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viernes, 15 de abril de 2022

El sirviente y El otro Sr. Klein


Éstas son las 2 mejores películas de la filmografía del americano Joseph Losey. Las hizo durante su exilio en Londres. 


El sirviente (1963) 

Remite a la lucha de clases, pero de manera sutil si se quiere, a manera de juego psicológico, como con ese uso constante de los espejos con forma de pelota que parecen invocar el desequilibrio, al que irá el patrón del filme, interpretado por James Fox como Tony, un muchacho exitoso y millonario que contrata a un sirviente, llamado Barrett (el gran Dirk Bogarde). Barrett se presenta con grandes pergaminos, como capaz de atender a éste joven de clase alta. Al inicio se muestra muy servicial, educado y dócil, pero pronto se sabrá que oculta un plan, es un tipo aprovechado y tramposo. El juego es propio de la inmadurez, el libertinaje, la irresponsabilidad, el abuso bohemio y el hedonismo ramplón. Barrett llevará al infierno a Tony, que por débil caerá en éste juego de lucha fina de clases. El retrato social no es propio de una diferencia abismal de pobreza, es algo más próximo. Barrett es como un punk, un proxeneta, un vividor. Tony débil a la carne, como cualquiera, caerá tras un pequeño error. Su novia, Susan (Wendy Craig), parece mala persona inicialmente, cuando le disgusta Barrett, pero finalmente vemos que más bien era su perspicacia para conocer a la gente. Es un filme muy elegante, clásico, aun hecho después, o, quizá, muy británico. Es una obra maestra. El aire psicológico se trabaja con lo práctico, con mucha delicadeza, tiene mucho de realista, al tiempo de particular, es muy sutil. Hay un juego extraño entre Barrett y Tony, que tiene de atracción sexual, de fantasía erótica o fetichismo, pero que avanzado el metraje se difumina, como que desaparece y entra a tallar la perdición, hasta caer en un especie de trance de locura. Genial la intervención de Sarah Miles. El momento de tentación es glorioso, con las gotas de agua aludiendo suspenso y excitación en proceso, donde busca Tony autocontrol, y cada vez va aumentando la tensión sexual. Mención especial de que el guion estuvo en manos de Harold Pinter, futuro premio Nobel (2005).


El otro Sr. Klein (1976)

Es también una obra maestra, como El sirviente, cinco de cinco estrellas. Ésta película puede leerse como un castigo, realista, pero también movido por cierta ciencia ficción, fantasía o designio divino, hacer que un tipo abusivo, cruel e insensible, ante la época del antisemitismo durante el régimen de Vichy en Francia, 1942, se meta en la piel de un judío. El legendario Alain Delon interpreta a Mr. Klein, un tipo que compra arte -a precios risibles- a los judíos durante la presión antisemitista del gobierno francés colaboracionista de lo nazis; lo hace en un estado como de amo del mundo, de estar por encima de todo. Es educado, pero también muy cínico. Mr. Klein se hace rico con el sufrimiento, pero como quien no se percata de ésta insensibilidad, es como no ver qué está pasando con los judíos en 1942. Un día un simple pequeño hecho lo jala, hasta pasar, convertirse, en un judío y padecer su sufrimiento. Todo esto metido en la mayor sutileza, en lo delicado, cuidado, refinado, clásico. Mr Klein también es atraído hacia la locura, es un juego que plantea el desequilibrio mental, como cuando solo Monsieur Klein ve al otro Mr Klein (el que sí era judío) y se va enterrando sin darse cuenta yendo al tren de los deportados a los campos de concentración. Es un arrastre ciego, en una escena poderosa, perfecta, de aglomeración y dolor, ubicuo dolor. Pero Mr Klein está atontado atraído al abismo, al infierno. El filme es kafkiano, padecemos el libro El Proceso, pero sabiendo que Mr Klein es culpable y qué ha hecho para serlo, a la inversa del Kafka creador de un juicio absurdo o injusto a ¿? (entran muchas cosas, es en cierta manera una mirada abierta, puede ser el juicio paterno o familiar, pero podemos ver la premonición del trato a los judíos por lo nazis). Se mueve en la trama de las pesquisas -del misterio- con el thriller psicológico, todo el tiempo, a un lado y a otro. Bascula entre lo real y el cambio de personalidad fantástico, haciendo la lectura de que los dos Mr Klein se fusionan a ratos, mientras vamos sabiendo cada vez más del que creó éste mundo para el Mr Klein castigado. En la locura, hasta el hogar y las pertenencias del Mr Klein judío pasan a ser del Mr Klein confundido o entrampado. Ahí se ve el juego, como con la adopción del perro. Es un juego fantástico, un tipo malvado se convierte en un judío sufriente, pero todo es tenue, ambiguo y extraño. Conocemos de la relación con una especie de prostituta -la mujer sexual que para encerrada entre sábanas leyendo-, de la suciedad del (mutuo, de ambos Mr Klein) hogar (también del marido de la casera acusado y deportado), de la fuga y ocultamiento con cambio de nombres, de las convergencias y mutaciones -hasta del empobrecimiento físico y existencial- y del perenne discreto desconcierto. Es un filme pesado, duro, inquietante, perturbador, pero también, obviamente, muy inteligente. No es para cualquiera digamos ni para pasar la tarde, pero es notable; constantemente sorprende con ese juego de la superposición. Es un estado latente de locura y al mismo tiempo una manera creativa de contar una historia que puede verse como una trampa y una averiguación de un paradero infructuoso, cuando ya todo llega a ser demasiado tarde. Buen trabajo, dicho de paso, de Michael Lonsdale como el amigo dandy, también una rata, y ese es el circulo en el que se mueve Mr Klein que trata de ser astuto y pícaro a pesar de todo, quien es un hombre con dinero y mujeriego, pero no puede contra la "broma" perversa de alguien quien en el rol de Jeanne Moreau ella le adjudica igualmente picardía (en un empaque de extravagancia; puede verse como la venganza de alguien tampoco tan sano), pero es así mismo un juego de dobles y espejos. 

