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lunes, 26 de junio de 2023

Beau Is Afraid

Beau is afraid (2023), la tercera película del americano Ari Aster, es una película imperfecta, como conjunto, pero que en su humor negro y terror llega a cuotas altas aunque exigentes de efectividad. Es una película a ratos insufrible, de las que molestan y son en buena parte demasiado raras, pero también en cierta manera es una propuesta original, que no se ha visto antes. El protagonista, Beau, es Joaquin Phoenix que es el tipo de actor y el tipo de persona que cae preciso en éste papel, él tiene esa vena irreverente y extrema en su personalidad y es de los actores que parecen no temer ganarse el repudio del espectador, como con I'am still here (2010). Llamémosle a esto eterna inmadurez o un actor todoterreno o ambos. El filme tiene a un Beau que tiene problemas mentales y vive en un estado de desequilibrio, controlado a medias por pastillas y su psiquiatra. Un día se entera de la muerte de su madre y no quiere ir a ver su velorio, pero como que muchas horribles circunstancias, muchas empujadas por tomar mal sus pastillas y la locura, hacen que termine yendo para allá. Phoenix hace el papel de un tipo como indica el título, que vive en constante miedo. Beau está situado en un barrio peligroso y la culpa de su locura se la achaca a sus padres. Los padres de Beau son de buena posición económica y lucen como los típicos padres superficiales y llenos de conflictos que han trasmitido y vuelto a Beau en éste personaje. Todo el filme se deja ver como la meditación y cosmovisión (en la locura) de Beau sobre su vida y su cotidianidad, amplificado por la muerte y la fantasía perversa en que lo coloca la madre que lo ha traumado. En una secuencia, ella, quien tiene similitudes con la madre de Norman Bates, llega a mostrar su imponente personalidad, en la performance de la actriz Patti LuPone, cuando lo confronta. Por el final es un viaje aun más surrealista del que hemos presenciado donde hay un juicio que parece salido del congreso de Star Wars y que juega con el Gran Hermano de Orwell y The Truman Show (1998). Hay una escena sexual bastante buena con una Parker Posey aun sensual y erótica a los 54 años, que termina en una imagen y rato realmente terrorífico. Beau es un hombre lleno de golpes de la vida, lleno de fracasos. Su existencia actual es trágica. Cuando sale de su casa, medio sin motivo, empieza su viacrucis. Es atropellado y apuñalado. El francés Denis Menochet hace de un vecino veterano militar y loco en toda la palabra, que es parte del desequilibrio de Beau y de su mezcla constante de realidad y fantasía perversa, como un reflejo. Aster tiene un humor negro bastante radical e inaudito. El filme tiene momentos de verdadero terror y también humor sacrílego. Pero es una película demasiado incómoda, demasiado perturbadora, de esas que son difíciles o imposibles de amar. Es una propuesta excesivamente freak, y al mismo tiempo juega con la realidad reconocible de un desequilibrado. El filme es llevado a los peores extremos, es cruel en muchos pasajes, la gente es horrible, el mundo es horrible. Son de esos filmes que es la cumbre de un cierto cine y época, la modernidad de extrema rareza y cierta corriente pesimista, decadente y crepuscular. Es de esas obras que en realidad uno no quiere ver masificadas o repetidas, aunque se distingue, pero es más la radicalidad de un cine que ya se viene haciendo en la modernidad y exige cada vez más hasta venir a reventar, como tal cual se presenta hasta lo literal en la última hora de ésta película. Así vemos que el filme puede que insinúe lo peor con el padre, y lo hace mediante el surrealismo más ridículo enfrentado por ese otro yo violento que yace en la mente del frágil Beau. Se insinúa incluso que aunque Beau luce muy débil y poco propenso a lo físico -donde hay también un miedo a lo sexual, propio de las lecciones maternales de protección o sobreprotección; hay varias lecturas en el aire de distinta índole- sueña-delira con matar a la madre, que es también despegarse simbólicamente de a quien relaciona con sus enfermedades, pero donde en el filme se recurre al terror. Beau is afraid juega con lo peor del ser humano. Aster intenta emular un poco a Woody Allen, pero potencia al extremo la apuesta del judío neurótico, colocando su humor negro y horror particular, logra ponerle un sello personal. El filme maneja ambigüedad. Beau también parece el niño rico y mimado venido a menos, que se vuelve independiente y termina en un lugar como los barrios humildes de New York donde tiene que verse mezclado también con lo feo de EEUU. Es el miedo al entorno lumpen, aun peor de lo que es por los problemas mentales y la fragilidad. La madre todopoderosa está en la psiquis de Beau, con la que desarrolló poca habilidad con las mujeres, como añorar a la nana-empleada botada seguramente por los celos y la omnipotencia maternal, es la representación de la opresión psicológica que incluye la ausencia paterna, quizá la madre fue madre soltera y lo instó además a odiar al padre. 

