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sábado, 14 de septiembre de 2024

L'empire


Ésta propuesta del francés Bruno Dumont es una película que tiene todo para ser señalada en primera instancia como una mala película, pero dicho entre comillas, porque se convierte en una obra aceptable, ya que abiertamente trata de ser irreverente, no teme que la cataloguen de una mala película, y plantea sus propias reglas con alevosía y realmente funciona. Entretiene bastante y hasta es interesante, por lo que es de esas malas películas -por su honestidad positiva o a favor- que en realidad son películas decentes. Es una propuesta que abiertamente es disonante, y así fácilmente puede encajar en el disgusto del público o de la mayoría o de los modelos convencionales y ser denominada una obra a reprobar, porque chirría en su conjunción. Esto es una vida campestre ordinaria europea con un mundo que coge algunos elementos como decir de Star Wars (1977) y lo mezcla hasta con un escenario bíblico con extraterrestres. El relato nos descubre el apocalipsis y al anticristo, pero lo hace de manera ligera, sin demasiadas pretensiones filosóficas, oscuras, temibles u esotéricas, ni siquiera muy alegóricas, aunque muchos seguramente verán alguna parodia política, pero en verdad sólo es Dumont (guionista del filme además) riéndose un poco con el séptimo arte, disfrutando del cine y su libertad como entretenimiento (arty), un lugar para proclamar o trabajar hasta lo imposible. El ser humano es importante para los extraterrestres quienes se hacen pasar por personas comunes y corrientes. En ello hay la típica manipulación del pensamiento enajenado de la invasión de cuerpos. Todo empieza muy casual, una ex esposa de pocas pulgas se lleva furiosa a su hijo para que de pronto aparezca un sable de luz y un acto provocador, como con las cuidadas (pocas) escenas eróticas donde, a lo Romeo y Julieta, una mujer (súbdito de otro mundo) se entrega a un demonio. El mismísimo Belzébuth aunque espacial (Fabrice Luchini) tiene un aire cómico. Lo vemos ahí lujurioso, contento, frente a una gorda vestida de sadomasoquista, en tacos altos y sin brazos, que le baila a pocos metros, una extraterrestre más, salida de la imaginación fresca de Dumont, quien por ratos parece hacer uso de la era victoriana, como contextualización parcial o hibrida, como también de la época de los reyes de Versalles, junto con una etapa medieval, de caballeros y equinos ubicuos. En el filme, tal cual se dice, el mal y el bien están entremezclados, y aun cuando unos se autodenominan o se dejan ver propios de la luz o el bien, pretenden un poco el mal y viceversa. Al final el universo conspirará contra lo extraordinario -la guerra de los mundos o de las galaxias- en favor de la "simplicidad" humana, esa que no contiene el deseo y la carne, o enarbola la liberalidad o la ligereza del encuentro sexual, como se deja ver en pantalla. Dumont hace cosas como para ganarse al público de a pie, especialmente al francés, tan cinéfilo, aunque nunca deja de hacer lo que le da la gana y esto se ve que le puede costar o le ha costado público en general. Es una película que se entiende tranquilamente, y más que decir que es una propuesta WTF, es una película que usa cosas ordinarias como base -en un 65% digamos- y lo espolvorea con sci fi y lo hace chocándolo entre sí, luciendo abiertamente incongruente, como ver diversas naves espaciales extraterrestres estéticas o laboriosas en medio de la limpia ruralidad gala que estimula pensarla un lugar de veraniego. Ver un sci fi en la piel de lo ordinario no es novedad pero tampoco es abundante y tiene siempre su encanto. Así mismo el ridículo no es defecto sino parte de la diversión estructural, como con un Belzébuth que recuerda a Mel Brooks, o la exhibición de una gendarmería clown bastante despistada. 

