Sam Raimi
vuelve a sus orígenes, a sus mejores películas, a su humor negro. Aunque es en
mucho un thriller (aventura, acción), también una comedia de terror como sus
magníficas Evil Dead I (1981) y II (1987) o la estupenda Drag me to the hell
(2009), mostrando menos notoriedad a ese respecto. La película empieza con una
mujer llamada Linda (Rachel McAdams con 47 años de edad) que es de esas
personas que no son populares, es una solitaria, que tiene digamos poca
presencia física y social, trabajando en ello en el descuido higiénico y en lo
antisensual con la naturalmente bella McAdams, pero sin requerir de ningún
efecto en especial o muy elaborado, y es creíble así, sin forzar demasiado
nada. Ella es empleada de una empresa donde espera ser promovida a un alto
cargo, pero suelen pasar de ella, y así justamente pasa cuando el hijo del
dueño hereda la empresa y Linda le termina desagradando, producto de que él es
el opuesto, un tipo llamémosle popular, agraciado, muy social y además
superficial. Éste jefe, Bradley Preston (Dylan O'Brien con 34 años de edad, que
lo hace muy bien, poniendo muchas caras humorísticas bastante solventes),
humilla abiertamente a Linda. Así queda el panorama, entre el hombre popular y
la mujer marginal dentro del mismo trabajo, jefe y empleado, aun cuando Linda
es muy capaz intelectualmente en lo suyo, merece el ascenso, sin embargo no lo
obtiene. Éste es el arranque del contexto por el que se moverá toda la
película. Surge un viaje en avión y ambos terminan de únicos sobrevivientes del
accidente aéreo, varados en una isla en Tailandia. El filme tiene mucho gore
brutal, como cuando Linda mata un jabalí o cuando mueren los demás pasajeros
del avión. La película se parece un poco a Misery (1990), con la pierna rota y
Linda haciendo de enfermera, o con cierta atracción perdonavidas. Hasta de lo
que parece imposible. Hay un querer enamorarse. El filme coquetea un
poco con ello o con la "improbable" amistad clásica de la buddy
movie. No obstante Raimi resulta más perverso. Linda cuenta una historia
macabra de su pasado y la película recorre un poco ello, salta a poner a la
protagonista en un rol oscuro, si bien Bradley se mantiene dentro del cinismo y
su posición privilegiada, de superioridad, cosa que termina dando nuevas
oportunidades a Linda de quedar mejor, aun cuando llega a mostrar maldad por
querer ser aceptada, como quien a ese respecto puede llegar a ser capaz de
cualquier cosa. La palabra asesinato resonará en el ambiente sintiéndose una
insoldable culpa, algo difícil de manejar, si bien parece ser una lucha por
ganar un extraño respeto/afecto, aunque bastante recriminable, en donde entra a
tallar, más que una mirada social, la libertad de estar dentro de una comedia
de terror y tener a dos perros de pelea enfrentados, con uno aprendiendo a
defenderse, cosa que funciona en ella al conocer profundamente los programas
sobre sobrevivencia física, situación que sucede en la isla, incluso a través
de Bradley que quiere deshacerse de ella hasta físicamente, cuando Linda se
aferra a él, al que parece el amor imposible, donde yace la irreverencia, lo
políticamente incorrecto, del filme. En general luce una película imperfecta,
pero atractiva aun así. El momento de querer amputarle un miembro no queda del
todo bien. Tenemos escenas de humor que resultan simplonas, aunque pretenden
audacia. Se exhibe una burla que a ratos funciona y a otros no, a raíz de
cambiar los papeles, cuando Bradley muestra su inutilidad de niño rico frente a
la chica rústica que plantea manejarlo. Cuando Bradley se lanza al mar con su
bote improvisado se siente como un cartoon y tiene gracia. El filme ostenta sus momentos divertidos, por otra parte. Hay, así mismo, momentos sensibles a lo
comedia romántica, pero dentro de una obra de antihéroes, lo que la hace una propuesta más
curiosa. La música de Blondi, one way or another, sirve para ironizar la
situación, lo macabro, con un toque feminista, como es la idea de la canción en
si misma. Más una cierta perversidad aprendida. Aunque en parte inocente, no obstante hablamos de corrupción. Como quien expresa que para ser cool se necesita de un
poco de maldad que no picardía, aunque todo aguantado por el humor negro.
