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domingo, 5 de julio de 2015

La filmografía de Abderrahmane Sissako


El director mauritano Abderrahmane Sissako es uno de los nombres más famosos e internacionales del cine africano, que con Timbuktu ganó mucha más notoriedad en el mundo. Timbuktu compitió por la palma de oro en el festival de Cannes 2014, fue nominada a mejor película extranjera en los Oscars 2015 y se alzó éste último año con 7 premios César, el galardón de la Academia del Cine Francés.


Vida en la tierra/Life on earth (La vie sur terre, 1998) 
Éste es un filme de apenas una hora, que trata sobre la cotidianidad de la villa de Sokolo, una comuna rural en Mali, donde la gente pasea en bicicleta, usa ropas coloridas, hay mujeres con cantaros en la cabeza, niños jugando al fútbol, y hombres reunidos sentados a la puerta de sus casas de adobe escuchando la radio, una que informa sobre el año nuevo, el comienzo del nuevo milenio, el 2000, y, sobre todo, lo que ocurre en Europa. Todo muy austero, pero en feliz comunidad, aunque con el anhelo de cosas materiales. En Sokolo vemos pequeños lugares de encuentro, como tomarse una fotografía profesional en la calle por un humilde poblador o el uso de un único teléfono público que es el punto de apoyo, junto a la radio, de la modernidad que asoma en sus vidas sencillas y precarias. Sissako como en toda su filmografía rehúye en buena parte las formas y estructuras narrativas convencionales. Da la sensación de que no pretende la linealidad, sino más bien exhibe pequeños retratos unidos por algún punto en común, en éste caso, como reza el título, la vida de ésta pequeña villa, la humanidad africana en el planeta. Queda secundaria la actuación del propio Sissako, como quien retorna a su patria de Francia, y flirtea con una bella mujer negra que estimula las emociones, mientras se amolda sin problemas a la docilidad, simplicidad y suma sobriedad que reina en el lugar, a través de la belleza de lo autóctono, a pesar de las tantas carencias, de la austeridad rural, símbolo de todo el territorio.  


Esperando la felicidad (Heremakono, 2002) 
Es la ganadora del fipresci en el festival de Cannes 2002. Es una película muy libre de ataduras formales ortodoxas, con historias tenues, pero cargadas de juego, poética y simbolismo. Hay dos líneas narrativas principales, una en la relación de un carismático niño y su protector, un viejo maestro electricista, la voz humilde, pero sabia del pueblo, que implica con la luz muchas ideas, donde un foco sirve de vasto simbolismo, nos habla de la vida, la muerte, el relevo generacional, la modernidad, el simple placer lúdico, el futuro, la esperanza. En ésta relación brilla la ternura y la madurez, dentro de un canto como de padre a hijo que trasciende a todo poblador joven de África. En la otra vía yace la soledad y la interculturalidad personal, donde Sissako parece hablar más de sí mismo, habiendo él estudiado cine en Rusia y tener gran influencia europea, lo cual jamás le quita la noción de crítica, como hacia el colonialismo, por mencionar algo. No me parece lo más logrado/original, pero sí que es interesante, porque es un tema que toca a muchos países multiculturales o con atracción hacia lo occidental desde rasgos culturales distintos. Abdallah es un joven guapo con una pequeña crisis de identidad, padece la dificultad de adaptación a su zona, Nouhadhibou, Mauritania, como en la (simbólica) subida de una loma de arena en que tira la toalla, y al rato un poblador la sube sin ningún problema. No obstante también baila en plena noche al son del ritmo nativo (la música autóctona e instrumental hace su presencia con una niña, además), le llama la sangre. Es un álter ego que gana finalmente hacia su país, aunque le espera un viaje a Europa y no habla el idioma local. Por último es curioso que en la escena final se vea una duna con un brote de hierba circular que parece el cuerpo desnudo, el pubis, de una mujer, en donde el niño protagonista parece introducirse, en la madre patria. Éste filme, en lo personal, me parece el mejor que ha hecho.


