, pues el resultados será una pequeña tortura, pero si por el
contrario todos estos elementos te sintonizan tendrás la otra cara de la
moneda, tu pequeña gloria cinéfila, con lo que la obra de Acuña bascula entre
los puntos contrarios, producto de tener una esencia demasiado subrayada, y un
estilo para mi gusto de poética inocente, en una ternura dentro de lo
minimalista que no hace mucha novedad, salvo reinterpretarlo nuevamente, y
ponerle un cierto sello romántico y a un punto lacrimógeno de nostalgia a
prueba de balas, a pesar de que más tarde el misterio será destruido, por un
final que, aunque suene irónico, me recordó el juego en la playa de A los 40 (2014),
y hasta ahí llegamos, porque no faltarán esos recursos de empatía sumamente primaria,
en que se extraña ver a los amantes del cine-arte sentirse atraídos por ella,
cuando en Hollywood se hace este tipo de filmes muy a menudo, en esencia, y
suelen ser rechazados, diciéndoselo a quienes lo hacen ya que si eres asiduo fan,
desde luego el resultado será de inmediato enganche.
domingo, 22 de febrero de 2015
Whiplash
La segunda película de Damien Chazelle, Whiplash, es un
estado perenne de guerra en una escuela de jazz, donde no hay compañeros, sino
que se compite sin remisión por un cupo con ellos; siendo tan igual a un
deporte de alta competición con el que la música llega a compararse, donde
incluso sangramos y sudamos por vehemencia, dentro de una intensidad que llega
a la brutalidad, anclados a una obsesión, ser los mejores del planeta,
pertenecer a los más grandes, convertirnos en artistas verdaderos, fuera de simplemente
colocarnos en algún lugar; como el inspirador Charlie “Bird” Parker a quien le
lanzaron un platillo de batería cuando tocaba mal y se rieron de él, y eso lo
ayudó a esforzarse hasta quien llegó a ser, como nos lo cuenta como referente
de vida y ejercicio de maestro quien sigue al pie de la letra esa ley, la de
sangre, sudor y lágrimas, el maestro Terence Fletcher (J.K. Simmons) del
conservatorio ficticio llamado Shaffer en New York, que mantiene un estado
febril de fuerte tensión en su enseñanza, donde presiona con firmeza, hasta llegar
a ser desalmado, humillar, y usar la violencia, no solo verbal sino
literalmente, con sus supuestamente excepcionales alumnos, o alguno a punto de
ser uno, en busca del próximo Charlie Parker, mientras ejerce una filosofía de
vida de exigir hasta sobrepasar los límites, producto de querer explotar/crear
algún talento especial.
Whiplash va de todo eso con suma fuerza, un desasosegante ritmo,
un atrapante encanto cool y un subyugante entretenimiento (las baterías
definitivamente son cautivantes para la mayoría de gente de espíritu joven, aunque
nos digan, tengamos que tragarnos, que los malos artistas terminan en el rock,
pero viendo que los potentes toques de tambor son como explosiones y fuegos
artificiales en las canciones de jazz, como en “Whiplash” y “Caravan” que son
las que se tocan), que solo queda celebrarla en el mismo contagioso entusiasmo
rabioso que exhibe, haciéndonos parte de
ese juego extremo de la trama, donde vemos a Fletcher saltarse cierta ética profesional
en la ostentación de una ideología particular de éxito máximo, en medio de un
filme que para ello hace gala de logradas propias reglas internas formales,
usando el artificio, la atracción descarada y la fantasía sin atenuantes (no
intentes buscar realismo y verismo al 100% en ella, es cine en toda palabra,
donde hay su propio código, ya que estamos ante una ficción, un hedonismo de cinéfilo puro y sin frenos), en un atrevimiento que se redime no solo al cautivar y apasionar al público, sino en la historia en sí cuando invoca la lógica
terrenal de castigar la locura y el extremismo, uno que lleva a la extenuación
tan alarmante que provoca tragedias.
Hay un desarrollo fluido e increíble aunque sea de narrativa directa, como
en la escena de un impacto en la calle, un clímax al estilo de la percusión,
habiendo varios en el filme, que es totalmente impredecible y crea uno de los momentos
más poderosos que uno puede ver en el cine, y desde lo reconocible, haciendo
uso de una pequeña extravagancia que yace descolocada de la realidad, pero no
llegando hasta lo freak ni a salir de lo de a pie, a fin de cuentas. Que suma
mucho como con esos exabruptos crueles del maestro que empiezan comunes y
terminan exudando creatividad.
El filme nos ofrece tremendo tour de force que termina en
una lucha surrealista, digna de su propio sistema, temática y mensaje (por su
parte en discusión), uno que venera la seducción del espectador tras la osadía,
el hacer algo extremo que revitalice al propio arte, jugársela toda por llevar
la elucubración de ciertos clichés como también de verdades hasta quizá la
deshonra, o el Olimpo de ese desenlace a prueba de balas, digno de película, donde
ya nada importa, más que la liberación de cualquier atadura, como de la energía
artística (donde el mensaje desaparece ante el entretenimiento), ya que
Fletcher se ampara en aquella premisa del Cisne negro (2010), de empujar,
apretar, pero en él llevándote a reventar o a crear (dice en una línea, los tipos como Bird nunca
renuncian; aunque después expresa jamás haber conocido a uno, como revelando a un
simple torturador, un J.K. Simmons que ríe, llora y atemoriza en un rotundo y
perfecto monstruo, que aun así guarda complejidad y expresividad), y no por sacarnos
un lado perverso que nos haga ser partícipes de lo excelso, sino que esa oscuridad
yace en el maestro, detrás de la idea de transformar la arcilla en una obra de arte.
Estamos ante la historia de Andrew Neiman (Miles Teller, que
está muy bien), un joven tranquilo y educado que sueña con ser un músico
gigante, sacrificando incluso el amor, y en su mirada la posible restricción futura
de una pareja hacia su anhelo obsesivo, en una línea narrativa que sirve como
espejo de explicación de lo que acontece en Shaffer, la crueldad, el abuso, lo
contradictorio, inesperado, arbitrario, caprichoso, de seguir a Fletcher, quien
es como un dios, ya no un maestro, más bien un guía todopoderoso a quien entregarse en
un delirio de grandeza. Esa chica del cine es la válvula de escape, en varios
sentidos, pero una cotidianidad que rechazamos, un contraste anodino de aquella
“fiesta” desmedida que es tocar Whiplash mientras el instructor exige impredecible que
vayan a su ritmo escurridizo, hasta entrar en la oscuridad/desenfreno que imparte, como en
esa salida del estudio tras la elección de un baterista de otros de pretexto,
con un Neiman transformado en aquella iluminación en verde, pero solo realizado
en el sonido de su propia retribución. Cuando algo pequeño se convierte en gigante,
desde adentro, fuera del final que le toque vivir.
