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lunes, 20 de noviembre de 2023

The killer

David Fincher es uno de los mejores directores americanos de la actualidad. Es un peso pesado del cine popular con arte, junto con Ridley Scott, Marty Scorsese, Christopher Nolan, Steven Spielberg y Denis Villeneuve. Éste filme es un neo noir, y un thriller de acción, no un thriller psicológico como piensan algunos. Es una película inteligente pero frontal, straight, solo que tiene una voz en off del propio protagonista que acompaña toda la trama y es oír la mente del asesino, pues entonces si porque estamos en la mente del antihéroe protagonista es un thriller psicológico it´s ok, pero no veo duda, no veo miedo, no veo trampa, veo a una persona muy segura de sí, a un real motherfucker, alguien quien dice I dont give a fuck (no me importa nada) con respecto a su trabajo de asesino frío, y todo lo que veremos efectivamente es ahí donde se define plenamente, en ser el mejor en lo suyo, pero es hacerlo con tremendo cálculo y talento, ser el mejor o uno de ellos (tener éxito), contra todo. Él enfrentará su propio trabajo y mostrará que es alguien excepcional o uno de estos. Es como pertenecer a un club donde tratamos con el individualismo y una mente maestra, pero quien tiene las cosas claras o se las recuerda todo el tiempo, como no mostrar debilidad, o no ser crédulo con los demás, es un completo outsider, un bicho raro, pero que se articula en ser un tipo práctico y efectivo, en simplificar las cosas. La línea final, que medio que juega a la peonza de Nolan, nos habla de no creer en el destino ni en el futuro, es decir nos habla de una excepcionalidad cimentada en el trabajo duro. The killer (un gran Michael Fassbender) is a hardworker, y es éste trabajo duro suyo quien lo convierte en un tipo excepcional, alguien que hace su labor lo mejor que puede con detenimiento, aun cuando es un asesino cruel, un asesino a sueldo. Pero cuando tratan de deshacerse de él se verán enfrentados a tremendo error, cuando en el clásico error del subgénero de revanchas se le subestima. Otra cosa importante que mueve al asesino es su curiosidad, su gran curiosidad que lo moviliza hacia el trabajo más difícil de su carrera, ser él mismo, ponerse a prueba de cara al sistema en que se mueve. Su curiosidad lo conduce a ir más allá de la normalidad, lo lleva como menciona la maravillosa conversación con La Experta (Tilda Swinton, que aquí nos gana de lleno) a errar un tiro clave, a cometer un fallo que no es propio de su perfeccionismo, y no es una crisis en realidad, o no del tipo que te tumba al piso y te muestra débil o eclipsado, sino de lo que en realidad es un reto de alta exigencia personal, aunque a raíz de un acto medio inconsciente. The killer se percibe, es percibido, en La Experta, con la que comparte muchos lógicos vínculos, pero su supuesto error lo pone en un acto visionario, más bien salvador, futurista, aunque todo parece una banalidad como el final paradisiaco, en parte irónico, porque el asesino no se toma demasiado en serio, como Fincher, como en el fondo todos los grandes. Pero quienes a la vez buscan la excepcionalidad, ¿cómo?, justamente todo el acto de venganza que veremos lo justifican y ahí Fincher hace con su superhéroe lo que John Wick, pero con mayor intelectualidad, más estilo y profundidad arty. The killer es un tipo cool en todo sentido, aun cuando como bien dice, no busca la empatía (fácil), desconfía de ella, porque lo que él hace y busca es hacer bien su trabajo solamente, y más allá de lo literal de su éxito, puesto que se trata de sobrevivir, no morir, vencer a su enemigos, autoexigirse -ser tan metódico- desde el principio ya es un triunfo. Lo más cool en su personalidad o a simple vista sería lo que oye habitualmente en la primera mitad de la propuesta, lo que hace que se enfoque y se relaje, oír y ser fan del grupo británico The Smiths, apuntando que The killer (el protagonista) es también el propio David Fincher y su apropiación y sello adaptando la novela gráfica de los franceses Alexis Nolet y Luc Jacamon con guion de Andrew Kevin Walker, guionista de otro punto alto en la filmografía de Fincher, Seven (1995). La muerte móvil de venganza -otro error- es más un pretexto del intelecto del asesino, recordando que él no tiene sentimientos convencionales -para hacer lo que hace- o sabe que no puede hacer lo que hace si no sigue su especie de propio código samurái, o, más bien, propio de un ronin, un samurái sin amo, y de eso trata el filme, pegado por ello al cine de acción y su mente son sólo sus reglas prácticas, el recordatorio constante para tener éxito en el mundo particular, o extraño a muchos, en el que se mueve. El asunto gestor o justificación de la misión de The killer se revela como algo superficial, cosa de millonarios, punto para alejarlo una vez más del thriller psicológico. Éste es un thriller de acción, al tiempo de un noir de punta, pues he ahí la grandeza del entretenimiento con arte que hace Fincher, una clase de como el entretenimiento se reviste de trascendencia moviéndose a través de la practicidad del ingenio. La única trampa que se puede ver es creerlo un thriller psicológico, o llamémosle la demostración de que la inteligencia tiene muchas más formas de las que uno espera, en un filme que es lo que quiso y no logro ser Snowpiercer (2013). 

domingo, 4 de junio de 2017

Alien: Covenant

Alien: Covenant es la segunda precuela de la saga Alien, que le sigue a la decente Prometheus (2012), a las que injustamente se les pide que emulen lo que hiciera el mismo director, Ridley Scott, con Alien - El octavo pasajero (1979), la primera película, la que fue un hito dentro del mix sci fi-terror, y para el cine en general, y es pedirle un imposible, pero Alien: Covenant es una buena película sin ser extraordinaria. En realidad, la saga de Alien es pura cinefilia, que en lo personal me fascina y entretiene mucho, lo que hicieran igualmente James Cameron, David Fincher y hasta Jean-Pierre Jeunet en las continuaciones. A éste último, aunque más atacado que el resto, hay que reconocerle que le dio más background a la historia, respetando al original, y podemos apreciar que deja influencia filosófica y argumental en Alien: Covenant, que es una película que trata de salirse de la simple pero adictiva persecución, el escondite, el misterio y la acción pura y dura que se manifestaba sobremanera en las tres primeras, salvando que cada obra ha tratado de aportar un poco más a la mítica del xenoformo o alien.

