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miércoles, 17 de agosto de 2011

Zatoichi

El director japonés Takeshi Kitano tiene más de un registro fílmico, aunque suele estar asociado con la exposición de mucha violencia ambientada en lo contemporáneo, en relación a los yakuza, pero aquí aborda el tema de los samuráis, un aspecto clásico que identifica tanto a la raza e historia nipona y que es muy popular alrededor del mundo. Nos coloca a un héroe, un samurái ciego, que es masajista y que deambula como ronin por los diferentes pueblos. Kitano interpreta al personaje que titula el filme, Zatoichi.

Como es de esperar sus rivales son un clan que propician el abuso y la corrupción, pero ese grupo tiene un pasado. Hace muchos años atrás atacaron a una familia adinerada a la que asesinaron y robaron, dejando indemnes físicamente sin desearlo a dos de los hijos. Lo único que los delata es un tatuaje de dragón y algún nombre pronunciado en medio de la fatídica noche, pistas que buscan resolver los sobrevivientes que se han convertido en geishas que entretienen con bailes y música a cuanto comensal pague por sus afectos, sin embargo ellas están en realidad en la ruta de la venganza persiguiendo a los culpables, arrebatándoles la vida de la misma forma y a su vez asaltando clientes para prodigarse mayor dinero. Dentro de lo aún más extraordinario de aquellas geishas está que una es realmente un hombre, su estado nos remite a la pederastia y a la homosexualidad, Kitano no juzga, sólo expone, con brevedad, e incluso toma a la ligera y hasta cómicamente la condición sexual de Osei, como se hace llamar la falsa danzante. En realidad todo el concepto del filme es de esa condición, es una realización de entretenimiento y a la vez muy libre, que aborda la temática de los samuráis casi como un niño a un juguete soñado o un pirómano al fuego, es decir, Kitano está en su elemento, aunque bajo otra época a su estilo, manejando a los icónicos representantes japoneses a su regalado gusto, como se ha de esperar de un cineasta que se prediga bajo el rótulo de autor. Para nada es una revisión histórica, sino algo muy propio del entretenimiento, con mucha exhibición de sangre bajo cortes, mutilaciones, acuchillamientos y muertes de toda clase, para ello Kitano no se inhibe en absoluto, y se explaya aunque verosímil exagerando las escenas.

Prosiguiendo la historia, no falta un buen antagonista, otro samurái llamado Hattori Genosuke, que a diferencia de Zatoichi es joven y tiene una pequeña biografía, es un mercenario al servicio de una paga, con la que busca velar por la salud de su mujer enferma a la que encomienda prácticamente su alma, no presenta escrúpulos frente a sus necesidades y se nos dibuja bastante frío para acabar con cualquiera que se lo manden, es un enemigo en toda regla que al demostramos sus destrezas incentiva nuestra imaginación de lo que vendrá.

Otro personaje hace la caracterización cómica que requiere la obra. Shinkichi es más que todo un apostador en los dados que es como conoce a Zatoichi, es sobrino de Oume, la vieja dulce que asila al masajista. Con esto tenemos todo el escenario que asume el filme. La venganza de las geishas, Zatoichi dando la cara al despiadado clan, Hattori tomando algo de forma con sus andanzas a la par del heroico anciano samurái y los dos personajes emotivos. 

Hay como se aprecia parte de comedia y mucha acción, la trama viene a ser lo suficientemente funcional para permitir la aventura. Los desafíos corporales abundan, y además tiene algunas particularidades, como la ilusoria geisha que se aprecia superficialmente dejando algo nimio para la personal reflexión y que no llega a tomar la seriedad que requiere; y el cobro en el tiempo que hace Hattori con una afrenta de su pasado, ante un maestro de kobudo que lo humilló en una clase. Por ese lado tanto Hattori como Zatoichi hacen los méritos necesarios para augurar un desenlace mítico, ambos son magníficos samuráis y se asume que se desataran muchas chispas al aceptar el reto de eliminar uno al otro.  

Mientras como en el último nivel de un vídeojuego esperamos las mayores dificultades, en ese largo trance no escasean las batallas previas que hacen las delicias del público aficionado a las katanas y a las luchas explicitas que tienen un aspecto gore donde el despliegue visual y los movimientos son de grave espectáculo, siendo base principal de lo que se espera visionar y que el filme cumple ávidamente desbordando cuantiosa adrenalina. 

El final se embrolla un poco tratando de sorprendernos, tanto que hasta se descubre una mentira de Zatoichi que pasa sin pena ni gloria y a esa altura del desarrollo de la cinta la irrelevancia de una justificación es notoria, además tanto se prolonga la identidad de quien es el responsable central de las viejas matanzas de la familia Naruto que no llega a importar tampoco mucho, se hace poco llamativo el hallazgo y se fuerza por gusto porque no es algo que el producto halla dispuesto para generar expectativas, aunque ciertas formas puedan exigirlo.

