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lunes, 22 de febrero de 2016

La chica danesa (The Danish Girl)

Hay temas que suelen ser gancho de reconocimiento fácil en los premios Oscar y en algunos otros certámenes que buscan lo políticamente correcto, tanto como congraciarse con un público elemental, y estas temáticas suelen ser la esclavitud americana y la segregación racial, el autoritarismo y la omnipresencia castrante religiosa en sociedades islámicas, el holocausto, y la que nos compete ahora, la homofobia y la libertad homosexual o LGTB, donde en La chica Danesa viene a ser su mayor lastre ser tan obvia en su disposición de conmover y ser simpática con su temática a ese público cautivo de siempre, para ello utiliza lugares comunes, como una sociedad opositora  o aun sorprendida, con el travestismo, qué dígase una labor inocente en esta película mucha gente no los identifica tan raudamente –no obstante, Copenhague, Dinamarca, no es una capital del todo pacata, ni el centro artístico por el que se mueven los personajes es tan conservador, pero se entienden limitaciones, propias de no ahondar en la distinción sexual- y ver a la homosexualidad como una enfermedad o anormalidad, aquí propio del año en que se contextualiza, los 1920s, teniendo de protagonista a Einar Wegener (Eddie Redmayne), un tipo que descubre su inclinación gay, se siente mujer, quiere cambiar de sexo, y fue en realidad de los primeros en conocerse entregado a las operaciones pertinentes, aun siendo un hombre casado, pero que con el juego de disfrazarse de modelo femenino frente a los deseos de su esposa, la pintora Gerda Wegener (Alicia Vikander) que se profesaba rebelde y moderna, e irónicamente le rebota en contra, despertó en él un deseo reprimido de su niñez y crecimiento.

La chica danesa me recuerda a una mejor película, Laurence Anyways (2012), en ella un hombre quiere travestirse, no puede controlarlo, aunque aún guarda amor por su pareja y quiere seguir con ella a pesar de tal extravagancia, pero se hace imposible sostener una relación heterosexual con ese anhelo de ser o lucir como una mujer siendo varón, y llegan los inminentes conflictos, y la lógica e inevitable ruptura, tras muchos vaivenes, nuevas vidas y luchas de rigor, hasta que queda solamente un quehacer romántico y platónico lejano, de recuerdo, en el ambiente. En la presente, las cosas son más claras, Einar quiere romper con su esposa, sabe bien lo que quiere y debe dejar pasar para consolidarse (hasta el punto que se entusiasma conversando con Gerda pensando en que puede enamorarse nuevamente ahora como Lili), cuando Gerda aún lo ama y lo respalda casi como si fuera la Madre Teresa de Calcuta, aunque puede pensarse que ella quiere explotar su imagen en la pintura, que no llega a pasar, es solo un mero modelo propio de su amor.

Einar siente que, como una mariposa, ha mutado y es otro ser, ahora se ha convertido en Lili Elbe (que en su desdoblamiento inicial, ciertamente tenía de locura, que a uno le venía a la mente irónicamente Psicosis, 1960), y Einar es el pasado, ya no existe, no hay marcha atrás. Entonces toda su voluntad yace en convertirse en una fémina, de aquellas delicadas y clásicas, lo esperable, claro, y no en la calidad de tosquedad –llamada igualdad- que reina mucho hoy en día en muchas mujeres. Mientras Gerda tiene la posibilidad de reconstruir su mundo sentimental con el mejor amigo de infancia y actual soporte de Einar, en una ilustración endeble, que enseguida se apresura en convertirlo en pretendiente, a Hans Axgil (Matthias Schoenaerts), pero que tampoco se elabora, es puro relleno (Gerda a pesar de todo pretende un vínculo sólido hacia su marido), en una posible relación que adolece de mayor complejidad. Y ese es el problema general del filme, el director Tom Hooper no da forma a muchas cosas, falta profundidad, suele ser muy superficial en su exposición, donde en varios meandros peca de flaqueza, limitándose a proclamar el conflicto de identidad personal (de cara al matrimonio, que tampoco molesta), y luego el sueño de Einar de ser una plena Lili, puede que con ello haya esquivado híper dramatizar la problemática gay en la sociedad, pero igual existen otros momentos que lo desmienten, porque sí que quiere convocar la complicidad básica, aunque con algo de decoro, a través de una nobleza por doquier (salvo la paliza homofóbica clásica en estos menesteres, o el escape por la ventana a poco de intentar internarlo a la fuerza como esquizofrénico; o que se diga que lo que necesita Lili es un hombre “de verdad” y no un gay de pareja, ¡oh, sí!, bueno, todo el tiempo no es lo sutil que pareciera pretender en su contextualización de la Europa de los veinte o treinta), invocando una simpatía a toda prueba, en que nadie parece ser reprochable o ambiguo, en que todo parece resolverse con el cambio de sexo, la hazaña de la historia basada en hechos reales, el supuesto rasgo de originalidad, cuando todo huele a repetición a kilómetros de distancia.

