Mostrando entradas con la etiqueta Woody Allen. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Woody Allen. Mostrar todas las entradas

viernes, 31 de enero de 2014

Blue Jasmine

Todos sabemos que Un tranvía llamado deseo (1951) es tremenda película, un clásico inconmensurable, una obra maestra total, lo que la hace una constante fuente de inspiración, por lo que es natural que le sirva de innegable magma e historia a Woody Allen para hacer una obra propia. Blue Jasmine (2013) tiene mucho de ella, como con la inestable y derrotada fina mujer de pasado oscuro, que ya tiene cierta edad, aunque se conserva bella en su sofisticación y todavía no tan mayor, o sea accesible aun teniendo un peso para ser amada. En el filme presente se trata de un pasado fraudulento, un matrimonio y un hijastro, a diferencia de la realización de Elia Kazan que versaba sobre la promiscuidad a cambio de favores o gentilezas, que la saquen de la banca rota y la mantengan a la protagonista, y ya lo dice la mítica frase, “yo siempre he dependiendo de la amabilidad de los extraños”, y quizá la prostitución, que llega al punto de “aprovecharse” de un menor de 17 años. 

Detrás de Un tranvía... ésta mujer va a vivir con su ordinaria hermana dentro de una clase pobre al no tener a donde ir y se encuentra con que comparte su vida y futuro con un perdedor, un tipo atractivo, sensual, pero bastante vulgar. Tennessee Williams puede haber creado algo literal en ese tranvía que llega a la casa de los Kowalski, pero en realidad la idea brilla en el arrobamiento, personalidad y carnalidad de su criatura demencial. En la predecesora de Blue Jasmine tenemos una delicia de personaje, el violento, explosivo, cruel, sarcástico, vengativo e irredimible Stanley Kowalski en la piel que crea un portento visceral de apasionamiento y brutalidad, de Marlon Brando, distinto al llorón y patético, solo que más tratable, de Chili (en un carismático e idóneo Bobby Cannavale). En el relato de Allen hay menos magia con éste tipo, pero produce lo suyo, tiene su gracia y audacia. Kowalski no tiene grandes aspiraciones, no siendo en la presente un polaco, no obstante se hace mención de que al primer esposo de Ginger (Sally Hawkins), de la hermana austera, llamado Augie (Andrew Dice Clay), le gusta hacer bromas de ellos.

En Un tranvía llamado deseo en adelante es una lucha con él en una convivencia atroz e insoportable, en una fricción en que mutuamente no se toleran, una quiere que lo abandonen –con todo y bebé en camino, que a su vez es un aliciente para dejarlo- y el otro hasta hacerle daño –físico, emocional, en cuanto a su nueva realidad-, sin embargo la forzosa adaptación implica que traten de mantener alguna convención, solo que no más que mínima, realmente sobre todo desde ella, de Blanche DuBois (Vivien Leigh, que está impresionante dentro de lo histriónico y teatral), hacia éste, aunque Kowalski es obligado sin efecto por su esposa. En ello resulta distinto a Blue Jasmine en que es únicamente una sub-trama, pero que se toca de diferentes maneras en dos personajes, primero con Augie a quien Jasmine no llega a minimizar directamente pero perjudica sin tener intensión, aun desagradándole, y luego con Chili, a quien diríamos que le asesta un duro golpe, y en ello hay un cambio con la película anterior, Jasmine (Cate Blanchett) es mucho más fuerte que Blanche aun sobrellevando distintas crisis circunstanciales, una económica, otra familiar y una tercera nerviosa, y se enfrenta más que a los demás –que incluso vapulea y vence- consigo misma, con su capacidad de poder remontar sus problemas, que no son nada fáciles.

En lo que se parecen está que la protagonista debe enfrentarse a su situación de fracaso, de vergüenza, ocultándolo a su salvador o pretendiente (también habrá una cantada revelación y viene por personajes similares) pero en Blue Jasmine la vida de Jasmine es conocida por la mayoría de su entorno actual. Mientras Un tranvía llamado deseo se vuelve muy sensible, muy emotivo, como en un estado de que algo va a quebrarse en cualquier momento, Woody Allen le imprime su comedia, como en el uso de flashbacks mostrando al marido mujeriego y estafador, que pinta la instancia de la ironía, no obstante es una capa que se da muy fina en el filme, ya que éste termina siendo dramático en buena medida, melancólico, como anuncia la palabra blue en inglés, que en jerga común angloamericana indica tristeza.  