Se cierra el filme mismo Bollywood, con una parte de tap dance en estilo japonés (usando sandalias de madera) y una broma insignificante. Lo cual es perdonable, porque no es una realización para nada mala, y hay que tomar en cuenta que su atmósfera es más de orden recreativo. Si buscas un filme donde brille por esencia la acción, el combate y el movimiento estarás en el espacio idóneo de la mano de un director que además tiene mucha singularidad y una bien ganada reputación.

miércoles, 10 de agosto de 2011

Dolls

El amor es un tema que atañe a todos los seres humanos, cada uno en su respectiva individualidad, estando dentro de lo indispensable para ser plenamente feliz, pero qué de la desventura que puede cernirse sobre ese invaluable sentimiento, a modo de fábula el realizador japonés Takeshi Kitano asume ese reto haciendo un homenaje, en la vena de la tragedia griega, bajo la clara visión nipona anclada a lo universal, al proponer tres historias con cierto aire fantástico, pero que no dejan de conmover por su entrega y pasión.

La trama central involucra a Sawako y Matsumoto, los llamados mendigos atados. Por culpa de la ruptura de su relación amorosa Sawako pierde la razón y enferma, arrepentido Matsumoto sacrifica su vida para acompañar a la mujer que ama. Juntos deambulan por las calles como dos autistas libres por el mundo. Otro relato lo conforman Hiro y Ryoko, el primero la abandona para hacer una carrera criminal en la Yakuza, luego muchos años después retoma lo que dejó en su última cita. El día que le dijo adiós ella prometió traerle comida al parque todas las tardes desarrollando la posibilidad de un futuro reencuentro. Parece una absurda penitencia pero la mujer cumple devotamente. Envejecido Hiro va en su búsqueda olvidando su propia seguridad. La tercera trama es un amor platónico, cuasi perfecto e impoluto, Nukui, es fanático de la cantante pop, Haruna Yamaguchi, ella sufre un accidente que la lleva a decidir que no quiere que nadie la vuelva a ver, para ello Nukui hará un acto de renuncia descabellado que aspira a la reunión con su venerada dama.

Esas son las vías de comunicación que se suman a una introducción que exhibe dos títeres que padecen bajo la temática de la película y que se emparentan con el viacrucis de Sawako y Matsumoto. Todo apunta a una realización pequeña y sencilla, pero podemos ver una belleza visual latente, un mensaje de valor abnegado y en general un uso artístico que enmarca las razones por la que rendirle culto al cine. Kitano hace poesía con la cámara, juega románticamente con sus mejores artificios cinematográficos, prolonga hábilmente sus simpáticas adversidades agregando una sensación de grave permutación que propone enaltecer el lugar del amor eludiendo los finales felices, llevando un tono que no apoca sus fundamentos ni cansa.

Resaltando lo singular el director utiliza muchos flashbacks aunque reducidos de tiempo, y una pesadilla que poco aporta realmente, la cual podría ser cualquier cosa ya que la chica está abstraída del entorno. Kitano se detiene en los paisajes brindando énfasis en la fotografía, hace múltiples tomas variopintas que destacan el recorrido junto con los personajes. Ralentiza sus cuentos, no tiene apremio por manejar desenlaces que terminan siendo endebles y hasta alguno previsible pero ya más que suficientemente narrados aún en su minimalismo y su economía argumental que no desmerecen el concepto intrínseco que es lo que importa más no su proyección física sino que se interiorizan y se adscriben a su emanación reflexiva, siendo una cualidad el proveer de mayor valía y drama a lo simple pero dándole un cariz de extravagancia y originalidad que a pesar de ello nos haga meditar en el sentimiento prioritario del amor, volviendo lo efímero perenne dejando en la atmósfera un aroma a melancolía contenida, a ilusión rota, a locura justificada que no desdibuje el sentimiento que se yergue orgulloso de su triunfo, porque no es un lamento, un castigo o un reproche como se puede llegar a comprender e incluso enfocar para analizarlo por esas vertientes sino una auscultación admirativa de una ofrenda sin límites que es lo que circunda el filme.

Hay que resaltar la virtud de Kitano de proveer un filme entretenido y en sus aristas completo sin demasiada complicación, algo que produce placer visual y que nos moviliza como robando esa esencia que asume y encara con seguridad en la franqueza de sus postulados abiertos a juzgarse. No hace falta la genialidad oculta sino vibra el talento en la llaneza de quien muestra, abriendo las puertas del arte a los espectadores para que realmente sientan la empatía sin subterfugios oscuros ni melodramáticos, sino despiertos y abiertos, sensibles y reales aún en lo inverosímil, porque el que no tiene sensibilidad no puede fabricar sueños que en la pureza en que fluyen se han de rescatar siendo indudable que en Kitano se asoma ese don que se muestra sin rodeos y que no nos ha de faltar a nosotros para compenetrarnos con el arte.