Bamako (2006) 
El título del filme es la capital de Mali. Ésta propuesta conjuga cotidianidad nativa, como que no pasa nada espectacular, con un juicio contra el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Tiene jueces, defensores y acusadores, en especial varios activistas africanos, que lo son en la vida real, por lo que los discursos recriminadores son bastante elocuentes, en lo que a uno le deja pensando que éste es un filme ideal en la auscultación de la idiosincrasia trascendental del territorio, como que también pudo adaptarse fácilmente a Latinoamérica, hubiera sido una gran idea, aunque ya corre mucho cine social y comprometido por nuestras venas. Todo en medio de un espacio precario y natural, en un patio, a puertas de la casa de una hermosa cantante de color y su marido desempleado. Vemos gente recogiendo agua de un caño público y colectivo, recién casados haciendo marcha alegre en la calle, conversaciones caseras, ocio distraído, algún enfermo necesitado, simple deambular, todos circunscritos a la radio y los altavoces que van comunicando el acalorado intercambio, el diálogo y juicio, a unos pobladores que hacen su vida llana, entre tranquilos y atentos, a una intelectualidad del pueblo que sufre los conflictos internos del país y de la realidad africana, la que revisita los abusos y la corrupción cometida contra ellos. Es un filme abiertamente político, honesto, combativo, valiente, pero a su vez entretenido, curioso, relajado, como con aquel western autóctono que se ve en el televisor, llamado Muerte en Timbuktu, que cuenta con la participación del actor afroamericano y productor del filme Danny Glover, y el director israelí Elia Suleiman.  


Timbuktu (2014)
Ésta es una propuesta que a diferencia de sus anteriores filmes no se muestra optimista ni vital predominantemente, en que se hace una crítica contundente al fundamentalismo islámico en África, que le sirve a todo el mundo que sufre su fanatismo y hasta violencia, como lo hace ver esa gran recepción en Francia, contándonos sobre un grupo musulmán radical, político y armado que quiere imponer su teología castrense a los pobladores de Timbuktu, Mali, de lo que observamos algunos terribles casos, siendo el principal el de un padre amoroso con su esposa y única hija, que viven libres y tranquilos al estilo natural, medio hippie, con música, mucho amor, con vacas y en un campamento en el desierto, cuando la zona se ha visto afectada por muertes y exilios, y ellos aún creen en sus país y se mantienen valientes en el territorio, pero por un accidente tienen que pagar con la ley tiránica que gobierna y sólo vela por sus intereses. Ésta culpa la vemos en todo apogeo, con castigos, abusos y prohibiciones (palabra favorita de éste régimen que se escuda contradictoriamente en Dios), en ello Sissako es bastante claro. Hay mucha dramatización y actualidad, habiendo un choque entre la vida feliz con el canto y lo familiar, y la demencial dictadura islámica radical que todo lo encuentra pecaminoso y restrictivo, en una ubicua y omnipotente Jihad, que se dedica a matar pobladores sin ningún cargo de consciencia, justificándose en sus propios términos. Vemos a una mujer siendo azotada públicamente y ella empieza a cantar su tristeza, en un bastión de libertad y de lucha pasiva, porque la comunidad simplemente sufre, padece de aquella fuerza brutal, una que en especial rebaja el derecho de la mujer. En otro momento se ve el apedreamiento y muerte de dos cuerpos enterrados en la arena con solo las cabezas descubiertas. Sissako es muy enfático en su mensaje, de lo que lo aleja de la obra de arte y lo pone más cerca de la denuncia, aunque logrando ser un filme competente, desde su estilo y temática, como en su desenlace, en el correr, gritar, llorar, querer huir del mal, acabar con el dolor, la locura y el maltrato. Es una propuesta que emociona porque toca una realidad muy reconocible, en la crueldad reinante de una implacable ideología, invocando poética.  

