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martes, 12 de enero de 2016

La gran apuesta

¿Cuán importante puede llegar a ser el éxito o volvernos ricos?, es una pregunta capital,  y a esa vera ¿cuán importante es ser un tipo moral, preocupado por la decencia y el buen obrar de nuestras acciones?, y yendo hacia un quehacer argumental más complejo ¿cuánto nos costaría sacar provecho del mal colectivo para conseguir ese éxito y opulencia, aunque sea legal? Esto es parte trascendental de lo que encierra La gran apuesta (The Big Short), donde unos outsiders de Wall Street en tres líneas narrativas separadas en sus propias argucias y mirada del mundo hacen justamente eso, sacar beneficio de la futura crisis financiera del 2008, de la burbuja inmobiliaria, de las hipotecas entregadas a diestra y siniestra sin soporte económico coherente, entregadas por los ambiciosos y poco meditativos bancos americanos sueltos en plaza, que cada vez empeoraban la situación sin pensar en ninguna verdadera solución sino mantener un ciclo vicioso con rumbo anunciado a la caída, tan claro como con esa ilustración de ese juego de sacar bloques, extrayendo torpemente los de soporte, tirando abajo la torre, es decir, la economía nacional. Los protagonistas visionaron esa debacle y apostaron en contra del mercado inmobiliario y la estabilidad, haciéndose ricos, a costa de no tener consciencia, ganar con la crisis, esperarla y hasta celebrarla, como no tener remordimientos con la ingente cantidad de desempleo y pérdida de casas del ciudadano y compatriota promedio. 

Es una película harto interesante e inteligente, tomando mucho en cuenta que tiene de protagonistas a tipos que son potentes enemigos de las empatías. El director Adam McKay, experto en comedias (todas con Will Ferrell), adapta el bestseller de no ficción “The Big Short: Inside the Doomsday Machine”, de Michael Lewis, escritor del libro que inspiró la película Moneyball (2011). Hace uso de todo su ingenio para mostrar éstas figuras sin que a uno le provoque mandar al diablo la película, de lo insoportable que puede resultar ver la felicidad y gloria de unos cuantos contados con los dedos tras el mal ajeno masivo, porque toda rata tiene la “salvedad” hasta que es descubierta, hecha pública, y aquí lo vemos con pelos y señales, como iba movilizándose el proceso hacia la crisis y no se decía nada, de lo que el filme arranca enseñándonos a un tipo antisocial, quizá con asperger, que viste casual tipo hawaiano en el trabajo y es aficionado al heavy metal y a tocar la batería, interpretado por Christian Bale como Michael Burry, sujeto que fue el primero en apostar en contra del mercado inmobiliario.

Otra línea narrativa la tiene un segundo avispado en la performance de Ryan Gosling como Jared Vennett quien descubre la inusual apuesta de Burry y se lo comunica a Mark Baum (Steve Carell), líder financiero que entra en el negocio contra la burbuja inmobiliaria tras mandar a su equipo de allegados a averiguar si es verdad lo que informa Vennet. Carrell, la mejor interpretación del filme (seguido de Bale), demuestra que es un actor talentoso, más allá de estereotiparlo en la comedia, tiene en su papel el deseo de demostrar que el sistema abusa del ciudadano ordinario, teniendo un trauma psicológico a cuestas y una cierta deficiencia de sociabilidad; apunta a ser un tipo particular, por lo que es como ganar una causa, hacer valer su pensamiento y exponer digamos que al capitalismo más duro de su país, más que deseo de volverse rico. Esto hace de cierto balance para paliar algo la gran carga negativa de la calidad humana de los protagonistas, como que el  personaje de Brad Pitt, el frío y calculador pero “consiente” Ben Rickertun, un lobo de Wall Street, le haga ver el daño gigante que conlleva su estado de fiesta a la dupla de la tercera línea narrativa y parte algo floja del filme, donde unos inteligentes y afanosos arribistas que empezaron en su garaje y en trabajos humildes quieren seguir creciendo y entrar por la puerta grande a Wall Street y no importa casi el cómo lo logren. Baum tiene dudas morales en escuchar y apoyar a Vennet que es justamente lo contrario a él, un tipo ladino y frívolo que rompe la cuarta pared a cada rato y nos explica abiertamente la podredumbre que lo hará adinerado, siendo el que más se acerca a recordarnos cierta influencia del cine de Martin Scorsese y a The Wolf of Wall Street (2013).

