En 1988 John Carpenter (genio del cine fantástico y ciencia ficción) dirigió Están vivos, en un momento en el que su popularidad había caído en esa década después de sus grandes trabajos de la segunda mitad de los setenta que continuaron hasta 1982 con La cosa. Pero Christine (1983), Golpe en la pequeña China (1986) o El Príncipe de la oscuridad (1987) no tuvieron ese tirón, y se vio obligado a regresar al cine de bajo presupuesto y para ello en este film ideó la mezcla de ciencia ficción y crítica social.
En esta cinta nos cuenta la historia de John Nada (Roddy Piper) que es un desempleado que vagabundea en busca de un trabajo, hasta que acaba en una barriada de chabolas de las afueras de Los Ángeles, un submundo donde se apiña lo peor de la sociedad. Allí descubre la existencia de un grupo revolucionario que opera desde una iglesia cercana. La policía hace una redada en el templo y Nada registra el lugar y se hace con unas gafas con cristales de polarización especial, que cuando se las pone descubre que el mundo que le rodea pasa al blanco y negro, y que tanto los letreros publicitarios como las señales de tráfico exhiben en realidad mensajes y eslóganes que condicionan subliminalmente a la población para obedecer sumisamente a unos alienígenas invasores (a los que solo se detecta con las gafas en cuestión) y que se han convertido en la élite económica de la sociedad, teniendo a los humanos como esclavos trabajadores y consumistas compulsivos.