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lunes, 27 de junio de 2022

Crimes of the Future (2022)


Ésta, la última película del maestro canadiense David Cronenberg, fue la sensación del festival de cine de Cannes 2022, aunque el jurado no le dio ningún premio. Se ha estrenado austeramente en Canadá y EE.UU y prácticamente no se ha estrenado internacionalmente en salas. El filme es visualmente austero, luce de muy bajo presupuesto, los lugares se ven lúgubres y con lo esencial solamente, por lo general solitarios y medio abandonados, las calles parecen europeas, viejas, como olvidadas, ese es el futuro de la humanidad que presenta Cronenberg, de decadencia y lujuria aunque por un sexo raro, de búsqueda de perversiones, corrupciones y trasgresiones, aun cuando se percibe que la ley está como Gran Hermano siempre cerca, rondante, es algo gaseoso, con un cierto toque criminal o paramilitar en la labor. También ésta policía yace representada austeramente con un agente de color llamado Cope (Welket Bungué). Éste filme de ciencia ficción está plagado de ideas, es curioso y entendible, tiene también de noir y levemente de terror. El noir es el que abre con una escena muy poderosa y perturbadora, la muerte de un menor que puede comer plástico. En el filme hay dos líneas en lucha. Una es la ley que quiere que nada perturbe el sistema establecido, el orden, lo que todos conocen y viven comúnmente. Aquí entra a tallar una humanidad yendo hacia la destrucción, no existe el dolor físico y esto hace que lo busquen como arte, excepcionalidad y placer, poniendo la cirugía y la autopsias como este mecanismo de expresión y de adquisición. Un famoso artista o performancer de las cirugías como placer y arte es Saul Tenser (Viggo Mortensen), nuestro protagonista; en la trama una celebridad de la corrupción por entretenimiento pero curiosamente es nuestro guía y (anti)héroe y hasta presenta un cierto difícil de clasificar código de decencia. Lo acompaña en todo Caprice (la hermosa, sensual y excelente actriz Léa Seydoux), es una pareja afectiva sin anillo en el dedo, muy libre y muy metida en la búsqueda del dolor como placer. El filme de Cronenberg deforma cosas naturales para plasmar su lenguaje audiovisual, como el parto humano y la enfermedad de la auto-laceración que simboliza esa autodestrucción que nos conduce como humanidad. La línea del orden es otra a la que hoy nos regenta; es otro modo de existencia en el futuro próximo el que ha retratado Cronenberg. Igual luchan por mantenerlo; lo que no nos es común en éste futuro es una amenaza y se busca eliminarlo. En esto yace la otra línea, una metamorfosis producto de la experimentación, y es algo del tipo de la guerrilla y lo revolucionario, aunque en el fondo no hay mayor justificación, es, existe y nada más, son los que pueden comer una barras como de chocolate sintético o el plástico, en esto entra a tallar lo diferente que quiere ser aceptado primero y luego imponerse. El noir juega con éste sci-fi, ese niño muerto (e investigación), es esa lucha entre el orden y lo outsider, puede entrar en esto último lo que podemos imaginar que encaje, como tendencias políticas, sexuales, sociales, etc, nuevos ordenes. Es la lucha medio arbitraria, por lo que muta, el placer por lo extraño y algún tipo de estabilidad o reino. Saul es también un álterego del propio Cronenberg, un tipo que pinta de ser muy curioso, que quiere probar toda novedad, aun a riesgo de morir (o perder), es también metacine, un especie de director de cine en sus performances, un genio inventor de hedonismo a través de lo perverso o de lo que rompe todo límite. En un momento parece irónico oír a Saul confesar que no puede con el sexo tradicional, puede que aludiendo a la vejez, mención del cuerpo maltrecho, como con esa fisonomía de enfermedad que carga encima como monje satánico, templario o medieval que camina de noche en el misterio tras la aventura, esa que el noir le ofrece como revolución. Saul es un artista verdadero, se debe mucho a la búsqueda de arte, a otorgarle significado a lo que no lo tiene, tal cual las cirugías que excitan a Timlin (Kristen Stewart), la que con trampa quiere reemplazar cual hot nerd al indomable y enfermo Saul. Es pues la lucha de dos ordenes, lo nuevo y lo viejo o actualmente común a todos. Esa madre que hace lo impensable es un gen de algo mayor. Es el mundo dominado por las actuaciones, por las performances, por el apetito por lo extraño y los comedores de plástico son presentados como amenaza, pero son también como un nuevo futuro, hay algo ahí que pide ser positivo, aunque tiene mucho de vacío, hasta que Saul lo interviene y lo plantea como poesía, tras cierto gore. Pero toda revolución no siempre triunfa y si lo hace tiene que pasar por mucho antes de reinar. 

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Maps to the Stars

Lo primero que le ha saltado a la vista a la mayor parte de la crítica es el ataque de la película a lo que se suele decir que es en realidad Hollywood bajo una careta, un lugar que si bien vende sueños a todo el planeta bajo la iluminación de una gran pantalla, propaga no solo el culto excesivo a la banalidad y la superficialidad sino se deja correr que esconde mucha putrefacción moral, como que todo cuenta en pos de colmar el ego y el hedonismo de las estrellas de cine que se sienten por encima del mundo. Y en efecto es indudable el no poder negar ver en el filme dicha contundente lectura, sería imposible, lo que muchos tachan de anacronismo, a un David Cronenberg que vuelve al pasado, a su juventud digamos punk, para hacerse el rebelde (como si no lo fuera siempre, en el espíritu de su cine), y por eso se dice que queda fuera de lugar y tiempo viendo el enorme kilometraje que lleva consigo, teniendo ya otras búsquedas, refinamiento, madurez y mayor profesionalismo, a lo que desde mi criterio descarto toda castrante primaria premisa negativa (reducirlo todo, no ver más allá), porque uno al fin y al cabo aborda el tema que le provoca, en lo que más se debe a una manera de contar, de concebir alguna aventura; y el experimentado y efectivo canadiense lo perpetra, sale airoso, como acostumbra, con un buen trabajo, que es verdad no de los mejores de su carrera, pero si uno decente que no lo descalifica en absoluto, ni nos alienta a la indiferencia. Incluso, aunque a colocar por el final de la tabla, para quien escribe yace dentro de lo mejor del 2014, y es que uno le tiene devoción a éste director, porque nunca deja de ser interesante, fuera de reprocharle algunos puntos.

En Maps to the stars predomina ante todo un cuento corrosivo, lleno de giros en su propia cohesión, pensamientos, y desde luego muchas constantes; perturbación, incesto (hasta se bromea con su inclusión), actores engreídos, frustrados o debajo de todo inseguros, celos profesionales, un “juego” con el fracaso y el olvido (lo que a uno le evoca El crepúsculo de los dioses, 1950), desfiguración, culto al sexo y a lo caprichoso como extraño (viene a la memoria Crash, 1996, pero en un tono más realista/ordinario), dualidad en el fuego y el agua, disfuncionalidad, falsas apariencias, vejez, arribismo, corrupción general, abuso, humillación y poder excesivo, autodestrucción, venganzas inesperadas, brutales y determinantes muertes, bajo el concepto central de una unión perversa que se ancla a un trauma freudiano que reúne todos los elementos mencionados, desnudando a su complemento e ideología crítica en la sensual y enferma actriz interpretada por la talentosa Julianne Moore que lleva el mayor peso en sí tomando muy en serio su papel dentro de un filme que no lo es al 100%, mientras nos brinda expresiones tan cambiantes y extremas, como en otro modo muy marcado lo hacía Cate Blanchett en Blue Jasmine (2013), a las que hallo en ambos casos entregadas pero imperfectas. El personaje de Moore pasa por distintos trances que la definen como un ser "ocultamente" repulsivo, siempre dentro de un especie de estado de inestabilidad emocional que prodiga una reacción impredecible e infecciosa producto de la endeble composición moral que se tiene, ergo psiquis dañadas, a razón de los abusos y desórdenes sexuales, en fusión del claustrofóbico anhelo de triunfo en la meca del séptimo arte (como lo hiciera David Lynch dentro de su mundo mental con Mulholland Drive, 2001), por lo que todo se concibe como una estructura/herramienta compleja donde hay una crítica enérgica, pero en una onda de relajo, a través de una atractiva narrativa propia, al estilo de Cronenberg, con personalidad en el proveer de un entretenimiento ácido, freak; incluso de cierto cine B, de estilizada vulgaridad (narrativa formal), lo que remite por una parte al desarrollo de la cultura americana (aunque en la presente se note mucho más de la cuenta).