lunes, 4 de noviembre de 2019

Joker


Hay muchas películas de superhéroes actualmente, están de moda, y esa gran cantidad hace que salgan novedades, una de éstas es la presente, que imita el realismo de la trilogía de Batman de Christopher Nolan. Arthur Fleck (Joaquin Phoenix) es quien será el joker, uno de los mejores personajes que ha dado algo enorme como el cómic, y uno de los malvados más perversos y fantásticos que existen en el arte. El filme de Todd Phillips hace que Fleck sea golpeado por la vida inmisericordemente, todo es malo en su existencia, la vida le pega una y otra vez hasta que se harta y se convierte en un símbolo social y un tipo malvado, valga la curiosidad de definiciones. Fleck trabaja de payaso pero todo le sale mal, también quiere ser cómico de stand up. El filme es como la vida y el mundo cruel crea al Joker. El filme trasuda lucha de clases, hay los pobres y perdedores, y los yuppies, empresarios y los Thomas Wayne que menosprecian a la mayoría perdedora, les llama payasos. De esto que violencia y abuso surgido en un metro con unos yuppies se convierta en una pequeña revolución. Joker lidera a los payasos, es decir a los perdedores, a los olvidados, a los oprimidos, a los pobres. Es una historia que convierte al Joker en un (anti)héroe, como el Travis Bickle de Taxi Driver (1976), tipos a los que se les escurre la felicidad y el éxito –y peor para Fleck, que no para de ser agredido por todo a su alrededor-, y de manera violenta y reprochable hallan el éxito, se vuelven líderes o héroes de masas, del bajo mundo digamos o, de la presente, del pueblo. La idea de un brote de ratas en la ciudad es que la pobreza está en todas partes y hay descontento, así surgen rebeliones, disturbios, crisis. De éste modo el crimen se vuelve un lugar de restitución, el Joker logra su identidad de esa manera, lo cual suena inteligente y perverso al mismo tiempo, toda su definición moral, aunque en el asesinato. Fleck toma 7 pastillas, es un tipo controlando su desequilibrio, tratando de encajar en el sistema, y termina libre y feliz finalmente en su locura, que curiosamente parece sanar en el extremo de la violencia, tomando fuerza en la brutalidad. Su depresión lo lleva a meterse en el refrigerador en una gran escena salida de una película de terror. Baila danza clásica cuando fluye por su cuerpo la libertad, la locura se podría decir, en lo literal es el asesinato, que significa su restitución de dignidad, que es a donde apunta el filme, la de los humillados, la de los maltratados, la de los dejados de lado por la ayuda social. Fleck fantasea con una vecina afroamericana –la señal con los dedos de una pistola en la sien es parte audaz de su insania- , con ser visto como un hijo por quien quisiera sea su mentor, un comediante de programa de entrevistas, y ahí entra a tallar otro filme, El rey de la comedia (1982), donde ahora Robert De Niro es el hombre en lo alto del podio, y Fleck tendrá que matar al padre exitoso para renacer del fango -convertido en el Joker-. También a Thomas Wayne, símbolo de la opresión social. Joaquin Phoenix está grandioso, ésta vez debe merecer el Oscar, es tremendo actor y aquí lo demuestra con creces, es una de las mejores actuaciones de toda su potente carrera, como cuando Fleck está de pie frente al archivero en el asilo de locos escuchando la lectura del archivo de su madre, y oye de su terrible niñez, crecimiento, y el comienzo, creación y desarrollo de sus trastornos, como con su risa compulsiva e incontrolable frente a cuando se halla tenso. Phillips cambia algunas cosas conocidas como con el nacimiento de Batman en aquella calle saliendo del cine y con la sonrisa del Joker que apunta a lo natural -con la sangre, con los dedos, a la incontinencia-, y todo suena perfecto, glorioso. Éste filme ganó el león de oro del festival de Venecia 2019 y es un gran ganador, una gran película, que engrandece y profundiza la visión del personaje del Joker para verlo plenamente justificado.

viernes, 4 de enero de 2019

The Sisters Brothers


Western del francés Jacques Audiard con Joaquin Phoenix y John C. Reilly como Charlie y Eli Sisters, dos pistoleros mercenarios que simplemente siguen el dinero y a un jefe tras bambalinas, al Comodoro (Rutger Hauer). El filme es duro, no es del tipo del western clásico, aquí no se pretende hacer de los hermanos Sisters unos héroes modelo, son antihéroes en toda la palabra –con humanidad, eso sí, aunque suene contradictorio-, pero con crueldad y barbarie encima. No obstante aun así con cierta empatía para el público. Son los protagonistas y pueden ser muy salvajes como con Mayfield (Rebecca Root), que tiene de feminista.

Hay una línea narrativa que luego se reúne con los hermanos Sisters, la forman el químico  Hermann Kermit Warm (un notable Riz Ahmed) y el buscavidas romántico John Morris (Jake Gyllenhaal) que va en voz en off apuntando en su diario su discurrir por la vida y es alguien que ha dejado una cierta buena vida atrás, pero quiere hacerse su propio camino; lo mismo Warm que tiene una filosofía socialista, medio utópica y filantrópica, en contraste con los Sisters, pero que en general la apuesta es por una vida de paz en todo sentido. El filme tiene muchos diálogos ricos, medio atípicos al western más puro, en especial entre Morris y Warm, que profundizan sobre la existencia en el oeste, mientras entre Eli y Charlie hay hasta humor.

La propuesta tiene intensas y muy veloces escenas de acción, los tiroteos son secos, inmediatos, desde la aparición de los hermanos en una misión a un granero, pero se da poca mítica antagonista –más son estos accesorios- o muy poco tradicional –como con Mayfield-. Los hermanos Sisters se roban toda la mítica, se trata de su historia, de ellos, en casi la totalidad. Pero la llevan más relajada que antaño. Luce el filme fluir despreocupado en que tenga o no leyenda sus protagonistas, aun cuando los hermanos Sisters si hacen mención de su reputación, al menos a Charlie le interesa y tiene de vanidad y matonería.

El filme tiene un estilo fuerte, rudo, que puede no agradar y lo hace a un punto un western exigente, pero también tiene escenas sensibles o de comedia ligera; la amistad y la hermandad están muy bien definidas, son sólidas y aportan todo el tiempo, son un eje potente, brilla la lealtad a prueba de todo, incluso contra poder sobrevivir, ponerse en riesgo o enfrentar criminales y cazarecompensas inmisericordes. También el filme tiene muchas cosas impensadas, como con la araña y la fiebre o el arrebato de ambición y torpeza de Charlie que propone algo descomunal. Tiene la propuesta momentos de creatividad visual, como con las persecuciones a los hermanos Sisters y su reducción de acción y estructuración a esa vera.

El sueño del padre mutilado es también muy sugerente y fuerte, y aunque deja abierta la descripción exacta, con esto basta y sobra para más que entenderlo y dejar tremenda sensación y mezcla de sentimientos. El dúo Phoenix y Reilly es logrado, son creíbles, cuando no todo el tiempo son serios o tienen acuesta el humor en su carrera y pueden perder verosimilitud, aun cuando son muy carismáticos como actores. También la vestimenta y la actitud sobresalen en ellos; todo es bastante natural. El retorno de cuando Eli le cubre la espalda a su hermano de sus ex compañeros es glorioso visualmente, y maneja la elipsis.

