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Durante una semana, el libro Sombras del tiempo. Estudios sobre el cuento español contemporáneo (1944-2015), de Fernando Valls, está disponible a un precio especial en la página web de la editorial (y en su librería). Se manda dentro de España sin gastos de envío. Gracias.
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miércoles, 13 de abril de 2016
Presentación: 'Sombras del tiempo' en Madrid
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domingo, 7 de diciembre de 2014
Para leer y oír: el Franco de Max Aub
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Cuadernos del Vigía reedita uno de los más célebres y mejores cuentos de Max Aub, La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco, con unas hermosas ilustraciones de Antonio Santos. Se publicó por primera vez en Libros Mex, casa editorial de México D.F., en 1960, dándole título a un conjunto de relatos. Pero hasta 1979 no pudo ver la luz en España formando parte de un volumen que editó Seix Barral. Desde entonces ha vuelto a aparecer en varias ocasiones, tanto en España como en México, y algunas de ellas -como esta que ahora nos ocupa- llevan un CD con la voz del autor leyendo el texto.
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Son cuentos
jueves, 4 de diciembre de 2014
FRANCISCO SILVERA
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LA REGLA
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LA REGLA
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A J. M. Torres
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Nos fuimos de Andorra a Palencia, en pleno invierno. A mi padre acababan de cambiarle de plaza en el trabajo, aunque nunca supe si para mejor. Hicimos el traslado de expediente y, de pronto, de un día para otro, ahí estaba yo: en mitad de una clase, solo y triste, asustado con todo un mundo mirándome. La maestra, cercana y atenta, me había acompañado a mi nuevo sitio tras despedirse del Director y mi madre. Me pareció simpática.
-Copia esas frases en la pizarra y analízalas sintácticamente.
Yo no la entendí, venía de otro colegio y nunca habíamos hecho algo así. Copié mis frases y sufrí uno de aquellos melancólicos silencios de clase, viendo moverse los hombros de los chiquillos cada uno en su pupitre y el tiempo lento, lento, lento sin pasar...
No recuerdo hacia dónde miraba, sólo que comencé a girarme quizá intuyendo algo; recibí un guantazo con la mano abierta que me conmovió toda la cabeza.
-¡Todavía no has hecho nada!
Y la maestra siguió caminando mientras yo sorbía la sal de dos lágrimas de tristeza más pura que el dolor. Sentí pánico, porque a nadie sorprendió la torta y ella seguía caminando con una regla de cuarenta, de madera, picando en los codos sobresalientes de las mesas, pidiendo las puntas de los dedos o, en un gesto de sadismo, atacando por sorpresa detrás de las orejas con un toque de crueldad dado el intenso frío de aquella ciudad torva y helada. Nunca me dio tanta alegría salir de clase y ver a mi hermano el pequeño. No podía acostumbrarme pero un niño hace cotidiano todo horror, y así iba mi nueva vida en Palencia.
Una mañana, callados los dos entre vahos de aliento, caminábamos hacia el colegio. José Manuel se agachó y sonriente me miró.
-¡Una regla!
Tuve una primera mala impresión, era igual que la de la maestra pero de sesenta, al menos. Entonces entreví la ocasión de ser más y se la pedí a mi hermano. Me la negó, pero yo era mayor y tras unos insultos, una chulería y una amenaza: me la quedé. Y entré ufano con la regla en mi maleta. Hasta la penúltima clase no iba a tener la oportunidad de solazarme con mi orgullo. Le aseguré a mi hermano que cuando fuera a su aula, a última, ya habría caído yo encima de ella, y nos habría envidiado por esta regla de madera tan grande; y él se convenció, y quiso paladear ese pequeño podercillo con tan grande enemiga. Casi había transcurrido mi hora y, simplemente para hacer unas rayas de unas cuentas, saqué mi regla. Ella venía por detrás, podía verla, pero se paró.
-Torres —me dijo—, ¿me dejas tu regla?
Y con toda naturalidad me la cambió por la suya; yo, cobardemente, asentí. Qué podía hacer. La suya me daba asco, cuánto sufríamos por ella. Nadie se atrevió a comprobar lo sucedido, todos trabajábamos... y la maestra se fue al aula de mi hermano.
Y con toda naturalidad me la cambió por la suya; yo, cobardemente, asentí. Qué podía hacer. La suya me daba asco, cuánto sufríamos por ella. Nadie se atrevió a comprobar lo sucedido, todos trabajábamos... y la maestra se fue al aula de mi hermano.
Salió un sol amarillo y sin fuerza que apenas podía con el helor de las piedras; la hora eterna preludiaba un viento metálico que ronzaba las puntas de las narices, las orejas y los dedos descubiertos. Me sentía desdichado, como si la vida, tan niño aún, me pesara muchísimo y no pudiera con ella. Entonces vi a mi hermano corriendo hacía mí, llorando.
* Este cuento es inédito.
** Constelaciones en el amor de una mujer, de Joan Miró.
** Constelaciones en el amor de una mujer, de Joan Miró.
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Son cuentos
lunes, 20 de octubre de 2014
`Tecleo en vano´, de Pilar Galán
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Zumba el lenguaje, oxigena el humor…
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Zumba el lenguaje, oxigena el humor…
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Conviven en este libro (Tecleo en vano, De la luna libros, Mérida, 2014) cuentos y microrrelatos y en ambos
géneros se desenvuelve la autora con inteligencia y soltura. Y aunque suela
valerse de narradores masculinos y femeninos, la mirada de mujer resulta tan
peculiar y sugerente que me parece más verdadera. Sus temas son los recuerdos
de la infancia y la educación sentimental, las relaciones familiares, los
amores perdidos y la enseñanza, a menudo tratados con un humor zumbón,
desenfadado, y cierto deje de melancolía. Pero, además, destacaría otros dos asuntos:
el lenguaje, con sus mecanismos y usos impostados en forma de ininteligible
verborrea, cada día más frecuentes, y la contraposición entre dos tipos de conductas:
rígidas y porosas, o bien chabacanas y raras, que es como se define en más de
un cuento a quienes no andan con el rebaño. El estilo es sencillo, pero no por
ello menos cuidado, pues la autora dosifica los efectos y sabe concluir sus
relatos de la mejor manera posible. Cultiva lo que podríamos denominar un realismo complejo. Destacaría sobre todo
dos cuentos: “Yinguel bel”, historia de madres
e hijas, como aquellas que antologó Laura Freixas, sustentada en la
contraposición entre distintas concepciones culturales, y “Una espiga dorada
por el sol”, un cuento triste, patético,
que podría pertenecer a la antología de Monterroso y Barbara Jacobs, sobre unas
adolescentes que se enamoran de un joven profesor y los efectos del paso implacable
del tiempo. Los microrrelatos son casi todos excelentes, como ocurre con
“Oración lingüística”, “Declaración de amor” o “Personalidad múltiple”, este
último a la altura de los buenos articuentos de Juan José Millás. A la vista de
lo dicho, no resulta fácil entender por qué no figura Pilar Galán en las
antologías recientes dedicadas al cuento y al microrrelato español actual, ausencia
que ahora echo de menos –por ejemplo- en las mías. Mea culpa.