Ni el amaneramiento o femineidad de un talentoso Eddie Redmayne, o una harto solvente Alicia Vikander, muy natural en cada emoción, llanto, melancolía, felicidad, sorpresa, picardía, risa y un largo etcétera, pueden distinguir a éste filme, aunque no es una propuesta mala, ya que tiene oficio, por algo Tom Hooper ha merecido el Oscar por El discurso del rey (2010), sin embargo el cine nice-naif y la corrección política pueden llegar a cansar hasta al más inocente o fácil de conmover, como ha pasado esta vez que La chica danesa solo ha obtenido nominaciones a la estatuilla dorada para Vikander y Redmayne, y dos apartados técnicos más. 

sábado, 26 de enero de 2013

Los Miserables


La obra de Víctor Hugo es monumental, una de las mayores creaciones de la literatura universal, y como no podía faltar el cine la ha adaptado en varias oportunidades. El teatro hizo lo propio en un musical, en la letra escrita por Alain Boublil y Jean-Marc Natel, mientras la música estuvo a cargo de Claude-Michel Schonberg. Herbert Kretzmer la convertiría al inglés. Y es como nos llega al séptimo arte, en las manos de Tom Hooper, ganador del Oscar por mejor director y película el 2010 por El discurso del rey, que le valió además una estatuilla a Colin Firth, que hacemos mención ya que Hugh Jackman, actor que poco lo tenemos en mente para dicha nominación, a actor principal, opta por lo mismo.

Lo más resaltante que se siente mirando esta propuesta es que es algo igual de potente y grande, hay una aura de espectáculo muy subyugante, además tiene la particularidad de ser un drama en donde el musical no suele serlo por lo general. La historia nos remite a un hombre de esos únicos, paradójicamente no tratados como tales sino tergiversados ante lo público en su esencia, Jean Valjean (Hugh Jackman) que por quebrar su libertad condicionada tras 19 años de prisión por robar un pan es perseguido como un fugitivo, éste se esconde y rehace su vida con una nueva identidad, logra amasar una cuantiosa fortuna, y aun así nunca pierde su humanidad y generosidad, es un hombre que siempre está ayudando al prójimo más necesitado, y por ello adopta a un niña huérfana, criándola como a una hija. El gran problema de Valjean lo representa Javert (Russell Crowe), un inspector de policía tenaz y muy pegado a la ley, tanto que es un ser obsesivo sin la más mínima cuota de permisividad ni indulgencia, el que ve a nuestro héroe solamente como el preso Nº 24601. Luego dentro de lo resaltante hay un cantico de reivindicación, derecho y justa rebeldía en donde nos acercamos a una pequeña revolución de estudiantes en 1832 ante la mala situación de la clase baja.

El filme dura 2 horas 38 minutos y no escatima esfuerzos por rodearnos de esa majestuosidad de la canciones (muy poco diálogo en realidad habiendo una concatenación muy próxima entre ellas), en medio de la fuga, persecución y combate, el buen quehacer humanitario de Valjean, el sufrimiento de Fantine (Anne Hathaway), el amor de Marius (Eddie Redmayne) y Cosette (Amanda Seyfried) entre muchos pasajes que enarbolan entusiasmo, pasión por la libertad y el ideal humano, los valores éticos, morales y la igualdad. Valjean no se cansa de ser intachable, un hombre probo ante el sacrificio de su tranquilidad, a costa de su felicidad, responsable siempre por otros.