Cronenberg nos revela el mundo sórdido detrás de la fama y el dinero, en su mapa personal –tanto como ficticio y lúdico- de quienes destacados representan en esencia a muchos en Hollywood, cómo viven, se comportan, las estrellas. Lo hace muy bien Evan Bird, ¡qué grata impresión su performance!, como el niño agrandado insoportable y actor célebre Benjie Weiss, reiteración y afirmación conceptual, en el mismo parámetro pero distinta justificación que El sexto sentido (1999). Mención especial a la polifacética Mia Wasikowska, que es de las actrices jóvenes más dotadas y audaces que hay. 

sábado, 15 de noviembre de 2014

Halloween Maratón 2014


Onibaba (1964, Japón)

Siempre es sugestivo comprobar el valor que tiene para uno un filme renombrado, uno se pregunta qué tan bueno será, si está sobredimensionado o es que era de verdad tan sobresaliente, suele pasar que uno se decepciona, aun habiendo por lo general un cierto nivel que acompaña esa excepcional elección; y ver Onibaba, una película famosa, me ha sido sumamente agradable, he sentido esa emoción que cunde cuando vemos algo llamado importante en el cine, y efectivamente lo es en toda medida, aunque sea una historia de terror, y es que mucho se infravalora al género, pero es por desconocer un mundo de amplias posibilidades y mayores complejidades de lo que se suele creer, aunque tampoco es que éste sea el lugar natural para filosofar sobre cuestiones intelectuales. Lo principal suele ser entretener, y éste filme japonés lo auspicia bastante, teniendo su toque cruel, oscuro, de superstición, espectacular, en una época de guerras internas medievales donde los campesinos para sobrevivir roban a los samuráis errantes, o a los que retornan a casa. Primero los matan –no son infalibles, hasta se ve fácil eliminarlos- y luego venden todas sus pertenencias dejándolos casi desnudos, a cambio de simples bolsas de arroz, para sobrevivir, y es que la necesidad es básica y rompe los endebles valores de los pobres pobladores.  En ese lugar se halla una anciana mujer y su joven nuera, ambas de aspecto rudimentario, que tienen que lidiar con esa realidad de pobreza. Suelen tirar los cadáveres a un pozo. Sin embargo da la nota de inestabilidad a su perversa rutina el regreso del mejor amigo de su hijo (de cierto aspecto cómico), que empieza a verse a escondidas con la nuera, de lo que la vieja empieza a temer por su supervivencia al necesitar de la ayuda de la muchacha en los robos, y ésta parece que terminará yéndose. Un día un encuentro particular le da la solución, y entra a tallar el miedo al demonio. Pero eso claro no será todo, ya que las cosas saldrán de su proporción realista, y la blasfemia la hará pagar caro. En sí, la propuesta tiene dos lugares de terror, primero el contexto de los asesinatos metódicos de las dos salvajes féminas, y luego en la leyenda que concreta una máscara con la expresión diabólica, haciendo gala del folclore que adapta el relato del cineasta Kaneto Shindo, a quien hay que elogiar por saber economizar sus pocos recursos, su magro presupuesto y hacer una obra cautivante y completa con su ingenio y austera dirección. Lo trascendental como arte, no necesariamente solo por la abstracción argumental, sino por lo bien hecho y narrado, lo emocionante, proviene a su vez de lo diáfano, y sencillo, si hay talento. Todo esto es lo que contiene Onibaba como legado cinematográfico mundial e histórico nipón. Junto a ésta obra, Shindo tiene una historia con bastantes semejanzas, que no idéntica en absoluto, un cuento casi tan bueno, Kuroneko (1968), en donde dos mujeres campesinas –también madre y nuera- asesinadas por despiadados y omnipotentes samuráis hacen un pacto con el demonio. Véase que se trata de una lectura atípica, ya que se tiende a mitificar a éstos guerreros, y aquí son entes con aspectos recriminables, como con su ambición, insensibilidad social y sobre todo abuso y superficialidad, si bien el héroe tiene de ambos mundos, es hijo del campo y soldado. Éstas mujeres sin sangre no pueden seguir existiendo y vuelven al mundo a vengarse de sus confiados e impunes asesinos, a los que suelen seducir con descanso, trago, comida y sexo, y matarlos en su morada cerca del fin de un oscuro y tenebroso bosque, siendo la trama la extravagante fusión de unos vampiros gato, que con el destacado cariz clásico del autor toman lugar natural fuera de ser leyendas, donde la superstición cobra vida sin ponerlas en juicio en ningún momento. En el mismo hay una historia de amor y afectos en disputa frente a alguna necesidad de sobrevivencia, y escenas memorables como la de una de éstas brujas con una garra de gato en la boca.

El gabinete del Dr. Caligari (1920, Alemania)


Éste es un filme sumamente famoso, reverenciado, históricamente legendario, perteneciente al expresionismo alemán, dirigido por Robert Wiene. Es una obra maestra de apenas 50 minutos de duración, redonda por medio del acercamiento comunicativo de su arranque en aquel llamado al flashback en una ciudad de cuento y su descubrimiento final, en que cada parte encaja y realza el breve relato. Es una lección de surrealismo tanto como de locura, acerca del susodicho Doctor Caligari –como un hipnotizador aunque de un solo hombre, como ese otro famoso que nacería dos años después, el Doctor Mabuse- que imitando unos sucesos pasados macabros se pasea por ferias manejando a un sonámbulo llamado Cesare (enorme Conrad Veidt, que haría de esa maravilla de nombre Gwynplaine, la inspiración para crear al Joker, en esa otra obra magna que es El hombre que ríe, 1928) que le ayuda a dar predicciones y a través de quien tras bambalinas realiza homicidios y secuestros (la película se basa en algunos hechos reales). No es una trama de la que se pueda decir mucho, sus acciones son muy cortas, aunque precisas y sugerentes, pero estamos ante una propuesta definitoria que tiene la vanagloria de ser un estilo histórico/mítico coyuntural del séptimo arte con esos decorados que anteceden el tipo de cine de Buñuel y Lynch, cargados de subrayados giros, curvaturas circenses, esquinas imposibles, tétricas definiciones y extraña geometría visual, que tan bien describen la anormalidad psicológica. Junto a una gesticulación de suma expresividad histriónica, híper-dramatizada, también somos partícipes de unos hermosos claros oscuros tan marcados de la iluminación, si bien se dice que fueron en buena parte casuales, pero a los que se agradece un tono. Para redondear debo decir que hay quienes han visto en El gabinete del Dr. Caligari una lectura premonitoria del nazismo, y la dominación y ceguera del pueblo alemán enrumbando hacia la guerra y el asesinato recurrente, por un líder salido de la enajenación más febril (que tiene un cálculo más razonable si pensamos en que no hace mucho salía el país de la primera guerra mundial y como que la historia se tiende a repetir, aunque bajo distinto estado).

Martin (1976, EE.UU)