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domingo, 5 de abril de 2026
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viernes, 12 de febrero de 2016
Spotlight
Película nominada a 6 premios Oscar que trata la denuncia basada en hechos reales de una
gran cantidad de sacerdotes pedófilos en Boston, hablando de un 6% del total, de entre
70 y 90 curas corruptos en un solo estado de EE.UU., desde el ejercicio detallado
de una investigación periodística donde se destaca la profesión de periodista
en la laboriosidad de sacar a la luz un daño social y humano donde implica
desnudar un sistema, el encubrimiento, la impunidad y/o la negociación sin
consecuencias con las víctimas, de parte de la iglesia católica y gracias a
abogados interesados económicamente y serviles a la institución y a su necesidad en la ciudad, contra niños pequeños o chiquillos, indefensos,
engañados por su fe familiar, inocencia, el poder social en la comunidad, y por
el respeto a Dios, salidos por lo general de hogares destruidos, con lo que era
más fácil ejercer el abuso, aludiendo casi a cualquier niño(a), como indica el
caso del cura y entrenador del equipo de Hockey del respetado colegio en el
cual estudió uno de los protagonistas de la investigación, como aquella
preocupación que dibuja el filme al ver niños cerca de una casa de tratamiento psicológico
de curas pedófilos o jugando próximos a la inadvertida vivienda de algún sacerdote
pederasta, tal cual la indignación del investigador del caso Mike Rezendes (Mark
Ruffalo) que es el que se muestra más intenso y emotivo del grupo de Spotlight,
una unidad de investigación formada por cuatro integrantes del diario Boston
Globe, completados con Sacha Pfeiffer (Rachel
McAdams), Matt Carroll (Brian d'Arcy James) y el editor del equipo que
interpreta Michael Keaton conocido como Robby, quienes le reportan a Ben
Bradlee Jr. (John Slattery) y al nuevo editor en jefe del periódico, Marty
Baron (Liev Schreiber), que es el "foráneo", no nacido ni criado en Boston como
los demás, un famoso periodista que viene a crear una cierta revolución en el
diario.
El filme tiene una narrativa que no busca el sobresalto ni
el drama sentido, escogiendo no ser demasiado visceral o sólo en muy pocos
momentos, sobre todo en la breve escena en el balcón en casa de Sacha (en el mayor
lucimiento de Mark Ruffalo, aparte de su sostenido cierto cariz juvenil, medio
torpe, bastante casual, al que vemos ordinario, igual al correr de George
Clooney en Los descendientes, 2011), o en el arrebato de la sala de redacción
ante el anhelo de ya ir tras el cardenal Bernard Law, el encubridor, el “descuidado”,
que tiene tal tranquilidad que luce inquietante, idóneo en el actor Len Cariou,
perfecto en aquel regalo del catecismo (todos los caminos conducen a la iglesia
o ésta los guía, nos expresa con una amable sonrisa y mucha paciencia y
docilidad), porque la iglesia actúa salvaguardando su imagen, aunque
deshonrosamente. Sin embargo no es ninguna extraña conspiración asesina ni por
el estilo, simplemente trata de liberarse de cualquier señalamiento negativo,
del daño público, y hasta en eso el director Tom McCarthy se permite bromear ya
que su filme es muy coherente y realista, de lo que muchos pueden sentir que le
falta a la película ese toque fabulador típico, pero prima plasmar una
investigación seria, aunque entretenida también, a su elección, y es la treta
legal, el amiguismo, la devoción a la institución, el artefacto enemigo a desenmascarar.
Los protagonistas son los periodistas, los que se emocionan
y padecen, temen, se enojan, lucen osados, audaces, firmes, laboriosos, apurados,
frustrados, sufren el caso, el teatro es todo suyo, aunque también exudan mucha
calma, como que están sólo cumpliendo un trabajo (bastante identificable en
como actúa y piensa Marty Baron), aun con vínculos en todos los Spotlight, la
abuela que va 3 veces a la iglesia o la esperanza de un retorno a la fe.
