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domingo, 16 de enero de 2011

Risas en el Circo de Torrebruno.


Los niños gritaban. Era un chillido espantoso y agudo. Si alguien hubiera pasado por la parte de fuera del circo estoy seguro de que hubiera pensado que el sitio estaba ardiendo. Pero no. Era sólamente que Torrebruno había salido a escena. Era normal, porque el circo, aquel circo, anunciaba a bombo y platillo la presencia del héroe de todos los niños. Se hizo de rogar. Tuvimos que ver a unos acróbatas y a unos equilibristas, vimos al domador de los leones e, incluso, un par de números de payasos dándose bofetones pero, al final, el jefe de pista salió al centro de la misma y dijo aquello de "Damas y Caballeros, Niños y niñas..." y antes de decir su nombre el graderío emitió ese sonido agudo, ese pitido brutal emitido por cientos de gargantas infantiles que hacían retumbar las lonas y las gradas metálicas. 

Torrebruno, acompañado por unas azafatas infantiles salió al centro de la pista. Bajito y vestido como en la tele ("¡Igual que en la tele!" pensé) con ese chaquetón largo y rojo y la pajarita de lunares multicolores agarrado a un micrófono y haciendo gracietas con su fuerte acento italiano. Las masas estaban a punto del éxtasis que provoca el entretenimiento, la contemplación de lo sublime, la puñetera risa en estado puro emitida por un famoso entrañable y de buen caracter. Lo íbamos a flipar. 

El payaso, el showman, comenzó cantando su éxito "Rocky Carambola". La guasa. Pidiendo palmas y que lo acompañáramos en los coros mientras que las azafatas se desplegaban estratégicamente como una Guardia de Corps de la diversión sin límites por toda la pista de espaldas al cantante levantando los brazos y haciendo evolucionar una sencilla pero vibrante coreografía que era seguida rítmicamente por el público infantil que, pese a lo seriecitos que éramos los niños en aquella época, erguido sobre el graderío, seguía las más mínimas indicaciones de la estrella que, desde el centro de la pista, miraba aquí y allá ora elevando un poco los bracitos, ora levantando el cuello para alcanzar las notas más difíciles de la canción. 

Al terminarla aquello se vino abajo. Bravos y "jip-jip-hurras" hasta que Torrebruno pidió calma y dio las gracias a los asistentes por haber venido a verlo. "Gracias a ti, amigo, por venir hasta aquí, a este circo gigantesco instalado en medio de un descampado de Plaza de Castilla lleno de charcos y donde apesta a cacas de todo tipo de animales exóticos...gracias por haber salido de Prado del Rey y desplazarte hasta este humedal urbano para entretenernos con tus canciones y compartir tu alegría vital" me hubiera gustado gritarle. 

Cuando todos estuvimos calmados, Torrebruno dijo que lo que más le gustaba en este mundo era jugar y nos preguntó si a nosotros también nos gustaba jugar. ¿Qué pregunta era esa? ¡Pues claro! así que todos contestamos con un "¡Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!" y el sí sonó como el que emitían esos niños privilegiados que iban a las grabaciones de la TVE para participar como público y, según decían los rumores, comerse un bocata y una coca-cola ¡gratis! en el descanso. 

Torrebruno dijo que había pensado en un juego para todos nosotros. Y pidió voluntarios. Un mar de brazos alzados se elevó hacia la lona rojiblanca del circo y allí estaba yo, en medio de aquella marejada tendente a fuerte marejada de extremidades humanas alzando los propios, sudando como un pollo, con los mofletes colorados, agarrándome a donde podía para no palmar de los propios nervios pensando "no me van a coger, nunca me eligen para nada". Pero, de pronto, una de aquellas azafatas se fijó en mi, me imagino que en esa melena de niña que tantos problemas me daba con las viejas que apestaban a perfume fuerte y a laca y con los viejos del bigotín de Charlot. Me llevaba de cuando en cuando un meneo por aquello, porque si un señor con bigotito me preguntaba que si era niño o niña yo le respondía que era un niño y que él llevaba bigotito de Charlot. 

