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lunes, 9 de octubre de 2017

De poetas viajeros: Soler, Azaústre, Curiel


Soler en NY / Foto: Marianela Medrano

   



   Al tiempo que un poeta tan cercano a todos como Rafael Soler abandona su predio más querido de la Glorieta de Bilbao, de El Comercial, para irse a leer a Nueva York, llegan a Madrid poetas de residencia lejana para acercarnos sus novedades. Vientos que mudan y transportan. La poesía es un pájaro ciego que teme de los lugares sellados, de las almas repetidas, de los límites. 




Foto: MC Barri
       Se anunciaba recia la tramontana. Era septiembre, 29 y viernes. Desde Lugo (o así) acudió Miguel Ángel Curiel, que es poeta celebrado en estas latitudes. Repetía en la librería Enclave de Libros, ya estuvo en marzo a presentar El nadador, su poemario anterior. Vino en esta ocasión a ofrecer Manaciones, su libro de Amargord en la colección .C que dirige Cecilia Quílez. Manaciones se compone de dos partes Pathos e Informe sobre la belleza, esta última, dijeron, es reescritura de textos anteriores recuperados. Anunció el poeta que escribe por trilogías editoras y que volverá a editar Manaciones junto a otros dos  próximos textos. Y que llamará Bendito a este nuevo proyecto. Es poeta, pues, que vuelve sobre su obra, como se dice de JRJ. Que no olvida. Obra en marcha que decía el de Moguer. Lo presentó Luis Luna, dijo que a Miguel Ángel le gusta enterrar las palabras para luego verlas crecer, que su escribir es arcilla maleable, y volvió a recordarnos su  tendencia al poema inconcluso. Más que al fragmento, al apunte. No se engaña ni nos engaña, sus textos se agotan cuando se agota el manantial que los genera. No hay más estiramiento ni artificio. Digamos que el autor ya no es el remiso lector que era, que ya no huye de la lectura pública. Escuchándole pudimos percibir en sus poemas el dominio del negro como color que agudiza sus intenciones. Cumple en él la misma función que el amarillo en Gamoneda. A veces pozo a donde encaminarse, a veces puerta por donde escapar. El libro tiene una cualidad novedosa: aunque no está pensado para edición francesa, toda la segunda parte ha sido vertida al francés por la poeta Carole Gabriele, con quien alternó la lectura de poemas en ambas lenguas.     

Foto: Javier Astasio


       El jueves cinco, con la tramontana soplando a pleno abismo, encontramos refugio en la Librería Alberti, la que ha convertido su pequeño escondite en ara de novedades. Hasta allí trajo la hispalense Vandalia Poemas para leer en un centro comercial, el nuevo libro de Joaquín Pérez Azaústre., uno de nuestros ocho autores cardinales. Se advirtió del libro que su origen data de hace unos diez años, de cuando El jersey rojo (2006), y que sus poemas, generosos ellos, fueron cediendo sitio a otras inquietudes hasta que el autor ha decidido ejecutar su hora. Es un libro largo que atiende a diversas provocaciones. De él dijo su presentador Jacobo Llano, y dijo bien, que dentro del ejército de máscaras que es un poeta, algo que se agudiza en tan larga gestación, el libro mantiene una extraña unidad en torno a un desencanto combativo, a una celebración escéptica. Sus poemas nos hablan de las dificultades externas, y de la voluntad reflexiva. Que un tono elegíaco tensa toda su dicción poética. No lo negó Joaquín cuando tomó la palabra sino que lo subrayó. Como declaró lo evidente: su pasión por los mitos cinematográficos, de los que bebe con frecuencia: Gilda, El padrino, Paul Newman, El graduado, que junto a las anotaciones de la cotidianeidad vital y/o lectora forman el grueso de la entrega. Vino desde Argel -a donde regresaba presto- para acompañar la edición del libro. Y tuvo tiempo para dejar en el aire el poema que ofrecemos. En donde lectura, cine, desencanto y Stefan Zweig traman el recorrido. 

PETRÓPOLIS

                       La tolerancia no era vista, como hoy, con malos ojos, como una debilidad y una flaqueza, sino que era ponderada como una virtud ética.

                                          Stefan Zweig
                                              El mundo de ayer

En esta habitación de hotel no soy un hombre,
ni soy un hombre más, ni un único hombre,
ni mucho más que un hombre a punto de morir.

El espejo del baño me muestra un hombre muerto,
que ya sabe que ha muerto,
que ya ha planeado exacta la liturgia
que añadirá hasta el fin de las horas contadas
y las pocas palabras que aún podrá escribir. 