El filme tiene bastantes ratos de respiro y mucha ocurrencia, como con los referentes de averiguar si es cierta o no la burbuja, comercializadores de hipotecas yuppies, una casa abandonada con cocodrilos o mujeres strippers clientes inmobiliarias, cosa que hace de distinción en formas, no hay ese sentido de juerga o fiesta que había en The Wolf of Wall Street, a lo sumo Gosling luce cool dando check con la palma a unas chicas en un gimnasio, pero vemos en realidad como Pitt frena en seco más bien a sus pupilos, los llama al orden y al perfil bajo como él mismo actúa. También se destaca la música hip hop o rock que acompaña irónicamente, como que los protagonistas son extravagantes y con algo de carisma a pesar de todo, siendo, además, claro, muy famosos, con lo cual se crea entretenimiento y mayor curiosidad, que vence un posible fastidio y agotamiento ante la ardua y densa temática.

La propuesta tiene de comedia (un éxito y audacia cuando podría generar incongruencia), pero no en demasiada cantidad, porque el filme es realmente serio y profundo en su análisis, como también resulta un llamado de atención a que haya habido impunidad con los culpables, los bancos, y que solo haya pagado y aguantado el ciudadano común, y puede hasta repetirse otra crisis si se cree en un capitalismo impoluto/perfecto, y no hay fiscalización y ojos abiertos, como bien representa el sentido del personaje de Baum, incrédulo y desconfiado pero trabajando dentro del sistema, en pos de su mejora.

La terminología –como bien dice algún diálogo- y el sentido de conocer a fondo la crisis financiera del 2008 es sumamente complejo y difícil de coger para un espectador y ciudadano común, es una temática de comprensión completa para especialistas, no nos vamos a engañar, si no para los más valientes y tozudos tienen Inside Job (2010). Pero Adam McKay y el magma de su filme, hacen algo realmente entendible, en lo posible, y eso es maravilloso e ingenioso, teniendo figuras como al famoso y carismático chef Anthony Bourdain, a la estrella juvenil Selena Gomez o a la preciosa actriz Margot Robbie (en una bañera) hablándole y explicándole al público de forma fácil y directa de que va toda la burbuja inmobiliaria con ejemplos prácticos y cercanos como un juego de apuestas en el casino o qué se hace con el pescado que no se vende en un restaurante. Es un filme poderoso argumentalmente y llevadero, que tiene la gracia de explicarnos un tema de gran interés en medio del placer cinéfilo y artístico.

lunes, 3 de febrero de 2014

American Hustle

Es notorio que David O. Russell divide a la gente, tiene el respaldo de los Premios Oscar que por tercera vez le concede abundantes nominaciones, The fighter (2010) le dio 7 y obtuvo 2 triunfos, en El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, 2012) fueron 8 y ganó una estatuilla dorada, y en ésta oportunidad American Hustle le da 10, y hace nuevamente pleno en la categoría de nominados a actores. Con lo que se denota que tiene el aliento de un importante sector del público que es lo que define la mayoría de candidaturas de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas Americanas. Pero también hay una corriente que cree que está sobrevalorado. Y yo en lo personal me ubico dentro de los que lo apoyan, porque sin ser espectacular, alguien extremadamente original, disfruto de sus filmes.

American Hustle puede verse como que tiene un aire o parece intentar emular (algo) al idolatrado Martin Scorsese, mucho teniendo bastante fresco su último ataque de genialidad, El lobo de Wall Street (2013), de quien no discutimos su mención y la seducción que emana, ya que se debe a su talento fuera de resultados discutibles, sin embargo creo que en conjunto es totalmente distinta ésta película a cualquiera preexistente, por el estilo propio que impone finalmente O. Russell, además de que no pienso que sea restrictivo a un solo autor hacer un tipo de cine.

El tema de los gánsteres, los fraudes, policías en pos de la celebridad y la corrupción política lo maneja muy bien ésta propuesta, con un toque –que no completo porque fluye, tiene ritmo y vida- de idónea sequedad, cierta impuesta ligereza y su infaltable ironía, no dejarse tomar muy a pecho en lo que exhibe, que se da como subterfugio para permitir no ajustarse a una trama cuadriculada, aburrida digamos, sino moderna, y poder moldear al gusto el juego personal, una autoría. Porque no se trata de retomar en absoluto lo clásico, aun manipulado séptimo arte precedente, como una falsa fachada de otra década, los 70´s (que invoca referentes de esa época, como el cine de denuncia o policial, el arte de Sidney Lumet), entendiendo que también depende de hechos verídicos y detalles que “obligan” un retrato. No obstante, se observa sin dificultad, que David O. Russell pretende yacer en su libertad de director, y vemos que se caricaturiza intencionalmente un poco a los personajes, pero sin borrarlos de una película seria, de un drama de criminales, ya que no es para nada una comedia, sino que quiere destilar una capa de consabido relajo en cómo nos lo cuenta.

