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jueves, 23 de diciembre de 2021
The hand of God
Al mirar ésta película salta una virtud que celebrar y algo que recriminar. La virtud es que el famoso director italiano Paolo Sorrentino es un creador nato, encargado así mismo del guion, cosa que es muy importante. Lo que hace en la presente película es por una parte fantástico, algo que requiere de un trabajo colosal, mucho dinero y un gran equipo de gente complementada al milímetro, todo al servicio de su visión personal, esto está claro como el agua, contándonos sobre él y lo que piensa realmente. Es concebir lo que hace la literatura, desde otra arte. No obstante es una construcción mucho más lejana del alcance de cualquier mortal. Realizar una película, y que sea buena encima, es algo grande. Lo recriminable es que aunque no es un filme industrial, sin alma, robótico o insípido, sí se percibe un tipo de método en su quehacer cinematográfico -más allá del obvio tecnicismo-, la autoconsciencia por momentos de estar haciendo algo para sacar una complicidad fácil, dando algo medio similar de mecánico, algo visto de lejos efectista, pero como camuflado en pseudo autenticidad. Esto se percibe a medias, entre propio, personal, y gancho vacío, dependiendo el lapso. Así se manifiestan algunos momentos logrados y otros deficientes, en un filme irregular, aunque no malo; a ratos luce simplón, a otros se da glorioso. Quizá de verdad, porque Sorrentino es libre como dicen sus personajes, también osado como pocos -y es cierto que maneja algo de incorreción política- y con base real como señalan otros, aunque suene a comercial barato de motivación y personalidad, desde un maestro notorio, algo cliché, un cineasta rebelde y outsider. Eso sí esos clavados que se mandan de la nada son hermosos. Magistral la escena con una seguidilla de hombres lanzándose al agua, en orden, con el fondo de una ciudad digno de premio de fotografía. Sorrentino nos habla de Nápoles; cómo con los mejores hijos nos hace amar su ciudad origen. Es una historia de crecimiento, con una gran tragedia a cuestas, es un filme donde se ama a la familia, un éxito en ese sentido. Es un filme también donde se adora a las mujeres, nuevamente un éxito y doble celebración. Todas las escenas de la tía Patrizia (una hermosa Luisa Ranieri) son obra maestra pura, absolutamente todas sus escenas son perfectas. Daba hasta para hacerle una película a ella sola, que como dice otra voz de la película, no es solo sexo, también drama para que todo brille. La apertura con las transparencia de sus sugerentes tetas es oro en estado puro, por "pedestre" que suene. Ésta propuesta consta de varias aventuras, de sucesos pintorescos, cargados de un espectáculo muy personal, se siente la presencia de Sorrentino, y es llamativo, pero no lo más llamativo; medio que se le otorga un giro o remate curioso a cada aventurilla; Sorrentino quiere poner su sello y lo consigue, sin duda, como cuando una bella y alta mujer del tipo de las modelos acompaña a un millonario y en la -casi- soledad y el silencio de su sensual e impactante caminar en la noche abandonada suelta un insulto de rechazo al protagonista, al joven Fabietto (Filippo Scotti), chico inocente, sensible y educado, que madurará con cada episodio, sobre todo con el drama capital que vivirá y llegará a escenificar intensamente. Sin embargo hay algunos momentos que huelen a fábrica rancia de autor, como con la escena sexual con la vieja. El filme en conjunto es como si estuviéramos dentro de una Big Fish (2003) a la italiana, trabajado en el realismo y la sexualidad. Es curioso que se mencione al mítico Fellini, del que todos dicen Sorrentino se inspira, pero no evita la incorreción hacia éste, poniendo en pantalla a un Fellini breve pero poco simpático. Plasma inspirarse a través de alguien más local, aunque finalmente todo apunta a la gran ciudad, a Roma, por más manoseo previo romántico. Maradona está presente como héroe en Nápoles y familiar, incluso milagro personal de por medio. Se siente un pequeño homenaje, está bien tratado, sin exagerar, sin verlo aun así por todas partes.