Vemos que en Alien - El octavo pasajero se habla de la concepción y la maternidad de forma oscura, perturbadora y matricida, que ha sido la esencia del monstruo. Ahora además se trabaja -mucho más- con el doble y la dualidad, en aquellos sintéticos, tipos de robots que siempre han estado en la saga, que interpreta magistralmente por partida doble Michael Fassbender, y que muchos machacan que es lo único bueno de Alien: Covenant, cuando todo gira alrededor y consecuencia de él, toda la narrativa pasa por su participación, por lo que ver y disfrutar de estos 2 personajes más bien es elogiar toda la película.

Al comienzo del filme vemos al sintético David formular la base filosófica de la propuesta cuando conversa con su creador, un científico multimillonario, a quien David, alguien que buscará la perfección, lo siente cruel y que no lo ama, sino lo minimiza, lo ve como un objeto, y David, como los replicantes de Blade Runner (1982), se adhiere mucho a un espíritu muy humano, en sus pasiones y anhelos existenciales, y termina odiándolo y odiándonos. En medio surgirá un plan ego-maniático –todo a partir de un pequeño mensaje, un dulce- en una amalgama que tiene de mística, artificial y fantástica.

El filme de Ridley Scott tiene una tripulación no mala –por una parte desconocida- pero algo desangelada (obviamente Sigourney Weaver es irremplazable, y ya cumplió, y aquella tripulación de la primera Alien era demasiado estupenda, con el siniestro Ian Holm, la dramática Veronica Cartwright, el sensible John Hurt, el bobo/relajado simpático Harry Dean Stanton, el líder típico americano Tom Skerritt y el punk soft Yaphet Kotto), y no recrimino en absoluto la torpeza de la tripulación que es parte natural de toda película de género, es la entrada a la diversión y al juego con lo que espera por sus víctimas, pero esto es secundario, es una herramienta, porque el plan maestro oculto es lo que realmente importa y es típico del placer del cine de terror, tratar de matar sin demasiada pompa argumental a fin de cuentas.

Ridley Scott, la historia de los guionistas Jack Paglen y Michael Green, y los guiones de John Logan (guionista en solitario de las geniales El aviador, 2004; y Sweeney Todd, 2007) y el debut en guion de Dante Harper mutan/fusionan el argumento de Prometheus de los dioses extraterrestres. Todo encaja a la perfección, el argumento es bueno, claro y sólido, y no solo queda en esto el filme, también impone acción trepidante y tenebrosas escenas de terror –con alguna tontería como la pelea entre David y Walter que parece salida de una mala película de kung fu; mejor la escena con la enseñanza de la flauta, y el ataque intempestivo-. Alien: Covenant muestra distintos (nuevos) tipos de xenoformos, hasta el clásico del final. Recurre a todos los elementos propios del Alien (como era una queja hacia Prometheus; querían ver más al monstruo). También genera las clásicas emocionantes explosiones gore, tras sembrar el Alien en el cuerpo humano, a las que añade novedosas aperturas. 

lunes, 28 de diciembre de 2015

Steve Jobs

De arranque hay que decir que ésta película es para quienes quieran ver otro lado del hombre detrás del genio, sacrificando cierta empatía hacia éste, o quizá más bien no, sino todo lo contrario, viendo su imperfección y apreciándolo mejor en todo su concepto y honestidad, tomando en cuenta que el filme es algo cruel con su figura más personal, y le desmitifica de alguna forma, aunque más tarde lo reivindica en resarcir parte trascendental del argumento en el reconocimiento y demostrado afecto en el tiempo hacia su primera hija llamada Lisa, interpretada por tres caras de la dulzura, por Makenzie Moss, Ripley Sobo y Perla Haney-Jardine. Se basa en el libro de Walter Isaacson, con guion del destacado e inteligente Aaron Sorkin, en manos de la dirección del gran Danny Boyle.

El filme se vive a través de mucho diálogo y conversación en estado frenético, bastante vivo y un estupendo ritmo que sopesa y disminuye la sensación de verborrea, evitando el agotamiento del espectador ante el disparo continuo de información, a veces técnica y en parte difícil de coger en toda su contextualización, aunque acotando que el filme se basa principalmente en datos comunes pero íntimos de la vida de Steve Jobs, y pueden pasar por no grandes cosas en realidad, como el no reconocer a su primera hija en primera instancia, y ver como la madre Chrisann Brennan (Katherine Waterston) lucha por convencerlo de que les dé una mejor vida aun habiendo pasado por un juicio donde Jobs salió mejor parado con la manutención de ésta hija, tras una relación pasajera. Jobs tampoco reconoce el mérito de la Apple II y a esa vera al mayor compañero inicial de su carrera y éxito en el mundo de las computadoras personales, Steve Wozniak (Seth Rogen, demostrando que puede ser serio cuando se requiere, sin descollar pero haciéndolo dignamente), en un acto de individualismo, cierta traición y egoísmo, pero también de táctica y encumbramiento, ya que Jobs era un hombre no sólo muy firme en la mayoría de sus decisiones y un perfeccionista neto, también era un visionario y un astuto hombre de negocios.

La trama se centra en un equipo que quiere criticar a Jobs, pero finalmente guarda aprecio hacia su genio y por ende hacia él, como reconocer haber estado en lugares claves de su vida a pesar de todo. Se ve como Jobs se enfrenta al CEO de Apple John Sculley (Jeff Daniels, competente y veraz), dentro de un balance, entre el aprecio (hasta lo paternal), la competencia innata por el poder y la base de un interés personal. También participamos de su fuerte interrelación laboral, respaldo (incluso familiar) y asistencia, con quien se hace llamar su esposa de trabajo, con Joanna Hoffman (la talentosa Kate Winslet), jefa de Marketing de Apple. Por último para contener la figura de la trama yace el rol del buen Michael Stuhlbarg, como Andy Hertzfeld, miembro primigenio del grupo de la primera computadora personal Macintosh, y al que hace pasar por apuros. Todo yace enfocado tras bambalinas, de tres acontecimientos determinantes en la carrera profesional de Steve Jobs, el lanzamiento de tres computadoras personales, la Macintosh, la NeXT y la iMac.