jueves, 9 de enero de 2014

La vida de Adèle

Introducción: La filmografía de Abdellatif Kechiche
Muchos creerán que el director tunecino Abdellatif Kechiche recién ha saltado a la notoriedad al ganar la tan ansiada palma de oro, en el último festival de Cannes, pero no es del todo exacto, anteriores propuestas suyas han obtenido altos reconocimientos, como La escurridiza, o cómo esquivar el amor (2003) que ganó mejor película, director, guión y actriz prometedora para Sara Forestier en los Premios César, los galardones de la Academia del Cine Francés, y además con ésta realización el premio especial del jurado en el Bafici del mismo año, el 2005. La escurridiza es una película que permite vislumbrar lo que más tarde será, aunque claro distinta al final, La vida de Adèle. En la Escurridiza una actuación escolar de una obra de Pierre de Marivaux, "Juegos de amor y fortuna", hace de un barrio árabe-francés de los extrarradios de París el calidoscopio de la búsqueda de amor de unos adolescentes. Estos muchachos pasan sus días peleando por sus relaciones afectivas, mezclando conflictos entre los muchos deseos y compañerismos. Es un filme ágil y relativamente corto a diferencia de otras obras de Kechiche quien suele llevarlas hasta cerca -o ahí mismo- de las tres horas de duración como pasa con los 179 minutos de Blue is the warmest color, el título en inglés, para La vie d'Adèle en el original.

La escurridiza tiene su encanto, se deja ver fácilmente, y sus actuaciones juveniles cumplen en conjunto, están muy bien, son fluidas, expresivas y naturales, salvo en el caso de Krimo que parece fastidiado con todo a su alrededor, lo que le da una mueca como de cansancio que no se le quita nunca, sin embargo su rol funciona y se presta para que brillen otros más dotados como la mencionada Sara Forestier, el objeto de deseo, junto a dos en especial, el mejor amigo que interpreta a un matón, sencillo pero directo al punto, efectivo, y la que me ha impresionado en particular de todos, la actriz Sabrina Ouazani que hace de la combativa y acelerada en su verbosidad cuando se molesta, Frida. Es un filme muy ameno, muy recomendable desde una sencillez bien explotada, con una metalingüística cinematográfica que oscila sin problemas entre la vida y lo ficticio, y se hace más grande. Sin sobredimensionarla, hay que verla.

Otra como Cuscús (2007) se ha atiborrado de reconocimientos el 2008 como nuevamente se hizo presente el premio César a mejor película, actriz prometedora para Hafsia Herzi, director y guion, al lado del fipresci en Los Premios del Cine Europeo, y ¡vaya! el festival de Venecia, que le dio el premio especial del jurado, el de mejor actriz a Herzi, el Signis y otra vez el fipresci. Este filme retrata como un viejo pescador originario del Maghreb  quiere poner un restaurante en un muelle francés, cosa que en tiempos duros, mucha competencia y por la burocracia gala no es cosa fácil. Para ello recurre a todos sus seres queridos, desde su ex esposa que es la que cocina delicioso un plato típico tunecino, el cuscús de pescado, que debería ser la fuente de su fortuna, y sus tantos hijos, a su actual pareja y su hija Rym (Hafsia Herzi), la que pone mucho empeño para ayudarle, como se ve en un baile de barriga muy exótico y sensual que denota no solo las raíces arábicas, sino mucha personalidad, y lo que a parte de su emotividad le valió tantos aplausos justos, teniendo una belleza de mujer común aún bajo su procedencia. La película muestra conflictos familiares en medio de la ilusión y (más) el trabajo duro por un sueño que es lo que se aborda largamente en el metraje, lo domina todo se podría decir y de ahí se desprenden ideas, el deseo de progreso, la unidad en la variedad, los orígenes y el contraste con la sociedad en que se vive. Hay que decir que se siente a ratos el ritmo y su extensión ya que pormenoriza mucho, va lenta, pero es una bella contextualización de la inmigración, específicamente la tunecina. 

Su anterior película fue Vénus noire (2010) que recuerda en parte a El hombre elefante (1980) pero sin el exacerbado dramatismo y el aclamado llanto, sin buscar tanta sensibilidad, con un tono más pegado a lo normal aun siendo algo especial, y pues con una cercanía al ridículo que logra manejarse. Puede que estemos ante alguien no tan distinto, pero que por un trasero descomunal y unos labios vaginales prominentes, el pertenecer a la etnia khoikhoi, y creerle el eslabón perdido de la humanidad entre el mono y el hombre, es sujeta a convertiste en una novedad de circo, a ser una razón de ambición de la investigación científica de la época, y a sufrir con la dificultad de sobrevivir como cualquiera, que sería su humanización y su dificultad de adaptación ya que es como un freak show, conocida como "la Venus Hotentote", y ella como dice quiere ser también bella.

