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lunes, 7 de noviembre de 2011

Luz de gas

Una joven atractiva abandona la casa de su tía que la ha criado, tras hallarla estrangulada sin tener a ningún culpable. Es el comienzo que articula George Cukor de su cinta de 1944 llamada Gaslight. Una carroza que se aleja despacio, una noticia en el periódico y unas pocas palabras alentadoras que le piden que supere lo acontecido, que siga adelante, unos ojos súbitamente profundos e insondables.

La dama en otro país se enamora y regresa a la vivienda del crimen con su nuevo marido, a la 9 de Thornton Square, sin embargo en su hogar empiezan a pasar sucesos extraños que solo ella identifica como escuchar constantes ruidos en el techo o el descenso del gas en las lámparas a cierta hora, agregando olvidos, pérdidas y cambios de lugar de objetos que relativizan la cordura de nuestra protagonista. Sobre ésta se cierne la sombra de la difunta que fue una cantante famosa de buena condición social, muy admirada por su belleza y generosidad. El pasado de Paula Alquist (Ingrid Bergman), la sobrina, alberga familiares directos de locura y poco a poco empieza a cuestionarse si está perdiendo la razón.

Su cónyuge, Gregory Anton (Charles Boyer) desconfía de sus palabras por los hechos que pasan, raros sucesos que acaecen a su alrededor que la tildan de cleptómana y de tener alucinaciones aunque trata de ayudarla consolándola en aquella “prisión” señorial que la aísla del mundo, mientras pasa vergüenzas con una de las criadas, una irrespetuosa y liberal muchacha de nombre Nancy (Ángela Lansbury). En medio de esa soledad, miedo e inseguridad Paula trata de no volverse loca mientras el espectador saca sus conclusiones a temprano tiempo no sin perder su expectación requiriendo unir los cabos que esconde la trama y que a medida que se incrementa el clímax de la película con mayor ímpetu uno quiere responder.

George Cukor, director de ésta notable obra maestra del género de terror, nos pone el misterio a la orden y nos coloca dos circunstancias principales a indagar, el homicidio de Alice Alquist en una Londres de bello blanco y negro, neblina y lúgubres calles vacías, como la posible insania de Paula, interpretación que le valió el Oscar a Ingrid Bergman.

Junto con ella está Charles Boyer, en una impecable actuación como un distinguido pianista de grave acento y ojos penetrantes que hace un festín de encanto y arrebato en rápido cambio. Su papel parece de aquellos que ponen figura a un actor para siempre, un elogio de asertividad y total mimetización. También Bergman seduce con su delicada hermosura indefensa ante el contexto que la embarga y la jalonea con libertad hacia el abismo. Y como no puede haber una chica en peligro sin que algún caballero andante -el segundo en disputa- trate de rescatarla de esa oscuridad, aparece la presencia de un policía de Scotland Yard, Brian Cameron (Joseph Cotten) que atraído por recuerdos de infancia, un caso que le interesa y deslumbrado por el parecido de Paula con su tía quiere aproximarse a ella.

La dirección de Cukor es clara y sin trampas, desde el principio nos pone en el tramo y no nos hace tan participes de nada sobrenatural aunque se puede pretender algo de ello, en todo caso los elementos no son espectaculares siendo afín a la mesura y sutileza que nos pone a dudar de Paula. Es una película convencional, sin violentas sorpresas ni torceduras, que basa su trama en el trato y en la interacción de sus talentosos artistas, entre Boyer y Bergman que dan la emoción al pie del cañón, juzgando en contra a Paula o a favor de su sensibilidad y de su recato, que en último momento solo queda armar el cuadro que relacione y que justifique el motivo del homicidio, de a conocer al asesino o las demás incógnitas en una creación entretenida y bien hecha sin estridencias pero con amague. En eso no tiene nada que envidiar a ninguna otra propuesta en el género. El final llega y cierra el círculo en franca calma.

El aspecto del romance se oscurece veloz con la precipitación al enigma pero tiene parte en el filme cuando Paula le dice a su maestro de canto que está completamente apasionada por alguien como para dejar su vocación musical. Ávida de felicidad expresa lo que siente en el corazón hasta más tarde queriendo cumplir el sueño de su futuro marido de vivir en Londres coincide con la tristeza ocurrida hace 10 años atrás cuando dejó la ciudad para rehacer su vida en Italia.

