A veces la ópera es algo más que un espectáculo músicoteatral. Anoche, por ejemplo, durante la representación de Otelo, de Verdi, en la Deutches Oper de Berlín, aunque no hubo
ninguna sustitución entre los cantantes, como ya empieza a ser habitual, pasó todo
tipo de cosas. Para empezar, al final del segundo acto, durante la escena
amorosa entre Desdémona y Otelo, como no conseguían introducir la cama en el
escenario sobre la que transcurría la acción, tuvieron que bajar el telón, mientras
un señor vestido de paisano nos explicaba cuál era el problema, por lo que tuvimos que esperar unos
minutos antes de que dejaran a punto el escenario y prosiguiera la función.
Después, durante el descanso, un altavoz proclamó a los cuatro vientos que una señora esperaba a su
marido a la entrada del teatro, como si nos hubiéramos trasladado de improviso al aeropuerto.
Y cuando se acercaba el desenlace, en el que Otelo da muerte a su esposa, otra señora anciana debió de padecer algún grave
mal repentino porque hubo que sacarla del teatro con urgencia, rescatándola del centro de la fila
en que se hallaba, con el consiguiente alboroto y curiosidad del público. Quizá
se tratase, al cabo, de la pequeña venganza de Desdémona contra el liante Yago y el crédulo de Otelo,
que ayer no era Moro, sino blanco blanquísimo, sin pintura alguna. Por cierto, esa idea de que la platea no tenga un pasillo central y que las filas se extiendan de un lado a otro del teatro es de Wagner.
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Menos mal
que las Bretzel (una especie de rosquilla alemana) no se acabaron y el resto de la representación
transcurrió con normalidad, con los cantantes a la altura de las circunstancias (Peter Seiffert como Otelo; Adrianne Pieczonka como Desdémona; y Lucio Gallo en el papel de Yago) y un final novedoso, consistente en una
curiosa variante en la manera de asesinar a Desdémona, pues Otelo, de cara al público, rodea por la espalda a su esposa y la estrangula con el
antebrazo contra la barra del dosel de la cama.
La escenografía era lo menos afortunado de la función, pues toda la acción transcurre en una
especie de patio central ante los camarotes de un barco que recorre
el escenario de arriba abajo. Un escenario que parecía proceder de una representación
del San Juan, de Max Aub. Debía de tratarse del barco en el que llegaron los personajes a Chipre, donde acontecen los hechos. En cada uno
de esos camarotes podía verse a alguien, probablemente del coro, haciendo una cosa u
otra. Yo mismo pude observar, distrayéndome de la acción principal, cómo una joven se pasaba toda la obra quitándose y poniéndose la misma camiseta, mientras
se quedaba en sujetador negro y quizá con encaje. Curioso papel el de esta chica, ¿quién lo habrá ideado, el escenógrafo, ella misma? El caso es que este bulle-bulle de niños y gentes de acá para allá, nos distraía de la acción principal, de los diálogos íntimos entre Yago y Otelo, así como de los que éste mantiene con Desdémona, y que constituían la esencia de la obra.
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Lo de
menos, a estas alturas, era ya la triste suerte de Desdémona, en la penúltima ópera que compuso el gran Verdi, estrenada en el Teatro de La Scala de Milán en 1887, y que algunos, no yo, consideran entre las mejores
suyas, así como la mejor versión operística de las adaptaciones del bardo inglés; a este respecto, también los hay que piensan que el libreto de Arrigo Boito supera la obra del propio
Shakespeare. Sobre semejante disparate no merece la pena comentar nada. La noche, sin embargo,
acabó bien, con una cena en un restaurante japonés de la Kantstr., y un largo
paseo de camino a casa.
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