jueves, 9 de julio de 2020
Hecho en casa (Homemade)
La presente propuesta es una película ómnibus, con 17 cortos hechos por directores de distintas partes del mundo, que tienen en común hablar del confinamiento por el Covid 19 y expresarse técnicamente en esas condiciones, durante la pandemia. Empiezo con los que no me parecen buenos. El corto del galo Ladj Ly, porque no posee inventiva alguna; refleja algo social, pero de la manera más plana posible, y sin tocar ninguna fibra emocional. Técnicamente bien, solamente. El de Rungano Nyoni. Versa sobre un chatear en plan cool, actual y romántico, pero no tiene curiosidad alguna ni logra lo que se propone; se le percibe anodino al hueso, muy poca cosa en cuanto a la pandemia además. El de la india británica Gurinder Chadha, porque sólo es mostrar su vida diaria privilegiada al tuétano. El de Nadine Labaki y su esposo Khaled Mouzanar, porque es sólo filmar a su hijita actuando, monologando, fantaseando, que tiene de curioso ciertamente, pero también de incoherente y extraño. Y el peor de los 17 cortos, de la mexicana Natalia Beristáin, que es filmar también a su hijita, sin ningún tipo de aporte o creatividad; la pequeña se comporta sumamente infantil, como cualquier niñita, y no hace nada llamativo, es como ponerle la cámara a un niño de lo más común y silvestre. El nivel de ternura es mínimo como para celebrar siquiera por ello el filme. Los siguientes cortos me parecen interesantes, tienen virtudes, pero los hallo o fallidos, o tiene muchas fallas, o carecen de mi empatía de otra manera. El de la nipona Naomi Kawase. Versa sobre la paranoia de manera lírica, a su estilo cinematográfico de siempre. Se le percibe muy posera, muy arty sin mucha trascendencia, por más que como acostumbra cree su trascendencia hiperbólica. Al final aunque es un retrato tenso quiere ponerle un final positivo y feliz, tal cual refleja su cine, y queda algo medio incoherente, que no sabe definirse. No obstante su corto tiene inventiva, estética, nivel y es curioso. El de Maggie Gyllenhaal. Su corto es un sci-fi y luce atractivo y misterioso originalmente, pero luego el interés se pierde porque no tiene mucho de qué sostenerse, no posee una trama profunda y se vuelve repetitivo y muy simple. Su marido, Peter Sarsgaard, que es el único protagonista del corto, está muy bien, luce muy buen actor. El de Kristen Stewart. Su corto se ve bueno en cómo la actriz sostiene con muy poco implemento entero el filme. Muestra su habilidad histriónica con la cámara muy cerca suyo, casi no se ve contexto, solo apenas una habitación, yace con la cámara pegada al cuerpo prácticamente. Stewart se retrata a puertas de una crisis, pero de manera muy básica, tanto como arty y minimalista -pero con un guión que adolece de cierta ausencia que se hace sentir-, sostenida sólo por su performance que es bastante decente, pero no tan buena, tal cual ella como actriz.También luce demasiado arty, en sentido de la frase que dice mucho ruido para poca nuez. Es un lugar de lucimiento, pero carece de cierto toque para brillar en toda gloria. Es un corto simple al fin y al cabo. No obstante sorprende un poco su actuación. El de Pablo Larraín. Es un corto que se siente antipático inicialmente, que luego se torna cómico con harto sarcasmo, y tiene de bueno como de malo en cuanto a empatía, tal cual es visto Larraín. Tiene su toque perverso light y su suciedad sensual que lo hacen simpático a ratos y a otros molesto. El de Ana Lily Amirpour. El corto se la da de filosófico existencial, pero provoca cierta pereza mental, mucha tontería como para gastar ganas, pero por lo mismo tiene su profundidad. Lo muestra simple, pero efectivo en un paseo de bicicleta por Hollywood, mostrando una crítica suave a la humanidad, pero también defendiéndola; es como un jalón de orejas, un llamado a la conciencia para valorar el planeta, la cotidianidad, las "pequeñas" cosas, el arte. El del chileno Sebastián Lelio. Su corto luce inteligente, pero también algo ridículo; un musical suena curioso. Lelio dice cosas interesantes, como para pensarlas, dichas de manera clara. No obstante a ratos quiere ser distinto y tiene su gracia, pero también su toque kitsch. Es un llamado social y político. El de David Mackenzie. Inicialmente toca fibra, se presenta como el retrato de una adolescente marginada, crea atención, pero luego la pierde por completo, diluye su logro, pierde la brújula de como iba y se convierte en un corto anodino, que ya no importa mucho escuchar ni seguir. Los 5 mejores cortos, los más impresionantes, son los siguientes. El puesto 5 es del canadiense de origen chino Johnny Ma. Trasuda mucha autenticidad y sentimiento, también es un vehículo que luce