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martes, 6 de marzo de 2012

Shame


Introducción: ópera prima, Hunger (2008)
El director inglés Steve McQueen es más que el homónimo de una leyenda americana del séptimo arte, es un realizador muy prometedor que ya con dos largometrajes -tras varios cortos- en su filmografía se ha cimentado como alguien que hay que seguirle el paso con atención. 

Hunger (2008) nos demuestra el estilo que lo caracterizaría, un cine europeo con componentes definitorios clásicos y a la vez renovados, en un filme rudo y seco con un ineludible toque contemporáneo, puesto bajo una estética fría en lo visual más no en sus propuestas intelectuales asimiladas, capaz de ponernos una lenta y pesada pero indispensable escena de diálogo bastante extensa entre nuestro protagónico Bobby Sands (Michael Fassbender) y un cura católico con tendencia a lo político, en que la influencia de la religión -tan fuerte en los irlandeses- busca doblegar el espíritu del primero a favor de la negociaciones del gobierno inglés con guerrilleros presos, asignando que el mandato de Margaret Thatcher no quiere doblegarse al terror ni a la manipulación en la compasión rechazando acceder a las peticiones políticas de los internos carcelarios pertenecientes al Ejército Republicano Irlandés (IRA); o ante una larga y parsimoniosa toma en tiempo real de la limpieza de un pasillo por parte de un guardia de seguridad. Estos elementos hacen de su cine algo más que público y general.

La decadencia corporal del integrante del grupo terrorista IRA, Bobby Sands, en manos de una huelga de hambre nos retrata la convicción ya antecedida por una anécdota adolescente. La represión en la cárcel con golpes y abusos ante la negativa de aceptar el uniforme, las represalias externas del grupo paramilitar o la mutua lucha por derechos que reconozcan y que creen un estatus en prisión se ven envueltos con una bien distribuida trama que se organiza por medio de unas pocas descripciones y acontecimientos que fabrican un relato que en momentos se acelera y en otros se aborda en la calma. La estructura de las secuencias determinantes hacen que con unas cuantas escenas contrapuestas se coja ritmo y en poco tiempo se concrete la imagen global decisiva. McQueen sintetiza muy bien el deterioro tras una película que no endiosa sino que se hace justa recreando fidedignamente, como un dios permisivo, su historia.

Shame (2011)
En ésta oportunidad vuelve a repetir con el actor de origen alemán Michael Fassbender, que se ha robado el podio que ostentaba Ryan Gosling como figura más importante del cine actual, demostrando un enorme talento en quien considero el mejor intérprete del 2011. Muestra una innata naturaleza creativa e histriónica que en un momento importante en Shame no necesita de palabras sino administra puros gestos excelsos. 

En la conclusión de la película, Fassbender como Brandon Sullivan se quiebra y muestra el dolor que aqueja su vida, un estado de desesperación incontrolable que lo sojuzga impenitentemente al estar atrapado en la filia desmedida de lo sexual, producto de una infancia y juventud traumática que involucra un acercamiento al incesto; todo ocurre en cerca de 20 minutos donde no hay parlamentos sino únicamente acciones. McQueen maneja la elipsis con maestría sin develarnos la verdad del pasado que jala las cuerdas de ese comportamiento desequilibrado, dedicándose sobre todo a contarnos el diario quehacer de éste hombre, que vive solo pero sin sentir la soledad, que tiene sexo continuamente y que respira una obsesión hacia lo carnal sea a través de prostitutas, internet o aventuras, gracias a su presencia física, su condición social y la seguridad en sí mismo; sin embargo hay un aire autodestructivo que es el que lo moviliza, capaz de decirle a un tipo corpulento que ha estado masturbando a su novia en un bar o recurrir a una relación homosexual ante la desbordada libido.

Incapaz de sostener un amor más allá de tres meses, su hermana Sissy (Carey Mulligan, fantástica actriz que matiza la frescura, la tristeza, la provocación y hasta la ordinariez en su personaje) desnudará sus secretos sin darlos abiertamente, solo dejándolos escapar muy oscuramente en un afecto y acercamiento crispado/voluptuoso/peligroso. Ella provista de una melancolía, véase esa hermosa escena en que canta New York New York aludiendo su propia existencia, abandonada en todo ámbito -desprotegida ante un mundo violento al que ella no se obliga a obedecer sino a padecerlo- recurre a Brandon, creando en él un estado de reflexión opresivo y punzante que crea una consciencia que le refriega sus traumas, aunque sin intención sino con una despreocupación que para el personaje de Fassbender lo hiere, lo culpa o lo confunde; correr o intentar una relación amorosa no funciona, la caída es inminente.