Hablar de George A. Romero es referirse inmediatamente a los zombies, tiene filmes al respecto harto entretenidos, de la mano de su irreverencia, fluidez, sentido del humor y espontaneidad. No se toma demasiado en serio y juega libremente con la interacción de sus famosos muertos vivientes, junto a la maravilla de los efectos especiales de Tom Savini, lo cual es un verdadero plus y un goce visual para el espectador y cinéfilo. Su obra mayor o clásico en la que dio rienda al que es su máximo legado en el terror es La noche de los muertos vivientes (1968), con un cotidiano bello y elegante blanco y negro, y desde ya exhibiendo (casi) todas sus premisas. No obstante buceando en su filmografía he podido hallar ésta joyita, que tiene la intrepidez de ver a los vampiros desde el realismo, aunque ahogándose en la superstición, es decir, Martin (un sensible y psicótico John Amplas), es un chico al que su familia, en especial su anciano primo que le da cobijo en su casa, lo cree un Nosferatu, y éste psicológicamente raro o aleccionado por la tradición familiar que lo señala como una vergüenza generacional, mientras sostiene la esperada obsesión freak de ser un vampiro, o hasta un trauma, oscila en la ambigüedad de creerlo y burlarse de ello, para lo que hace uso de unas jeringas y un sedante con los que adormece a sus víctimas, y les hace cortes con una navaja de afeitar para beber su sangre. Puede ser cualquiera pero hay un tono sensual en el encuentro de bellas y seguras mujeres, algo mayores a él, quien es un adolescente introvertido, silencioso, que fantasea (en blanco y negro) con la mítica vampírica. El filme nos enseña a Martin y su nueva pequeña convivencia con Cuda, el viejo primo religioso, dueño de una bodega y una vida respetable, y su nieta Christina, con la que tiene un vínculo de compañerismo, a la par que el joven se enamora de una mujer casada y acepta tener finalmente relaciones sexuales convencionales con ésta; el leitmotiv de la propuesta es la dificultad e impotencia de provocarse el protagonista una vida común, sana, plena, típica de su edad, sufriendo de una fuerte inadaptación. Su nuevo hogar es austero y tiene algunos problemas, como por su lado yacen en la vida de Christina -poco desarrollados en pantalla, que son como de relleno- en cuanto a su pareja y tener hijos. Martin realiza trabajos manuales, pero nada célebre que no sea su fijación y sus salidas esporádicas en pos de sangre en un Pittsburgh, Pennsylvania, donde parece que no pasa nada extraordinario, pura rutina, soledad, vacío y monotonía si bien la desesperanza se plantea sutil y luego reveladora, tanto que se divierten en la radio hablando con un supuesto Conde Drácula, de lo que por igual en la zona no se inquietan demasiado por los actos criminales de Martin, para lo que no hay una consabida búsqueda. Ésta película no da demasiado miedo (en realidad parece ausente el terror, o mejor dicho, como lo conocemos tradicionalmente, aunque los hechos delictivos sean extravagantes y a esa vera perturbadores), pero es bastante curiosa, su planteamiento resulta muy original siendo sencilla, y se deja ver muy bien, se luce interesante/hipnótica, y es que provoca saber más desde el arranque, hacia donde se dirige, y es de un final contundente, chocante, como lo es en cierta proporción ésta obra.

Dead Ringers (1988, Canadá)


David Cronenberg es un director de culto que ha trascendido dicho lugar y se le puede considerar hoy en día famoso alrededor del mundo, un nombre reconocible en el séptimo arte, aunque no siempre resulte apreciado como se debe, siendo a veces minusvalorado o aún no del todo apreciado (antes era más notorio), pero quien es idolatrado por círculos de fanáticos, cinéfilos, y entendidos. Se destaca en el género del terror, con su cine B en películas reverenciadas como Shivers (1975), Rabia (1977) o The Brood (1979) que tratan lo sexual –bajo un toque de erotismo y sensualidad dentro de un argumento o trama; en Rabia incluso la protagonista y gen de contagio es la conocida actriz porno Marilyn Chambers- o la gestación a la vera de lo terrorífico, amenazante, desagradable y mortalmente expansivo, manejándose en el trayecto en ciertas oportunidades a favor de una potente exposición descarnada en lo visual, como con los enormes gusanos pastosos y melosos, o unos fetos deformes. Llega a un gran momento con Videodrome (1983), película que bascula entre lo independiente y lo comercial (mucho más en la primera), siendo una propuesta atípica, de suma personalidad, y sobre todo perturbadora, que se halla entre lo más alto del cine de horror y dentro de su filmografía. Luego llegaría el cenit de su arte pasado, donde se exaltan sus ideas del cine B hacia un producto de vasta exigencia, un hito mundialmente reconocido, La Mosca (1986), película que compensa su cualidad de autor, y le otorga un merecido reconocimiento unánime a su labor creativa. ¿Y qué viene a ser Inseparables (Dead Ringers, 1988) en su carrera? Es la transformación de Cronenberg en un autor mucho más cuidado, más complejo, digámosle harto elaborado, pero sin perder sus constantes, esencia y búsquedas por mayor notoriedad. Ahora el terror que se nos muestra es económico, muy sutil, casi imperceptible por el drama psicológico al que se adscribe. Y solo en esas operaciones quirúrgicas de trajes rojos (semejantes a las burkas) vemos un especie de rito satánico, con implementos de apariencia medieval, monstruosos, de cara a enfrentarse a seres mutantes en cuanto a sus genitales, pero todo desde lo oculto, lo discreto. A la misma orden estética y formal están los dos médicos y hermanos gemelos protagonistas que yacen pegados mentalmente como en una sola cabeza que reúne y complementa mutuamente una personalidad, desde dos cuerpos separados pero igual a -como recuerdan sus intervenciones- los siameses Chang y Eng Bunker, si bien la historia implica hechos reales basados en los ginecólogos neoyorquinos gemelos Steven y Cyrill Marcus hallados muertos en su apartamento por compartida adicción a las drogas, lo cual lo recoge Cronenberg del libro Twins de Bari Wood y Jack Geasland en que se basa la película. El autor canadiense puede hacernos sentir que estamos atendiendo una historia escabrosa y morbosa (de lo que muchos tiendan al rechazo del filme o peor a infravalorarlo), pero uno no debe obviar que el quehacer cinematográfico es delicado, concretado con inteligencia ante esa índole, recordando que el cine suele ser un trasgresor nato y todo depende de lograr una especial y adecuada narrativa, y ésta lo consigue, aunque sí “esconde” temas duros (con lo que probamos que Cronenberg no ha vendido su alma al diablo frente al deseo de más audiencia, como le achacaron sin analizar el asunto con detenimiento), véase el amor de éstos hermanos que lleva a pensar en una relación como de incesto homosexual (donde no falta lujuria y libertinaje en la insinuación de un ménage à trois en un baile, o en la existencia del intercambio de parejas en el reemplazo consentido ante la semejanza física que ayuda al hermano “pequeño” en la salida a concebir citas amorosas ante su introversión), pero más es ver que ambos se llenan/retroalimentan recíprocamente, así han crecido hasta formar un vínculo al punto de lo posiblemente psicótico o en menor consecuencia Freudiano (y es que Cronenberg más tarde lo confirmaría en Un método peligroso, 2011, que nos habla de contener una profundidad argumental, científica, artística, existencial). Beverly es el tímido y educado, el de las teorías médicas; Elliot el seguro y atrevido, el de la práctica quirúrgica. Los dos son dependientes tanto laboral como emocionalmente del otro, de ahí que haga presencia lo que muchos han llamado misoginia, en el enamoramiento de Claire que propicia la autodestrucción o destrucción consentida de los gemelos Mantle (interpretados por un magnífico Jeremy Irons, en su mejor perfomance profesional, la que diferencia a los dos hermanos con su talento recreativo y gestualidad marcada a cada lado, aprovechando los efectos que lo duplican en el mismo espacio con increíble verosimilitud/naturalidad). Tiene un final apoteósico, poético e insano que recuerda La Piedad de Miguel Ángel, hecho premonitorio en una escena de pesadilla y único momento de cine B sobre el aparato psicológico que subyuga a la pareja fraterna hasta la menospreciada locura, o conjunto de creencias, y es que ¿no es eso al final el ser humano, un ser mental?

Peeping Tom (1960, Inglaterra)



Lo primero que sorprende de conocer ésta película es que se dice que arruinó la carrera de su director, Michael Powell, que los masivos espectadores que solían admirarlo y seguirlo fielmente se sintieron horrorizados por su visión sobre un voyerista psicópata y le dieron la espalda, si bien con el tiempo el filme se convirtió en uno amado por una minoría fanática. El filme trata de un asesino en serie que filma a sus víctimas mientras las induce al miedo antes de matarlas con un punzón o estilete de la cámara. Lo hace al arrastrar un terrible trauma que lo convierte en éste ser ocultamente perverso, aunque en él sea cosa de enfermedad por sobre el regodeo placentero, que lo tiene en una psiquis contaminada, que busca además documentar una búsqueda intelectual en medio de lo macabro. Éste asesino yace detrás de una personalidad de timidez, amabilidad, hasta dulzura, y recato; cosa que le viene inducido por un padre que experimentó científicamente con él hasta malograrlo para siempre. Puede que la sensibilidad con que se revistió al lóbrego protagonista, al fotógrafo Mark Lewis (un delicado y oscuro Karlheinz Böhm), asesino de bellas modelos, actrices y prostitutas, haya podido afectar al público – a los valores e ideales que uno suele tener hasta con el arte- generándole una molesta ambigüedad, preguntándose la gente si podía importar en su apreciación general los destellos de desgracia e injusticia sobre su vida y la posible redención de su enajenada conducta en el amor. Y es que Michael Powell no hace una película violenta, salvaje, gore o grotesca, sino todo lo contrario, la reviste de clásico instantáneo, con suma elegancia y un acabado formal donde prima lo argumental, las formas cuidadas, hasta la consabida gracia/distinción visual y narrativa del cine de oro americano. Parece que no viéramos un filme de horror (a un punto, al estar alejado de nuestra concepción contemporánea), sino un especie de drama que se sumerge en una mente corrompida y maniática muy bien “disfrazada”, conteniendo una pugna que surge más tarde entre manos por medio de una pantalla de sutileza. Peeping Tom tiene encanto a pesar de lo que cuenta, y eso pudo haberle afectado en la recepción de una época menos abierta. No es fácil humanizar a un desquiciado, a la par que se propicia una difícil tragedia tras otra.