* Esta reseña ha parecido publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 20 de septiembre del 2014, p. 8.
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Microrrelatos,
Son cuentos
viernes, 1 de agosto de 2014
Sobre Juan Eduardo Zúñiga
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El siguiente enlace os llevará a un artículo panorámico sobre la obra de Zúñiga, en mi opinión uno de los mejores escritores españoles de cuentos de las últimas décadas, publicado en la revista Turia, núms. 109-110, marzo-mayo del 2014, pp. 165-183:
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Son cuentos
sábado, 28 de junio de 2014
Los cuentos de Adolfo García Ortega
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FISURAS
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FISURAS
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Resulta difícil entender por
qué no ha tenido un mayor reconocimiento la obra literaria de Adolfo García Ortega:
¿quizá por su trabajo en el mundo editorial, como probablemente le ocurrió también
a Carlos Pujol? Además de la prosa narrativa ha cultivado el artículo de
opinión, la poesía, el ensayo y la traducción; aunque creo que algunas de sus
novelas, sobre todo, tendrían que haber adquirido un mayor peso en la literatura
española reciente.
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En este nuevo volumen (Verdaderas historias extraordinarias. Cuentos reunidos, Seix Barral, Barcelona, 2013) se recoge
tres libros cuyas fechas abarcan 25 años, dos ya publicados (Privado paraíso, 1988; y La ruta de Waterloo, 2008) y un último inédito
(La mujer de Sorrento). Lo primero
que nos llama la atención es el título y el subtítulo, al referirse obviamente
al género de los textos, anunciando que se trata de historias, cuentos, aunque
no sea exactamente así. Sin embargo, encontramos resonancias, sin hacer aquí
innecesarios alardes de erudición, con el concepto de historia verdadera, de Blas de Otero, que además era fingida, en el recuerdo de Poe y sus historias extraordinarias y en su estela
Roald Dahl.
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Tras la lectura del conjunto, el
prólogo resulta más desconcertante que clarificador, pues no parece que la
tradición en la que afirma engarzarse -Poe, Chéjov, Kafka, Onetti y Cortázar,
“todo relato ha de partir de un fogonazo deslumbrante en la mente del autor y
ha de mostrar un rasgo extraordinario de un universo ordinario, amén de muy
disímil”-, guarde relación con la que García Ortega cultiva, al tratarse más
bien –suponemos- de rasgos y autores que aprecia como lector del género. ¿Qué
son, entonces, estas piezas: historias, relatos, cuentos verdaderos o
extraordinarios? Me parece que no todos ellos son cuentos, ya que el primer
libro está compuesto sobre todo por textos híbridos, cercanos al artículo, la semblanza,
el retrato (“los retratos son juicios del alma, tan bien traicionada por el
cuerpo que la aguanta”, p. 37) y la crónica. “Los siglos de la infancia”, por
ejemplo, consiste en una reflexión en torno a los primeros años de existencia,
tras recibir en herencia unos muebles de la casa familiar.
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Del volumen de 1988, en el que todos los textos excepto
los dos últimos tratan de la vida u obra de escritores célebres, con un
Flaubert enfermo de literatura en primer lugar, destacaría “Un día tranquilo”,
aunque me parece que las dos páginas iniciales resultan innecesarias. En el libro
del 2008 sobresale “Vidas, mitad de trayecto”, cuento en la tradición de La ronda, La colmena o La noria, si
bien narrado en segunda persona; o “Habid”, una historia de amor homosexual.
Asimismo se incluye una atractiva narración, “Hoteles Metropol”, que los
numerosos establecimientos con su nombre podrían imprimir, exento, y regalar a
sus clientes. El cuento que da título al conjunto, “La ruta de Waterloo”, puede
leerse como la historia de una obsesión producto del azar que surge tras el
accidente de una anciana y un regalo, y se alimenta de ocho lecturas de La cartuja de Parma, de Stendhal, y
alguna de Los miserables, de Víctor
Hugo. Estos hechos conducen al protagonista, un diplomático español, a recorrer
el campo de batalla siguiendo el mismo trayecto que Fabricio del Dongo, para
acabar identificándose con él, entre sueños y alucinaciones quijotescas, que lo
llevan a convertir un periplo turístico en un viaje a través del tiempo, a
caballo entre la historia y la ficción.
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El libro inédito, en cambio, me
parece menos logrado. En “Cosas que sé…”, por ejemplo, concluye con un truco
tramposo, impropio de un autor tan avezado; mientras que “Hermanas y maridos”
resulta poco sutil y en “Los héroes” no consigue trascender lo anecdótico. Y así
podríamos seguir con el resto de los textos… Sin embargo, sean del género que
sean, se leen con gusto todas aquellas piezas del conjunto en las que el autor
se muestra más letraherido, e incluso
fetichista, al recrear episodios de la vida y la obra de grandes autores
(Cadalso, Larra, Poe, Stendhal, Gide, Cernuda o Pavese), aun cuando a veces el
exceso de detalles ahogue el fluir natural del desarrollo narrativo, según ocurre
también en “La conferencia”, que trata de los indios patagones.
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A la vista de la totalidad acaba
uno teniendo la impresión de que el cuento es un género en el que nuestro autor,
quien afirma concebirlo de forma abierta, no ajustada a lo establecido, parece
desenvolverse con cierta incomodidad. Pero, además, al agavillar textos tan dispares,
resulta un conjunto demasiado heterogéneo e irregular, como si muchos de ellos
fueran meros tanteos, poco cuajados, sin llegar a alcanzar una voz propia, lo
que produce una extraña sensación a quienes tanto hemos disfrutado con novelas
suyas como Café Hugo o Autómata.
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* Una versión reducida de esta reseña ha aparecido publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 28 de junio del 2014, p. 10.
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viernes, 13 de junio de 2014
Un personaje de Sueiro en San Petersburgo
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En la antología de cuentos de Daniel Sueiro, que presentábamos en la anterior entrada, aparece un relato titulado "Felipe, `El Marciano´" que trata sobre la precariedad y degradación de ciertos trabajos, vinculados a una mal entendida modernidad. El protagonista del cuento, orgulloso de su oficio, trabaja disfrazado de robot en la entrada de unos grandes almacenes, intentando atraer clientes, pero empieza a preocuparse cuando se entera de que en otro negocio semejante, también utilizan un disfraz, aunque con más artilugios mecánicos. Esta narración forma parte del libro La rebusca y otras desgracias, publicado en 1958, y no es difícil imaginarse que tras la anécdota, pueda haber una historia, o al menos, una imagen real. Hace una semana, en un céntrico lugar de San Petersburgo, junto a la Avenida Nevsky, me topé con un cercano pariente ruso de Felipe `El Marciano´, aunque no conseguí saber qué demonios anunciaba.
