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sábado, 17 de diciembre de 2011

De clan

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Nicolás del Hierro
¿De cla?, me preguntaron
No, dije con cierta indignación.
De clan entonces, sentenciaron.
No había escapatoria, había sido descubierto. De clan, de tribu. Bien se veía que no era el deber del trabajo lo que me había llevado el lunes 12 a Leganitos 10. Al borde mismo del Hostal La Perla. Al corazón mismo del siglo XIX. Por si quedaban dudas, las conocidas caras de los tres mosqueteros de La Mancha que me protegían hablaban con descaro. Leía Nicolás del Hierro, mi paisano, en su lugar y día asignado del ciclo Narradores, ciclo que, con cierta penuria de asistentes, se desgasta en la AEAE. Leyó Nicolás dos cuentos que hablaban de amor y soledades, de voluntad y negritudes. Luego, en el tiempo del rueda, del vino fresco, lejos, lejos ya, de la vetusta sala, alcanzó la conversación la agilidad intensa que precisa.

Julio Mas era el martes 13, a media tarde y en una Sala del CBA, un sujeto poético vacilante y delgado. Apenas una pavesa de niebla londinense y vacilante. Le costaba responder a las inquisiciones que Alejandro Céspedes, resueltamente seguro, le dirigía. Libre al fin de sus dudas y pecados, aceptó su papel de lector, de agente protagonista en la presentación de “El niño que bebió agua de brújula” que le ha editado Calambur. Leyó Julio con anglosajona languidez unos poemas nacidos de la provocación onírica y de la solidaridad con la buena poesía. Hay algo nuevo y bueno en esos versos a pesar de la exageración crítica del “El Cultural”. Por lo oído, es posible caminar a su lectura. Otro clan, el de Vitruvio, no todo, estuvo por allí: Capi, Raúl Nieto de la Torre, Paco Moral/Ana Ares, José Luis Nieto, el propio Pablo Méndez. Juan Carlos Mestre hizo de chamán estupendamente. Julio es un niño con el dedo meñique de marfil.

Natividad Cepeda
Y vuelta a las inmediaciones del Hostal La Perla, a Leganitos 10. Ya solo, sagazmente solo, por evitar preguntas. Allí estaban Ángela Reyes y Juan Ruiz de Torres, el clan-pareja de Prometeo. Leía para cerrar el citado ciclo, miércoles 13, mi Natividad Cepeda, tomellosera, compromiso sin traición. Ella es, en esencia, poeta, pero allí y en su prosa leyó la verdad gozosa de la infancia, de un Regalo de Reyes, como leyó después la verdad campesina, el corazón agrario de su tierra, una tierra que no ha dejado de parir reciedumbre, trabajo y creación.
La penosísima presentación de Pilar Aroca estuvo a punto de arruinar el acto. Lo salvó Natividad.

Antonio Daganzo
Respiró Pepa Nieto al ver la sala casi llena. Antonio Daganzo lo había conseguido. ¿para cuándo que las tertulias tengan su propio público y no sea el poeta-lector el encargado del acarreo? El de Arganda es un valor seguro. Leyó el jueves 15. Su público, vario de edades, sabe de su calidad humana, de su calidad poética. En esta ocasión, lo emocional recorrió los muros de la Biblioteca de Retiro. Así lo quiso él. Desde los poemas del doliente, ese niño que mira la primavera tras los cristales, pasando por el vals en lino de los enamorados, quiso Antonio terminar, muy alto, en los verdes de sus ancestros gallegos. Mas la emoción, sufrió después la pena de coloquio. Él lo quiso.
Hubo vino después, tiempo que Maxi Rey y Pepe Cereijo quisieron prolongar y consiguieron. Cosas.


sábado, 11 de junio de 2011

¿Dónde la chicha?

Julio Santiago

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Una conversación con Julio Santiago, enemigo del aburrimiento poético, y una pasada por el blog de Julio Mas, me han devuelto a la anciana polémica de los Claros y los Herméticos. De la emoción frente al frío. De las entrañas contra las dudas en la expresión poética. Del discurso de la calle ante el discurso de la mente. J. Santiago me hablaba de la confesionalidad limpia como arma, como necesaria provocación. J. Mas defiende la no superioridad moral de ninguna poética -comunicación o pensamiento- sobre otra . Hace un tiempo, Neorrabioso organizó un partido de fútbol entre representantes de ambas tendencias, creyendo que la cuestión tendría así arreglo.