Fright Night (1985, EE.UU)
La presente tiene de comedia, de irreverencia juvenil, y lo hace bastante bien, notable viendo que actualmente lo contemporáneo trata de ser siempre cool, desenfadado, y queda muy mal parado tantas veces. El pasado enseña, y Fright night es el caso; lo sabe y aporta lo suyo. En ella vemos que se hace un homenaje a los vampiros, de donde nos hablan de que existe mucho background en el séptimo arte y como folclore, y en el ejemplo de Peter Vincent lo deja claro, quien es un tipo de Van Helsing, pero más fanfarrón, uno asustadizo y que no cree mucho en lo que dice en realidad, solo que en su programa de televisión se muestra como el cazador por antonomasia de éstos entes malignos. En eso vemos que Peter Vincent (el siempre simpático Roddy McDowall) ya no es popular en su tiempo, ya la gente le ha perdido el interés a los vampiros, su show se pretende inocente, pasado de moda. Sin embargo, entra a tallar el deseo de creatividad que tiene la película, a sabiendas que sabe que ser original con tanto detrás no va a ser cosa fácil, pero debemos agregar que lo logra. El director Tom Holland, creador de esa otra maravilla del terror, Child's Play (1988), con el mítico muñeco diabólico Chucky, le saca la vuelta a esa idea de desfase, y nos entrega una joya más del (sub)género vampírico. Parte de ser muy entretenido, carismático e ingenioso y termina con una batalla tremenda que no escatima recursos, los explota todos a su estilo (cruces, agua bendita, ajos, estacas, luz diurna, reencarnación o mayordomos de ultratumba), en un festín visual. Charley Brewster (William Ragsdale), nuestro héroe, no es un outsider completo pero no es tan adaptado socialmente, es un muchacho con algo de tonto pero más de “ordinario” y simplón ante su generación. Charley es un freak en su admiración por el cine de terror, en especial del tema en cuestión, él descubre que su vecino es un vampiro, Jerry Dandrige (Chris Sarandon, en gran recreación, seductor, gracioso, sarcástico y temible; su lado cómico es tan bueno que gestos suyos los he creído ver en The Simpsons) y busca delatarlo. Dandrige se encuentra realmente enfadado, y no es poca cosa porque quiere matarlo, ya que Brewster le sigue la pista para evitar que siga matando impunemente. Hay que decir que la forma de expresión del filme no es solemne, busca ser más fresca que seria. No obstante por supuesto a su vez recurre al horror en momentos claves, con efectos especiales grandilocuentes, con personalidad, excesivos e imponentes, en las transformaciones y en la muertes fantásticas. En dicho quehacer cumple con excelencia en su cualidad de terrorífica, como ver a un agresivo lobo atravesado con una improvisada estaca y luego volverse lentamente en ser humano. Siguiendo con la historia Charley recurre a Peter Vincent, y antes a su amigo de risa antipática y que se da de listo siendo particular y de escasa palabra, a Evil (malvado en español, quien sirve para la broma y el relajo, como para el miedo; un secuaz a lo Renfield moderno). Éste filme tiene la gracia de tener a la actriz Amanda Bearse (la vecina odiosa de la serie Matrimonio con hijos) como la bella musa del relato (pregunta retórica, ¿no tiene suma gracia la intervención de actores populares en películas de terror, sin utilizarlos como deidades?). No se necesita demasiados motivos para pelear contra el mal, y es que todo remite a las necesidades básicas, sobrevivir, lo sensual, cosas tratadas con argucia en la propuesta. 

Black Christmas (1974, Canadá) 


Éste es uno de los slasher capitales/definitorios en el (sub)género, que ha servido de referente a muchos, y que es sumamente sencillo como se acostumbra, pero efectivo, lógicamente destacado. Concreta escenas de homicidios dentro de un notorio acomodo, escenas artísticas, aunque por una parte duras, como retratos fotográficos, más que salvajemente sangrientas o en evolución gore como en otras propuestas venideras del estilo. Implica a un demente asesino serial oculto en penumbras, fuera de campo, en un anonimato y resolución del misterio de desasosegante pesimismo y ambigüedad, en donde todo sirve al pánico y a la atmósfera de sorpresa, de acechamiento criminal, maniático, teniendo un pequeño cierre ahora tan clásico de último susto pero de interminable coherencia formal. El demente yace escondido en el ático de una fraternidad femenina ubicada en una casa que alberga a 10 chicas adolescentes, una de ellas es la popular actriz Margot Kidder (la Lois Lane del Superman con Christopher Reeve) de avispada lengua y conducta desenfada, que hace las delicias del espectador de terror al no ser la final girl. Una particularidad son las obscenas llamadas por teléfono que hablan de una personalidad múltiple y una enajenación que no teme lo ridículo. El realizador del filme Bob Clark demuestra buen pulso, proporcionando bastante tensión y un concepto contundente, como con la continua interacción de una escena marcada en un cadáver balanceándose en una silla mecedora vista desde la ventana, el de una chica asfixiada con una bolsa de plástico. La trama está dentro del contexto de una fecha de celebración familiar, la navidad; aquí desde la sutil independencia y libertad juvenil puesta en peligro (premisa sobreexplotada en el slasher), un miedo común en no concebir el futuro desarrollo americano, desde distintos planos (abuso, restricción).

Veneno para las hadas (1986, México)


Podemos llamarle maestro del terror al mexicano Carlos Enrique Taboada, ya que hizo varias obras de terror creando una identidad propia con un cine en gran parte refinado. No obstante cercano al público, aunque por momentos exhibe cierto tufillo a la telenovela de su país, pero que en conjunto bien logra vencer con el cuidado de sus películas, hasta ser bastante reposado, tanto como explicativo, demasiado verbal, en busca de la atmósfera de miedo y el convencimiento de su relato, lo cual lo hace algo plano o básico en general, recurriendo solo a pocas escenas y elementos para asustar o a efectos austeros, por un lado clásicos. Pero hay que reconocerle que perpetra una sensibilidad para con el terror, tiene un recurrente lado dramático en su cotidianidad, de ahí que asome la telenovela por su explicites y machaque argumental y, digámosle, palabreo. Le hace falta más misterio y elipsis, aparte de ser lento en su exhibición. Lo mejor es que crea un cierto clima en sus obras, se esfuerza en asumirlo, y se vale de sus propios recursos. Taboada en vida fue criticado a menudo negativamente, tampoco tuvo mucho respaldo con el público, salvo la película que nos compete que fue todo un éxito en ambos ámbitos (hoy en día la crítica le ha dado un mucho mejor lugar, tiene seguidores, admiradores del género), y que aunque las mayorías se suelen equivocar, ésta vez hay que decir que Veneno para las hadas efectivamente es su mejor película de lejos. Tiene buen timing, cambio de escenas más rápido, notable originalidad, totalmente opuesta a la telenovela, con niños protagonistas en estado de gracia, momentos sutiles dramáticos, pequeñas aventuras y percances. Es una historia sólida la de Verónica, una niña huérfana que vive con su abuela decorativa y una nana/cocinera que le cuenta historias fantásticas; y es solitaria y rara aunque bella. Verónica (una prodigiosa Ana Patricia Rojo, actualmente encasillada de malvada en las telenovelas mexicanas) tiene una de esas locuras o fijaciones que no le faltan a los pequeños, la suya es ser una bruja, que la crean como tal, y valga la paradoja macabra conseguirá lo que quiere. Para ello le hace bullying psicológico a una niña adinerada y compañera de clases llamada Flavia, a la que domina, y de la que abusa, quitándole a través del miedo ante represalias diabólicas, al poco de alguna coincidencia, tretas y mentiras, como de suma astucia, pertenencias que atesora, como su perro o una muñeca costosa. El filme se sirve de lo ordinario sin preocuparse todo el tiempo del terror. Se le siente menos presión con lo que trata, una frescura muy lograda, cosa que se nota busca trabajar en su quehacer cinematográfico, y lo adquiere, pero con un valioso sentido de lo formal sin ser elitista, y no la omnipotente vulgaridad que todos buscan para crear realidad. El terror puede verse hasta en un segundo plano y ser más una interrelación de conductas de poder y creencias paganas, estilo que se repite en su filmografía, dar pie a lo harto común, aunque casi siempre manejando un leitmotiv "siniestro", entre comillas porque puede parecer naif en parte, pero aquí recalco que se torna muy cautivante en aquellos “entretiempos”, no una narrativa manida o precaria en interés como suele ser. El filme invoca una relación de subordinación, de esclavitud infantil, apreciando que ésta temprana edad domina la visión del relato; los adultos incluso son evitados por la cámara, no se les enfoca los rostros. El anhelo de Verónica es convertiste en la bruja más despiadada, sin ponerse a pensar en las consecuencias de sus designios, producto de la inmadurez, su carácter antisocial y de su sentir velado de abandono. En todo sentido Veneno para las hadas es un logro para Carlos Enrique Taboada, acotando que su cine de terror en general no es para nada despreciable, aunque lo demás sea menor a la película que comento ahora. Tiene películas del género que pueden ser un buen complemento, como Hasta el viento tiene miedo (1968) sobre el fantasma de una jovencita suicida que visita un instituto universitario privado femenino de claustro en busca de venganza; o El libro de piedra (1969) sobre la obsesión de una niña tomada por loca a razón del fantasma que evoca una estatua de un chiquillo muerto violentamente y que implica la magia negra.

