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martes, 7 de marzo de 2017

Paterson

El último largometraje de ficción de Jim Jarmusch nos muestra la vida de un conductor de ómnibus vista durante una semana, Paterson (Adam Driver), que en su tiempo libre es poeta, aunque aún inédito, tomando en cuenta que de alguna forma todos en la ciudad, Paterson, New Jersey, son poetas. Sobrevuela la filosofía y figura poética de William Carlos Williams, tan compenetrada con la ciudad, a quien el protagonista admira, es su poeta favorito.

Paterson vive con su esposa Laura (Golshifteh Farahani) y su perro bulldog Marvin. Ella quiere convertirse en algún tipo de artista, ser una mujer exitosa y popular, para eso trata de aprender a tocar guitarra, o todo lo quiere transformar en arte en su casa, todo lo pinta o lo adorna a su gusto, un tanto impresentable. Quiere tener un negocio de postres también. Laura es una mujer simpática como persona, una buena pareja, su deseo de arreglarlo todo no es molesto, es tierno, como su sueño de éxito es expuesto de manera naif, y Paterson lo vive y siente así, por lo que nunca discuten por su mal gusto, o su deseo de rediseñarlo todo, ni por algún pedido costoso.

Paterson tiene una vida monótona, pero feliz, se levanta de la cama, come cereal, habla con su mujer, escribe algo en tono muy natural (en cuanto puede, y vemos las letras en pantalla), camina hacia el trabajo, otro empleado le anota la salida del vehículo que tiene a cargo (uno de origen indio siempre quejumbroso de su vida), sale con el ómnibus público a las calles, y en el trabajo escucha algo al vuelo de los pasajeros, donde no hay vulgaridad, sino siempre gente de a pie inteligente y noble, como el mismo Paterson, que bien lo llegan a describir en un comentario como un chofer de ómnibus muy instruido, una curiosidad quizá. A la noche saca al perro y va a tomarse una cerveza a un bar cercano donde el viejo cantinero es un coleccionista de fotos de celebridades de Paterson y aficionado al ajedrez. Regresa a su casa, y comparte conversaciones con su mujer, los sueños y los muchos entusiasmos de ella, cuando él es más tímido y discreto.

Paterson es un filme simpático, que nunca aburre, por más que exhibe suma sencillez en todo sentido, y hay una construcción argumental y narrativa de repetición, que varía en su exposición detallista, mostrando otros ángulos de lo mismo. La idea general está muy clara, es la vida apacible y común de un hombre cualquiera (aun cuando su relación amorosa contrasta con los amores problemáticos de afuera y señala una química especial, sin ser irreal), que con una vida humilde es pleno, la de la sencillez que tiene belleza en sí, y que no es sólo un simple chofer, su mundo tiene la misma hermosura que sus poemas, están hermanados, describen su existencia.

Cuando Paterson recibe el regalo del turista japonés es como decir, tu vida es poesía, no dejes que tus problemas –u otros- te hagan cambiar de pensamiento u olvidarlo, aunque el filme suene romántico, idílico e idealista en general, y recibe un regalo aparentemente muy simple, pero cargado de simbolismo (lo mismo que trasmite que aquel nipón viaje en pos de Paterson New Jersey y William Carlos Williams), éste le dice (sin hablarlo directamente, Jarmusch tan sólo sugiere por varios elementos), haz poesía, escribe sobre tu vida, y no es una ilusión complaciente ni conformista, únicamente una forma positiva y optimista de ver y fomentar el mundo, celebrar a nuestros congéneres, igual a las cosas pequeñas, apreciar donde otros minimizan, agradecer el amor, el hogar, el arte, los sueños, querer y poder vivir tranquilo con uno mismo, porque creer en la poesía de nuestro mundo siempre será saludable, y los límites los pone uno. 