viernes, 28 de enero de 2022

Festival de Rotterdam 2022: France


France (2021), de Bruno Dumont, es una película atrevida, no teme la autodestrucción, a ratos es muy sarcástica, tiene humor negro duro, se burla con brutalidad (en extremo, como los bravos y audaces pero inteligentes, aunque kamikazes). Léa Seydoux es una musa a lo amante real de Ingmar Bergman, aunque puede que para Dumont sólo halla sido un amor platónico y cinéfilo. La explota hasta la extenuación, la hace llorar hasta el agotamiento, una y otra vez (llegando a la posible exasperación), la pone como una mujer depresiva, aunque no es para menos, su trabajo, su enorme popularidad y éxito le viene no solo por su pasión, talento e inventiva sino por dejar a un lado ética, moral, empatía verdadera, sensibilidad y hasta humanidad. Dumont da tremendo golpe al periodismo en general, al televisivo en especial. Éste director francés últimamente se ha volcado hacia la comedia, ésta vez con furia, poniendo toda la carne en el asador. Pero lo hace bajo esa advertencia simbólica del loco vándalo que destruye una bicicleta aparentemente de la nada frente a France (Seydoux) y su marido, interpretándose que el mundo del triunfo, el dinero y la popularidad puede significar sacrificios de todo tipo, otra clase de duelo, un sentido de culpa constante (pensando en gente normal que es capaz de reflexionar y guarda algún escrúpulo); también que para ejercer la personalidad auténtica, aquella proclive a caer en ser un verdadero kamikaze, existe mucha probabilidad de terminar hecho pedazos como con ese ataque "inesperado" y de primera impresión extraño. Dumont hace lo que quiere, fiel a sí mismo y es lógico que a muchos fastidie o desagrade, pero es notable que mantenga su libertad, su cualidad de autor que nace de él, al ser también el guionista de la película. Tendremos un filme que empieza engañando un poco, algo condescendiente con su protagonista y lo que representa, el periodismo, pero a medida que va avanzando se desviste de máscaras y matices y ataca como tiburón hambriento. No obstante manteniendo la honra personal, no buscando efectismos baratos, porque éste filme también es mucho un cuento, una ficción, y van sucediendo cosas como cualquier relato con una protagonista que va revelando capas de su personalidad y existencia. Es un humor inteligente, no es de risa fácil, aunque hay sus momentos bobos y algunos ratos obvios, pero tampoco le hace difícil el entendimiento a un público amplio. Tiene una secuencia crítica con un accidente, se ve venir, pero lo hace como si fuera una elegante clase de danza, con vasta maestría, pero aun así no teme arriesgar. Le queda perfecta, aun cuando pocos se hubieran aventurado a hacerlo y salir airosos en el trayecto. Seydoux es una musa total, es bella, es común, es gigantesca, es pequeña. Su personaje posee una poderosa personalidad, aun cuando puede caer en la estupidez y en la torpeza cuando habla y hasta actúa. Estos errores la muestran humana, aun siendo recriminable en muchos momentos. Se le ve tanto por encima del mundo como sufriendo sus decisiones, manifiesta un ego en lucha. Seydoux no sólo es muy hermosa (y hay hasta una mención de ello irónica), es una actriz de primera, maravillosa. El momento con la esposa cándida del asesino ya deja todo bastante claro, qué periodismo sobresale, cual va a ser el precio que muchos irán a pagar por el éxito, todo bien reflejado en las miradas sugerentes, prodigiosas y cansadas de Léa y su personaje capaz de atravesar plena guerra riendo para luego terminar llorando.

domingo, 20 de octubre de 2019

Jeannette, la infancia de Juana de Arco (Jeannette, l'enfance de Jeanne d'Arc)


Juana de Arco es para Francia como Santa Rosa de Lima para nosotros los peruanos, su máximo ídolo religioso -que incluye la particularidad del feminismo y la guerra- y se han hecho varios filmes notables, por tanto medio que no cabía repetir lo “convencional” cuando ya antes se ha hecho y muy bien. A ese respecto tenemos La passion de Jeanne d'Arc (1928), de Carl Theodor Dreyer, y Procès de Jeanne d'Arc (1962), de Robert Bresson. Bruno Dumont tiene sentido del humor -quien lo diría-, le gusta la comedia, como lo dicen sus trabajos últimos. Ahí tenemos a su Juana de Arco haciendo headbanging a cada rato o realizando el ejercicio atlético de una araña con total naturalidad. Es un filme curioso y se ve bien. Jeannette l'enfance de Jeanne d'Arc (2017) tiene la originalidad de que también es un musical, y la música tiene personalidad. El soundtrack de Jeannette es una fusión de músicas, el galo Igorrr es el encargado de la banda sonora, su música tiene de todo, tiene pop, no soy fan de éste estilo, pero si del hip hop, la música electrónica y el heavy metal que le ha puesto al filme. Ésta propuesta tiene un escenario austero, su puesta en escena es mínima, la presente obra es de una sencillez formal, mientras discurre una narración histórica interesante y seria –verdadera- en cierta medida, su mitología acompañada de humor, pero sin que sea una comedia. El escenario es siempre el campo, con ovejas, tierra por doquier y algo de vegetación, en el centro Jeannette mueve la cabeza y dice sus párrafos, interpretada por dos personas, una niña y una joven, Lucile Gauthier y Victoria Lefebvre, como con la monja en la obra de unas gemelas. Es un filme que es austero por donde se le mire, pero entretiene, no cansa, pero a muchos les puede parecer demasiado sencillo y algo repetitivo. La música no es mala tampoco, aunque hay quienes seguramente les puede parecer chocante, pero es una ocurrencia irreverente toda la película, parte de la modernidad del cine que tiene ya mucha agua bajo el río.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Camille Claudel 1915