Lo voluble en Charlie es coherente porque a ratos se muestra inmaduro y lo mueve mucho el dinero y la acción; no le falta la risa sarcástica de pasar todo por alto, de la mano de su furia, egocentrismo y rebeldía. Su sonrisa de ambición, la mirada perdida, su expresividad de tipo loco, es notable en Phoenix. Reilly es más el lado humano, suave, familiar, como con la prostituta o el caballo, pero es un gran apoyo y es ahí hacia donde finalmente se dirige la película, tras enfrentar la aventura juvenil, lo efímero, lo atrevido, que termina en golpe existencial, en la soledad y vacío del pistolero, en cierta derrota y en la naturaleza brutal del western moderno.

sábado, 28 de abril de 2018

You Were Never Really Here


Joaquin Phoenix es Joe, un tipo que rescata gente secuestrada, especialmente niñas, que suelen ser raptadas para prostituirlas. En el trayecto infringe violencia, suele hacer uso de un martillo. Joe es un veterano de guerra y un hombre con muchos traumas, incluso de su infancia, por lo que Joe suele ser muy proclive al suicidio, lo anhela en cierta forma, pero a último minuto suele escapar de éste deseo. Se suele asfixiar con bolsas. Tiene sueños donde visualizamos de manera salvaje su anhelo suicida.

El filme de Lynne Ramsay es una cinta de acción, pero donde los actos violentos llevan una estética, mucha arte, yacen en composiciones generalmente finales, no vemos en sí la acción, solo una parte muy pequeña. Phoenix no necesita de vistosas coreografías de pelea, todo está acomodado como cine arte, al punto que momentos de acción que por lo general deberían ser intensos, pero simples, son algo ambiguos y hasta algo difíciles de descifrar.

La película es emocionante aun cuando no tiene coreografías de combate arduas en movimientos, tiene un toque muy cool, una buena banda sonora, una expresividad de tipo hip hop, como de gente salida de abajo. Phoenix muestra un lado inmaduro y juguetón en su personaje, que parece propio de historia de sobrevivencia económica, de película social británica. Hay un lado riesgoso y resbaladizo en ello porque puede desvirtuar la contundencia de la fuerza del protagonista. Pero al fin y al cabo es una humanización, esquiva estereotipos. Finalmente el personaje hace honor a la acción que promete el filme.

Entre la inmadurez, el sufrimiento existencial y la brutalidad tenemos a un personaje interesante, matizado digamos, con sus pros y contras, para bien y para mal. El filme se ampara en la soledad, a pesar de que uno pueda estar acompañado –Joe vive con su madre (Judith Roberts)-, una soledad psicológica más que literal, una especie de depresión. La adolescente (Ekaterina Samsonov) hija de un senador que debe rescatar Joe es parecida a él, comparten un mundo de trauma, depresión, divague, escapismo, soledad.  

Ésta propuesta no escatima violencia visual, pero yace como si estuviera congelada, es decir en estado final, como conclusión, por lo general crímenes, son cuadros poderosos de absorber. No es un filme para gente sensible. Lo cool incluye humanidad pero no sentimentalismos (Lynne muestra carácter), más es juego que afectos, más es dolor que cualquier otra cosa.  

Del filme se podría decir que es minimalista, tiene una trama escueta, pero visceral y con énfasis en la puesta en escena. Es un filme sencillo, casi se diría que no existe una verdadera trama. No obstante tampoco apunta a los juegos pirotécnicos de la acción, a las peleas grandilocuentes, sino como a composiciones de pinturas, fotogramas artísticos. Es notoriamente un filme hecho por alguien propio del cine arte y no del mundo de la acción. Pero es un filme entretenido, masivamente atractivo.

En la primera parte del filme no vemos al mejor Joaquin Phoenix ni al mejor Joe, pero en la segunda parte cuando todo el mundo empieza a aparecer muerto, la expresividad del sufrimiento y cierta locura de Joe toman vuelo y el gran Joaquin Phoenix justifica haber ganado el premio de mejor actor en el festival de Cannes 2017. Hay muchos pequeños flashbacks, escenas de tortura mental, un pasado que refleja una cierta insania, sobreexplotado, y donde se halla la argumentación del filme, el resto es simple.

Joe no experimenta un espíritu típico del cine de acción, un espíritu de venganza furioso e indetenible pero justificado y a último minuto noble, sino luce medio autómata, como quien yace cansando de actuar que hasta lamenta las muertes -de pedófilos y asesinos fríos- y su justificación de hacerles daño, incluso se compadece de sus enemigos, sufre también por ellos, hasta ahí llega su agotamiento existencial y una emotividad algo lastimera (más claro no puede ser cuando se sumerge con piedras en el río). Pero aun así el filme permite no tomarse tan en serio, respirando cierta inmadurez más que atrevimiento (que Lynne lo tiene), no deja de ser entretenimiento y también de estar buscando esquivar lo plano, el vacío.   

jueves, 19 de marzo de 2015

Vicio Propio (Inherent Vice)

La presente adaptación cinematográfica del respetado y admirado Paul Thomas Anderson de la novela del genial Thomas Pynchon es un reto ambicioso en lo llamado imposible de lograr en el cine, una película no emocionalmente fácil de llegar al espectador, pero si claramente una muy compleja tal cual fiel a su magma y sólida emulación, siendo una propuesta de cine arte en toda palabra, en su elucubración estructural que gira sobre los recovecos de las drogas y una época de libertad hippie en sus últimos momentos de masiva forma de vida propia de la década de los 60s, en estado de retornar a la contracultura, tras la desilusión, el duro rechazo y la desconfianza que generaron implacablemente los crímenes de Charles Mason y la corrupción de un ideal de paz, humanidad y confraternidad.

Vicio propio está lleno de intrincamiento, muchos personajes, una narrativa algo confusa que nombra recurrentemente a lo paranoide y conspirativo, un neo noir imponente, finalmente uno serio a pesar de que permita el juego pleno con las adicciones, estando cargado de ironía, relajo y sobre todo sequedad (en el estilo de humor que nos recuerda Embriagado de amor, 2002). Contiene en realidad muy poca acción, pero no está exento de muchas novedades, extravagancias y descubrimientos, en la prominente ilación de unir sus tantas partes investigativas, en base al trabajo de un detective privado muy especial, Larry "Doc" Sportello (el gran Joaquin Phoenix), un tipo idealista, por momentos inteligente, sencillo pero diverso y con personalidad, un hombre honesto que se da tal cual. Yace movido por el amor desinteresado y la amistad que retribuye y vela por el otro, pero quien es un hippie típico, muy aficionado a las drogas, donde en un tiempo de decadencia es maltratado continuamente por el creador omnisciente que aun así le guarda cariño siendo el (anti)héroe de la historia. Sportello sufre golpizas de la policía, la mirada reprobatoria de la sociedad y la vaguería y tontees de su propia figura, siendo a ratos un tipo bufo y despistado, muy simple y "monotemático" en su afición a lo lisérgico, y sin embargo sobrevive un personaje con matices, al conseguir cierta devoción, en su altruismo y espíritu.

