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lunes, 13 de noviembre de 2017

El otro lado de la esperanza (Toivon tuolla puolen)

Todo empieza con 2 personas por separado haciendo su propio trámite de vida, se preparan para el cambio. Muy ordenadamente y calculado se mueven hacia sus propias metas con suma seguridad, a pesar de que nunca nada está dicho o prescrito en el mundo.

Uno de ellos es un finlandés, Wikström (Sakari Kuosmanen), quien abandona sus negocios, a sus clientes, y va en busca de una gran suma de dinero. De la forma más inaudita y fantástica pone todo el capital que ha acumulado en un juego de póker, con algún tipo de casa mafiosa, y gana. Ese dinero le sirve para comprar un restaurante y a sus 3 empleados.

El admirado director finlandés Aki Kaurismäki se lo toma todo con su humor raro, ese que hace comedia de situaciones muy dramáticas, aunque en su punto preciso, ese que guarda respeto y afecto por la gente que retrata, a través de casos sociales que refieren pobreza, necesidad y mucho de humanidad. Se habla, de lo más sencillo, de gente buena, gente que ayuda al prójimo desinteresadamente y sin apelar a los reflectores. Pero la vida es mucho más complicada que esto, y la realidad es que abundan los problemas, la soledad, la indiferencia.

El otro protagonista es el sirio Khaled (Sherwan Haji) que rodando por Europa medio por accidente ha terminado en Finlandia. Lo vemos bajar de un barco de la forma más curiosa. Lleno de hollín con su gran bolsa de ropa. Khaled huye de la guerra y de la destrucción en Alepo donde ha muerto su familia y sólo le queda una hermana, que está perdida y Khaled, además, la busca. Khaled no tiene bando ni tampoco le importa mucho la religión; éste hombre sólo quiere una vida decente, como cualquiera, integrarse como inmigrante.

En otra entrada de esas algo absurdas Khaled termina trabajando con Wikström. El filme apela a la nobleza y a la sensibilidad humana por el camino del humor seco. Khaled mantiene siempre la dignidad y la entereza. Wikström es un tipo competente en todo sentido. Son dos caras de la misma moneda. El tipo (finalmente) afortunado y el tipo caído en desgracia; el hombre viejo y el joven en tránsito de querer salir adelante; el europeo y el refugiado; el que necesita de los demás en un mundo (aparentemente) nuevo y el que proviene del “mismo” lugar aunque europeo. Tanto Khaled como Wikström son tipos salidos del pueblo, de la clase trabajadora en un mundo capitalista. Wikström no terminará como un capitalista cualquiera, es un tipo con consciencia social, pero relajado, como el cine de Kaurismaki.

El filme de Kaurismaki en ésta oportunidad tiene menos que antaño de puesta de aire antinatural, mientras tanto muestra la realidad como pocos, toca fibra. El séptimo arte de Kaurismaki tiene mucho corazón, pero es un cine fuerte, y entretenido. El director finlandés tiene una manera de contar historias que salen de lo común, tiene una puesta en escena personal y un estilo patentado. Kaurismaki abre con una escena fría, un hombre abandona a su mujer (a la que no conocemos), el anillo queda aplastado en el cenicero. Y termina con una escena muy bella. El filme de Kaurismaki es hacer también poesía del hombre solitario. 

domingo, 19 de agosto de 2012

Le Havre

Si alguien nos contara de que va ésta película seguramente no la veríamos, si estamos cansados de escuchar historias lacrimógenas de pobreza y superación, vasta repetir la sinopsis solamente para desencantarse y repeler esta propuesta, sin embargo la fábula de Aki Kaurismaki dista mucho de caer en melodramas insustanciales, sabiendo que su particular estilo lacónico y seco contrasta perfectamente con el aire combativo de supervivencia de los seres humanos, el resultado denota algo muy suave de digerir dentro del cine de autor sin que consienta efectismos emocionales tan fáciles de utilizar para llegar a un público menos exigente que no más sensible sino más momentáneamente sugestionable, no obstante hay material tópico en ello y se maneja con el estilo del finlandés que lo hace ver todo breve, natural, calmado y desprovisto de patetismo.