De ahí que todos tengan peinados ridículos, Irving Rosenfeld (el siempre sacrificado, comprometido hasta la médula y vastamente versátil Christian Bale) una calvicie mal escondida, aparte de una voluminosa barriga, congruente con lo que representa, un estafador de suma inteligencia aunque de pequeños movimientos de engaño. El alcalde de New Jersey Carmine Polito (Jeremy Renner) un peinado a lo Elvis en medio de una elíptica pesada vida familiar –tiene 5 hijos y una esposa que nos recuerda a la de los típicos gánsteres italoamericanos que nos ha dado siempre el cine contemporáneo, mujeres de barrio- y un mal disimulado pésimo gusto, siendo un hombre capaz de ensuciarse en el desarrollo de su ciudad, como él mismo dice, hacer todo por ella, en un mandato que conjuga avance a costa de algunas licencias, poder tratar con mafiosos dueños de casinos en pos de trabajos e ingresos para su estado. Y por último, el oficial federal Richie DiMaso (Bradley Cooper, que se esconde en varias capas, siendo hilarante, un poco tonto o imponente dependiendo las circunstancias) que ostenta una permanente, rulos, como la cabellera abundante de la compañera de estafas Sydney Prosser (en una sensual –mención especial de sus escotes- y compleja en sus emociones Amy Adams); luciendo un aire a sex symbol latino de música disco, mientras hace todo lo que puede por consagrarse en su profesión de policía encubierto, hasta manipular los hilos para que congresistas, senadores, criminales y alcaldes caigan en su red, en un plan sustentado predominantemente por el anhelo de notoriedad, atraparlos infraganti, aun incitándolos más que descubriendo y desbaratando negocios ilegales. Algo que juega con la audacia de quien se desnuda como fabulador y desmitificador, en caso de O. Russell, un generador de artificios que crea un universo creíble, solvente en sí, lo que hace todo cineasta. Y nos invita a observar y desentrañar como se fabrica arte, en una especie de alter-ego en la piel de DiMaso conjugado con Rosenfeld al que se le instiga para que perpetre un fraude que enmarañe a criminales, aunque no todos los son pero se verán tentados a ello, y que puede ser visto como un sutil meta-cine. Una película que mirada detenidamente es bastante inteligente siendo fácil de entender aunque sacrifique una parte de la cotidiana ilusión y pueda molestar, como quien nos da la sensación de revelarnos que quiere tomarnos el pelo o enseñarnos una verdad que no atendemos y nos mantiene “inocentes”, fieles a nuestra calidad de espectadores.

No obstante, si bien juega a concretar un contexto de forma discretamente atípica, rompiendo la narración convencional pero como quien pretende normalidad, provocando el conflicto “arbitrariamente” para luego decirlo, por si pasaba desapercibido su pequeño toque particular, y hacer una última jugada en que se sigue explotando la capacidad de fraude, ya como historia lineal y ordinaria, no deja de asumirse como entretenimiento, es su basa, pero con su infaltable impronta, y es que David O. Russell puede ser bastante extravagante, a diferencia de lo que creemos de su séptimo arte, como se puede ver en I Heart Huckabees (2004).

Es como lanzar al ruedo una chispa de ingenio o algo poco manipulado, dentro de una trama, más que visto como defecto, un cariz anodino o una tonta ocurrencia, en donde se falsifica a un jeque árabe para que caigan los ratones a la trampa, con el que se les llama y entusiasma a los criminales y a los potenciales delincuentes (lo cual no es que suene descabellado), aunque incluye meterse con algún peligroso gánster (la historia crece con sus pormenores, que le catapultan y nos centran para seguir atentos un hilo), el ejecutor Victor Tellegio (Robert De Niro, en una figura que le persigue eternamente dado el talento en ello, que domina, aun en una breve caracterización y ya habiendo hasta bromeado con esos roles) pero sin que por ello atrofie el conjunto, o sea la historia, más bien la alimenta desde coordenadas personales.

Al final se ve que son pequeños pretextos lo que hacen una estructura, algo notable en el papel de Rosalyn Rosenfeld (la prodigiosa Jennifer Lawrence, a la que se le exige roles exigentes de engañosa simplicidad, maduros pero imperfectos, y siempre da la talla, iluminando un personaje rico en arrebatos, mucha emotividad, e incongruencias a flor de una personalidad de vulgar sapiencia que termina ganándose nuestra empatía bajo su carisma todoterreno), una joven hermosa pero chabacana, voluble y con falta de autoconsciencia.