La parte cómica proviene de dos personajes traviesos, ladinos, desharrapados, desenfadados en dos actores de esos que uno encuentra difíciles de ignorar u olvidar, una es Helena Bonham Carter, musa artística, fetiche y esposa de Tim Burton, que le cae como anillo al dedo el papel de Madame Thénardier, siendo siempre una outsider por naturaleza en donde la personalidad es de esas apabullantes, hace un papel secundario que da vida al conjunto y que no pasa desapercibido. Lo mismo con Sacha Baron Cohen, alguien a quien personalmente detesto por Borat (2006) en una comedia personal que es demasiado vulgar y agresiva al punto de ser insoportable, pero que reivindico en un papel totalmente distinto, muy cuidado, muy de cuento de niños, en La invención de Hugo (2011), y que aquí se hace admirar con esa desfachatez de noble comedia, está a la altura de la seriedad de esta propuesta, con mucho profesionalismo. En ello se imprime mucho color, alegría dentro del hurto y el engaño, dos tramposos a quienes votar de la fiesta pero que no llegan a extremos de detestarles gracias a su ridiculez.  Puede ser muy repetido pero se hace muy gracioso verle olvidar el nombre de Cosette cuando están vendiéndola.  Sus gestos se adaptan y son muy expresivos.

Otro papel importante, siendo secundario, es el de Anne Hathaway, nominada al Oscar 2013 como mejor actriz de reparto, lo suyo es algo muy dramático, sumamente gestual y físico, desde un corte de cabello descuidadamente cortado y la extracción violenta de un diente que la muestra en la pobreza al punto de prostituirse para pagar deudas y subsistir, poder alimentar a su hija. Mucho sufrimiento nos refleja, es la parte más explícita, que reúne el mensaje del filme, el hambre, la necesidad económica, el tan difícil hecho de sobrevivencia en medio de la desidia de clases pudientes y dirigentes, de un gobierno opresor y maltratador. Su participación es muy corta pero visceral y emotiva.  Colinda mucho con la exageración – o mejor dicho, la concreción de un mundo en poco espacio- del fondo más que de la forma.

Después Valjean, Hugh Jackman, está muy bien, sobre todo al ser un actor de cierta forma menospreciado o reducido a papeles superficiales, muy poco complejos, es visto como un actor de entretenimiento intrascendente –aun siendo ya el Wolverine por excelencia, casi por antonomasia- aunque tiene algunas actuaciones bastante decentes como The Prestige (2006) de Christopher Nolan y La fuente de la vida (2006) de Darren Aronofsky. Su elección es arriesgada pero logra sobresalir. El peso del filme yace en él que es el que está en todas partes pero se trata de un conjunto, de una historia muy bien pensada en que resulta una pieza de una realidad y una atmósfera que lo pone a prueba, es eje de su destino pero se remite  a lo que tiene que enfrentar, tanto que yo diría que ante todo es el contexto, uno que se puede transformar que ese es el motivo y alcance de la filosofía de Víctor Hugo como intelectual. Logra adoptar las distintas etapas del personaje, en cuanto a su apariencia a la vez de los hechos, también puede ser emotivo, como en sus dudas éticas o en su última etapa en la iglesia. A diferencia de Hathaway su papel no exige tanto dolor visual, se debe en parte uno hacer la idea aunque su vida está plagada de reveses implacables, ya que es un hombre fuerte, literal y en abstracto. Valjean desde que un sacerdote cree en él se convierte en un luchador, decide cambiar y nunca falta a su palabra. Canta –hay que decirlo- bastante bien, y eso lo hace todo terreno, un actor completo como se decía de obras maestras como Cantando bajo la lluvia (1952); en sí no hay ningún quiebre o bajón en el grupo.

Bella la estética de las escenas en la galeras, otro punto marcado del filme, sus ambientaciones, muchas minimalistas y evocativas, pero aun en ello fastuosas, completas, y no son menos ante escenas mayores en el artificio, el bar de los esposos Thénardier, las calles por donde se prostituye Fantine o la fábrica de Montreuil en donde hay abundancia, detallismo. En cierto modo parece respetar el precedente físico y sugerente del teatro como una opción del director aunque siendo cine propone utilizar también sus ventajas.

