Rafael, ese niño a destiempo que te vive debe haber intuido desde sus pocos años qué es la poesía. Y te araña y provoca. Dile que tú desde hace tiempo también sospechas. Dile que sabes que es un acto de lenguaje que necesita encarnarse, que necesita un cuerpo y su verdad para ser voz que diga. Y dile que Lover, lover, lover es un gesto de ternura, que el deseo es un chopo desnudo en busca de cielos, que un verso jamás puede ser simbología oscura sino trazo de silenciosa claridad. Porque así está escrito este poemario de título cohen, este tercero que levantas en Tigres de papel. Conozco tu decir y sus modos desde aquel Todo el mundo debería ser apedreado que me proporcionó Pedro A. Y tú, que nunca fuiste poeta oscuro, de abstracciones, estallas en poemas tan cuidados, tan abiertos, como devastadores en su armonía y su tensión. Por su intención. Hay además un aire nuevo en la arquitectura con que alzas: un gusto por los huecos, rincones en donde la elipsis halla refugios, asimetrías que orean, lugares ya no subordinados. Este lover, este amante, este tú que tanto te acompaña y te invita a introspecciones, este amado al que tanto cuestionas y te cuestiona, esta carne en la pureza del deseo y la entrega, este cuerpo que anhela algo más que lo deleble, vencido de tanto desistimiento, vencedor de la espera, esta mano transparente que te mira y escribe -todos- saben lo que quieren decirse. Sentados que parecen en la enea y al fresco de una noche de verano, hablan. Hablan del que busca el amor y el que teme perderlo incluso antes de encontrarlo, de la fugacidad hermosa del momento, de cómo vivir en lo amargo de las despedidas y su desequilibrio in/soportable, de lo que vuela y agoniza, de tanto aliguí con que la vida juega sin misericordia con nosotros. Hablan de poesía testimonial con displicencia, del poema como alivio, como cuarto del sirocco donde esperar el paso de la tormenta, de desórdenes frágiles y de horizontes que pueden ser habitados. Hablan de la contemplación serena del cuerpo amado, de la plenitud hallada, hollada: “lo abrazo y no pesa”. Y todos eres tú, primera o segunda persona, diciéndote, escuchándote, preguntando de vez en cuando al niño “que quería ser dolor y ser belleza” y hoy vive la dualidad de las esperanzas y las pérdidas, que viene a ser lo mismo, y se precipita en el recuerdo, y en el poema –Coney Islan baby, por ejemplo– tensa su paisaje emocional hasta la concentración de disparo de sus últimos versos. Saben todos que el amor será borrado, sea cual sea su belleza, que su épica es tan solo el instante, pero merece. Alguien pasa y les dice que han escrito un libro tierno, hermoso hasta los límites, denso de frutos, recogido y extenso, de palabras que campan entre el tiempo y la plegaria, palabras buscadoras de labios que saben de los escombros de la felicidad, pero que siguen dispuestas a internarse en los desiertos tártaros donde crece lo amado, ese estado de excepción. La lluvia como alegría. Los valientes sueños.