Julio Mas
Parece que ahora los Claros acusan de nuevo y con rabia a los Otros en un prólogo-manifiesto (Poesía ante la incertidumbre. Visor 2011). Dicen que los otros, los Oscuros, monopolizan el poder de la crítica actual, y que ellos ahora, los herederos de Ángel González y “El Granadino”, ocupan una posición marginal, conmiserativa, a pesar de ser los únicos que venden -por entendidos-, los únicos que buscan apresar, organizar, difundir auténticas emociones a la gente corriente, lejos de trabalenguas cerrados y esqueléticos, decadentes y corruptos. La chicha del sentido y la claridad ante todo, enarbolan. Y avisan: los Herméticos, esos que mandan, tienen la culpa del poco espacio que tiene la poesía en los estantes de los libreros. Nos llevan a la ruina. Y más cosas. Mi amigo José Luis Morales también me lo dice. Yo no sé donde estoy.

Advierte Julio Mas que la polémica es tan vieja como son viejas las puñaladas poéticas. Que viene de los órficos y luego Cicerón, que se sepa. Por si sirve, que sé que no, en el libro Paisaje (en tercera persona) se esconde, en nocturnidad, este poema que doy aquí a la luz. (Quiero decir a la nada.)


LA PRADERA DE ARGOS



El hombre escribe:
lo oscuro es el poema.
Comprende que
si llegase
al refugio sería
la luz como el error,
como una daga

a sus ojos

que se alzaría
la luz sobre su cuerpo,
devorándolo, muertas
de cuajo las vocales, sin batalla

que bajo las alzadas 
horcas los verbos que le ocultan,
sin soldados las últimas
razones de la noche,
derrotada

la trompeta y la aurora
derribarían densos
nombres y muros,

y quedaría sola
y alrededor la luz, blanco
silencio solo

nada.

sábado, 11 de diciembre de 2010

"El Juramento de la pista de frontón". Presentación del Ashbery de Julio Mas

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La poesía española vive en el atraso de creer que el poeta debe creer a las palabras, en las palabras. Ahora veo más claro: son las palabras las que deben creer a los poetas, fiarse de los poetas, que no lo hacen. De ahí la tiritera. Ashbery dijo -o no dijo- que la palabra es su pincel abstracto. No se fían, no le fían, está claro. Por eso Ashbery escribe de cuanto falta, habla con ausencia de dibujo ¿Pollock?, sonoriza lo que de ritmo tiene la violenta luz ¿Rothko? Lo pensaba la tarde del jueves 9 oyendo a cuatro voluntarios -JCMestre, ACéspedes, VanesaPS y GGrande- beberse en público el credo oral que les habían fríamente ofrecido. Bien cierto que cada uno con distinta fe, como veremos.

Todo porque Emilio Torné, el editor de los últimos premios nacionales, dijo sí a cierta propuesta. Él es un hombre con sentido del humor. Quedó claro. Otro sentido, el púnico del negocio, le dicta que lo único rentable es la poesía traducida (la otra, la de andar por casa, precisa de ministerios, diputaciones, ayuntamientos, obras completas, poetas septuagenarios y precios prohibitivos). Ashbery vende: acepto tu propuesta, Julio Mas. Julio es todo voluntad alargada, inteligencia capaz, amor anglosajón. Pepsi, Coca, Sexton, Ashbery. Tal el trayecto del ómnibus donde viaja. Y de donde parece decidido a no apearse. ¿Qué paisaje deparará la ventanilla a su próxima mirada?