La biografía de la escultora francesa Camille Claudel es definitivamente atrapante, ella es tremendo e impactante personaje. Por lo que al no saber casi nada de ella ver La pasión de Camille Claudel (1988), de Bruno Nuytten, fue verdaderamente lo que necesitaba visionar y conocer. Un biopic a la orden de contarlo tradicionalmente, explotando la fuerza de su historia, con una Isabelle Adjani prodigiosa en la piel de esa talentosa, vehemente y trágica artista. La que tuvo una relación -y razón del quiebre de su cordura- con uno de los nombres más grandes de la escultura mundial, Auguste Rodin (Gérard Depardieu), con quien compartió 15 años de arte y amor desmedido. Ella era “arcilla” en sus manos, trabajando a las órdenes de la bien ganada fama de él, pero teniendo tanta intensidad, don y creatividad que empapaba y rejuvenecía, le daba una segunda vida, a Rodin. Una grandeza en que el tiempo y el desgaste cobra factura. Y mientras ella lo daba todo, el viejo maestro francés aprovechaba su entrega sentimental y su cuerpo, como su espectacular capacidad artística; era un regalo de los cielos, no solo cumplía con responder a su desmedido apetito sexual convirtiéndose en su amante a pesar de las habladurías y desprestigio moral de cara a la sociedad de la época, sino engrandecía su genio. Sin embargo, Rodin no deja a su pareja de toda la vida, a Rose Beuret, que era lo que Camille quería, casarse con Auguste. Y ante la negativa de oficializar la relación, darle su lugar, aborta y se queda sola, pero la tragedia no queda ahí, sufre aun más, su tiempo le da la espalda como artista, la reconoce pero no la enaltece como se debe y cae en una crisis. Termina en el desequilibrio, abandonándose en un aislamiento voluntario en su solitario hogar y taller. Luego muere su padre que tanto le quería y protegía, el que admiraba su iniciativa, potencial y autosuficiencia, y ella es enviada por su madre y hermano menor, el poeta y diplomático católico Paul Claudel, a un manicomio, donde no vuelve a esculpir jamás y termina encerrada durante 30 años hasta su muerte. De lo que para más inri, su cuerpo se perdió en una tumba sin nombre. 

No voy a atacar un filme para enaltecer otro, son distintos, como mis apetencias cinéfilas, el valorar diferentes propuestas y estilos de séptimo arte. Y hay que decir que lo que hace Nuytten es magnífico. Efectivamente, no solo explota su historia, sabiendo antes contarla, sino otorga emociones al espectador, se vive en todo auge la pasión del título, la esencia de la existencia de Camille Claudel, que proporciona el entendimiento de la brutalidad de su caída. Se siente en la perfomance de Isabelle Adjani, musa total del autor. Aparte de que es una muestra hermosa del arte de la escultura, teniendo un lugar de privilegio en el relato donde se trabaja mucho; participa de forma maestra. Y una vez aquí, con todo lo explicado termina en 1913, con letras contándonos lo que vino después.  