Y entonces la mano de la azafata cogió la mía y me sentí decaer, ya sabes, de esas cosas de los niños, que cuando les das una alegría parece que les flojean las piernas. Ahí estaba yo, emocionado, agarrado a la mano de la azafata que me arrastraba hacia la pista, próxima estación conocer en persona a Torrebruno. Pero algo iba mal, o la azafata era muy débil o una fuerza tractora tiraba de mi hacia atrás incapacitando el movimiento, devolviéndome a la grada con los desafortunados. Miré hacia atrás y vi a mi madre, con la cabeza metida en las solapas del abrigo de mutón, tirando de mi y haciendo un gesto negativo con la cabeza. En mi cabeza aquel forcejeo azafata vs. Madre debió durar como dos años vividos en cámara lenta. La jovencita con su traje de circense televisiva mirando con cara rara a mi madre de "señora, suelte a su hijo, que se lo devuelvo en un rato" y mi madre con cara de circunstancia diciendo "no se de que me estás hablando, mona, pero no tengo la culpa de que la sangre de mis entretelas esté unida a mi a través de mi brazo que ha adquirido, de pronto, una fuerza sobrehumana". Mi padre, entró al trapo, y cortó el brazo de mi padre mirándola con cara de "déjalo, que se divierta". Se miraron un momento, la mano aflojó y la azafata me levantó sobre su hombro un poco dejándome luego sobre las escaleras. Mientras bajaba, vi a mis padres con cara algo seria. Pero me centré en bajar las escaleras y en seguir como un tonto la canción de "Rocky Carambola" que, ahora por megafonía sonaba a toda hostia para entretener la caza y captura de voluntarios. 

Finalmente llegamos a la pista donde un ayudante me ayudó a saltar la pequeña valla que diferencia a la escena del graderío y comencé a caminar hacia el lugar donde Torrebruno se encontraba. De pronto, se hizo un pequeño silencio. Después se propagó una especie de ola y más tarde una carcajada enorme. Y un aplauso, todo a la vez. Saludé un poco al graderío como lo había visto hacer a la gente que, de pronto, se ve en medio de algo en lo que es protagonista. Torrebruno me miró con cara de "¿Quién ha elegido a este niño?". 

¿Están ustedes familiarizados con las palabras "Piartros traumático"? Es una enfermedad muy chunga que me quedó completamente cojo de los 3 hasta casi los 5 años en los que me vi obligado a arrastrar con una pierna izquierda completamente inutil casi sin capacidad para doblarse atravesada por dos feas cicatrices. Tuve que aprender a caminar dos veces en mi vida: la normal y la otra, la más dolorosa, después de una larga operación y una interminable recuperación. Pasaba yo las tardes, por aquel entonces, metido en la unidad de rehabilitación del Hospital de La Paz, con un fisio tartamudo, unas enfermeras que me ponían cables en la articulación para darme descargas eléctricas y un médico que me hacía trucos de magia y que una vez me sacó de la oreja un llavero de SEAT. El circo me había costado como una semana de no quejarme y no llorar. No quejarme nada y no llorar nada. Cinco largos días de morderme los labios cada vez que tenía que levantar una pesa con la pierna floja y otros tantos de no derramar ni una sola lágrima cuando el fisio, que se llamaba Paco, me hacía los ejercicios esos de doblarme la rodilla. 

No tenía ni idea de lo que le había costado a los otros niños conocer a Torrebruno pero a mi, sinceramente, me había costado mucho. Había pagado mucho por estar allí y, claro está, iba a cobrarme mi recompensa. 