En la sala del CírculoBA, 46 personas y dos máscaras (Alejandro tras una) escuchaban a las tres que llenaban la mesa. “The tennis court oath”, 1962 -las palabras tienen que creer, tienen que creernos- ha sido vertido al español. Ya habla. El milagro de Julio Mas. Calambur arriesga. Entre los 48, uno por cada año que tiene el original, multitud de vitruvios huérfanos de jefe. Ya estuvieron hace dos años en el Ateneo besando una sombra, bebiendo la perfo del monólogo de Sexton. Dos años de “Vive o muere” y lo físico de aquel milagro no vive ya en sitio alguno. Ahora se trataba de escuchar a los invitados. Subieron a leer, a beber las versiones, primero JCMestre, un sorbo de luz grave e inicial, cristalera extravagante de la estación de Atocha, el famoso poema esquina, dijeron, donde cambia su sentido la poesía universal del siglo XX, VanesaPS fue vértigo no vencido, GGrande, voz en sombra ovalada, y ACéspedes, drama pautado: “Nuestra juventud de ladrillos ¿quién la construyó?”

El ladrillo se ha ido de páginas, tanto como de título: “El juramento de la pista de frontón”. De la sala de pelota enseñaban en el insti, cuando lo de Mirabeau y su estado llano. John, niño de Auden, estaba entonces, 1962, en París, junto a Celan consagrado. Torné dijo que el libro exigía la sorpresa de su extensión. Hay un prólogo (que aún no he leído) extenso y documentado de Julio, su entrevista al genio, después el texto, luego notas, notas, notas… que no explican – faltaría mayor atentado – lo inexplicable, sino que contextúan, sitúan – dijo – los poemas. Y un añadido alimentario, una refacción: Jordi Doce, que pasaba por allí, o fue llamado, y es alguien en esto de lo anglo, cubre el epílogo. Cuestión de contrapeso. Que aprenda Cátedra.

Muy serio, Julio informó de sus contactos con los 83 años de Ashbery, agradeció la previa de El Cultural, y enmarcó con referentes el antes y el después. Hubo voz grabada del americano, no imágenes en directo como estaba previsto: se encuentra hospitalizado (nada que ver con que el libro se vendiera a 22 euros). Una magnífica edición para la tercera traducción por Julio Mas de poetas americanos. Todo perfecto.

“Mi obra se sostiene sobre una improvisación interminable”, dicen que dijo Ashbery. Lo dicho. No hay solución. No somos -por fin entiendo su vivencia- creíbles a las palabras. Vivir en filo, en su filo, es escribir.



Rosas blancas


La peor parte de todo,
la luz blanca del sol sobre el suelo pulido,
se pone en marcha
y entonces la ventana se cerró
y la noche termina y comienza de nuevo.
Su rostro se torna verde, sus ojos son verdes.

En el rincón oscuro suena «The Stars and Stripes Forever».
Trato de describir para ti,
pero no quieres escuchar, eres como el cisne.
No hay estrellas allí,
no hay barras,
sino el bastón de un ciego hurgando, por muy torpemente
que lo haga, en los rincones más íntimos de la casa.
¡Nada puede ser dañado! ¡Noche y día están comenzando
de nuevo!
Así que aparta el libro,
las flores que guardabas para dar a alguien:
sólo la espuma blanca y colosal de la calle tiene alguna importancia,
las nuevas flores blancas que comienzan a brotar ahora.
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viernes, 18 de diciembre de 2009

Alejandro Céspedes presenta FLORES EN LA CUNETA


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Estuve. Diciembre y 16. La gente acude, llega, calla, mira. Igual que el día del accidente. Con la misma atención. Los redondos saludos. Saben que han sido convocados, pero no cómo les han de sorprender. El recolector, Alejandro, de asfaltos desgarrados por el tedio, de insatisfechas carnes fragmentadas, el azor, el poeta asturiano del millón de kilómetros, ha decidido traer, una a una, cada una de sus miradas, ha querido depositarlas sobre el zinc, sobre el mármol, sobre el hielo de quienes las han de diseccionar. Ha traído voces que llevan en sus dientes los poemas, los cuerpos entintados de sus provocaciones. La gente llega y nadie sabe. Llenan la sala. Nada.

La luz que disminuye. El olor a fiscal cuando interroga. Las primeras imágenes. El barco de las rosas. Los hilos. Los filos. Los bordes que confluyen, que confunden. El dolor del momento. Y el primer herido. Y el primer poema. Dos voces de dos padres que no entienden que no entienda el hijo las heridas de su instante. Alejandro y Fernanda interpretan el primer poema. Alejandro susurra sus sílabas concéntricas. Es su último libro, Flores en la cuneta. Y con su voz, tan creíble, las voces como brasas de Ana Lía, de Graciela, de Adolfo Simón, de Sergio. Confabuladas, dispuestas a poner sobre la mesa versos, anuncios de veloces voraces automóviles, imágenes, petas, fragmentos de memoria, derrapes sin balanza, autoemociones, anuncios sin zapatos, cuerpos sin luz en las cunetas.