Ahora empieza la obra de Bruno Dumont, y hay que decir que es complementaria, porque sin antecedentes nos perderemos de mucho subtexto en las nuevas imágenes, en una biografía que aporta y enaltece lo que hemos de sentir. Ya que Dumont busca lo mismo -aunque de distinta forma- que Nuytten, entregarnos un drama y emociones, en la otra parte de la historia de Camille, la consecuencia de su pasión, y justo empieza donde la otra termina, dos años después (el tiempo que lleva de reclusión en el manicomio). Estamos en 1915, y solo versará sobre unos días en su vida, tratando de proyectar lo que sería su porvenir. Pero, desde el cine de autor, con lo mínimo, lo redundante, lo lento, lo sugerente, lo elíptico, el espacio reducido, y usando locos reales para fabricar la desesperación que quiere dar a entender. Un claustro espeluznante para cualquier mortal, aunque Camille tenga un lado de desequilibrio, y se sienta siempre perseguida por una supuesta mano negra de Rodin, aunque no lo una nada a éste hace 20 años, ni tenga ni se asome ninguna prueba razonable. Cree que la quiere envenenar, que el maestro le teme porque envidia su talento, y su posible retorno artístico, que quiere destruirle porque ella va a robarle la inmortalidad, a oscurecer su legado, y lo culpa de su encierro y de que sus obras desaparezcan, dejen de exponerse, de su ruina, y algo hay de verdad en toda su locura como un pasado metafórico, si bien yace muy desbocada en su imaginación.

Lo que veremos en Camille Claudel 1915 es puro Dumont, no nos engañemos, es su estilo, su impronta, su personalidad, aunque no hayan constantes escenas de sexo explícito, o intempestiva violencia que nos golpee sin piedad y nos deje inquietos o nos haga sentir bastante mal, su quehacer en ello es otro, con el sufrimiento del abandono y la soledad, el estar proclive a perder la esperanza. Si han visto sus películas anteriores saben de lo que hablo.

La vie de Jésus (1997) sobre el diario vivir de unos adolescentes motoristas, cinco vagos que acaban de perder a un amigo, hermano e integrante, con el reflector en una trama que apunta a enseñarnos a Freddy y su relación con Marie, ante la amenaza de un joven pretendiente árabe de quien el protagonista se enemista tras burlarse de él y su padre, y este venir a provocarle en adelante. Una historia simple, siendo la trama más convencional de este director. Muy típica en su deambular por lo ocioso, familiar, sentimental, social y recreativo que aunque bien contada lo hace de forma ardua.

L'humanité (1999), ganadora de mejor actriz a Séverine Caneele y mejor actor para Emmanuel Schotté, dos actores noveles, como suele buscar audazmente éste director galo, con buen ojo en su elección descubridora, y para los roles principales, que no es poca cosa, una gran oportunidad y responsabilidad supervisada naturalmente por el genio de una dirección predominante. L´humanité también ganó el gran premio del jurado, en el festival de Cannes de 1999. Una película donde vuelve  a brillar el amor, un leitmotiv muy fuerte en el arte de Dumont que parece querer a menudo tener la intención sólo de contar algo pedestre sobre alguna relación afectiva, entre el placer y el conflicto cotidiano, debajo de unas formas que acostumbran ser extravagantes, difíciles e inesperadas y se amplían por otros derroteros como bajo una capa de oscuridad. El amor se halla tras la debacle de la vida, esa pérdida de la mujer e hijo de Pharaon De Winter (Emmanuel Schotté), quien pasa sus días no sólo como detective de policía preocupado con un caso que lo ha sacudido, sobre la violación y muerte de una niña de 11 años, sino pasa el rato muy campechano con dos amigos muy cercanos, una pareja, Joseph y Domino (Séverine Caneele), ésta última una rubia belga enorme que como toda fémina en la obra del autor francés es muy ardiente y promiscua, indecisa en definir sus afectos por una sola persona. El sexo lo estila este creador bajo poca seriedad, muy a menudo es superficial, un acto hasta antojadizo, rápido, aunque suela esconder o descubrir emociones y conflictos. En sí la trama es solo eso, Dumont siempre hace largo, contemplativo y saca jugo a lo que debería ser discreto –como lo ha hecho en toda su filmografía e incluso en Camille Claudel 1915-. Simboliza lo suyo también, solamente toques, como ese beso sorpresivo que le dan a un criminal que puede creerse de atracción homosexual pero es más iluminar una compasión e identificación como arguye el título, de humanidad; como es de cierta tradición en su filmografía, en que no falta lo espectacular, como la santidad, o en otro caso la magia, como se puede describir en la bondad y pasividad de Pharaon De Winter. En un lapso del filme parece levitar, como más tarde intenta de pronto Barbe en Flandres (2006), y es que no todo indica algo literal, como sí tiene de ello Hors Satan (2011).