Se busca dibujar al hombre tras sus defectos y carencias, pasando por estudiar los complejos que cargaba encima producto de la adopción, que genera el sentido de cómo se reflejaba con otros, en el anhelo de absoluto control, uno que sentía un deber contener en su existencia, habiendo cierta lejanía emocional hacia el afecto a los demás centrándose más en sí mismo y en sus necesidades. Es interesante ver en el interior de éste magnate e intelectual de las computadoras y el entretenimiento (Pixar, el ipod, el primero no tratado, o éste último apenas esbozado más que como sentido y distinción emocional, que es el leitmotiv del filme) mientras se moviliza en su espacio de mayor ilustración y siendo visitado repetidamente en el pleno ejercicio de sus facultades como director de orquesta, tal cual si estuviéramos detrás de un teatro mirando lo que oculta cada obra, acompañada de una música intensa y una edición audaz que de la mano de muy buenas actuaciones el producto fluye y brinda un espectáculo de suma calidad y dotado manejo de argumentos.

El soporte principal, desde luego, es la performance de Michael Fassbender como Steve Jobs que sin parecerse físicamente a su personaje hace una actuación memorable, acorde con esa capacidad especial, fuerza, que suele ostentar éste genial actor. Le otorga agilidad, poderosa representación interna (sin melodrama) y sostenibilidad a una intensa personalidad. Logra manejar tanta exigencia de humanización, largos textos y surgir en medio de tantos cambios en el trayecto profesional, como a definitorios choques con compañeros y cercanos que cimentaron un legado y una psicología que muchos admiran, por más que haya revelaciones de su intransigencia y dureza como ser humano. Así la obra nunca opaca al genio, hay que decirlo, sino simplemente enseña algunas debilidades, quizá a veces exagerando la obviedad de sus postulados en ciertos diálogos picantes, bravos, tratando de arrojar alguna verdad más allá de lo conocido, pero que queda en el aire como complemento accesorio, sobre todo porque la relación con Lisa finalmente brilla en el reconocimiento de ella bajo múltiples muestras de amor en el propio trabajo, a pesar de cierta distancia e indiferencia, lo cual queda de alguna manera más bien como parte de cierta anécdota, y no tanto el bullying que uno pudiera creer de ésta adaptación, que ciertamente tiene en una cantidad, pero que no merma tratar con el gran personaje que fue. Véase que se diga que nunca perdía un debate y hasta apostaban al respecto, tanto que existan justificaciones en su proceder, por lo que cada desmedro, dígase “ataque” o sinceramiento tiene un asidero a la par. Deja pie a completar la figura o se intuye de esa manera, fuera de hacer de la trama una especie de critica humanitaria y un quehacer irreverente si se quiere, frente a la mitificación, como si el filme fuera un cierto abogado del diablo, de cara a querer distinguirse de la mayoría. 

martes, 28 de enero de 2014

12 años de esclavitud

Teniendo a Shame (2011) como una de las mejores películas que se han hecho recientemente, que yo sitúo en lo más alto, la emoción y curiosidad por la última película de Steve McQueen no se hacía esperar, aun temiendo por la temática que se presta mucho para historias fáciles, debido a su sentimentalismo, en tocarnos rápidamente con su condición humana. No obstante, si bien uno disfruta a rabiar con la irreverencia, originalidad y el entretenimiento de filmes como Django desencadenado (2012) el séptimo arte requiere también de seriedad en abordar historias tan delicadas, que tampoco intocables en cuanto a creatividad. Y es ahí que Steve McQueen sortea por un lado defectos, facilismos, y por otro cumple con presentarnos un relato contundente, pero profundo sobre el sufrimiento que generó la esclavitud, contextualizada en el bastión más reacio al cambio, el sur de Norteamérica, centrándose  en el secuestro del que era un hombre libre, un afroamericano instruido, que tocaba finamente el violín y tenía una bella familia, Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor). Basándose en su libro homónimo y autobiográfico. 

Ésta es la narración de un viaje a la oscuridad del ser humano, al maltrato, abuso y humillación de unos hacia otros, en una ley que infravalora a los negros y los trata como animales, objetos de la violencia y el capricho de un patrón y dueño, trabajos forzados sumamente agotadores como en plantaciones de algodón, hasta la muerte en ahorcamientos improvisados o continuas violaciones sexuales en el caso de las mujeres, que es lo que le sucede a Patsey (Lupita Nyong'o, en un destacado debut en el cine, que le ha conseguido una nominación como actriz secundaria al Oscar 2014), la “engreída” de Edwin Epps (Michael Fassbender, uno de los mejores actores de la actualidad, quien este año finalmente obtiene una merecida nominación a la estatuilla dorada), un despiadado e impredecible terrateniente que siente una atracción perversa por ella, ya que incluye azotarla salvajemente por un simple jabón en medio de un ataque de celos, y es que la siente su posesión, un objeto que se rige a su placer, mientras su inclemente esposa azuza la brutalidad. Representada por quien nos sorprende con una performance harto dura, la actriz Sarah Paulson. 

Si hay algo inmediato que destacar es que su dureza y realista recreación no solo permite ver y sentir una época inhumana, sino que no tiende a dramatizarlo todo, convertir el filme únicamente en un charco de lágrimas, que lo es a fin de cuentas predominantemente sí, pero deja espacio para que Solomon Northup sea algo más que un títere de las circunstancias, por lo que genera una personalidad sólida y compleja en él, que por supuesto tiene muchos ratos de sumisión, no le queda otra ante el embate que le viene si no obedece y se adapta, a diferencia de otros que son –aunque comprensiblemente- más emocionales y menos astutos, pero también hay lapsos de rebeldía, de expresarse a riesgo de padecer, incluso intentar un movimiento contrario, defenderse, arriesgarse por algo más fuerte ¡vaya! que temer la muerte (recordando que Solomon es solo un hombre, no un mito), lo que hace que en él yazca la muestra de un espíritu grande, despierto en distintas formas.