La idiosincrasia de la historia no permite la risa en toda libertad o se da momentáneamente, sería muy cruel hacerlo sin miramientos, pero la nueva propuesta le baja mucho al tono predecesor, que era todo muy delicado, de un perenne conflicto que no se olvidaba en todo el metraje. Woody por ratos hace predominar la cotidianidad por sobre su tensión, que se va y vuelve aunque a veces se luce artificiosa en Cate Blanchett o es que brilla demasiado en un filme sencillo, lo cual hacen de ella algo gigante para bien como para mal en el conjunto, si bien su talento es irrefutable, su gesto de crisis es sumamente complejo, muy entregado, creíble, tanto que su nivel emotivo vibra a flor de piel. Instantes como el del doctor acosando a Jasmine a la que en general todo lo que no sea sí misma le es indiferente es puro Allen, y pues te ríes; también algunos descaros aunque obvios como en un convencimiento, infidelidad y reconciliación tienen su veneno y comicidad. Y así –como acostumbra el autor- son muchos comentarios tirados al vuelo “discretamente” mientras el hilo narrativo sigue su curso. Es la broma que llega sutil o como un relámpago que al poco desaparece y no interrumpe, te sobresalta solamente sin querer derribarte, porque la trama se rige por otros cauces que cuesta definir en un solo centro. Si bien no lloraremos con ella, si nos dejará pensando aun habiendo un toque de relajo a la norma dramática, lo que hace denotar que parece un trabajo ligeramente novedoso dentro de su filmografía.

Nos podemos reír en ciertos ratos, y en ello se maneja muy dosificado y ecuánime, muy atinado, Allen, cosa que resulta complicado dado el tema de caos y vacío que reina en la vida de su protagonista. Seguramente intervienen simpatías e identificaciones (todo no nos parece cálido en nuestro foro interno, el mundo no lo es siempre para nadie), con la clase media, desde la americana que oscila entre lo conformista como de prometedora en su individualidad. Ésta clase retratada aunque tiene sus dudas, sus desánimos, su opacidad y también sus ambiciones, su autoanalizarnos como vamos y que resulta justo porque todos lo padecen en la trama, se divierte también sin aspavientos, de forma flemática, alegre en su visión infantil, como comiendo pizza y viendo televisión, vive en una felicidad pedestre que finalmente se defiende. Woody se pone del lado de la clase media, a detrimento de cierta actitud que conlleva el alto nivel social, recordando que Jasmine fue una socialité, puede ser apreciada como una esnob con su caridad “obligatoria”, con su comportamiento de superioridad (rechaza a la hermana hasta que la necesita, si bien resulta tener un trato despreocupado, normal, en su convivencia hacia ella, que no en su nerviosismo y fastidio con su percance contextual que la hace beber y yacer hablando sola), con sus fiestas fastuosas y elitistas, sus naturalmente vanidosos comentarios de viajes por los lugares más agradables de Europa o sus ropas, carteras, zapatos, joyas costosas.  

Blue Jasmine tiene vida propia, no hay que confundirse con ello, aun habiendo mucha inspiración salida de una obra maestra. Mírese el éxito de generar una nueva propuesta muy atractiva y sustancial de algo que parece perfecto y por ende finiquitado, teniendo como resultado –siendo obvio decirlo- una trama altamente superior a la idea de remake, y es que si algo es maravilloso y nos emociona, no es en absoluto una mala opción hacer una versión personal de ello, lo que en éste caso toma su camino y su independiente gloria, ya que lo común es el fracaso o el rechazo. Blue Jasmine es un filme redondo, preciso, tiene un guion magnífico, creativo e ingenioso, de Woody Allen, cosa difícil viendo que hace una película por año y ya ha dado mucho.

Tampoco se puede dejar pasar que los roles secundarios están en estado de gracia, la pareja formada por Ginger y Chili sirve para enaltecer la perfomance de Cate Blanchett; son muy realistas, sencillos -como se quiere- pero contundentes, muy contemporáneos como lo es éste filme en su lectura, algo que justifica aparte de su autoría en toda regla, que se haga una revisión de lo pasado. Sally Hawkins gana una justa nominación, desde su ingenuidad, su ordinariez de pies a cabeza, su cariz voluble y su rodeo por la vida y lo que quiere, a quien escucha. Es parte fundamental de la continua dualidad de la propuesta, ricos/pobres, iluminación/fracaso, anhelos/pasividad, sobre todo esto último que lleva a encarar una verdad que no se quiere, pero hay que superar. Estamos ante la recreación de una caída y estancia en el abismo, como el poder ver que le depara a alguien tipo El lobo de Wall Street (2013) tras conocidas y juzgadas sus fechorías, viendo el relato de como Jasmine enfrenta una canción de claudicación, definitoria (igual a Blanche que comete el error de llamar débil al hombre de su vida, confrontándolo con su realidad), el recordatorio del inicio de un enamoramiento en una relación que fracasa y arrastra consigo todo a su paso, una lucha que ganar, que el pasado no nos enloquezca.   