Los casos específicos no se exhiben brutales, la
pedofilia se siente en otro lugar, de otra manera, si se quiere, en el trabajo
racional (fuera de enojos, preocupaciones o cierta identificación de los
periodistas), en entender la denuncia, la de la gran cantidad y lo sistemático (incluso
se le llega a pedir a una víctima que sea precisa, faltando, más allá de lo evidente, una mejor expresividad),
donde en ese lugar tiene presencias poco potentes, una artificiosa –ese brazo agujereado- y la otra que adolece de cierta corrección política –una primera mala experiencia sexual-,
aludiendo al trauma que desencadena la auto-destrucción de lo que más
bien sigue la línea de desmenuzar la investigación, en cómo llegan a empalmarla, resolverla,
solventarla, tratarla y llevarla al público el grupo de Spotlight a través de
mucho tiempo, habiendo varios mea culpas de por medio, y hasta ambigüedad moral,
ratos donde cumplir con tu trabajo y rendirle culto a la iglesia pesó/pesa
tanto. En ello el filme es notablemente humano, eludiendo maniqueísmo y figuras
fáciles.
La propuesta parte de un interrogatorio a un reincidente cura pedófilo
en un arranque oscuro y burocrático, a un pequeño artículo que pasa en gran
parte desapercibido. Parte de una fuente como el abogado que ejerce unas 80 demandas
a la iglesia, Mitchell Garabedian (un sobresaliente Stanley Tucci), que tiene un aire extraño,
aparentemente discutible, a ese otro punto central de denuncia, Phil Saviano
(Neal Huff), activista y sobreviviente de abuso, habiendo sutileza en la idea de
la desestimación de sus colaboraciones, viendo que años atrás fue eso lo que
justamente ocurrió, hasta el in crescendo con el descubrimiento cada vez mayor del número de curas corruptos, por lo tanto más víctimas, llegando a esos teléfonos repiqueteando
incesantes, y a esa lista de estados y países con el mismo problema, el de no
solo unas cuantas manzanas podridas.
viernes, 19 de abril de 2013
To the wonder
El 2011 la palma de oro fue para el árbol de la vida, la
anterior película de Terrence Malick y con ella vino la emoción para con su
cine, ya antes elogiado en La delgada línea roja (1998), ganadora del oso de
oro de la Berlinale, y que venía de ser un autor de culto por sus dos primeros
filmes, Malas tierras (1973) y Días de cielo (1978), como a su vez habría un
grupo en rechazo de su filosofía y su forma de expresión.
Un misticismo tan fuerte, que se despliega a otros factores
de la existencia, no podía causar la unanimidad, sino más bien resultaba una molestia
para cierto público ya que el mundo actualmente vive una cuota de alejamiento religioso,
en una contemporaneidad más terrenal y menos consciente de su espiritualidad,
en su condición de como dice este nuevo filme, del amor que nos ama. Sin
embargo el autor americano se da fiel a sí mismo, siendo valiente, presentando
sus más íntimos pensamientos, su fe y su ideología del amor, como un creador en
toda magnitud. No solo de forma que respalda su anterior trabajo sino que lo
define mucho más, lo muestra más claro. Con la intervención del padre Quintana
(en un inconmensurable Javier Bardem que solo le bastan unos gestos para asumir
por completo su personaje), un cura católico que quiere creer y vive entregado
y honestamente dentro de ello pero que se hace muchas preguntas. El que anhela “ver”,
sentir y experimentar la verdad de su dogma. Y aunque su porcentaje en el
conjunto no es mucho se hace sentir en toda la trama, si es que en realidad la
tiene, ya que Malick evita el camino convencional y nos crea un cuadro que es
más una figura mental que una historia lineal, y en ella nos hace meditar sobre
asuntos que nos conciernen a todos los seres humanos, temas muy próximos a nosotros, ya que se trata de la formación de
nuestras relaciones con los demás, con los que amamos, con el planeta y con uno
mismo en esa identidad.