Y llegamos al que es pieza clave en la historia, el que representa el estatus quo aunque sin darse más que en su deber y siendo solo un sirviente ciego en realidad, esa fuerza represora que no ve la desgracia, que es fría, que representa  una clara crítica frente a la rigidez del orden y esa hoy natural defensa contemporánea a la maleabilidad, a la continua readaptación y al juzgar bajo la práctica más que desde la teoría en sentido de sopesar características desde afuera. Se trata de Javert, Russell Crowe, que tiene una voz que es muy particular, un tono que se hace muy regular tanto que parece que estuviera cantando la misma canción y no es desmerecimiento tampoco, que lo hace soberbio dentro de su característico registro y se impregna una sensación de recuerdo. Buen papel de Crowe, pegándose a su calidad de enemigo intencionalmente cuadriculado, una constante que quiere que se entienda y que contrasta con la pobreza, colaborando por ausencia a llevar el mensaje de necesidad de compasión, de perdón, de sensibilidad, de ayuda, de humanidad. Por el tipo de personaje no logra mayor alcance y quizá haga falta un toque de ingenio tanto en su representación como en la personalidad del tipo que interpreta aun habiendo muchos así y siendo coherente. De todas formas creo que es el que más se recuerda aun estando muy por debajo de lo que significa y aparece Valjean. Fabulosa su última escena, no por el desenlace literal en pantalla sino por el sentimiento que desborda alguien que no suele tenerlo, y que en sus dudas ya no se reconoce, una alusión a esa maleabilidad que un visionario como Víctor Hugo logra atisbar, y es que el ser humano es un ente de evolución, ahí radica toda su esencia.

Otro papel que no se puede obviar y que nos descubre una nueva actriz, es el de Samantha Barks como Epónime, la hija de los Thénardier que se enamora del revolucionario Marius pero que es capaz al amarlo tanto de dejarse de lado y buscar la felicidad de él (algo bastante atípico la verdad); sale bastante como para no notarla y es una cara desconocida, no lo hace mal pero carece aún de la magia de la presencia del actor consumado, parece increíble decirlo ya que no es que un actor famoso sea sinónimo de una buena actuación o peor que termine siendo más importante que la historia que eso es muy ajeno a lo que uno busca del cine como prioridad pero que tampoco se puede negar que uno se acerca a ciertos filmes por alguien a quien ya le hemos tomado cariño aun siendo irregular o caer en etapas menguantes, me pasa con Bruce Willis, Charlize Theron o Edward Norton por mencionar alguno, o en el caso (y de cierta forma unánime) de pensarlo dos veces cuando veo a Nicolas Cage o Meg Ryan, por decir dos más. Y pasa eso con ella, no lo hace tan sobresaliente para alabarla en toda palabra, que dicho antes cumple poco más que bien, ni es una presencia dominante o fascinante, otro alegato discutible pero no es tampoco una rareza atípica de especial normalidad como Kevin Spacey o Paul Giamatti. Lo que sí es concreto, es que ahora sabemos quién es.

Otros actores, Eddie Redmayne y Amanda Seyfried lo hacen bien pero de todas formas dan muy poco en cuanto a destacar, son el otro lado del filme, el romance pero en la historia en sí provoca poco entusiasmo, más emociona la bandera agitada en el canto revolucionario, o el llanto y la desesperación de Fantine, o incluso la chispa de dos locos sueltos en sus trucos de los Thénardier. La pareja de la propuesta son sin duda Javert y Valjean más que Marius y Cosette y hasta el lazo entre Fantine y Valjean es más potente (y es creíble solo por la honestidad idealista del protagónico que termina siendo un símbolo de una ideología), más honesto, más tierno, indudablemente más trascendente, no sé si de forma intencional en Víctor Hugo pero la complejidad es mayor fuera del típico romance. Redmayne (My Week with Marilyn, 2011) ya va siendo más reconocible  y va camino a serlo más seguramente. Seyfried (Chloe, 2009) es una promesa jugando con tenacidad, buscando su lugar y ya es una figura famosa, pero todavía no logra convertirse en una gran actriz como Carey Mulligan o Jennifer Lawrence.