útil, práctico, es similar a una carta (a una madre y al quiebre con la tradición dictatorial) que tiene una misión -ganársela-, además de que se presta como una buena historia, emotiva, bella, y también bajo un aspecto cool. El puesto 4 es del italiano Paolo Sorrentino. Es un corto que en muy poco tiempo alberga mucha historia, con pocas intervenciones se luce mayor, se nota el nivel del director. Es un tema recurrente en el director, y se nota su dominio y notoriedad. Es bastante irónico y simpático, tiene su pequeña trasgresión. Está hecho con adornos, con figuritas, una de la reina Isabel II y otra del Papa, que comparten un amor platónico. El puesto 3 es de Antonio Campos. Es una historia de terror. Aunque no es muy original, es algo visto por quien ama y conoce el género, es bastante atractivo aun así, está muy bien hecho. Tiene su inquietud y su pequeño misterio. Pone a Christopher Abbott de protagonista y no falla. El puesto 2 es de Rachel Morrison. Su corto es full sentimiento, es muy emotivo, pero positivo; tiene muy poco drama, aun retratando por una parte la muerte de un ser querido. El filme se basa en el amor de un padre a su hijo, en buscar su felicidad de niño, a través de las pequeñas grandes cosas de una infancia plenamente realizada, aún en medio de una pandemia. Morrison enumera el mundo fantástico de su hijo, un mundo ideal, lleno de novedades positivas y alegría. Es el manto protector del padre al hijo. Es un filme sumamente hermoso. Si el de Ma era bueno, éste es re-bueno. Pero pueden ser vistos como complemento el uno del otro. Sencillo, pero te cala hondo. El primer puesto es del alemán Sebastian Schipper. Su corto es un logro técnico, de efectos especiales, con recursos sencillos, y tiene originalidad y es cool; versa sobre la locura del encierro, pero guarda su parte de misterio.
lunes, 30 de noviembre de 2015
Youth
La gran belleza (2013) fue tremenda película, un tope muy
grande para Paolo Sorrentino en su filmografía y carrera, como para el séptimo
arte reciente, más allá del reconocimiento en los premios Oscar a mejor
película extranjera, por lo que esperar su siguiente propuesta era de una expectación
mayúscula, y para éste director italiano un gran reto tras el éxito y el gran alcance
artístico que logró con dicha obra. Youth (2015) se posiciona entre el odio
y el amor hacia ella, genera polarizaciones y bandos enfrentados, que en lo personal me
satisface con ciertas reticencias, como que su estructura lleve pequeños
intersticios, chispazos o instantes donde haya alguna ironía, ocurrencia u
absurdo que le da un tono efectista al conjunto tras esas breves intromisiones,
como que se le noten además las costuras de cierta irreverencia general y exhibir
el deseo de tomarse libertades, mostrar relajo y seguridad frente a cualquier antecedente,
presión o vanagloria, acotando que no llegan a descalificar la cualidad
narrativa del filme ni su coherencia como historia, habiendo una fuerte
connotación en el exceso y lo barroco, valorando que más tarde las mayores extravagancias se entenderán.
Una transformación en Hitler empieza en el desconcierto, pero es la aspiración a una exigencia interpretativa, en el rol que hace el talentoso Paul Dano, como un famoso actor de Hollywood entre engreído, dandy, sensible e inteligente, que quiere sacarse el estigma de superficial ante una actuación popular pero banal que lo persigue y ser reconocido de trascendente en el cine. Una ocurrencia que se entiende perfectamente es ver a una leyenda del fútbol de ideología marxista, zurdo, tan fácil de reconocer sin nombrarlo (Maradona), cuando pasaba por un prominente sobrepeso, y se le pone avejentado y con una válvula de oxígeno al lado, pero aun así es capaz de dominar con excepcionalidad una pelota de tenis con los pies (un homenaje realista, irreverente y de voluntad narrativa; es así, un hombre exagerado).
Entra en juego el tiempo que claramente es el motivo general del filme, en que la vida pasa, está llegando a su fin y viene el análisis de lo que hemos atravesado, de la autoconsciencia, de lo que hemos perdido y añoramos, de lo que queremos dejar, habiendo memorias y mil olvidos, como tantos errores, dibujados en diálogos casuales, caminatas, cenas, masajes, baños, interacciones profesionales y afectivas, como algunos surrealismos, en que el más llamativo yace en la sub-trama con el videoclip de una cantante pop -Paloma Faith- que me recuerda a Madonna, y que remite a una broma y lugar común dentro de una metáfora de la sexualidad, esa que ronda y se deja ver sugerente, artística y hasta a veces arty (sentir que sobrevuela, pero que la plena consciencia de ello logra superar y ser un filme amable finalmente).