Doc Sportello invoca su amor en aquella reminiscencia hermosa de correr en la lluvia descalzo y en el reencuentro apasionado y sensual de expurgación emocional y choque de limpia de decepciones frente a una perdición en la lujuria y la sumisión ante el dinero, la aventura salvaje y el poder, hacia la figura personal de su amor más puro, Shasta Fay Hepworth (una impecable Katherine Waterston), en la simbolización del más potente sentir de lo hippie (asociándola ligeramente con la caída y el perdón de la Jenny de Forrest Gump, 1994), en la que a fin de cuentas se trata de una mirada nostálgica, de lo que es simplemente, no pretendiendo juzgar con determinación, por lo que ahí vemos al rudo oficial Bigfoot Bjornsen (un muy competente Josh Brolin) soportándolo y hasta perdonándole decisiones que van contra lo que quiere, en una forma de vida que lo hace rabiar, supuestamente detestar su onda. Bigfoot yace en un muy cómico contraste de súper macho violento, no muy disciplinado, con la apetencia de helados que juegan a simbolizar falos; en ello hay como romper los parámetros, reírse un poco de todo, con personajes y ciertos sucesos estrambóticos y cómicos, como el dentista ridículo, “drogadicto” (habiendo un mensaje soft en ello, una postura en no demonizar las drogas, en que nos dicen que no determinan a la persona) y hedonista en el rol de Martin Short, o el ubicuo infiltrado y mil caras de Coy Harlingen en Owen Wilson que tiene una escena a lo última cena de Cristo con pizzas.

La broma va encubierta o se dispara en varios ratos, con un tono y un humor particular; así seguimos el trato final con el cartel del Colmillo Dorado y sus tentáculos con motoristas nazis, alguno enemistado por deudas con un viejo amigo Pantera Negra; los puticlubs, donde hay asistentes lésbicas que cogen en público, chicas guapas, fáciles y esculturales, como en la interpretación de la actriz porno Belladonna que no deja de sonreír; un asesino a lo Al Capone de Los Intocables (1987) asociado a la policía; un magnate inmobiliario perdido en busca de redención espiritual en un manicomio donde hay cultos de chakra pero que se parecen al Ku Klux Klan; y lavados de dinero en una empresa odontóloga que tiene su cede en un edificio en forma de colmillo; de ésta manera se hace frente a dos damas rubicundas, de aspecto inocente y bien vestidas, que parecen madre e hija impolutas dirigiéndose al Mall. Todo esto nos remite a esperar lo impredecible, lo menos pensando, en un ejercicio de pura arte, libre e irreverente.

Lo hippie, la curiosidad en el cine negro, propone el sentir general, y luego como vemos en aquel final frente a la representativa relación y esencia del filme y su temática, se lee que el espíritu no está muerto, en la posibilidad/confianza que imprime una sonrisa en el último cuadro, como quien se ha divertido, y va a seguir haciéndolo, en cuanto a la premisa más naif de todas, y sin embargo más precisa a una ideología que engloba perfectamente el filme.  

domingo, 2 de febrero de 2014

Her

Mi atracción hacia el cine de Spike Jonze no empezó con sus extravagantes y originales largometrajes, que siendo franco me eran extrañamente indiferentes e incluso había un filme suyo que había abandonado; lo que más tarde claramente ha cambiado encontrando una cosmovisión muy sustancial. Fue con su corto I´m Here (2010) que me enganché, en que podemos ver lo que será más tarde la presente película, un relato romántico dentro del género de la ciencia ficción, en la que evitamos concentrarnos predominantemente en su envoltura creativa que tampoco es algo muy arduo pero sí audaz –la que no solo es una poderosa fuente de atracción como acostumbra éste director, sino que cumple también un cometido de profundización en su conjunto, que elogio- ya que yace anclada a algo más importante, un retrato y análisis sobre nuestra humanidad, refiriéndose a lo que nos permite encontrarnos en esencia y concebir la felicidad, no necesariamente por medio de lo tangible.

Así lo demuestra Her, la que parte literalmente de lo contrario, diríamos que de lo abstracto (una idea ejemplar viendo como la posesión física es tan celebrada en muchas culturas modernas, y que por supuesto es vital, pero que aunque suene tradicional decirlo es mucho mejor a la vera de algo rotundo en el corazón), una entrega mayor fuera de todo encasillamiento, en el cortometraje el donar nuestro cuerpo, en un acto sublime de vivir y velar por completo -relegándonos o haciendo imponentes sacrificios- por otro ser humano.

El corto es mucho más ligero que su último filme pero hondo y valioso en su medida, y es que ahora un contexto más elaborado articula más temáticas a la vera de lo que acabo de detallar a grosso modo, en donde Theodore Twombly (Joaquin Phoenix, uno de los grandes actores de la actualidad, el que tarde o temprano creo merecerá un Premio Oscar, si sigue como va), un tipo clásico, de aspecto un poco tonto –como con en el uso de su evidente vestimenta anticuada, pantalón por arriba del ombligo en un aire de cariz universitario bastante serio pero desaliñado- e intelectual, alguien de índole solitario, pero con un sentido del humor común a cualquiera afín a la travesura e idiotez donde anida y se esconde el espíritu extremo de Phoenix (basta ver la terrible I´am Still here, 2010) atraviesa por el trance de divorciarse de su mujer, Catherine (Rooney Mara, de bello rostro y cualidades prometedoras como actriz, aparte de que está actualmente en la palestra).

