lunes, 15 de diciembre de 2025
Blue Moon
Richard Linklater hace un filme a su completo estilo, lo hace elevándolo incluso a la potencia. Es una propuesta donde se habla todo el tiempo. El protagonista lanza extensos monólogos durante todo el metraje. Habla sin parar, pero es seductor, manifiesta habilidad con la palabra, tiene muy buena dicción. Implica a un conversador inteligente, culto. Él es Lorenz Hart, un nombre que puede no sonarnos conocido a los que no somos norteamericanos, pero el filme nos dice que fue un pilar de los musicales del Broadway de comienzos del siglo XX, y maestro de unos de los compositores americanos más admirados y populares, Richard Rodgers, con quien formó una sociedad. Lorenz escribía las letras y Rodgers las musicalizaba. El filme de Linklater, con guion de Robert Kaplow, abre con Lorenz tambaleándose por un callejón ebrio a oscuras por la noche para caer muerto al suelo en plena lluvia. Tratamos con una película sentimental, como indica su título, Blue Moon (Luna triste), que remite a la canción más popular de Lorenz, la que habla de soñar con hallar a una persona especial en nuestras vidas. El relato basado en unas cartas reales entre Lorenz de 48 años y una jovencita universitaria de 20 se contextualiza en un conocido restaurante neoyorquino, Sardi´s, donde era habitual que celebraran los artistas participantes de Broadway, y que es famoso por sus paredes repletas de caricaturas profesionales sobre artistas del medio. Tras la introducción del final de Lorenz participamos de un día en particular cuando Lorenz dejaría de asociarse con Rodgers, que iniciaba una nueva sociedad para hacer musicales, con el compositor Oscar Hammerstein II. Ese día celebraban su primera participación conjunta. Lorenz mira lo que (le) sucede inmerso en un constante aislamiento que lo perseguía. Él menciona que era producto de su alcoholismo, que mermaba su trabajo como compositor. Su falta de orden y disciplina. Lorenz aunque buen conversador era un tipo en realidad solitario que vivía con su madre. Era alguien a quien se le dificultaban los afectos humanos. No tenía fácil empatía a pesar de las aparencias de siempre hallarse hablando o parecer muy sociable, sobre todo en el bar, como tanto norteamericano. En el fondo no lo conocían. Lorenz se miraba como un tipo más sofisticado que las letras que componía. El negocio del arte, como a todos con los que quería hacer dinero, te hacia más comercial, más masivo, más popular, más simple y más accesible. Rehuía a esa intelectualidad que Lorenz poseía, aun ostentando un humor distintivo. Lorenz estaba lleno de ideas que le costaban poner en práctica ante el dominio de lo popular y el éxito de obras de espíritu superficial. Rodgers, un elegante Andrew Scott mediante un personaje con facilidad para enamorar a grandes audiencias, es amable con Lorenz. Le agradece el desarrollo de su carrera. Lo considera un factor importante en el prestigio del Broadway del siglo XX. Le reconoce maestría. Le dice que seguirán trabajando juntos. Hablan de nuevos proyectos. Hammerstein también se le acerca a Lorenz y le demuestra admiración. Lo llena de elogios. Lorenz es generoso y humilde con los compañeros, aunque puede bromear criticando a otros, pero él ironiza mucho todo el tiempo, incluso su situación. Así es más fácil con los demás, dar a ver no dar importancia a los golpes de la existencia, aunque el patetismo de Lorenz en el relato es grande, a ratos un poco obsceno. Es un filme triste y sentimental. Muestra muchas deficiencias de Lorenz. Lo dejan de lado sutilmente. En cierta manera es la historia de personajes anónimos chancados existencialmente. Lorenz es irónico en extremo que hasta poetiza su cierta impotencia proponiendo una declaración existencial a su favor. A Lorenz se le define como un homosexual cansado, con 48 años pesados. Por ello no extraña que quiera sucumbir a las convenciones sociales, hasta así querer mejorar su figura profesional, sobre todo para la época donde ni siquiera se podía decir públicamente su verdadera orientación sexual, cosa que Lorenz en confianza y frescura –atípica a los años 40s- lo repite mil veces, como al barman que hace Bobby Cannavale, eficaz en su sencillez y amistad cómplice, que era lo que profesaba Lorenz, parafraseando Casablanca (1942), que uno se ampare en la amistad más que en el amor, así como en el trato amable y no en las pasiones. De ésta manera pretende enamorar a una