Carta del
apóstol San Juaneco a la ciudad del mal (1992)
Éste corto de 11 minutos como El pecador de los siete mares y La misma sangre, la misma carne los produce Francisco Lombardi. Se contextualiza a orillas del Río Rímac y se supone que está a puertas de la Lima urbana, que el loco protagonista, San Juaneco (Martin Moscoso), llama la ciudad del mal, de donde se escapa un criminal herido (Julio Vega). Desmayado, el loco lo amarra como a Cristo crucificado, pero es como hablarle al ladrón perverso que estuvo a su lado. San Juaneco es una versión chicha de San Juan El Bautista, tiene una estética que destaca en su visualidad, él en sí es un espectáculo, un suceso, como salido de la farándula peruana, pero éste es un loco que quiere redimir a éste criminal herido que ha encontrado como quien halla algo botado en un basurero y quien al despertar se jacta de mucha maldad. Pero luego en el delirio aceptará cualquier cosa. La enajenación domina la representación, es entonces que Juaneco lo toma hasta como un títere. Puede ser visto como un castigo divino, o una ironía de la existencia. En la hiper popular Pulp Fiction (1994) pasaba algo parecido, no igual; a un criminal desmayado tras un atropello lo hallan unos tipos no literalmente locos, pero peores. Éste corto de Aldo Salvini es nuevamente cine social, pero con su cuota de relajo, aquí tiene algo de comicidad. Juaneco no tiene nada, pero cuando le dicen donde se manifiesta Dios en su vida de pobreza, como quien reta su existencia y bondad, Juaneco responde que en la comida, y en efecto Juaneco sigue vivo, es un sobreviviente del que parece yacer en el desierto. Juaneco ve a Dios en lo más básico, pero también vital, un lugar de felicidad en distintas formas, pero felicidad para todos y en ese rincón minúsculo yace Dios para éste particular creyente.
La misma
sangre, la misma carne (1992)
Es la historia de unos siameses donde uno representa marcadamente el mal y el otro el bien, uno se dejaba influenciar por el otro pero ya no quiere seguir matando o permitiéndolo. Llevan los nombres del cuento infantil, Hansel (Gilberto Torres) y Gretel (Antonio Aguinaga). El mundo retratado es lumpen hasta lo visual-austeramente, con rostros carcelarios, cicatrices faciales y tatuajes en la frente, habiendo una cierta exageración. Se ve una buena dramatización entre esa lucha antagónica, muy física, pero que claramente simboliza como decir el mal habita junto al bien, puede corromperlo y el bien debe vencer al mal, para el caso el asunto es extremo, propio del cuento en general. Trozar el pollo es una buena concepción, no pensada tanto como parte de una historia lineal, sino como un lugar de sugerencias muy visuales, muy cinematográficas, habla de la tendencia homicida y la unión de los protagonistas al mismo tiempo, que veremos que después se nos explica todo. Así también la tendencia de ver la pantalla hacia el rojo induce a sentir la sofocación que atraviesa Gretel constreñido en el mundo sangriento de Hansel. Lo que se oye en la radio puede parecer, más que contexto social, algo obvio, pero igualmente le da dimensión a éste relato de terror. Es un cuento propio de su época.