Una historia terrible y un claro ejemplo que de todo se puede salir, incluso del peor de los infiernos... Hoy la valiente que comparte sus vivencias es Laura Bravo.
Tengo 40 años pero esta historia empezó a transcurrir cunado tenía 33, conocí a un chico que tenía 18, me enamoré y me fui a vivir con él. Durante la convivencia me vi obligada a tomar dos decisiones: mantenerlo (él a su vez mantenía a la madre y a un hermano con SIDA) y abortar un embarazo deseado porque él cambió de idea sobre la marcha y yo sentía culpa por endosarle un hijo siendo tan chico.
La relación terminó a los dos años y yo no pude completar el duelo. Empecé a tener fobias, convulsiones, trastornos de alimentación y cerca de seis intentos de suicidio. Mi patología se fue agravando hasta que en el 2006 terminé internada en un neuropsiquiátrico estatal porque me denunció la que era mi psiquiatra. Consideró que, viviendo sola y en ese estado de angustia, no podía responder por mi vida.
Un neuropsiquiátrico estatal implica: comer polenta con grumos, que te hagan desnudar junto a una larga fila de mujeres para ducharte con agua fría a las 7 de la mañana, que te hagan abrir la boca para ver si tomaste la medicación y que te revisen una vez por semana la cabeza con un lápiz para ver si tenés piojos.
Me sacaron mis padres cuando cumplí los tres meses que impone el juez. Tres meses infinitos. Al 2007 lo pasé encerrada. Tomaba una medicación que se llama Olanzapina que evita que te mates pero que te transforma en un vegetal. Sólo comés y dormís. Engordé 30kilos.
En el 2008 me plantearon que fuera a Ramsay para que evaluaran mi discapacidad. Dos médicas determinaron que iba estar discapacitada mental por un mínimo de 10 años, renovable. El diagnóstico era Depresión Mayor con Recidivas y Trastorno Límite de Personalidad. Estaba hiper medicada. Consumí un promedio de 8 psicotrópicos por día en dosis aterradoras.
Después de tanto recorrido se me había acabado el dinero para la atención privada y los medicamentos así que terminé apelando al hospital público. Allí me tocó una psiquiatra que me propuso hacer un trabajo más espiritual y creativo. Entendiendo la espiritualidad en un sentido amplio. Comprendiendo a Dios como inspirador y fuente vida pero sin ningún fanatismo. Completé el trabajo con mucha escritura y con talleres que me conectaran con el cuerpo como la Bionergética. Hice otros ejercicios como caminata, algo de reiki, cambié de alimentación y perdí los 30 kilos que había aumentado.
En noviembre de 2009 decidí dejar toda la medicación psiquiátrica. Fue complejo: tuve alucinaciones y dolor físico. Insomnio, mareos, sensación inminente de muerte. Pero me propongo escribir y hacer cine y ambas actividades son incompatibles con un cerebro desmemoriado, sin capacidad de abstracción y minado por las drogas. Las primeras semanas no podía dormir sola. Me llevé un colchón cerca del dormitorio de mis padres porque no soportaba la idea de que me pudiera pasar algo. Estaba muy vulnerable.
Recién este año retomé mis estudios de cine, estoy escribiendo una novela y comento libros y películas en una radio de la Universidad de La Plata. En lo peor de mi experiencia sólo se me ocurría pedirle a Dios que me llevara a su lado para no sufrir más. Ahora recuperé el placer de vivir la vida que vivo.
Estoy apostando a mis proyectos y a mi realización. Se me fueron casi 10 años en padecimientos pero confío en que lo mejor está por venir...
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lunes, 6 de septiembre de 2010
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