Puede que American Hustle no sea una gran historia como tal, no sea tan cautivante en bruto, siendo relatos ya muy gastados, una vez visto de que se trata el embrollo en sí (engrandecido por sus artificios, véase su banda sonora que imprime fuerza  y personalidad a las secuencias, con Tom Jones y la nostálgica Delilah, la estupenda Live and let die de Wings, o las icónicas I feel love de Donna Summer y -la a su vez dulce- How can you mend a broken heart de los Bee Gees, entre otras, que imponen una atmósfera en toda plenitud; o sus escenarios familiares, bendecidos por el aura de lo vintage, donde se citan los personajes modelados dentro de un curioso glamour, el setentero, que no pelea con lo austero por ser propio de su tiempo), sin embargo no desfallece nunca, genera mucha atención, entretiene mucho más que suficiente, y maneja perfectamente la temática del fraude, la hace suya, teniendo atributos innegables de valía, como explotar a sus personajes, revestirlos de disfraces, matizarlos y hacerlos interactuar con verdadera intensidad, tales son sus dos protagonistas Irving y Sidney que tienen vidas apasionantes gracias a su rabia interior (lo dejan ver sus voces en off,  cuando describen quienes son, y el flashback que termina regresando a esa sala privada con el jeque y Polito, que los justifica de alguna forma, aunque sobrellevarlo canse o intimide), por sobre el orden de la derrota y la frustración que les ofrece a ellos la cotidianidad, dándose controlados como ameritan sus farsas –hasta en el acento británico de Sidney que es muy significativo para cambiar su biografía, su pasado de desnudista, que como dicen uno quiere creer lo quiere, todos mentimos o lo hacemos con nosotros mismos- en una oculta vehemencia que los motiva. O. Russell es, sin duda, un director que sabe sacarle sustancia a sus actores, no es banal tanta nominación al respecto, generando vínculos y panoramas portentosos con ellos, más allá de lo concreto. Continuos cambios de ánimo o en apariencia, en un buen manejo variado de conflictos, entre lealtades y deshonestidades. Lo que hacen del filme una especie de juego de cartas lleno de intenciones y adivinanzas con sus roles, y a nosotros observadores de ese intercambio de movidas maestras, siendo las mejores, las más importantes las de torpeza dentro de la atracción del argumento.

viernes, 3 de agosto de 2012

The dark knight rises


Recuerdo con mucho cariño la primera película de la que tengo memoria haber disfrutado en una sala de cine, yo contaba con 9 o 10 años de edad, se trataba de Batman (1989), de Tim Burton, y fue algo impresionante para el tiempo, para muchos ostentaba esa oscuridad que hoy en día se le atribuye a Christopher Nolan. Sentado en una butaca de un viejo cine de Sullana, Piura, pude ver a un superhéroe en carne y hueso con la majestuosidad que el séptimo arte reviste al personaje (el de la tv., el Batman de Adam West, estaba muy cerca de la comedia, voluntaria e involuntaria, de ambas, aunque era entretenido, pero no para tomarlo muy en serio). La escena en el callejón con un joven Joker sonriente preguntando: ¿alguna vez has bailado con el diablo bajo la pálida luz de la luna? me tenía embobado. Más tarde la burla y la fantochada de Jack Nicholson invadirían la pantalla, para luego llegar el esperado protagonista enfrentándose al guasón que quería gasear la ciudad y dar muerte con una sonrisa a la población de Gótica.

El mes de julio nos ha deparado la última película de Batman de la trilogía de Christopher Nolan, finalmente ha llegado y ha sido algo épico como se esperaba, casi tres horas de acción. Nuevamente el sentimiento de la primera vez ha regresado para dar rienda a poder concretar la imagen global que la obra de Nolan ha plasmado desde hace 8 años. La experiencia ha sido distinta pero la magia perdura en otro tipo de producto, Batman sigue imponiendo su magnetismo en aquellos que aun guardamos estima por el superhéroe de nuestra infancia.

Ésta vez tras su retiro el hombre murciélago descansa en el recuerdo como el asesino de Harvey Dent; a los ojos de la gente fue el probo fiscal de distrito que representaba la esperanza de la justicia en la ciudad caótica y siempre proclive a la anarquía de Gotham city. Sin embargo la verdad es que en la oscuridad se corrompió como Dos Caras, gracias al plan macabro del Joker quien aplica la idea de que nada es impoluto de acuerdo a ciertas condiciones, por ello la imagen de Dent debe ser salvada para crear esos ideales que mueven a los seres humanos, algo muy claro en el contexto americano donde sin bases no hay unidad ni destino en común.

