Una película muy celebrada, perteneciente a Max Ophüls, de poética
maldita, de tragedia romántica, con una mujer que se enamora perdidamente de un
hombre, su vecino, y muere amándolo, dejando una carta confesándole todo su
amor. Lisa (Joan Fontaine) desde chiquilla queda prendada de un famoso pianista
mujeriego, Stefan Brand (Louis Jourdan), y llega a conquistarlo, pero el hombre
mujeriego como es la olvida y hasta redunda en ese olvido. En una estación de
tren él dice que la buscará a su regreso de un concierto suyo, pero no lo hace.
Ella firme en no incomodarlo –en no prestarle obligaciones- termina poniéndose a
un lado –tontamente-, llevando un hijo de Stefan, a quien en vida no le confiesa
de la existencia del muchacho –error aún más grande-. Es una película triste,
con un hombre que se autodestruye inconscientemente al dejar pasar el amor
verdadero, porque él ama a Lisa pero ha fallado por equis
motivo en cumplir con ésta mujer. Ahí yace un pequeño misterio, ¿qué
lleva a Stefan a dejarle entender a ella de que es su otra mitad en la vida,
con aquello de lo que siempre ha sentido le ha faltado y necesitado, pero
termina olvidándola o no reconociéndola varias veces?, esto puede sonar a un
defecto de la propuesta, pero también plantea que el filme sea romántico, poético y trágico mediante
éste olvido inexplicable y leitmotiv. Al final el hombre quien ha
cometido el gran error de su vida recordará en su mente todos sus encuentros, identificándola,
desde pequeña, mucho gracias a la carta sentida que ella le deja. Stefan no es
un mal hombre, solo alguien que ha dejado escapar al amor. Simplemente es un
hombre torpe, ejecutor de tantos fracasos, mientras Lisa representa a la
mujer abnegada, una tragedia andando con su enamoramiento apasionado. El
filme tiene muchas escenas dulces, todo no es llanto o
drama. Pero el fin es ese, echar unas lágrimas con una historia triste.
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sábado, 15 de junio de 2019
jueves, 6 de junio de 2019
La ronda (La ronde)
Son pequeñas historias de amor fugaz interconectadas por una
persona de las parejas, realizadas en cadena, pasando de una aventura a otra
aventura, con Raconteur (Anton Walbrook) como el presentador y ser ubicuo entre
las parejas, en un carrusel del placer y la felicidad, aunque también hay
decepción y traición. Pero sobre todo brilla la felicidad.
Hay grandes actores franceses de parejas, con una Simone
Signoret haciendo de una prostituta, aunque no una común, capaz de saltarse
cobrar por tener un encuentro de su predilección, pasando por terminar durmiendo
con un aristócrata de buen aspecto físico (Gérard Philipe), donde queda todo en
un estado idílico de romanticismo y ternura –con una Signoret como flotando en
las sábanas ante la mirada voyeur de la cámara acariciándole el rostro, su
belleza- , porque el director Max Ophüls no juzga, ni al adultero ni al
libertino, sino que celebra el amor libre, el placer sexual como hallazgo total de
felicidad.
Serge Reggiani interpreta a un soldado que sólo quiere
divertirse, quiere gastar su día libre bailando, mientras cambia de pareja, no
pretende estabilidad. Simone Simon hace de una bella y sumisa empleada del
hogar rendida a los pies del hijo de su patrón (Daniel Gélin), como fantasía húmeda,
y el hijo del patrón pasa a cumplir una segunda fantasía, metiéndose con una
mujer casada (Danielle Darrieux) que duda y teme ser descubierta. Pero el
marido de ésta (Fernand Gravey) también la engaña, con una joven humilde
atraída por el dinero. No obstante ésta dama realmente desea a un poeta (Jean-Louis
Barrault), y se hace pequeña frente a éste.
En la alcoba, en camas separadas, pero próximas, con sus lámparas
respectivas a tiro de cordón, los esposos hablan sobre la infidelidad, sobre la calma de su relación que el hombre inocente venera y a la mujer le aburre
secretamente. Ella, pícara, le pregunta si de joven ha estado con una mujer casada,
él autosuficiente sorprende confesando que sí, sólo que remata que a esas mujeres no se les ama en esos affaires, ella queda
meditabunda, en un prender y apagar las lámparas en medio de la curiosidad de
ambos, saliendo del silencio y la monotonía matrimonial. Esto implica una escena paradójicamente
simpática e irónica, levemente humorística. Plasma la perversidad en el amor, que aquí
también tiene cabida.
La ronda (1950) es un filme que con el presentador explica que
estamos ante una obra creativa o cinematográfica, un divertimento, mostrándonos
como nos comportamos, o como la gente revolotea alrededor del placer. Y lo hace
con chascarrillo, con libertad, con un toque de despreocupación, algo de
trasgresión, aun cuando es una propuesta de aire clásico, con muchas formas,
delicadeza y amabilidad para narrar.