Véase cuando va a ser golpeado injustamente, una obviedad aun visto los parámetros que rigen esta sociedad sureña del siglo XIX, agraria, dependiente de mano de obra gratuita, por la ira que despiertan sus conocimientos (algo que le advertirán siempre, el aparentar ignorancia, como no saber leer ni escribir, el mejor camino a la sobrevivencia), a manos de un joven capataz llamado Tibeats (el prometedor – al salto de la fama, de la popularidad, pero que ya es una figura en el cine independiente- e interesante Paul Dano, que deja ver en poco espacio una estupenda actuación). O incluso enfrentando, entre comillas, a Epps en una persecución con cuchillo de éste tras su persona a ras de que el maligno jefe corra en el barro y entre los chanchos, lo que demuestra la inestabilidad –por medio de la versatilidad y la plena sensación de espontaneidad de Fassbender- del patrón, y a que debe atenerse, cosa seria. Hablamos de miedo en el aire ante el porvenir (aunque esto sea bajo un tono elíptico). Que ya lo demuestra en todo auge un diálogo con un anterior dueño suyo que dentro de la realidad que le aqueja era alguien amable, con respecto a conformarse con la situación esclavista, con Ford (Benedict Cumberbatch, un actor aun no tan visible, pero que lo intenta con ahínco, que en esta oportunidad se deja ver muy bien), el que le ofrece paz, solo que dentro de la costumbre de una vida inferior a la condición humana que todo hombre merece, y a Northup no le llena, porque sabe lo que merece, ha sido libre en su pasado.

La tensión se vive cara a cara, todos los días, los que en la forma esquivan la rigidez del tiempo, del que decimos que no nos abocamos a contabilizarlo o a aguardarlo, y es que la atención se la gana a pulso por mérito propio, sin embargo aunque no esperamos exactamente maquillaje de envejecimiento o métodos que terminen siendo demasiado artificiosos se hecha en falta alguna pequeña identificación de ello en el trayecto, más allá de ese desenlace ordinario aunque muy lógico, predecible, complaciente, solo correcto.

Los hechos narrados se vuelven símbolos de su historia, algo a “repetirse”, a ser una esencia vivencial de un universo, momentos escogidos que representan un constante martirio de 12 años que es lo que articula y ofrece el título, tanto como prácticos, viscerales, físicos, didácticos, lugares álgidos de conflicto, y es que su poderío como relato no tiene descalificación, teniendo su toque necesario de credibilidad con oportunidades de respiro, las que proporcionan equilibrio.

La atrocidad de la esclavitud implica en Solomon una fuerza existencial sorprendente, de la que se hace cargo, la tiene, aunque no pueda evitar compungirse (el gesto de Chiwetel Ejiofor es potente y centra síntomas de dolor en un ánimo que intenta ser sólido, lo que agrega verdadera empatía de cara al espectador exigente, aparte de una sutileza que enarbola emociones más trabajadas), sentir alguna sacudida, como vibrar con una canción intensa de reposición emotiva cantada en coro de manera relativamente optimista en un funeral rústico, visualmente triste, o debatirse ante una ineludible pugna interna -entre dejarse derrotar por el sistema hegemónico que le subyuga o seguir teniendo fe en el mañana, que sus amigos del norte se enteren en donde está y lo rescaten, que obtenga su libertad, que vuelva con su familia- bajo gestos precisos, porque se opta por esconderse en sí mismo, endurecerse, si bien ya tenía consistencia.

Solomon Northup exhibe mucha paciencia y coraje, porque nunca llega a ser débil en toda palabra, y si lo es no en el alma (McQueen le proporciona a su protagonista un aura que admirar muy a pesar de todo contexto cruel, no le quita cierta dignidad o logra imprimírsela por ratos que perviven en conjunto, tiene hasta un cariz heroico o -dado  el instante- más racional de acuerdo a lo que exige su vida, aun viéndose tratado como bestia cuando se le baña junto a un grupo de esclavos desnudos mismos equinos en un rancho, o como se le minusvalora en la cotidianidad cuando en venganza está a punto de ser ahorcado, quedando detenido en una escena memorable dentro de una fotografía perfecta abandonado a punto de sucumbir al cansancio y por consiguiente a cumplirse el designio y a morir con el cuello roto, siendo esos minutos de zozobra los que componen la imagen global que perdurará en nuestra mente, la impronta de la trama), aun con un entorno tan castrador y limitador, tan omnipotente en su dominio, el que cree en sus propias reglas que incluso no está enojando a Dios mientras se tiene como parte de una muy discutible religiosidad.

12 años de esclavitud es el reconocimiento de una esperanza ejemplar de aspecto verdadero, concebida en una dura lucha anclada a una pequeña luz personal, semejante a excepciones como las que representa Bass (un correcto Brad Pitt, de orden y apariencia sensible) ante la idiosincrasia de una deshonra capital de la humanidad, de la que en esta historia sobrevive un mensaje importante. 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

The Counselor

Ésta película debería ser una obra maestra, contiene varios actores bastante famosos y hasta talentosos, un guion firmado por un escritor de alto nivel literario como Cormac McCarthy, y un director preparado y experimentado en Ridley Scott que tiene obras importantes en su haber. Los duelistas (1977), Alien el octavo pasajero (1979), Blade Runner (1982), Thelma y Louise (1991) o Gladiador (2000) avalan su genio. Sin embargo no lo es, y lo que es peor, la crítica se ha cebado con ella, le han dado duro sin contemplación.

El principal problema de ella es que no tiene una trama que se explique bien, que sea fácil unir cabos y entenderla completamente, y es porque usa pocos recursos en su elaboración, y a uno solo le queda conjeturar soluciones y ser analítico e imaginativo, coger cada línea y momento clave para salir airoso, que como sea, siempre habrá que poner mucho de nuestra parte, a menos que nos quedemos con nuestras dudas y pues nos dejemos llevar por el trazo grueso, la sacada de vuelta de un transporte de drogas en que la maldad y el ingenio milimétrico de una femme fatal llamada Malkina (Cameron Diaz) le roba a su propia pareja y a sus amigos y compinches, el resto son pormenores, y tampoco estaría mal, porque nos queda aparte de la adrenalina de su relato, la ambientación y los personajes, unos con ligeros toques creativos, en que se opta por algo que los haga rápidos, para marcar un entusiasmo primario. Así mismo tenemos una temática contundente en el conflicto del narcotráfico con la legendaria contemporaneidad del desierto de Texas y su límite con México, sus historias de mujeres desaparecidas y las decapitaciones.