No serán más que éstas:

                                   Yo transcribí del sol
al lenguaje más vivo de todos los idiomas,
y crucé el continente en la calima
del fuego incandescente, su griterío en domingo,
la música de orquesta resonando
al volver de la tarde por el campo de Viena.

Yo acaricié en silencio la voz de Cicerón
y salvé su cabeza de los pies del senado,
y vi resucitar a Händel en Irlanda
con robustez titánica al Mesías,
y pude leer a tientas, en esa oscuridad
mecida un canto benévolo y tardío
la Elegía de Marienbad de Goethe.

Era el mundo de ayer, ése era el mundo
que pudo ver nacer La Marsellesa
tras tres horas geniales de una vida invisible,
en la estela fulgente del viejo Dostoievski
vivo como un león tras vencer al cadalso,
suave como el viento en la tumba de Tolstói.

La flor del balneario, las noches espectrales
de una mansión nodriza con todos mis amigos,
pabellón de reposo del palacio de invierno.

Ahora estoy aquí solo, en esta habitación
y no tengo ni rumbo, ni unas señas posibles,
ni tampoco una carta de alguien que me espere.

Los campos de exterminio no son ningún secreto,
ni la estrella amarilla cosida a la chaqueta
ni el expolio terrible de la casa de todos.

Ya no me queda tierra, ni barrio, ni ciudad.

No soy un hombre joven, y en esta habitación
morir al menos es un acto de conciencia.

He desaparecido. Ya no tengo ni nombre
y mis libros se queman, son el carbón del cielo.

No tengo identidad. No tengo rostro
ni nadie que me diga que soy Stefan Zweig
y que una vez amé la ceniza de Europa.


miércoles, 22 de marzo de 2017

¿Público versus lectores?

Del blog de José Luis Martín


      Está el ambiente madrileño de homenajes poéticos. Y Gloria Fuertes arrasa. Tiene pinta de ser tan popular y tan extendido como el de Miguel Hernandez de hace siete años. No es fácil ser un poeta extendido, una poeta extendida. Pero Gloria y Miguel lo son. En esa alegría estamos todos. Público y lectores. Como está por Madrid, de paso y vuelta a/de Sevilla, el vasco Karmelo C. Iribarren y no nos fue posible ir a escucharle. Su poesía en distensión está muy de moda. Dice El País. Y eso ha cabreado a muchos. Y ha enervado los ánimos. José Luis Martín incluido. Público versus lectores. El reportaje a toda página del diario de Cebrián duele a quien no lo tiene. Pero los poemas de Karmelo, tan amables, tan casi sin esfuerzo, no son mejores que antes tras el desparrame. Tampoco peores, no sean malos.


Foto de José Luis Torrego

      Nosotros estuvimos escuchando a Miguel Ángel Curiel, un poeta fértil, que a veces baja desde su retiro lucense. La cita fue en Enclave, marzo y 15. Hasta él, que es español nacido en Alemania hijo de extremeños, llega la generosidad inclusiva de la Editora Regional de Extremadura que ahora maneja Eduardo Moga. Allí le han impreso El nadador. Y vino a presentarlo a Madrid. Siempre lo hace. De forma simultánea Amargord daba a luz sus Luminarias II, conjunto de apuntes a modo de dietario en donde el poeta coquetea con la sugerencia del poema, sin atreverse a fijarlo. O tal vez sí. Porque la poesía, si es conciencia del mundo, habita donde encuentra calor, independiente siempre del habitáculo que le preparemos. Cuántos poemas canónicos han escuchado sus pasos -los de la poesía, digo- alejándose. Me lo recordaba, ya en la calle y con los fumadores, el poeta Raúl Nieto de la Torre, que pronto presenta.  Allí, en la calle Relatores, voceaba José Luis Reina Palazón su traducción de la poesía suiza contemporánea, que pronto tendrá lanzamiento. Antes, en el interior, Paloma Corrales, un puntito azorada, pero tremenda en su decir, leía un texto de presentación que enaltece esta actividad. Restallante. Un fulgor. Un texto cuidado que venía a jugar, cartas contra cartas, con la poesía de Curiel. Un reto de pisadas complementarias. Un elogio a la locura de ser poeta.