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jueves, 18 de diciembre de 2014
Inside Llewyn Davis
La filmografía de los hermanos Coen es una de las más cautivantes que hay en el
cine americano de los últimos tiempos, donde paseando por ella encontramos películas
de culto como Fargo (1996) o The Big Lebowski (1998), obras sumamente ingeniosas
como Sangre fácil (1984) y Barton Fink (1991), o cintas muy entretenidas bajo
un bendecido toque de autor como Arizona Baby (1987) y Miller's Crossing (1990).
Pero aunque consiguieron el reconocimiento de los Oscar con No Country for Old
Men (2007) por mejor película, director y guion, la última gala de la
estatuilla dorada los dejó realmente de lado, lo que no es ninguna novedad
porque éstos populares premios suelen cometer éstos errores, o tener éstas
decisiones, ya que Balada de un hombre común, como se le ha llamado en Latinoamérica,
o A propósito de Llewyn Davis, en España, es definitivamente una gran película.
Sabiendo sobre la banda sonora de O Brother, Where Art
Thou? (2000), compuesta por T-Bone Burnett, quien trabajó con los Coen para que
sea más que un acompañamiento, sino parte de la historia con los Soggy Bottom
Boys, y que ganó un Grammy, uno hubiera esperado la llegada de Inside Llewyn
Davis, es decir, una trama entera sobre la música folk. Sin embargo Joel y
Ethan Coen no lo hacen de la forma tradicional (en base al triunfo, que a fin
de cuentas siempre aparece, aunque luchado), más bien todo lo contrario, se
trata de una mirada previa al éxito y su popularidad con la llegada de Bob
Dylan (la ironía final del filme), por lo que nos ubicamos temprano en los mismos
60s en New York con un Llewyn Davis (Oscar Isaac, todo un descubrimiento) que
tratará como el gato llamado Ulises, que en el camino adopta y es una metáfora,
de encontrar el camino a casa, pero he ahí la delicia, atrevimiento y la
originalidad del filme, Davis es el tipo “equivocado” o el hombre en el momento
o lugar inadecuado, quizá solo una de las piedras que se lanzan al mar y que
lastimosa e injustamente no llegan (tan) lejos, porque ¿quién nos asegura el
triunfo?, todo es finalmente una lucha sin final prometido. En medio está el
retrato de un antihéroe, un perdedor en toda regla, donde no hay muchas concesiones,
clichés a favor o facilismos.
Tomemos de meta el pensamiento convencional, una escala de harta
fama y alta economía, lo que es coherente a su vez, aunque a un punto, como
en las palabras fáciles y precisas del Dalái Lama acerca del dinero en 4:44
Last Day on Earth (2011); porque como dice Davis en un exabrupto, es
una profesión y no un juego o un circo, aunque acotando que influye su estado
de ánimo, ya que también toca espontáneamente, sin más. El
protagonista sólo sobrevive, la pasa tantas veces mal, de ello su constante enojo,
aunque no sea pesimista, a pesar de sobrevolar en sus emociones el suicidio de
su compañero musical, muerto sin originalidad, bajo un escondido humor negro
que aparece leve a ratos, como dice el hiriente jazzista Roland Turner, un gran
John Goodman, que participa de dos escenas de fuerte impresión, con el abandono
del gato en la carretera –que describe de cuerpo entero a Davis, y veamos que se piensa bien no visitar a su hijo desconocido- y el exceso que suele
reinar en el arte.
También le pesa a Davis su actitud, cierta superioridad y antipatía natural en la comunicación interpersonal, que ni su hermana lo aguanta. Lo deja enfático la continua descripción frontal de Jean sobre él, teniendo en cuenta como atenuante su promiscuidad; en una verborrea vulgar que más parece ironía y cambio de piel que torpeza simplista como personaje –menor- en el papel de Carey Mulligan, que además hay que decir que yace bella en cabello azabache. Esto recibe a cambio, en muchas oportunidades, o es acumulativo, una especie de energía, mensaje que puede ser no saber trasmitir empatía, más que talento. No obstante también reflexiona y como dice el título en inglés de “en el interior de Llewyn Davis” su música es producto de la sustancia, de mucha historia, sufrimiento, detrás. Pero igual sopesando que hay otros muchos como él, véase el personaje de Adam Driver. No se puede obviar que existe una buena cuota de ruleta rusa, en la retribución conceptual de un libre albedrio arbitrario/caprichoso por un lado, o como dice el productor, Davis no se amolda a un rol comercial, lo que implica implícitamente la identidad y la verdad, sumado a que por otro lado se ve que finalmente no quiere volver a creer -e intentarlo- en esa forma; ya lo ha hecho con fastidio antes como con la canción cómica que escribe y toca Jim, un Justin Timberlake apreciable como actor; lo que se traduce en el requerimiento de una salida menor, y es que no luce rentable, no tiene un don central/determinante de atracción.
También le pesa a Davis su actitud, cierta superioridad y antipatía natural en la comunicación interpersonal, que ni su hermana lo aguanta. Lo deja enfático la continua descripción frontal de Jean sobre él, teniendo en cuenta como atenuante su promiscuidad; en una verborrea vulgar que más parece ironía y cambio de piel que torpeza simplista como personaje –menor- en el papel de Carey Mulligan, que además hay que decir que yace bella en cabello azabache. Esto recibe a cambio, en muchas oportunidades, o es acumulativo, una especie de energía, mensaje que puede ser no saber trasmitir empatía, más que talento. No obstante también reflexiona y como dice el título en inglés de “en el interior de Llewyn Davis” su música es producto de la sustancia, de mucha historia, sufrimiento, detrás. Pero igual sopesando que hay otros muchos como él, véase el personaje de Adam Driver. No se puede obviar que existe una buena cuota de ruleta rusa, en la retribución conceptual de un libre albedrio arbitrario/caprichoso por un lado, o como dice el productor, Davis no se amolda a un rol comercial, lo que implica implícitamente la identidad y la verdad, sumado a que por otro lado se ve que finalmente no quiere volver a creer -e intentarlo- en esa forma; ya lo ha hecho con fastidio antes como con la canción cómica que escribe y toca Jim, un Justin Timberlake apreciable como actor; lo que se traduce en el requerimiento de una salida menor, y es que no luce rentable, no tiene un don central/determinante de atracción.
Davis duerme en los sofás de los amigos, muchos lo ayudan a
regañadientes, aunque otros son amables como los Gorfein, mientras toca en
bares minúsculos donde las damas se acuestan con los dueños para poder tocar en
el lugar; o son explotados a razón de cierto ripio que sostiene a quienes negociantes
no tienen fe verdadera en varios de sus clientes, como cantantes. Pero ésta propuesta va más allá, es más que un cruel canto sobre la elección del arte como profesión (a menudo un verdadero
drama), trata al mismo tiempo de la dificultad general y el realismo crudo de
la vida, lo que deja en el aire una cierta poética maldita, que se ajusta muy
bien al título latino; más trágica todavía mediante un quehacer
dolorosamente irónico en aquella golpiza en la calle bajo un aire de cine negro.