La película recurre a la poética y a la solemnidad de la voz
en off más que de diálogos que casi no hay (en lo que son pensamientos
esenciales de los protagonistas), sus imágenes provienen de una dominante
formación de múltiples tomas cortas muy bien editadas, a movimientos de cámara
especiales -rotatorios o que salen de algún atípico ángulo- en los lugares
claves que dan la sensación de como estipula el título, de algo maravilloso, de
un goce o una intensa experimentación (como frente a la belleza del Monte
Saint-Michel), a mostrar a los actores
en paisajes o en medio de escenarios naturales, se ha escogido el campo, el
estado de Oklahoma en algún pueblito tranquilo y sin nada realmente llamativo,
en donde se exhibe la espontaneidad, transparencia y vitalidad que se requiere
en el sentimiento de su caracteres, un reto de interpretación en donde se nota mucho
que la última palabra es la del director que a ratos parece hacerles un test de
compenetración con sus roles, en que vemos a un Ben Affleck dominado por el
control de Malick (a veces descolocado como aun en el esfuerzo y seguridad luce
McAdams en la exigencia de los bisontes, o en el inicio se le sigue pero se escurre
la cámara de su rostro), reducido a una pieza en ejecución en que su nombre
sirve de atracción para el público pero se rige al predominante conjunto
creativo, mientras una Olga Kurylenko nos trasmite bastante con su cuerpo y con
un ánimo creíble (en sí las dos damas centrales están magníficas para manifestar
enamoramiento y felicidad en ello), con su danza y juego continuo (yo diría que
se repite esto más de la cuenta, el baile), con su pasión, con su ternura, con
su desnudez más interior que literal, con sus desilusiones, con sus desgastes
afectivos, con su introspección en derredor de su relación, bajo una figura común
ya que aun ostentando belleza refleja mucha normalidad, que permite amalgamarse
a Affleck (a pesar de ser mucho más pasivo argumentalmente) que es en parte tieso
o contenido sin caer tampoco en la inexpresividad que le atribuyen por
costumbre, pero que se ajusta al tipo requerido (idóneo para él), el que no refleja
tanto pero que instiga hacia la nobleza calmada, promedio a más, y puede verse
cariñoso en una seriedad moderada, ya que también busca ser un hombre afín a
muchos.
La historia puede ser mucho de autor, muy elaborada en su
forma y en lo que pretende argumentar pero vista con ojos pacientes y observadores
se le concibe adjudicar de historia fácil de identificar, de sobrellevar y
entender porque su temática ineludiblemente nos concierne demasiado, ya que se
remite a dos puntos, la fe y el amor. Dice una línea muy significativa, el amor
es un deber, y aunque respeta el filme que el ser humano es cambiante y natural
en sus sentimientos, tan difíciles de quitarle imprevisibilidad, nos induce
a poner de nuestra parte, a luchar por
lo que creemos y sentimos, a sacrificarnos (como en esa libertad que nos
refiere la amiga pero que también puede existir dentro de un vínculo y sus
parámetros), a replantearnos el camino, a poder evolucionar y adaptarnos sin
perder algo amado, indagando y entregando de nosotros. Nos quiere decir que el
amor es intrínseco al ser humano pero no es fácil (sí, lo sabemos, pero entonces
deberíamos procesarlo y ponerlo en práctica mejor), sea hacia Dios o -en otro
sentido pero con semejanzas- a una mujer/hombre especial (en un momento la
protagonista no llega a comprender su repentino estado de disgusto con su
pareja y hasta concreta una traición, momento que más que una audacia que no lo
es en cuanto a la imaginación del director, sirve para ver que todo se deteriora
por más bueno que sea, o se pone en duda, se erra digámoslo a grosso modo en
todas las vertientes que suscita). Como esa mujer que viene del pasado, en la
interpretación de esa bella rubia de cautivante sonrisa, Rachel McAdams que en
un culmen exhala que su amor se ha convertido en nada (así es nuestro libre
albedrio), en solo lujuria, placer.
Vivimos retroalimentándonos, en un inevitable presente al
que hay que exigirle mucho más, como en esas inquietudes trascendentales que “mortifican”
a los protagonistas. Con este séptimo arte que pasa que es puro cine aun en sus
particularidades, que vive para y por las imágenes y que nos habla a través de ellas
en forma sumamente expresiva y bella como un remanso de desconciertos y alegrías,
que en su complejidad requieren pistas, ese discurrir con algunas frases de
corta extensión pero que son amplias en su evocación en una voz en off que
busca, enfrenta, interpreta y se maravilla con el mundo. En la escalera, el reflejo
iluminador del sol y las manos entrecruzadas (escenario simbólico que define
todo el filme.)
lunes, 12 de septiembre de 2011
Medianoche en Paris
En abierto homenaje a la ciudad de la luz, Woody Allen vuelve con una película que hace uso de la nostalgia pero que yace con el claro mensaje de aprovechar más nuestro presente y dejar de añorar otras épocas aludiendo mejores tiempos porque es natural que el ser humano se sienta descontento con su propia realidad, por ello revitaliza nuestra visión contemporánea tras viajar hacia el pasado en la que sería la era dorada del arte para nuestro personaje principal.
En ese retorno al pretérito francés, Gil, el actor cómico Owen Wilson, a punto de casarse se halla en medio del que sería su lugar idealizado encontrando que es su espacio de regocijo emocional, mientras trata de escribir una novela en una trasformación vertiginosa que aspira a una realización vocacional y existencial, queriendo dejar su vida como guionista destacado de Hollywood. Su novia Inez, Rachel McAdams, frívola y segura de sí, tan solo espera volver a su patria y a su acomodada existencia placentera, a contraposición de su pareja.