El presentador ayuda a la consumación de las aventuras, cómplice
en el adulterio, como un alter ego de Ophüls y a quien adapta, a Arthur
Schnitzler, que celebra el placer, que puede ser platónico, o impío, o algo
forzado, o sensual, o engrandecedor. Hay desbalances e iluminaciones, se ama al
vuelo, se desea con fuerza, y te corresponden -como el hijo del patrón cerrando
las ventanas para propiciar un encuentro romántico o a través del velo como preámbulo
sensual-, o no te aman pero te aceptan la aventura, también te la niegan.
La prostituta busca el sentimiento, un soldado no le corresponde
como quiere, está muy apurado por divertirse, que curiosamente no pretende el
camino fácil, quiere la dilación. Pero si un conde, que sufre un repentino deslumbramiento
frente a la elocuencia romántica inesperada. El poeta es deseado como una
celebridad por la humildad de una mujer (Odette Joyeux) y rechazado como algo
de poco valor aun pasando por una necesidad, por una engreída actriz de teatro (Isa
Miranda); aflora todo el paquete, en la vocación de la fuente del
entretenimiento abierto y celebrado, prominente, lleno de calor e ingenio
transparente.
El placer (Le plaisir)
Max Ophüls nos muestra 3 historias, dos cortas de unos 15 a
20 minutos y una extensa que es la del medio y la que más llama la atención.
Las cortas hay una que es sobre un hombre viejo que se pone una máscara de un
hombre joven para ir de fiesta; la otra es sobre una mujer que pelea siempre
con su pareja, un pintor, y se separan, y ella quiere volver con él a toda
costa.
La del centro es acerca de un grupo de cortesanas y su
madame que dejan su discreto prostíbulo que parece una casa de fiestas para ir al
campo a la primera comunión de la hija del hermano de la madame. El hermano es
interpretado por Jean Gabin, y queda prendado, en busca de un affaire
extramatrimonial, de una cortesana (Danielle Darrieux).
El filme tiene una escena muy hermosa cuando una cortesana recién
llega al campo, cuando sale a ver por una ventana y se maravilla de las
estrellas, el cielo y el paisaje rural. Es breve pero llena de cine. La
película versa sobre el placer, como señala el título, el primer hombre lo
busca con ahínco a pesar de que su tiempo ya ha pasado, y su cuerpo no resiste
los sucesos hedonistas y suele caer enfermo.
La última historia es más femenina, una mujer anhela el
placer en su relación con el hombre de sus sueños, pero no puede evitar pelear
con él quien quiere escapar de ella y solía amarla con devoción. No obstante la
bella dama (Simone Simon) quiere volver a contener ese amor romántico (Daniel
Gélin), mientras el hombre se muestra terco en no volver a sus brazos.
Le plaisir (1952) tiene escenas atractivas, muy cinematográficas,
como con el encuadre de los hombres mayores exitosos mirando a la playa al no
hallar el prostíbulo abierto. El filme es elegante, nunca es vulgar aun cuando
trata con el sexo y el libertinaje, es un canto a la libertad del placer, pero
de manera inocente y alegre.
domingo, 2 de junio de 2019
Madame de...
Una dama de alta sociedad (Danielle Darrieux) producto de sus deudas personales vende unos finos aretes
que son regalo especial de su marido, un general (Charles Boyer). El general se inquieta y los busca con ahínco. Los termina comprando de
nuevo, pero curiosamente se los regala a su amante. Aquí el hombre se pinta de
cuerpo entero y prácticamente justifica que su mujer termine enamorándose de un
pretendiente, de un diplomático (Vittorio De Sica). El diplomático sabe que
ella es una mujer coqueta pero que no pasa de ello, que hasta el marido bromea comentándoselo,
sin embargo él nunca deja de seducirla con su caballerosidad. El director Max
Ophüls simplifica la seducción mediante los incontables bailes que comparten, sin
despegarlos. Los vemos en secuencia danzando pegados uno al otro, hablando en
el tiempo. Ella apoyada en una puerta termina diciendo que no lo ama rendida
ante él, éste “no” en realidad es un sí cómplice. Pero pronto el general se pondrá
las pilas y buscará cortar éste affaire. En ello ésta propuesta luce refinada, lo
mismo con ponerse capas mediante ayudantes. El filme es elegante y muy clásico.
Es una historia de infidelidad y romance. De Sica luce como un seductor neto,
con gran porte. Boyer es un hombre de aire inteligente, un tipo muy
despierto, pero ésta relación se le escapa de las manos. El relato es muy sutil con toda la infidelidad, mientras el general guarda las formas. Finalmente la historia se decide por una salida más “brutal”, un duelo de pistolas, aunque de
caballeros, y tiene un final hermoso, con el foco en las velas de la iglesia,
un rezo sin nadie, su cuota de suspenso y una puesta en escena de cierto
misterio. A ésta obra se le puede llamar una película aristocrática, a través de un trío de actores maravillosos.
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