The woman (2011, EE.UU)



Lucky McKee es uno de los directores americanos que se han hecho de cierto renombre en el terror, todo un logro viendo que en EE.UU se hace mucho de éste cine que tanto nos entretiene (al que uno personalmente le llama el género más divertido), y la competencia es brutal, tanto como el alcance de la calidad varia bastante. McKee con su primer largometraje de cine, May (2002), dejó un pequeño hito en el séptimo arte, ya que el filme se volvió uno de culto, si bien tiene detractores e indiferentes. No obstante su atmósfera freak, cierto detallismo como la quebradiza caja de vidrio de una muñeca representando la crisis de la extraña protagonista, y una idea conseguida en la chica marginal que solo quiere a alguien que le quiera, pero su rara, abrupta y extrema personalidad se lo impide, la frustra hasta enloquecerla, lo pusieron a la vista de muchos, con lo que consiguió fanáticos. Su último filme All Cheerleaders Die (2013) estuvo en el festival de Sitges que lo ha acogido desde sus inicios; y lo digo a secas, no es una gran película en realidad, aunque logra ser entretenida en determinada proporción. En esa película Mckee trata de aprovechar el contexto juvenil de los chicos bellos y cool, de las porristas y los deportistas, los que se enfrentarán en una lucha parecida a la de los superhéroes en una irreverencia tan superficial, ridícula, inocente y vacía que aún no tomándolo demasiado en serio viendo el tono que busca no paga, y decepciona en buena parte. También entra a tallar una outsider freak que tiene la curiosidad de practicar la magia negra y le equivaldrá a ser aceptada finalmente. All cheerleaders die es algo que McKee deseaba mucho, es un remake de un filme para video casero que hizo el 2001, y lo codirige nuevamente con Chris Sivertson. Sin embargo las buenas intenciones, o un estilo personal, no te aseguran nada conseguido, aunque estén algunas de nuestras constantes. A esa película la falta una lógica mínima, verosímil (no lo es no temer consecuencias tras un repentino homicidio múltiple, ser tan ligero), y un quehacer fantástico más que terrorífico. El uso de una comedia de estereotipos le juegan totalmente en contra y el producto reprueba. Por ésta razón escojo The woman que tiene premisas y una concreción interesante en su hacer cinematográfico, una película anterior en la que predomina su mejor arte a pesar de algunas carencias y defectos, en un filme que ganó un merecido premio a mejor guion en Sitges. La trama trata sobre una familia de cinco miembros. El único ser inocuo o normal es la niña pequeña, mientras la madre que uno pudiera también excusar sufre de falta de carácter y representa otra clase de esclavitud, como parte de la descomposición situacional, por lo que solo la dulce cría resulta el bastión de redención de la humanidad, a la cual liberar de la proclividad a la corrupción, volviendo a lo esencial, aunque la salida represente una aparente involución, quedando un simbolismo dentro de una acción primaria. Ésta familia va a vacacionar a un bosque, en que el padre que está secretamente trastornado aparte de ser un abusador familiar en distintas facetas – no hay límites a estipularlo negativamente- atrapará a una mujer salvaje, con lo que empezarán a surgir revelaciones violentas y deprimentes, de lo que no nos preguntemos razones. La historia se toma ésta extraña presencia como licencia para pensar y no responde al respecto, quizá no lo necesite, llegando a sobre-explotarlo en sus escenas de terror (si es que ya la actitud del padre para con su lazos sanguíneos y el trato con la mujer primitiva no lo representan, desde otra forma de horror). El desenlace es sangriento en lo caníbal y propio del animal fuera de sí. Antes se logran dos realidades interconectadas que “sobrepasan” en buena parte al género, exponiendo a la sociedad. Cada integrante de la familia se verá influenciado por aquella particular, dúctil, lúdica y engorrosa presencia que yace en cautiverio en la piel de la inglesa Pollyanna McIntosh, de donde saltarán las carencias emocionales, el deterioro interno y nuclear, y los anhelos sensuales a través de la subyugación del poder (confundiéndose la brutalidad en el supuesto opuesto entre civilización y barbarie), a la vez que se reflejará la marginalidad, ubicua en la obra de McKee (tanto como el lesbianismo, aquí ausente), en la hija, junto al aprendizaje social del hijo de tendencia a la venganza a raíz del padre omnipotente, mientras se vuelve invisible lo que uno llamaría lo correcto (se hace lejano, despareciendo los límites ante el predominio de la dominación del más fuerte), que incluye la ruptura de la cualidad universal de ser seres humanos. 

Trick 'r Treat (2007, EE.UU)



Ésta es una película que no hay que sobrevalorarla porque no es que reboce de vasta creatividad, pero es una obra que ha gustado/y-suele-gustar a buen punto, ya que hay que decir que es sumamente simpática, con su pequeño toque de cómic, de cuento fresco y ligero, siendo bastante ágil (dura una hora y veinte que vuelan), y que se ha hecho de un pequeño nicho en el amante del género, para lo que su director Michael Dougherty ya prepara la segunda parte. Su aporte podría ser que se dirige sobre todo al adolescente, hace las delicias de una noche de terror juvenil, utilizando a niños para asustar, hacer daño, matar y que estos sean asesinados (un guiño claro a ellos, a un público objetivo), su rasgo de atrevimiento, en cuatro historias y un prólogo que se dan en la noche de brujas, concatenando las distintas líneas narrativas –hay vínculos hasta el último momento- y jugando con el tiempo de los acontecimientos. Al final surge una cohesión conjunta que hace de la película una historia que sabe crearse la libertad de poder manejar varias populares expresiones de terror en un solo espacio, encerrándose en una trama que se retroalimenta de sus partes independientes, dejando el mensaje central de que no debes tomar a la ligera el día de Halloween, debes respetar la creencia y las costumbres de ésta fecha, sino habrán consecuencias como la visita del silencioso, ubicuo y observador niño monstruo de rostro escondido, símbolo del filme, como a su vez de algún hombre lobo, vampiro, asesino en serie, fantasma o pequeños demonios condenados. Trabaja con la pérdida de la virginidad, haciendo que el aspecto de la sensualidad esté muy bien tratado en general, sin emocionarse con su presencia (es más bien un filme llamémosle correcto en ese aspecto); la burla o bullying escolar al marginado que logra vengarse; el típico vecino loco, cascarrabias, temido y ermitaño con un pasado oscuro y cuentas que pagar; y el karma propiciado en el cambio de rol del gato y el ratón tras una doble vida, bajo un eterno disfraz que esconde a un despreciable ser humano, uno más cruel en su particular ligereza hedonista que un ser mítico. El filme posee en el transcurso potentes giros, muchas sorpresas, novedad, en medio de cuentos legendarios, un detallismo supersticioso bastante rico, y un ambiente festivo mientras asoma lo macabro, en una propuesta que logra contener personalidad siendo tan contemporánea.