Foto de MCBarri




      Poekas quiere decir poetas de/en Vallekas. Así, sin más. A sus tertulias habituales suelen invitar a un poeta de referencia. El jueves 16 estuvo allí Elvira Daudet. Qué distinta la lectura cuando se realiza sin escenarios rigodones sino a la misma altura, cara a cara y sin micrófono. Encerrados todos con un único juguete, el del temblor que la palabra pueda convocar. Elvira es frágil de cuerpo y de acero su decir. Se ha ganado pulso a pulso el reconocimiento presente. Leyó poco, no suele leer más de seis o siete poemas, largos, de los suyos. Esta vez evitó el desamor como pretexto. Eso da muestra de su alegría actual, y de su belleza. Los oyentes colaboraron con lecturas alternativas y/o dramatizadas. Pronto será nombrada de forma pública poeta de referencia en el barrio y se editarán, por Bartleby, 1500 ejemplares de la antología que le preparó Lastura hace unos años. Porque se difunda. Porque el lector se convierta en público. Y viceversa. Que nunca viene mal en este oficio con voluntad -a veces- de secta exclusiva.

viernes, 15 de febrero de 2013

Todo lo que puede ocurrir, termina ocurriendo



Lo posible y anunciado suele terminar ocurriendo. Sobre todo si se agrava la situación. Peter dixit. La primera semana de febrero se recordará por la sumisa agitación laboral que contuvo: Iberia, Mientras la luz y Bankia, han planteado, y llevado a cabo, los eres más radicales que se conocen. Mas es el caso que muchos trabajadores se han incorporado a ellos de forma voluntaria y alegre. Lo que viene después, aseguran, es peor, vayámonos ya. Además, dicen, el paro es sosiego estético, ocio liberado para la creación artística. Mientras la luz consta ahora de este único redactor, que se queda porque no tiene a donde ir, si no es a los espectáculos gratuitos que las tertulias ofrecen. El jefe le ha propuesto un finiquito de 400 a 1000 euros, pagadero en años. Al tiempo que, aprovechando alguna de sus montañías, la posibilidad de custodia helvética. Tentaciones. Veremos. En estos tiempos delicados, este único redactor sabe, con otros, que alguien debe ignorar la palabra claudicación. Que los poetas deben resistir, vocear, ofrecer, ofrecerse. Ser rebelde refugio. Voz. Altavoces de espera. Y alguien debe contarlo.

Esperando a Luis Luna

Miguel Ángel Curiel
(De la red)
Vino Miguel Ángel Curiel la mañana amenazante del lunes 11. Vino desde Galicia hasta La Marabunta de Lavapiés. Vino a presentar su Hacer hielo que acaba de ser señalado con el premio José Hierro. Curiel es nacido en Alemania. Tostado por lo que Talavera tenga de Mancha, ha recalado en Lugo, donde habita. Nada de eso le ha impedido seguir escribiendo un mundo cercado. Hacer hielo es un episodio más en ese hacer expresionista, en ese aire atravesado por tórtolas con los vientres abiertos que no podemos o sabemos leer. Vuelos, aires negados. Sus distintos poemas son maneras distintas y dramáticas de escribir la incomunicación. G. Ben, G. Trakl. Miguel Ángel había convocado a Ángel Guinda y a Luis Luna para que le aliviasen su timidez en las lecturas. Guinda, alegre y serio, cumplió. Leyó sabiamente cuatro poemas, señaló las tensiones del libro: tiempo, naturaleza, muerte. Pero Luis Luna no aparecía y el autor se impacientaba. Ni la presencia de Juan Carlos Mestre, apreciado y discreto, lo calmó. Luna no aparecía y el autor debía leer. Leyó, y en su voz los poemas crecieron en sus significados. Como nadar de noche, dijo en algún instante. Entre los que le escuchaban, Francisco Jiménez Carretero, venido desde Albacete, Alfonso González Calero, su anterior editor, Paco Gómez Porro, poeta y montañero, Raúl Nieto de la Torre, padre próximo y feliz, Cecilia Quilez, casi con novedad, Agustín Porras, de El Alambique. Esperando a Luna, leyó Raúl Campoy algún otro poema. Umbral callado. Nada bajo el dintel. Nadie llegaba. Curiel dijo que odiaba leer a Machado (D. Antonio), que retorcía para aparentar lo recto, que si la nieve le hubiera impedido… ¿y Luis? Sin rastro, contestaban a coro los 40 presentes. Un pequeño coloquio: pintoresco, provocador. La cosa se dio por concluida. Vino tiempo a las conversaciones. A las interminables despedidas. Al exilio fumador. Cuando todo parecía consumarse, hizo Luis Luna presencia.  