En los musicales predominan las canciones y esta no es la diferencia pero es una historia tan atractiva que eso favorece la compenetración con ellas, escuchas las letras y te dejas llevar por la melodía ya que tu atención está en la trama que yace dentro, la historia se vive con las canciones, y esto no es tan sencillo, merito especial a esos compositores y letristas, siendo un punto interesante de fusión, que recalco porque muchos somos sordos, y aquí es maravillosa esa unificación, tanto que no molesta que todo sea cantado, un punto muy favorable para quienes no quieren a los musicales y a su vez a los que sí, le da a todos algo por su lado, ayuda a aprender de ese otro lugar que no es atractivo naturalmente para uno. Ciertos musicales pueden apabullar en una modernidad que enseguida le llama pedante, anacrónico o inauténtico a toda ambición totalitaria como si los nuevos tiempos se rindieran a un facilismo y un cansancio crónico (no hay que mentir, somos parte de ello), y más siendo una obra magna de la literatura como Los Miserables, pero hay que decir que se presenta muy sencillo para asimilar (aun siendo un drama que no se hace pesado porque hay momentos de efervescencia como los estudiantes reunidos o en acción en su lucha colectiva o en Valjean en la suya individual pero despierta hacia el beneficio ajeno que asume como suyo desde su probidad más que en algo encaminado,  el falso detenido, el hombre debajo de la carreta, la  hija o el amor de ella), es un entretenimiento en donde uno se deja llevar, y ni siquiera hay que amar los musicales e igual recordaremos el sentido de las canciones.  Muy digerible, en donde el uso de tomas próximas se nos hacen costumbre a un rato y pierde importancia tanto para bien como para mal (realzar el dramatismo, crear vínculos con el espectador, o incomodarle la vista también), y eso es ver que un musical y una obra mayor pueden compartir juntos -sin darnos cuenta- como este cine lo puede hacer en el presente con mucho éxito cuando ya casi nadie apuesta por ellos, solo los más clásicos en pos del ingenio del amor colectivo.

viernes, 18 de febrero de 2011

El discurso del rey

¿Qué hacer cuando nacimos en una posición especial en la historia de un país y no nos sentimos con confianza para tomar esa responsabilidad? Ese es el dilema de Alberto, llamado Bertie familiarmente, el duque de York, que tras la abdicación de su hermano el rey Eduardo VIII (Guy Pearce) se convierte en el nuevo monarca inglés, el rey Jorge VI. Pero vayamos más atrás, Bertie es tartamudo, siempre ha sentido vergüenza y dificultades por ese defecto, lo que no sabe es que detrás de su limitación existe un mundo psicológico endeble y herido, aunque la sucesión lo coloca en una posición única él es un hombre común, eso nos hace creer la actuación de Colin Firth, pero no nos confundamos el aspirante a la corona es un hombre irritable, instruido, elegante, coherente pero debajo de todas esas capas de apariencia se esconde un hombre tímido y que no es tan firme emocionalmente, no siente que pueda llegar a ser tan grande, para eso vive afligido y disminuido a pesar de su hermosa familia (su esposa Elizabeth y sus dos hijas Isabel –la actual reina- y Margarita), sea por culpa de su niñera, de su padre, de ser zurdo y haber sido corregido a diestro, de su hermano mayor o el de la perdida de otro hermano que murió a los 13 años, el daño está hecho y se ha visto transformado en un problema con la dicción de las palabras.

Los tiempos cambian, un nuevo invento se ha masificado y se ha convertido en el nexo próximo del pueblo con sus autoridades y representantes reales, es la radio, un medio de comunicación que resulta vital para mantener esa unión y respeto entre el monarca y su gente, pero cuán difícil le resulta a Bertie si tiene un problema en la voz, no puede hablar correctamente, para eso ha buscado a todo tipo de doctor e intentado toda fórmula posible para superar su problema vocal, siempre con resultados adversos, hasta que conoce a un actor mediocre y un ciudadano ordinario de origen australiano que resulta a diferencia del futuro rey, un hombre de personalidad singular y de mucha seguridad en sí mismo, justamente el terapeuta que necesita Bertie, un hombre que se convierta en su igual aunque no lo sea por el tipo de sociedad en que viven, que le hable con la ruda franqueza del que solo tiene la misión de descubrir la raíz inconsciente que le hace hablar mal, que desentrañe sus miedos y traumas, que lo guie hacia su gran rol en su patria, Lionel Logue (Geoffrey Rush) desprende frescura, se manifiesta con la libertad del que tiene las soluciones, se le define como un hombre de familia cariñoso entregado al pasatiempo de la representación de Shakespeare, un logopeda autodidacta sin título que lo avale pero con el valor y la experiencia que se necesita, falta que más tarde le traerá conflictos con su famoso paciente.