Tiene una trama triste que no recurre a esa sobreexplotación, lo cual es elogiable, y eso la hace una historia nueva, distinta a otras, y pues además resulta lo más lógico. Su calidad de excepción se maneja notablemente basculando entre la ordinariez –a veces no intencionalmente, pero queda una sensación de  ambigüedad creativa que favorece al filme a fin de cuentas- y lo supuestamente extraño, apuntando claro a lo segundo pero queriendo en su relato ella ser lo primero y no pudiendo por necesidad económica y supervivencia, que al “lograrlo” la idiosincrasia se vuelve aún más trágica. Tras empezar en un pequeño local de carnaval inglés pasa a venderse como un espectáculo obsceno y recreativo de las clases altas francesas, para terminar en la prostitución más ínfima. Una vida de bohemia, y de calvario, de vejación, tantas veces consentida. Se basa en hechos reales acontecidos a inicios del siglo XIX. Puede adolecer también de mucho metraje y de lentitud, pero es una película interesante, sobre todo en la conformación de nuestra identidad y seguridad, de nuestros anhelos de felicidad, en medio de un contexto atípico, pero que revela nuestra calidad de ser humano. Nos permite ver tras el constante castigo de la existencia.

Blue is the warmest colour (2013)
La vida de Adèle retrata el descubrimiento de una sexualidad, para el caso del lesbianismo, y el primer y más fuerte amor que se convierte en una relación sólida que luego tiene su conflicto afectivo, en la piel de Adèle (la tierna, desbordante, preciosa y joven Adèle Exarchopoulos). Es un filme sencillo que tiene su máxima atracción en su cariz sexual, no lo vamos a negar, pero que está muy bien desarrollado como cualquier otro amor, entre comillas, y no por homosexual, sino por lo intenso que llega a ser. Sí que pudo ser mucho más corto pero por lo menos aprovecha tanto metraje para consolidarse en el detalle de esa relación, y enseñarnos a Adèle en distintas etapas, desde una relación heterosexual que no la satisface durante su etapa última escolar, hasta sus primeros deseos, y encuentros. Excitarse durmiendo en el recuerdo de una fémina (algo precoz y ligero dentro de la historia, sea dicho, ya que es con su futura pareja que pasa cerca sin conocerse), y besar a una amiga que se deja llevar por el momento, llegando hacia su punto de hallazgo al entrar a un bar gay y conocer a Emma (la bastante profesional Léa Seydoux), la chica del cabello azul que le dará el gran flechazo y ayudará a definir su sexualidad, que hay que hacer notar que ya estaba encaminada por sus hormonas y apetencias.

La propuesta hace ver muy madura a Adèle, y bastante amable a Emma, lo cual juega más con un retrato romántico que realista, si bien su tono consiguiente, el íntimo es fuerte, vaya anti-convencionalidad, desde la decisión de una menor (como entendemos por ley, así “debe ser”, además),  que ya no duda una vez que conoce a la chica del cabello azul, previa una pequeña experiencia, y quiere a la artista, a la lesbiana hecha y derecha, la que le permite ir de a pocos, dulcemente, conocerse, como puente, aunque ella demuestra que sabe lo que quiere, y eso no rompe con ninguna iniciación, no del todo, solo lo pone en distinta perspectiva y le reconocemos que valga el inusual tino ahí sepa condensar el filme, en su definición sexual (y bien porque ya es en parte muy manido ese conflicto), que funciona invirtiendo los papeles de aproximación. Más tarde se encenderán, y harán que su vínculo sea único, diríamos que espectacular, por encima de todo encasillamiento en su tipo, y pues las imágenes ayudan mucho, ya que lo dejan todo entre las sábanas. ¡Qué impactante!, ¡qué realismo!, si bien ya que puede asustarnos en pleno siglo XXI, lo cual siempre se dice, acoto. Presenciamos sus ósculos fogosos, como meditativos y largamente extendidos en los genitales. Prácticamente entierran el rostro tras los vellos púbicos, en sus regodeos y decididos toqueteos a las nalgas, en fin, totales, en sus regocijos y jadeos, en sus besos detenidos rato en los pezones y en su sobo mutuo frenético de caderas y entrepiernas, en  medio de la cámara voyerista, absolutamente sin medias tintas, una entrega en toda medida.