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jueves, 12 de junio de 2014
Los cuentos de Daniel Sueiro
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Una nueva editorial afincada en Madrid, LIBROS DE ÍTACA, cuyo responsable es Javier Serrano, acaba de publicar su segundo libro, titulado La carpa y otros cuentos. Se trata de una antología de la narrativa breve de Daniel Sueiro, compuesta por cuentos y novelas cortas, hasta un total de trece narraciones, entre las que se encuentran algunas tan memorables como "Mientras espero", "Mi asiento en el tranvía", "El hombre que esperaba una llamada", "Solo de moto" o "El día que subió y subió la marea". El volumen se completa con un apéndice que reproduce un artículo de Sueiro: "La carretera, nuevo personaje literario". En el prólogo intento explicar por qué Sueiro es uno de los grandes autores de cuentos españoles de la segunda mitad del siglo XX.
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* Os recomiendo el artículo sobre esta antología, titulado "Kafka en el tranvía", que el escritor Juan Bonilla ha publicado hoy en su blog Biblioteca en llamas, vinculado al diario El Mundo: <http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2014/06/12/kafka-en-el-tranvia.html>.
......http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2014/06/12/kafka-en-el-tranvia.html
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* Os recomiendo el artículo sobre esta antología, titulado "Kafka en el tranvía", que el escritor Juan Bonilla ha publicado hoy en su blog Biblioteca en llamas, vinculado al diario El Mundo: <http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/bibliotecaenllamas/2014/06/12/kafka-en-el-tranvia.html>.
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martes, 22 de abril de 2014
Presentación del nuevo libro de cuentos de Sonia García Soubriet
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Hoy, martes, 22 de abril, a las 19 horas, se presenta en la Librería Antonio Machado-Círculo de Bellas Artes (c/ Marqués de Casa Riera, 2) el nuevo libro de cuentos de SONIA GARCÍA SOUBRIET, titulado La desesperación del león y otras historias de la India, publicado por la Editorial Menoscuarto. Además de la autora, intervendrán en el acto, que no evento, el editor Jesús Egido y FV.
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viernes, 28 de febrero de 2014
El Carnaval de Mavis Gallant
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Estimados amigos:
Al final de la noche regalaremos unCurso de Verano al mejor disfraz.La entrada será libre hasta completar el aforo. Haz clic aquí para reproducir los videos de
las pasadas fiestas de carnaval.
Si
estuviera en Madrid, yo hubiera llevado a ese Carnaval Los cuentos (Lumen), de la canadiense
Mavis Gallant (el apellido es el de su marido, un músico), autora también de
novelas y de una pieza de teatro, pero cuyo reconocimiento literario se lo debe
a sus relatos, más cercanos a la novela corta que al cuento, o a ese territorio
intermedio situado entre ambos géneros. En España la publicó Sirmio, a comienzos de
los noventa, y Alba, aunque la edición más reciente y asequible sea la del
2009, ya citada, traducida por Sergi Lledó, que recoge treinta y cinco piezas. La
autora, aparece en la foto de la cubierta, acaba de morir a los 91 años, sin que la
prensa española le haya prestado apenas atención. De padres norteamericanos, nació en
la Montreal de lengua francesa, aunque adoptó el inglés como lengua literaria y
vivió la mayor parte de su vida en París. Por tanto, tenía una identidad
cultural múltiple y compleja. Ella misma explicó que sus orígenes eran, por
completo, quebequeses, ingleses y protestantes, pero que también tenía una
fuerte influencia francesa y católica. Empezó trabajando como periodista, hasta
que se decantó definitivamente por la escritura de ficción. La prestigiosa
revista The New Yorker ha
publicado más de un centenar de cuentos suyos, aunque su primer libro de
relatos apareció en 1956, The Other Paris.
En el prólogo a Los cuentos,
entre otras muchas cosas interesantes, explica cómo abordar un libro de
cuentos, a la manera de Katherine Ann Porter: "Los relatos no son
capítulos de novelas. No se deberían leer uno tras otro como si fueran
correlativos. Hay que leer uno. Luego cerrar el libro. Leer otra cosa. Volver
más tarde. Los relatos pueden esperar". Dicen que Alice Munro, otra
canadiense, como Margaret Atwood y Nancy Huston, la consideraba su maestra. Buscad
en la red los comentarios que le dedicaron a sus cuentos los escritores Rosa
Montero, en El País, y Robert Saladrigas, en La Vanguardia, y creo que con ello está
dicho todo lo que quería recordar en esta ocasión.
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FIESTA DE CARNAVAL
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¿Qué libro eres?
Estimados amigos:
El próximo 1 de marzo celebraremos la tercera edición de nuestra Fiesta de
Carnaval. A partir de las 21:30 horas te esperamos en la sede de Escuela de
Escritores en Madrid (c/ Francisco de Rojas, 2, 1º, dcha., muy cerca de las
paradas de metro de Bilbao o Alonso Martínez).
Este año os proponemos como temática que respondáis con vuestros disfraces a la
pregunta “¿Qué libro eres?”.
Al final de la noche regalaremos unCurso de Verano al mejor disfraz.La entrada será libre hasta completar el aforo. Haz clic aquí para reproducir los videos de
las pasadas fiestas de carnaval.
Un afectuoso saludo,
El equipo de Escuela de
Escritores
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Si
estuviera en Madrid, yo hubiera llevado a ese Carnaval Los cuentos (Lumen), de la canadiense
Mavis Gallant (el apellido es el de su marido, un músico), autora también de
novelas y de una pieza de teatro, pero cuyo reconocimiento literario se lo debe
a sus relatos, más cercanos a la novela corta que al cuento, o a ese territorio
intermedio situado entre ambos géneros. En España la publicó Sirmio, a comienzos de
los noventa, y Alba, aunque la edición más reciente y asequible sea la del
2009, ya citada, traducida por Sergi Lledó, que recoge treinta y cinco piezas. La
autora, aparece en la foto de la cubierta, acaba de morir a los 91 años, sin que la
prensa española le haya prestado apenas atención. De padres norteamericanos, nació en
la Montreal de lengua francesa, aunque adoptó el inglés como lengua literaria y
vivió la mayor parte de su vida en París. Por tanto, tenía una identidad
cultural múltiple y compleja. Ella misma explicó que sus orígenes eran, por
completo, quebequeses, ingleses y protestantes, pero que también tenía una
fuerte influencia francesa y católica. Empezó trabajando como periodista, hasta
que se decantó definitivamente por la escritura de ficción. La prestigiosa
revista The New Yorker ha
publicado más de un centenar de cuentos suyos, aunque su primer libro de
relatos apareció en 1956, The Other Paris.
