Mostrando entradas con la etiqueta Lesley Manville. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lesley Manville. Mostrar todas las entradas

domingo, 25 de febrero de 2018

El hilo fantasma (Phantom Thread)


La última película de Paul Thomas Anderson es una historia de amor, de cómo enamorar continuamente y retener al hombre amado. Para el caso éste hombre es un renombrado modisto inglés de finos y exclusivos vestidos, llamado Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis). Woodcock es un hombre voluble, que cambia de estados de ánimo como dentro de una rutina extrema, como si tuviera una enfermedad, pasa del estado más fuerte, omnipotente y seguro de sí a la debilidad, el cansancio y la depresión. De la misma forma se enamora, se entusiasma por una mujer, de cualquier condición social, y luego se agota de ella, ya no la quiere cerca y vuelve a su ostracismo e indiferencia. La mujer es entonces despachada de su casa. No obstante Alma (Vicky Krieps) no será como las demás.

Alma es una simple camarera, pero también una mujer especial, muy inteligente, aunque ella finalmente diga que lo que hace para retener al hombre amado no sea nada misterioso ni demasiado complejo. Alma se dará cuenta del comportamiento de Woodcock, que aparte de vivir y respirar cada minuto la costura tiene la figura materna muy marcada en la cabeza, y tendrá estos cambios de ánimo producto de sentirse desprotegido, amenazado por el mundo, aunque sea más producto de su conciencia.

Woodcock tiene toda una filosofía de vida detrás, dice que las expectativas y suposiciones de los otros lo hacen tener que mostrarse siempre fuerte, duro, para defenderse de estos. Es así que éste hombre pretende crearse una caparazón, una eterna soledad y autosuficiencia, pero que en realidad no quiere una ni tiene la otra, salvo en sus confecciones de ropa.

Puede creerse que el filme trata de ropa, de moda, de vestidos hermosos y de la fascinación por la alta costura, pero esto más bien es el contexto, el filme habla de amor, de la estrategia de Alma para que no la desechen como a todas. Inicialmente pareciera que no hubiera tal estrategia, sino fuera un arrebato suyo, un estado de locura, un final fatal y pasional. Pero Paul Thomas Anderson, guionista único además de la película, es demasiado inteligente para hacer un filme convencional, un filme sin originalidad e interés particular, sin tampoco por ello alejarse del espectador. Thomas Anderson por tanto dibuja un poco freak a su protagonista, quien guarda mechones de cabello de su madre ocultos en el forro de su ropa, su pasión da espacio a los secretos, que mantiene cerca suyo y busca como temple, y es que la costura y la ropa son su razón de ser, el oficio que aprendió de la madre idolatrada.

Lesley Manville está genial, es una mujer fuerte, más no una caricatura, tiene complejidad, escapa del estereotipo, es una mujer solitaria, pero no una amargada –como en un inicio uno puede creer- aunque tiene carácter. Da la impresión de que fuera a ser la madrastra malvada del cuento, pero el filme salta para bien ésta presunción.

Sobresale el momento cuando le quitan el vestido a la mujer frívola, conflictiva y alcohólica, parece un mensaje naif, pero desnuda también de cuerpo entero la pasión por la costura, la complicidad con Alma –que yace desde el principio, igualmente a cuando oye de sus secretos en la ropa- y es mejor lo que trasmite que apelar al realismo.   

El filme es por un lado el mundo de la costura de un Londres clásico, en los 50s, y sobre todo la vida cotidiana y la lucha de la relación de Alma, que como toda relación tiene altas y bajas, peleas, pero aquí remite a lo extremo. Hay momentos donde uno pudiera creer que todo puede degenerar en algo como Luna de hiel (1992), pero igualmente Paul Thomas Anderson es demasiado fino para esto. El filme prefiere ser sutil, detallista, amable. Pronto surge un método y una lógica salida de la mente de Alma que en un inicio parecía un despropósito, un acto violento de desesperación. Este método no origina excitación o exaltación, sino paradójicamente ternura y docilidad, genera un estado de debilidad que se cura con los cuidados de una esposa que es como una madre reconfortando a su pequeño.

El método implica el acto de comer, que en Phantom Thread está muy presente y trabajado, como cuando Woodcock sospecha finalmente de ella, y la mira con atrevimiento mientras come lo que ella diligentemente le ha preparado, entregándose a un supuesto suicidio o, mejor dicho, a la dominación femenina. Él llega a decir –calmado- tengo hambre en más de una oportunidad, ésta hambre es simbólica y se asocia al amor (lo dice incluso en su primer encuentro y remite de forma suave, dulce e indirecta a la belleza, atractivo y seducción que ve complacido en ella), es como un pedido de llenar nuestro interior de amor, como si fuera uno un auto y el corazón un tanque de gasolina, también es la solución contra el mundo al que se teme y se desconfía, y la solución contra nuestra disfuncionalidad. Puede resultar algo banal como es Woodcock, pero el filme es un llamado a mantener la llama encendida.