Podemos identificarnos y sufrir en cierto grado no tan crispado con ese niño inmigrante africano que no quiere ser deportado y que tiene la suerte de encontrarse con Marcel Marx (André Wilms), un viejo lustrabotas que tiene a su esposa sufriendo una enfermedad de pocas probabilidades de recuperación y que al considerarlo un niño grande no quiere revelarle la verdad; bajo la “frialdad” propia del cine de Kaurismaki que deja que cada quien procese la información que ve. Lo que no quiere decir indolencia sino es un tratamiento mucho más expositivo, más digno quizás, una aparente levedad disfrazada por una estética artística que sugiere bajo otra capa distinta, que no genera un ataque visual. Se evita que los actores sobredimensionen o expresen descarnadamente sus padecimientos, y aunque en toda la película vemos la precariedad de la situación económica de la pareja principal, o la dificultad para conseguir clientes a los cuales limpiarle los zapatos y hasta el no poder pagar comestibles básicos en una bodega, hurtar algún pan baguete para llenarse el estómago y pedir una copa gratis de vino a una amiga para paliar la dura jornada, se sobrelleva sin aspavientos situando un contexto realista, aunque por la invisibilidad y la indiferencia de la gente al lado del orgullo y la entereza individual hacen del filme un ineludible llamado a tocar el corazón frente a ese mundo que es muchas veces una desgracia.

Kaurismaki impregna sus filmes de un aura de personalidad propia, con las miradas perdidas de sus personajes, aquí más convencionales y menos raros, teatralidad (menos obvia), música que acompaña como imitando pases de tango (marcados cambios), comedia simplona, dolorosa e imprevista, una ambientación de pocos objetos emulando una puesta de teatro, un minimalismo representativo, caracteres definidos pero vivos, una tragedia griega parca que logra torcerse en el último suspiro, ante la imposibilidad y reticencia de la felicidad, una de las más injustas que se nos pueda imaginar.

La sensibilidad se palpa en hechos, como el “sorpresivo” acto del inspector, el ahínco de ayuda de Marcel, la confabulación de los vecinos aun habiendo punto discordante o algún enemigo, tampoco falta crítica. Culpan a la sociedad pero la subvierten con sus actos para bien del prójimo (el niño que es como ellos, sólo frente a la peor adversidad, como si no hubiera lugar seguro más que en el afecto de los demás). Se recrimina la idiosincrasia de la pobreza y la dureza con la que se trata a los inmigrantes, el que sobrevive en otro país pidiendo poco, a costa de perder su identidad, cuando en el microcosmos de un bar yacen personas de varias partes del mundo.

Kaurismaki ubica su película en Francia, en el puerto que inmortalizó Claude Monet y al que vemos en la fotografía rebozar en sosiego como detrás de la turbulencia, pero es como si aun estuviéramos en su tierra natal. La casita de Marcel, sus dos mudas de ropa en el armario o el preciado cotidiano vestido amarillo de Arletty (Kati Outinen, musa del finlandés) son ubicuos, des-territorializados, unánimes, y ese es el sentimentalismo más elogiable, no necesariamente el incandescente, como lo ha demostrado el autor con esta nueva obra que termina con unas plantas en flor, arguyendo un final de “cambio”, y no lo ha sido en realidad, las características esenciales de Kaurismaki están ahí aunque en partes contenida, el fondo de la trama se debe a sus constantes (la bondad y el amor), como con la infaltable irreverencia en la presencia de Little Bob (¿o no lo es?), un viejo rockero de la ciudad que nos hace recordar la vena musical que impartió con los Leningrado Cowboys, cantante que si no amista con su pareja no canta (reiteración contundente).Y cuando creemos que ya no hay solidaridad, no hay humanidad, la soñamos en la gran pantalla con un tipo llamado Marcel, notando que si uno disfruta viendo éste filme es porque cree en ello, a sabiendas que ya no nos pueden engañar, salvo si estamos ante un maestro como Kaurismaki.

martes, 3 de mayo de 2011

Luces al atardecer (Laitakaupungin valot)

El director finlandés Aki Kaurismaki tiene bien ganado un nombre dentro del cine arte, gracias a un estilo muy propio. En la presente película nos muestra la vida a secas de alguien que se le puede catalogar de fracasado, su nombre es Koistinen, y es un guardia de seguridad solitario que ni siquiera es respetado en su trabajo, como cuando un compañero encargado de las salidas le pregunta por su identidad aun después de 2 años. Koistinen pasa de su trabajo a estar metido en su modesta casa o reparte su tiempo yendo a un bar a mirar a la gente. Un día que va como de costumbre a su pequeño rincón bohemio una mujer rubia y hermosa lo aborda directamente, enseguida él cree conseguir pareja sin hacer demasiadas preguntas ni objetar tanta repentina suerte, ya que Koistinen no se siente un perdedor sino que piensa que está a punto de dar el gran salto a una mejor situación como hace hincapié en sus conversaciones.