El relato mezcla muy bien lo serio -que no remito a la dificultad del filme, ya que éste es uno bastante amable, teniendo facilidad para cautivar al espectador- con lo ligero, en la elegancia natural y el convencimiento argumental, la auto-consciencia y su trasmisión perfecta bajo la fluidez narrativa. Mientras se atiene a pequeños gestos, tomando total consciencia de las performances que lo avasallan todo a su paso, ligadas mayormente al interior de la intimidad de esa casa que es participe de conjeturas y de las huellas de un caso sin clausurar, de más de una obsesión, del pánico que acude a Paula desequilibrándola, y en ese punto nos preguntamos por esa carta escrita dos días antes de la muerte de Alice o por un regalo a un admirador desconocido.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Historias de Filadelfia

Cuando pensamos en comedia romántica siempre asumimos que se trata de algo meloso de amplio carácter efímero, pero al ver la historia que nos presenta George Cukor tendremos que repensarnos aquello, en una sofisticación que no hace alarde porque termina siendo amigable con el espectador y que conlleva una complejidad que se ha de agradecer frente a la humildad argumental que reina en las salas de cine. Se da una puesta en escena que desmiente ese lugar común de que el entretenimiento tiene que estar de la mano con la simplicidad.

La trama presenta a la dama de sociedad Tracy Lord, una muy delgada, locuaz y carismática Katharine Hepburn, que divorciada hace dos años de C. K. Dexter Haven, el guapo Cary Grant, está a punto de casarse nuevamente con un hombre muy distinto al anterior, George Kittredge (John Howard), que no solo proviene de otra clase social en ascenso sino que es un tipo mucho más educado, sencillo y dócil, el perfecto caballero aunque carente de la gracia, impulsividad y dinamismo de quien antes poseía el corazón de la pelirroja.

Dexter solía no llenar las expectativas de la que considera despectivamente pero no ausente de pasión -en desconocimiento de la línea entre el rechazo y el amor- como una diosa insensible a la debilidad humana, en éste caso el alcohol, sin embargo muy naturalmente tratará de arreglárselas para hacerla cambiar de idea. El robusto y algo rígido actor no carente de innata simpatía tiene un personaje vivaz, travieso y despreocupado entre manos, un típico burlón con carisma y grandes atributos de seducción, que a diferencia del galán común es más de características pedestres aún en su gravedad de élite, con lo que es más fácil que se gane el aprecio del público, solo que no es el único macho disputándose a la agradable doncella, el otro se trata de un periodista sensacionalista disgustado con ese menester que no puede subsistir únicamente con la carrera de escritor, Macaulay Connor, un jovencito y espigado James Stewart, que con su ironía, intelecto y mala actitud se entromete en el futuro de la novia. Los dos serán los postulantes a robarle el lugar al nuevo pretendiente que está a unas cuantas horas de enlazarse matrimonialmente.

Tanto Dexter como Connor están en una misión pseudo encubierta para llevar la noticia de las nupcias de una importante y adinerada familia de Filadelfia, chantajeada con sacar a la luz las infidelidades del patriarca. Junto con ellos está la fotógrafa Elizabeth Imbrie (Ruth Hussey), que trae a escena la parte divertida con sus comentarios pícaros y audaces, siendo una mujer mucho más moderna y menos diva. Esto último circunda como esencia reprochable en Tracy a razón de prodigarse semejante a una grandeza inalcanzable para su pareja, lo que produce la reflexión del filme buscándose el ser menos exigente, más fácil y feliz que la hará cavilar luego de liberarse un poco de sus propias “limitaciones” en un arranque de locura etílica.

El reparto se hace notar muy bien, la niña avispada siempre en pos de la gracia o el tío relajado que suele pellizcarles el trasero a las señoritas, cuanta frescura se respira por parte de la pequeña que muestra atributos para con la música y la danza. El filme está prodigo de una llaneza que sorprende porque supuestamente estamos presenciando las altas esferas del poder económico. Se aprecia que se rompe el molde, no se defiende la cuna sino a los individuos, en tal medida que las ideologías pasan a segundo plano para buscar una proximidad con los personajes y sus dilemas, tampoco se desproporciona a ninguna persona sino se da un cierto equilibrio en la lógica que puede consentir el relato, se hace gala de defectos como de virtudes, porque Dexter llega a ser pedante, Connor prejuicioso y Kittredge inocente.

Todo eso genera mayor realismo, y provee a la realización de verdaderos seres humanos, con una narración verosímil y más elucubrada, siendo el desenlace misterioso, menos habitual y eso no quiere decir que se perturbe la comprensión de cara a la gran pantalla, porque por más que se den muchos giros hacia cual es el romance conclusivo en el guión, incluso dejando la posibilidad de una obligación con el tranquilo Kittredge, las secuencias se justifican sin mayores reticencias, logrando que uno pueda recrearse con soltura como acostumbra el género aunque anclado a los detalles que con el tiempo han hecho legendarios a los clásicos.

Los parlamentos son demasiado extensos en la voz de Hepburn sobre todo, y hay una cierta parsimonia en la atmósfera, pero no desmerecen para nada el concepto ni el arte que se desprende del filme, porque parece la vista de un teatro con la prioridad que toman las interpretaciones y sus diálogos, ahí yace su firmeza, el sello del pasado que no pierde fuelle ya que su humanidad resulta perenne, y aunque se entiende que está enmarcado en una época sigue conmoviéndonos con total franqueza.