Theodore tiene un dolor, un vacío y un común pero no menos complicado reto de superación personal que vencer; cree que ha perdido a la mujer de su vida y le cuesta dejarla ir (no quiere firmar los papeles de separación a más de un año de roto su nexo afectivo), que se ve reconfortado y absorbido por un idilio muy particular, se ha enamorado de un programa de computadora, experto en entablar vínculos emocionales y empáticos al ostentar en si la retroalimentación de información de la personalidad y los sentimientos del usuario y ante ellos crecer como ente racional que busca asumirse emotivo. Pero es que la comunicación y conexión es como si fuera casi con una persona real y va más allá, subyace muy comprometida, llana en el trato, en un tono humano, abierta al otro y -ante esa interacción- consigo misma. Es estar muy despierto con el amor y eso cautiva; con la que comparte risas, aprendizajes, cariño, juegos, aventuras, intimidades, pensamientos existenciales, hasta sexo, en la voz de la sensual y ubicua Scarlett Johansson quien es Samantha, la dama y la relación amorosa perfecta, la que nos llena y nos subyuga, nos arrastra hacia lo mismo que manejaba el corto predecesor.

El desenlace nos muestra todo más fácil de entender y decidir, sin embargo la mayor parte del metraje que a un punto engaña o te captura en un tipo de historia es distinto, y nos pone como fuente de introspección un romance de aire imposible, por lo menos arduo de concretar si eres exigente. Te enfrenta a la realidad nada simple pero en buena medida placentera que conlleva, como a ciertos prejuicios y normalidad en contraste, al contenerte en una relación freak, si bien Theodore Twombly tiene el carácter necesario para sortear esas limitaciones aun teniendo sus naturales dudas y sus momentos de confrontación con su entorno.

Spike Jonze, como suele hacer, le proporciona muchos giros a su propuesta, aquí principalmente uno más, en un aspecto grandilocuente, en que además cambia parámetros para generar una nueva interpretación. Y ya lo veíamos en Cómo ser John Malkovich (1999) y en El ladrón de orquídeas (Adaptation, 2002). La primera es un ir a un estado continuo de sorpresa y reto, al meterse en la cabeza del actor aludido en el título, y exhibir un relato maleable y muy rico, que se mueve en temas como la inmortalidad, la visión de la realidad, la suplantación, el éxtasis de la admiración, la identidad, la transfiguración -no solo física- del sexo, el absurdo, la comicidad, la locura, la imagen como éxito, entre muchos otros pensamientos que se desprenden siendo un retrato que se teje como un divertimento, lo que implica no tomarse demasiado en serio, esbozando, articulando, dejando en el aire mucha filosofía sin necesariamente exprimirla o abordarla a consciencia. La segunda es otro interesante estudio analítico, aunque muy distinto al anterior que manejaba hartos cabos, que brilla en gran parte en la metalingüística, en el uso de cajas chinas, y en los vínculos entre arte, la vida supuestamente fidedigna y el cuento, mezclando la autoría con la calidad de ser protagonista de un noir que es en lo que se vuelve a fin de cuentas, en una intensa y rocambolesca historia criminal que deja cavilar sobre dejar de ser un perdedor a través de la “ficción” (se pueden dar varias lecturas), hacer una relectura existencial a través de la creación que se desborda hasta contener el mundo, como en un estado de locura convertido en pequeña lección, creer en nosotros. Nuevamente Jonze hace gala de su calidad de entretenedor y vibra en un clímax que rompe todo espíritu de trascendencia. Lo que podemos verlo muchos más en Donde viven los monstruos (2009), película que saca afuera y promueve toda una vena infantil, la libertad total, pero en que se tiene el sentido de aleccionar al monstruo que todo ser humano lleva dentro, en una isla en que la gobiernan sus comportamientos exaltados, extremos, crueles o muy sensibles dependiendo el caso, impredecibles, de cara a un niño problemático (un juego de espejos) que vive en una casa disfuncional y por ende complicada, el que hace un viaje fantástico a un mundo de bestias de cariz mental humano primario (¿imaginarias?, eso no importa, ya que el filme sigue su propio código) que toman por asalto la existencia, y empeñan sus esfuerzos en vibrar cada minuto sin miramientos, hasta que se les revela que deben ser mucho mejor que eso, tomar responsabilidades, especialmente con su emotividad que refracta en mucho egoísmo, en un individualismo conflictivo. Es la gran sabiduría de la convivencia, todo reflejado en una realización sencilla, que aparenta no seguir convención narrativa hasta faltados veinte últimos minutos, redondeando y sellando su leitmotiv, aquella discusión casera pero de suma importancia. Es una cinta que vive en ser lo que representa, pero que deja un mensaje adulto.

La historia de Her se centra en un romance llamémoslo virtual aunque se deje ver muy real, el que tiene tanto en común con cualquier otro (entre comillas, ya que puede ser en ciertos puntos hasta mejor), y Twombly lo vive así. La propuesta nos ubica en un contexto muy actual, el de internet y la tecnología, que puede hablarnos de una ilusión (o de un estudio de nuestras carencias, frustraciones y vaciedad), si bien el tema de fondo es la comprensión de como dejar ir a un amor que ya no nos corresponde, de darnos otra oportunidad con otros, de seguir adelante (la imagen final de los amigos abrazados deja en claro ello).

Ésta trama nos destila una pregunta, ¿hasta qué punto estamos desvinculados de lo verdadero?, en el decir de lo valioso. Nos falta poner de nuestra parte, trazarnos metas, rehacernos si es necesario, mejorar -como una constante- nuestro alrededor y en ello más que una crítica hablaríamos de un complemento con las computadoras, que son un punto para mover el mundo, como deja ver el filme en su uso, aparte del arte que emana. Y eso juega con una lectura distinta a la que podemos creer en primera instancia, porque en nuestra cotidianidad tendemos a hacerlo todo mal, o caer en muchos errores, no nos prodigamos muchas veces afectos, comprensión mutua o pequeños entretenimientos que exhiban esa aura bendecida del enamoramiento (poder meter en la vida más sueños, comportamientos agradables, inocencia, deslumbramientos), o solo lo hacemos cuando todo está perdido, y ésta por un lado también luce como una llamada de atención de como algo fantástico, Samantha, la que quiere ahondar en el mundo, nos enseña que el planeta y la humanidad es hermosa en muchas facetas, en cuanto a la desnudez (la corporal y la interior), nuestra intimidad y descubrimientos, y que deberíamos aprender a aprovecharle, y a disfrutar con mayor predisposición y ahínco, atenderle con pasión.