La trama es sencilla pero no por ello menos efectiva, también la ambientación es muy descriptiva, parece como si asistiéramos a una puesta de teatro, los personajes se quedan mirando el vacío mientras hablan o comparten momentos de esparcimiento. Koistinen suele visitar también un puesto ambulante para comer hot dog o tomarse un refresco, la dependiente Aila es su amiga pero en ella se trasluce que está enamorada de él aunque no es tomada en cuenta más que como confidente. Koistinen busca ganarse el amor de Mirja, la rubia, pero ella si bien parece corresponderle aceptando ir a comer, bailar, andar juntos y recibir atenciones de un hombre pobre dispuesto a dar lo mejor de sí, en el fondo está tendiéndole una trampa.

Mirja es pareja de un mafioso que quiere robar las joyas que se encuentran en el trabajo que vigila Koistinen. El mafioso lo tiene estudiado, sabe que el agente de seguridad es un romántico, un hombre sensible, alguien fiel, una buena persona, de esas que la realidad muchas veces destruye sin misericordia. Por ello Koistinen es blanco fácil de la maldad ajena y aún siendo víctima de ésta no hace nada para remediarlo salvo el absurdo exabrupto encolerizado de querer atacar al mafioso con un cuchillo.

La película es pesimista con esa vida que nos enseña, parece que no hay salida a algunos contextos, que las circunstancias hacen pedazos a quien no está preparado para defenderse de un mundo omnívoro y despiadado. Koistinen se mantiene en su decisión de no cambiar de personalidad, se somete a la ruina, el rechazo, la frustración, el engaño, la mediocridad, los golpes violentos de la existencia, es decir todas sus implacables desgracias. En su expresión no hay llanto ni pena, al final es un ser humano hecho para seguir adelante en la inercia más desastrosa. Él es una lección de supervivencia pasiva. Lo extraño es que la única mujer que realmente lo ama y lo ayuda no parece ser su válvula de escape, al menos no atina a ver en ella la felicidad, que parece negarse también. Koistinen no hace esfuerzo por salvarse y te enfadas con su inmovilidad porque esperamos que haga algo mejor con su vida, que aunque no hay muchas formas de levantarse vemos que es un hombre trabajador y honesto con lo que se puede esperar mucho más de su persona. En cierto momento ve a un perro que no es alimentado hace días amarrado a un poste entonces entra a buscar a los dueños y les planta la cara buscando resolver el maltrato que le dan a la mascota, lastimosamente es golpeado y no logra revertir nada, pero es elogiable su actitud, el ser tan idealista, en este caso vale su valentía o su entrega a sufrir sin lamentarse, aunque deja la amarga experiencia de que no siempre hay justicia donde es necesario que suceda.

El mensaje del filme es que hay hombres que padecen sin ser notados, como Koistinen, que la derrota existe y que las mejores almas no son las bendecidas sino que pueden estar en el suelo hundidos y aunque estoicamente no se quejen definitivamente alguien tiene que hacerlo por ellos, puede ser que necesiten de los demás para remediar sus problemas, cabe la perspectiva que no pueden solos, también es indudable que ellos mismos deben amoldarse mejor a la sociedad, necesitan crearse esas nuevas oportunidades y tener mayores facilidades, lo que puede ser exigir mucho a un planeta que muchas veces es capaz de destruir hasta las esperanzas. Koistinen pide un préstamo y se le niega porque no tiene garantías, al final se le humilla, le piden que salga por la puerta de atrás, pierde su trabajo por confiar en alguien, incluso se le arrebata su libertad por un incoherente silencio, entendido como parte de su carácter sumiso y soñador. Sin embargo luego de tanta tragedia y ser el festín de los astutos vislumbra lo que siempre ha estado frente a él, un complemento espiritual. Se puede entender que a veces uno busca a la distancia lo que cerca no alcanzas a notar teniendo la alegría gritándote. Un pequeño gesto deja que brille el sol.