Una transformación en Hitler empieza en el desconcierto, pero es la aspiración a una exigencia interpretativa, en el rol que hace el talentoso Paul Dano, como un famoso actor de Hollywood entre engreído, dandy, sensible e inteligente, que quiere sacarse el estigma de superficial ante una actuación popular pero banal que lo persigue y ser reconocido de trascendente en el cine. Una ocurrencia que se entiende perfectamente es ver a una leyenda del fútbol de ideología marxista, zurdo, tan fácil de reconocer sin nombrarlo (Maradona), cuando pasaba por un prominente sobrepeso, y se le pone avejentado y con una válvula de oxígeno al lado, pero aun así es capaz de dominar con excepcionalidad una pelota de tenis con los pies (un homenaje realista, irreverente y de voluntad narrativa; es así, un hombre exagerado).
Entra en juego el tiempo que claramente es el motivo general del filme, en que la vida pasa, está llegando a su fin y viene el análisis de lo que hemos atravesado, de la autoconsciencia, de lo que hemos perdido y añoramos, de lo que queremos dejar, habiendo memorias y mil olvidos, como tantos errores, dibujados en diálogos casuales, caminatas, cenas, masajes, baños, interacciones profesionales y afectivas, como algunos surrealismos, en que el más llamativo yace en la sub-trama con el videoclip de una cantante pop -Paloma Faith- que me recuerda a Madonna, y que remite a una broma y lugar común dentro de una metáfora de la sexualidad, esa que ronda y se deja ver sugerente, artística y hasta a veces arty (sentir que sobrevuela, pero que la plena consciencia de ello logra superar y ser un filme amable finalmente).
El director de orquesta clásica Fred
Ballinger (Michael Caine, en una de sus mejores actuaciones) y el director de
cine Mick Boyle (el querido y admirado Harvey Keitel que yace bastante bien) se
enfrentan digamos que a sus últimos retos profesionales. A Fred se le
exige que toque una vez más, para la reina Isabel II, sus llamadas canciones simples, que no quiere compartir tras un nexo afectivo secreto, estando enfrascado
en la revelación tardía de haber desperdiciado el amor de su mujer y estar a la
orden de resarcirse con su hija Lena (una Rachel Weisz que sorprende exigiéndose
emotiva e histriónica, aunque no del todo lograda) que pasa por un mal trance, uno que incide en la libertad (habiendo
una simbología sobre el miedo en el montañismo que es de Kindergarten). El filme se enfoca por una parte en el amor y en la sensualidad, de ahí que
veamos desnuda a una belleza escultural, a Madalina Diana Ghenea, que hace de
Miss Universo, quien rompe con obviedad algunos clichés sobre la inteligencia para
luego lucir su matiz central en su despampanante juventud en la piscina de éste
Spa de lujo en los Alpes Suizos donde se contextualiza Youth.
En cuanto a Mick, quiere dejar su testamento fílmico, una obra mayor, con la intervención de su actriz principal de años, en el rol de Jane Fonda que hace un alarde de diva. Todo detrás de cierto cine dentro de cine, donde participa el proceso creativo de construcción de un filme, con sus guionistas en pos de las escenas más productivas, bajo líneas precisas, audaces, emotivas o cáusticas, bien inmerso y práctico en la trama, implicando la búsqueda del arte -de la profundidad- por sobre lo comercial, en el sentido de sentir pasión por el cine, que como dice un diálogo no está detrás de lo intelectual, pero si siendo capaz el hombre común de coger lo culto y hacerlo suyo con llaneza, viendo que el resultado es irrelevante, se trata del anhelo, como que todo en Youth es el convencimiento de hacer lo correcto, pero también lo mejor para uno, aprovechando a su vez el placer, sin otorgarse demasiada importancia ni a la propia existencia, esto bascula en todos sus motivos, tanto en obligaciones, como en los propios sueños, muchos frustrados, dando a entender que la imperfección es lo natural, pero habiendo también espacio para lo imposible (un monje flota en el aire), en el retrato de nuestra complejidad.