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lunes, 22 de noviembre de 2021
Carta pública a y dos poemas de: RAFAEL ESCOBAR
Rafael, ese niño a destiempo que te vive debe haber intuido desde sus pocos años qué es la poesía. Y te araña y provoca. Dile que tú desde hace tiempo también sospechas. Dile que sabes que es un acto de lenguaje que necesita encarnarse, que necesita un cuerpo y su verdad para ser voz que diga. Y dile que Lover, lover, lover es un gesto de ternura, que el deseo es un chopo desnudo en busca de cielos, que un verso jamás puede ser simbología oscura sino trazo de silenciosa claridad. Porque así está escrito este poemario de título cohen, este tercero que levantas en Tigres de papel. Conozco tu decir y sus modos desde aquel Todo el mundo debería ser apedreado que me proporcionó Pedro A. Y tú, que nunca fuiste poeta oscuro, de abstracciones, estallas en poemas tan cuidados, tan abiertos, como devastadores en su armonía y su tensión. Por su intención. Hay además un aire nuevo en la arquitectura con que alzas: un gusto por los huecos, rincones en donde la elipsis halla refugios, asimetrías que orean, lugares ya no subordinados. Este lover, este amante, este tú que tanto te acompaña y te invita a introspecciones, este amado al que tanto cuestionas y te cuestiona, esta carne en la pureza del deseo y la entrega, este cuerpo que anhela algo más que lo deleble, vencido de tanto desistimiento, vencedor de la espera, esta mano transparente que te mira y escribe -todos- saben lo que quieren decirse. Sentados que parecen en la enea y al fresco de una noche de verano, hablan. Hablan del que busca el amor y el que teme perderlo incluso antes de encontrarlo, de la fugacidad hermosa del momento, de cómo vivir en lo amargo de las despedidas y su desequilibrio in/soportable, de lo que vuela y agoniza, de tanto aliguí con que la vida juega sin misericordia con nosotros. Hablan de poesía testimonial con displicencia, del poema como alivio, como cuarto del sirocco donde esperar el paso de la tormenta, de desórdenes frágiles y de horizontes que pueden ser habitados. Hablan de la contemplación serena del cuerpo amado, de la plenitud hallada, hollada: “lo abrazo y no pesa”. Y todos eres tú, primera o segunda persona, diciéndote, escuchándote, preguntando de vez en cuando al niño “que quería ser dolor y ser belleza” y hoy vive la dualidad de las esperanzas y las pérdidas, que viene a ser lo mismo, y se precipita en el recuerdo, y en el poema –Coney Islan baby, por ejemplo– tensa su paisaje emocional hasta la concentración de disparo de sus últimos versos. Saben todos que el amor será borrado, sea cual sea su belleza, que su épica es tan solo el instante, pero merece. Alguien pasa y les dice que han escrito un libro tierno, hermoso hasta los límites, denso de frutos, recogido y extenso, de palabras que campan entre el tiempo y la plegaria, palabras buscadoras de labios que saben de los escombros de la felicidad, pero que siguen dispuestas a internarse en los desiertos tártaros donde crece lo amado, ese estado de excepción. La lluvia como alegría. Los valientes sueños.
Señor
lunes, 25 de septiembre de 2017
Se abre temporada. Tres preguntas
Salir en búsqueda de la poesía oral ha sido algo habitual en esta casa. Razón de existencia. Cuestión que ha conducido hasta las brasas a más de un redactor. Nunca confiesan motivos. Si por aburrimiento, si por agotamiento. Pero casi todos terminan cerrando el ordenador con furia, recogiendo soldada y efectos personales y dando un portazo por sello de despedida. Mas, así están las cosas, siempre acude, y firma jornada reducida, algún novato sin brújula. Con voluntad, pero sin convencimiento. Pocas semanas después, se sorprende de hablar solo, continúa por pedir consejo a la becaria (que le convence, aunque poco) y termina yoga sentado en una esquina de la redacción: postura del escriba primero y del sauce después. Cuando le acude el silencio metafísico todos sabemos y respetamos. El jefe ha decidido no suspender la sección, pero si reducir su periodicidad y amplitud. No es por misericordia, sino por exigencia del departamento de riesgos laborales. Hay acuerdo pactado en ello. Y lo dice la ley.¿La ley?
Confesó la volubilidad de sus criterios, su indecisión para lo propio. Que los poemas que
conforman La espiga y el viento, su antología de autor, son los que son,
pero bien podrían ser otros. Que los eligió entre la maleza de una selva de dudas.