Surge un nuevo enemigo para Gótica, que puede ser visto como un sobrenombre para New York o alguna ciudad cosmopolita de Estados Unidos, ya que Nolan aplica a su obra abundante realismo que le da verosimilitud y sustancia a esta ficción que proviene de la –en general- superficialidad de un cómic, incluso se hace alguna broma sobre el disfraz de Batman que luego se justifica con que es una forma de crear miedo y misterio, a lo que el superhéroe desprovisto de máscara revela que se trata de encubrir su relación con sus seres queridos y crear la sensación de que cualquiera puede ser el protector de la libertad y la tranquilidad de la sociedad, para el caso vencer la criminalidad que gobierna alrededor y hace peligrar esa condición.

Surge un nuevo componente que hace retornar la propia fe en ser un vigilante nocturno, repudiado en un inicio por la policía salvo por el comisionado James Gordon (Gary Oldman) que conoce del esfuerzo de ese entregado salvador, de ese envejecido, desilusionado, oculto y renco Bruce Wayne (Christian Bale). Éste componente se llama Bane, un mercenario que sigue el camino que fue impartido por la locura y maldad del Joker (inconmensurable Heath Ledger en el papel que dio el fruto de un merecido Oscar póstumo por actor secundario). Se trata de imponer la anarquía, ésta vez de toda la población inducida a la rebelión al aprovechar la debilidad de los agentes de ley ante una bomba de grandes dimensiones. Sin embargo Batman desliga de las mayorías la teoría de esa aproximación natural humana a la supuesta libertad absoluta engendrada en la utópica anarquía diciendo que la responsabilidad y el deber son inamovibles del compromiso con la sociedad (ante el reino del caos la ausencia de figuras también depara silencio, espera e inmovilidad de las masas). Esto último es algo aceptado que demuestra una necesidad que hay que adoptar sin fantasías, para ello en este caso la paradoja resulta en que el motor de ello es la intromisión de un superhéroe imaginario, ajustado a un especial contexto pero que puesto a cumplir con el realismo del que se adhiere constantemente se defiende arguyendo que el orden es intrínseco a nuestra evolución y convivencia, una segunda piel que nos realiza, por ende la lucha es de todos, para lo que se sostiene no solo de sí mismo sino de un colectivo. Batman es uno más, aún no siéndolo definitivamente, al igual que Bane. Sin embargo son solo líderes y símbolos de algo más grande y masivo, la perenne lucha entre el bien y el mal ajustado a la estructura de la sociedad, lo prodigo y lo destructivo. Por eso ahí vemos a los agentes policiales chocando frontalmente contra los terroristas o al joven oficial John Blake (Joseph Gordon-Levitt), Robin, que lleva una audaz argumentación sobre su persona, en un magma que surge de la relación de admiración que le produce la figura de Batman, el que se convierte en propulsor de heroísmo, de identificación. Wayne representa además un huérfano inspirador, su sufrimiento ampara su lucha y su lugar tiene solidez en clave de epifanía, un llamado para el compañero que ve en el mentor y superhéroe su camino, esa voluntad de paz contundente que quiere prodigar. Gordon sigue siendo indispensable para no salirnos de cánones normales, de no perder la fe en el orden público que es complementario, recordemos que es la historia de Batman pero que Nolan quiere veracidad, por lo que Batman desaparece y se entiende en ese final pausado, no sobre-exaltado aunque valiente y sobre todo afín.

El querido mayordomo Alfred (Michael Caine) temiendo por la vida de su señor al que ha criado desea un devenir ordinario para él y sueña con encontrarlo con la mirada sentado en un café en Florencia con una pareja. Wayne en su condición de soltero y solitario no posee el afecto estable de ninguna mujer, encima vive con el recuerdo de la que perdió, pero nunca le faltan parejas. En el filme tiene dos relaciones. Alfred tiene en la historia una participación bastante menor, muy parecida a la de Lucius Fox, Morgan Freeman, aunque son básicos en el relato. Yace en una sub-trama poco engordada pero que da algo de matiz a la carencia de mundo del personaje de Wayne, poco desarrollado realmente. Caine da realce a un personaje muy pequeño aunque reconocible, en contraste a otro secundario que más bien no funciona tan bien, se trata de Marion Cotillard como la magnate filántropa Miranda Tate, y a pesar de que toma importancia y resulta coherente parece algo muy hollywoodense, que hay que anotar que es muy parte del universo Nolan que mezcla el aparato comercial con ese cariz profundo que emerge de su imaginación y la de su hermano Jonathan Nolan que participa en el guion de éste definido como entretenimiento inteligente.