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domingo, 12 de enero de 2014
The Broken Circle Breakdown
Ganadora del premio del público en el festival de cine de
Berlín último, y mejor guion y actriz en el festival de Tribeca 2013. El director belga Felix Van Groeningen trae frescura en su cine que suele congeniar entre
lo cool, un halo de eterna juventud que debe enfrentarse a la dureza de la vida,
y -a esa vera- lo dramático que llega hasta el melodrama.
Dagen zonder lief (2007), que traducida sería "Con amigos como ellos", no es la más recomendable de
sus películas, y aun así no es una mala propuesta, pero sí bastante
menor como opción, siendo lo importante de su mención que permite ver el estilo de éste cineasta, aunque en estado menos
elaborado. La historia retrata como una
muy buena amiga de antaño aun joven, vital y guapa pero con un novedoso teñido
de cabello rubio regresa a su ciudad origen y se reencuentra con sus viejos amigos,
que son igual de alocados que ella, solo que están pasando por un trance, empiezan
a madurar a la fuerza, a razón de la realidad que golpea, más por el pasar del
tiempo que otra cosa, algo intrínseco; sin embargo siguen teniendo ese espíritu
libre de irse a emborrachar, hacer diabluras –uno tiene un bar de desnudistas,
un segundo tiene al padre de su novia como ayuda con un trabajo en su empresa, que
no le gusta, y otro labora con la informática desde su casa - y solo querer
divertirse, aunque empieza a agotárseles, y dado el caso central de Kurt deben
enfrentarse a la frustración de una etapa adulta que nos descubre la
importancia de tomar seriedad en la vida, que en Van Groeningen significa -como muchos argumentan- que hay
que mantener la posibilidad del escape para tomar aire, y luego aceptar lo que
viene, si bien la forma de entenderlo es bajo un quiebre mental violento. El
belga en esta obra resulta muy superficial, se deja llevar en buena parte por
la fiesta que impone, a pesar de que luego la desestabiliza, pero que al final
ello resulta poca cosa. No obstante al exponer a los personajes bastante extrovertidos,
imperfectos, débiles emocionales e inestables se hace de la contundente presentación
de la locura de una edad que empieza a mutar.
No será ésta obra una maravilla de la introspección porque nada en lugares
comunes y parece no pretenderse más que como una lección existencial sumamente
pequeña, pero tiene su toque de entretenimiento con retrato y mensaje desde lo
buena onda. Seguramente es bastante olvidable, pero para los curiosos y a los
que les gusta lo juvenil puede gustarles.
De helaasheid der dingen (2009), que puede titularse "Los
desafortunados", parece una toma de consciencia
del director –que luego traiciona o agota porque se decanta por un giro de
último minuto, tras explotar el desastre que es lo que hace cautivante su filme
aun siendo más de lo mismo, solo que en un país europeo- o asumir lo que antes
no concretó, o quizás solo dibuja una injusticia del mundo que corrige con la
ilusión facilista. Si vemos que en la anterior película se muestra tolerante
con la inmadurez, que claro lo entiende seguramente como mantener la alegría de
la temprana edad, como que se las juegan por la felicidad. Este filme carga con
un error que llevará The Broken Circle Breakdown, que se repite en él, su
simpleza en cuanto a lo que deciden sus criaturas, su ligereza para contarnos
una historia, imitando el cine americano comercial que no llega a capturar en toda
su habilidad si bien aprueba y llega a agradar, que en ésta anterior película
se presenta como un golpe de suerte, querer ser escritor, que no a través del trabajo
duro –aun no hablando de un oficio de empleado, los que hace ver sumamente
desagradables y a lo que le damos la cuota de veracidad, al menos- para lograr
el éxito. Y al respecto, creemos que no basta solo enseñar penuria, pobreza, y a razón de ello dibujar un (común) disgusto
que culpa el pasado con el cual también es condescendiente (siendo curioso que teme
convertir esta realización en un melodrama y más tarde lo aborda en toda ley,
como antes con la inmadurez y su devenir en la vida, en que tampoco en la
presente puede evitar dejarse llevar, porque en el filme muchas vivencias
idiotas se llegan a disfrutar), aunque en lo práctico revierte un lastre -aunque
sea el de un padre que en su calidad de vago tenia buenos sentimientos debajo- y
un contexto que dirige mucho nuestra realidad, algo que en Van Groeningen le
falta asumir mejor, puede que porque se pretende naturalista o documentalista
en su ficción de alguna forma, no quiere inmiscuirse mucho en sus ilustraciones
de personalidad y de reflejo de ello, pero eso denota que el fondo que imprime
a sus filmes suele ser muy endeble, algo que le acompaña, y únicamente le salva
pensar que sus retratos son los de personas tan sencillas que no ameritan más
de parte de él. Aunque como fuera, es un filme que no podemos negar que genera
atención, divierte, y mucho, y eso hace
complicado clasificarlo, no se le pude criticar del todo, porque asoman aciertos
en su imperfección. Su mayor problema es que se pretende sencillo, pero también
es su basa, porque atrapa.
The Broken Circle Breakdown es su culmen, es mejor que las
anteriores pero carga con algunos fallos habituales, y más que eso diríamos que
son rasgos ya de identidad, de estilo. En esta oportunidad su trascendencia
toma más seriedad, se afianza más, pero aunque ciertos comportamientos tienen
su lógica padecen de cierta irreflexión, y es que lo del tatuaje y reiniciar -como
anteceden los sobrenombres- se trastoca, pierde su efecto mayor, y puede ser
romántico y melancólico pero improductivo, contradictorio. Nuevamente hay un
final sorpresivo que resulta a un punto frío aun en su efectismo y llamado
emotivo, exagerado, pero que sigue el código de un subgénero y por lo tanto es
idóneo. Lo que tampoco luce descabellado como opción dada las circunstancias,
sino un acto de nuestra debilidad e imperfección, esa que hay que reconocer que
retrata muy bien Van Groeningen sin aspavientos. Sus protagonistas propician
que uno se enamore de ellos, son simpáticos, calan siendo inocentes y frescos
en sus juegos de afecto, y eso ayuda mucho más a entablar conexión con el
conflicto. Su química es impecable, creemos en ese Alabama Monroe que se queda
volando en el aire. Como lo de los pájaros chocando contra el vidrio, al no ver lo que es, primero como fuente
de comprensión de la muerte en lo literal, y luego en la metáfora de la imposibilidad
de aprender. Tanto como en el dulce gesto de las calcomanías de águilas como una
sanación/salvación temporal, anímica. Que sin embargo, aunque no todos, muchos
superan lo que parece imposible.