Las carcajadas de la gente, por tanto, se debían a que debieron pensar que era una especie de niño actor, un sandunguero tipo Ana de Enrique y Ana o un Lolo García de la vida, algo que era parte del espectáculo. Ya saben, el típico niño que hace la gracia de hacerse el cojito delante de las visitas para ganarse el achuchón de los adultos. El caso es que a mi me daba igual porque Torrebruno, the one and only, ya me había estrechado entre sus brazos y podía comprobar el picor del tejido de su chaquetón rojo sobre las mejillas. Me agarré a su pierna como un chiflado, provocando más risas del público. Después, tranquilamente me volví a la fila de los niños que también habían sido elegidos y que no se reían porque, en realidad, ya habían percibido que algo funcionaba mal y que, en realidad, yo era de verdad un cojito con todas las de la ley y no el próximo Joselito. 

Entonces Torrebruno nos pidió que nos colocáramos por parejas, ese momentazo de cierto caos cómico de "elige a alguien de un grupo de desconocidos" que tanto éxito tenía en los programas infantiles. "cada chico que busque a una chica". No lo tenía fácil, enano y cojo no es fácil encontrar a una pareja, es más, estás en las últimas escalas de la especie que diría Darwin y, por tanto, finalmente me tocó hacer pareja con una muchacha poco espabilada con cola de caballo, faldita marrón y jersey de cuello alto que me sacaba como dos cabezas. La muchacha permitió el enlace temporal con desgana y cierto mohín de disgusto. Ya ves, ella que era la imagen viva de la sana infancia emparentada con el Quasimodito del circo. Ni me miraba y, menos, cuando Torrebruno pidió que las parejas se dieran la mano. Que jodía, no quería. Cerraba el puñito con rabia cada vez que le intentaba agarrar la mano, como negando la evidencia de que, maldita sea, le había tocado hacer pareja con una especie de indeseable. También estaba acostumbrado a aquello, así que no le di mucha importancia. Sería que la información no era muy buena o que flotaba todavía el fantasma de la polio entre la población española pero, lo cierto, es que muchos padres ponían mala cara cuando me veían al lado de sus hijos por miedo a que lo que tenía en la pierna fuera una de esas enfermedades contagiosas tan chungas. Imagínate el palo: mandas a tu hijo a un parque, con sus dos piernecitas y sus dos bracitos y vuelve a casa con una enfermedad incurable que lo hace estar postrado para siempre en una cama. 

Otra vez tuvo que venir Torrebruno hasta donde estábamos para mediar en el conflicto y agarrarnos la mano mirando a la niña con gesto grave y diciendo "hay que hacer amiguitos". Finalmente, y con desgana, la niña accedió a cogerme de la mano mientras miraba muy seria hacia el frente y yo intentaba mirarla a ella para decirle "tranquila, que no es contagioso", que era algo que, como ya digo, estaba bastante acostumbrado a decir. De hecho, estando tan cerca como estaba no tuve más remedio que darle las gracias de la única forma en que pensaba que debía dárselas, corrí un poco hacia él y mientras estaba de espaldas comencé a tirarle del chaquetón hasta que conseguí que se diera la vuelta y me preguntó que qué quería y me puso el micrófono en la boca y le solté "¡Que te he visto en la tele!". Joder, qué risas de nuevo. El niño había resultado ser un puto artista. Tranquilamente me devolvió a mi sitio con mucho arte. 

Y entonces Torrebruno volvió hacia el centro de la pista y anunció el juego, el maravilloso juego que tenía reservada a la audiencia. Un redoble de tambor pregrabado retumbó sobre el público asistente y comencé a sentirme mal, físicamente mal, de esto que no te sujetas y levanté la mano. Y la gente comenzó a reírse de nuevo y entonces, Torrebruno, volvió a parar la actuación y cesó el redoble y, volviendo hacia mi dijo: 

-"¿Qué te pasa, amigo?". 
-"Que me estoy meando, que quiero mear"