Su historia versa sobre alguien conocido únicamente como el consejero al que no se le identifica por nombre (Michael Fassbender), quien cae en el pecado álgido/decisivo de su existencia, por soñar realidad una cuantiosa suma de dinero sucio, y pasar de servir de abogado de criminales a ser uno, al ser amigo de un narco “pintoresco”, en su apariencia y su irreverente extroversión visual y frontalidad verbal, llamado Reiner (Javier Bardem). Con éste se prepara para un negocio ilegal de drogas, queriendo ampliar su opulenta felicidad y su aclamada seguridad. El consejero le propondrá matrimonio a Laura (Penélope Cruz), su novia latina, le regala un diamante como aro de nupcias. Ella ofrece dar más de sí ante el futuro en ciernes (tomándose como principal la noción de mayor atrevimiento y perversidad sexual, algo muy americano), ante la cierta mojigatería de su catolicismo. Entonces para hacer el trabajo se ve con un mensajero o intermediario, el vaquero moderno Westray (Brad Pitt). 

Westray le advierte que una vez dentro ya no hay vuelta atrás. Más tarde llegará la explicación de la consecuencia de los actos irreflexivos. Le dice que debería pensárselo mejor antes de participar porque es un juego temerario en que asoma mucho la derrota y donde pocos como él saben escapar. Éste consejo no es oído desde luego por el supuesto tipo listo, culpa de ser un constante ganador. El llamado (paradójicamente) consejero es más un inexperto y el sobrenombre le viene gigante o, más claro, por ironía del guion, aunque se entiende que es porque suele ser el que administra la sabiduría legal para que sorteen la cárcel sus delincuenciales clientes, sólo que en ésta nueva lid ponerse del otro lado le hace ser carne en el asador para gente más ducha y oscura. Justo ahí es donde brilla Malkina, con una Cameron Diaz en un papel jugoso dentro de su carrera y esencial en la propuesta, pero adscrita a un registro conocido, sencillo a fin de cuentas. Malkina yace bajo tres parámetros, uno es su desbordante belleza y sensualidad provocadora, como su lascivia sugerida a la par de su impune misteriosa crueldad en su anhelo caprichoso de confesión; ésta lascivia es asumida desde una copula con un vehículo último modelo, gracias a su flexibilidad y al voyerismo de su entrepierna; otro parámetro es su inteligencia para ejercer un plan maestro, que de la mano de la tentación, la ambición y el haber pensado mejor el cruzar la línea de la criminalidad son la película; y tercero es su calidad de cazadora, gracias a su frialdad, que arguye una dimensión unilateral: la de un demonio.

Otra característica que agiganta la realización, a mi ver, pero que muchos críticos han hallado de insufrible regodeo y hasta ha habido sorna con esto tildándolos de momentos ridículos o confusos es el continuo estado de trascendencia, típico de la literatura de Cormac McCarthy y que quizá pueda enloquecer a algunos espectadores que por norma general son indiferentes a cierto esfuerzo, como a otros serles objeto de decepción al estar en el limbo, en la experiencia a través del arte. La violencia también tiene momentos gloriosos en el filme, con la planificación del homicidio del motociclista y negociador, o tras la liquidación que prepara una conversación casual acerca de un dispositivo de decapitación que más adelante lo veamos en acción con pelos y señales. Los diálogos que propone el guion son metafísicos, se denota que Ridley Scott ha seguido fielmente a McCarthy, como el que se da con el joyero que articula el actor alemán Bruno Ganz; vienen a ser explicaciones profundas sobre el mundo del crimen, de la droga y la fatalidad que envuelve a todo ello. El momento que frontalmente muestra lo que las palabras argumentan, cuando un camión de basura echa un cadáver sobre una montaña de desperdicio, es vastamente impactante, aparece como una bofetada existencial, tal cual lo sopesaba Westray, conocedor de su ámbito. Finalmente se trata de proporcionar sentido a una forma de vida que muchos no “entenderán” ni deben tomar a la ligera si bien como se dice, la muerte puede ser algo banal e influir la seducción de la suntuosidad y la vida fácil, que parece algo siempre tan intrascendente e inconsciente.

Queda el mensaje de las decisiones que tomamos, y creo que se hace sublime, aunque algún monologo como el que proporciona Malkina, a puertas de un nuevo negocio, sea tan propio del estereotipo que representa, mediante su expresión de autosuficiencia y estar por encima del resto, algo logrado pero unidimensional. La vemos con unos ágiles y bellos largos felinos iluminados por el inclemente sol, como metáfora a un punto manida, la que aun con crítica cae en gracia como una potente presentación, en sus fieras corriendo tras un conejo en medio de un paseo exótico/erótico a la vera de unos cocteles que permiten entablar una de tantas revelaciones verbales sobre la ausencia de dependencia emocional con gente allegada que desaparece de nuestras vidas (la declaración de una filosofía). De la misma manera está en el peinado exaltado de Bardem y su naturalidad física y su personalidad al estilo de la serie Miami Vice. También resalta la escena de cama y sabanas etéreas que yace en la apertura de la película, que sería el mayor aporte de Cruz, teniendo uno de los cuerpos más esculturales de Hollywood y del que hubiéramos querido ver más. 

Fassbender está memorable, como cuando se quiebra con el CD enviado por el cartel en la ley de su justicia, y es que cada personaje es importante aunque a los actores les hayan sacado poco jugo en realidad, fuera de sus imponentes presencias y como saben utilizarlas, siendo el uso de ellos en parte más aspaviento que otra cosa o, para ser condescendientes, un engrandecimiento y la ardua proyección de lo mínimo, al igual que con el conjunto del relato. Celebro la película en buena medida, no es como para despreciarla, aun no siendo todo lo grande que alumbraba seguramente en el inicio. Es un filme que esconde más de una vuelta de tuerca y presenta varios ángulos. Ridley y McCarthy han actuado con entera libertad, y ese entusiasmo debe primar por honesto y esencial, desde el día en que el escritor americano decidió hacer un guion de cine y plasmar sus constantes. Ésta es una obra que debería de tener una segunda oportunidad. The Counselor posee alma en su calidad de entretenimiento sofisticado. 

miércoles, 20 de junio de 2012

Prometheus

La nueva cinta de Ridley Scott ha sido uno de los estrenos más esperados del año, llevaba una buena publicidad que logró acaparar la atención, el cineasta inglés decía que iba a ser algo nuevo y que abordaría una de las grandes búsquedas de la humanidad. Ha sido verdad pero también son promesas incompletas las del director de las legendarias Alien (1979) y Blade Runner (1982), que lo sindican como un maestro del sci fi aunque algo dormido tras estos éxitos.