Lo mejor, su música bluegrass, un tipo de sonido country más
profundo, como se dice. Sus composiciones y cantos dentro de un espectáculo versado
sobre un sentir de proximidad o en los lugares de reunión familiar otorgan bastante
fuerza escénica, se ganan al espectador, hacen brillar el drama llenándolo de
un aura especial y con ello el logro formal de la propuesta que toma un cariz
audaz y seductor, cómplice, actual. También está mucho más logrado que antes el
quitarle solemnidad al filme, con los flashbacks y las rememoraciones de los
tiempos compartidos, que van explicando como un rompecabezas el contexto, aunque
también sirvan para la lágrima, al comparar momentos.
El filme nos cuenta como Didier (Johan Heldenbergh) y Elise (Veerle
Baetens) se enamoran, siendo ella tatuadora –que hay que decir que los abundantes
tatuajes de su personaje lucen sensuales y no vulgares a diferencia de lo que
siempre se ve, y no le restan afabilidad o ternura- y él músico de folk, tocando el banjo y cantando la música autóctona norteamericana –un amante de EE.UU desde su natal Bélgica, y anotamos que su crítica no
es hacia un país, sino hacia una política-, que ante una duda inicial enseguida
logran consolidar su amor y tener una niña, que luego se enferma y les lleva a replantearse
la vida; y en ese trayecto de pena decidir por un camino, y son dos las
respuestas consiguientes, mientras pelea el ateísmo y la fe. Ella cree en el
cielo pero rompe sus reglas, él no y las refuta enarbolando un anhelo de cambio
a través de su experiencia íntima. La resolución de cada uno genera crítica,
una pasiva (hacia Dios) y otra activa (hacia el hombre), y la que más se
apodera del filme es la racional.
Esta película es un melodrama y por ende tiene su lado que
estimula mucho las emociones, y es inevitable sentir que se nos instiga a
sufrir a través de la historia, mientras la sencillez que no en la forma porque
utiliza todos los tiempos y uno va conociendo detalles que hacen de background y
anticipando momentos ante esa estructura, juega a favor como en contra según el
criterio y nuestra sensibilidad como la propia exigencia. Aunque afirmamos que
esta propuesta no es nada del otro mundo, sigue parámetros comunes, y no representa
una historia compleja de seguir siendo Van Groeningen naturalmente propenso a
no dejarse absorber por un ritmo y un entendimiento más arduo, sin embargo la
historia por tener una temática delicada crea un alcance mayor, como cavilación
existencial, que apela a nuestros sentimientos más puros y más definitorios, y hay
que decir del belga que no se excusa de aprovecharlo, de presionar hacia la
compenetración primaria. Pero con su buena mano, logrando que le prestes atención, que disfrutes su
narrativa mientras procesas su desgracia, en un relato dulce y amargo, como el
mismo bluegrass, en donde letras melancólicas o cargadas de sentimiento se dan
con una melodía vital, vibrante, que valga la paradoja produce el baile, y es
que es una buena señal ante las adversidades, el aceptarlas y seguir adelante,
el palpar la idiosincrasia de la vida, y el mundo, y respirar.
viernes, 30 de agosto de 2013
Sigo siendo
Película peruana, dirigida por Javier Corcuera, que apunta a mostrar a distintos músicos nacionales, fáciles de
identificar o con una trayectoria consolidada dentro de una riqueza cultural
que habla de la variedad de identidades dentro de nuestras tres regiones naturales
de costa, sierra y selva. Una experiencia que no necesita de ninguna presentación y
salen sin que se digan nombres a hacer su performance tras contarnos algunos sobre su
vida o su inclinación por la música que tocan.
“Chimango” Lares recorre su lugar de nacimiento hasta su propia casa en Cabana Sur contándonos de su humilde infancia, de sus queridos recuerdos, y luego acompaña con el violín la voz de Magaly Solier cantando en quechua en Ayacucho. Magaly Solier no sólo es famosa por cintas como La Teta asustada (2009) sino por su álbum Warmi. En otro momento el compositor y contrabajo Carlos Hayre con mucho conocimiento e historia musical nos narra la fama y talento de Yma Sumac, de quien nos dice que muchos no imaginaron el alcance de su voz, su internacionalización y gloria artística, o del admirado Felipe Pinglo, que le cantó a todos y sobre distintos temas, incluso hizo crítica social.
Se trata de varios autores, instrumentistas y cantantes dentro de una gama amplia y variopinta, en parte libre en lo que los agrupa -y a quienes se selecciona- en su conjunto (como lo que somos), pero bastante representativos en cuanto a nuestras raíces musicales, pudiendo ver a su vez juglares y haravicus, los llamados poetas del pueblo, como Cristina Pusac y su cantar particular, agudo, algo chillón, pero muy típico de ese llanto andino que infunde la expulsión de la pesadumbre, de nuestros demonios, para seguir adelante, cobrar fuerza, en medio de la intensidad de la fiesta musical. Ella canta mientras se ejerce las labores cotidianas de campo, aflorando la virtud en medio de la humildad, el ser ante todo, y de esa forma se trasciende.
Tenemos a Florian Cesario Ramos y el bautizo artístico en medio de la tradición y el folclore. Florian es un danzante de tijeras que intercala su arte -que propaga en una pequeña academia suya- con el quehacer de manejar una bodega de alimentos en Andamarca, Ayacucho. Lo mismo sucede con su amigo y compañero Félix “Duko” Quispe, conductor de bus en Puquio y excelso arpista que hace bailar a los danzantes de tijera como Elizabeth López, “Palomita”, quien es un oasis en la tierra ya que las mujeres no suelen ser danzantes de tijera. De ahí radica el título de la película, de la palabra quechua chanka, Kachkaniraqmi, de cuando un individuo quiere expresar que a pesar de todo aún es, y se menciona casi en grito de guerra, y me recuerda al himno no oficial de Sur Corea, al Arirang (2011), de Kim Ki –duk; para los coreanos un grito de revitalización ante cualquier derrota. Andrés “Chimango” se gana la vida vendiendo helados y vive su alma en la música, igual cuentan otros, tienen que sobrevivir y ganarse primero el pan, luego hacer lo que tanta pasión les produce.
En la identificación, defensa y proyección simbólica y literal del agua hallamos a la shipiba Roni Wano, que es el sobrenombre de Amelia Panduro, que significa mujer de agua. Roni Wano cruza el río en canoa y se funde con el paisaje salvaje, aunque calmo y minimalista, que es como el mismo llamado de la selva, la voz de la naturaleza, En ese lugar vemos que más que una profesión es ser uno mismo, transportar un mensaje. Y a su modo sencillo y directo lleno de carisma lo expresa diáfana la cantante criolla Rosa Guzmán, actual legado de la otrora bohemia musical del distrito de Barranco; dice, no se puede vivir sin música, no podría vivir sin ella.
