Dirigida por la mexicana Yulene Olaizola, escrita junto a su compatriota Rubén Imaz. Nos ubica a comienzos del siglo XX en la selva maya, entre Belice y México, con gente que extraía goma de mascar. Un grupo de hombres halla a una mujer de Belice, una hermosa morena llamada Agnes (Indira Rubie Andrewin) que escapa de la tiranía de un matrimonio concertado con un ricachón gángster inglés. Éste la persigue para matarla, mientras todos caen poseídos por el espíritu de un demonio de la naturaleza salvaje metido en el cuerpo erótico y anhelado de una mujer en medio de muchos hombres. El filme mezcla aventura con cine de terror, va a medias según el ojo con que se mire. En un momento un hombre trepa un árbol y cae helado de golpe, se ve que algo se mueve en la cúspide de la vegetación, a lo Depredador (1987). Junto a momentos místicos y oscuros como éste vemos que los hombres se matan entre sí por el contrabando, la traición, la ambición, el poder y también por estar en el momento equivocado. Agnes camina en silencio medio como una zombie pero de fuerte atractivo sexual, su cuerpo ya no le pertenece, y en esa ruina y esa violencia y brutalidad, sumergida en el primitivismo masculino, vemos que el karma empieza a hacer su jugada macabra. Esto, desde luego, es interesante y entretenido, aunque el filme a ratos se resuelve demasiado simple. No obstante ésta propuesta vence cierto estado de deja vu y tiene gancho, logra ser atractiva en sí. La mujer yace entre criminales en potencia, la selva es un lugar para romper toda regla. Pero la trama, a través de cierta justicia divina, hace que la pasividad e indefensión de la mujer se convierta en destino firmado, en muerte, al que no puede contener su perversidad ni su libido. El filme por ello es una buena opción de un cine folclórico, con su personalidad e identidad, con su mito, enmarcado en un cine de gloria comercial, de la mano de la aventura y el terror gracias a la selva. Agnes es como esa mujer que dicen las historias aparece sensual en la carretera para robarte el alma, con el exotismo de una morena de Belice -no obviar un notable fetichismo con sus zapatos blancos sucios por el barro-. Lo que aumenta atractivo a la propuesta es que de manera inteligente la película nos hará entender como ella se convertirá en esa trampa mortal, sembrando terror sutil, al tiempo de un eficiente cine de género.
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viernes, 18 de junio de 2021
viernes, 4 de marzo de 2016
Epitafio
En 1519, el capitán español Diego de Ordaz (Xabier Coronado) y dos
subalternos son enviados por el conquistador Hernán Cortes a subir hasta la
cumbre del volcán de Popocatépetl en busca de azufre para la pólvora de su
armamento y divisar el paso hacia la conquista de México. Esa es la premisa de
la que se valen para esta película los directores mexicanos Rubén Imaz y Yulene Olaizola (que
debutó por la puerta grande con el documental Intimidades de Shakespeare y Víctor Hugo, 2008), en que vemos la
decisión férrea casi demencial de una hazaña, como puede verse a la conquista
de América, en que el frío y la distancia parecen crear un caso perdido, sin
embargo Ordaz arenga a su equipo y les promete la gloria al final del camino, de
que la historia los iba a inmortalizar y la corona recompensar a sus familias y
descendencia, además de decirles que Dios y su fe los amparaba y que retroceder sería
perder lugar y respeto, verse débiles, frente a los nativos que los tenían por dioses.
En el trayecto vemos como el subalterno conocido como Gonzalo
de Monovar (Martín Román) muestra esa ambivalencia que surge de todo el reto
histórico y recuerda la brutalidad y los abusos propios de la conquista, y lo
designa por el mal, que luego es refutado por Ordaz y el dolor. Es en toda esa
subida y caminata lenta, frente a la inclemencia de la potente naturaleza que
estudiamos un poco el mito, otorgándole un cariz humano, pero considerándolo
extraordinario. Es una lectura sencilla, que trata una lucha simbólica, de cara
a las condiciones extremas y precarias del volcán, esencia del anhelo más
intenso de éxito e inmortalidad, de lo que se van dando varios diálogos que
dibujan el retrato de lo que significaba y fue la conquista, aquí más honor
(carta de memorias), pero también interés material (escudos familiares por
venir). En ese lugar anida una lectura buena onda, algo inocente, que puede
tildarse de muy respetuosa, no obstante asoma alguna pequeña crítica. Es mucho expuesto
desde la visión española, que la mexicana.
Epitafio es un filme de recursos mínimos, tras despedirse de
los pobladores de Huejotzingo, son tres hombres, tres conquistadores, contra la
subida del volcán, el imponente México, eso sería todo a grandes rasgos, con la
naturaleza al estilo de Fogo (2012, co-escrita por Imaz, y dirigida por
Olaizola) brillando por su gran protagonismo, su poderío y como el hombre trata
de resistirle, no rendirse ni abandonarle, y seguir adelante, habiendo fuerte
emotividad hacía el territorio. No es que sea un filme complejo, ni grande, le
falta mayor alcance argumental, pero está bien tratado, en cómo ir perpetrando
esa escalada, en como desfallecen (especialmente el soldado llamado Pedrito,
interpretado por Carlos Triviño) y siguen intentando, con alucinaciones de por
medio, o en aquel motor de motivación (y fuerte interpretación) que es Ordaz,
en plasmar una marca y legado propio, un ennoblecimiento, y la gloria para su
nación, la corona y la iglesia española.
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