lunes, 16 de enero de 2012

El silencio de un hombre (Le samourai)

El director de ésta película, el francés Jean-Pierre Melville, es uno de esos destacados creadores que fueron como el mismo personaje de ésta obra cinematográfica, un lobo solitario, no obstante fue un precursor para esa famosa corriente denominada nouvelle vague, luciendo como un ejemplo a seguir, tan parecido a un padre para sus hijos en lugar de uno más del grupo, sin que eso signifique ser un outsider sino un modelo de independencia que trabajaba para los demás en su propia cosmovisión del séptimo arte.

Grande entre los grandes, aunque pertenece de alguna forma a esos cineastas algo ocultos y que trabajó sin embargo para el público, notando que ésta realización está en la estela del mítico Hitchcock, un cine para todos pero de vasta calidad y que se puede entender con facilidad mientras pasas un momento entretenido.

La cinta tiene a una de esa icónicas leyendas del cine francés, Alain Delon, en la caracterización de Jef Costelo, un asesino a sueldo que vive solo con un canario en un pequeño apartamento y que únicamente cuenta con un nexo en el mundo, una mujer mantenida a costa de ciertos favores sexuales para con otro hombre, pero que ama a Costelo sin pedirle nada a cambio, aunque él por naturaleza es indiferente a las relaciones humanas; contexto que se trastoca al quedar seducido por una guapa fémina de color que toca el piano en un bar al que va a cumplir un lúgubre negocio y que a razón de éste más tarde contraerá una especie de deuda secreta para con esa dama.

Ese vínculo será tan fuerte que decidirá su futuro y su decisión de redimirse a último momento, corrompiendo el accionar del samurái que no piensa nunca por sí mismo sino siempre cumple con su deber sin protestar, para el caso matar a quien el dinero escoja, sin embargo acorralado por una policía implacable, en un jefe de criminalística que dice sarcásticamente que no piensa sino actúa y que no resulta verdad porque lo persigue como un sabueso astuto creyéndolo culpable, hará un seppuku digno que salvará su alma y una honra que no le importa.

Valeri será la musa que haga trastabillar ese corazón impenetrable y duro de ese hombre que no teme morir ni le asusta enfrentar al hampa, que no tiene jefe, y que se mueve como un ronin salvaje que herido puede ser peligroso incluso para sí mismo.

Melville utiliza poca complejidad en su película, y más busca la intensidad de sus bien desplegados personajes, en un definido filme de crimen que sabe manejar con destreza sus pocas piezas que se asientan con solvencia creando personalidades marcadas que a medio camino de conocerlos se nos tuercen voluntariamente y se nos hacen impredecibles; la dama faltando a su cita o el samurái provocando la sorpresa en su decisión final, salvo el oficial que se debe a su trabajo y no tiene otra meta que atrapar a su presa.

Desde el principio el dardo apunta a Costello y su sentencia es asunto de tiempo, una genialidad que juega a favor de la caza del gato sobre el ratón, sin embargo el asesino también va tras otras personas, no es un ente estático y despliega sus fichas con ingenio aunque sabe que tiene la soga al cuello, lo que no lo altera sino lo hace definir su situación, ordenar su ideas y sacudirse el polvo, despedirse de todo saldando cuentas.

Su principal sentimiento es el odio y no le rehúye a la venganza, un frío semblante lo describe perfectamente a ese ser de poco diálogo y propio de la actitud en los hechos; Delon está sumamente creíble en su perfil serio y filoso de donde nunca se doblega sino se hace mucho más agresivo pero sin perder la compostura. Su estilo es elegante y meditabundo; también aunque no pareciera demuestra una voluptuosidad sensual de cariz siniestro y extraño, una pasión oculta a la que rinde culto de acuerdo a su condición y que no aflora melodrama en el filme sino se difumina en ese silencio que define la traducción al español.

El filme es la voz de un samurái en su código de vida roto inesperadamente en el fondo más no en la forma gracias a aquel favor ajeno de la dama en que parece le ganó su voluntad afectiva. Bella trama de honda simpatía que se presenta sencilla y que minimalista multiplica sonrisas en el espectador, se engrandece con sus pocos recursos, explota su audacia como el maestro de escuela frente a los niños abiertos a descubrir la enseñanza de manos de la buena fe, de la alegría de compartir o del esfuerzo de trasmitir un momento mágico, todo ello son virtudes en Jean-Pierre Melville que parece el artesano del mejor entretenimiento que brilla humilde aunque glorioso para cualquiera que sepa apreciar un cine clásico de magnifica factura.