“Chimango” Lares recorre su lugar de nacimiento hasta su propia casa en Cabana Sur contándonos de su humilde infancia, de sus queridos recuerdos, y luego acompaña con el violín la voz de Magaly Solier cantando en quechua en Ayacucho. Magaly Solier no sólo es famosa por cintas como La Teta asustada (2009) sino por su álbum Warmi. En otro momento el compositor y contrabajo Carlos Hayre con mucho conocimiento e historia musical nos narra la fama y talento de Yma Sumac, de quien nos dice que muchos no imaginaron el alcance de su voz, su internacionalización y gloria artística, o del admirado Felipe Pinglo, que le cantó a todos y sobre distintos temas, incluso hizo crítica social.
Se trata de varios autores, instrumentistas y cantantes dentro de una gama amplia y variopinta, en parte libre en lo que los agrupa -y a quienes se selecciona- en su conjunto (como lo que somos), pero bastante representativos en cuanto a nuestras raíces musicales, pudiendo ver a su vez juglares y haravicus, los llamados poetas del pueblo, como Cristina Pusac y su cantar particular, agudo, algo chillón, pero muy típico de ese llanto andino que infunde la expulsión de la pesadumbre, de nuestros demonios, para seguir adelante, cobrar fuerza, en medio de la intensidad de la fiesta musical. Ella canta mientras se ejerce las labores cotidianas de campo, aflorando la virtud en medio de la humildad, el ser ante todo, y de esa forma se trasciende.
Tenemos a Florian Cesario Ramos y el bautizo artístico en medio de la tradición y el folclore. Florian es un danzante de tijeras que intercala su arte -que propaga en una pequeña academia suya- con el quehacer de manejar una bodega de alimentos en Andamarca, Ayacucho. Lo mismo sucede con su amigo y compañero Félix “Duko” Quispe, conductor de bus en Puquio y excelso arpista que hace bailar a los danzantes de tijera como Elizabeth López, “Palomita”, quien es un oasis en la tierra ya que las mujeres no suelen ser danzantes de tijera. De ahí radica el título de la película, de la palabra quechua chanka, Kachkaniraqmi, de cuando un individuo quiere expresar que a pesar de todo aún es, y se menciona casi en grito de guerra, y me recuerda al himno no oficial de Sur Corea, al Arirang (2011), de Kim Ki –duk; para los coreanos un grito de revitalización ante cualquier derrota. Andrés “Chimango” se gana la vida vendiendo helados y vive su alma en la música, igual cuentan otros, tienen que sobrevivir y ganarse primero el pan, luego hacer lo que tanta pasión les produce.
En la identificación, defensa y proyección simbólica y literal del agua hallamos a la shipiba Roni Wano, que es el sobrenombre de Amelia Panduro, que significa mujer de agua. Roni Wano cruza el río en canoa y se funde con el paisaje salvaje, aunque calmo y minimalista, que es como el mismo llamado de la selva, la voz de la naturaleza, En ese lugar vemos que más que una profesión es ser uno mismo, transportar un mensaje. Y a su modo sencillo y directo lleno de carisma lo expresa diáfana la cantante criolla Rosa Guzmán, actual legado de la otrora bohemia musical del distrito de Barranco; dice, no se puede vivir sin música, no podría vivir sin ella.
Siguen siendo a pesar de cualquier escollo, la melancolía mueve pero nunca hunde, y
eso recoge el pueblo que vive a través de ellos, una esencia de lucha y, por
ende, de triunfo, porque brilla el sol aún bajo la lluvia. Se les escucha y tienen
distintos tipos de éxito, pero gloria al fin y al cabo porque mientras halla música viven, subyace la felicidad de las melodías y el ritmo.
A través de la anécdota y memoria el percusionista y zapateador Lalo Izquierdo desborda simpatía, ilumina ya no un callejón sino toda la calle, brilla en ella, a la que se le regala alegría y entusiasmo por la vida. La vida es más vida con la música, nos dice otro artista, cuando Máximo Damián hace un peregrinaje a Chincha y junto a la familia Ballumbrosio y un desfile de zapateo al son de su violín, el que fue amigo cercano del ícono literario nacional José María Arguedas, recuerda a Amador Balumbrosio, 80-90 kilos de pura fiesta negra, y sigue en lo que es una road movie -por referentes del Perú- hacia Ayacucho. Vive su esencia andina aun ya viviendo en Lima, de donde se recoge la mirada de cantantes, sinfónicos y trovadores que vuelven a recordar para seguir amando (más), a sentirse propios, y a entenderse, a propagarlo y a ver su punto de inicio, sinónimo de identidad, que como recoge el filme es complejo pero satisfactoriamente rico y admirable en su variedad.
A través de la anécdota y memoria el percusionista y zapateador Lalo Izquierdo desborda simpatía, ilumina ya no un callejón sino toda la calle, brilla en ella, a la que se le regala alegría y entusiasmo por la vida. La vida es más vida con la música, nos dice otro artista, cuando Máximo Damián hace un peregrinaje a Chincha y junto a la familia Ballumbrosio y un desfile de zapateo al son de su violín, el que fue amigo cercano del ícono literario nacional José María Arguedas, recuerda a Amador Balumbrosio, 80-90 kilos de pura fiesta negra, y sigue en lo que es una road movie -por referentes del Perú- hacia Ayacucho. Vive su esencia andina aun ya viviendo en Lima, de donde se recoge la mirada de cantantes, sinfónicos y trovadores que vuelven a recordar para seguir amando (más), a sentirse propios, y a entenderse, a propagarlo y a ver su punto de inicio, sinónimo de identidad, que como recoge el filme es complejo pero satisfactoriamente rico y admirable en su variedad.
A las calles limeñas no solo se les regala fiesta sino
elegancia como con Susana Baca y su imagen descalza y estética dentro de una
pequeña orquesta criolla de grandes instrumentistas en donde se luce cautivante
su hermosa voz engolada. Se canta porque se lleva algo dentro, se vive (se interioriza
y eso fluye) lo que se expresa con la música, nos dice sabiamente otro artista,
que se pierde más que en una presencia en un portavoz de algo mayor que queda,
eso que se lleva y se transmite. Con ella, bastante parecida, en su fineza y
distinción, aunque menos famosa, Victoria Villalobos, agradable, guapa; yace contenta
y lo hace sentir. Junto a ellos Félix Casaverde, otro artista privilegiado, que ha
tocado la guitarra al lado de Chabuca Granda, o el guitarrista, clásico por
antonomasia, César Calderón, que nos habla de las dificultades de ejercer y
sobrevivir sólo tocando, aun siendo tan conocido y talentoso, pero en un tono
de comentario, más que una queja una realidad mayoritaria, que en él se trasluce
a través de un toque señorial y quien aún a su años no deja de ostentar empatía.
Otra artífice de la música popular costeña que destaca mucho
con una voz ronca que parece de jazz o que se luce como una Janis Joplin
peruana es Sara Van, a la que no conocía, pero fue la que más me impresionó,
como el factor sorpresa de la película.