Youth es un viaje con muchas vueltas, razonamientos, intrepidez, como tonterías o banalidad pretendiéndose audaz, como también momentos para cumplir (el erotismo de la masajista con brackets, la pareja anciana vigilada en la cena o todo el aspecto del suicidio en un empaque a lo Rápidos y furiosos), frases hechas y ternuras prefabricadas/vacías (alrededor de los afectos de Fred) y una vocación notoria de querer ser inclasificable y original, que le funciona, sin duda, pero le juega un poco en contra, teniendo un cierto olor a pop rancio, uno que enfrenta sarcásticamente pero también llega a supurar. Youth como propuesta tiene su encanto, sobre todo gracias a dos guías magníficos que salen de lo común en plena contemporaneidad, y a su mayor materia y festividad, a una buena noción narrativa y a una estética.
En cuanto a Mick, quiere dejar su testamento fílmico, una obra mayor, con la intervención de su actriz principal de años, en el rol de Jane Fonda que hace un alarde de diva. Todo detrás de cierto cine dentro de cine, donde participa el proceso creativo de construcción de un filme, con sus guionistas en pos de las escenas más productivas, bajo líneas precisas, audaces, emotivas o cáusticas, bien inmerso y práctico en la trama, implicando la búsqueda del arte -de la profundidad- por sobre lo comercial, en el sentido de sentir pasión por el cine, que como dice un diálogo no está detrás de lo intelectual, pero si siendo capaz el hombre común de coger lo culto y hacerlo suyo con llaneza, viendo que el resultado es irrelevante, se trata del anhelo, como que todo en Youth es el convencimiento de hacer lo correcto, pero también lo mejor para uno, aprovechando a su vez el placer, sin otorgarse demasiada importancia ni a la propia existencia, esto bascula en todos sus motivos, tanto en obligaciones, como en los propios sueños, muchos frustrados, dando a entender que la imperfección es lo natural, pero habiendo también espacio para lo imposible (un monje flota en el aire), en el retrato de nuestra complejidad.
Youth es un viaje con muchas vueltas, razonamientos, intrepidez, como tonterías o banalidad pretendiéndose audaz, como también momentos para cumplir (el erotismo de la masajista con brackets, la pareja anciana vigilada en la cena o todo el aspecto del suicidio en un empaque a lo Rápidos y furiosos), frases hechas y ternuras prefabricadas/vacías (alrededor de los afectos de Fred) y una vocación notoria de querer ser inclasificable y original, que le funciona, sin duda, pero le juega un poco en contra, teniendo un cierto olor a pop rancio, uno que enfrenta sarcásticamente pero también llega a supurar. Youth como propuesta tiene su encanto, sobre todo gracias a dos guías magníficos que salen de lo común en plena contemporaneidad, y a su mayor materia y festividad, a una buena noción narrativa y a una estética.
viernes, 13 de diciembre de 2013
La gran belleza
Sexta película de Paolo Sorrentino que tiene una filmografía bastante interesante con películas como Las consecuencias del amor (2004) sobre un misterioso personaje atascado hace una década en un hotel que tiene que hacer mandados para la mafia transportando dinero para pagar un error financiero, que una vez enamorado de una guapa barman en la piel de la morena Olivia Magnani, nieta de Anna Magnani, querrá cambiar su abúlica, solitaria y monótona existencia. Película de mínimo recurso y algo excéntrica que basa su fuerza en los sugerentes detalles de una biografía de ficción, y la estética del papel que crea un camaleónico y estupendo Toni Servillo, fetiche del director, que vuelve a trabajar con él en otra pieza atractiva en su arte, Il Divo (2008), que retrata a un famoso, oscuro y exitoso político italiano de nombre Giulio Andreotti, en una de las mayores caracterizaciones de Servillo tanto física como intelectual y culturalmente representa el personaje para Italia. Se percibe en todo auge el estilo del cineasta en dotar a su obra de una personalidad que impresione, que nos descoloque de nuestro lugar común aun tratándose de algo de la identidad de su nación, como con los sospechosos crímenes relacionados al político dotados de variedad y curiosidad, y un humor corrosivo y sorpresivo que habla de no tomarse tan en serio, el que genera un arte propio, una forma de contar una historia alejada de su natural seriedad como tema, plasmándose la modernidad que más tarde presenciaremos en La gran belleza.