Nos dio algo reciente aunque tampoco demasiado novedoso que nos remite a una etapa anterior a la del octavo pasajero tocando sutilmente los antecedentes del monstruo alienígena. No resolvió mucho en lo central -a lo que nos dispuso- ni tanteando ni presentado ninguna hipótesis en la trama. Lo que sí logró es mantener la tensión en la primera parte del filme en que nos hallamos en un planeta desconocido que ha enviado señales que pueden responder a la grandes preguntas de para qué existimos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, conociendo a nuestros creadores. En la cinta, denominados como los ingenieros.

La trama remite al descenso de un espacio extraño que pronto empieza a ser un lugar temible y amenazador para la que se considera una expedición pacífica de reconocimiento e investigación financiada con capitales privados de un mecenas que acaba de morir, Peter Weyland (Guy Pearce, irreconocible bajo tanto maquillaje, una figura visualmente recargada y de aspecto falso) que dejó todo a cargo de la dura y absorbente Meredith Vickers (Charlize Theron) junto con su sirviente el autómata David (Michael Fassbender), una vez que quedó fascinado con las teorías de una pareja de científicos, Elizabeth Shaw (Noomi Rapace) y Charlie Holloway (Logan Marshall Green, actor americano poco conocido que predomina en la primera parte de la realización).

El filme es atractivo en cuanto a la curiosidad que va despertando, desarrollado con mucha inteligencia y que denota obvia experiencia del director que pone cada encuentro como si de una clase de arqueología espacial se tratara. La cueva en la que se introducen es misteriosa y tiene elementos que van entendiéndose, generando dudas, emociones, desencadenando circunstancias que van poniendo la nota de terror fantástico en el ambiente y anticipan un clímax que nos llevará a un desenlace céntrico y reparador si bien se compone de varios ratos de estupefacción o lucha que lleva un ritmo constante de sacar una novedad más cada cierto tiempo que inevitablemente u adrede va bajo lo que hila/oculta el mundo de Alien repitiendo ideas muy bien tratadas, una autopsia, una inoculación y un space killer. Éste último es el trasunto o germen que da base y sentido a lo que estamos presenciando.

Vuelven las constantes de Scott como en la mayoría de autores que llevan una cosmovisión única procesada, una marca de casa, y en realidad ya de todos en el género del horror mezclado con la ciencia ficción, pero agregando a ésta realización algunas razones filosóficas y literarias, preguntas sobre todo, que quedan rondando por debajo de la acción que lo aborda todo a manera de imán para el espectador, aunque solo se atreve ante la particular interrogante de ¿por qué nos odian? en el enfrentamiento de los padres con los hijos y en relación a la motivación de los actos de ambos, una audacia del cineasta británico en otro nivel que se plantea interesante en la convivencia social e incluso del arte. 

Yendo al meollo del asunto, lo que compete al filme, se pueden hallar contundentes respuestas entorno a ésta inquietud desconcertante y es que parte del secreto de la expedición justifica ese deseo de aniquilación, el ser humano es tantas veces un monstruo al que no le importa nada si tiene algo que quiere. No solo eso, sino porque puede, se adapta fácilmente de uno de los diálogos de David con un desenfadado Holloway que habla con toda franqueza y sencillez cuando el robot hace una comparación entre a que se debe su invención y la del hombre. También principalmente porque la humanidad busca ser su propio dios como en la mitología griega en que el titán Prometeo buscaba equiparar a los hombres con Zeus a quien engañó en varias oportunidades como en el robo del fuego que es como entregar la sabiduría ancestral al control humano, y que es el nombre de la nave espacial que articula el periplo de la aventura.

Un holograma es el disparador oficial de lo que se viene y se van dando descubrimientos, superficiales pero atrayentes que van creando un contexto que empieza a agregar datos que vamos hilando sobre qué pasa en éste lugar que esconde secretos que pueden ocasionar la destrucción de nuestro planeta. Algo se agazapa en la oscuridad y estamos por conocerlo. Las expectativas van disminuyendo a medida que evoluciona el metraje. Más es meterse en sucesos que sólo distraen, perdiéndose ese especial entusiasmo por algo interesantemente oscuro en pos de ser develado, que antecedía como promesa. Vemos esas cápsulas que nos recuerdan a la incubación del alien pero efectivamente se van dando otras “novedades” pero pequeñas, relativamente repetidas, muy acordes con disponerse para un videojuego, lo cual igual está perfecto porque es un filme entretenido, despierto.

Rapace es nuestra actual Ripley que es menos combativa pero aún eficiente. Destila una cierta sensibilidad y delicadeza aunque puede ser fuerte. Debe serlo, ya que es básico en su interpretación que de no ser así no la hubieran escogido. No es tan carismática e impresionante como la caracterización de Sigourney Weaver pero termina funcionando. La mejor de sus intervenciones se da cuando se auto-practica una cirugía que junto con la inmolación del capitán y algunos tripulantes destaca de lo que vemos en la película, generando adrenalina en la primera tanto como épica emoción en la segunda que es lo antagónico de una secuencia en que una transformación crea un ataque frontal a poco de una rociada salvaje de fuego con un lanzallamas. Ésta parte del filme aunque encaja parece estar demás siendo la mala resolución de una expectativa. La actriz sueca contrasta para bien entre lucir pequeña y normal con la actividad a la que debe acometer. Cuando dice ya no puedo más se hace muy verosímil. Da la sensación de estar enfrentando algo muy superior y eso agrega porque sobredimensiona lo que hay, sin increíblemente ser incoherente al resolverlo (punto a favor que ayuda al mismo Scott en cuanto a los rivales).  

Theron, ésta vez, luce en cierto grado forzada para dar la cara de una mujer fría que quiere subyugar al grupo. Esto quizás porque se le quiere en el guion de intrascendente y esquemática siendo muy propio su valor de ese final de para que no moleste más. Fassbender es el personaje más rico del conjunto y el otro sostén de la película. Sobresale en su actuación, sin tampoco reventarle bombos y platillos. Consigue dar la talla como protagonista (quien pasa por indispensable), gracias a que se le emplea como el que se mueve en las sombras y va generando el movimiento que requiere el filme. A un plano el planeta y su enigma; al lado el autómata.