Un detalle a recalcar son las vueltas y resonancias que toma aquel niño que logra escapar de una prisión inexpugnable a la que hay que salir por arriba escalando sin arneses, se hace alusión de que la desesperanza llama a la fe, y para ello huir parece posible si bien la muerte siempre se manifiesta ante la tentativa. Ésta es una atractiva incorporación, parte del entretenimiento y que reporta un reto para el hombre detrás de la máscara, el que tendrá la oportunidad de intentarlo poco después de la derrota tras un combate a puño limpio muy bien articulado, espectacular, que despliega una simpática coreografía de artes marciales.

Se unen cabos, no solo dentro de ésta realización sino con las anteriores; las tres representan un tríptico, una continuación que puede ser vista independientemente pero que son más que un rótulo de unidad. Resurge la presencia de Ra´s Al Ghul (Liam Neeson) y la liga de las sombras, Bane hace hincapié en que es su sucesor, aunque hijo "ilegitimo", una vez que se descubre mucho más que un peón de causas ajenas al servicio de un inescrupuloso empresario John Daggett (Ben Meldensohn, el recordado Pope de Animal Kingdom) y que termina teniendo una causa afectiva -que tiene mucho de literal- a la cual seguir, el reverso/reflejo de Batman. La oscuridad que ha mantenido toda su existencia lo ha construido, lo ha vuelto cruel y lleno de venganza, algo superficial que recalca su fortaleza y su característica de rival difícil de vencer, y es que la historia requiere un poco de resonancia y simple vitalidad.

Se puede ver a Jonathan Crane (Cillian Murphy), El Espantapájaros, como juez de los ciudadanos a los que se quiere despachar; muerte o exilio clama y obliga a cruzar el hielo quebradizo. Toda la obra y creatividad de Nolan retorna, se asimila como una cosmovisión que predomina como una singular propuesta de un nuevo Batman, único y a la vez verificable en la esencia de su padre Bob Kane que estaría orgulloso de la transformación a la que al día de hoy asistimos. Distinta a lo que hizo Tim Burton, pero que vivirán paralelas como dos opciones destacables. Una más pegada al carnaval, a la extravagancia, a lo puramente fantástico y a lo freak y gótico -valga la redundancia- del estilo Burtoniano; y otra a una resolución mucho más verificable, que admite menos la inocencia y la dramatización de corte infantil, una más adulta, pero ambas divertidas a su modo. El comienzo no tiene nada que envidiar a una cinta del género de acción, en cualquier circunstancia impresionante y trepidante donde la precisión, los adelantos científicos, la CIA y terroristas se dan espacio, y eso gobierna la película, combinando la fantasía y lo que hay en el mundo actual, mercenarios escondidos en lo desagües o un táctico robo armado a la bolsa de valores.  

Junto a Bane, un musculoso y calvo Tom Hardy escondido detrás de lo que parece un bozal y con la voz distorsionada, magnifico en lo que será un escalón más al estrellato en Hollywood, está Catwoman, Selina Kyle (Anne Hathaway). Se veía complicado que superara la actuación de Michell Pfeiffer y no lo ha hecho. Sin embargo ha dejado una buena sensación, mucho pensando que ella se suele presentar algo cómica e intrascendente y requería de sensualidad y algo de oscuridad; en el filme de Nolan levanta las piernas en incontables situaciones misma danzarina de ballet o animadora en un partido de básquetbol, usa ropa apretada, se reviste de seducción, lo que aunado a su rostro hermoso puesto a la seriedad toma razonable contundencia. Se ha hecho loable su interpretación como una ladrona de guante blanco; su disfraz parecía innecesario ya que se podía deducir quien era por lo que más ha sido lucirla lo más apetitosa posible como asumir el personaje, poco ha sido el esfuerzo de no dar a conocer su identidad. Pero el guion justifica esa elección, ella busca limpiarse de un historial delictivo y esa es su motivación principal, y ya que se sabe que es una delincuente menor conocida dentro de los archivos policiales poco implica saber o no quien es a vista de los demás. Otro punto es su ambigüedad en cuanto a sus acciones, termina jugando en ambos bandos pero algo reparable es que Wayne desde siempre le brinda el beneficio de la duda al extremo de caer en desgracia, interesante ya que de arranque ella muestra su verdadera inclinación robándole un collar familiar, comprensible solo porque Wayne descubre que ella quiere algo más, tiene alguna secreta intención que la mueve a tratar con criminales, agregando la atracción que ella despierta y como se sabe el amor perdona hasta lo imposible. Nunca antes Hathaway ha estado más hermosa y eso se aprecia porque asume un papel menos cotidiano a su frescura y ligereza, un acierto de un “osado” Nolan que ha confiado en la que parecía su carta más ardua de superar en cuanto a elegancia y complejidad; con ésta actriz se da otra de su marcas de autor, articular componentes de lo minoritario con figuras populares (la trama tiene cierta dosis de intrincamiento y veracidad, pero visto bien tampoco es demasiado, nunca pierde de vista al público).