The sacrament (2013, EE.UU)


Estamos ante un cineasta bastante reconocible y querido en el género, gracias principalmente a La casa del diablo (2009) que es una película que yace en las mejores memorias del terror, aunque haya quienes la consideren menor ante otras, viendo que recoge la idea de la aclamada y famosa Rosemary's Baby (1968) de la que beben muchos. La casa del diablo tiene una ambientación muy conseguida de los 80s y una demora del misterio y preparación de tensión que a uno solo le queda aplaudir, como un rasgo de beneficiosa identidad, y sumarse a la legión de fanáticos que tiene. Su director Ti West suele presentar como una muy buena cualidad la espera y contención de lo que uno busca, el susto, a lo que uno atribuye producto de la experiencia y madurez, como en The Innkeepers (2011) en donde la aclimatación se presenta supuestamente complementaria aunque sea la mayoría, aparentemente inocua, sin embargo esconde la raíz del logro llegado el instante de la verdad, que incluso recurre a la comedia juvenil, a la interacción simpática de jóvenes protagonistas y a burlarse de los propios parámetros del horror, con lo que consigue hacer más potente su resolución, en el sentido formal de quien dice, el que busca encuentra, o no pidas lo que luego no podrás manejar, con una conciencia del miedo que cumple a perfección, tras jugar a la expectativa trunca, hasta el golpe de gracia de un desenlace tan aguardado, en lo que hace valer la predisposición e inquietud (gracias a la paciencia y el buen timing), bajo un engañoso relajo, ya que uno “sabe” de lo que trata, le tiene fe a West. Lo mismo vemos en cierta forma en The sacrament, aunque apure mucho más el paso, y sea en gran parte predecible. No demorará tampoco demasiado, a unos 40 minutos de metraje, en saltar la escondida realidad, el fanatismo enfermizo y auto-destructor; que los grandes discursos de hermandad, ideal y perfecta humanidad, y sus entusiasmos, son una ilusión utópica de una oscura represión, a poco de ese intento de convencimiento de un falso espejismo de virtud que es la llamada parroquia del paraíso. La trama nos enseña a una secta religiosa de filosofía socialista en medio de un paraje selvático del que desconocemos su ubicación exacta, en donde van a vivir ciudadanos norteamericanos pobres o relegados, e involucra el temor de la injerencia del gobierno de su país; que visitan tres periodistas tras la hermana fanática de uno de ellos que vive en ésta comunidad que recuerda un hecho real en la matanza de Jonestown, ocurrida en 1978, y que degeneró en más de 900 suicidios inducidos por quien ésta película llama como Padre, mentor interpretado por un creíble, de fuerte impresión en quien lo observa y elocuente Gene Jones que lo hace muy bien sin ser un actor consagrado o con un background apabullante, pero que acepta éste tremendo reto protagónico, satisfactoriamente. El filme recurre al found footage, o metraje encontrado, y al mockumentary, o falso documental, aunque se toma ciertas licencias para no mostrarse precario o molestar al espectador, pero sin perder la credibilidad en sus medios narrativos. Es una propuesta que se posa sobre un lugar común de la cultura anglo-americana, y aunque no resulta especial cumple con su cometido (acoto que ostenta su nivel), y recrea de forma más que decente en cuanto a lo terrorífico el Proyecto agrícola del Templo del Pueblo, y su lúgubre debacle. Veremos muertes masivas, donde hay niños inyectándose cianuro o tomando refrescos de colores envenenados; se da un efecto grotesco de cierta explicites, hay quien se prende fuego por propia mano o se degüella o acribilla a una pequeña. Ésta película entrega lo esperado en el horror, y encima durante un buen tiempo. Es ese potente contraste que tira abajo toda esa inclinación o debilidad a seguir ideologías de modernos cultos que son tan nefastos y oscuros, muy en la línea del gurú criminal Charles Manson, y es como atender una recurrente lección cinematográfica contra los fanatismos, más para el norteamericano, mientras en el camino uno se intimida con su inclemente brutalidad.

Pulse (2001, Japón)


El director japonés Kiyoshi Kurosawa, el otro Kurosawa famoso, se destaca en tres géneros, el thriller, el drama y el terror, no obstante sus mayores contribuciones al séptimo arte son en la mixtura de dos de ellos, el thriller y el terror, rompiendo su línea divisora mientras juega a diestra y siniestra en ambos campos; su trepidante acción, su propagación intensa de descubrimientos y los novedosos giros que manipula se mezclan con una atmósfera tenebrosa, misteriosa y oscura, dando películas del calibre de Cure (1997), su obra más famosa, muy bien recibida por el público, la que es la cota más alta de su filmografía, donde la maestría de Kurosawa hace de una historia que podría ser fácilmente ridícula y carente de credibilidad artística, ergo fallida pretendiendo ser seria, una propuesta cautivante, en un calmo pero desequilibrado y endiablado asesino en serie que practica la hipnosis –de forma ingeniosa con el agua y el fuego, como con una gotera del techo o la llama del encendedor- con la que convierte en criminales a gente anónima y promedio. Cure es un filme lleno de adrenalina, intriga, suspenso y emoción, que llega continuamente desde la habilidad de lo impredecible, como a su vez por la interrelación de sus antagonistas, habiendo una lucha de caracteres poderosos, partiendo del detective de policía Kenichi Takabe (Kôji Yakusho), un hombre psicológicamente torturado por el amor y compromiso hacia su esposa enferma, inestable y proclive al suicidio. Kiyoshi Kurosawa se aboca en sus películas a crear un conjunto contundente de detalles, azuzando algún contexto bastante personal y especial (la imaginación en sus manos es una de sus grandes virtudes), en lo que no solo maximiza sus recursos, sino que trata de manejar varias aristas intercomunicadas. Tiende a componer una red de cierta complejidad en sus relatos, a veces intrincados que uno puede perderse como tiende a pasar en el que nos compete en el título, Pulse o Kairo, si bien con suma atención no hay ningún problema, teniendo en cuenta que aunque puede ser definitoriamente ambiguo y tramposo como en Loft (2005), suele explicarse bastante bien. Pulse es la otra obra de mayor destaque en su filmografía, una película adorada por los fanáticos del género. Ésta me recuerda la premisa de El Aro (Ringu, 1998), pero en lugar de un vídeo sentenciando a quienes lo ven al cabo de 7 días al no resolver el misterio que encierran unas imágenes alrededor de una tétrica alma en pena cargada de venganza llamada Sadako (todo un clásico ver su rostro cubierto por el cabello negro y largo, descalza en su túnica blanca), se trata de un especie de virus que se clava en la psiquis al mirar en internet un mensaje difuso y mínimo sobre una abstracta sala de muerte y escenas que integran al observador y a espíritus en imágenes lúgubres, ennegrecidas, entre rayas de inestabilidad focal, que remiten a la expansión del mal (Kurosawa filosofa/argumenta al respecto), en la promulgación apocalíptica de un planeta (el nuestro) de fantasmas, en donde la víctima se aísla, se descuida, se deprime, desaparece como ente fantasmagórico y más tarde se suicida (hay muchos y distintos). Todo esto lo hace un director a tener convenientemente presente, a seguir su pista, como con su último filme, el thriller Seventh Code (2013), el que tiene su mayor valor en un giro inesperado pero ciertamente necesario, a poco más de medio camino de duración, que resulta bastante simpático e interesante aunque no sea la obra en sí un destape de demasiada original; estamos hablando de una pieza humilde si se quiere, que dura apenas una hora además. Empieza con una tonta persecución de amor a primera vista, en una joven oriental, de ascendencia china, relacionada con japoneses y rusos, que parece toda una cantante de pop (una declaración formal, en una superficialidad que remite al entretenimiento puro y duro), que conoce muy poco a un tipo (aunque guapo y elegante), casi nada (de lo que salta la frase de no guiarte por las apariencias que tan bien encaja en el concepto del filme), pero queda tan prendada de él que lo sigue con loca devoción a otro país, a Rusia (donde se encuentra con un anexo narrativo sobre la frustración laboral, y el anhelo del éxito en el nuevo amigo y dueño de un restaurante), para girar intempestivamente en otra historia que no revelaré siendo la razón de ser del filme, en una apuesta a lo M. Night Shyamalan pero sin dar vergüenza ajena, cosa que se agradece ya que pudo ser tremendo bodrio o algo insignificante, carente de gracia, y no el pequeño divertimento y discreto logro lógico que termina siendo. Agrego como colofón y dato curioso que Kurosawa a veces tiende a unos minutos finales absurdos, a un cierre entusiasta que puede ser hasta irrisorio (en Seventh Code es puro carisma; o en Retribution, 2006, demuestra tener mucha inteligencia relacionando lo criminal con lo paranormal/fantástico, como en Cure), lo cual es perdonable, aun siendo innecesario, diría, pero, bueno, son ocurrencias sin importancia, que desde luego no malogran el gran trabajo conjunto de este atractivo director. 