La personalidad habitual de Theodore es la de alguien apagado, medio muerta, teniendo en cuenta que está sufriendo y añora a una mujer en especial, tanto que cuando tiene enfrente a una beldad escultural y erótica en el cuerpo de la actriz Olivia Wilde la rechaza, cosa que sirve de ejemplo para ver que no está tampoco desesperado por hallar a alguien, como se puede creer. Sin embargo se ve que con la motivación correcta (el pasado también enseña) sale a flote un sujeto saludable, mostrándose como un ser humano gracioso, espontaneo, inteligente, sensible e interesante, como es él en realidad, o eso aguarda por ser explotado y compartido. Esto se vislumbra en algunos gestos amables, de confabulación y de mucha confianza, incluso tontería, con Amy (una polifacética Amy Adams) que es como su reflejo, la que quiere que se le respete (de ahí su deseo de hacer un documental donde brille la autoría por sobre lo práctico) y se le trate con más delicadeza. Nuevamente el ideal aflora en detrimento de la costumbre y el tiempo que merman convenciones, a veces necesarias para generar paradójicamente un mejor ambiente, ya que todo no es comodidad. Estamos ante un filme que alienta todo tipo de ilusión, aun perdiéndola de vez en cuando (o finalmente dé paso a una reinvención), y es que propone un trabajo, nada que venga fácil porque el entorno es menos gratuito de lo que se cree, es duro y hay que remontarlo.

La propuesta es la aventura de un idilio dentro de un contexto particular, un romance con un programa muy avanzado, muy fino en su anhelo de emulación (el que no se ve así de literal por las personas que lo utilizan, y eso hace el panorama más complejo), en medio de una lucha porque llegue a buen fin, buscando soluciones a cada limitación (véase distintas muestras de lo sexual o de la interrelación social), pero que permite observarnos como somos, en lo que malogramos y en lo que nos hace falta.

Samantha como producto quiere reemplazar a una mujer soñada que tome forma en nuestra idiosincrasia, recordando que es algo que se ve mucho en la ciencia ficción, vista además como una meta científica (la invención de la vida semejante a la humana por métodos artificiales). Visto sencillamente indica que quiere que le quieran como a una persona (de lo que el motivo puede variar), viniendo a interpretarse como un ente superior o al cual ampararse para que nos salven; en el que se requiere superar el escollo de la ausencia física (que no es poco, más bien tan trascendente, que desde luego en la concepción afectiva también lo es), como con la intervención de un cuerpo de intermediario aunado a una cámara y al audífono, otro momento de creatividad (aunque algo tonto).

Ésta película tiene muchos aciertos creativos, como el de la representación del futuro, el que es reconocible en su sencillez formal, muy parecido al presente aunque inmerso en mayor modernidad, con la exaltación que proveen los abundantes edificios, mucha urbanidad, publicidad callejera elaborada tipo las calles neoyorquinas –como en Blade Runner (1982) aunque más apacible, menos iluminado- y su normal ajetreo y su aura de indiferencia, y es que es una revisión atemporal de nuestra esencia, siendo el amor algo tan predominante para cualquier realización personal.

El giro que toma la trama con Samantha parece más perspicaz y coherente, menos efectista u ocurrente de lo que tendemos a pensar, y aunque en general se respira melancolía, o a veces un tono optimista algo opacado por ese conjunto más sosegado, una humedad que se pega a la piel, aquello se debe -como claramente se deja ver- a que se clama en el relato por la auto-superación, exhalando un aire poético y dulce en la atmósfera, pero que a fin de cuentas impone una chispa de realismo que es la verdad que esconde toda la propuesta (una añoranza que debe convertirse en experiencia, en olvido, y propiciar una reforma). Encaramos un pretexto que da la fantasía para completar y subsanar un camino, dentro de lo etéreo, el querer contener (para revisar) lo que hemos perdido, el que se da por medio de mucho más que nuestra común percepción, que es lo que permite la maravilla del séptimo arte, en un periplo introspectivo salido de la imaginación de Spike Jonze en un sci-fi que nos ayuda a conocernos y pasar la página.  

lunes, 11 de febrero de 2013

The master

Ésta película fue alabada hasta la extenuación en el Festival de Cine de Venecia 2012. Ganó dos de los premios más importantes, la copa Volpi compartida entre sus dos protagonistas y el león de plata a su director. No obstante se hizo un embrollo en su jurado, liderado por Michael Mann (Heat, 1995) y en donde participaban reconocidos directores como Matteo Garrone, Ari Folman, Pablo Trapero y Ursula Meier entre otros bajo su presidencia, que le dieron el león de oro y luego por una regla en el certamen que impedía que una sola película albergue todos los galardones, se volvió a deliberar y dieron a Pieta de Kim Ki-duk como vencedora. El Oscar no le ha dado la nominación a director a Paul Thomas Anderson ni a mejor película por su obra como debió ocurrir y se ha quedado con 3 para sus actores, Joaquín Phoenix, Philip Seymour Hoffman y Amy Adams. La crítica en general la ha alabado aunque tuvo un revés en Estados Unidos donde se impusieron Argo y Zero Dark Thirty en las premiaciones.

Paul Thomas Anderson es uno de los más atractivos directores que posee Norteamérica. Nos presenta una película sobre la pertenecía a una secta místico filosófica que utiliza la regresión de vidas en el tiempo mediante lo que parece la hipnosis buscando domesticar las emociones y desarrollar un orden científico. Muchos creen ver que alude a la Cienciología pero la historia busca más que la especificidad, el análisis de lo que es vivir a través de una ¿secta?. Para eso, coloca a un acólito y paciente muy reacio a las normas e ideas en general pero dispuesto a encontrar su camino, por la presente historia por medio de la Causa, como se hace llamar la organización de su orador, difusor, argumentador y líder Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman). El hombre escogido para demostrar las leyes de ese nuevo sistema que cree ser la verdad a difundir y que quiere colonizar a la sociedad es un oficial de la naval que tiene varias condecoraciones (para él intrascendentes ya que su comportamiento lo rige y no es el más apto), pero también tiene problemas psicológicos, producto de secuelas de su participación en la segunda guerra mundial. Posee una proclividad hacia la violencia, una furia muy similar al impulso sexual, por eso se busca entre los métodos el re-ordenamiento de su conducta mediante esa característica, muy dominante en la cultura angloamericana. El marino Freddie Quell (Joaquin Phoenix) es el contrapeso de lo que se intenta, una práctica que se quiere imponer como una de tantas opciones que creen ser la mejor vía. El resultado argumental del filme puede entenderse como el del nihilismo que se ampara en la libertad total como decisión. He ahí la metáfora de la moto en el desierto, uno va hacia un punto, toma la velocidad que desea, es libre como el viento mientras vive la aventura de la existencia, y en ese lugar puede escapar o continuar una senda.