Y lo volvió a hacer. Queremos decir que Juana
Vázquez Marín la volvió a presentar, esta vez en la librería Alberti, lunes
y 18. Con ella debutamos. Hubo primero palabras sencillas, sabias, solícitas y
contundentes de Rafael Soler, que
dejaron con delicadeza a Juana dispuesta y sola ante su libro reciente. Ya hizo
lectura de estos poemas en la tertulia Montesinos, primera presentación, pero
ahora estuvo más en sosiego. A Javier
Lostalé, allí presente, le gusta de ellos ese aparente prosaísmo, cuya
sombra logra ser modulada o alejada por un giro de muñeca lírico. Sobre todo,
asegura Lostalé, en los poemas de amor. Juana, condenada a ser poeta, lo es de una
poesía con tono confesional, escribe como vive y vive cuanto escribe. El viento
y la espiga, la vida y el cuerpo, ese baile de deseos que tan bien interpreta.
El libro ha sido editado por Ars Poética, un vendaval de novedades que dirige Ilia Galán, quien con cierto retraso
hizo presencia. Buen ambiente, buenos amigos, buenos lectores de la poeta, que,
en el barrido cronológico que fue su lectura, la oyeron detenerse en Tiempo
de caramelos, libro de su angustia, libro donde relata una infancia
desolada por circunstancias socio-políticas, libro que sigue preocupándole,
según nos dijo. Sonaron entonces palabras de consuelo, palabras que le hablaron
de sanación, de valentía. Ese libro parece ser su espina. ¿Quién no tiene?
Tienen los libros de
Tigres de Papel sus portadas color membrillo, esa fruta melancólica y ácida a
un tiempo. Otoñal de temporada. Abren el curso los Tigres con poeta de enorme
personalidad, de intenso mundo propio, mundo de cuidada introspección y culto desasosiego.
Abren temporada con el conquense Rafael
Escobar. Profundo y tímido, el poeta suele llegar azorado a estos eventos.
El viernes 22 volvió a suceder. Vino con él, para compartir presentación, Miguel Ángel Rubio, extraordinario conocedor
de la obra de Rafael. Es persona de esplendente capacidad verbal, gran
dominador del vocabulario crítico, decidido analista y experto en ilustrar con
imágenes su discurso. Lo demostró. Ayudó en la lectura de poemas. Rafa Escobar es
poeta como pocos, capaz de filtrar las emociones que atraviesan la piel:
aquellas que desde los adentros buscan ser voceadas, y aquellas que desde lo
ajeno acuden a ovarnos el vientre. Circuitos osmóticos les llamó Miguel Ángel.
Sujetos por un decir subordinado, los poemas, las respiraciones de Rafael, vuelan sin descanso desde la exhalación de la conciencia a la búsqueda del lector. Pero hay en los actuales menos justificaciones que en los anteriores. El poeta sabe que los ojos que miran ya conocen la clave, las obsesiones con que dicta su intimidad. O sus tentaciones morales. Y confía en una lectura cómplice de sus confesiones. Hay por ello más serenidad en el trazo. Y menor urgencia. La decisión de ser sólo, ante un mundo en donde su persona actúa como interrogador y como interrogado, se hizo evidente en el poema que habla de la muerte de los padres, escudos necesarios, y en la ironía del que recuerda la especificidad de los “solteros”. Dijo, y es cierto, que Sino a quien conmigo va, tal el título porque tal es su intención cuando escribe, contiene la novedad de textos de tono celebrativo. Leyó alguno. Señaló también sus deudas con lecturas de poetas que por circunstancias han resultado provocaciones escribidoras. Asuntos todos perceptibles en un acto que había sido preparado en exceso, lo que restó cierta espontaneidad a su desarrollo. Todo venía escrito y era demasía. Hubo que apresurarse. ¿Qué mejoran las prisas?
