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sábado, 20 de diciembre de 2014

Apurando: Yolanda, Manuel y J.J.

Los abrigos, esperando, de Yolanda y Elena
Fotomóvil
Yolanda Castaño

   Yolanda dio las gracias por no haberlas dejado solas. Lo hizo al final, tras la lectura del último poema. Antes había dialogado con Elena Medel durante 40 minutos ante siete primeros asistentes en la Librería Alberti (lunes, 15). Después llegaron cuatro más. Elena preguntó por las circunstancias de La segunda lengua, lo último de la gallega en Visor. Dijo esta que se recluyó durante un mes para organizar, redactar, las notas de los últimos 4 años. Y que es el libro en donde el yo poético y agente está más oculto. Y en donde el cuerpo suyo deja de ser protagonista. Se quejó de las críticas recibidas diciendo que repiten clichés anteriores y que ahora ha querido reflejar el conflicto y la enajenación que supone para el hablante las lenguas otras, las dominantes, las aprendidas. Para ella, Yolanda, la poesía es el eje central de su vida desde los 17 años, aunque sabe que ya ha pasado el furor y ve su obra más calmada. Los lectores también. Cosas de la vida, de los 37 añazos, dijo. Que el lenguaje poético llega a donde otros no pueden. Y que es el más egoísta, añadió. La cordobesa sabe entrevistar, sacar menas ocultas, hace decir a la entrevistada aunque no haya demasiado, ni sorpresa, ni discurso nuevo. Para cerrar, Yolanda leyó casi diez poemas, dos de ellos en gallego, la lengua minorizada, y en su defensa. Y en defensa de la lengua como miembro esencial para la fonación, claro. Los once asistentes finales aplaudieron. 


Mª José y Juan Manuel leyendo
Fotomóvil
Manuel Juliá

  Parecía una buena conjunción. Y lo fue. Se alinearon, de vez en cuando sucede, una buena tertulia (la Eduardo Alonso) un buen presentador (Rafael Morales Barba), un buen poeta (Manuel Juliá), dos buenos lectores (Mª José Goyanes y Juan Manuel Sada) y un público expectante. El profesor Morales Barba usó -en su estilo- citas de contemporáneos y etimologías griegas para presentar la poesía del manchego. Porque Manuel Juliá es manchego, de Puertollano, y poeta. Tienen sus versos un aire anglosajón por su manera de añadir trascendecia a la cotidianeidad. Y se halla desde hace un tiempo aplicado en una trilogía sobre las tres heridas hernandianas, que publica Hiperión. Es también un excelente articulista. En su turno explicó su relación histórica, plagada de encuentros y despedidas, con el hecho poético y leyó cuatro textos. El plato fuerte, porque así lo quiso el poeta, fue la lectura por los actores invitados. María José y Juan Manuel interpretaron en espléndido contraste. Voz dramática ella, voz calma y serena él para la réplica. Los poemas de Manuel Juliá, en especial los que forman parte de su última entrega El sueño del amor, supieron de su buen hacer. La palabra así dicha extendió la emoción entre las gentes: público sorprendido y entregado. Cerró Manuel Cortijo tan acertadamente que no quebró el misterio. La charla y los vinos finales fueron más necesarios, más urgentes que nunca. A veces ocurre con los planetas los martes 16 de diciembre.


y J. J. Padrón
Justo Jorge en la lectura
Foto: Valentín Suárez Mojón
    
    De él dice la red que vive rodeado de lauros y traducciones, que tiene más hagiografía que biografía, que es el poeta español que más cerca ha estado del Nobel sin haberlo conseguido, pero aquí estuvo, viernes y 19, en la humildad cotidiana de Libertad 8. Media hora tardó Alfredo Piquer en bien presentarlo. Y resumiendo. Como signo me queda la noticia de su reciente traducción al idioma mongol de Los círculos del infierno, su libro insignia. Justo Jorge Padrón, tal es el nombre, estuvo como único interviniente en la tertulia Odisea Poética. Canario de nación, nórdico de vocación, universal de reconocimientos, tiene más de 30 libros editados y unos 65.000 versos escritos. Su última entrega -actual, asequible- es una antología que editó ha poco Vitruvio. Leyó durante más de una hora ante una sala repleta y con bastante público joven, estudiantil diríamos, que premió con aplausos muchos de sus poemas. Y es que a la bondad de los mismos se une al enfásis con que los dicta y una estudiada provocación final. Dijo ser su tercera lectura pública en Madrid en los últimos 10 años. Piensa, se justificó, que la poesía debe ser leída en soledad. Apareció pleno de forma y con cierto sentido del humor en algunas introducciones de sus poemas. Hubo una primera parte más ligera, construida con sonetos variados y algunos de sus grandes hits: Y si Dios se cansara de nosotros, por ejemplo. En la segunda, tras la música griega de Dimitris Harisis, cuya alianza con el suzuki estremece, quiso mostrar contenido de su inédito Soliloquio del rehén, organizado como un diálogo consigo mismo -con quién mejor- en donde reflexionar sobre la edad, sobre el tiempo, sobre el amor y sobre lo indecible de la poesía. Es poeta de gran facilidad versificadora. Y gustoso de los alejandrinos. A los 21.30 terminó lo que comenzara a las 19:30. 120 minutos. Pocos se movieron, aunque se removieran.

viernes, 19 de febrero de 2010

Jorge de Arco y Yolanda Castaño en Libertad 8

.
Yolanda cerró la casa. Sola en su interior quiso buscar antiguos habitantes, preceder a quien habría de volver entre el temor. Yolanda recorría y anotaba, sabía de otras casas guardadas por la bruma, de barnices ajados y baldosas en duda. Anotaba y hablaba. Un olor a manzanas rompía las fallebas y el verde caminaba tras su boca. Así lo entendí yo. Dijeron que venía del norte a contar su experiencia, sus pasos por la casa de los descreimientos. Su lectura. Y su presidio entre muros llagados. Habló de desmemorias que niegan a la muerte. Habló del libro de Jorge. Abrió la puerta.

Habló Jorge de Arco. El hombre que volvía. El hombre que escribió. Del dolor del regreso en la escritura. Con la voz en penumbra. Lleno el trastero de Libertad 8, y escuchaba. De su felicidad por estar en Rialp, en el enjuto lienzo del papel de Adonais. Bien sabe él lo difícil que resulta conseguir un San Juan de la Cruz. Un decir de melancólico temblor se hizo presente desde el poema inicial. Yo sentí más humano el paso de los versos. Unos versos tallados, poderosos de piedra, ahítos de rigor, de afán arqueológico, necesarios tal vez para no desbordar el desaliento. Firmes sillares con los que levantar la nueva casa alrededor. Sentí su voz como una invitación.

He estado en esa casa que habitaste, Jorge. La casa que tú eras. Y necesito volver otra vez a su lectura. Guarnecida como está por Yolanda y las pomas del armario, por el férvido temor de tu regreso. Las huellas de “La casa que habitaste”, de tu memoria
.

A veces la memoria es una casa
por habitar, un ámbito
oscuro, al que se accede
a través de un postigo que carece de llave,
pero que se resiste
a ser abierto.

Empujas
inútilmente. Un llanto
te llega desde el fondo
de las habitaciones desoladas,
y no hay nadie dentro, nadie vivo.
Nadie vive en sus largos corredores,
en sus salas de muebles polvorientos,
y sin embargo, queda
el eco lastimado
de unas pisadas que no cesan nunca
de resonar en los sombríos huecos
del corazón.
,