En el prólogo a Los cuentos,
entre otras muchas cosas interesantes, explica cómo abordar un libro de
cuentos, a la manera de Katherine Ann Porter: "Los relatos no son
capítulos de novelas. No se deberían leer uno tras otro como si fueran
correlativos. Hay que leer uno. Luego cerrar el libro. Leer otra cosa. Volver
más tarde. Los relatos pueden esperar". Dicen que Alice Munro, otra
canadiense, como Margaret Atwood y Nancy Huston, la consideraba su maestra. Buscad
en la red los comentarios que le dedicaron a sus cuentos los escritores Rosa
Montero, en El País, y Robert Saladrigas, en La Vanguardia, y creo que con ello está
dicho todo lo que quería recordar en esta ocasión.
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domingo, 1 de diciembre de 2013
Sobre dos antologías del cuento español actual
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HERVORES Y VERDURAS
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HERVORES Y VERDURAS
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Cuentos, novelas cortas y fragmentos
de novelas (¿por qué no microrrelatos también si hablamos de narrativa?) se recoge en estas dos nuevas compilaciones de la última hornada de
escritores españoles: Alberto Olmos, ed., Última temporada. Nuevos narradores españoles. 1980-1989, Lengua de trapo, Madrid, 2013; y Juan Gómez Bárcena, ed., Bajo treinta. Antología de nueva narrativa española, Salto de página, Madrid, 2013. Se trata de autores nacidos entre 1980 y 1991, los que cuentan ahora,
por tanto, entre 23 y 33 años. Los antólogos, a su vez escritores, han nacido
en 1975 y 1984, respectivamente. Además de Gómez Bárcena, cuya obra aparece
solo en la primera, pues ha tenido el buen gusto de no incluirse en la suya, siete
nombres se repiten en ambas: los de Aixa de la Cruz, Juan Soto Yvars, Matías
Candeira, Aloma Rodríguez, Cristina Morales y Guillermo Aguirre, aunque con
calidades muy dispares en el caso de los dos primeros. Si en la de Olmos, las
piezas son de encargo y se aplica un criterio paritario, poco sostenible
estéticamente; la otra solo selecciona narraciones publicadas. De haber ampliado
un poco más los márgenes, hasta englobar a los nacidos –por ejemplo- en 1977, el
resultado hubiera sido distinto y creo que mejor, al haber podido aparecer Andrés
Neuman, Miguel Serrano Larraz, Irene Jiménez, Elvira Navarro y Lara Moreno. Los
criterios de inclusión, siendo siempre caprichosos, también deberían intentar
ser lo menos arbitrarios posible para que el conjunto adquiriera una cierta
representatividad literaria y, sobre todo, entidad estética.
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Los prólogos, por su parte, resultan
poco útiles, pues el espacio que dedican a quejarse de la poca atención que se
les presta a los escritores jóvenes podrían haberlo destinado a explicarnos mejor
cómo escriben, qué temas les interesan o cuál es su relación con la tradición
literaria. Resulta difícil compartir tantos agravios cuando la mayoría de ellos
ha visto sus libros publicados y ha recibido no pocas becas y premios. A la luz
de los textos, se entiende aún menos que la queja apunte a grandes editoriales
y premios prestigiosos, pues me temo que ninguno de estos autores está todavía
en condiciones de poder aspirar a ellos. Tampoco parece útil mezclar narraciones
acabadas con fragmentos, porque los segundos apenas si nos sirven para hacernos
una idea cabal del conjunto, y menos en escritores que están iniciando su
trayectoria........
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Igual
de llamativo es que gran parte de estas narraciones, cuentos en general, carezcan
de la concisión y síntesis propias del género, de ahí que quizá por ello algunos
relatos parezcan novelas jibarizadas. Pero más grave se me antoja el escaso
interés que muestran por la lengua, pues la prosa resulta funcional y deslavazada,
sin que falten frases hechas, lugares comunes o expresiones estereotipadas, a
la moda del día. Así, la mayoría de estos jóvenes carece de un estilo propio, a
no ser que hayan optado por un realismo entre administrativo y descuidado,
hasta el punto de que he tenido la impresión de vérmelas con ejercicios
escolares, de talleres de escritura, más que con textos cuajados, dignos de ser
incluidos en una antología.
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Más que echar de menos a alguien, lo
que parece difícil de justificar son algunas presencias, e incluso podría
afirmarse que la mayoría se halla todavía bastante verde y sus narraciones
necesitan algunos hervores más. Aunque para verdes, verdes, los antólogos: el
primero, un fama resabiado y pinturero, obsesionado por los premios y los adelantos;
y el segundo, un cronopio ingenuo que a menudo cae en el empacho: “la excelente
salud de la narrativa española, y en especial de su más joven presente”, “son
ya escritores con imaginarios y estilos propios, con trayectorias sólidas”, o “todos
sin excepción han creado ya una obra sólida que se defiende por sí sola”. Ambos,
además, se muestran demasiado complacientes y entregados a la causa joven. Una
antología, en suma, no debería surgir jamás producto de una ocurrencia, sino como
punto de llegada tras numerosas lecturas meditadas. Y solo debería llevarse a
cabo si existe materia estética suficiente, cosa que -me temo- no sucede en
esta ocasión.
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Hay, sin embargo, algunas piezas que sí
destacan. En Última temporada las
narraciones de Aixa de la Cruz, Jimina Sabadú, Aloma Rodríguez (aunque no sé si
las peripecias personales y familiares –que comparte con su hermano, Daniel
Gascón- van a seguir dando de sí e interesando a los lectores), Víctor Balcells
y, sobre todo, el relato de Cristina Morales, pues aunque resulta prolijo, es el
único que se ocupa de problemas sociales graves que nos conciernen: en
concreto, del maltrato a que la policía somete a los emigrantes, causándoles
todo tipo de humillaciones. Así, la autora, a través del lenguaje coloquial,
del diálogo, esperpentiza situaciones reduciéndolas al absurdo. Por lo que se
refiere a Bajo treinta, sin volver a insistir
en los nombres ya citados, llamaría la atención sobre los textos de Matías
Candeira, Irene Cuevas y Juan Soto Yvars. Lo que estas recopilaciones muestran,
al fin y al cabo, es la confusión de unos escritores que más parecen haberse
educado en la cultura visual y transitado por las redes sociales que frecuentado
la historia literaria; sus desenfoques y escasa exigencia literaria, al decantarse
a menudo por asuntos y puntos de vista poco atractivos. En resumen, quizá con
solo haber antologado estos ocho nombres destacados, y haber escrito un prólogo
menos quejicoso y realista, se nos hubiera proporcionado una idea más ajustada
y optimista de lo que escriben hoy nuestros narradores más jóvenes.