Twentynine Palms (2003) su película más hiriente, más chocante, que da el golpe cuando menos lo esperas, partiendo de una aventura y un viaje romántico por el desierto salvaje californiano, siendo todo casual y predecible hasta engañarnos, en un contexto muy normal en mayor parte del metraje, peleas nimias y hartos encuentros sexuales marca de la casa, que tienen de dominantes y algo perversos, y pueden esconder una idiosincrasia intrínsecamente culposa y oscura que más tarde refracta como un castigo injusto y escalofriante. Si uno es muy sensible, mejor no la vea. Tiene escenas verdaderamente terroríficas y perturbadoras.  

Flandres (2006) es una cinta que ganó nuevamente el gran premio del jurado, en el festival de Cannes del 2006, y que mezcla una guerra indefinida en alguna zona desértica del planeta y sus horrores, violaciones de soldados a una mujer indefensa, asesinatos de niños combatientes, venganzas con mutilaciones genitales, tortura y masacre, con su habitual contexto en la campiña francesa, donde retrata a unos jóvenes antes de ser parte de la milicia y de las atrocidades antes descritas. Se apela a las características generales de Dumont, como la toma amplia, panorámica, de paisajes, la parsimonia, recrear rutinas o cierto falso cariz de desconexión en la extrañeza de su protagonista, dentro de aclimatarse a una convivencia particular que parece a punto de quebrarse, producto de un peso interno oculto, manejando ambigüedad, y la sorpresa de decisiones que importan pero no se toman así. Se nada entre la promiscuidad y el amor secreto que sueña con algo puro aunque no se atreva a exigirlo o revelarlo.

Hadewijch (2009), una lucha conceptual del hombre sobre la facultad de las decisiones y sus conexiones y retroalimentación, dentro de la subyugación al destino espiritual superior, desde paradójicamente el libre albedrio (el que muchas veces desaprovechamos o nos deja expuestos pero que es nuestro y es siempre una oportunidad de ser), dependiendo el camino, como es la vida, la gloria, la fatalidad, aquí bajo algo radical. Nos sumerge en la historia de una chica religiosa, Céline vel Hadewijch, que por una personalidad devota a la entrega total de unas creencias trascendentales es material moldeable a dejar de tener propia voz, algo que puede ser una tragedia según el fanatismo. Una crítica contra la obsesión (el convertirnos en objetos), léase un preámbulo de lo que será Camille Claudel 1915.

Hors satan (2011), una película con un periplo entre lo místico y lo pagano en donde no faltan los afectos, el desamparo, la vulgaridad, lo inexplicable y la naturaleza humana.

La última cinta de Dumont es hora y media de ver deambular a Camille por el manicomio de Montdevergues, esperando la visita de su hermano Paul Claudel (un estupendo Jean-Luc Vincent con la naturalidad necesaria, como cuando yace desnudo del torso escribiendo, aunque con una presencia y una actitud concebida al uso de un retrato). Vemos el horror de su confinamiento, el estar entre gritos, chillidos, exabruptos, abundante retardo, la constante de repetir una palabra hasta el agotamiento y el descontrol ajeno que eso ocasiona, risas esperpénticas e incontenibles, babas, toda clase de ruidos desagradables, ausencia, aturdimiento, incoherencia, dependencia feroz, un mundo donde la realidad se vuelve atemporal, lenta como la cámara del autor francés, contemplativa, y como pegada a un pasadizo, a una cuantas paredes, el aburrimiento, la nada, el temor al olvido y al abandono que ya asoma. Un contexto contrario a la personalidad legendaria/artística de Camille (aunque queda en la mente de uno y en conjunto la imagen de fragilidad de su aspecto lastimado por la enajenación), como lee uno de tantos monólogos, en el diario de Paul que lo desnuda a él -su cierto temblor emocional, pero sin ser juzgado por nadie más que por sí mismo- y a su relación con quien antes lo opacaba, aunque ella a fin de cuentas lo llenaba de cariño y lo ayudaba. Actualmente es una traición, requerimientos ideológicos y un tipo de vida que tiene de elitista, pero a la vera de un cariz particular, impoluto y ordenado ante una filosofía y una religión que lo regenta, como implica la decisión del encierro y tirar la llave para nunca darle una segunda oportunidad, algo de resentimiento, un castigo por una vida de pecado que deja ver que la tiene por anteriormente soberbia como si no la hubiera comprendido nunca; un catolicismo y una familia dentro de una sociedad que oprime un alma que ha pasado de la libertad más audaz  que rompía con sus reglas más hipócritas a la dolida vaciedad, una persona no del todo sana pero si manejable.