Sujetos por un decir subordinado, los poemas, las respiraciones de Rafael, vuelan sin descanso desde la exhalación de la conciencia a la búsqueda del lector. Pero hay en los actuales menos justificaciones que en los anteriores. El poeta sabe que los ojos que miran ya conocen la clave, las obsesiones con que dicta su intimidad. O sus tentaciones morales. Y confía en una lectura cómplice de sus confesiones. Hay por ello más serenidad en el trazo. Y menor urgencia. La decisión de ser sólo, ante un mundo en donde su persona actúa como interrogador y como interrogado, se hizo evidente en el poema que habla de la muerte de los padres, escudos necesarios, y en la ironía del que recuerda la especificidad de los “solteros”. Dijo, y es cierto, que Sino a quien conmigo va, tal el título porque tal es su intención cuando escribe, contiene la novedad de textos de tono celebrativo. Leyó alguno. Señaló también sus deudas con lecturas de poetas que por circunstancias han resultado provocaciones escribidoras. Asuntos todos perceptibles en un acto que había sido preparado en exceso, lo que restó cierta espontaneidad a su desarrollo. Todo venía escrito y era demasía. Hubo que apresurarse. ¿Qué mejoran las prisas?
EL DÍA
DE FIESTA
(Con Giacomo Leopardi)
Demandan
tu alegría,
llevan a
tu puerta los ramos del sol nuevo en
[mayo,
los cantos
sencillos de los templos,
y tú te
los echas ávido a los ojos,
convencido
del triunfo alto de su ser,
feliz en
el esfuerzo limpio de tu desmemoria;
por un día
aceptarás la vida que aún ofrenda su vuelo,
te darás
al vigor de su pujanza
como si no
supieras que la muerte mordió los frutos
y el amor
se voló a su hueco de sombra;
por un día
te sabrás promesa de hoy,
venderás
tu inocencia por los trigales como una joven
que
codicia el peso violento de un cuerpo
donde
aprende el duelo de morir por su contrario;
hoy serás
también mano entregada,
aunarás la
voz en un salmo de comunión de todos
y en ti se encarnará entre prodigios la
sabiduría
que revela
la felicidad como la fuga de un don,
un sueño
breve de raíz de agua,
una
semilla sin pan ni aliento en su mañana
cuyo
nombre es la belleza que no se puede poseer.
miércoles, 28 de enero de 2015
Un poema de Rafael Escobar. Nocturno en Córdoba
| Rafael Escobar (Foto: Paco Moral) |
Hurgar. Ver en qué estado permanece la herida. Qué oculta la costra de la realidad. Saber o sospechar. Señalar con tiza neorromántica los límites de la intimidad. O traspasarlos. Hurgar tras las cortezas, tras la vid de la infancia. Escribir para entender. Para entenderse. Leer como pasión. Mirar la vida leopardianamente: desde fuera de ella sabiéndose protagonista. Escribirla, denunciarla, diciendo: raíces, grito, dignidad, emoción, dolor, edén y ruina. O fardo y cicatriz. La poesía de Rafael Escobar Sánchez, sus cuatro poemarios, se encuentra repartida en tres libros. El último de ellos Cerca de la herida, publicado en Tigres de Papel, nos revela a un poeta menos frágil ante lo confesional, pero igual de riguroso antes las llamadas de lo íntimo. Rafael Escobar, dueño de una conciencia inquisitiva e indócil, traspasa a la poesía su búsqueda de respuestas, de tibios rastros. Y ese hurgar en las praderas del desamor y/o el desasosiego. Y siempre lo existente como provocación. Y siempre el deseo como voluntad, como sendero para hacer habitable el misterio.
Nocturno en Córdoba
A Manolo Marcos
Ojalá la noche tuviera un significado para mí,
no fuera este dogma de exilio entre ciegos,
esta tramoya hueca para un ángel vacío,
este acecho de un precipitarse de sombras
sobre algún páramo de la ruina del cielo.
Ojalá me acogiera siquiera un rastro de dolor,
el rumor de voces exhaustas de desesperación
que abruma el lecho de las viudas,
ojalá me aguardara el tacto de su deseo,
el vino de raíces de frutos y adormideras
que aviva el aliento pagano de un cuerpo,
un verso de savia bendita de locura,
una contaminación de tramas de delirio
que arrumbara los muros de mi cuarto,
ojalá la noche me susurrara en vela mi nombre,
no fuera este nudo de cierzo en la sangre,
este tiempo de siembra en agonía para saberme
vida truncada y parte legítima de la orfandad.
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