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento cultural Babelia del diario El País, el 30 de noviembre del 2013.
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lunes, 15 de julio de 2013
Los cuentos de José Hierro
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Atención: un cuentista
Atención: un cuentista
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Hasta la aparición de este volumen (Cuentos reunidos, Universidad Popular, San Sebastián de los Reyes, Madrid, 2012. Prólogo de Santos Sanz Villanueva), apenas sabíamos nada de los cuentos de José Hierro, y ello a pesar de que entre 1941 y 1963 hubiera escrito o publicado diecisiete narraciones, y luego una más, siete de las cuales permanecían inéditas. Por tanto, sorprende su ausencia en todas las antologías que se editaron a lo largo de la postguerra, pues ni siquiera aparece en la de Francisco García Pavón.
Hasta la aparición de este volumen (Cuentos reunidos, Universidad Popular, San Sebastián de los Reyes, Madrid, 2012. Prólogo de Santos Sanz Villanueva), apenas sabíamos nada de los cuentos de José Hierro, y ello a pesar de que entre 1941 y 1963 hubiera escrito o publicado diecisiete narraciones, y luego una más, siete de las cuales permanecían inéditas. Por tanto, sorprende su ausencia en todas las antologías que se editaron a lo largo de la postguerra, pues ni siquiera aparece en la de Francisco García Pavón.
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Buena prueba del interés que Hierro mostró siempre por la narrativa es que en una entrevista realizada en 1981, tras diversos alegatos en favor de la novela, afirmara que lo mejor que había escrito fuera el cuento “Quince días de vacaciones”, opinión difícil de compartir. A su manera, Hierro fue un narrador realista (aunque no falten en sus relatos diálogos absurdos, espacios simbólicos, escenas grotescas o alegatos en pro de la fantasía), y aun cuando no guarde semejanza con los narradores de las dos primeras décadas de postguerra, debió de sentirse más cerca de los neorrealistas por su cuidada prosa y su manera a veces oblicua de encarar la realidad. De hecho, sus mejores relatos los escribe en los 50. Unos cuantos parecen esconder un significativo componente autobiográfico, según se observa en “Ciudad lineal”, sobre todo por la presencia y los efectos de la guerra civil, como se aprecia en “Quince días de vacaciones”. E incluso en “Parábola del viejo, el sol y la gaviota” alguno de sus baqueteados personajes que han pasado por la cárcel, sorprendentemente la añoran, quizá porque en la calle estaban peor si cabe. Y aunque sus historias nunca tengan un componente estrictamente político, sí nos muestran situaciones que los censores no hubieran tolerado, tal como sucede en “Intimidad de ayer”. Acaso por ello el autor descartara recogerlos en un volumen.
Buena prueba del interés que Hierro mostró siempre por la narrativa es que en una entrevista realizada en 1981, tras diversos alegatos en favor de la novela, afirmara que lo mejor que había escrito fuera el cuento “Quince días de vacaciones”, opinión difícil de compartir. A su manera, Hierro fue un narrador realista (aunque no falten en sus relatos diálogos absurdos, espacios simbólicos, escenas grotescas o alegatos en pro de la fantasía), y aun cuando no guarde semejanza con los narradores de las dos primeras décadas de postguerra, debió de sentirse más cerca de los neorrealistas por su cuidada prosa y su manera a veces oblicua de encarar la realidad. De hecho, sus mejores relatos los escribe en los 50. Unos cuantos parecen esconder un significativo componente autobiográfico, según se observa en “Ciudad lineal”, sobre todo por la presencia y los efectos de la guerra civil, como se aprecia en “Quince días de vacaciones”. E incluso en “Parábola del viejo, el sol y la gaviota” alguno de sus baqueteados personajes que han pasado por la cárcel, sorprendentemente la añoran, quizá porque en la calle estaban peor si cabe. Y aunque sus historias nunca tengan un componente estrictamente político, sí nos muestran situaciones que los censores no hubieran tolerado, tal como sucede en “Intimidad de ayer”. Acaso por ello el autor descartara recogerlos en un volumen.
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Las narraciones, que a veces
recurren al desenlace sorprendente (“El teniente coronel o quien mal anda mal
acaba”), a menudo se valen del planteamiento clásico y de tipos inamovibles. Al
igual que en su obra lírica, aquí encontramos, junto a componentes
documentales, ciertos ribetes poéticos, aunque en distinta proporción en cada caso
(“El rival” se halla más cerca del testimonio que de la mera ficción),
adoptando a veces las hechuras del refrán, de los “cuentecillos románticos” o de
la parábola. Así ocurre tanto en “Fresas de Aranjuez” como en “El parque”. Este
último cuento, uno de los mejores del conjunto, transcurre en un simbólico
parque cuidado por un jardinero que, en “un instante irreal”, lo encuentra cambiado;
no en vano durante la noche anterior ha habido una guerra. El resultado: han
desaparecido árboles, estatuas y
fuentes; al tiempo que surgían cráteres en la tierra, cuerpos mutilados, armas
ensangrentadas y jirones de banderas... Entre los despojos halla dos cuerpos
aparentemente intactos que entierra juntos, con sus correspondientes banderas.
Pero al llegar el amanecer, acuden al lugar partidarios de ambos bandos,
quienes se dirigen a sus difuntos empleando las mismas palabras. Al fin, unos
niños descubren entre risas que el jardinero había trastocado las banderas. Y
sin embargo, el protagonista se siente satisfecho porque así “estos hombres han
rezado al muerto que no querían. Gracias a él una indescifrable armonía ha sido
creada”. El relato cuestiona de manera simbólica el sentido de la guerra entre españoles,
y puesto que el texto se publica en 1958, podemos pensar que el autor apoyaba la
política de reconciliación nacional que el PCE defendía desde 1956.
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Los cuentos de Hierro muestran los avatares de la vida
cotidiana, a la que el autor concede suma importancia, aunque siempre acabe
surgiendo el conflicto, debido a la desconfianza, la ambición o el dinero, según
puede observarse en “La esfinge”. Así, su literatura transmite la inutilidad de
la rebeldía, ya que los personajes nunca alcanzan sus aspiraciones. Y aunque el
conjunto resulte desigual, también destacaría “El obstinado”, una especie de poética
en defensa de la imaginación, cercano en el tono a los relatos que componen Los niños tontos, de Ana María Matute.