Oscar es un ente virtual, Martín Centeno un ente que proyecta contradicciones, ansias de ser, volantes que nos vuelan, desconocidas falanges de semáforos, anuncios para ciegos, el dolor sin noticias. Las gentes callan. Sobre la mesa de autopsias van pasando los cuerpos, los días alquitranes, asesinos, de las carreteras. Alejandro pregunta ¿te gusta conducir? mientras las rosas, una a una, se van acumulando en las manos del último, de quien espera. Dos focos son dos ojos que te clhlaman. La gente acude, llega a presenciar la muerte, las heridas, que (como objetos poéticos) trajo Alejandro. Las mismas que nos deja, los mismos que nos deja.

Hay un poema final donde la luz pregunta su misión en la cueva, su por qué de ignorar los horizontes. Sergio ya tiene en sus manos las rosas, todas las que están dispuestas. Se levanta, amanecen ¿por qué no están? en una todas las preguntas, hay un ritmo obsesivo, de rap gallego, litoral y daño. Hay linternas que alumbran a las gentes, muy calladas. El lívido estupor de la belleza.

Vino
conmigo el libro.

Luego vi que el estilete de Julio Mas realiza también su autopsia. Sobre el murmullo de Adorno, Thomas Hardy, Camus, Wallace Stevens, Deleuze, Kandisnky, Derrida, Prieto de Paula, LA de Cuenca, Jaime Gil, Juan de la Cruz, Ricardo Reís, Mallarmé, Sartre Platón, Nietzsche, Paul Celan, Carlos Bousoño, Bonnefoy, Eliot, Yeats, André Breton, Bishop, Gorge Oppen, Ted Berigan, Andy Warhol, Ahmed Abdel Hijazi, Wole Soyinka, Ernestina de Champourcin, Alberti, Brines, Kierkegaard, James Ballard, David Cronenberg, Ramson, The Killers, JRJ, Claudio Rodríguez, Miguel Hernández, JA González Iglesias, Gamoneda, Benítez Reyes, Alberti, Terence Malick, que observan la disección a cierta distancia, se alza su voz epilogal, de cuña, para la descripción forense, para el análisis de los papeles hiperiones de un Alejandro en plena metamorfosis existencial y de redescripción, también readscripción, de su voluntad poética.

Julio Mas, lujo anglosajón de la noche madrileña, imprescindible ya en el spleen poético de la ciudad, mira perpendicularmente los restos esparcidos sobre el zinc y anota, gubia en mano, en su informe lo encontrado: residuos en vena de metáforas, la musicalidad abstracta, los prestamos buscados, secuelas de contactos con topos callejeros, el no abandono de los anteriores escenarios de yo, del no-yo, la ideografía caligramática como valor que añade, la repetición como flujo, mantra y reflujo, la multiplicidad sin adjetivos de sujetos, objetos, aristas y voces, la objetividad de lo amoral, la existencia de comunes nominadores reverberantes, repetidos. Todo lo encontrado. 16 páginas que absorben. Que cierran. Que dictan al lector cómo ha visto su escalpelo las flores cadavéricas que nos mostró Alejandro.

Estuve. Leo, leo.


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Cuando sueñas ¿qué coche conduces?

Lo primero, las piernas.

Los brazos sobre el pecho.

Poned bajo mi cuerpo alguna sábana.

Que en mi espalda este acero inoxidable no recuerde el frío del asfalto. Luego abridme la ropa poco a poco. No hagáis entrechocar los instrumentos. No vaya a abrir sus alas y se escape a través de mis heridas. Me dijeron que a veces tarda en salir del cuerpo varios días.

No me cerréis los ojos, sólo los desgarros.

Dejadme ver mi autopsia.

Así podré saber dónde se oculta el alma que hizo que me durmiese para poder marcharse antes de tiempo.


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