Su anterior propuesta cinematográfica es otra película a
tomar muy en cuenta, Un lugar donde quedarse (2011) aunque más que por la
extravagante trama por la forma de narrarlo, con solvencia, novedad y
seguridad, en lo que puede ser un homenaje en buena parte al grupo musical The Talking heads y en especial al cantante David Byrne que aparece en el filme, siendo
su canción que titula la obra, esencial como leitmotiv, en hallarnos a nosotros
mismos, en reconciliarnos con nuestra existencia. El papel protagónico lo tiene
Sean Penn que parece tomar para sí la imagen de Robert Smith de The Cure. La
historia discurre por lo rocambolesco aunque en conclusión resulta sencilla, si estamos atentos. Ésta es tratar de redimir
al padre judío de este antiguo cantante pop que fue Cheyenne (Penn), el que fue humillado por un nazi, y ahora el
hijo sabiendo de que todavía vive lo busca para cobrarse la falta que marco al
progenitor de por vida, siendo una forma de recuperar un afecto perdido tras
convertirse en un aparente ser inmaduro y un freak, el que carga además para empeorar la situación con una conciencia lastimada por el suicidio de un fanático tras el
mensaje pesimista de sus canciones. Este filme ganó el premio del jurado ecuménico
en Cannes 2011, es una road movie y una investigación personal bastante curiosa
y bien ejecutada, y a su vez muy melómana, que habría que revisar.
Finalmente abordamos el filme en cuestión, uno que sigue
varios parámetros importantes del arte, lo que en sí como tal es parte del
argumento, trama y esencia de la realización, en hallar como manifiesta el
título, la belleza más grande de nuestra humanidad, y pues eso hace inmediatamente
participe al arte al ser esa su búsqueda y representación, no obstante al final
se alega que todo es truco, artificio, y se podría decir que se opta más por un
sentir “único” como en el sueño perenne de la tranquilidad del mar, el
enamoramiento que nos marcó y que nunca se concibió más que en una aventura
pasajera de eterna memoria; o en la amistad que perdona todas las fallas e
imperfecciones, hasta la vanidad, el libertinaje, la juerga, el egocentrismo o
el vacío que se comparte y es reflejo de una clase privilegiada que es a fin de
cuentas tan pedestre y despreocupada como regla de antonomasia. También se percibe
como una opción lo espiritual que aunque es visto con cierta crítica e ironía,
finalmente se opta por darle cabida con el surrealismo y la fantasía de su
lado, en la penitencia de la santa de 105 años de edad, sin perder ese lado humano, particular (como
en el cardenal y gastrónomo), propio del libre albedrio que queda muy marcado
en toda esa fauna de personajes que recrea Sorrentino, unos más locos que
otros, siempre extravagantes y espectaculares como haciendo uso de un realismo
mágico último donde la curiosidad vive en la personalidad estrambótica.
Recuerda mucho a La dolce vita (1960), y por ende a La noche
(1961), ya que tienen nexos y afinidades
intelectuales y en la narrativa; usa como base o anhelo a Gustave Flaubert como
sentido de la estética de la nada, aunque pervive por debajo Proust, de quienes
dice no debemos darles demasiada importancia, como en su burla del arte
contemporáneo y los falsos gurús de la originalidad que no quieren justificar
sus trabajos, o no saben hacerlo, y son gestores de lo absurdo como el violento
golpe voluntario de una mujer desnuda contra una pared, que lleva en el vello púbico
una figura del comunismo (una alusión de lo que podría entenderse como una ideología
mal encaminada en los hechos, o como en una conversación que ridiculiza a una
supuesta persona profunda, que nunca ha existido en toda consistencia). Se hace hincapié en una naturaleza esquiva más bien, demasiado libre, como con la niña
enfadada que solo quiere vivir su edad y la normalidad de unos juegos
infantiles, y sin embargo lo que parece un arrebato sobre la falsa virtud innata,
una creación bajo lo espontaneo, resulta ser arte en toda magnitud, un capricho
anárquico de algo que parece decir que no existe mayor sentido quizá, una
casualidad, algo arbitrario.