Entonces la gente rompió en una nueva ola de risas y en una estupenda carcajada. Así fue la cosa. El payaso, cargado de paciencia, pidió a uno de los ayudantes que me sacara de la pista y con celeridad me metieron detrás del enorme telón de color rojo donde con mucho miramiento el tipo que me llevaba me dijo "Chaval, de estas terminas en el circo, venga que te voy a llevar a mear a un sitio que verás". Y, efectivamente, me llevó a mear a un sitio increíble: al lado de un elefante. Básicamente, entre las piernas de un enorme elefante de los que había visto en la pista hacía un rato. Me bajé los pantalones yo solo y apunté donde pude, extasiado por la contemplación de aquel bicho gigantesco que comía tranquilamente su ración nocturna ante la atenta mirada de aquel asistente de circo vestido con una impresionante levita de botones dorados que me azuzaba a terminar cuanto antes la micción  porque, Torrebruno, al otro lado del telón entretenía al graderío con una serie de chistes de corte "cosas del directo". Antes de marcharme de allí, el tipo quiso redondear el día de por sí redondo levantándome sobre sus hombres y permitiéndome tocar la piel rugosa del bicho gigantesco que sentí fría y extraña. Recuerdo, perfectamente, mi mano pequeña haciendo presión sobre aquellas hendiduras de piel oscura y mis dedos siguiendo una línea que parecía un río seco. Después me bajó y me devolvió a la pista. 

Casi sin tiempo Torrebruno me miró con cara un poco seria y dijo "vamos a continuar porque el tiempo en el mundo del espectáculo es oro". Nuevo redoble. Termina el redoble y Torrebruno anuncia el gran concurso, el gran juego, la leche vamos: Un concurso de baile. 

La carcajada fue entonces monumental. Ya saben. Niño cojo en pista. La niña de la coleta, mi pareja hizo un gesto de evidente disgusto me imagino que pensando "¿Cómo coño voy a ganar nada con aquí el Fred Astaire con la pata de palo?". Y sin tiempo para que el público pudiera expeler si quiera un chorro de aire más anunció el premio: Dos BICICLETAS para los ganadores. 

Entonces fue la debacle. La gente no podía creerlo. Cojera-baile-bicicleta...¿Quién había escrito el chiste? ¿Arevalo? ¿Iban a salir un francés, un inglés y un español a la pista? ¿Qué nos faltaba por ver? ¿Un gangoso contando su vida? ¿Dos mariquitas? 

Como pudo, Torrebruno, el gran Torrebruno salió de aquel embrollo dando inicio al concurso que, evidentemente, no gané. Y eso que puse empeño porque yo era muy de bailar frente a la tele, viendo Aplauso  y flipaba bastante con Grease, de hecho entretenía a mis tías bailando como John Travolta y señalando hacia el horizonte mientras ponían "grease Lightning". La niña, aquella compañera casual, se fue de la pista con un rebote tan grande que mientras caminaba hacia la grada con su kit de premio de consolación (una bola loca de Comansi, un single de Rocky Carambola, una foto firmada por Torrebruno, una enorme piruleta roja y un bolsón de caramelos Sugus) levantaba pequeñas nubes de polvo con los pisotones que daba al suelo. 

Yo me despedí del público asistente dándole un gigante abrazo a Torrebruno que me devolvió con un "muy bien, lo has hecho muy bien, eres muy simpático...pero al circo hay que venir con el pipi hecho de casa". Mi madre, la muy boba, tenía los ojos un poco rojos cuando me devolvieron a su lado y mi padre me revolvió la melena de niña diciendo "muy bien, campeón, los has dejado de piedra, que morro tienes". Una pareja de al lado le dijo a mi madre que yo era un artista. Mi madre dijo "es muy payaso, le gusta mucho hacer tonterías" y, por primera vez, no vi en la gente que le preguntaba a mis padres por mi que se mencionara ni mi pierna, ni la cojera, ni lo dificil que sería criar a un niño enfermo. Y me sentí bastante bien. 