Prometheus respeta el legado de sus predecesoras, razonablemente porque Alien es una obra maestra y el concepto que reúne las cuatro son palabras mayores. No obstante puede verse como algo independiente siendo un filme menor dentro del sci fi, o ser encuadrada como un complemento de la saga ganando la eternidad para los fanáticos. Un quinteto entonces. Que así sea.

martes, 6 de marzo de 2012

Shame


Introducción: ópera prima, Hunger (2008)
El director inglés Steve McQueen es más que el homónimo de una leyenda americana del séptimo arte, es un realizador muy prometedor que ya con dos largometrajes -tras varios cortos- en su filmografía se ha cimentado como alguien que hay que seguirle el paso con atención. 

Hunger (2008) nos demuestra el estilo que lo caracterizaría, un cine europeo con componentes definitorios clásicos y a la vez renovados, en un filme rudo y seco con un ineludible toque contemporáneo, puesto bajo una estética fría en lo visual más no en sus propuestas intelectuales asimiladas, capaz de ponernos una lenta y pesada pero indispensable escena de diálogo bastante extensa entre nuestro protagónico Bobby Sands (Michael Fassbender) y un cura católico con tendencia a lo político, en que la influencia de la religión -tan fuerte en los irlandeses- busca doblegar el espíritu del primero a favor de la negociaciones del gobierno inglés con guerrilleros presos, asignando que el mandato de Margaret Thatcher no quiere doblegarse al terror ni a la manipulación en la compasión rechazando acceder a las peticiones políticas de los internos carcelarios pertenecientes al Ejército Republicano Irlandés (IRA); o ante una larga y parsimoniosa toma en tiempo real de la limpieza de un pasillo por parte de un guardia de seguridad. Estos elementos hacen de su cine algo más que público y general.

La decadencia corporal del integrante del grupo terrorista IRA, Bobby Sands, en manos de una huelga de hambre nos retrata la convicción ya antecedida por una anécdota adolescente. La represión en la cárcel con golpes y abusos ante la negativa de aceptar el uniforme, las represalias externas del grupo paramilitar o la mutua lucha por derechos que reconozcan y que creen un estatus en prisión se ven envueltos con una bien distribuida trama que se organiza por medio de unas pocas descripciones y acontecimientos que fabrican un relato que en momentos se acelera y en otros se aborda en la calma. La estructura de las secuencias determinantes hacen que con unas cuantas escenas contrapuestas se coja ritmo y en poco tiempo se concrete la imagen global decisiva. McQueen sintetiza muy bien el deterioro tras una película que no endiosa sino que se hace justa recreando fidedignamente, como un dios permisivo, su historia.

Shame (2011)
En ésta oportunidad vuelve a repetir con el actor de origen alemán Michael Fassbender, que se ha robado el podio que ostentaba Ryan Gosling como figura más importante del cine actual, demostrando un enorme talento en quien considero el mejor intérprete del 2011. Muestra una innata naturaleza creativa e histriónica que en un momento importante en Shame no necesita de palabras sino administra puros gestos excelsos. 

En la conclusión de la película, Fassbender como Brandon Sullivan se quiebra y muestra el dolor que aqueja su vida, un estado de desesperación incontrolable que lo sojuzga impenitentemente al estar atrapado en la filia desmedida de lo sexual, producto de una infancia y juventud traumática que involucra un acercamiento al incesto; todo ocurre en cerca de 20 minutos donde no hay parlamentos sino únicamente acciones. McQueen maneja la elipsis con maestría sin develarnos la verdad del pasado que jala las cuerdas de ese comportamiento desequilibrado, dedicándose sobre todo a contarnos el diario quehacer de éste hombre, que vive solo pero sin sentir la soledad, que tiene sexo continuamente y que respira una obsesión hacia lo carnal sea a través de prostitutas, internet o aventuras, gracias a su presencia física, su condición social y la seguridad en sí mismo; sin embargo hay un aire autodestructivo que es el que lo moviliza, capaz de decirle a un tipo corpulento que ha estado masturbando a su novia en un bar o recurrir a una relación homosexual ante la desbordada libido.

Incapaz de sostener un amor más allá de tres meses, su hermana Sissy (Carey Mulligan, fantástica actriz que matiza la frescura, la tristeza, la provocación y hasta la ordinariez en su personaje) desnudará sus secretos sin darlos abiertamente, solo dejándolos escapar muy oscuramente en un afecto y acercamiento crispado/voluptuoso/peligroso. Ella provista de una melancolía, véase esa hermosa escena en que canta New York New York aludiendo su propia existencia, abandonada en todo ámbito -desprotegida ante un mundo violento al que ella no se obliga a obedecer sino a padecerlo- recurre a Brandon, creando en él un estado de reflexión opresivo y punzante que crea una consciencia que le refriega sus traumas, aunque sin intención sino con una despreocupación que para el personaje de Fassbender lo hiere, lo culpa o lo confunde; correr o intentar una relación amorosa no funciona, la caída es inminente.

El filme recurre a la sequedad, a la morosidad, a la domesticación del alma a través del cuerpo o la experiencia aunque solo se traten de figuras retozando ávidamente en la cama, a la repercusión de lo exógeno en lo interior, en un juego que no se puede manejar, tratando con un vicio que lleva una profundidad que deambula por la psiquis. Lleva una enfermedad que genera consecuencias. El sexo es una válvula de desintoxicación, pero también lleva a la debacle ya que no se atribuye a lo normal en el personaje, y es la hermana la que atenazada en el teléfono o rogándole por un espacio en su hogar se vincula afectándolo, no lo deja libre, como esclavo de su sexualidad, de una historia, que McQueen sugiere, implacable, intensificando la rutina, que es como un barco hundiéndose de a pocos pero dispuesto a sucumbir tarde o temprano, sin ninguna salida más que la derrota, el resto es otra película. Estamos frente al contexto, el discurrir hacia el abismo pero no la huida. Aunque tocando fondo está por llegar la luz al darnos cuenta de la desgracia interna. El enfrentamiento de los problemas.

domingo, 8 de enero de 2012

Un método peligroso

Ver a un intelectual del calibre de Carl Jung siendo seducido por la pasión del amor a contracorriente de sus pensamientos racionales, metódicos y que reafirman su condición científica es digno de un acto de atracción hacia el buen séptimo arte. La cinta del canadiense David Cronenberg es una de aquellas que son de alta exigencia, muy reflexiva, ordenada, con un trabajo que destaca por unos diálogos imprescindibles, de una cadencia calmada pero no extenuante, que está libre de efectos provocativos básicos o de la careta de puro entretenimiento, dispuesta para aquel que desea algo sugerente en ideas bajo una historia que se puede resumir tranquilamente en la necesidad de agregarle a la razón un aire impredecible, de emotividad aún a costa de trastabillar la propia teoría que no permite ambigüedades.