Sobre el mismo Batman hay que aplaudir que no cae en lo ridículo esperando de él una versión madura, asunto peliagudo sabiendo de que va el cómic, usar el calzoncillo encima de una malla es algo que puede ser muy risible si aspiramos a la credibilidad o estamos acostumbrados a los dramas relevantes, pero el hombre murciélago revestido de su aura todo el tiempo es rudo, parco, activo y oscuro. Se moviliza bajo el uso de la alta tecnología, usa motos modernas que sirven para posturas sensuales, como las fantasías de Joel Schumacher, si me permiten la ironía, pero respaldadas por el público; un aparato de vuelo impresionante y un vehículo de guerra que parece un tanque, prototipos que se ven bajo la lupa de la ingeniería militar de avanzada. Puesto en el traje, la voz cambiada de Bale y su semblante se imponen haciendo que esta película vibre en la pantalla, se sienta consistente y no nos hace creer en algo kitsch. Estamos ante un filme mayor salido de un cómic y que no deja de serlo, teniendo una perspectiva elogiable que alimenta nuestro lado más efímero con algo mejor y aun así seguirá siendo solo una opción a escoger, notando que no es la banalización de la complejidad sino la complicación de lo menor sin que tampoco lo sobredimensionemos y salga de su lugar de entretenimiento, además de fabricar sustancia en arquetipos con aire de outsiders y con ello estamos ante una gran parte de lo que significa hacer cine, un buen séptimo arte masivo.

martes, 22 de febrero de 2011

The fighter

Es la historia de dos hermanos, que comparten la pasión por el mismo deporte, uno tuvo su gran momento del cual se siente muy orgulloso, noqueó al legendario Sugar Ray Leonard aunque esa pelea la perdió por decisión, en el presente vive el entusiasmo de ese combate que lo ha convertido en un héroe para su familia y en su barrio, hoy es un personaje caótico, adicto al crack, su nombre Richard Eklund conocido como Dicky, es el entrenador de su hermano menor, Micky Ward alias el irlandés, un tipo correcto y estable pero que atraviesa un mal momento en el boxeo, lleva cuatro combates perdidos y se toma un tiempo para meditar sobre su futuro. Ward tiene un problema, su propia familia, su manager es su madre, Alice Ward (Melissa Leo) una mujer con poco conocimiento efectivo en el deporte, poca audacia para escogerle luchas y es una incondicional de su hijo Dicky a quien le soporta su conducta errática y del que desconoce su adicción, la otra carga sobre su espalda es su hermano, no es riguroso con los entrenamientos, es un tipo abandonado, inconstante y lo retrae.

La película es sobre ambos púgiles, Ward (Mark Whalberg) es un tipo normal con ansias de surgir, no hay mucho que decir de él, no es una interpretación que abarque mucha complicación, se enamora de una mujer bastante hermosa que trabaja en la barra de un bar, Charlene Fleming (Amy Adams) que lo impulsará a seguir una carrera mejor proyectada sin su familia. Ella demuestra ser una chica con carácter para enfrentarse a ellos y no es que sus parientes no quieran a Micky sino que son desastrosos, en ese cuadro sobresale Dicky (Christian Bale) el alma de la cinta y la mejor parte del conjunto. Su actuación de un perdedor otrora futuro campeón es subyugante, con el físico necesario para recrear a un adicto, reflejando la personalidad de quien conoce la calle. Su personaje no es una mala persona, sino que no lleva un rumbo positivo; en cierto modo el filme quiere dejar dicho que es un factor desestabilizador en la vida de su hermano pero también es quien le ha enseñado el arte de los puños, como se ve en la pelea que lo devuelve al camino del triunfo a Micky, una técnica que Dicky le enseñó.