Salíamos del circo pisando el barrizal que lo rodeaba, yo iba sobre los hombros de mi padre, agachándome de cuando en cuando para oler la piel de la pelliza de progre que me encantaba y sintiéndome como tantas otras veces, como todas las veces en las que me sentaba sobre sus hombros como esos tíos del turbante que "conducían" elefantes en las películas esas donde morían cantidad de soldados ingleses. Y le dije lo del elefante, claro. Y entonces nos paramos con la muchedumbre a esperar el último número de la noche. Un tipo embutido en un traje blanco nuclear, tocado con un casco del mismo color se introducía en un cañón de vivos colores. Nos saludó a todos y, de pronto, sonó una explosión y el tipo salió disparado hacia una red dibujando una parábola perfecta, surcando el cielo negro y lo vi colocar los brazos como un perfecto nadador y girar sobre sí mismo en el aire y caer en una red entre un "ohhhhhhhhhhhh" majestuoso y un enorme aplauso. "Mira si lo han aplaudido ¿eh? ¿Has visto? Pues le han aplaudido menos que a ti" dijo mi madre. Y me eché a reir porque pensé que mi madre estaba loca...¿Cómo me iban a aplaudir a mi más que al Hombre Bala?

miércoles, 30 de diciembre de 2009

El perro loco y el abuelo




Yo hoy quería hablar del perro Andy. Andy era un pastor alemán que mi abuelo recogió de casa de una señora. La señora, dueña de una tienda de alimentación, se había enterado de que el abuelo andaba buscando un perro de las mismas características que Tom.

Tom, un pastor alemán, había sido adoptado para hacer una labor: cuidar de la fábrica de maderas donde trabajaba el abuelo. Zacarías, que así se llama el buen hombre, se dedicó hasta su jubilación a la madera: primero en talleres y luego comprando pinares y haciendo una cosa que siempre me dejaba flipado: abrazaba un árbol de la hectárea que había ido a comprar y sabía el número casi exacto de metros cúbicos de madera útil que podía extraer de ese y de otros árboles de alrededor. Siempre lo acompañaba un perito agrónomo que flipaba con la maestría del hombre. Por cierto, el abuelo nunca se ha vanagloriado de eso de "haber aprendido en la Universidad de la vida" y más de una vez y más de dos lo escuché decirle a esos tíos con carrera lo mucho que le hubiera gustado saber hacer lo mismo pero con una cinta métrica y una calculador. Con un título colgado en el salón, vaya.

La fábrica donde trabajaba el abuelo tenía una curiosa característica y era que mis abuelos ocupaban una casa dentro de las propias instalaciones. Pese a que estaba un poco retirada del pueblo lo cierto es que una infancia en una fábrica de madera tiene muchas ventajas como, por ejemplo, una enorme montaña de serrín con la que jugar y un número ingente de maderos, tablones, palos etc. además de un agradable número de clavos, martillos, sierras y un largo etcétera de cosas que te permitían construírte un fuerte o diseñar una choza. Como siempre he sido bastante inutil y harta la familia de que cada dos por tres acabara descalabrado tras intentar construírme una caseta -no se pueden imaginar la angustia de una familia que ve como el único niño de la misma se empeña una y otra vez en convertirse en la víctima de un desplome de maderos sobre su cabeza- mi abuelo decidió construírme un auténtico chozo donde pude, durante años, hacer el aborigen que es una cosa recomendable.

Tom, el primer pastor alemán, era bastante noblote pero estaba marcado por la tragedia: fue atropellado como dos veces y, finalmente, murió por intentar nadar dentro de una especie de piscina que la fábrica tenía para adecentar la madera. El agua de la misma contenía una sustancia química que, simplemente, le hizo las tripas papilla.

El abuelo, derrotado por la pérdida que todos seguimos recordando como una tragedia, encontró a Andy. Y sin preguntar lo trasladó a la fábrica. La abuela, más desconfiada, pronto comenzó a preguntarse como era posible que alguien se deshiciera de un pastor alemán aparentemente sano con esa alegría y desapego. Cuando quiso enterarse (una abuela no es la CIA, por Alá) ya era tarde porque el perro estaba ya instalado en la caseta: Andy estaba chiflado. Sí, clínicamente loco, de hecho si hubiera habido en esa época un psicólogo de esos para animales hubiera diagnosticado que ese bicho estaba completamente majareta.