Una vez iniciado el romance, las escenas de sexo y atracción carnal son intensas y constantes, incluso alguna es bastante larga y sumamente explícita, al punto de lucir muy didáctica o reveladora la película si es que aun guardaba alguien alguna duda al respecto. Y pues son parte importante del conjunto, de ese apasionamiento que describe el filme, algo corpóreo, que brilla en lo visceral de poseer a alguien en toda libertad y fuerza. Es un convincente retrato que no deja mucho a la imaginación y pues puede ser tomado tanto para bien como para mal, a mi me parece que bien viendo que además no pretende albergar demasiados estados de cavilación, no es para nada una historia compleja de seguir, no es un lugar de suma reflexión aunque tiene su audacia y pretende reflejar una verdad, dentro del amor y la pasión, desde la transparencia de lo lésbico que busca trascender su inclinación.

Se trata de Adèle y su amor único, el de su existencia, con Emma, y como fluye y como sufre un bajón determinante, y no es tanto la dificultad de lograrlo en una sociedad moderna como la francesa, sino de mantenerlo como en la normalidad de cualquiera, en no alejar emociones, en vencer la soledad, la desconfianza y los celos. Celos que se ponen más complicados cuando la tercera parte en discordia es una mujer bella, pero embarazada, que es la imagen que se nos congela atemporal en el subconsciente. Esto es algo creativo que juega otra vez en ambos polos, quizá por algún lugar común mental, ya que asociamos la maternidad con algo puro, y pues lo sexual si bien también puede albergarla como se ve dentro de las virtudes de la película no es la imagen por antonomasia que uno suele tener de ello, culpa también de que en todo momento tenemos presente lo tórrido y placentero. En el filme es importante la efervescencia de la piel, el estar siempre al borde de arder de hedonismo, así se percibe más lógico el paso del tiempo en la propuesta y el declive que es en gran parte elíptico, mientras se articulan sentimientos. Es una buena amalgama que aunque tiene su lugar en el cuerpo, no deja de ser lo bello que quiere ser como unión de afectos. No será la palma de oro más complicada, la más profunda, ni la más rara, pero estamos ante un cautivante y potente retrato del amor que bien vale su triunfo.    

lunes, 10 de octubre de 2011

El olor de la papaya verde

El vietnamita Tran Anh Hung con ésta cinta ganó la cámara de oro del Festival de Cine de Cannes, un Premio Cesar a la ópera prima y fue nominado en 1994 al Oscar a mejor película en lengua no inglesa, con lo que su inmersión en el séptimo arte empezó muy bien. En su estructura nos presenta tres líneas argumentales en dos tiempos distintos.

Mui es el personaje eje de la historia, una niña pobre, silenciosa, acomedida, feliz y tranquila que pasa a ser sirvienta a la edad de 10 años a una casa acomodada, en la que hay cierto constante conflicto, el padre suele ausentarse del hogar escapando para darse al abandono, la madre padece la falta de una hija mientras los tres vástagos sobre todo los pequeños sufren psicológicamente de esa inestabilidad familiar reaccionando negativamente.