miércoles, 2 de abril de 2014

Sólo los amantes sobreviven

Competidora por la palma de oro en el festival de Cannes 2013. Jim Jarmusch, representante por antonomasia del cine independiente americano desde hace como treinta años, y uno de los cineastas más queridos y admirados del planeta por infinidad de cinéfilos, nos trae una cinta atípica al uso, como suele ser su séptimo arte, aquel que reinventa el lugar común y lo hace suyo, tan propio como íntimo, como se puede ver con facilidad en dos de sus obras claves; el western a modo de viaje espiritual en la “reencarnación” de un poeta interpretado por Johnny Depp como William Blake en una especie de road movie de tintes cómicos y violentos, Dead Man (2005); o el chanbara o cine de samuráis, asimilados desde la urbanidad angloamericana en un antihéroe afroamericano que es un sicario con un poderoso código ancestral personal, el que se ciñe fielmente al título que lo define, por un lado a un perro, que en jerga gringa indica a alguien que se las sabe todas (por decirlo igual de forma coloquial), un tipo ladino y duro, y por el otro, el de un fantasma, alguien que vive a la sombra de su deber y entrega total como la mítica nipona que representa y contextualizan su figura, Ghost Dog: The Way of the Samurai (1999), partiendo de un registro en el conjunto de su obra que muestra siempre la calle desde adentro, la cotidianidad de la gente de a pie que tiene a la música, su vitalidad, su astucia y picardía, su sobrevivencia y recurso, su cariz de entretenerse banalmente y de manera tramposa o hasta en parte criminal, y su espontánea y pura vaguedad como bastión de libertad e identidad.

Only lovers left alive hace de los vampiros un continuo recuerdo/pretexto de los slackers de Permanent Vacation (1980) o -una de sus mejores propuestas, que en lo particular me resulta fascinante, como a muchos amantes del sencillo cine de autor- Stranger Than Paradise (1984). Y es que aquí no pasa mucho, es el vagabundeo y modo de vida de siempre, pasar el tiempo, solo que ambientado a la eternidad, al apetito y la necesidad por sangre, el rechazo y miedo al sol, a los rasgos conocidos de estos famosos y populares monstruos folclóricos, literarios y, por supuesto, también cinematográficos. Y es que en realidad se trata de los mismos outsiders, los de la cosmovisión que dibuja Jarmusch, esos de genio puro y duro, los que retratan la diafanidad de una esencia que no pelea con quienes son, sino simplemente se dejan llevar tal cual en un mundo donde como regla no son bien vistos. Sin embargo el problema en la trama y en esa simbología que exuda, yace con los llamados para el caso zombies, los seres humanos, que valga la ironía y la audacia a diferencia de los vampiros (que deberían ser en su lugar la verdadera fuente de conflicto) resultan tantas veces un problema de convivencia, de búsqueda de felicidad y de asentar digamos que un estilo y, por lo tanto, una existencia.

El filme de Jarmusch tiene como una declaración de sus ideales, y de su arte, mientras se amalgaman varias capas, permitiendo varias lecturas. Aunque es bastante fácil de entender, requiere de un espectador calmo y paciente, ya que no hay demasiadas emociones fuertes, más es como detallar esa conjunción y reinvención que ha hecho de su mundo y el de los vampiros. Unos que son civilizados, instruidos, elegantes, melómanos, viajeros, cosmopolitas, emocionales (como esa idea que circula del suicidio), afectivos (es la historia del amor milenario de una pareja), sacrificados (evitan matar gente y beben sangre de laboratorio), solitarios, un poco místicos, con un aire de artistas de culto (uno de los protagonistas es músico), en un sinfín de características que son el plato fuerte de esta propuesta. Y es que se evita ser lo que se espera de ellos. Han llegado a un estado superior a su condición, dado con la experiencia y la época contemporánea; esto es algo que puede ser interesante visto desde una nueva interpretación del quehacer cinematográfico de Jarmusch, que como David Cronenberg, siguen siendo ellos, pero con una estética y un alcance más complejo.

Como en toda obra que se precie, siempre brilla la independencia, a fin de cuentas. Ésta no es la excepción en absoluto, es un placer ver una nueva pieza de la labor que realiza éste atrayente cineasta, pero se puede ver que en ella la filmografía de Jarmusch pasa ante nuestros ojos.