Camille Claudel 1915, de Bruno Dumont, es ver a Juliette Binoche mostrar que por algo es una de las más grandes actrices que tiene el séptimo arte, no solo Francia, donde su cara y sus tomas frontales, su gesto en su constante dramatismo, sus lágrimas y desencajamiento, dentro de recurrentes espasmos, son los de alguien a la que parece no se le permite ningún tipo de felicidad, que no sea más que muy breve, como en el teatro, que luego le recuerda su idiosincrasia y su punto de inflexión hacia el abismo. Ayuda a Binoche verla pálida, sin arreglos ni maquillaje, con arrugas y líneas de vejez, cuando es una mujer mayor hermosa. Binoche hace una trasformación física eficiente pero sencilla, como lo es ésta obra cinematográfica como relato en sí, fuera del estilo personal de narrar de Dumont, menor ante el interior que es poderoso. Su rostro apabullado por un entorno y una existencia sumamente sufrida, aplastada, ya no solo por sí misma sino por el dominio ajeno de quienes ella está obligada a confiar, y habrá supuesto una decepción mayúscula e insoportable, trasmite un cúmulo de emociones que son el colofón premonitorio de una vida de treinta terribles años de encierro (y el sentido esencial de esta propuesta), y es una condensación ambiciosa que se mueve en el genio del estilo de este francés capaz de traer una historia biográfica importante de su nación a su territorio artístico, uno que no resulta tan fácil de congeniar pero que sale bastante airoso, no solo por saber manejarse al remitirse ante todo a las cartas o redacciones que sus personajes recibieron o dejaron y a un registro médico del asilo que la cobijó, sino porque es un cine que quiere coger algo más profundo quizá que las descripciones, arte en toda palabra, y que mejor que hacerlo con una vida sacrificada en su genio por una pasión, en algo que se vuelve tan triste, tan increíble, porque ponerse en el lugar de Camille, lo que intenta Dumont, es algo que aprieta el corazón, si esquivamos ciertas formas que requieren esfuerzo y paciencia, si las comprendemos, que tampoco es tan complicado. Es un intento magnánimo del cine y del arte, de trasmitir desde ciertas coordenadas, de un estilo plenamente justificado.

Cuando se ponen uno frente al otro, Paul y Camille, sacamos conclusiones sumamente valiosas del filme, sobre la realidad y las razones de su decisión de dejarla sola, que cobra interés siendo algo tan cruel y decisivo en una vida; un atisbo porque nunca lo sabremos con exactitud, no obstante la realización hace lo suyo, nos entrega contextos interesantes y elaborados, las cuatro exposiciones/diálogos de Paul, la escritura en su diario, el sacerdote con quien pasea y al que le revela el origen de su misticismo y el agradecimiento a Rimbaud, el encuentro anhelado, y por último el paseo con el director del instituto cuando se retira. Cójase cierta contradicción, un mal pago, al no entender nuestra imperfección de seres humanos -la que incluye el perdón y la apertura de la libertad de los hombres, que le falta- que yace en Camille como en el escritor de Iluminaciones y no la ve o no quiere verla, quizá no la entiende como es debido, y seguramente los dogmas le habrán cegado finalmente y una personalidad que difería en verdad de lo que cree ser y lo que hacía.

Camille tiene tres importantes declaraciones, una carta a su hermana, también una conversación con el regente institucional y el intercambio último de posturas con su hermano Paul (donde yace una composición autoral más imaginativa si se quiere). El culmen del filme paga con creces la espera de la propuesta ante su énfasis conceptual. Un filme profundo en cuanto a su retrato íntimo, como radiografía del dolor, y la eterna fuerza de resistencia en un terrible contexto, algo que no debería ser, pero que existe, y de repente mucho, aunque no solemos verlo con la atención que corresponde, si es que claro, no lo estamos padeciendo. 

jueves, 6 de septiembre de 2012

Hors satan



Cuando vemos un filme muchos queremos que nos sorprendan, que nos enseñen algo nuevo pero sin tomarnos el pelo, sin que nos vendan gato por liebre o que terminemos aplaudiendo cuando honestamente queremos rascarnos la cabeza, o sea no entendimos nada, en esa conjunción entre misterio y claridad se encuentra la última película de Bruno Dumont.