domingo, 30 de septiembre de 2012

Cosmópolis

Convertir un libro que se basa mucho en la abstracción como el de Don DeLillo en una película parece algo muy complejo, aún teniendo puntos de encuentro con el cine de David Cronenberg, porque lo de los anarquistas con las ratas en la mano o destruyendo una limusina con aerosol para graffiti en medio de una turba incendiaria que carga un muñeco de un roedor gigante, un protagonista disparándose en la mano sin aparente motivo o el abandonar en el mismo sentido la peluquería con medio corte de cabello cortado, es sin duda alguna muy propio del canadiense, esa transgresión que ha demostrado en su séptimo arte y que le ha valido tantos seguidores incondicionales alrededor del planeta, siendo ésta película fiel al texto, y a una línea que dirime la mayor parte de la filmografía de Cronenberg, la imperfección es necesaria y esto se puede justificar con muchas ideas, la que parece una excusa conmiserativa a esa crítica tan fuerte hacia el capitalismo que ostenta el filme y su inminente cambio ya que para construir hay que destruir, entendiendo que en toda creación yace el horror y que hay una repetición menos trascendente de lo que se piensa en el método que genera una transformación, algo que no se puede desligar incluso de lo provechoso como la tecnología y la economía, muy unidas a la política, esa desnaturalización del poder que llena a Eric Packer de un vacío existencial y de la inclinación a la autodestrucción, estando bajo el ideal moderno, el éxito con las mujeres, altos ingresos y la facultad de influir en la vida de las mayorías.

En resumen la cinta cae en el mismo lugar, ésta vez por ambición cinematográfica más que por imponer nuestra audaz filosofía, sin embargo será de harto interés en el espectador más paciente, indulgente con los fallos y carencias, y curioso con lo novedoso. Algo a notar previamente es que tenía a Robert Pattinson como eje y conducto de la historia y su representación, teniendo que manejar escenas complicadas como mantener un diálogo en cierto momento erótico con una sudorosa pero guapa trabajadora de su empresa mientras un doctor revisa su próstata, es decir cuando siendo heterosexual alguien tiene las manos dentro de su recto. Pattinson era atracción para muchos y desconfianza para otros, y como resultado apunta que los que se quedaran más contentos serán los seguidores de Cronenberg porque ha sido aun a pesar del interés comercial algo atrevido en su elección, y fuera de un arranque frío, en sí muchos personajes lo han sido, ha sabido sobreponerse y sacar una actuación digna, lejos del lugar común que le ha dado fama y por ende será un seguro rechazo en sus fanáticos. Se trata de poca expresividad aunque logra solventar un cúmulo de emociones entorno al nihilismo, desilusionado de la antigua brújula, el contexto de su fortuna, de su trabajo, y forma de vida a raíz de ellos, que no cree ni en el anarquismo aunque admira la pasión de quienes se desenvuelven en éste. Ha sido difícil, una verdadera prueba para él, aún en un tono relajado en las formas del filme llevando a cabo el concepto.

Acompañan al actor americano dos luminarias francesas, Mathieu Amalric y Juliette Binoche, que con papeles muy cortos son los que más destacan en cuanto a interpretación, la fogosidad de ésta mujer mayor en un encuentro casual sexual convertido luego en disertación sobre el arte y la pertenencia –en toda la película se da mucha conversación reflexiva compensada con eventos en que Cronenberg puede perpetrar su visualidad creativa aunque en ésta realización yace en esencia dócil- y la de éste contestatario activista que se graba tras arrojarle una tarta en el rostro a algún personaje relevante socio-político o económico. Ambos son intensos y sueltos, siendo “sorprendente” ver como el talento siempre brilla aun cuando no sean los protagonistas; hay mucha potencia gracias a la motricidad, sensualidad o vocalización en sus performances, específicamente cuando ella se contorsiona en un aura desinhibida por la excitación y él se pone alterado luego de su atrevimiento. Con ellos, otro actor reconocido aunque no tan popular, Paul Giamatti, que suele verse cotidiano por costumbre. Aquí ayuda a comprender las intenciones de Eric. Aparece al final para cerrar el conjunto en un solo punto ideológico que queda abierto apostando por una esperanza, habiendo mucho diálogo que con su fluidez no se hace pesado aunque da la sensación de algo anodino en cuanto a la acción. Presenta un lado intelectual a pesar de que no suele dar la impresión de grave trascendencia, escurriéndose de la solemnidad que de por sí en la realización ya es suficiente con su quehacer natural y evitando esa reticencia a ponernos muy pensativos, que de eso va en la película aunque hay repercusión física en una tensión que tira y afloja discretamente.

Torval (Kevin Durand, de semblante duro pero cuerpo ordinario) significa la línea de seguridad de esa dualidad, entre su contratante y el capitalismo, por eso se rompe esa capa, en la necesidad de liberarse del peso que agobia. Mientras Elise (Sara Gadon) es un personaje contenido pero semejante a Eric, solo que ella cree en solo limpiar y seguir adelante. No se imagina sin la “fortuna” que la describe. Aparece rodeada de una atmósfera de calma melancólica y elegancia.

Éste entretenimiento en manos de Cronenberg se pone un poco serio, debajo de la extravagancia, dos motores que ha solido perseguir, no obstante aunque implica una exigencia en esas coordenadas es afable para digerirlo, muy acorde con sí mismo. Deja la sensación de que tranquilamente ésta podría ser una obra de teatro, con ese escenario regidor en el interior de la limusina, a donde entran y salen en un mundo alterno que es un microcosmos de lo que yace afuera. Cuando nos dice que la rata se ha convertido en moneda común.

miércoles, 9 de mayo de 2012

EXistenZ

El canadiense David Cronenberg compite por la palma de oro, en Cannes, con Cosmópolis, una adaptación cinematográfica del libro del famoso escritor norteamericano Don DeLillo que contará con la estrella de Hollywood Robert Pattinson, una amalgama curiosa entre una celebridad de adolescentes y un realizador históricamente para minorías ansiosas de rarezas, un director que no es tan popular entre las mayorías ni en festivales o galas de premios pero alguien que es admirado por un grupo pequeño que le rinde culto y que ha ido incrementando notoriedad.

Desde que Cronenberg se inicio su vena fantástica y de terror en películas de tipo B lo han llevado a ser un pequeño ídolo del séptimo arte. A través del tiempo se ha ido estilizando hasta ofrecer mayor calidad sin perder ese aire personal que siempre lo ha definido de alguna forma como un rebelde que articula cultura. Una obra que le brindó uno de sus más grandes reconocimientos es EXistenZ (1999) que le dio el oso de plata a mejor dirección en la Berlinale.

Confundiendo realidad con fantasía tenemos que la creadora de videojuegos Allegra Geller (Jennifer Jason Leigh), ayudada por un publicista que hace de guardaespaldas, Ted Pikul (Jude Law), decide probar su nueva invención metiéndose en un espacio en donde las conspiraciones están a la orden del día. Así somos introducidos en un circulo interminable en que avanzamos en bucle, participes de la enemistad y conflictos por la destrucción del producto virtual en que se rige el filme. Yendo a la parte central es el relato de dos personas dentro de un videojuego que conectados a un cable por la espalda tienen que resolverse en esos límites pseudo reales.