En él se cuenta la historia de una venganza, la que lleva a cabo el ángel que
protege a los niños de los señores obstinados incapaces de entender los juegos infantiles,
el mundo plagado de fantasía de los hijos.
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Confío en que, a partir de ahora, primero los lectores,
pero también los estudiosos de la narrativa breve y los de la obra de Hierro
tengan en cuenta estas notables narraciones que habría que comparar con su poesía,
pues no sería extraño que compartieran formas expresivas, fraseos e inquietudes
vitales. La aparición de este libro debería convertirse en un acontecimiento
literario, al situar a un poeta canónico entre los narradores significativos de
los años cincuenta, allá cuando el cuento español vivía una época de esplendor.
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* Esta reseña apareció publicada en Babelia, suplemento cultural del diario El País, el 13 de julio del 2013.
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* Esta reseña apareció publicada en Babelia, suplemento cultural del diario El País, el 13 de julio del 2013.
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domingo, 9 de junio de 2013
Los cuentos de Guadalupe Nettel
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Animal de fondo
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Peces, cucarachas, gatos,
hongos, serpientes y algunos humanos desorientados protagonizan los cinco relatos
de El matrimonio de los peces rojos (Páginas de Espuma, Madrid, 2013), libro de Guadalupe Nettel que ha obtenido el Premio Ribera de Duero . Podría decirse que trata de los peculiares vínculos que una abogada,
un profesor de biología, una estudiante de doctorado, una violinista y un autor
de teatro establecen con los animales. Sin olvidar las relaciones de pareja ni los
complicados lazos familiares. Así, en la primera frase de “Felina”, pieza más
cercana al memorialismo que a la estricta ficción, se anuncia que “los vínculos
entre los animales y los seres humanos pueden ser tan complejos como aquellos
que nos unen a la gente”. Y quizá por eso el libro se llamara al principio Historias naturales, denominación ya
utilizada por Plinio el Viejo, Jules Renard, Primo Levi o Joan Perucho.
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En el primer cuento, que da título al libro, una
abogada cuenta su separación matrimonial tras el embarazo y nacimiento de su
hija, la pérdida del trabajo y la convivencia con una pareja de peces
combativos, cuya conducta parece asemejarse a la del matrimonio. Como el
proceso de desamor resulta convencional, es la relación entre los peces del
acuario la que aporta al relato cierta singularidad. La narradora observa obsesivamente
a la hembra, con quien se identifica, intentando entender su conducta, tarea en
la que acaba poniendo más empeño que en arreglar su matrimonio. Podría leerse,
pues, como una versión sofisticada, posmoderna, de los ancestrales antojos. Lo
curioso, sin embargo, es que la narradora termine mimetizando la conducta de los
peces.
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Guadalupe Nettel consigue dosificar la tensión, e incluso
genera expectativas que acaban cumpliéndose de manera poco convencional, como
cuando el marido parece querer confesar una infidelidad, pero le cuenta a su
esposa que el pez hembra ha muerto, simbólico anticipo del descalabro de la
pareja. Así, en el desenlace, la pecera exhala un olor putrefacto.
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“Hongos” es el cuento en el que
el rebuscamiento efectista llega más lejos y donde se relata la historia de un
adulterio previsible: él es un violinista y director de orquesta consagrado,
maniático, hipocondríaco e infeliz en su matrimonio; mientras que ella, también
músico y con una carrera ascendente alentada por el amante, se describe como una
mujer fantasiosa, obsesiva y miedosa. El efecto del cuento se concentra en la
infección que ambos comparten, “un escozor en la entrepierna”, que aunque primero
los une, finalmente los separa. La historia desemboca en el disparatado e
hilarante relato de los deseos de sus respectivos hongos y en el cuidado que le
dispensa al suyo la “asustada y adolorida” mujer. Con la protagonista
convertida en parásito del músico, imitando su estilo, cuando sus relaciones ya
han decaído y solo le queda el consuelo de seguir obteniendo de su sexo, con
los dedos, “las notas que Laval ha dejado en él”. Todo, como ven, muy estrambótico
y pasado de rosca.
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En el último cuento, “La
serpiente de Beijín”, lo que pudiera parecer una búsqueda de los orígenes acaba
convirtiéndose en un apasionado enamoramiento, contado con sutileza y acierto.
El narrador testigo, un hombre de casi 40 años, relata los cambios repentinos
que ha sufrido la conducta de su padre, un dramaturgo de origen chino y francés
de adopción, que en su primer viaje al país asiático se enamora de una joven
actriz, a quien promete sacar de allí. Cuando regresa a París, para intentar
olvidarla construye una especie de pagoda en lo alto de su casa, y compra una serpiente
ante el estupor de su mujer e hijo. Pero no será el venenoso anfibio, “símbolo
curativo en la tradición china”, quien los dañe, sino el recuerdo de la joven, que
debilitará al padre hasta convertirlo en “un muerto en vida”. La actriz, por
tanto, es la auténtica serpiente de Beijing. En esencia, se narra cómo un
hombre maduro se reencuentra con emociones que permanecían latentes en él, aunque
no hubieran aflorado hasta entonces.
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La unidad del libro se
sustenta no sólo en la relación especular entre la conducta humana y animal,
sino también en la tensión producida por la irrupción de lo anómalo en la vida
cotidiana y por las consiguientes reacciones de los personajes. Podría reprochársele
a la autora una cierta liviandad en la presentación y análisis de situaciones y
conductas. Con todo, se desenvuelve con indudable soltura en el género, conoce bien
sus singularidades, sabe dosificar el humor y la ironía, a la vez que pasa
discretamente de la tragedia a la comedia, ordena el material de la manera más
conveniente e incluso consigue relacionar elementos disímiles, mientras observa con perspicacia la conducta humana. Aun
así, a menudo se queda sólo en lo singular, sin penetrar más aceradamente en el
porqué de los comportamientos, abusa de lo extravagante y efectista o de las
obsesiones de los personajes. A Vila-Matas le debo el título de la reseña,
aunque él lo tomase prestado de JRJ.
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 8 de junio del 2013.
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 8 de junio del 2013.
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viernes, 31 de mayo de 2013
ENRIQUE JARAMILLO LEVI, y 2
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La cueva
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Un perro blanco con machas negras orinaba
junto a la vitrina. Al otro lado del cristal las mercancías eran formas que se
distorsionaban. Abrí la puerta y cuando quise entrar tuve la impresión de que
me tragaría una gran boca oscura.
......
Me recibió mi gata.
Sus ojos bizcos me miraron mansos a la vez que arqueaba el lomo. Luces
amarillas, azules y blancas danzaron alrededor mío sin razón aparente. Respiré
profundo. De las paredes se desprendía el familiar olor a incienso y fragancias
de pino. Mi padre atendía a un cliente desde su puesto habitual tras el
mostrador. Hablaban de negocios, creo.