Si bien yace el arte en toda Roma, una ciudad nocturna,
bohemia y superficial se nos dice que está formada por gente simple que solo
saben resaltar la moda y la pizza (que invoca al mundo desde su ejemplo), hasta provocar el desmayo o la muerte ante cierta grandeza, como en el turista
japonés, que parece una lectura sarcástica, y que hace gala de los
desplazamientos innovadores, salidos de donde uno menos cree, de Terrence
Malick, emuladores del abordaje del paisaje en To the Wonder (2012). Es una maravilla todas las oportunidades que uno puede fabular o construir, como con los autorretratos
diarios, mientras el arte es silencio, aunque muy humano, de ahí que la
fantasía de una noche romántica brille gracias a un afortunado poseedor de las llaves
más exquisitas de la aristocracia, a la que se le ataca contundentemente y
también algo se le puede elogiar, aunque nos suene atípico. Ahí nos llevan a portentosas esculturas, arquitecturas,
cuadros cargados de pasión y estética, observando la convivencia del impactante coliseo
romano con la vista de una terraza de un apartamento urbano, y la proximidad de
un delincuente. Contemporaneidad burda, cotidianidad sin sustancia, con la
locura de ver una jirafa en plena ciudad, junto con arte en toda palabra que yace
como en la oscuridad, como en segundo plano. Sorrentino, como característica hemos
de mencionar, perpetra un desconcierto momentáneo en sus ataques de audacia para
luego contener la explicación concerniente, aunque puede hacer uso de matices,
y bascular en la ambigüedad de varias posturas.
La trama nos remite a un nuevo Marcello Matroianni en el
actor Toni Servillo como Jep Gambardella , un escritor de un solo celebrado libro
hace 40 años atrás y que se dedica a ejercer el periodismo en su especialidad
de la entrevista, mientras se va siempre de fiesta con un cogollo de conocidos
y amigos que pertenecen a la gente más pudiente, donde abundan los trapos
sucios y abismos, locura, insatisfacción, promiscuidad, fetichismos,
exhibicionismo, inmadurez, vacío, infidelidad, conveniencia, soledad, agotamiento,
desilusión, etc., que los hacen semejantes a cualquier mortal. Se mete en una
juerga y aglomero de desenfadada -rara a un grado- visualidad con música de Rafaela Carrá en versión electrónica, o en la ineludible de mencionar, “Mueve la colita”; es decir, en lo más ordinario del mundo, donde hay muchos viejos, enanos,
vedettes caídas a menos, strippers de 43 años que no tienen rumbo, mucha lujuria,
banalidad, excesos, una infinidad de imperfección en que uno solo quiere
divertirse, seguir eternamente joven, adormecerse, no pensar, jalar coca, alcoholizarse
hasta caerse.
No obstante Jep solo bebe hasta el punto de no caer mal, lo cual no es
especial en él ni a lo que le es tan fiel sino se ciñe a una postura cómoda, de
apariencia de felicidad, y es que éste personaje cínico, también es contradictoriamente
iluso o deseoso de soñar, pero carga con un protocolo propio de su frustración. Jep es un tipo atrapado en querer ser trascendente, que hallándola sería el
paso seguro seguirla aunque parece descreer de que exista, sin ínfulas más que
las naturales o ejemplares. Pero él es todo lo contrario, se deja llevar por
el entorno y su realidad, arraigando en su persona el oculto desánimo tras la
figura fuerte e insensible, del lado del conformismo de lo efímero, aun queriendo otra cosa, proyectarse a algo superior. Es complicado
aceptar la nada, dice el protagonista, darse cuenta que no hay respuestas.
Todos buscan enamorar a una hembra preciosa. Deslumbrante y muy sensual la escultural
figura de Sabrina Ferilli cuando hace un striptease; son 49 años que te dejan
boca abierta, además de que es simpático verla sobre un flotador infantil; y recuerda
una frase del filme que vale recordarse, hay que buscar gente que nos haga
sentir como niños. Todos buscan bailar hasta el agotamiento, ver
espectáculos circenses cada vez más llamativos, vivir el presente, hacer lo que
a uno le da la gana y la plata pueda aguantar. No obstante, Jep tiene 65 años y se le acaba
la vida, para lo que parece plantearse el que vendrá ahora, el siempre ubicuo
vacío y sentido existencial. Prima una inquietud tras tratar de cegarse, el
querer hallar la belleza de la vida. Ésta es una búsqueda que se ha intensificado en Gambardella
y quiere al menos tener la noción de lo que es aunque no le pertenezca. Cabe la idea también de que puede
habérsele escapado de las manos. Cabe la posibilidad además de que sea la familia,
la nostalgia, irse de la ciudad y lo que significa: el desorden, o terminar o
seguir con lo que un día dejó, como la escritura, el arte. Es una incógnita, una
que cada uno debe asumir.
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