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martes, 10 de noviembre de 2009

El Monte de El Pardo, desde el tren

Todos los días laborables me toca acercarme a Madrid a trabajar y lo hago en tren de Cercanías, tanto por economía como por convencimiento de que es lo mejor que podíamos hacer todos. Es una hora de ida y otra de vuelta que aprovecho para leer, escuchar la radio y, algunas veces, echarme una siesta. ¡Qué diferencia con el stress que percibo cuando tengo que acercarme en coche! Pero además, en el recorrido hay un momento especial que es cuando el tren atraviesa el monte de El Pardo entre las estaciones de El Tejar y Pitis.

Por lo que pude verse desde el tren, El Pardo es un espacio de bosque mediterráneo donde dominan las encinas y matorrales de retama y jara, algún que otro pino piñonero destaca en el horizonte y en las zonas del río Manzanares un bosque galería con chopos, fresnos y otros árboles de ribera.

Pasar todos los días a la misma horas me hace ser muy consciente de los cambios estacionales y del fotoperiodo, especialmente al ver como los amaneceres rojos tras las siluetas de los edificios madrileños se van adelantando en el otoño, con gran tristeza por mi parte porque termino pasando por él completamente a oscuras y sin posibilidad de ver nada. Esto me ocurre en plena berrea del ciervo, con lo que tengo la sensación de que me pierdo lo más interesante. Luego viene el retraso oficial de hora y me da un poco de cancha otras dos o tres semanas hasta que se impone el invierno y tengo que esperar a la primavera para volver a disfrutar de sus amaneceres y de la fauna. A veces tengo un poco la sensación de que veo siempre el mismo trozo del mismo documental, pero siempre hay gratas sorpresas.
No hay muchos que puedan presumir de haber visto casi a diario un nido de águila imperial, a la pareja y, a veces, al pollo volantón. Pues yo, y los viajeros avispados, lo hemos disfrutado durante siete años al menos. El nido estaba en este poste que pongo en la fotografía inferior, en uno de los travesaños. Ya lleva tres temporadas sin ocuparse y esta última han terminado por caer los últimos palos que lo componían. Espero que hallan encontrado un sitio mejor, aunque yo no lo pueda ver. Es fácil de identificar el poste en concreto, porque coincide con esa especie de tubería absurda que se mantiene sobre el terreno sin ningún motivo aparente. De todas maneras, las águilas se siguen viendo de vez en cuando posadas en este o en los postes de alrededor. Muy rara vez en las encinas. O tal vez es que allí no las consigo ver al paso veloz del tren. Para los que usen el tren diré que está en el lado derecho según se viene de Madrid en dirección Villalba.

La semana pasada no fue una imperial lo que ví sino un despistado buitre leonado posado en la punta de uno de esos postes. También he visto buitre negro, pues es uno de sus lugares de cría, y en una ocasión lo ví enfrentado a las águilas en pleno vuelo.
Muchas más aves se ven desde mi medio de transporte, aunque no tan notables como las anteriormente citadas y no siempre tan fáciles de identificar.

Esa misma zona del poste, donde hay arbolado más denso, es en la que con más frecuencia se ven los ciervos.

En cambio, el lado contrario, en las cercanías del río hay zonas más abiertas, con fresnos y prados donde son más abundantes los gamos.

Los jabalíes pueden verse casi por cualquier parte, pero son más abundantes en la parte de matorral denso, casi al final del recorrido, cuando se llega a la siguiente estación: El Tejar.

He visto varios jabalíes albinos e incluso una jabalina con sus crías dos de color blanco, tres castañas y otros dos de coloración normal. Hace tiempo que no se ve ninguno, supongo que habrán sido cazados o retirados del coto.

El coto es un cazadero de la Casa Real y parece estar manejado como un gran cercado con ganadería silvestre. Pero mejor que se mantenga así que partícipe del anillo de urbanizaciones que ahoga Madrid. Las poblaciones de ungulados son evidentemente excesivas para el suelo, que se ve completamente reseco y carente del más mínimo brote de hierba desde mediados de verano. Sin embargo, también sobreviven numerosos conejos, aunque sean más fáciles de ver fuera del Coto que dentro de él, tanto junto a la estación de Pitis como en la de El Tejar y hasta al lado de las vías del tren. Supongo que porque fuera no hay ciervos, gamos ni jabalíes que les hagan la competencia.
También se ven zorros de cuando en cuando, especialmente al amanecer. Durante una temporada, hace un par de años, alguien ponía para los pájaros un montón de migas de pan en el andén de la estación de El Tejar y un raposo acudía a dar buena cuenta de ellas mirando de reojo al tren que se paraba a escasos metros de él.