martes, 13 de diciembre de 2011

Another year

¿Una película de espíritu pequeño es mala? No necesariamente y eso es lo que refleja la última realización del cineasta británico Mike Leigh, que con historias mínimas saca a flote una muy atractiva película, su base es la familia y su clase social la media alta con gente educada, simpática y muy feliz, al menos para el matrimonio de Tom (Jim Brodbent) y Gerri (Ruth Sheen), un geólogo y una psicoterapeuta de avanzada edad que viven en una existencia tranquila y realizada, en donde por medio de su nobleza permiten que una buena amiga de ellos, Mary (Lesley Manville) los inunde con sus conflictos, siendo una mujer solitaria y ataviada de un aire de frustración continuo, abandonada por su último marido no vive el día sin estar próxima a sus entrañables amistades.

Mary es el verdadero centro de la trama a pesar de que gira alrededor del concepto de la familia. Una de las temáticas que se atribuye el filme es el de otorgarle intensidad a esos adultos mayores rompiendo con toda figura común ya que son vivaces y libres, además de que tienden a ser bastante locuaces y hasta cómicos a diferencia de esa imagen del inglés rígido que todos pueden llevar en la mente.

Los personajes valen por sus personalidades complejas, a ratos manejan disgustos y conversaciones críticas poco condescendientes, no son tampoco la quintaesencia de la bondad, como con la pareja de su vástago que puede caer antipática por su exaltada intencionalidad de quedar como una persona muy relajada y alegre. El hijo, Joe (Oliver Maltman) exuda un aire de ñoñez y pinta como un buen muchacho que también se presta al juego de los juicios de valor. Y es que los dibujos humanos son muy creíbles, sobre todo en Mary que con una simple expresión de congoja en un rostro surcado por marcas faciales puede enviarnos un mensaje mucho más profundo que la verborrea intrascendente de la que hacen gala muchos de los caracteres en su afán de vestirse de soltura y frescura, que lo tiene la realización sin pecar de minusválida o fingidamente artificial.

Todos critican a Mary, sin embargo su único error real es que ella simplemente se da tal y cual es, expuesta a dejarse querer o provocar arritmia o desdén ante la apertura de su idiosincrasia, su propensión a la bebida, su melancolía, sus quejas económicas y amorosas, la remembranza de su duro pasado, en el que ésta actriz sobresale dentro del reparto tanto que posee la riqueza histriónica más que suficiente para sacudir mentalidades en un guión original admirable nominado en los Oscars 2010 en que se luce la ilustración del inconformismo sin pie a soluciones a contraposición de un contexto holgado y dulce, y quizás se vislumbra un poco de luz al fondo del túnel, no solo por desear la placida atmosfera de sus queridos compañeros, la jardinería, el buen vino, la fraternidad, el respeto y la unidad, la cocina dentro de las actividades recreativas que anhela y que en parte comparte desde fuera del circulo verdadero, sino con el conocer de Ronnie (David Bradley) que recientemente ha enviudado, que no posee el afecto de su hijo y que dolido y entristecido recurre a su hermano Tom, su apoyo moral, encontrándose con ésta despierta dama que se da un respiro con él fumando marihuana y comunicándose ávidamente.

No todas la subtramas albergan conclusiones optimistas como demuestra un último semblante de uno de los protagónicos que nos interesan, ya que incluso por ahí yacen otros amigos con múltiples carencias existenciales y que no llegan a puerto, que solo siguen ruta sin posible salvación pero sin desesperanza aunque se esboza esa posibilidad sin caer en dramatismos exagerados. Leigh nos presenta un elocuente mosaico de vivencias sin caer en el recurso fácil de proponer dificultades y darles salida presurosa en sus cuatro estaciones de año en que exhibe su relato, permitiendo dejar como ha de ser siguiendo una mirada realista el camino a la imperfección del mundo que nos rodea a todos los seres humanos.

Una lección de aprovechar el tiempo y encontrar sentido, en una cierta inconsciencia ya que las respuestas -aunque en muchas oportunidades no lo aparenten- no son sencillas de obtener para nadie, en ninguna época ni para los que se nos retratan, gente común hasta un punto privilegiada que sacan sustancia a su cotidianidad y se otorgan responsabilidades ajenas sin caer en hagiografías como cuando Gerri se justifica diciéndole a Mary con la que siente enojo, es que se trata de mi familia y en ese lugar se mueve la cinta, priorizando esa unidad elemental de la sociedad, otorgándole el ideal, la máxima aspiración a contracorriente de la contemporaneidad que quiere asumir que la disfuncionalidad es la norma y no siempre funcionan los conformismos colectivos, no todos los buscan que es distinto de asumir ausencias y Leigh hace gala de su sabiduría para perpetrar naturalidad con actores de semblantes pedestres y nada notorios, con simpleza más no menos importancia que otras figuras rimbombantes, con carisma y sin complejos u obligaciones, dando pie a cautivar la atención sin espectáculo salvo el de la propia vida.