Tres poetas extremeños

(Fotografía de Rafael C. Montesinos)
Abrieron la temporada en Tertulia Montesinos. Forman parte de una antología de poetas ¿jóvenes? extremeños, cuyos responsables son los profesores Mario Martín Gijón y Rafael Morales Barba, que los apadrinaron. Matriz desposeída la titulan, no sé si desacertadamente. Pocos asistentes, no más de quince, para atender a unas voces nuevas con toques. dijeron, valentianos.
Leyó José Antonio Llera, profesor y crítico, poemas de sus editados y algún anticipo. Su poesía escarba entre los despojos, hurga en los suelos sucios de la realidad, y sobre ella camina con los talones mutilados. Hay una fragilidad del cuerpo, parece que consentida, ante la turbia rotundidad del mundo. La única verdad es el suburbio y su amenaza. Dijo que su próxima entrega llevará como título Transporte de animales vivos. Después de escucharle, lo creo acertado. Su atinadísima exquisitez formal conduce hasta los vertederos de lo desasosegante. Es poeta de extraordinaria personalidad. Leyó  Elena García de Paredes una poesía de toque minimalista, de apuntes, de sugerencias que ayudan a circular entre los iconos recientes de nuestra posmodernidad virtual. Poesía al hilo de los haceres jóvenes cotidianos, de su ironía, de la búsqueda de la sorpresa lingüística, aunque lejos siempre de la ocurrencia. Poesía de la comunicación cómplice, de la vida como acción compartida y contemplada. Todo leído, teñido, con un cierto temblor temeroso que acentuó la sensación de autenticidad. Y leyó Luis Darío un solo poema. Uno de los cantos que forman su próximo poemario en proceso de edición. Un solo poema que le ocupó 28 folios (sic). Que nos ocupó 28 folios. Nunca había sucedido, pero todo lo que puede ser termina en ser. Canto muy del tiempo a vivir. Canto que habla de las razones indignadas de tantos, de las nuevas tensiones a que se ven sometidos los individuos. Y que deciden escondidos poderes. Canto que habla de las razones para oponerse, de las emociones para oponerse. Canto que habla de la necesaria postura personal, estética y social ante el conflicto. Luis Darío, que sopesó la oportunidad de tal lectura, y aceptó su riesgo, mantuvo intacta su apuesta poética a lo largo de tanto papel. Lo que no es poco. Lo dicho, tres poetas extremeños, lo que está muy bien para un martes y 12 de febrero. ¿O no?  

La emoción sostenida

 Parece que Pepa Nieto ha decidido remover su tertulia Arco Poético. Al torbellino gallego de enero, ha sucedió la emoción desbordada de febrero. El anuncio de la lectura de Rafael Soler consiguió el repleto milagro de una sala desbordada. Pudo, convino, luego se hizo.
Paco García Marquina
Y es que a veces ocurre lo que debe ocurrir. Y algo más. Porque la presentación del seductor poeta y ferroviario alcarreño, Paco García Marquina, se instaló en la frontera del buen hacer. Fresca, atrevida, conocedora, picante, capaz. Con la sabiduría del perfecto aperitivo, aquel que deja al apetito alegre y deseoso. Dijo que el presentado es grande y diáfano, que no es gente de avería (de disimulo), sino que siente y escribe bajo palabra auténtica. Tras su decir, un horizonte extenso de público-poetas rugía por las gradas del anfiteatro. Tiempo para el poeta anunciado.
Pepa Nieto y Rafael Soler
Rafael quiso que ser a la vez voz y escucha para sus nuevos textos. A los éditos, añadió unos doce textos que inauguraba. La emoción tomó camino en las dos direcciones, se hacía densa, permanente. Sus nuevos poemas parecieron, si cabe, más potentes, directos, con más intención elaborados. Hábil para explorar las antinomias lingüísticas con las que resalta lo que tienen nuestros hábitos de anhelo y de contradicción. Rafael anima a caminar a las palabras hacia la paradoja que más sorprenda, que más sugiera, que más provoque. Ha ceñido los títulos nuevos a la relación de acciones automáticas, cotidianas, (andar pasillos, sacar al perro) para después construir, tras su parapeto, escenarios no previstos, que golpean. Sus versos, siempre rebeldes, aceptan a regañadientes la sumisión al camino del poema, pero cuando son convencidos se produce la explosión cegadora que hace de este poeta un lugar único. Hay demasiados testigos de ello. Mostró Rafael Soler ser observador lapidario de hombres y mujeres, de cuyos asuntos conoce las costumbres, los modos, los aromas. Es poeta que sabe de la atracción que la inteligencia levanta. Calló a su justo tiempo y hubo insofocado aplauso. Prieto. Un amago de coloquio no pudo con la emoción sostenida. Solamente las cervezas posteriores lograron mitigarla en parte. A veces ocurren estas cosas.
Lucía, Manuel y Elvira
Fotografía de Julio Castelló
Buen jueves, este 14 que media marzo, para las más de 80 personas que colmaron la sala, en su mayor parte poetas. No es posible su relación, salvo indicar que Pepe Elgarresta, Emilio Porta y José Cereijo llegaron algo tarde. Lo que se señala para su corrección pública.  