El filme es muy claro, P.T. Anderson no ha dejado hueco suelto y nos ha permitido reflexionar sobre ese buscar en lo exógeno, en el mundo, a través de un amo como dice el maestro refiriendo que nadie puede evitar no tener uno, el hombre se inclina necesariamente hacia una filosofía de vida, tiene un anhelo innato de dirección, de sentido, de esa eterna pregunta ancestral y central, y ésta no la tenemos y por ende salimos a encontrarla con nuestra percepción y aceptación de lo que nos rodea. Es por eso que Quell, un tipo a todas luces primario, salvaje, sexual, indómito, pero perdido, caótico, voluble, limitado de cierta forma, cae como inevitable ejemplo. Sin embargo sí que es audaz su elección (el temor familiar y verlo como un borracho, un incapaz de entender o alguien agresivo carnalmente es algo vastamente a la vista, parece un caso perdido). Quell no es dócil aunque representa el futuro logro de la concepción del ideal (hombres como él son los que yacen afuera en gran proporción y en el fondo gritan por rumbo). Quell parece capaz  de ser domesticado por cierta simpleza y agradecimiento que se intuye en él. Sin embargo no deja de ver desnudas a sus compañeras en las celebraciones caseras y convencionales, no puede contener su enfado llevado a los golpes, ni eludir beber bebidas alcohólicas exóticas, y esto puede ser el sentido anárquico del hombre, su rebeldía invendible, un alegato abierto de ese amparo por la absoluta libertad, por la incapacidad de la búsqueda (queremos y a su vez no podemos obtener la verdad aunque irremediablemente escogeremos a donde ir; en el personaje es la playa, el cuerpo, las sensaciones, el regocijo de la “nada”, algo pequeño por contraposición a esas grandes revelaciones). Quell aunque entiende, llora en un momento cuando se le promete la enemistad si se retira del grupo, no puede dejar de ser él, ese tipo derrotado pero aun así feliz (deja escapar a la mujer que ama, y sigue sonriendo en otras experiencias casuales).

El filme posee muchos simbolismos; evita también el vacío y la precariedad de los elementos en discusión, porque donde hay una elipsis temporal, luego aparece una explicación. Nuestro eje es Quell, dentro de un cuadro que permiten bastante introspección, uno suficientemente enriquecido para proveer distintas ideas. Puede ser algo muy simple o, visto con detenimiento, algo en que complicarse (mucho menos potente en su literalidad). P.T. Anderson resulta honesto, directo y también profundo, complejo. Estamos ante una obra maestra. No es gratuita en ningún momento, uno la siente muy consciente de lo que narra, es rotundamente inteligente, sin alardes, y a su vez no se presenta acérrima en su postura, pero la tiene, y está en la resolución de su protagonista.

Joaquin Phoenix nos recuerda a Daniel Day Lewis, le impone gestos y estética a su papel, lo reviste de una figura, y le imprime emociones constantes, llora y ríe con una facilidad pasmosa, envidiable; posee una naturalidad a ratos insolente, palpable, que puede ser hasta estúpida y no deja de crear esa indispensable seriedad que requiere. Sí que se ciñe a una apariencia marcada pero lo hace desde lo que significa de forma no solo potente, sino valiosa, en una idiosincrasia que interactúa con la dificultad temática, figurativa y argumental. Es un actor terriblemente talentoso que sabe ser efectivamente el centro de atención. Así también Philip Seymour Hoffman, que ha estado en cinco de las 6 películas de P.T. Anderson, y todas demostrando ser un camaleón, un ser de barro que toma la fisonomía que busca el artesano, desde un homosexual de aspecto medio adolescente, a un tipo insoportable en el juego a un matón furibundo. Esta vez es la coherencia, la iluminación, pero con un aire relajado, normal, el tipo bromea, se identifica con el marino, lo cual no es tan típico, bebe también, se excita. Su concepción en su personaje es uno muy humano, más que el de Phoenix que recurre a cierta restricción de forma. Está bastante enriquecido, y sirve mucho porque su papel debe ser el de alguien especial sin que deje de ser reconocible o humilde como les gusta a los norteamericanos, ambos en realidad lo son (excepcionales) pero desde distintas coordenadas. Hay un trabajo notable en la fusión de lo que debió explicarle el director del argumento y lo que es en pantalla, ambos indisolubles. La trama gana con sus actores y ellos con lo que dice el relato. Amy Adams también cae en ese ángulo, esquivando una mirada pobre aun en un estado bastante identificable, la del fanático y compañera activa del guía; ella es fuerte, de convicciones y su determinación se sobrepone a su belleza y por ende fragilidad y superficialidad. Cuando lo masturba es algo sugerente y sin ver nada algo muy concreto en nuestra mente.