De regreso a los años veinte en el París de la bohemia, de la erudición y de la exaltación estética, conocerá a personajes célebres como Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Gertrude Stein, Pablo Picasso, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Henry Matisse entre otros, cada uno caricaturizados de alguna manera en sus rasgos más típicos y exaltados, con un toque sencillo y bastante funcional que ha quedado correcto para el uso de ésta comedia que no se equivoca en su forma de recrearlos porque los aborda con soltura, sin complicaciones y con bastante practicidad que bajo la admiración de Gil recobran su icónico lugar a la misma vez que el director los toma sin miramientos tan delicados sino los asume con insolencia y convicción brindando caracteres más cercanos. En esa disposición a unos los encumbra y a otros los humaniza destacando sus manías y vanidades.
En la historia Gil pierde un poco la cabeza por Adriana, Marion Cotillard, una dama liberal que es la amante de varios personajes famosos, con ella trata de hallarse con la escurridiza felicidad encontrándose confundido con respecto a su panorama actual. En el reparto como no puede faltar, yace un tipo culto pero sumamente pedante de nombre Paul, Michael Sheen, que sirve para ver que la futura esposa de Gil lo minimiza frente a él, en un notorio rasgo de vilipendio de su situación que lo empuja en búsqueda de cambios. Justificaciones que a través del metraje se entienden perfectamente.
La cinta es muy entretenida con esos viajes de ensueño a donde yace la pasión de Gil exhibidos con una naturalidad y aclimatación que es digna de encomio, y aunque el relato no posee realmente demasiadas complicaciones no deja de ser una propuesta saludable y reconfortante, de catadura sutil y lucida, muy moderna aún mostrándose bajo un espejismo clásico. Owen Wilson sorprendentemente no desentona sino más bien contenido pasea su simpatía por la pantalla, para ello Allen le ha provisto de una cotidianidad y simplicidad que no está peleada con el intelecto, tampoco ha recurrido a los nacionalismos americanos y en cambio ha mostrado una cercanía por apreciar una cultura distinta a la suya desde la inclusión propia del llamado ciudadano del mundo.
Al final las lecciones llegan sin bombos ni platillos, muy acordes con el tono del filme, se resuelve con lógica pero sin dar mayores soluciones. Es que la respuesta a la pregunta ¿cómo hallar la dicha en un mundo proclive a nuestra insatisfacción?, es un asunto personal y aunque la cinta permite identificarnos con Gil no es cuestión tan prepotente de resolver, sino más como se presenta sin ínfulas caminando bajo la lluvia con alguien que valore nuestro amor sin restricciones, con ternura, tranquilidad y comprensión, abiertos a comunicar y recibir afectos, a compartir un espacio territorial que engloba tantas posibilidades, aficiones, pensamientos, música, arte, una ruta de a dos individuos compenetrados dirigidos en un destino común por encima de las obligaciones económicas y las necesidades superficiales.
Al final las lecciones llegan sin bombos ni platillos, muy acordes con el tono del filme, se resuelve con lógica pero sin dar mayores soluciones. Es que la respuesta a la pregunta ¿cómo hallar la dicha en un mundo proclive a nuestra insatisfacción?, es un asunto personal y aunque la cinta permite identificarnos con Gil no es cuestión tan prepotente de resolver, sino más como se presenta sin ínfulas caminando bajo la lluvia con alguien que valore nuestro amor sin restricciones, con ternura, tranquilidad y comprensión, abiertos a comunicar y recibir afectos, a compartir un espacio territorial que engloba tantas posibilidades, aficiones, pensamientos, música, arte, una ruta de a dos individuos compenetrados dirigidos en un destino común por encima de las obligaciones económicas y las necesidades superficiales.
Allen ha hecho un filme austero, amplio, recurriendo a su técnica y experiencia en hábil dominio que se resalta por quien tiene ya oficio pero sin manifestarse insípido, irregular o efectista sino facilitando un diálogo cinematográfico con toques muy humanos y sin dramas de por medio sino bajo otro género que no teme ser serio en el fondo con otros matices estructurales, dando un toque universal en manos de lo occidental, el individuo descubriendo lo que realmente quiere, aspirando al sentimiento y a la voluntad.
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