La sala.
Fotografía de MC Barri

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Juan Carlos Aros, poeta, chileno y premio "Nicolás del Hierro" 2011

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Carmina Casala, José Luis Cabezas, Juan Carlos Aros, Nicolás del Hierro

Hasta el último instante. Hasta el último duelo duró la decisión. Juan Carlos Aros tenía clara la voluntad de volar hacía España. Hubo inconvenientes, pero se resolvieron. Estuvo en Piedrabuena el pasado sábado 29 para recoger su premio y la edición de su libro “No hay barcos a la vista”.

Mientras volaba, Dios nos libre de Iberia todavía, con imprevista escala en Buenos Aires, el blogero escuchaba a Miguel Ángel Curiel, poeta decidido. Miguel Ángel escribe bajo el agua, en inmersión, allí donde las palabras, depuradas por el frío y por la densidad del medio, se mueven cautelosas. Bajan, arrastradas por el poeta, viven en las burbujas últimas del aire, apuradas, nerviosas por encontrar los cuerpos de los amantes, que las esperan. Guadalupe Grande presentó bellísimamente"Los sumergidos" en la Librería Rafael Alberti, un recinto pequeño y lleno. Esperanza Vives leyó un poema. Miguel Ángel es un poeta que gusta a los poetas. Le hubiera gustado a Juan Carlos Aros haber llegado antes para estar con JCereijo, con Paca Aguirre y FGrande, con AMasieu, con PAGonzález Moreno, con APorras. Seguro que hubiera disfrutado.

Pero llegó. Recio y emocionado desde Talca. Sin que nadie le intimidara. Satisfecho tras tanto tiempo dedicado a la poesía, al silencio de la poesía. Este blogero tuvo la suerte de poderlo acompañar durante su estancia en Piedrabuena, junto con el poeta que da nombre al premio, Nicolás del Hierro. Juan Carlos, hombre humilde, como se confiesa, conectó por la vía del afecto y la sinceridad con las gentes que le acompañaron el sábado 29 en la tarde-noche.

Carmina Casala, que fue miembro del jurado, presentó el libro, sobria y eficazmente. Fijó su atención en el discurso sumergido que recorre el poemario, en esa visión de un pasado sin recompensa, aunque tranquilo en la cotidianeidad. También señaló que en los poemas vive un anuncio de futuro, una búsqueda de concilio con la realidad. Antes, Nicolás del Hierro anotó la fuerza de las imágenes y la singularidad de las motivaciones de No hay barcos a la vista.

En todo momento el rostro de Juan Carlos reflejaba la emoción desbordada, la tensión del anhelo. La fuerza de creer. Leyó textos de poetas chilenos y españoles antes de hacer lo propio con los suyos. Durante unos minutos habló de cuanto el premio suponía para él, para su oficio de poeta, para su compromiso con la poesía. El abrazo final con el alcalde, José Luis Cabezas, liberó la intensidad de sus sentimientos.

Es la vez primera que el premio Nicolás del Hierro, en su XV edición, se entrega –bien merecido- a un poeta americano. Buena excusa para una cena en excelente compañía.

II

Antes del amor no había nada.
No estaba el huevo, ni la gallina.
No había tiempo, no existían los diarios.
Antes del amor era todo extenso y breve.
La vista se perdía en las marismas
o se alojaba en el musgo de los ríos.
Antes del amor no había nada.
Nadie deseaba a la hembra del vecino
y la palabra envidia no se pronunciaba.
(Los diccionarios no existían).

El amor tiene una fuerza de miles de bombas nucleares.
Pero antes del amor tampoco había bombas nucleares.
No había nada.
Unas cuantas medusas locas
y uno que otro pez ciego en los intestinos de la tierra.
Antes del amor no había nada.
Después sí.
Después el hambre, la sed.
Después la guerra, la alambrada.
Después el verbo y la orina.
Después el ciclo y las cábalas.
Antes del amor no había nada.
Después sí.
Aparecieron los sacerdotes y sus guarismas.

Recién inaugurado, llegó el fin del mundo,
el miedo a lo desconocido, las tinieblas.
Antes del amor no había nada.
Después sí, llegaron las pesadillas.
Las musas, los ministros, las prostitutas.
Los ruidos, los militares, los héroes, los mártires.
Es tan corto el sentimiento y es tan largo el olvido.
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