Al parecer un febril sentido de la protección se apoderaba de cuando en cuando del bicho que de animal inofensivo pasaba a convertirse en el puto guardián de las puertas del Infierno. La ex dueña del perro lo notó un buen día en el que detectó que todo el mundo compraba con normalidad en la tienda pero que, curiosamente, algo les impedía traspasar el umbral de la puerta y marcharse a sus casas. En plan "El ángel exterminador" la gente era capaz de entrar pero no de salir. La culpa la tenia Andy que, apostado en la entrada del comercio enseñaba las fauces, babeaba y ladraba como un poseso a cualquier persona que intentara sacar ni un solo producto de la misma aunque, previamente, hubiera pasado por caja.

Si mi abuelo se pasó media vida guerreando contra el Tom para que mostrara su lado más fiero durante las noches, en las que se empeñaba en dormir o en hacerse el tonto para quedarse dentro de la casa y no tener que salir a hacer la guardia, con Andy se pasó media vida procurando que estuviera atado por el día cuando los obreros entraban en el perímetro de seguridad y el perro, ese mismo día, pensaba que estábamos siendo atacados por una horda de desarrapados y ladrones. Ahora que lo pienso que bien le hubiera venido ese chucho a la familia Romanov cuando aquello del asalto a los Palacios de Invierno...

Por las noches, cuando mi abuelo lo desataba, y nos íbamos a dormir desde la casa podíamos ver como incansablemente el perro se pasaba las horas haciendo una maratoniana ronda girando y girando alrededor de la casa y de la nave de la fábrica, con la boca llena de babas y escuchando de tanto en tanto el sonido de su respiración. De pesadilla. No era difícil que, tras una noche muy movida, Andy nos presentara orgulloso una montaña de culebras, ratas gordas, ratones de campo, erizos, zapatillas viejas (¿De donde cojones las sacaría?) y de otros animales que, incautos ellos, pensaron que podrían vivir agazapados entre nosotros.

El caso es que, aunque la familia siempre le decía al abuelo que tenía que deshacerse del perro, él siempre se negó a hacerlo. Hacía oídos sordos y se justificaba diciendo que con la familia era cariñoso y que nunca se le había ocurrido morder a nadie que viviera dentro de la casa. Así era. Pese a los comentarios de su dueño Andy tenía un extraño modo de jugar a eso de lánzame la pelotita: Un día intenté jugar con él a aquello y a la tercera vez que le lancé la pelota de tenis me la devolvió completamente reventada tirándomela a los pies. Me miró durante un segundo y luego salió corriendo para volver a hacer la ronda. No se me volvió a ocurrir nada parecido.

Entre aquel chalado y el abuelo había una especie de conexión que intenté desentrañar durante años. No era posible que un tipo normalmente cariñoso y afable quisiera como mascota a un bicho violento e impredecible.

Un día el abuelo se puso muy enfermo. Creo recordar que de los riñones.Una especie de infección o algo peor que lo tuvo postrado en la cama durante cinco días. Tumbado en la cama agarrado al cabecero de metal Zacarías se retorcía de dolor. Cada ocho horas recibía la visita del practicante que le ponía una inyección para mitigarle un poco aquella tortura. El puto perro, que nunca aparecía por la casa, de pronto abandonó sus labores de vigilancia y destrucción para, literalmente, apalancarse en el pasillo, justo a la entrada del dormitorio. El torbellino se apagó y Andy simplemente miraba con ojos tristes hacia la cama del abuelo. La abuela Petra intentó echarlo pero fue incapaz porque, aunque le diera con un periódico en las costillas o el hocico, el animal se empeñaba en hacerse un ovillo y quedarse allí. Aprovechando que, de cuando en cuando, bajaba a mear mi abuela cerró la puerta detrás de él. Cuando después de una hora volvió a abrirla se encontró con que Andy se había agazapado y saltó entre sus piernas para volverse a colar y quedarse en lo que pensaba que era su nuevo puesto.

Cada vez que mi abuelo se dolía de algo o se quejaba Andy daba un aullido que te partía el alma. Ni el practicante se libró de la ira del bicho que, cada vez, que se acercaba al abuelo sufría el gruñido del perro, un gruñido amenazante que, no teníamos duda, significaba "si le haces daño te machaco".