La esposa de Bertie, es representada por Helena Bonham Carter, la suya es una interpretación bajo todo en regla, atípica a su costumbre de rara avis, pero que no atraviesa mayores logros que la personificación de la dulce, refinada e intrascendente compañera. Lionel Logue, Rush está perfecto, puede denotarse con claridad su papel de plebeyo extravagante y de espíritu superior, posee el alma de los hombres destinados a producir cambios gloriosos, en el caso que convoca el filme brindarle la esperada decisión para ejercer gigantesco e ilustre cargo a nada más y nada menos que a un rey. No es poca cosa, es el verdadero hombre de nuestra historia si bien finalmente el “héroe” tiene que ser Jorge VI en el llamado a enviar un mensaje radial para motivar a la masa humana británica. Firth es un mar de expresiones melancólicas e introvertidas, aboga rotundo a la problemática que le obliga su tartamudeo, luce un carácter soberbio con la naturalidad de quien posee las cualidades para vestirse de la máxima dignidad del otrora Imperio Británico, parece predestinado a dar el garbo que pide su actuación enseñando un corazón oprimido por la deficiencia en la comunicación oral, puede poseer la postura del soberano y mientras lo hace mostrarse humano, pequeño, es como si viéramos actuar a un miembro verdadero de la realeza mostrándonos su alma empequeñecida.

Resalto la actuación secundaria de Michael Gambon del rey Jorge V, padre de Bertie, corta asistencia pero muy bien llevada, irónico escucharlo decir que la más baja de las profesiones es la de actor. Me pareció ínfima la presencia en el guión de Timoty Spall como el célebre Winston Churchill, figura trascendental que no fue utilizada en absoluto como mereciera, pero quizás no le tocaba resplandecer para no opacar al centro del relato, no era su tiempo. También el sacrificio de Eduardo VIII no se valora ni a su misma persona ya que se le describe con múltiples defectos por culpa del anhelo de solo dar cabida en la cinta a su hermano menor, no obstante su acto es algo admirable, dejar el trono por amor, fuera como sea su pareja la dos veces divorciada, americana y rodeada de amigos pretendientes Wallis Simpson que atributos habrá tenido para hacer que un rey se convierta en un simple mortal.

Ésta es una película correcta, sin fisuras, cumplidora, posee el aire anglosajón tradicional, sin mayores riesgos que desnudar el interior de un ser privilegiado, filme que no duda en cumplir con el protocolo que representa tomar el nombre de un monarca, pero tiene la audacia de humanizarlo, en ese punto radica el encanto de ésta realización, en dibujar la esencia de quien representa mucha relevancia para los ingleses, acercándolo a la población en la misma labor de la radio, haciendo que se le quiera, que se le comprenda y al leer el discurso final declarando la guerra a Alemania que se le admire. Finalmente no se puede dejar de notar que es la narración de un hombre más, uno de “nosotros”, que ocupa un puesto histórico y que simboliza el poder y la cohesión de una nación, de eso trata la película, de permitirnos observar a alguien importante para Inglaterra sacando a flote al ser humano corriente que en el fondo es, ya olvidando su distinción jerárquica. Lionel Logue ayuda a hacer realidad el lugar que le corresponde a Jorge VI, lo transforma cuando se sienta en su trono, es su maestro, su terapeuta, su mejor amigo y para estupefacción del espectador que entiende las diferencias externas existentes entre ellos jugando con sus reglas, es el hombre excepcional que yace en la sombra para que otro brille por dinastía, se realiza cuando Bertie deja de tartamudear, ambos están destinados a pertenecer a la memoria colectiva de su país desde la ubicación que su cuna ha determinado. Por eso el gigante de la trama es el personaje de Logue pero que tiene su razón de ser en el que tiene la corona. Sin embargo la mejor actuación le pertenece a Firth, al bajar al llano a una especie de divinidad humana, aunque nos resulte incomprensible que un hombre tenga demasiadas ventajas de gratis en un mundo donde los méritos han de sustentar primero el lugar que te toca, y la cinta hace recalco de la filosofía moderna sobre la igualdad entre los hombres, la personalidad de confiar en nuestra persona de Logue se impone y el epilogo nos remite a la eterna amistad que emerge para cumplir con las obligaciones que nuestra investidura y tiempo nos solicita. Todas nobles proposiciones que dan vuelo a la frase Dios salve al rey.