universitaria veinteañera aspirante a artista (Margaret Qualley haciendo de chica dulce con 31 años), que no le corresponde y se lo dice directamente en el cuarto para guardar ropa, inmersa en un halo de exacerbada sensibilidad (bajo la expresividad facial apenada de Qualley, en un filme a los que no le faltan éstas expresiones, así como momentos de asilamiento, que es la verdadera trama del filme), a la que se le trata de exhibir como una buena persona, auténtica, incluso lenta al caer a consciencia en amores tóxicos, pero ni así. Elizabeth (Qualley) sólo siente estima y admiración intelectual por Lorenz. Hasta le manifiesta que su madre le ha dicho que parece que es homosexual. Ésta conversación intima entre ellos nada en el cliché del mejor amigo gay. Durante todo ese momento se exhibe bastante patetismo forzando una orientación heterosexual en Lorenz. La conversación no parece tampoco digna del intelecto de Lorenz. A Elizabeth se le da más protagonismo del que aguanta su personaje, cuando se le percibe por fuera de las intenciones formales del relato o la abundante palabrería poética de Lorenz sobre su persona (sólo daba para algo abstracto). A Elizabeth se le percibe, en persona, superficial, banal, anodina, en realidad, cuando Lorenz plantea otra cosa dentro de sus prodigiosas palabras, por más inteligente que se le pretenda en el a ratos exagerado patetismo y sentimentalismo del guion, dentro de un oasis de inocencia y extrema bondad (si tomamos en serio al Lorenz heterosexual, ¿acaso mujeres bellísimas no se meten con hombres poco agraciados por querer alcanzar el éxito profesional?, ¿o eran épocas más altruistas e idealistas?). Lorenz Hart me recuerda un poco a Toulouse Lautrec, un artista de baja estatura, alcohólico, propenso a las prostitutas ante sus deficiencias de interrelación afectiva, un tipo intelectualmente interesante y el que murió joven. Ethan Hawke interpreta a Lorenz Hart, con 55 años de edad. Se transforma –cosa que le gusta y premia Hollywood, aun emparentado con rendir culto a la belleza y la atracción que ejerce- en alguien poco agraciado físicamente y con un aire a perdedor –lo que tiene un público masivo cautivo-. Lorenz se muestra extrovertido. Reta a la inseguridad mediante la palabra inteligente. Exhibe gracia. Sostiene sin problemas conversaciones audaces. Éste filme es en mucho un homenaje a la seducción de las palabras, al amor y elogio hacia ellas. Al poder que ejercen y que reinvindican al protagonista.
miércoles, 26 de noviembre de 2025
Nouvelle Vague
Ésta película tiene bastante verborrea, se habla mucho, hay mucha información, mucha cita erudita expuesta casualmente, como bien se dice. Se hace un poco abrumador si prestamos atención a todo lo que se habla, pero así es Richard Linklater desde siempre, le gusta hablar bastante. Quién no lo va a reconocer inmerso en su trilogía de Antes del amanecer. Es interesante mucho de lo que se dice, pero te sobresatura también, como si usaras un aparato tecnológico y no supieras escoger. Es una película chiquita a pesar de todo, una película que se podría categorizar de austera, si bien muy profesional, muy competente, está hecha al estilo del cine que entretiene, que no es difícil de sobrellevar, aunque con tanta verborrea se vuelve un poco molesta, te mantiene un poco tenso. Si eres del espectador que mira de manera muy relajada, sin darle mucha importancia a lo que ves, pasa desapercibida ésta sobresaturación y lo que la hace un poco fuera del canon hollywodeense, pero también se nota más un defecto que una virtud. Más allá de esto es interesante saber cosas sobre como se hizo la película debut de Godard, Breathless (1960). Se dice mucho de él. La idea es expurgar mucho de lo que se sabe. A ratos Linklater parece Tarantino hablando como loco. Se nota también que Linklater es cinéfilo, como el mencionado Tarantino. Ésta película parece notoriamente la película de un cinéfilo, pero con atributos cinematográficos. Linklater se nota que sabe muy bien lo que hace, aunque en un diálogo minimiza su propio talento y en general da más cabida a ser intrépido, valiente, o tratar de salir de apuros que al regalo del don, de la virtuosidad. Linklater admira a Godard como cinéfilo que es, como cualquiera, aun no pensando igual que él en todo, como la gente que piensa por sí misma. En la película se puede ver sutilmente algunos puntos disimiles con su cine e ideas. Linklater se nota un tipo con