......
......
Seguí de largo.
.......
Tras recorrer el
pasillo flanqueado por viejos baúles inservibles, entré en la cueva. Así
llamaba yo a ese sitio extraño y fascinante que me cautivó desde pequeñita.
Papá guardaba toda suerte de cosas raras allí. Cada vez que entraba me parecía
que los cocodrilos disecados me miraban protestando por su destino inmutable.
El caballito gris de la pata rota se movió saludándome desde su rincón de
telarañas. Una brisa leve que se colaba por la claraboya meció el bacalao que
colgaba con un alambre del bajo techo. Arranqué un pedazo de aquella piel seca
y lo masqué para extraerle sal de piratas.
......
Penetré más aún en la
oscuridad de la cueva. A medida que presentía sombras desplazándose hacia el
fondo, se fueron soltando los miedos que traía amarrados. Vagas sensaciones me
recorrían toda. Me detuve al oír un chirrido.
......
Alambres retorcidos
configuraban amenazantes siluetas que surgían de cajas torpemente almacenadas.
De remotos frascos salían rancios olores de perfumes que no demoraron en
marearme. Algo sinuoso rozó mis pies descalzos y se perdió entre las sombras.
......
Di un paso atrás.
Tropecé. Sentí enrollarse una cascabel en
mis tobillos. Grité echando a
correr. Rodé por el suelo. Me levanté
dando tumbos, el corazón en la
boca. Entonces me recibió una caja
metida en otra que a su vez estaba prensa en otra mayor.......
.....
Los
enormes ojos de la
gata refulgieron en la oscuridad. Me miraban fijamente. Extendió las patotas
delanteras hasta apoyarlas en el borde de la caja exterior. Se estiraba. Con
toda la calma del mundo se estiraba. Y al hacerlo bajó la cabeza enorme. Me vi
reflejada en aquellos pozos líquidos que me seguían mirando. Abrió
desmesuradamente la boca. Su olor a bacalao me llenó de asco. Vi acercárseme
los punzones blancos de sus colmillos.
.......
El miedo no me impidió
asirme de un pelo largo de su bigote y empecé a columpiarme con la esperanza de
coger suficiente impulso para poder caer afuera. Cerré los ojos tratando de no
temblar exageradamente ante los ojos bizcos que me seguían perplejos de lado a
lado.
......
Al fin me atreví a
soltarme. Caí sobre unos alambres enroscados que de inmediato me ciñeron. Un
maullido atroz me obligó a voltear la cabeza. La suela gris, enorme, se me
venía encima.
.......
De
pronto se encendió la luz. La cueva se convirtió en un depósito sucio y desordenado como cualquier otro. Mi gata se dio a la fuga.
Me entraron unas ganas muy grandes de
llorar. Y lloré confundida.
.......
Cuando las manos
fuertes de mi padre empezaron a desenroscar los alambres que me aprisionaban, busqué en su rostro una explicación. Tras
alzarme en peso me colocó en el piso. No dijo una palabra. Sólo hallé en su
mirada la inexpresividad de siempre. Las cosas habían vuelto a la normalidad.
.......
Así
lo entendí porque un fragmento de espejo me
devolvió una imagen aceptable de mi tamaño cuando estuve en pie. Sin embargo,
me ardían los huesos.
......
Sonó la campanita de
la puerta. Llegaba algún cliente. Mi padre
se apresuró a salir de la cueva, que ya no lo era
tanto, mascullando regaños contra mi torpeza.
......
Parada frente al largo
espejo rectangular que ocupaba una de las
esquinas al fondo, vi acercarse a la gata a mis espaldas.
Yo era como siempre tres veces más grande que ella y dos veces más chica que el espejo.
Maulló. Me di vuelta para verla
mejor.
.......
Sus ojillos bizcos
brillaban bajo la luz del foco que pendía del
techo entre ambos. Antes de que se marchara irguiendo impertinentemente la
cola, vi bien claro cómo me guiñaba un ojo.
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miércoles, 29 de mayo de 2013
ENRIQUE JARAMILLO LEVI, 1
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En el jardín
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Todo es posible, hasta
lo imposible. La vida lo demuestra una y otra vez, sin tapujos, con
naturalidad. A estas alturas, estoy plenamente convencido de ello. Pero todavía
hoy me cuesta creer que mi atesorado jardín sea escenario de algo tan inaudito.
......
Ahí estaba tan
tranquila, zumbando su vital recorrido, metida en la corola vistosísima de uno
de mis tantos papos rosados, realizando simplemente lo que en el habitual calor
del mediodía hace en un grato sitio como ése una avispa cualquiera; una más de
las muchas que pululan de flor en flor. Y en eso que llega el niño de porra
ese, el mismo que me espía todo el tiempo desde la más alta ventana de su casa
contigua, sobre todo los fines de semana; y entonces, zas, arranca de cuajo el
indefenso papo, se lo mete a la boca y se lo traga con avispa y todo, así, por
pura maldad.
......
Debe de haber sentido un
pinchazo en la lengua, o acaso en la mismísima campanilla traviesa, porque no
pasaron tres segundos para que brotara, descomunal, el grito........
.......
Todavía me muero de la
risa cada vez que re-cuerdo cómo empezó a dar saltos desiguales por todo el
inmenso jardín, yendo y viniendo de un lado para otro, mientras se hacía bien
claro que se estaba meando, y enseguida cagando los pantalones cortos sin
dejar de correr de aquí para allá, de allá para acá como enloquecido, gritando
todo el tiempo.
.....
Lo más extraño sucedió
después. En una de ésas, tras el grito que no cesaba salió de su boca, íntegro,
el papo, completamente reconstruido; y del papo, la avispa. Entonces ésta,
picara, le hizo una venia al niño que la miraba estupefacto, y se fue
pirueteando su desenfado hasta perderse por los vericuetos del jardín.
......
Vi claramente cómo en
el suelo de blanda tierra rojiza el papo echaba raíces, empezaba a crecer, se
volvía gigantesca flor tornasolada que, en un instante, como enorme lengua
fibrosa, sacó de su centro el pistilo de un amarillo intenso, rodeó con él al
aterrado niño y, vengativo, se lo engulló.
......
Convertida ahora en
planta grandísima que sobresale en mi jardín, esa flor conserva no obstante su
autonomía. Desafiando toda lógica, sigue ahí –obligado sitio de peregrinaje– como si nada. Sólo yo sé su verdadera, inexplicable
historia. Sólo yo.
......
Nunca conté a nadie el
trágico destino de mi imprudente vecino. De todos modos no me iban a creer. Para qué más que la verdad, me siento muy cómodo sin su necia cercanía. Lo
han buscado, claro. Incluso una vez me interrogaron. Sus padres, gente sencilla
contra quienes nada tengo, parecen haberse resignado. Es sabido que todos los
años desaparecen niños en todas partes del mundo y a menudo no vuelve a saberse
de ellos.