Los actores que acompañan sirven para ganarse y elevar todas las cualidades que recrean sus polifacéticos personajes, oscuros pero aceptables, simpáticos y raros, fabuladores de temor y seducción, universalidad y particularidad, siendo arduos al manejar esas dualidades o complementariedad que enriquecen el séptimo arte y toda historia que se precie de atractiva, proyectando el quehacer de una leyenda novedosa. Tilda Swinton y Tom Hiddleston, como Eve y Adam, no se hacen incongruentes en sus distintas edades, al estar unidos como pareja, ya que ella aunque suene increíble de creer en la vida real tiene 53 años, y él a penas 33, pero no se siente mucho, pasa desapercibido al punto de lo efectivo, e incluso aquello incrementa el panorama de los pensamientos que se pueden desprender de la trama, desde lo visual que no se articula en pantalla como relato, de lo que ayuda mucho esa calidad de albina y fantasmal que maneja Swinton, tanto como su frescura y distinción de la manada, sin tampoco perderse de no ser un referente ubicable en la gente. Con ello yace su buen cuerpo (sale desnuda en una toma fotogénica y delicada), y su intensidad interior como artista que la hacen tan creíble y auténtica. Por el lado masculino, Hiddleston no malogra la imagen que se quiere concebir con el halo de su inocencia, su cariz de sano, su innato carisma o su llaneza, sino más bien matiza su elíptica esencia, la realza, haciéndola enigmática y diferente desde sí, sin ser forzado a nada, o mejor dicho, a poco porque algo se le empuja a proponer rudeza, fastidio o enojo que resulta menor en calidad de forma. No obstante lo mejor es su fragilidad, el ser refinado y profundo. A su vez lógicamente aporta mucho la idiosincrasia de a quienes retratan, lo que se explota libremente pero de donde se recuperan todas las ideas centrales. Se flexibilizan o se vuelven maleables en las manos de la creatividad de Jim Jarmusch, que no solo dirige sino escribe el guion, como suele hacer, y que aúna mayor compromiso con su obra.

Otro punto de soporte que pretende -o anticipa en el espectador- algún giro a la parsimonia general es la intervención de la actriz Mia Wasikowska como la hermana menor de Eve, que tiene vida libertina, es cruel e imprudente como inconsciente con sus actos, pero no quiebra la estructura ni el estilo conseguido, que para quien se entregue a éste saldrá ganando, más que confundirse y no asumir los parámetros expuestos desde el inicio que son los que dominaran la propuesta. Yo diría que si bien lo suyo crea sorpresa y auspicia el camino hacia una decisión concluyente (el meollo del filme), no pasa de mera “anécdota”, mayor conocimiento descriptivo o pequeño contraste. Lo de ella es una buena actuación, desenfadada, aunque algo artificial en la performance. Del reparto sobresale Anton Yelchin como Ian, el fan underground que le consigue todo lo que quiere a Adam, está logrado y es sumamente limpio. Pero no surte el mismo efecto con Marlowe (John Hurt), que es bastante poca cosa como personaje; se siente simpatía del actor, nada más, pero en verdad no provoca nada importante.

El aire culto del filme le juega algunas malas pasadas, puede llegar a ser algo cursi o ridículo, como algunas audacias en las acciones pueden ser algo bobas o pasar por disonantes, pero todo hace también de amplificador de una personalidad entera y contundente, es jugarse por el arte de uno, y buscar entender que el cine es imponer nuestra marca, nuestra autoría y todo ello está en Jim Jarmusch. No es que sea lo más perfecto lo que hace ni lo más cautivador, pero tiene un nombre muy bien ganado y lo sigue demostrando fehacientemente. La trama es un paseo existencial y vivencial al corazón de un vampiro de los últimos tiempos, pero no sólo eso, sino al alma de un creador de pies a cabeza. Ese al que se parafrasea, cuando la necesidad empuja a succionar sangre, la de unos bellos ejemplares, al son de una hermosa luna romántica, en pleno Tánger. Vamos a convertirlos. No vamos a matarlos ni a corrompernos.