La niña comparte su día a día con ésta parentela y con otra empleada más vieja que le va enseñando los quehaceres laborales. En su deambular cotidiano suele maravillarse con la naturaleza como con en el aprecio por el corazón de la papaya verde y con los animales entre sapos, grillos u hormigas a los que les brinda amplias sonrisas y cuidados. Las tomas de detalle amplifican su fascinación visual, hay un enriquecimiento sentimental trasmitido con su detenimiento. En ese aspecto la cámara ayuda a compenetrarnos con la pequeña que despierta nuestra complicidad con tiernas actitudes, con su obediencia y recato, a través de su desborde de humildad. Ella es un ente observador y lateral de lo que sucede entre las cuatro paredes en las que trabaja que es el escenario de un microcosmos lleno de matices vivenciales. La problemática acaece sobre sus patrones y descendientes. Vemos sin mucha rimbombancia el acontecer común de estos, su apego por la música en sus instrumentos tradicionales, su preocupación por mantenerse tras los escapes del marido, el rezo perpetuo de la abuela, las malacrianzas del más chico, las explicaciones de la criada antigua y un sinfín de momentos discretos que hacen de la trama un discurrir cambiante pero sin atribuirse efectismos sino creando un contexto de auscultación emocional calmo y sugerente que busca la recreación promedio de una morada vietnamita pero compartiendo esa lucha natural frente a las tragedias que a todos los seres humanos les sucede.

Uno de los beneficios de ver cine es poder conocer otras culturas y en éste filme la ambientación identificativa no falta con la religión, la gastronomía, la educación o el arte. Algo a rescatar es la interacción que tienen con la naturaleza, no hay mucha tecnología y se vive con mayor aproximación a lo rural. El discurrir es poco artificial o quizás hasta nulo en ese sentido, donde brilla la lectura, la música, la meditación, la limpieza y la cocina casera. Los diálogos son los justos, tanto que nuestro personaje principal indaga con los ojos y sólo bajo pocas preguntas. La motricidad humana impera en la película, los gestos tratan de ser completos sin necesidad de palabras pero estos movimientos no albergan mucha complejidad porque la cinta finalmente no dramatiza con fervor sino mantiene un aire algo indolente y contenido aún en su transparencia que parece ser propio de ver al mundo desde la perspectiva oriental con una mayor contemplación y reflexión que una poderosa materialización del dolor existencial. Se siente que tiende a eludir el sufrimiento, a sobrellevarlo con dignidad o a ocultarlo mucho más que en occidente aunque frente a la muerte todos caigamos rendidos por igual.

En la segunda parte de la realización nos transportamos una década después y nos abocamos al romance. Mui yace enamorada de un amigo del hijo mayor de la casa en que siempre ha servido, pero debido a su timidez y a su condición social solo puede aspirar a atenderlo hacendosa a la distancia, observando que nuevamente la música predomina. El joven pianista y compañero cercano del más adulto de la prole de la que fuera como una segunda madre para Mui está prometido con una dama moderna y más sofisticada pero en la típica representación del amor seremos participes del intento de lo aparentemente imposible, de lo romántico y de lo inocente, de la demostración del sentimiento más abierto, carente de prejuicio, del sueño que rompe los límites impuestos por la sociedad.

Éste filme posee una belleza artística que realza la simpleza de sus postulados, no posee una carga fuerte de dificultad en su trama, no prolonga ningún acontecimiento por más grave que parezca ni alborota el relato sino se dedica a proyectar un momento y huir hacia otro campo, y aunque tiene muchas ideas debido a variedad de desgracias e inconvenientes no pretende exagerar o ser persistente sino más parece decir que los obstáculos se dan y que la vida continua, como cuando falta dinero, se venden unos jarrones caros y se compra arroz, la suegra culpa a su nuera de las fugas de su “santo" retoño y ésta en lugar de amargarse o resentirse mantiene su bondad, un viejo se conforma con averiguar por la salud de la abuela y observarla a los lejos aún habiendo sido rechazado toda su existencia. Hay mucha exhibición de afecto, acariciando el cabello o lo pies, regalando un vestido, viendo dormir a Mui, es una cinta que no aspira a las pasiones sino a los sentimientos sencillos de los que estamos rodeados y que nos dibujan de cuerpo entero, quizás por eso sea un estupendo filme sin que medie nada realmente espectacular más allá de la personal idiosincrasia que por pedestre no menos trascendente como refleja la magia de éste cineasta vietnamita. Es en su roce que vislumbramos la esencia de nuestra humanidad, del corazón y sus dosificadas tribulaciones, de sus dulces y dóciles apetencias, de su diario vivir, del inevitable transcurrir.