Cronenberg quien también escribe el guion se las arregla para crear un futuro próximo en que recurre a un aspecto sucio y un gore básico en que caminamos sin saber que viene más tarde, siendo un agregado interesante el querer saber en qué consistirá el desarrollo del juego virtual y aunque es bastante extravagante, tampoco define exactamente que pruebas permiten pasar a otro nivel, se las arregla para mantener coherencia. Exhibe muy bien la intriga, se desconoce si los héroes han perdido o ganado, o si los protagonistas han contraído una infección al ser orgánico el aparato que relaciona el sistema de entretenimiento y por ende está malogrado, mientras se formula una constante pregunta de si están fuera de éste mundo alterno o no.

EXistenZ es un filme especialmente sencillo que se logra sostener sobre todo por la curiosidad y la ambigüedad pero que en sí no se trata de mucho, aunque astutamente no baja nunca la tensión. No se hace problemas en la simulación de un espacio nuevo, pero parecido al verídico, ya que además esa es su arma de fondo. EXistenZ se hace una forma divertida de apreciar a través de su perspectiva de continua desconfianza u oscuridad, no clara para nadie, ni siquiera para la autora del invento que está tan confundida como el neófito de su acompañante, quien es también su contrincante. Estamos frente a un cine raro de degustar, pero bastante atrayente, pulido ya por la experiencia, y aunque ésta película no será una obra maestra es muy digna de un séptimo arte aun aventurero, que no parece pretender más que arrastrarnos ésta vez a una locura ligera que representa el recurso mayor que manipula en su filmografía un Cronenberg que sabe transformar el delirio en entretenimiento.  

domingo, 8 de enero de 2012

Un método peligroso

Ver a un intelectual del calibre de Carl Jung siendo seducido por la pasión del amor a contracorriente de sus pensamientos racionales, metódicos y que reafirman su condición científica es digno de un acto de atracción hacia el buen séptimo arte. La cinta del canadiense David Cronenberg es una de aquellas que son de alta exigencia, muy reflexiva, ordenada, con un trabajo que destaca por unos diálogos imprescindibles, de una cadencia calmada pero no extenuante, que está libre de efectos provocativos básicos o de la careta de puro entretenimiento, dispuesta para aquel que desea algo sugerente en ideas bajo una historia que se puede resumir tranquilamente en la necesidad de agregarle a la razón un aire impredecible, de emotividad aún a costa de trastabillar la propia teoría que no permite ambigüedades.

Jung conversa ávidamente con su maestro, Sigmund Freud, un revolucionario contra las ideas convencionales reinantes y un hombre muy inteligente que a pesar de innovar busca la solidez de quien no admite desequilibrio en su método académico, sin embargo Freud sabe que su aventajado compañero será quien ponga a relieve ciertas ausencias o revelaciones, un paso más en la evolución creativa de la mente que para más inri puede ser capaz de doblegarse ante los sentimientos, ese canto primario que nos identifica y del que no se nos puede desligar como seres humanos. De cara a su deserción no teme sino parece alentarlo secretamente. No es una burda guerra sino la lucha intelectual de unos camaradas.

Lo interesante es que una mujer neurótica tratada por Jung será el dispositivo de arranque para esos cambios personales como analíticos, esas dudas que despiertan o desarrollan audaces y más completas cavilaciones. La joven traumada por abusos infantiles de carácter sexual que provocan en ella la culpa, la rabia y el propio repudio inconsciente se verá liberada en la relación afectiva y profesional con el sabio doctor, pero no estamos frente al control del contexto, sería poco curioso tenerlo en un filme si así fuera, sino que Jung caerá en esas redes infringiendo su personal código de vida, escuchando a ese otro médico y paciente, Otto Gross (Vincent Cassel), que muy liberal no teme involucrarse con las personas que trata; la moderna visión de que hay que rendirse al deseo y provocar el estudio desde la experimentación, una osadía claro está que lleva a Jung a vejaciones permitidas de índole sexual, sumisión y goce erótico libre de inhibiciones.

Cronenberg es muy sutil, podría llamársele elegante, fiel a sí mismo y serio pero creo que cae en el poco reforzamiento de la trama, lo cual encuentro fantástico de alguna forma porque no busca atropellar al público para que éste lento por costumbre pueda entender ante la explicites, sin embargo quizás a la vera de no infringir mucho la historia o no pecar de subjetivo no nos describe demasiado ciertos aspectos importantes de ese tórrido romance muy digno en pantalla y que nos hace pensar más en algo oscuro, quizás realmente en el fondo hubo un romance muy típico de dos almas dulcemente enamoradas pero se intuye algo más liberador de lo que se propone.

Tampoco se ve demasiado desenvuelto el conflicto último que genera la relación para Jung y su corriente psiquiátrica, se ve que hay problemas pero apenas hay ruido, y podemos ver que tiene que dejar su lugar de trabajo para más tarde viajar a otro país; a su vez su mujer parece un fantasma y por lo que se puede ver su influencia debe tener mayor presencia ya que suele apoyarlo económicamente. Queda en el aire mayores revelaciones pero eso no quita que el cine de Cronenberg sea un espacio para ver a través del ecran, porque como se puede percibir, nos ha sugerido argumentos y hacia donde indagar; la cinta no es una enciclopedia sino hay que poner de nuestra parte y descubrir donde quedo abierto el mensaje. El filme busca seguir el curso de nuestra existencia donde suponemos un pasado, un ambiente y unos personajes en conocimiento mutuo y un discurrir del tiempo, lo cual no solo otorga un ritmo más genuino sino una contextualización artística mucho mayor, que no es tarea fácil y en donde se ve la maestría indiscutible del canadiense.

Keira Knightley en su personaje de Sabina Spielrein puede inquietar con sus repetitivos tics como sacar la mandíbula hacia fuera y abrir excesivamente los ojos pareciendo que está a punto de vomitar pero es efectiva, no podemos esperar una paciente encantadora si queremos realismo y es en ese rechazo que ofrece al espectador (en la primera parte del filme) que la hace verosímil y hasta produce mayor desconcierto en que Jung se haya fijado en ella, o nos hace pensar al respecto; por supuesto teniendo en cuenta la belleza de la inglesa –y suponiendo la de la persona real- que bien vale la condescendencia más noble de cualquier caballero, sin embargo se abren nuevas perspectivas, Jung parece haber sido más sensual y humano de lo que aparentaba ante el resto, la idiosincrasia del planeta, complejos e impredecibles.

Se ve que Jung es el protagonista principal aunque Freud sea un buen sparring en un filme que lo respeta mucho, para lo que Sabina se hace secundaria a la utilidad de la historia y se hace extrañar un poco de abordo de su transformación profesional y biográfica; será motivo para que algún otro cineasta tome la posta porque aquí queda un poco como objeto más que materia de sabiduría a pesar de que hay vocación de mostrarla pensante y hasta secamente provocadora para el razonamiento.

Michael Fassbender debe ser el más talentoso actor que se puede percibir últimamente, su interpretación otorga humanidad total a Jung, podemos verlo muy en ambos lados, a fuerza de la mente o de los sentimientos (más próximo aquí a ellos), llora y se muestra frágil como el más simple de los hombres, no es solemne en absoluto y es hasta inseguro, puede ser muy preparado como para pasar muchas horas dialogando con Freud pero tiene un lado disoluto que lo vemos cuando yace echado despreocupado e infantil con su amante en un pequeño velero comprado por su dócil esposa, pero siendo justos e indulgentes no pierde su aura de genio. Hasta en el filme pasa tremenda humillación flagrante con Sabina (dama que a todas luces debió llevar la peor carga en la realidad sino que no es su momento) y es que Cronenberg ha tomado al personaje con aplomo dándole los matices necesarios para crear a alguien celebre pero discutible sin robarle sus méritos, es su monstruo muy perspicazmente entregado. Viggo Mortenssen lo hace estupendamente bien como Freud, podemos ver a ésta eminencia de la psiquiatría en toda actividad. Es favorable decir que siguen siendo cálidos en pantalla, hay una cierta naturalidad y credibilidad que impresiona porque además no hay efectos especiales y casi es inexistente el maquillaje en los actores. Es un dúo que interactúa con mucha solidez siendo de lo mejor del filme ver su convivencia, respeto, su amistad e intercambio culto. Cronenberg se mantiene cerca del espectador, no hace algo insulso y otorga muy buen nivel a su arte.