......
El negocio va bien. Mi
jardín se ha convertido en un espléndido escaparate de interés botánico. Cada
tanto tiempo la historia, con variantes menores, se repite: alguna planta se
agiganta merced a la osadía temeraria de una de sus flores. Sobre todo cuando
algún niño travieso deja atrás la excursión en que venía y se siente tentado a transgredir la tensa paz de mis
dominios.
......
Mi único temor es que tarde o temprano, como es lógico que ocurra,
los científicos reclamen su derecho a buscar
causas y efectos. Mis flores no son, en sí mismas, un problema. Últimamente han sabido ser extremadamente discretas
en su proceder. Nadie más que yo, siempre atento a sus cosas, las ve actuar.
Pero su inusual tamaño y vistosidad, eso sí que llama mucho la atención. Si
algún botánico curioso, de ésos que nunca faltan, llegara a hurgar demasiado;
si cortara un pistilo para llevárselo a examinar y saliera corriendo a tiempo
desafiando así la súbita ira de la humillada planta, quién sabe qué
descubriría... O qué podría pasarle, solo y desprotegido en la intimidad de su
laboratorio...
.....
¡Mientras tanto el
negocio prospera y mis plantas, sobre todo los papos, se multiplican, se
agigantan, están tan felices!........
........
* Enrique Jaramillo Levi (Colón, Panamá, 1944) es narrador, poeta y ensayista. Fundó y dirige la revista cultural Maga y el Diplomado
en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá. En el 2005 ganó el
Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró por su colección de cuentos En un instante y otras eternidades (2006);
y en 2009 los Juegos Florales Hispanoamericanos de Quetzaltenango, Guatemala,
por su libro de cuentos Escrito está (2010).
Entre sus libros más están los siguientes: Por obra y gracia. Hacia una poética del
cuento (ensayos, 2008); Todo el tiempo del
mundo (poesía, 2010); Sincronías
(180 Minicuentos) (2012); la antología Tiempo al
tiempo (Nuevos cuentistas de Panamá: 1990-2012) (2012); y Flashback (cuentos; Letra Negra, Guatemala, 2013). Este cuento es inédito..
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domingo, 5 de mayo de 2013
Sobre `Polvo en los labios´, de Montero Glez
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El sabor del infierno
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El sabor del infierno
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De marginal, rara, política y literariamente
incorrecta se ha tachado la obra de Montero Glez. No se engañen sin embargo: el
autor puede elogiar sin pudor las novelas de Fernando Sánchez Dragó y María Dueñas, pero
es un lector empedernido que conoce tanto los clásicos norteamericanos como los
españoles, con Baroja, el Valle-Inclán expresionista, su principal referencia, e
Ignacio Aldecoa a la cabeza.
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Este nuevo libro (Polvo en los labios, Lengua de trapo, Madrid, 2o12) recoge once cuentos y un microrrelato, de los cuales cinco son inéditos. Dentro del territorio de la narrativa breve tampoco ha evitado la heterodoxia al reconocer que sus piezas no son más que un campo de prueba para las novelas. Y, en efecto, así es, ya que del cuento solo tienen la dimensión y el final sorpresivo, el cual, por repetido, acaba convirtiéndose en un mecanismo previsible. Por lo demás, la retórica y hechuras de estos relatos son más propias del género novela.
Este nuevo libro (Polvo en los labios, Lengua de trapo, Madrid, 2o12) recoge once cuentos y un microrrelato, de los cuales cinco son inéditos. Dentro del territorio de la narrativa breve tampoco ha evitado la heterodoxia al reconocer que sus piezas no son más que un campo de prueba para las novelas. Y, en efecto, así es, ya que del cuento solo tienen la dimensión y el final sorpresivo, el cual, por repetido, acaba convirtiéndose en un mecanismo previsible. Por lo demás, la retórica y hechuras de estos relatos son más propias del género novela.
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Para quien no conozca la obra de Montero Glez, este libro
resulta adecuado si busca adentrarse en su mundo literario, con sus virtudes y algunos
de sus defectos. Entre las primeras resalta la utilización del lenguaje, a
menudo lírico, aunque otras veces sea todo lo bronco que requiere la historia, y
un buen oído para captar las jergas y el habla popular. Destaca, además, tanto
su alejamiento de senderos trillados como la creatividad verbal, que no solo
afecta al léxico sino también a la capacidad para generar metáforas e imágenes
sorprendentes. Y, sin embargo, en alguna ocasión se echa de menos un mayor cuidado
por la estructura, por que los personajes no acaben convertidos en simples
muñecotes que el autor maneja a su antojo. La literatura, en efecto, tiene
mucho de juego, pero nunca debería carecer de pensamiento y emociones, de
profundidad y tensión en suma.
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Lo mejor de sus cuentos es lo que hay en ellos de humor y
lirismo, aunque a menudo el tono sea descarnado y el desenmascaramiento de los
deseos humanos pase por el sexo, el dinero y la muerte. Sin olvidar las
vinculaciones que establece con motivos del cine y la literatura, con el mundo
de la música, sobre todo del jazz y el flamenco.
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Todos los cuentos están narrados en primera persona, a
veces por un individuo que podría confundirse con el autor y que se vale de las
muletillas habituales del relato oral. Los más logrados son “El secreto de la
Garbo”, “Barrio de las Injurias” y sobre todo el que le proporciona título al
conjunto. En cambio, me parecen menos afortunados “La mascota”, “Rubia de
rabia” y “El vestido de la Chata”.
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La acción de estas historias sucede a comienzos del siglo
XX o en el presente, y se sitúan habitualmente en Madrid o en la provincia de
Cádiz, donde ha transcurrido la vida del autor. Los personajes, se trate de
seres imaginarios o históricos a los que a veces animaliza, suelen ser putas,
anarquistas, policías, lesbianas, traficantes, tipos rijosos, chisperos, o bien
seres amorales. Y no solo no los juzga, sino que en alguna ocasión a pesar de
sus acciones poco encomiables, los califica de desamparados inocentes.
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Disfruto con las obras de Montero Glez, pero creo que le
vendría bien una crítica menos complaciente (las más atinadas se las debemos a Ricardo
Senabre) y un editor que le ayudara a administrar mejor su indiscutible talento
narrativo, pulir las burradas
innecesarias con las que tropezamos en sus narraciones, pura sal gorda, lo que
no supone la domesticación de un estilo que solo adquiere sentido si permanece
salvaje, tal cual es.
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* Esta reseña apareció publicada en el suplemento Babelia del diario El País, el 4 de mayo del 2013.
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