El filme recurre a la sequedad, a la morosidad, a la domesticación del alma a través del cuerpo o la experiencia aunque solo se traten de figuras retozando ávidamente en la cama, a la repercusión de lo exógeno en lo interior, en un juego que no se puede manejar, tratando con un vicio que lleva una profundidad que deambula por la psiquis. Lleva una enfermedad que genera consecuencias. El sexo es una válvula de desintoxicación, pero también lleva a la debacle ya que no se atribuye a lo normal en el personaje, y es la hermana la que atenazada en el teléfono o rogándole por un espacio en su hogar se vincula afectándolo, no lo deja libre, como esclavo de su sexualidad, de una historia, que McQueen sugiere, implacable, intensificando la rutina, que es como un barco hundiéndose de a pocos pero dispuesto a sucumbir tarde o temprano, sin ninguna salida más que la derrota, el resto es otra película. Estamos frente al contexto, el discurrir hacia el abismo pero no la huida. Aunque tocando fondo está por llegar la luz al darnos cuenta de la desgracia interna. El enfrentamiento de los problemas.

jueves, 5 de enero de 2012

Drive

La última película de Nicolas Winding Refn, ganador en Cannes del premio al mejor director, es entretenimiento del mejor; un filme con la promesa de mucha acción pero con más fondo del que se pueda aguardar. Es la historia de un personaje heroico que se define en una pregunta de la realización, ¿cómo sabes que él es el malo?, le inquiere al niño por quien daría la vida, el pequeño le responde, porque es un tiburón y ellos siempre son malos. Refn nos pone en la piel de enfrentar a la mafia con las reglas del hombre bajo su propia ley. Sin embargo cuando vemos a Ryan Gosling, el actor que lo interpreta, saltan las dudas si podrá convencernos de que es capaz de resolver semejante carga.

El efecto de su carácter ayuda bastante a generar sustento, al mostrarlo silencioso, impávido, seguro y misterioso, induciendo además a la curiosidad sobre su persona, como dando el giro necesario para sacarlo de su fisonomía de niño guapo o de su suave voz poco intimidante, y como se aprecia no todo parece fácil, pero también son esas características las que rompen con el estereotipo, ya que la imagen es poco frente a la esencia.

Al conocer que es doble cinematográfico, corredor de autos, mecánico y chofer en algún robo se va proveyendo de un aura que engrandece la figura de estar detrás de un volante, siendo ingenioso ver que la pieza que en tantas historias es poco valorada en ésta película toma la mayor predominancia, basado en el libro de crimen de James Sallis.

Vemos desde la espera, el conductor sólo otorga 5 minutos a sus compañeros asaltantes, hasta el despistar de la persecución policial. Rápidamente la leyenda se cierne sobre su cabeza, el elemento de fuerza del filme, despertando la inquietud y la expectativa. ¿Cómo resolverá la violencia el protagonista?, ¿es tan temible como promete? Y al llegar el momento adecuado logramos ver que efectivamente el salvajismo y la brutalidad no solo provienen de Bernie Rose (un convincente Albert Brooks en la estela de los Sopranos), el capo carente de escrúpulos para despachar fríamente a sus enemigos e incluso amigos, sino del chico normal de poca palabra.

Los amplios silencios, la constancia de los diálogos sencillos y cortos, la calma en la espera subyugante, la ciudad imponente desprovista de multitud, que circulan en la primera parte del filme colaboran a fabricar el contexto con la idoneidad del caso, la antesala de la hecatombe física. Hay una solemnidad seca que sólo desfigura un cierto mal gusto musical provisto de un sonido de los ochenta, de ese cursi acompañamiento discotequero que busca resaltar el aspecto solitario o redentor del personaje, junto con una radicalidad bestial de mucha agresividad y desprovista de piedad, pero que no destruye la obra, porque esa mezcla aplana y hace digerible el concepto, que me recuerda al Scarface de Brian de Palma, y que en su contraste de seriedad, cursilería y explicites nos creemos lo que vemos, porque estamos frente a la reivindicación del llamado cine B donde cabe el exceso o la desfachatez. Sin embargo no nos confundamos que sólo es la utilidad de una denominación ya que se convierte en una obra maestra que tranquilamente podría ser la envidia del mejor Tarantino.

Una escena define toda la película, en el ascensor vemos esa mezcla atroz, romance con violencia detallada, la luz y sus sombras amplifican el momento, comienza con lentitud y un exabrupto clausura el espectáculo, y sólo queda la puerta cerrándose separando las dos caras del protagonista, su incondicional amor -aún a costa de salvar al esposo de una deuda- y su bárbara e impresionante reacción aunque completamente justificada. No hay más vueltas que darle, es magistral la resolución del conflicto generado a raíz de un robo entre criminales.

Una cachetada a una compinche tramposa o un pequeño gánster a primeras amigable con el mentor del conductor, Shannon (Bryan Cranston), el rengo que busca encumbrarle ante su frustrada carrera, no hubieran concebido ninguna grandeza, por eso Refn juega como ante la evolución de una pieza musical que arranca suave para terminar en la más descollante intensidad respetando el verismo que implica la complejidad del ambiente y los involucrados. Dosifica los quiebres álgidos y prepara el camino para dar la sorpresa en ese desenlace pecaminoso, desprovisto de concesiones y sin marcha atrás. Los juicios de valor quedan fuera. No obstante no falta la conmiseración de un final feliz.

Carey Mulligan destaca haciendo de una chica bastante simple, el director la rodea de un espíritu sin grandes proporciones aunque de una belleza dócil e indefensa sin perder el realismo contemporáneo. La línea con la que responde al cortejo rudimentario de su actual esposo lo expresa casi todo, ella accede con un ¿dónde está la salida? (o sea, vamos al asunto), y lo hace en la mesa de cara a su príncipe azul. De Gosling hay que decir que cumple con tremendo reto y saca adelante otra condecoración para su currículo, un género más en su haber que lo pronuncia hacia el cada vez más próximo Oscar. En esa ruta veo Drive, a Refn, como con Aronofsky, cineastas que desde abajo se ganan un lugar en el cine y del culto llegan al aplauso general, eso es ésta película, la celebración de llegar al reconocimiento público.