Son más de dos horas de documental que a ratos luce muy sencillo, casi sin ningún adorno, y no sólo al respecto de los escenarios, pero que
logra acercarse a uno, a ser algo íntimo, y que sobresale porque conmueve y
enorgullece, llega a lo hondo y ello está por encima de cualquier forma, que sea dicho es
buena en su recurso mínimo, en una identidad que no es para nada forzada, sino
amplia, poderosa en su vastedad, en su diferencia y a la vez igualdad, y ya
puede tocarnos más un tipo de música que otra pero todas atrapan de alguna
forma, hay de donde escoger, y algunas son hasta novedosas como el canto de la
shipiba, y otras además se fusionan audazmente como el afro peruano y lo autóctono
ayacuchano, entre los Ballumbrosio y Máximo Damián, de lo que yo siempre digo
que la música del Ande, lo instrumentalista solo basta y sobra, por encima de
cualquier voz que le acompañe en su tipo, tantas veces de forma innecesaria, y
por eso, artísticamente, o por la integración y la hermandad, éste es el más
bello momento de todo el documental.
Tiene mucha importancia la formación, el pasado, la autenticidad, las raíces de procedencia, el
estilo de vida, el barrio, la puna, una fiesta popular, y todo ese aspecto
cultural local y regional en un país multicultural,
un lugar de muchas voces, sea un violín mirando a la gran urbe de Lima desde un cerro sobrepoblado, una peña festiva con algunas cervezas y buena compañía, un
rincón criollo de amistad y admiraciones mutuas, una jarana en un callejón al
son de un cajón, como el de la picardía del cajonero Manuel "Mangué" Vásquez , una
aborigen en medio de la Amazonía, o un charango –mítico en Jaime
Guardia- en plena Sierra.
miércoles, 30 de enero de 2013
Searching for sugar man
Rodríguez grabó en Estados Unidos dos álbumes, Cold Fact
(1970) y Coming from Reality (1971) que
son los únicos de su carrera y aun siendo visto con gran futuro en el medio
musical por algunos que aman la música y saben del negocio fue realmente un
fracaso de ventas en EE.UU, quizá porque no se le impulso como se debía o a
pesar del entusiasmo de los entrevistados en este documental porque sus
manejadores y disqueras no creían en su persona en realidad, que además no se
veía tan rentable al ser de origen latino (es de ascendencia mexicana) o que
incluso se puede argüir que se aprovecharon de él, como muchos creen y deducen al
ser un éxito en Sudáfrica. Y eso fue, fue en el papel un fracaso, al punto que
su vida trascurrió en gran parte en la necesidad económica, y tuvo que
dedicarse a otro trabajo para sobrevivir, dentro de la construcción, sin
embargo el cariño y el sentimiento que despierta su música, su autenticidad, su
subyugante melodía, su esencia mítica, un aura propia poética lo describen en
el filme con esa nostalgia del que hubiera querido un resultado distinto, y la
propuesta cinematográfica se vale de ello, de rendirle un tributo a quien
consideran debió tener otro lugar en la historia musical. Se encarga entonces
el documental de recuperarlo, de enaltecerlo, de darle el lugar que no conoció.
Es un filme pequeño, íntimo y bastante sencillo, pero cargado
de feeling, de verdadera admiración. Los entrevistados incluso alguno lleva un
sobrenombre en razón de Rodríguez, han escrito la introducción de uno de su
discos, se han dedicado a buscarlo, desapareció de escena en 1981, y al
hallarlo este muy humilde y de poca palabra escucha los elogios como un alma
apabullada por la realidad, luego hace alguna gira para conmemorar un nuevo
encuentro y eso es todo. Nos queda la sensación de una vida abducida por las
circunstancias que inesperadamente siendo en esencia lo que buscó no llegó a
donde se esperaba, en una idiosincrasia que nos remite a un determinismo
inexistente, a una libertad que juega tanto para bien como para mal, y a una
lógica universal que no siempre pone en su lugar a las personas en cuanto a prioridad
y merecimiento, y no es que Rodríguez haya sido único, quizá lo fue pero eso
apunta a que no todos los sueños llegan a puerto ni los mayores talentos,
aunque no solo somos lo que dicen que somos públicamente a pesar de que en la
práctica esa verdad sea tan hiriente y dominante, sino como en el filme, el
mundo material oculta ciertos lugares que merecen de alguna forma una
reivindicación, aunque sea simbólica, conocer esa verdad que idealmente merece
el mundo. Y se queda ahí, solo es un momento de paréntesis, chiquito, un
triunfo dulce, y seguramente en eso consiste el atractivo del filme, en su
esencia, ya ni siquiera se trata de Rodríguez, es algo más grande que va por
debajo , una cierta injusticia divina o mejor dicho, demasiado humana, demasiado
común, sin ser fantasiosos que como se suele decir, el oro brilla hasta en el
fango, y ese es Rodríguez, para quienes vean el filme, y eso debe ser lo más
importante.
Éste es un filme que despierta en el espectador un lado emocional y
cómplice, como la lucha del pequeño guerrero, una confabulación desde abajo,
mientras escuchamos su música, muy típica de su época (estética y creativamente
nada del otro mundo la verdad pero tampoco menos que muchos consagrados, aunque
hay un productor de música entrevistado que cree que mencionar el desempleo a
dos semanas antes de navidad es algo sublime, muy triste), sobre la
espontaneidad, el estar en todas partes y en ningún lugar, la sinceridad, los
valores trascendentales que hacen una vida decente para el ser humano ordinario,
el goce de vivir en toda libertad, el alma joven, la irreverencia de su
búsqueda, mediante la letra sugerente hacia la identificación de su generación,
en parte melancólica pero relajada,
fragmentaria en pos de algo gaseoso que va dejando potentes pistas.
Rodríguez ha sido fiel a todo ello, a una despreocupación
del artificio y lo físico, y una entrega honesta hacia la defensa de las ideas,
y es que ha sido además un tipo correcto, un defensor de lo social, de los
desfavorecidos y de su comunidad en la que se ha visto reflejado ante sus
carencias. Lástima que la historia se lo haya engullido, pero el filme es más
que su relato, el símbolo de su realidad, más que regresarle el éxito nunca
alcanzado oficialmente (es un hombre de 70 años), se trata de la poesía de su
vida, que no por ello merece la inmolación sino la retribución del afecto por
su esencia, y mañana más tarde podremos ver y quizá no repetir tantos
errores.
miércoles, 2 de enero de 2013
Lima Bruja. Retratos de la música criolla
Reviso una propuesta denominada off the record como la mejor película del año dentro de las 31 cintas peruanas que se estrenaron el 2012, 8 comercialmente y 23 por vía alternativa, en cineclubs y en provincia. El documental y ópera prima de Rafael Polar.