La madre tiene 9 hijos, siete mujeres que solo sirven para vociferar y seguir a su progenitora, están nulificadas en la trama, no muestran ningún aspecto relevante para lo que se cuenta. Alice es ordinaria y ama a sus vástagos con despreocupación y descuido, la suya es una presencia entrometida, tiene fuerza aunque puede ser reflexiva y sentimental como cuando Micky le dice que piense en él también o cuando llora frente a Dicky y cantan juntos.

Dicky tiene un tiempo en que cae lo más bajo en el abismo, sale en un documental mostrando su peor cara, se descubre frente a sus seres queridos, su madre prácticamente estaba ciega ante su adorado hijo, va a la cárcel tras prostituir a una compañera drogadicta y engañar a un cliente para robarle su dinero, termina golpeando a los policías que lo persiguen, sin embargo pasa por la abstinencia al estar encerrado y extraña la separación de su hijo lo que lo hace cambiar. Se entera que su hermano ya no lo quiere como entrenador cuando éste lo visita, no obstante no pierde las esperanzas de volver a su lado, más tarde sale de prisión y quiere reanudar sus prácticas pugilísticas como instructor siendo lo único en que se ha destacado empero aparece el conflicto, Micky ha dejado en claro que no va a trabajar más con él y le ha ido muy bien desde que lo tuvo lejos de sus entrenamientos, ha reanudado una carrera que ahora se halla en auge.

La historia le da una tregua a Dicky, que desde el principio si bien desordenado y perdido comparte una personalidad simpática, mucha gracia, tontería y soltura aunque no deja de ser penoso y proclive a una mala conducta que jala muchos inconvenientes para quienes lo rodean y para sí mismo, además tiene buen trato con su progenitora a pesar de que se repita la escena -a manera de broma del director- en que trata de escaparse de ella saltando por la ventana del segundo piso de su casa a la basura. También con Micky con quien se muestra desde siempre muy cercano y cariñoso, dejando ver que hay una complicidad entre los dos al compartir la misma práctica deportiva y una admiración del chico al grande que habita habitualmente entre la misma sangre. Para redimirse necesita recuperar el consentimiento del hermano y para lograrlo tiene que ganarse la amistad de su decidida novia, la que años atrás dejó la universidad por falta de dinero y que ve una oportunidad de progreso en su pareja, confiando en que lo puede lograr pero sin la interferencia de ningún consanguíneo. De un diálogo que busca una segunda oportunidad para el ex drogadicto nos movemos hacia el final en una disputa de Micky por el título del mundo en Inglaterra. Para sorpresa del espectador Dicky vuelve a entrenarlo, como dije la película no busca lapidarlo sino desnudar su verdad y además la realidad no se puede tergiversar, es como ha sucedido si bien hay un endulce de la trama para hacerla más asimilable.

La película se ampara en la existencia venida a menos de Dicky, no cabe duda de que su decadencia es el gancho del relato, Micky es solo el niño bonito que anhela triunfar, no hay atractivo en su papel tan rígido y de pocas capas, si fuera solamente describirlo a él no tendríamos mucho en la pantalla por como se ha narrado poniendo énfasis en la actuación lograda de Bale. Micky pasa vergüenza con sus derrotas pero en ningún momento reniega de su entorno, no genera apertura de pensamientos elaborados ni sentimentalismo, aprecia a su familia y tiene tantas buenas cualidades que su biografía no parece demasiado requerida para divulgarse por no tener elementos fuera de lo cotidiano y ser algo insípido, que ese es el trato que le da el director que no toca al hombre ni al campeón con determinación, por ese lado hay una flaqueza notoria, incluso las peleas son funcionales, no ejercen esplendor ni se han abordado con efusividad en la eterna exageración de su ejecución, tampoco es que pidamos ese tipo de teatro porque la historia se halla fuera del cuadrilátero aunque la razón de que se encuentren en el écran esté dentro de su perímetro, por eso es decisivo valorar la trascendencia que brinda Bale en el deseo del observador por conocer al ser humano detrás de la figura y como se entiende en lo visto incluso puede venir de afuera de la leyenda y aunque juega a dos bandas como mostrar lo bueno y lo malo en ésta cinta el personaje de Dicky Eklund se roba el espectáculo, sin su comparecencia no tendríamos mucha película, sin embargo todo representa parte de un engranaje mayor, pensando que Adams y Leo han mejorado la interpretación de un Whalberg más pequeño pero que también deja su cuota, que ayuda a destacar a Bale por contraste. De eso va el mundo, de los matices de lo blanco y lo negro pero están más unidos de lo que creemos, como en el filme.