Usando los momentos precisos y apoyando repetidas veces la idea central, se mueve el filme por la visualidad del panorama que nos hace ver pequeños, pedestres, el campo francés se hace prodigo en esa inmensidad y desconocimiento en pugna, tan afín a los seres humanos desde que empezaron a filosofar, a preguntar, a entender, desde que decidimos subsistir o buscar soluciones. El que tiene la salvación en esta trama es un hombre con habilidades paranormales que representa un cierto enigma para el espectador, un ente inclasificable, no es un santo porque también hace el mal (el fuego sobre el territorio agreste), ni tampoco parece un demonio porque a su vez ayuda a los demás (la niña enferma) y reza a alguna deidad, pura, por el tipo de ritual; sobre él hay ambigüedad, en su persona los actos también salvan a través de la violencia y hasta del asesinato, como en el acto salvaje contra el guardabosques con la justificación del miedo y resguardo que se puede entender del contraste con el caso de la violación y muerte, protegiendo a quien quiere, aun de sí mismo, bajo su inexplicable libertad. Lo que nos quiere decir el relato es que nuestro personaje principal a pesar de ser especial no es más que un hombre o se parece mucho a una parte de ellos, imperfecto en sus pasiones, inconsciente, vacío, no siempre en control de la situación, a la riendas de un destino vagabundo e impredecible, es en pocas palabras un ser salvaje aun en estado de poder mediar con la muerte o la locura. ¿Tiene un fin? No, en absoluto, se mueve en la simplicidad de la austeridad, en una perenne contradicción, en lo indeterminable, como con la muchacha que cuida, que dice no tener sentimientos pero lo ama o se conmueve y se enoja tras el disparo de un ciervo, la que tampoco es proba. Nos movemos hacia la inexistencia de los valores convencionales, de nuestra humanidad, ¿será ese el mensaje? No sabemos con exactitud. Podemos identificar muchos de los actos como sensibles a nuestra esencia, aunque las reglas están quebradas en pos de otra forma de justicia anómala, pero que está a razón de alguna causa de seguridad o de mejora. La atmósfera de limbo es la tergiversación o manipulación de la religión o algo más fácil de ubicar en el protagónico, puede tratarse de un brujo, sacándole la vuelta a una forma desgastada y cotidianamente infantil, solamente que en la cinematografía  de Dumont lo dibuja con rasgos serios, secos y ordinarios.

El filme es austero, las vistas panorámicas son bellas y apabullantes, el paisaje rustico remite al poder de la naturaleza, de lo primigenio, los actores apenas hablan, manifiestan con el cuerpo en el gesto de apoyar la cabeza en el hombro, en la rutina o en la larga caminata de retorno, se da profundidad a las  miradas, posan, guardan silencio, dejan que la cámara los indague y los exhiba tranquilos, mientras el ecran nos dice que hay un insondable misterio, que somos tan humanos, y hasta perversos. Sin embargo la elipsis de quien es, de donde viene el ente especial con poderes, no se resuelve, habiendo de fondo un reclamo de involución, un hueco en el paradigma de la inteligencia, de una “superioridad” proclive a la corrupción, en un colectivo tantas veces reprobable, y no se juzga a nadie sino se actúa para subsistir, ese es el problema, cuando el orden se pervierte aun bajo todas las ventajas posibles, aunque en la creatividad de una ficción se enriquezca y entretenga más un producto cinematográfico.

Dumont es audaz sacando sustancia y juego intelectual a una historia de estructura sencilla pero visualmente atractiva aun siendo intencionalmente repetitiva, sosegada, minimalista, demorándose y auscultando el entorno como si fuera un mapa el cual estamos delimitando. Se puede fijar con facilidad su trama y al mismo tiempo el magma se mueve en vastedad, y es que economiza y magnifica muy bien resaltando un objeto de estudio (gracias  a la injerencia argumental imaginativa de una variante que pone un contexto particular, el único verdadero aporte), nuestra humanidad, filosofa sobre ella, de ahí se puede derivar a los vínculos afectivos, a los rasgos sociales, a la decadencia. En la realización se puede ver la calidad de esteta de Kubrick, la trasgresión de Pasolini, la reflexión de Bergman o la austeridad de Kiarostami, que dice el galo son sus referentes artísticos en el séptimo arte.