Estuvo cinco días sin comer y apenas bebió. Una mañana que el abuelo se quedó dormido lo encontramos discretamente sentado al lado de la cama lamiéndole la mano como si así quisiera transmitirle algo de su energía, otra vez que se quedó profundamente dormido entró como un rayo en la habitación y ladró hasta que el abuelo se despertó y lo mandó a la mierda. Lejos de enfadarse movió el rabo y se volvió a tumbar en el pasillo. Cuando mi abuelo salió de la habitación por su propio pie se levantó a su paso, andó con él un poco, esperó a que le pasara la mano por la cabeza y se volvió a su caseta. Comió como un puto bestia, se hinchó de agua y aquella misma tarde reventó a dos gatos de la fábrica de al lado me imagino que para demostrarse así mismo que estaba todavía en forma.

El demonio disfrutaba de su status, demasiado diría yo, y sus ataques de cólera se hicieron más constantes hasta que un día, simplemente, no nos dejó salir de casa. Se apostó en el portal y nos ladraba a nosotros para evitar que nos enfrentáramos por nosotros mismos a los peligros del exterior. Aquello fue demasiado y el abuelo decidió, por fin, deshacerse del perro. En el proceso de buscarle una casa o un manicomio Andy tuvo tiempo para su última fechoría. Sin saber por qué atacó a un trabajador de la fábrica, Paco, al que le desgarró el hombro de un bocado. Zacarías lo entregó al veterinario con lágrimas en los ojos.

Hace poco hemos vuelto a recordar al dichoso perro. El abuelo, sentado en el sofá de orejas, me contó que siempre tuvo la impresión de que todas esas ganas de agradarlo se debían a que se había criado sin su madre, por alguna razón el abuelo sigue creyendo que el bicho infernal era así porque su dueña le contó que se lo entregaron siendo menos que un cachorro porque la madre había muerto y que, desde entonces, estuvo buscando una familia a la que contentar. Como nadie se había preocupado por enseñarle que se podía ser igualmente querido por hacer cosas buenas Andy se dedicó a cuidar y nada más que a cuidar del modo extraño en el que él percibía que había que hacerlo: creando una especie de perímetro de protección alrededor de los que quieres sin permitir que nadie los traspasara por miedo a que aquella felicidad desapareciera por completo. Daba igual que la felicidad tuviera el precio terrible de tener que pasarse la noche cazando y masacrando bichos, siendo torturado por la idea de que todo lo que conoces podría desaparecer si no estás todo el tiempo protegiéndolo. Recordó la lealtad a prueba de bombas del perro, la forma en la que le lamía las manos y, sobre todo, la forma en la que Andy se comportaba cada vez que el abuelo se sentaba en algún lado a descansar. El perro estaba allí, silencioso, mirándolo, esperando que Zacarías le pasara la mano por la cabeza y se la acariciara un poco, que le permitiera lamerle la mano. Esa mano a la que le faltan dos dedos volados por una bomba perdida: el abuelo, siendo niño, perdió a sus padres y tuvo que abandonar un hogar cómodo y una vida normal de niño para dedicarse a trabajar como un adulto y a guardar el ganado de otros. Un día, pocos meses después de la Guerra Civil, el abuelo se encontraba con otro niño en el campo. Sintió frío y ambos comenzaron a buscar madera para hacer una hoguera. La hicieron, por desgracia, encima de una granada escondida que estalló con el calor provocando el accidente.

El abuelo había vivido la desintegración de su familia: primero los padres, luego parte de los familiares fusilados en la Guerra, la protección de un hermano fugitivo al que buscaban para darle el paseo y la de una hermana.

Es fácil entender porqué se entendían tan bien o, por qué el abuelo creía entender las motivaciones del chucho. Mi abuela más práctica dijo: "Ese bicho estaba loco y ya está". El abuelo la miró y miró a la ventana sonriendo. Luego cambiamos de tema.