Jung conversa ávidamente con su maestro, Sigmund Freud, un revolucionario contra las ideas convencionales reinantes y un hombre muy inteligente que a pesar de innovar busca la solidez de quien no admite desequilibrio en su método académico, sin embargo Freud sabe que su aventajado compañero será quien ponga a relieve ciertas ausencias o revelaciones, un paso más en la evolución creativa de la mente que para más inri puede ser capaz de doblegarse ante los sentimientos, ese canto primario que nos identifica y del que no se nos puede desligar como seres humanos. De cara a su deserción no teme sino parece alentarlo secretamente. No es una burda guerra sino la lucha intelectual de unos camaradas.

Lo interesante es que una mujer neurótica tratada por Jung será el dispositivo de arranque para esos cambios personales como analíticos, esas dudas que despiertan o desarrollan audaces y más completas cavilaciones. La joven traumada por abusos infantiles de carácter sexual que provocan en ella la culpa, la rabia y el propio repudio inconsciente se verá liberada en la relación afectiva y profesional con el sabio doctor, pero no estamos frente al control del contexto, sería poco curioso tenerlo en un filme si así fuera, sino que Jung caerá en esas redes infringiendo su personal código de vida, escuchando a ese otro médico y paciente, Otto Gross (Vincent Cassel), que muy liberal no teme involucrarse con las personas que trata; la moderna visión de que hay que rendirse al deseo y provocar el estudio desde la experimentación, una osadía claro está que lleva a Jung a vejaciones permitidas de índole sexual, sumisión y goce erótico libre de inhibiciones.

Cronenberg es muy sutil, podría llamársele elegante, fiel a sí mismo y serio pero creo que cae en el poco reforzamiento de la trama, lo cual encuentro fantástico de alguna forma porque no busca atropellar al público para que éste lento por costumbre pueda entender ante la explicites, sin embargo quizás a la vera de no infringir mucho la historia o no pecar de subjetivo no nos describe demasiado ciertos aspectos importantes de ese tórrido romance muy digno en pantalla y que nos hace pensar más en algo oscuro, quizás realmente en el fondo hubo un romance muy típico de dos almas dulcemente enamoradas pero se intuye algo más liberador de lo que se propone.

Tampoco se ve demasiado desenvuelto el conflicto último que genera la relación para Jung y su corriente psiquiátrica, se ve que hay problemas pero apenas hay ruido, y podemos ver que tiene que dejar su lugar de trabajo para más tarde viajar a otro país; a su vez su mujer parece un fantasma y por lo que se puede ver su influencia debe tener mayor presencia ya que suele apoyarlo económicamente. Queda en el aire mayores revelaciones pero eso no quita que el cine de Cronenberg sea un espacio para ver a través del ecran, porque como se puede percibir, nos ha sugerido argumentos y hacia donde indagar; la cinta no es una enciclopedia sino hay que poner de nuestra parte y descubrir donde quedo abierto el mensaje. El filme busca seguir el curso de nuestra existencia donde suponemos un pasado, un ambiente y unos personajes en conocimiento mutuo y un discurrir del tiempo, lo cual no solo otorga un ritmo más genuino sino una contextualización artística mucho mayor, que no es tarea fácil y en donde se ve la maestría indiscutible del canadiense.

Keira Knightley en su personaje de Sabina Spielrein puede inquietar con sus repetitivos tics como sacar la mandíbula hacia fuera y abrir excesivamente los ojos pareciendo que está a punto de vomitar pero es efectiva, no podemos esperar una paciente encantadora si queremos realismo y es en ese rechazo que ofrece al espectador (en la primera parte del filme) que la hace verosímil y hasta produce mayor desconcierto en que Jung se haya fijado en ella, o nos hace pensar al respecto; por supuesto teniendo en cuenta la belleza de la inglesa –y suponiendo la de la persona real- que bien vale la condescendencia más noble de cualquier caballero, sin embargo se abren nuevas perspectivas, Jung parece haber sido más sensual y humano de lo que aparentaba ante el resto, la idiosincrasia del planeta, complejos e impredecibles.

Se ve que Jung es el protagonista principal aunque Freud sea un buen sparring en un filme que lo respeta mucho, para lo que Sabina se hace secundaria a la utilidad de la historia y se hace extrañar un poco de abordo de su transformación profesional y biográfica; será motivo para que algún otro cineasta tome la posta porque aquí queda un poco como objeto más que materia de sabiduría a pesar de que hay vocación de mostrarla pensante y hasta secamente provocadora para el razonamiento.

Michael Fassbender debe ser el más talentoso actor que se puede percibir últimamente, su interpretación otorga humanidad total a Jung, podemos verlo muy en ambos lados, a fuerza de la mente o de los sentimientos (más próximo aquí a ellos), llora y se muestra frágil como el más simple de los hombres, no es solemne en absoluto y es hasta inseguro, puede ser muy preparado como para pasar muchas horas dialogando con Freud pero tiene un lado disoluto que lo vemos cuando yace echado despreocupado e infantil con su amante en un pequeño velero comprado por su dócil esposa, pero siendo justos e indulgentes no pierde su aura de genio. Hasta en el filme pasa tremenda humillación flagrante con Sabina (dama que a todas luces debió llevar la peor carga en la realidad sino que no es su momento) y es que Cronenberg ha tomado al personaje con aplomo dándole los matices necesarios para crear a alguien celebre pero discutible sin robarle sus méritos, es su monstruo muy perspicazmente entregado. Viggo Mortenssen lo hace estupendamente bien como Freud, podemos ver a ésta eminencia de la psiquiatría en toda actividad. Es favorable decir que siguen siendo cálidos en pantalla, hay una cierta naturalidad y credibilidad que impresiona porque además no hay efectos especiales y casi es inexistente el maquillaje en los actores. Es un dúo que interactúa con mucha solidez siendo de lo mejor del filme ver su convivencia, respeto, su amistad e intercambio culto. Cronenberg se mantiene cerca del espectador, no hace algo insulso y otorga muy buen nivel a su arte.