como arrebol, rosicler, pentagrama, gaviota,
abisal, enlutado, crisálida,
véspero, inmarcesible, luciérnaga,
enramada, cantil… (y perdonen)
ese hatajo de sillas desvencijadas,
repipis comodines del poema cartón piedra.
Hablo de palabras de verdad. Hablo de ausencia,
de sombra, olvido, de memoria, ceniza, luz, silencio,
noche, soledad o lluvia… Son palabras poderosas
tanto que usadas con la tensión precisa,
con inesperada intención, con la exactitud que piden,
son en sí mismas poema. Siempre lo fueron.
Siempre lo fueron antes del abuso, antes de ser
manoseadas, devaluadas en sus significados
y así prostituidas, humilladas, arrastradas por todos
los sumideros de los convencionales
usos poéticos, encadenadas por la rutina a triste oficio:
de lo socorrido, de lugar común,
de material de relleno, de derribo.
Pero viven.
Tan poderosas que bastaría
la mano en el arpa de cualquier verdadero
para que, sin mácula, volvieran a ser lo nuevas
que son, a retar al cielo, a significar cuanto significaron.