lunes, 12 de septiembre de 2011

Medianoche en Paris

En abierto homenaje a la ciudad de la luz, Woody Allen vuelve con una película que hace uso de la nostalgia pero que yace con el claro mensaje de aprovechar más nuestro presente y dejar de añorar otras épocas aludiendo mejores tiempos porque es natural que el ser humano se sienta descontento con su propia realidad, por ello revitaliza nuestra visión contemporánea tras viajar hacia el pasado en la que sería la era dorada del arte para nuestro personaje principal.

En ese retorno al pretérito francés, Gil, el actor cómico Owen Wilson, a punto de casarse se halla en medio del que sería su lugar idealizado encontrando que es su espacio de regocijo emocional, mientras trata de escribir una novela en una trasformación vertiginosa que aspira a una realización vocacional y existencial, queriendo dejar su vida como guionista destacado de Hollywood. Su novia Inez, Rachel McAdams, frívola y segura de sí, tan solo espera volver a su patria y a su acomodada existencia placentera, a contraposición de su pareja.

De regreso a los años veinte en el París de la bohemia, de la erudición y de la exaltación estética, conocerá a personajes célebres como Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Henry Matisse entre otros, cada uno caricaturizados de alguna manera en sus rasgos más típicos y exaltados, con un toque sencillo y bastante funcional que ha quedado correcto para el uso de ésta comedia que no se equivoca en su forma de recrearlos porque los aborda con soltura, sin complicaciones y con bastante practicidad que bajo la admiración de Gil recobran su icónico lugar a la misma vez que el director los toma sin miramientos tan delicados sino los asume con insolencia y convicción brindando caracteres más cercanos. En esa disposición a unos los encumbra y a otros los humaniza destacando sus manías y vanidades.

En la historia Gil pierde un poco la cabeza por Adriana, Marion Cotillard, una dama liberal que es la amante de varios personajes famosos, con ella trata de hallarse con la escurridiza felicidad encontrándose confundido con respecto a su panorama actual. En el reparto como no puede faltar, yace un tipo culto pero sumamente pedante de nombre Paul, Michael Sheen, que sirve para ver que la futura esposa de Gil lo minimiza frente a él, en un notorio rasgo de vilipendio de su situación que lo empuja en búsqueda de cambios. Justificaciones que a través del metraje se entienden perfectamente.

La cinta es muy entretenida con esos viajes de ensueño a donde yace la pasión de Gil exhibidos con una naturalidad y aclimatación que es digna de encomio, y aunque el relato no posee realmente demasiadas complicaciones no deja de ser una propuesta saludable y reconfortante, de catadura sutil y lucida, muy moderna aún mostrándose bajo un espejismo clásico. Owen Wilson sorprendentemente no desentona sino más bien contenido pasea su simpatía por la pantalla, para ello Allen le ha provisto de una cotidianidad y simplicidad que no está peleada con el intelecto, tampoco ha recurrido a los nacionalismos americanos y en cambio ha mostrado una cercanía por apreciar una cultura distinta a la suya desde la inclusión propia del llamado ciudadano del mundo.

Al final las lecciones llegan sin bombos ni platillos, muy acordes con el tono del filme, se resuelve con lógica pero sin dar mayores soluciones. Es que la respuesta a la pregunta ¿cómo hallar la dicha en un mundo proclive a nuestra insatisfacción?, es un asunto personal y aunque la cinta permite identificarnos con Gil no es cuestión tan prepotente de resolver, sino más como se presenta sin ínfulas caminando bajo la lluvia con alguien que valore nuestro amor sin restricciones, con ternura, tranquilidad y comprensión, abiertos a comunicar y recibir afectos, a compartir un espacio territorial que engloba tantas posibilidades, aficiones, pensamientos, música, arte, una ruta de a dos individuos compenetrados dirigidos en un destino común por encima de las obligaciones económicas y las necesidades superficiales.

Allen ha hecho un filme austero, amplio, recurriendo a su técnica y experiencia en hábil dominio que se resalta por quien tiene ya oficio pero sin manifestarse insípido, irregular o efectista sino facilitando un diálogo cinematográfico con toques muy humanos y sin dramas de por medio sino bajo otro género que no teme ser serio en el fondo con otros matices estructurales, dando un toque universal en manos de lo occidental, el individuo descubriendo lo que realmente quiere, aspirando al sentimiento y a la voluntad.