Otra observación interesante que puedo hacer, gracias al termómetro que lleva el tren (cuando funciona), es el fenómeno de inversión térmica en el valle del Manzanares. Desde la altitud de la Sierra a la que tomo el tren hasta las estaciones cercanas a El Pardo veo como el termómetro sube entre tres y cinco grados, pero al bajar al valle en pleno invierno y con tiempo estable, vemos los campos y encinas escarchados y la temperatura descender bruscamente en unos pocos kilómetros y al lado mismo de la capital. Se da la paradoja de que con 4oo metros menos de altitud, la temperatura sea la misma que en la base de la Sierra del Guadarrama.


Nota: Las fotos de gamos y el jabalí están hechas en Doñana y la de los ciervos en el Parque Faunístico de los Pirineos "Lacuniacha" en Piedrafita de Jaca (Huesca).
¡Ojalá tuviese tan buena visión de los animales desde el tren!

viernes, 19 de junio de 2009

Los mosquitos que nunca ven el sol

Las cuevas son una formación geológica que nos sugiere misterio, oscuridad y aislamiento. Pero hay cuevas urbanas, cotidianas, donde se reproducen, si no todos, sí bastantes de las características de las cuevas naturales.
Una de ellas es el aislamiento de la luz solar y otra el clima atenuado respecto al exterior, más atenuado y más independiente cuanto más nos alejemos de la entrada.

El ecosistema de cueva, a falta de luz solar, necesita de aportes externos de energía y nutrientes para poder existir. En una cueva natural esos aportes pueden traerlos los murciélagos, que cazan en el exterior por la noche y defecan y orinan en el interior durante el día. A partir de ese guano vive toda una pléyade de invertebrados. Y también sobre los propios murciélagos entran los parásitos que viven de su sangre.

Las aguas subterráneas también arrastran materia orgánica, aunque sea escasa, y a partir de ella viven animalillos acuáticos.

Meditaba estas cosas hace un par de días esperando al tren en un banco del andén de la estación de cercanías de Nuevos Ministerios (Madrid), mientras intentaba atrapar un mosquito que no hacía más que revolotear sobre mi cabeza y las de mis eventuales compañeros de asiento. ¿Pero qué hora son las tres de la tarde para que un mosquito decente salga a echarse unos tragos de sangre humana?
Por cierto, hoy mismo lo he cazado, es el de la foto de arriba.

Claro, por la noche, que es cuando los mosquitos decentes y criados en el campo salen a comer, este andén está vacío. Además, en el interior de esta estación subterránea no hay noche ni día, solo luz artificial.

¿Que necesita un mosquito para subsistir? No mucho, un poco de agua, no demasiado limpia para criar sus larvas, y unos "voluntarios" que donen su sangre para hacer posible la siguiente generación de mosquitos.

Creo que no es imprescindible decirlo, pero para que no queden dudas, solo las hembras de mosquito pican y es necesario que chupen sangre para poder desarrollar los huevos y criar la siguiente generación. Los machos de la mayoría de las especies no necesitan alimentarse. Las especies comunes de mosquitos picadores son de la familia Culicidae y del género Culex.

Larva y pupa de mosquito Culex rozando la superficie del agua para respirar

Las larvas de mosquito son esa especie de gusanos que nadan encogiéndose y estirándose en charcas, albercas ... y piscinas abandonadas. De cuando en cuando sacan el extremo de su cola a la superficie para tomar aire y respirar. Otros bichos parecidos que veremos a su lado con una especie de gran cabeza, son las pupas, en cuyo interior se están desarrollando las alas.

Los mosquitos culícidos necesita muy poca agua para criar, apenas el platillo de una maceta puede ser suficiente.

¿Donde crían en la estación? Pues en unos charcos que se forman entre las vías del tren. El agua creo que procede de un pequeño bar que hay entre los andenes, que a falta de desagüe mejor, tiene una tubería que vierte al agua a las vías. Muchas veces tiene un olor bastante nauseabundo.
Ese agua sucia es suficiente para que se desarrollen las larvas. A veces hay tan poca cantidad de líquido que se aprecia su movimiento como de madeja temblorosa sobre una simple mancha húmeda.

Yo subo al tren rumbo a mi casa en la Sierra, las hembras de mosquito, que nunca vieron el sol, esperan a que llegue la siguiente tanda de pasajeros y se adormilen en el banco del andén. No importa la época del año, aquí abajo la temperatura nunca baja de los 15ºC, más que suficiente para estar activos, pero en el verano los brazos y piernas desnudas son una buena pista de aterrizaje. La respiración pausada con abundante CO2 que exhalan las víctimas en el sopor de la hora de la siesta, es la señal de que la mesa está puesta. Nueva sangre cálida y nutritiva, quizás con una pizca de colesterol.