personalidad, sin duda sabe su valor, es un buen cineasta. A veces en general puede ser imperfecto, como todos, pero es alguien talentoso, con ya bastante agua bajo el río, mucha experiencia, y sus buenas obras. Linklater llama genio a Godard, pero se permite bromear con su exageración, con su exceso de poética, con su revolución constante, con su querer ser distinto, con sus desmedidas ganas de dejar una marca, con querer ser original a toda costa, con su autosobreestimación juvenil, con su legado postmortem, con toda esa pasión de quien está cumpliendo sus sueños. Esto hace que Godard se vea más humano, más real, lo cual es una virtud del filme, la naturalidad, la cierta normalidad. Aquí no hay gente de otro planeta, sino seres humanos. Se nota también inteligente que el filme muestre las cosas prácticas, mostrando que ser genio es un trabajo, no algo hiperbolizado, inalcanzable, o irreal, fantasioso. Godard es intrépido, como quien da a ver que puede con todo, no obstante se nota que no controla todo en realidad. Linklater lo minimiza para bien, sus logros se vuelven tangibles, concretos, y así más contundentes, porque son más lógicos, más humanos. La mítica nace potente en ver como se hace, en el detalle, en la aparente simplicidad visual del detrás de cámaras y hasta lo que parece todo lo contrario a la trascendencia. En no convertirlo en un Dios a secas. El humor que se imprime en Godard, lo vuelve más simpático para una gran audiencia, porque de por si se nota narcisista como personaje, en sus maneras, en sus anhelos, en un aire a intelectualoide. Linklater lo hace de carne y hueso, y a todo el grupo, donde brilla el talento. Godard tiene un aspecto como encasillado físicamente, interpretado por el debutante Guillaume Marbeck que tampoco lo hace mal, con sus lentes de sol y fumando todo el tiempo, como quien lo quiere hacer ver cool, y se nota al cinéfilo Linklater ahí y quien ama a su propia profesión. Godard está lleno de ocurrencias, que puede verse alguien repleto de caprichos o cosas inmaduras, como tanto dolor de cabeza para la maquillista, y sobre todo para el productor Georges de Beauregard con quien se define muy bien el uso y el anhelo del dinero, y algo hay de verdad en tanta libertad (se dice que no es tan fácil vencer tantas reticencias, en varios sentidos, para lograr manifestarla, cosa con la que Godard siempre luchó, busco su total autenticidad y es de respetarse, triunfo como resumen, incluso autosabotiándose en varias oportunidades de cierta manera, reinventándose para bien y para mal tantas veces), pero también ahí yace su genialidad, su excepcionalidad, en ser un tipo lleno de ideas propias, lleno de creatividad (aunque también se le señala que hurtaba), de montón de motivaciones. Es una película que se centra en Jean Luc Godard, pero como reza el título habla de todo el movimiento de la nouvelle vague, de donde Linklater hace desfilar a todo el mundo con muy buena mano a través de la producción debut de Godard, muchos expuestos con brevedad pero logrados, donde emociona ver sus nombres en pantalla. Se le compara con Truffaut y Chabrol, de los que se anuncia su consabida propia genialidad, por entonces más celebrada que Godard, quien irá a superarlos, cosa seria. Destacan en pantalla el asistente de dirección Pierre Rissient y el camarógrafo Raoul Coutard. En particular se le da bastante pantalla a Jean Seberg (Zoey Deutch) de quien se ve varias facetas, algunas simpáticas, algunas menos, sobre todo al inicio, hasta evolucionar en una mejor versión. Se le propone alguien interesante en el relato, que aporta matices y momentos diversos. Incluso quien hace de su marido luce importante para ésta narrativa, Francois Moreuil. Linklater sabe retratar a la juventud, como hemos visto en sus películas y de cierta manera así acomete el filme presente. Genera ratos brillantes con la representación de Rossellini, Melville y Bresson, directores que Godard admiraba y con quienes compartió amistad. Seberg pasa de deslumbrar a Godard y a todo el mundo con Bonjour tristesse (1958) y mencionar ochenta mil veces a Otto Preminger, cuando empezaba su carrera, a ser nombrada À bout de souffle como la película más icónica de su filmografía y por ésta obra como máxima musa de la nouvelle vague. Así mismo está bastante bien Jean Paul Belmondo y su aporte al conjunto. Hay mucho debutante y nombre poco reconocible, pero Linklater contiene un grupo que se sostiene solvente.