Un filme netamente nacional, popular, y vamos
entrando más a fondo: criollo, familiar antes que bohemio, de callejón como el
mismo se atribuye, jaranero, sano aún entre menciones de juerga con cerveza, que
no recurre a los nombres más vendedores del medio –que yacen en vistosas peñas-
sino a ese grupo no oficial que vive una pasión diaria solventándose la vida por otros medios, en la que cualquier pretexto es bueno para
celebrar una fiesta con cajón y guitarra; en donde la improvisación con unas
cucharas importa (es sonido y ritmo); donde existe la tradición de generación en
generación y cualquiera es aceptado (de rasgo multicultural); donde se canta e
inmortaliza a la hija fallecida, Francisco “Chiquito” Rodríguez le dedica “Flor
de María”; donde se comen ricos y abundantes platos criollos. La humildad brilla junto con el talento, en que Ruben
Blades denomina un tour latinoamericano suyo en recuerdo de uno de esos inmortales discretos criollos con los que sintió un
vínculo natural apenas conociéndolo, en aquel tímido y admirado Lorenzo Pedraza.
Como expresa el guitarrista e investigador Willy Terry, perenne cómplice de la música criolla y
participe recurrente del documental, no se trata de un día -el 31 de octubre- sino de toda una
existencia, que equivale a tradición, reunión, amistad, identidad, intimidad, a la alegría que corre por las venas de celebrar la vida, gozar de
ella, lejos de cualquier encasillamiento en una idiosincrasia económica y
política, siendo cuestión de sentimiento, el que se plasma en sus letras
sencillas y es vital en su cobijo.
16 canciones son el homenaje del documental a su hilo
conductor, a esa pasión musical que hace llorar a un niño conmovido con el
canto de su gente, en recuerdo de un querido familiar, Carlos Abán, padre de Eduardo “Papeo” Abán que yace en la escena con su noble y alegre cajón; dos importantes gestores de distinta generación dentro de la cultura que se contextualiza. Un registro
cinematográfico que se labra en 12 capítulos entre relatos de los personajes
que lo materializan sin que pesen primero sus nombres, aunque son vastamente reconocibles
dentro de una comunidad de amigos y compañeros de parranda, piezas que se unen y
se complementan, un grupo que simboliza la esencia de la gesta del filme, ese
que rehúsa a mitigarse en una única fecha al año, ese que no es sólo turismo o
dinero, ese que sigue vivo y coleando aun cuando la mayoría de sus
escuelas de barrio cierran sus puertas.
Un filme que respira vida por cada parte de su metraje, hay muchos
momentos emotivos que se despiertan en la espontaneidad de una cámara que
parece ser invisible al artificio y que aparece en el momento justo, plasmando
ese amor verdadero que viven estos compatriotas al celebrar la música criolla,
bajo un aire de evocación que va y vuelve eterno-atemporal, con esos viejos tocando modestamente
pero con intensidad, tanto que parece que no está menguando la música criolla cuando
lo está haciendo, sino que el legado jamás morirá
porque la felicidad del barrio yace en sus estrofas.
viernes, 13 de enero de 2012
Chico y Rita
Ganadora del Premio Goya 2011 a mejor animación, la realización del director español Fernando Trueba es un canto de romance entre una bella cantante y un pianista, los dos de ascendencia afrocubana. Ésta ambientada en mayor parte en la época de la influencia americana antes de la revolución de Fidel Castro y se puede ver como Chico Valdés rememora su pasión por una dama con la cual se acerca y aleja constantemente por culpa de contratiempos inesperados que hacen que su amor no se consolide definitivamente.
En ese tira y afloja pasan sus vidas amándose como rechazándose momentáneamente en un inquebrantable destino que tropieza pero vuelve a reunirlos en el tiempo. Siempre próximos a la música, el homenaje a ella es continuo y es parte importante en la esencia del filme, partiendo de un concurso de bolero en que la famosa canción sabor a mí atribuida a la autoría de Chico en la trama les da el punto de arranque para llevar una aventura sensual y musical.
Ambos, voz e instrumento, son dotados de talento y enrumban a desarrollar una profesión bajo una Cuba festiva, nocturna, sobreviviente, pegada a satisfacer a los extranjeros y a tomar la vida con optimismo y felicidad. Más tarde un anciano Chico, solitario lustrabotas impedido de ejercer el jazz en su tierra producto del nuevo gobierno de Castro que considera imperialista a ese tipo de música, por medio de recortes de periódico, fotografías, partituras y demás recuerdos va en su imaginación en busca de su amor rememorándola en su pequeña habitación.
Rita suele salir con hombres adinerados, hacer de dama de compañía, para ello Trueba le ha brindado un cierto realismo a su historia en donde el sobrevivir en la isla requiere de ciertas liberalidades que parecen no juzgarse, sin embargo cuando conoce a Chico, enamorada aunque todavía ligada a la necesidad de dinero paternalista de ciertos empresarios hará una excepción entregada a amarlo sin condición alguna. Por su parte Chico es también un mujeriego que comparte su tiempo con parejas foráneas que solo quieren divertirse con los lugareños y que se prestan a ser sus mujeres de juerga, incluso tiene una relación algo estable con una nativa, sin embargo al ver a la bella morena de amplios labios, mechón de rulos negro sobre la frente y vestido fresco y ceñido de color amarillo quiere dejarlo todo a un lado proponiendo su mutuo desarrollo artístico mientras se toman por almas gemelas.
Hay momentos que son muy manidos, parecen contínuos deja vu y lucen poco originales en el guión; el cortejo no tiene nada de extraordinario cayendo en lo rutinario aunque no deja de ser tierno por utilizar lo que parece pasado de moda, se denota un aire de inocencia que traspasa en parte esa autolimitación creativa, pero el conjunto logra presentarse como algo simpático siendo un relato entretenido y bastante dulce que posee un notable aire sensual; las ilustraciones protagónicas salen muy libres en la desnudes y hay unos bailes que inspiran la naturaleza provocativa de los que pueden expresarse con el cuerpo.
Hay un ir tras la fama que llega despreocupadamente a la existencia de ambos ligada a su vocación hacia la música en que son recibidos con aplausos y simplemente llegan al éxito, pero con un cariz de irregularidad, como que nada está dicho. Un día uno puede terminar siendo una empleada en un hotel o un desempleado sobreviviendo en el más humilde de los trabajos; más tarde o antes una deslumbrante cantante en un hotel de las Vegas como posiblemente una acomodada señorita de sociedad que disfruta de cenas fastuosas en ciudades imponentes como New York, o tal vez un compositor disfrutando de París como quizás de un renacimiento artístico producto de la admiración y oportunidad de alguna nueva compañera. Es una transformación voluble e imprevista de alguna forma como suele ser en parte el mundo, aunque en la cinta claramente más positivo de lo normal producto de la fantasía del cine que no pierde jamás la esperanza ni la voluntad de alcanzar los sueños, bello e indiscutible mensaje que no hay que tomarlo por absurdo sino que implica no sucumbir a la derrota. En ese caso la película es hermosa porque el verdadero amor nunca desaparece, late aún entre dos ancianos reunidos a último momento. Además una vida de reconocimiento merece la pasión que siente Chico en su canción Lily hacia Rita al igual que ella puede ser capaz de dejar el éxito a costa de sentirse abandonada por su otra mitad.
