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Supercalifragilisticoespialidoso


Un día, mientras Estela jugaba con su muñequita en el parque, una sombra extraña pasó a toda velocidad por encima de su cabeza. La niña se quedó helada, creía que acababa de ver a una bruja volando, pero sabía perfectamente que Ágata no se acercaría al pueblo por nada del mundo y no conocía a ninguna otra bruja que viviera cerca.
Llena de curiosidad, Estela siguió la dirección que había tomado la sombra. Se topó con unas botas negras y un bolso enorme, no sabía a quién podían pertenecer, pero los cogió y siguió su camino. De repente se dio cuenta de hacia donde la llevaban sus pasos, sólo había un sitio al que ir en aquella dirección, el Hospital del pueblo.
Vio que mucha gente se arremolinaba en la puerta de entrada, cuchicheando. Todos parecían haber visto esa sombra y haberla seguido hasta allí. Por lo menos ya sabía dónde estaba el dueño de las cosas que había recogido.
Estela vio a la enfermera morena con el pelo cortito, era la que siempre la ponía las inyecciones, pero la caía muy bien. Ella también la vio y la hizo señales para que la siguiera. 
La guió hasta una habitación de la segunda planta y, antes de abrir la puerta, la preguntó si había pasado ya el sarampión. ¿A qué se debía esa pregunta? La respondió que sí y la enfermera la dijo que entonces podía pasar sin peligro.
Al entrar en la habitación se encontró en la cama a una mujer muy guapa con una expresión amistosa que la sonreía amablemente, solo que tenía la cara y las manos llenas de manchitas rojas, típicas del sarampión.
-Nunca me había pasado esto- Dijo la mujer simpática -He cuidado a miles de niños y jamás ninguno me había pasado el sarampión, pero supongo que para todo hay una primera vez... - La sonrió otra vez y Estela la devolvió la sonrisa, definitivamente le caía bien esa mujer. -Veo que has encontrado mis cosas, es fantástico. Muchas gracias por traérmelas hasta aquí. De repente, a mitad de camino, me sentí enferma y tuve que descender. Gracias a dios había un hospital cerca.-
-¿Dónde se lo dejo?- Preguntó Estela.
-Déjalo ahí, junto al paraguas.- 
Estela no se había fijado hasta entonces en el curioso paraguas. La empuñadura con forma de pájaro parecía estar viva, tenía los ojos cerrados e incluso se podía advertir como roncaba débilmente. 
-Siéntate, por favor.- Estela se sentó junto a la cama sin apartar la vista del paraguas. -Curioso ¿verdad?- Dijo la mujer. -Parece un angelito, pero deberías verlo cuando está hambriento.- Rió ella. 
Estela por fin apartó los ojos del pajarraco para mirarla con cara extraña.
-Oh, discúlpame, dónde están mis modales, se me ha olvidado presentarme. Soy la Srta. Poppins, Mary Poppins. ¿Y tu cielo? ¿Cómo te llamas?-
-Ehh... Estela, me llamo Estela.- Por fin respondió.
-Que nombre tan bonito. Estela, ¿te gustaría que te contara una historia?-
-¡¡Claro!!- Dijo la niña.
Estuvieron hablando durante horas. La chiquilla se lo estaba pasando tan bien que no se dio cuenta de que llamaban a la puerta.
-Disculpa Estela,- Era la enfermera del pelo cortito. -Pero me temo que debes irte ya, el horario de visitas se ha acabado.
-Oh, está bien.- Respondió ésta, taciturna.
-Si quieres puedes venir mañana y te cuento otra historia.- La dijo la Srta. Poppins.
-Me encantaría.- Contestó Estela recuperando la sonrisa.
-Bueno pues entonces hasta mañana.-
-Hasta mañana.-
La enfermera la acompañó hasta la puerta y la despidió con la mano.
El sol se ponía en el horizonte mientras la chiquilla, camino de su casa canturreaba feliz...
-Chim chiminey, chim chiminey Chim chim cheroo! Yo soy un honrado deshollinador...-

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