Retoma y da una predominancia a lo que ya vio en Pozos de ambición (2007), genera otro desarrollo bajo el mismo pensamiento detrás, mientras demuestra mayor madurez. P. T. Anderson es una apuesta segura de estupendo séptimo arte. Ya desde Hard Eight, Sidney (1996), su debut, una pequeña cinta que aunque aún tímida y en parte predecible yace muy bien articulada, con diálogos bastante naturales y atractivos (por su identificación), los que no buscan ninguna anormalidad, sacando lo mejor de sus actores. También, qué mejor que ver la cinta por antonomasia de Philip Baker Hall. Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999) son cintas ambiciosas, corales, entretenidas, referenciales. Su marca en el cine, el talento y la fama. Punch-Drunk Love (2002) es su visión de la comedia (le gusta el humor y prueba de ello es que está casado con la comediante Maya Rudolph con la que tiene tres hijos), que lleva un toque atípico y particular en la broma (inteligente), nadando en lo romántico y en lo que no deja de ser ligero, con un Adam Sandler plasmando su impronta, su extravagante violencia y su ausencia de histrionismo en la comedia, su contradicción visual-verbal. P.T. Anderson recurre a cierta brutalidad y sexo pero le otorga sentido, lo contextualiza, crea una lectura, de ahí su ingenio, le saca la vuelta a su banalización, y la mejor prueba está en The Master, que lleva un contundente filtro de la naturaleza humana, y valga la redundancia ya sabemos cómo llamarle.

lunes, 7 de febrero de 2011

Aún sigo aquí


Éste documental según han afirmado sus autores, Joaquin Phoenix y Casey Affleck, Affleck lo dirige, ambos comparten el guion, dicen que es una película de ficción que finge ser esa forma de archivo, pero lo que vemos parece real si bien todo el asunto de convertirse en rapero dejando la actuación por parte de Joaquín Phoenix parece una tontería increíble. Por ese lado podemos creerles pero lo que observamos luce tan espontáneo que admite la duda. Lo que presenciamos resulta patético, presentando a Phoenix como un estropajo. No puede quedar peor, si bien se llega a sentir conmiseración por su estado.

Phoenix inhala cocaína en repetidas oportunidades, se acuesta con una prostituta y aspira droga de uno de sus pechos, le arrojan una ventosidad en el rostro, luce por un año como un loco, con el cabello desordenado y largo, la barba descuidada y lentes oscuros, una panza prominente y una actitud que repele el buen trato humano, insulta y minimiza a sus amigos, habla incoherencias. Su cántico de hip hop se presenta desastroso en cada ocasión que lo hace. Quiere ser reconocido en su nueva actividad a pesar de la clara falta de talento. Golpea a un espectador de uno de sus presentaciones musicales, vomita; llora tras pasar vergüenza y ser razón de burlas en el programa de David Letterman. Es imitado inmisericordemente, como un retardado y un tipo sucio, por Ben Stiller, en un evento que reúne a cuantiosas estrellas de cine. Los medios de comunicación difunden la noticia de la mofa en que se ha convertido.

¿Y todo para qué?, ¿es verdad que Phoenix ha caído tan hondo, al aborrecer su gran carrera actoral por una nueva esperpéntica inmersión en el hip hop o es la actuación de su vida como han querido llamarla los creadores de éste documental? Ciertamente el filme es un golpe bajo para quienes lo tenían en un pedestal y por donde se le mire es deprimente, porque de cómico no tiene nada, fuera de que creamos que Phoenix realmente está fingiendo lo que vemos y haya logrado concretar el papel de un perdedor disfrazado de gloria del cine.

Casey Affleck, quien además es cuñado de Joaquín, como director es terrible, porque su actor principal da la espalda a la cámara, no se le ve bien el rostro en incontables tomas, los diálogos son insignificantes, se mueve y es seguido sin un encuadre correcto, se demuestra mucha improvisación técnica. Claro, podemos decir que es parte de que trata de ser lo más realista posible; pero sin profesionalismo en la realización, ¿de qué estamos hablando?

Pasan artistas reconocidos por la filmación, Edward James Olmos llega a darle consejos de las elecciones de la vida en un discurso que avala el decadentismo del retirado actor. Ben Stiller aparece con un guion de cine, el cual Phoenix rechaza menospreciándolo y abandonando el lugar. Hay abrazos con actores como Bruce Willis, Jack Nicholson, Billy Cristal, Danny Glover, entre otros, pero en rápida intervención, producto de un evento benéfico que comparte con ellos. Sean Combs es el productor musical al que Phoenix busca para promover su faceta de cantante y para sorpresa del espectador acepta ayudarle, antes explicándole que necesita invertir mucho dinero, y en su estudio llega a decirle sorprendentemente que tiene dos canciones valiosas.

La película gira en base al deseo de Joaquín de ser cantante de hip hop, empecinado en triunfar en algo que considera más verdadero que el cine donde se considera solo un títere. Ver éste documental te deja la idea de que se permiten denostar de la hermosa actividad del séptimo arte, que no es lo que parece. Phoenix está lejos de ser lo que cualquiera puede pensar que es, una estrella glamorosa, inteligente y triunfadora, con una vida acomodada, buena educación y simpatía, que está rodeado de gollerías y mucha relevancia artística bien llevada y que se ve perseguido por el deseo de la multitud de conocer su idílica y extraordinaria existencia. Nada de eso se ve en la película, porque él se muestra como un pobre diablo que vive desordenadamente y desorientado e insatisfecho con sus propias decisiones. Parece un tipejo insoportable e incapaz mentalmente que hace películas pero que detrás no tiene virtudes personales.

Joaquín Phoenix es uno de los actores que más me agradan, siempre proveyendo a las películas de emociones y transmitiendo sentimientos, con performances envolventes y creíbles, que te ensimisman y te hacen cómplice de su estética, te convierten en fiel seguidor y admirador de su obra, pero aquí a uno lo sacuden y le dicen que nada de eso representa en realidad. Durante la cinta se hace inaguantable en su manera de manifestarse, deja de ser objeto de deslumbramiento para hacerse sentir desagradable, aunque al final cuando se sumerge en el lago nos apiademos de su infelicidad y sintamos lastima por él, sin embargo su arrogancia, inmadurez y retardo mental quedan circulando en nuestra cabeza con decepción tremenda.

Phoenix luego apareció coherente, elegante, delgado, bien peinado y sin barba en un par de festivales europeos, en Italia y Francia, presentando el documental como de ficción junto con Casey Affleck. Si es así, que todo ha sido una gran mentira y solo una interpretación, únicamente me queda decir que no se repita, que ha sido una idea bastante absurda y que el año que perdió no ha valido la pena por una realización tan deplorable. Espero verlo con normalidad en películas complejas y seguir creyendo que lo que he visto aquí ha sido solo una farsa olvidable, una travesura desbordada, un error de proyecto, un año sabático de terror, algo que hay que sacar de la consciencia para recuperar la imagen del actor que tanto a uno agrada, porque en todo caso si su vida personal así fuera, que la supere y que se dedique a lo que domina, hacer cine serio. Por bien de su persona y alegría de sus seguidores.