Por la cinta pasan artistas como el célebre percusionista Tito Puente; otro llamado Chano Pozo, que parece ser un icono cubano del jazz latino; ambos jocosos y efusivos, junto con Charlie Parker, Nat King Cole, entre otras figuras destacadas; por ahí vemos raudamente a Marlon Brando escapándose en una aventura de esas hollywoodenses bajo la celebridad que envuelve a Rita para disgusto del justificadamente celoso Chico. Es un amor algo moderno y discutiblemente libre en que hay cabida para otras relaciones, no obstante vuelven al cauce cuando se trata de decidir por alguien. Los cameos dan relieve al homenaje musical y lo hacen más fascinante.
El ritmo y sonido que envuelven el largometraje animado es una contundente delicia como la buena factura visual de las ilustraciones, con mucho color y vivacidad, dando a la obra un espíritu alegre en todo sentido, en el cálido recorrido por distintas melodías identificadoras de la raza latina fusionada en algunas de ellas con la de los angloamericanos aunque con el sello prioritario de la piel oscura de todo el planeta que lleva en la sangre el calor y el reflejo de la pasión sensorial de la música, uno de los lenguajes más francos del alma.
lunes, 10 de octubre de 2011
El olor de la papaya verde
El vietnamita Tran Anh Hung con ésta cinta ganó la cámara de oro del Festival de Cine de Cannes, un Premio Cesar a la ópera prima y fue nominado en 1994 al Oscar a mejor película en lengua no inglesa, con lo que su inmersión en el séptimo arte empezó muy bien. En su estructura nos presenta tres líneas argumentales en dos tiempos distintos.
Mui es el personaje eje de la historia, una niña pobre, silenciosa, acomedida, feliz y tranquila que pasa a ser sirvienta a la edad de 10 años a una casa acomodada, en la que hay cierto constante conflicto, el padre suele ausentarse del hogar escapando para darse al abandono, la madre padece la falta de una hija mientras los tres vástagos sobre todo los pequeños sufren psicológicamente de esa inestabilidad familiar reaccionando negativamente.
La niña comparte su día a día con ésta parentela y con otra empleada más vieja que le va enseñando los quehaceres laborales. En su deambular cotidiano suele maravillarse con la naturaleza como con en el aprecio por el corazón de la papaya verde y con los animales entre sapos, grillos u hormigas a los que les brinda amplias sonrisas y cuidados. Las tomas de detalle amplifican su fascinación visual, hay un enriquecimiento sentimental trasmitido con su detenimiento. En ese aspecto la cámara ayuda a compenetrarnos con la pequeña que despierta nuestra complicidad con tiernas actitudes, con su obediencia y recato, a través de su desborde de humildad. Ella es un ente observador y lateral de lo que sucede entre las cuatro paredes en las que trabaja que es el escenario de un microcosmos lleno de matices vivenciales. La problemática acaece sobre sus patrones y descendientes. Vemos sin mucha rimbombancia el acontecer común de estos, su apego por la música en sus instrumentos tradicionales, su preocupación por mantenerse tras los escapes del marido, el rezo perpetuo de la abuela, las malacrianzas del más chico, las explicaciones de la criada antigua y un sinfín de momentos discretos que hacen de la trama un discurrir cambiante pero sin atribuirse efectismos sino creando un contexto de auscultación emocional calmo y sugerente que busca la recreación promedio de una morada vietnamita pero compartiendo esa lucha natural frente a las tragedias que a todos los seres humanos les sucede.
Uno de los beneficios de ver cine es poder conocer otras culturas y en éste filme la ambientación identificativa no falta con la religión, la gastronomía, la educación o el arte. Algo a rescatar es la interacción que tienen con la naturaleza, no hay mucha tecnología y se vive con mayor aproximación a lo rural. El discurrir es poco artificial o quizás hasta nulo en ese sentido, donde brilla la lectura, la música, la meditación, la limpieza y la cocina casera. Los diálogos son los justos, tanto que nuestro personaje principal indaga con los ojos y sólo bajo pocas preguntas. La motricidad humana impera en la película, los gestos tratan de ser completos sin necesidad de palabras pero estos movimientos no albergan mucha complejidad porque la cinta finalmente no dramatiza con fervor sino mantiene un aire algo indolente y contenido aún en su transparencia que parece ser propio de ver al mundo desde la perspectiva oriental con una mayor contemplación y reflexión que una poderosa materialización del dolor existencial. Se siente que tiende a eludir el sufrimiento, a sobrellevarlo con dignidad o a ocultarlo mucho más que en occidente aunque frente a la muerte todos caigamos rendidos por igual.
En la segunda parte de la realización nos transportamos una década después y nos abocamos al romance. Mui yace enamorada de un amigo del hijo mayor de la casa en que siempre ha servido, pero debido a su timidez y a su condición social solo puede aspirar a atenderlo hacendosa a la distancia, observando que nuevamente la música predomina. El joven pianista y compañero cercano del más adulto de la prole de la que fuera como una segunda madre para Mui está prometido con una dama moderna y más sofisticada pero en la típica representación del amor seremos participes del intento de lo aparentemente imposible, de lo romántico y de lo inocente, de la demostración del sentimiento más abierto, carente de prejuicio, del sueño que rompe los límites impuestos por la sociedad.
Éste filme posee una belleza artística que realza la simpleza de sus postulados, no posee una carga fuerte de dificultad en su trama, no prolonga ningún acontecimiento por más grave que parezca ni alborota el relato sino se dedica a proyectar un momento y huir hacia otro campo, y aunque tiene muchas ideas debido a variedad de desgracias e inconvenientes no pretende exagerar o ser persistente sino más parece decir que los obstáculos se dan y que la vida continua, como cuando falta dinero, se venden unos jarrones caros y se compra arroz, la suegra culpa a su nuera de las fugas de su “santo" retoño y ésta en lugar de amargarse o resentirse mantiene su bondad, un viejo se conforma con averiguar por la salud de la abuela y observarla a los lejos aún habiendo sido rechazado toda su existencia. Hay mucha exhibición de afecto, acariciando el cabello o lo pies, regalando un vestido, viendo dormir a Mui, es una cinta que no aspira a las pasiones sino a los sentimientos sencillos de los que estamos rodeados y que nos dibujan de cuerpo entero, quizás por eso sea un estupendo filme sin que medie nada realmente espectacular más allá de la personal idiosincrasia que por pedestre no menos trascendente como refleja la magia de éste cineasta vietnamita. Es en su roce que vislumbramos la esencia de nuestra humanidad, del corazón y sus dosificadas tribulaciones, de sus dulces y dóciles apetencias, de su diario vivir, del inevitable transcurrir.
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